viernes, mayo 12, 2006

La vida es una fiesta

Debo reconocer que teniendo el bosque a mano, en los últimos días no lo piso: el jardín me requiere. Abandonado durante casi mes y medio y en plena eclosión primaveral, le debo una dedicación que me ocupa casi la totalidad del día. Veo, eso si, las cumbres de Cabeza Líjar y de Cueva Valiente como quien dice a mi alcance y por el norte, veo acercarse los nubarrones o aclararse el cielo en azul portentoso. Voy a plantar tomates en el invernadero, lo hice el verano último y el resultado fué espectacular; ya los he pasado de semillero a maceta y andan por los cinco centímetros; me he retrasado, pero otras obligaciones más importantes han sido la causa. El hinojo y la ajedrea están ya muy crecidos, así como un semillero de salvia que preparé hace un mes y que está por salir al borde del camino de grava que linda con el cesped. Y escribo que está por salir porque aquí, en el prado, la primavera es muy tardía y cuando en el llano apuntan los capullos a flores plenas, aquí todavía no asoman la cabeza por causa del frío. De un lilo esplendoroso que ha sobrepasado la cerca de piedra y por debajo de ella ha apuntado ramas enraizadas, he sacado cuatro esquejes con raiz a los que he puesto hormonas de enraizamiento y luego los he colocado en la entrada de casa, en la parte del oeste - norte. Tres han cogido bien y el cuarto parece que va para abajo, con poco ánimo a levantar el aire. Este lilo enorme que rodea una esquina en lo que debiera ser calzada real pero que ya no es nada más que cruce de calle abierta a la linde del bosque ha sido devastado por los caminantes del atardecer, personas que al caer esta se vienen a pasear por el prado y el sendero que lo bordea desde dentro del bosque: se han llevado las flores para adornar sus casas; yo lo he hecho también. Planté semillas de dalia en el invernadero y tengo doce espléndidas matas que darán, ya lo hicieron el verano pasado, unos ejemplares altos y fuertes de flores airosas. Los sacaré a finales de junio, para que el pleno sol les de el brío que necesitan. Estas dalias dan bulbos que se guardan en serrín y al cabo del año vuelven a brotar; los del año pasado se me perdieron en un trasiego de objetos en el invernadero que dieron con ellos en el limbo. Es lo que tienen las ansias de ordenar. Cerezos, ciruelos y manzanos han dado ya su flor y un Castaño Rubio (Briotis) despliega sus hojas con desparpajo. Más tardío es el castaño autóctono. Arces y abedules compiten por mostrar sus hojas y el cedro y la picea se complementan en una esquina: gana el cedro en color y espectacularidad, sus verdes brillantes en dos tonos diferencían la hoja nueva de la vieja. Un nogal que cuando apunte altura me habrá enterrado, abre sus yemas en hojitas tiernas y seguras. Las hayas, tengo dos, son árboles hermosos, de hoja roja, tronco alto y espigado y un aspecto y carácter de bosque castellano con seriedad adusta y elegancia segura; de todos mis árboles, son los preferidos; tengo que pinzarlos porque la vida parece remolonear en la parte más alta. Dos retamas en un rincón empiezan a florecer, una blanca y otra amarilla. Son mis "ginestres" que me recuerdan a los paisajes de Espriu, al mundo de Sinera, la verdad es que no se porque, es una asociación natural o mejor, espontánea. Me vienen a la cabeza unos versos del poeta, los primeros del XXXVI de Semana Santa:

Sóc jo mateix
el meu malson.
No ens destriem,
peró potser
ara refuso
d'esguerdar
els fixos ulls
sentits al fons
de les respostes
del mirall. (1)

He tenido que venir a la biblioteca a buscarlos porque no tengo memoria poética más allá de diez o doce poemas aprendidos de niño o adolescente, pero sí recuerdo bien aquellos que me han impactado en su contenido. Está fuera de contexto, pues la referencia literaria es un libro dedicado a la Semana Santa, pero justamente es sacándolo de contexto cuando yo leo el significado que me place y cuadra.

Vuelvo al trabajado y trabajoso jardín: romero, menta pipirita, hierbabuena, tomillo salsero, tomillo limón, albahaca, mejorana, lavándula y perejil, despliegan en un parterre situado frente a la salida del salón, el aroma de la cocina y del campo mediterráneo. Sacaré la ajedrea y el hinojo del invernadero para completar la línea. Como en paréntesis andan la especies encerradas entre verónicas de flor menuda y amarilla, que en invierno hiela y hay que trasladar bajo cristales. Igual que las begonias, que en la sombra aguantan bien el verano, pero dormitan un invierno más cómodo en cubierto. Estas que tengo floreciendo, van para tres años en este trajín de poner y sacar, y se mantienen lozanas, junto a unas de bulbo que no se si saldrán aunque ya debieran; por el momento el terreno se muestra en desnudez absoluta. Debo podar cuatro plantas de boj de pirámide, poco, apenas recortarles la forma, que después de un primer año trabajosos han acabado encontrándose bien y se muestran ahora en plenitud y ganas.

Frente a la puerta de entrada de la casa subida en plataforma en lo alto de unas escaleras de piedra blanca de Campaspero, caliza muy blanda en la que cuando nieva y amenaza helar hay que abstenerse de echar sal como se hace con el granito, la piedra de musgo o las berroqueñas, porque la caliza se disuelve con la sal y rompe, o agrieta como mal menor, tengo plantado un árbol de voz bella y sugerente: un "serbal del cazador" cuyo nombre técnico es "sorbus". Es árbol alto y esbelto que da una flor en rácimos rojos cuando arranca el verano que da gloria verlo, en la distancia por las pinceladas de color que los pintores aprecian, y en las cortas por el detalle. Le pasa lo que al laburno, pero este en amarillos. Estos dos, con el castaño, se dan aquí en los járdines de toda la vida y por eso se les llama autóctonos, aunque en su momento serían extraños para los nativos de la zona.

Pienso también en el predio sabino de Horacio, que le regaló Mecenas y en el que habitó hasta su muerte. En medio de las montañas, su pequeña finca producía lo suficiente para vivir y para comerciar y el poeta vivía feliz a caballo de sus Odas y de sus amigos, de sus cántaros de vino y de los corderos bien asados en el horno de leña. Eso es para el invierno, ahora viene el tiempo de chuletitas al fuego y de esqueixades de bacalao, ya se sabe: bacalao desalado en tiras, olivas negras, cebolla cortada, aceite de oliva y un poco de pimentón: gloria puro como entrante frío si además se le acompaña con un blanco fresquito (no frío por favor, que se pierde el sabor) de Rueda o de Penedés, rotundo a ser posible. Hago cada verano para un grupo de amigos y vecinos con los que me llevo bien un plato que me sale decente y apañado: pollo con langosta. Procede del Ampurdán y hay quien lo hace con langostinos, pero por hacerlo una vez al año merece una buena langosta, fresca a ser posible, no congelada, con su sangre y su jugo. Es de cocinar medianamente trabajoso y si sale bien de mucho lucir. Al mediodia, bajo el toldo, con un tinto (el que se prefiera siempre que sepa a bueno para el paladar del que lo elige) y mesa bien puesta y adornada, es comida a recordar que excita la conversación y la lleva de manera natural a otras comidas y otros placeres.

(1) Soy yo mismo
mi pesadilla.
No nos separemos,
pero quizás
ahora me niego
a mirar
los fijos ojos
sentidos en el fondo
de las respuestas
del espejo.

martes, mayo 09, 2006

Un zapato y una mirada

Este zapato fué mi primer zapato; lo guardó mi padre, incluso lo plastificó para mantenerlo en el tiempo. por vez primero veo que es del pie derecho: nunca me había fijado. No se a que edad me lo puse, tal vez dos años, y lo gasté mucho, no tenía otros. En la suela, que es todo un poema, hay arrastrar de pies, patadas a piedras y polvo de muchos paseos por Barcelona, mi Barcelona, que no es la de hoy. De tener patria sería esa ciudad. Si pertenezco a algún mundo es a ella, a los paseos dominicales por los muelles o por los jardines de la montaña de Montjuich. Aprendí el mar bajando por la Rambla hasta el puerto y caminando por los muelles, viendo las cubiertas de los barcos de cabotaje y los tinglados desvencijados que ya no existen. Aprendí árboles, flores y fuentes, por el parque de la Exposición Universal de 1929, donde las flores, los colores y los aromas, cambiaban continuamente. Nunca fueron los mismos el mismo paisaje. Con paciencia de años destejía en mi una malla irrompible de afecto a una ciudad madre bañada por el Mediterráneo. Yo solamente reconozco las patrias de la memoria, las entrañables de los caminos recorridos, de los adoquines conocidos, de las humedades de otoño y del olor del mar subiendo por la Rambla. Mi nación es un enorme vacío en el que pululan seres humanos; mi patria es la ciudad de un niño. Después de la niñez no vale la pena tener nación, obliga a demasiadas cosas; a afirmar un ser y un no ser, propio y ajeno, allá cada cual con su afirmación y con su negación. Nadie lucharía a muerte la nación de la infancia, de la memoria feliz; ¿quien derramaría una gota de sangre por el tranvía azul que subía al Tibidabo conmigo dentro, un domingo por la mañana? ¿Qué batalla valdría la pena una visita a la feria de Muestras, del 1 al 20 de junio, donde las maravillas técnicas, los coches de lujo y los frankfurts calientes daban la bienvenida al verano? Un niño no celebra las derrotas, las olvida. No reconozco la patria, es cierto, pero tuve zapatos: es evidente. Estos que se ven, este singular que está en la fotografía, no está en mi memoria. Siendo ésta precoz, (recuerdo una imagen mirándome al espejo de la alcoba de mis padres en la calle Diputación, cuando tenía unos cuatro años) no recuerdo estos zapatos. Fuimos amigos, ciertamente, tanto desgaste lo evidencia. La amistad desgasta mucho si se usa mucho, pero siempre quedan rastros adheridos a la misma superficie de la piel y del recuerdo. El amigo que fué, sigue siéndolo aún cuando se haya ido. Ido de cualquier manera. Algunos amigos míos se fueron cuando no debían, jóvenes, en la treintena. Para que luego se diga, "era demasiado joven para morir". Nunca se es demasiaido joven para nada, se es y basta. Y llega lo que llega. Otra cosa es que estemos preparados los que nos quedamos. Tendríamos que decir, seguramente " éramos demasiado jóvenes para perderlo", y aún esto se me antoja prepotente. ¿Quien somos nosotros para ser algo determinante en la muerte de otro? Vuelvo a los zapatos: el cordón está en muy buen estado, flexible, con el tacto del tejido de la época. Vuelvo a los zapatos: con ellos aprendí a ver las fotografías que mi padre revelabe en un rincón habilitado como cuarto oscuro. La magia de la imagen apareciendo en la cubeta del revelador, a la tenue luz roja que tanta mala fama ha cultivado después, se aparecía ante mis ojos con lentitud, primero sombras vagas, luego contornos. la pinza de plástico manejada por la mano de mi padre movía el papel en el líquido "para que no se formen burbujas" me decía. Yo, a su lado, de pié en un taburete para llegar al tablero que soportaba las dos cubetas, revelador y fijador, y el recipiente del agua, miraba con enorme atención, aprendiendo la imagen, comprendiendo que los ojos ven lo que se construye ante ellos. Nada es increado, como dice el Corán, nada es increado ni creado, todo es fruto de la elaboración de una paciente evolución que termina en una foto de un muelle del puerto de Barcelona, atracando en él un barco de casco negro y bandera inglesa: Excalibur, se llamaba. Esa foto, enmarcada, estuvo en mi dormitorio de adolescente, colgando de una pared, muchos años, hasta que desapareció. Yo vine al mundo con los ojos abiertos y un par de botitas de cuero marrón. Con los unos no he dejado de mirar, con las otras no he dejado de pisar, nunca fuerte, lo reconozco: he sentido pudor del zapatazo. Y sigo.

Palabras, palabras, palabras...


Picasso dijo en cierta ocasión "para hacer... hay que hacer en contra". Lo cita Octavio Paz que es un brillante ensayista en español. Es cierto. enteramente cierto si lo que se pretende es hacer, es construir. Si no, lo mismo da ir en contra o a favor o no ir a sitio alguno. Hay quienes disfrutan del no hacer, en el sentido de la construcción en el mismo universo mínimo cuyo centro es uno , y tienen a gala desconocer cuanto se hace o se pueda hacer; no es mérito hacer, antes bien atrevimiento. Cultura común es desconocer nuestra propia cultura o citarla de continuo. Heine escribe con gracia: " No, no he leido a Auffenberg, pero sospecho que debe parecerse a D'Arlincourt, a quien tampoco he leido." Las palabras salvan con su máscara al ignorante, cuya principal ignorancia es desconocer que lo es. Personas hay que creen que la mayor sabiduria posible se encuentra en el nivel de la suya propia. Rellenamos el lenguaje de vaguedades que carecen de sentido y las llamamos magia. Y el mundo mágico se abre con metáforas al entendimiento. Una metáfora es un desafío, mejor será no aceptarlo, no es de buen gusto hablar sobre ella, podría ser no haberla entendido bien, correctamente. En teoría la cultura está en los libros aunque yo pienso que en algún momento deberá estar en el pensamiento. Dicen de alguien muy culto que "tiene muchos libros" y me pregunto yo si lo sería igual sin el balance numérico de sus volúmenes. Se puede mitificar al libro, tapas y páginas olvidando que su único interés está en el contenido impreso. Una pared llena de libros puede iluminar de hermosos claroscuros el retrato del dueño: piernas cruzadas, brazos en reposo y mirada al infinito, esta imagen ya no se da pero es aspiracionalmente objetiva. Es bueno haber leído para "hacer en contra" que diría Picasso, haberse enfrentado a las palabras y dar de ellas, en la lectura, la propia versión. Al final habrá que recordar a Bergamín cuando decía "pues no soy objeto no soy objetivo; como sujeto sí soy subjetivo". Tengo para mi que el mejor arranque de libro al que nunca me he enfrentado es el de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo y que dice así: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". Guardo este libro en un ejemplar que contiene también los cuentos de El llano en llamas con la intención de que me acompañe de por vida. Leído hace años, a veces lo abro de nuevo y leo tan solo esa frase: yo nunca escribiré nada igual por mucha afición y empeño que ponga en ello. Hacer en contra, vuelvo a Picasso, es la síntesis expositiva de la creación. Pero crear ¿qué? Esta vida está hecha de monotonías y esfuerzos que desgastan el ánimo, tal es la fatiga que su nimiedad provoca. Un hijo, un libro y un árbol, sentenció alguien y repite todo el mundo. Frase de síntesis se la toma al pie de la letra. Un hijo: proseguir la especie (perpetuar es demasiado sobrecogedor para una paternidad o maternidad responsable y tranquila); un libro: aportar algo a la cultura: un árbol: colonizar el mundo creando vida en nuestro entorno. ¿ Quien está realmente preocupado por la especie, la cultura y su entorno? Amo a los libros pero no los idolatro. Amo a las palabras cuando me dicen cosas que me revelan verdades, estados de ánimo. "Para engañar al mundo, pareced como el mundo" dice Lady Maqbeth. "Maqbeth ha asesinado al sueño" escribe Shakespeare dando en cinco palabras un curso de literatura de prosa y de poesia.; nunca podré llegar a esa altura expresiva. La mayor de las banalidades es usar el lenguaje para no decir nada, y el mayor desprecio. Creamos cuando hablamos si sentimos el lenguaje unido al pensamiento; si así no es, ¡que hermoso es el silencio! Elias Canetti, al que dieron un premio Nobel, escribió un libro terrible: Auto de Fe; un hombre poseido por sus libros, esclavo de la existencia de su biblioteca. "De tanto leer vino a secársele el seso" cito de memoria a Cervantes. No creo que deba ser así. ¿Cómo se puede contestar a futilidades tales como ¿tu autor favorito? O ¿tu libro favorito? o mejor aún, esta famosa "¿que libro te llevarías a una isla desierta?" Si tengo que escoger un solo libro, me niego a la elección, iré con las manos vacias, poero no con el intelecto, con la memoria y el pensamiento. ¿Quien ha leido Madame Bovary y la ha olvidado? Pero no es posible llevarlo a una isla desierta.... sí, dentro de uno. ¿Y Absalón, Absalón, de Faulkner?O El Ruido y la Furia. Los libros llenan mi mesa de trabajo, que es grande y amplia superficie, pero no son ellos, si son sus ideas, sus palabras, sus frases. Cuando he leido Calígula de Camus, yo lo he escrito y cuando Las Criadas de Genet, he sido yo mismo, palabra a palabra, desesperación a desesperación: las de Claire y Solange. No hay que idolatrar a los libros, basta con leer sus palabras.

domingo, mayo 07, 2006

Eternidad y nada

Tiene unos tres mil años. No se sabe quien fué y eso no importa. Lo importante es que fué. Yo lo encontré en París, frente al Louvre, en una tienda de antiguedades que todavía existe: A la Reine Margot. No me pude resistir a sus ojos fijos y provocadores, atravesando la distancia hasta mi desde una mesa central en la que se reunían objetos expuestos a la venta. Estos anticuarios de París tienen, a diferencia de la generalidad de los que encontramos en España, una gama de antigüedades heterogéneas entre las que puedes encontrar algo egipcio, algo romano, algo asirio o algo de los tiempos de Napoléon; todo es posible. Exiges la certificación correspondiente y te la dan firmada y sellada. Te llevas a casa un trozo de vida que te está mirando desde un escaparate, tras del cristal, o sobre una mesa, o en un estante. Los objetos tienen para mi cierto animismo que les confiere un poco de personalidad; merecen un respeto, no soy capaz de tirarlos, romperlos u olvidarlos, tienen sus tiempos, sus espacios y sus derechos. El amigo egipcio (siempre di por descontado que era un joven) me miró con el descaro de sus ojos almendrados, pintados, bordeados, fijos, expresivos. Tenía lo que costaba, así que se vino conmigo a casa y ahora, en el prado, ocupa un estante en el salón con dos guerreros chinos de terracota esmaltada, una cabeza de marmol de Venus de la época de Augusto y una mínima colección de relojes del siglo XIX que marcan horas diversas, y discretamente no suenan en ninguna. Al amigo egipcio le he mirado en miles de ocasiones, fijamente y de pasada, con premeditación y de soslayo. He tratado de comprenderle y, no estoy demasiado loco, sé lo que digo, de descifrar su esencia. Poco importante quien fuera y que, porque intuyo en él más de una persona, tal vez dos y contando bien con los dedos de la mano me salen tres. La primera es el modelo, la persona que le sirvió al artesano para plasmar ese óvalo triangulado, esa barbilla enérgica y los labios carnosos y sensuales: es casi un niño, pero ¿qué podía representar ser un niño en aquellos tiempos? Aún en el caso hipotético de que no existiera un modelo concreto, esa expresión y esos rasgos flotaban en el aire y eran de alguien que se cruzaba con el artesano. La segunda es lo representado, o el representado. De una tapa de sarcófago tal vez; murió joven, casi un niño; cercano a la pubertad se asomaba a la vida con esos ojazos ávidos de curiosidades y una enfermedad se lo llevó; las enfermedades no eran sorpresivas, ni sorprendetes; llegaban con naturalidad. La mortalidad infantil era tan grande (hasta hace menos de ciento cincuenta años) que era mejor no amar demasiado a los hijos pequeños para proteger la propia razón. Tiempo había para amarlos cuando crecían. Y el tercero es el propio artesano, aquel a quien le han encargado tallar esa cabeza que deberá fijarse en la tapa del sarcófago. Sin fotos ni retratos, sabiendo que era tal vez un pequeño señor, tuvo que improvisar en edad indefinida y rasgos hermosos y plasmó su ideal de belleza, toscamente, no se trata de una talla de gran calidad, pero con seguridad en los trazos y el corte. Diestro en su oficio sabía como trazar una nariz, como definir unos pómulos, como curvar una frente o dibujar unos labios que trazaban un aire de gozo en su contorno. Más torpe fué aquel que separó la cabeza de la tapa del sarcófago, buscando seguramente en el despiece y su venta un mayor beneficio. Cuando le vi en A Reine Margot quise llevarle conmigo al Mediterráneo, al otro extremo de su Mediterráneo que es también el mio y por cuyas tierras he viajado ocasionalmente, buscando encontrar un origen más allá de m i propio localismo. Amanecí una mañana en un tren llendo a Luxor desde El Cairo. A las siete pequeños colegiales uniformados caminaban por la ribera del Nilo, en los pueblos que dejábamos atrás al paso del coche cama, dirigiéndose a las escuelas. Chicos y chicas, reconocibles en la distancia porque ellas llevaban falda iban al futuro tratando de taladrar los muros ideológicos de la modernidad. La noche anterior habíamos estado tomando un terrible coñac yugoeslavo en un atestado vagón bar, charlando de política y guerra con un grupo de palestinos, licenciados en universidades europeas y sin futuro en su tierra. El camarero que servía en la barra, presionado por unas turistas ansiosas por conocer los secretos de la danza del vientre, se hizo sitio en medio del gentío que atestaba la barra y las mesas, pidió prestado a una de ellas un chal y al son de la música de la radio se trazó una danza del vientre como no he visto ninguna. Otra fotografía encontrada en la memoria. Posiblemente, al tratarse de un muchacho, la singularidad sensual del baile adquiría un trazo de mayor vigor y en nuestras mentes europeas su evidente homosexualidad ofrecía una carga adicional de morbosidad. En la radio cantaba Unm Kulthum; hablar de ella en Egipto era hablar de alguien que estaba por encima del bien y del mal. El Rais la admiraba, y todo el mundo; cuando ella cantaba no había otro acontecimiento, ni política; el mundo se detenía. Todos los jueves desde 1937 hasta poco antes de su muerte en 1975, daba un concierto que se retransmitía a todo el mundo árabe. En los bares de El Cairo y de Alejandría, los hombres tomaban refrescos o te con menta y callaban mientras la voz de ella desgranaba sus historias. Los ojos del camarero del coche bar del tren que me llevaba de Alejandría a Luxor en una noche del mes de mayo de 1983, eran los ojos del muchacho egipcio que encontré años después en París, en A la Reine Margot. La vida traza líneas sinuosas que a veces no sabemos ver o no miramos y en nuestra historia se entremezclan pequeñas historias que tejen y destejen verdades y posibilidades. Los universitarios (chicos y chicas) palestinos, habrán tejido sus vidas, habrán perdido algunas de ellas en aquel imposible conflicto que parece no tener solución. Tengo amigos y conocidos en los dos mundos y les comprendo a ambos. Cuando me hablan me esfuerzo en seguir comprendiéndoles. El tiempo de un conflicto es la duración de una derrota.
Lo que yo veo en esta cara, en estos ojos que me miran fijamente hace ya años, es el rastro de la eternidad, el único rastro de la eternidad de la que tengo certeza. Ni el artesano, ni el niño del sarcófago, ni el modelo si existió, supieron nunca que tres mil años después, estarían presentes en la vida cotidiana y que su rastro daría fe de su existencia y de su esencia. Yo se que existieron, eso es la eternidad. Y mientras yo lo sepa su tiempo existirá.
El camarero del coche bar, a saber por donde andará si sigue vivo, ignora que alguien recuerda tantos años después aquella hermosa danza del vientre con la voz de fondo de Umm Kulthum. Esa pequeña memoria es parte también de su eternidad.

viernes, mayo 05, 2006

Otra vez Mayo.


Acabo de ver una película de Bertolucci: The Dreamers. Me sorprende una frase pronunciada por un joven rebelde, hijo de un poeta en París del mayo del 68: "todos tenemos un padre, pero que Dios no exista no quiere decir que tenga que tomar su lugar". La película me ha gustado, me ha llevado de nuevo al cine de ideas, al análisis de la sociedad burguesa que tan bien se le da al director. La película enfrenta a un idealismo pre hippy americano con la praxis revolucionaria de aquella Europa juvenil y burguesa que quiso hacer una revolución desde las universidades. Es mayo y es bueno recordar el 68 por lo que fué, que no por lo que pudo ser. Hay un momento en The Dreamers en que el joven revolucionario manifiesta su admiración por los guardias rojos, "todos con un libro, la cultura en la mano" viene a decir. Su antagonista, el joven americano idealista le responde "eso es lo que me da miedo, es un solo libro, todos llevan el mismo libro, pequeño..." Es cierto, era un libro de consignas de pocas páginas. En la mente de Mao no se necesitaba mucho más para dar una vuelta de tuerca a la tortura que atenazaba a su pueblo. Queda muy poco de aquella admiración, ni la nostalgia, lo que en si es buena señal. Al cabo de los años el Libro Rojo del Presidente Mao ha pasado de verdad al basurero de la historia, al que tantas cosas se han tirado y han vuelto a la superficie porque nunca habían muerto: pienso en principios éticos, en ideales solidarios, en práctica democrática. Fué Churchill quien dijo que la democracia era el menos malo de todos los sistemas políticos. El Churchill político tiene poco interés para mi, pero no así el líder que encabezó en Inglaterra en "no pasarán" al nazismo.; no fué solamente por principios éticos, conviene recordarlo, que hubieron principios e intereses geoestratégicos y económicos. Pero conviene volver al 68, ¿qué podía pasar en Europa a finales de los sesenta para que los jóvenes universitarios burgueses arremetieran contra la democracia formal que les permitía ser oposición y trataran de derrocarla en busca de un asambleismo rompedor o de una dictadura maoista o del algo que cambiara lo que juzgaban un anquilosamiento de la sociedad en pleno. Los jóvenes se sentían dentro de un fósil, a la sociedad burguesa se le habían soldado las vértebras y a duras penas podía caminar. Asustaron a sus padres y a sus vecinos y a los sindicatos y a los partidos; aquello no era un revuelta racial ni económica ni laboral, el poder no podía entenderla; los jóvenes tenían que estar ligando, fumando, yendo al cine, bailando, estudiando, y metiéndose solos en la cama a las doce. La universidad era académica, seria, tradicional; no se podía andar pintando las paredes con consignas de escasa comprensión. Probablemente los hogares burgueses no eran los paraisos de paz y amor que preconizaban y un cierto tufillo a falsedad flotaba en el ambiente; escepticismo, ironía y cinismo formaban la base de una cultura mentirosa y acomodaticia. Y para los jóvenes el enemigo estaba cerca, en casa. ¿Qué clase de sociedad nos ofreceis? No nos gusta. Nos enviais a estudiar sociología a Nanterra o la Sorbone, bien, ya hemos estudiado y no es esto, debe ser otra cosa. Aquella cosa era la revolución, ciertamente sin armas y sin voluntad de armarse a no ser con adoquines. Cuando los CRS cargaban contra los manifestantes en París los chicos les gritaban "fascistas". Nadie sabía como iba a acabar y lo resolvió De Gaulle, un hombre de orden, con prestigio y autoridad. Viajó una noche a Alemania y se entrevistó con el jefe de las fuerzas francesas de ocupación en aquel país; se jefe era Massu, un general fogueado en la guerra de Argelia, un hombre de mirada adusta, uniforme de campaña y grueso y feroz mostacho. No se sabe, que sepa yo, de que hablaron, pero el viaje fué elocuente. El General De Gaulle, como presidente, podía reclamar a las tropas de ocupación en Alemania que estuvieran atentos por lo que pudiera pasar; hay gestos contundentes, basta que la prensa los aireé para que se carguen de contenido y de significado. La revolución quedó en desilusión y consignas: Que paren el mundo que me apeo, Prohibido prohibir. De aquellos jóvenes quedó mucho, que no se piense que no, la democracia se enriqueció, y se llenó el baul de las nostalgias. Aún sin la revolución, salimos enriquecidos todos porque aquello venía de largo y de lejos: Berkley y otras universidades americanas, la universidad italiana, la juventud alemana, los movimientos de estudiantes en Japón... Quien crea que las cosas no cambiaron no tiene que hacer otra cosa que repasar la historia. Y algo conviene no olvidar: quedó el faro aglutinandor de Viet Nam, la guerra inútil, los movimientos pacifistas, los conciertos de paz y flores, las deserciones. Mereció la pena no apearse del mundo en aquel después del mayo del 68. Mao siguió su camino abyecto hacia el panteón de la plaza de Tien An Men; ni como literato se le valora, ¿quien recuerda sus poemas? ; doy fe sin embargo que en traducción, claro, de Maspero, algunos tenían su encanto. Quedaron los jóvenes del 68 que se han hecho adultos y luego han llegado los otros jóvenes agrupados en generaciones. En algo no ha cambiado el mundo, no ha parado ni ha dado marcha atrás. A los jóvenes no se les puede exigir coherencia, es absurdo pedir a adultos de 20 años lo que no tienen los adultos de 50. Pero es cierto que se exige a los jóvenes que sepan más que nosotros y que se comporten con mayor seriedad y rectitud. Su crimen es el botellón, dicen algunos. Nuestro crimen es la falta de sus oportunidades. Si no somos capaces de crear una sociedad en la que encuentren trabajo, ¿que nos puede importar que se tomen una cerveza en medio de la calle? ¿Es cuestión de principios? ¿Los suyos o los nuestros? ¿Desde cuando el botellón es un atentado a los principios? Resumamos: el botellón es la cruzada última que después de haber ganado la del tabaco, nos proponemos ganar en aras de ordenar estéticamente una sociedad que guste o no es más fea que bonita. Reconozcamos que estas cruzadas son más benéficas que las que emprenden otros; esta guerra es interna e incruenta, es un juego de niños y es además un juego de palabras porque casi niños son unos antagonistas en esta batalla. Los mayores estamos por otras cosas más serias, aunque no puedo hacer una lista de ellas porque ahora mismo no me viene ninguna a la cabeza. Se dirá que este post es menos suave y poético que los anteriores y que el bosque no me ha estimulado la dulzura hoy. No es verdad; he paseado por el bosque esta tarde con mi amigo Samuel y su perro Togo. Goyerri venía también con nosotros. Yo creo, a estas alturas de la vida, que un amigo es una persona de quien se aprecia tanto la conversación como el silencio y el simple hecho de caminar un trecho juntos es, cuando menos, consolador. Caminando hemos recordado geografías extrañas: Zurich y Ginebra. Caía un ligero chiri miri que le sienta bien al bosque y a la tierra, que los empapa y llena de frescura y verdor. Goyerri y Togo son amigos. Togo es un pastor alemán de dos años que me quiere mucho aunque no sea su dueño. Es alegre, trotón, exuberante; cuando te ve salta sobre sus cuartos traseros y se pone a tu altura buscando el abrazo. Goyerri tuvo celos, pequeño como era no soportaba la juventud del pastor. Con sus diez años y mucho sabiduría, Goyerri desconfía de los perros jóvenes y de su espontaneidad. La urbanidad entre perros requiere cierto sentido del decoro y de la contención. Mi amigo gruñe bien, por lo bajo, mirando de lado, presto a salir corriendo si conviene, pero tratando de atemorizar. Togo comprende la amenaza y se queda quieto, se aparta; le han educado a respetar a los mayores. Finalmente su amistad se basó en olisqueos pausados y puntuales y paseos entre la indiferencia, eso si, muy cerca siempre el uno del otro. Ahora Togo no corre ni salta ni intenta abrazarte, se le están soldando los discos de las vértebras y está condenado a la inmovilidad, al dolor y a la eutanasia. Ya se que tiene otro nombre: sacrificio; pero es a fin de cuentas, tratándose de un ser querido, una eutanasia. Caminando por el bosque no puedo evitar ver el lomo arqueado y la dificultad que tiene para girar cuando va al trote. Lo siento mucho, tanto que no quiero expresarlo con palabras. "Pienso en que cada vez que saltaba efusivamente para saludar a alguien, me dice Samuel, yo le regañaba y le obligaba a bajarse al suelo. No quería que molestara a los demás. Ahora, que no puede saltar, preferiría que andara molestando a todo el mundo; lo hacía solamente por cariño". Pienso para mi que es Mayo, que hace ya treinta ocho años de aquel Mayo en París y que algo habremos aprendido, no somo tan inútiles. ¿Verdad?

jueves, mayo 04, 2006

Mayo


Hay muchos lugares y ocasiones en los que no he estado; no pienso en ellos, no lo lamento. Ahora no siento la necesidad de ser protagonista de nada salvo de los días que me toque vivir, cuanto más mejor si la razón, el intelecto, la lucidez y una cierta agilidad física me permitan envejecer con dignidad. No conozco en mi ningún sentimiento autodestructor así es que no tengo prisa alguna por llegar a recitar el monólogo final o protagonizar el infarto aniquilador. No hago humor de esto, pero en ningún caso tragedia. Si se ha definido al ser humano como ser trágico en cuanto que es el único que conoce su fin, reconozco en mi una muy poca dosis de tragedia en este terreno. Antes me parece una tragedia vergonzosa e indigna la muerte airada que produce una parte de la humanidad sobre la otra y de la que he sido testigo. Nací en 1944 y en ese año probaban unos científicos (de todos es sabido que el padre el proyecto Openheimer tuvo serios problemas de conciencia a posteriori) en Álamo Gordo la bomba atómica. Nací y viví pues dentro de la guerra fría y la disuasión de puertas para afuera, porque de puertas adentro, cerradas y clavadas, la disuasión era la dictadura. Viví los últimos 56 años del siglo XX, al que se ha definido como el más violento y sanguinanrio de la historia, sin reparar en ese record histórico, hasta hoy que hago cuentas. Es enteramente cierto, en ninguna etapa de la historia se ha matado tanto, se ha violado tanto, se ha destruido tanto y se han cosechado tan enormes progresos en la destrucción técnica. El presidente Eisenhower, en su discurso de despedida, recordemos que era republicano y militar de West Point, se atrevió a denunciar o a avisar, sobre el enorme peligro que suponía para los EEUU y para la humanidad en general, la influencia del conglomerado industrial militar, que tras la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea había puesto en pie un nuevo sistema de vida: al futuro por la construcción de armas cada día más mortíferas. Engels y creo que Marx también, dijeron en su día que el progreso tecnológico vendría a la humanidad por la industria armaméntística. Así ha sido. Viví puies ese prodigio histórico de vesania y destrucción que representó el nazismo y su locura: en solamente doce años de poder consiguieron que en Europa murieran 40 millones de habitantes, acumulados en los últimos cinco, desde 1939 hasta 1945. Luego Corea, Indochina, Panamá, Granada, Suez, Hungría (en Life vi por vez primera hombres muriendo fusilados, agentes de la Avo, al salir de sus cuarteles a manos de los ciudadanos húngaros que querían alcanzar su libertad como pais) y Checolosvaquía, cuatro guerras entre los árabes y el estado de Israel, la descolonización, el Mau Mau que era la contra en Kenia al dominio inglés, el Congo con las espeluznantes fotos de una rabiosa explosión en lo que fué inicialmente una finca privada del rey Leopoldo de Bélgica y en cuyas desventuras del siglo XIX se basó Joseph Conrad para escribir esa maravilla que es "El Corazón de las tinieblas" que más tarde inspiraría a Coppola su Apocalipsy Now. El apartheid en Sudáfrica y lo que era Rodesia y ahora Zimbawue. El inmenso campo de concentración soviético y sus satélites europeos y asiáticos. China, inmensa y despiadada. Las dictaduras americanas de los 50 y 60 (Batista, Pérez Giménes, Trujillo) y las de los 70: Argentina, Chile, Bolivia, Brasil. Y en Europa la dictadura griega sin perder de vista a la nuestra y a la vecina Portugal. Viet Nam, no quiero olvidar a Viet Nam porque fué el eje de la conciencia joven de aquellos años. Viet Nam y Laos y Camboya: los kmers rojos con sus dos millones de camboyanos a cuestas. Y Cuba, y Haití con el siniestro Papa Doc y los tonton macoutes. Y la guerra de Biafra, tampoco hay que olvidarla. Y Ruanda, ¿cómo no recordar a aquel watusi altísimo que encandilaba a Steward Granger y a Deborah Kerr en Las Minas del Rey Salomón? Pues fué allí lo de Ruanda. Y después, mucho después, el horror servio-bosnio-croata-albanés-kosovar: nos sirvieron la pesadilla para acabar el siglo cerquita de casa, creíamos que esas cosas no pasaban, por lo menos no tan cerca, pero la digerimos. Y la Guerra del Golfo, la primera, claro. La guerra se ha convertido en el siglo XX en un enorme dispendio de vidas y una fantástica acumulación de beneficios. La conciencia moral de los ciudadanos ha pasado de puntillas por todos esos acontecimientos y se ha alineado pudorosamente siempre junto a los buenos en contra de los malos. Quienes fueran, unos y otros disfrutaron en su día del otro gran progreso de los tiempos: la propaganda. Las grandes dictaduras totalitarias inventaron la propaganda con los medios de los primeros 40 años: desfiles, cine, terror, silencio y miedo, radio y slogans. A los pequeños tiranos del último tercio les ha bastado con la televisión. Y con ella hemos visto el terror cara a cara, las batallas de la sangre, las de la intolerancia, las del hambre, las de los señores de la guerra, las del hombre nuevo, las de los ideólogos de la nueva sociedad, las del fin de la historia. Posiblemente más de 150.000.000 (ciento cincuenta millones de personas) han muerto en nuestro mundo durante el siglo XX en guerras. A esa cantidad de hombres y mujeres les tocó estar en sitios que hubieran preferido no conocer. Hemos perdido la oportunidad de conocer a un montón de gente que seguramente eran encantadores, listos, inteligentes y agradables. Podíamos haber encontrado entre ellos al amor de nuestra vida, o al abrazo más fraterno, o al amigo entrañable. Chi lo sa. Ahora es Mayo y los manzanos de mi jardín muestran su flor. Hoy el tiempo ha cambiado y las nubes han cubierto el esplendor de gris sombrio. Caramba, me he dicho mirando el contraste de la primavera en grises y sombras, he vivido más de sesenta años en paz, y en seguidamis neuronas me han dicho que si pero no. Leo en un librito titulado "Sobre la violencia" y escrito por Hanna Arendt una frase que me parece reveladora, independientemente del resto del libro que tambén lo es: "ni la violencia ni el poder son un fenómeno natural, es decir, una manifestación del proceso de la vida; pertenecen al terreno político de los asuntos humano cuya calidad esencialmente humana está garantizada por la facultad humana de la acción, la capacidad de comenzar algo nuevo." Si, me digo, ¿quien me garantiza que mañana no decidirá akgún gobernante elegido democráticamente que toca morir en el campo de batalla? Y no por mi, que ya no tengo edad, sino por los jóvenes que son y los que han de venir, me confieso amargamente que esa garantía no existe.

martes, mayo 02, 2006

Atardecer en la casa del bosque


Es primavera y al atardecer, después de una solana benigna que alcanza los 32 ó 33 grados, agrada sentarse en la balconada de la planta alta mirando a las cumbres y al bosque. Sopla brisa fresca casi siempre, y la luz se apasiona en fuego blanco hacia el oeste, que es por donde la carretera cercana señala A Coruña; por el sur el azul va ganando la limpieza del ciane. La foto, que muestra 180 grados, hay que entenderla formando un ángulo prácticamente recto a la altura del conjunto de tejados que se adivinan a la izquierda de la parte central de la fotografía. A la izquierda el sur y a la derecha el oeste. El monte del sur es Cabeza Líjar, nombre bonito que no se a que viene ni nadie del pueblo ha sabido explicarme. Estará seguramente la razón del mismo en las guías de la sierra de las que no dispongo, porque en las que si tengo, no. En el centro, corriendo hacia el oeste las dos cumbres son Cueva Valiente, otro nombre hermoso que cabría muy bien en los libros de Tolkien: tampoco hay razón del mismo. La sierra en la que se alza Cabeza Lijar es la sierra de Guadarrama, que toma el nombre de un río que en verano es arena y charca y de ahí el nombre: en árabe wadi aram o río de arena. La sierra se alza y corre de suroeste a noreste, y a su paso por Cabeza Líjar y el Puerto del León (no de los leones, que eso fué un nombre de la guerra civil que olvida a los muertos de un bando y enaltece a los del otro y por eso es mejor arrumbarlo a los libros de texto de la época) le sale un contrafuerte que se dirige directa, breve y muy airosa al oeste: es la sierra de Malagón (no se si lo de "salir de Malaga y caer en Malagón" tendrá que ver y lo he de averiguar). En lo alto de esta sierra de Malagón la raya de la provincia de Avila. Y en lo alto de la de Guadarrama, en el puerto que es la caída de la ladera de Cabeza Líjar, la linde de la provincia de Madrid. Yo me siento a contemplar el paisaje en la provincia de Segovia. San Rafael es el primer pueblo bajando la sierra por la ladera norte. En el siglo XVIII había aquí una ermita (las piedras de la misma siriveron para levantar la casa de campo de un aristócrata a principios del siglo XX y todavía están ahí, fundidas en la fábrica de la casa) y una venta en la que descansaban las postas la bajada del puerto antes de tomar la recta en la llanura hacia al El Espinar y Villacastín. Joseph Townsend, que estuvo por aquí en los años 1786 y 1787 describe el viaje con gran encanto y le cito su apunte sobre la segunda: " En ella había cómodas camas y precios establecidos por el gobierno con objeto de evitar discusiones. Un pavo cuesta ocho reales, alrededor de un chelín y siete peniques... Aunque son precios muy razonables, por desgracia rara vez hay semejantes víveres disponibles. Sin embargo, no tuvimos motivos de queja". No queda claro si habían o no pavos, gallinas y pollos pequeños, que son los que describe en su libro, si estaban al precio de la carta, aunque quedaron satisfechos o por lo menos "sin motivo de queja".
Ya escribí que vivo en "Antepuertos", donde en los siglos de la Edad Media y Moderna, se establecía la división entre culturas, poderes y vecindaje. Por estas crestas cuzaba el Arcipreste y tiene una peña que lleva su nombre en la ladera sur mirando a la llanuira donde se asienta Madrid, y aquí pintó Rubens, en el puerto de Malagón y de aquí tomó paisajes para sus retratos ecuestres de Felipe IV y del Conde Duque de Olivares, Velazquez. Mediterráneo como soy, se hirió mi mirada nada más llegar al centro de la península con el inmenso azul limpio del celaje, con la luz que parece de cristal. De Velazquez decían que pintaba el aire y creo que eso solamente es posible bajo este cielo. Ahora mismo, si miro por la ventana hacia Cabeza Reina (que es el norte y por eso no sale en la fotografía) las nubes breves colgadas del azul intenso, sobre la línea del cerro, componen el paisaje de fondo en el que una hilera de pinos ascienden perezosos en excursión hacia la cumbre. Todo está determinado por la luz, por su intensidad, por su limpieza, por el limpio enfoque del cristal que veremos en luego en los interiores que pintaría Vermer.
Años atrás me sentaba siempre con un libro en las manos; tenía menos tiempo para leer y aprovechaba los minutos. Al paisaje que me circundaba le dediqué miradas de conjunto pendiente de abrir el libro. Ahora ya no, dedico al paisaje el tiempo que merece que es mi tiempo interior. Me siento y miro, sin objeto, de un lado a otro, en un movimiento de cámara indeciso que puede seguir a un pájaro o detenerse en alguien que cruza el bosque y entra en el prado o en las nubes a las que traspasa el sol hacia el oeste y las rompe en luces. He conquistado al tiempo, me digo, cuanto me queda es mío y haré en él lo que quiere o lo que pueda. Hace unos días, pasé treinta y dos jornadas en una habitación de hospital con Ana, día y noche: el tiempo es mío. No tenía otra prioridad que estar allí, así, determinadas las prioridades las horas corren con más delicadeza. Ahora me sinto a ver la puesta del sol después de haber estado plantando geranios y lilos, y de haber trasplantado del semillero a macetas pequeñas, salvias, albahacas y mejoranas que en invierno semillé en el invernadero. El tiempo es mío, no me lo digo sino que lo sé, porque lo dejo correr con enorme morosidad y el salto de domingo a lunes no me sorprende ni agobia. Creo que el bien más preciado y al mismo tiempo más despreciado por los que no lo usan, el que maltratan comprimiéndolo, llenándolo de ocupación, es justamente el tiempo. ¿Quien no ha dicho alguna vez cuando le han preguntado por su presente: estoy que no paro, no tengo tiempo para nada? El tiempo en la vida es la duración de la misma, nuestro tiempo, pero es también una dimensión flexible que a veces nos sorprende corriendo demasiado y a veces pasa con enorme lentitud; dependerá de la ansiedad con las que se esperan las cosas o del valor que les demos cuando estamos en ellas. Pues bien, cuando te sientas a ver la puesta de sol sin reparar en el tiempo, el tic tac se acomoda a la eternidad y lo único que puede hacer que te mueves de la silla en que te has situado es una caida de la temperatura cuando, ya en el oeste, se vaya cada vez más lejos y se oculte en el horizonte. Hace años pues en práctica un pequeño truco con el tiempo: cuando tenía que esperar algiuna cosa y se demoraba, una cita, una compra, un viaje, dedicaba el tiempo de la espera a disfrutar del tiempo pensando, no impacientándome sino pensando. Rescataba de la memoria imágenes y frases y hacía pensamientos. Es práctica beneficiosa que alivia muchas impaciencias.
Sentado aquí me viene al pensamiento una cita de Benjamin que acabo de leer en un libro de Habermas: "El concepto de progreso hay que fundarlo en la idea de la catástrofe. Que todo siga así es la catástrofe. La catástrofe no es lo inminente en cada caso, sino lo dado en cada caso... El progreso no tiene su sitio en la continuidad del decurso del tiempo, sino en sus interferencias, allí donde algo verdaderamente nuevo se hace sentir por primera vez..." En otro momento hubiera ido a la biblioteca en busca del libro de Habermas y de su correspondiente de Benjamin que debo tener, pienso, pero ahora, sintiendo un acuerdo total con la frase que sale a flote entre mis pensamientos, y con la mirada absorta en un punto del cielo me digo que todo está bien. Hasta la próxima catástrofe.

domingo, abril 30, 2006

De nuevo el sendero

Nunca me propuse convertir el blog en un diario; ni ahora lo hago. De vez en cuando parece inevitable que la vida aparezca, asome ligeramente porque es la materia con la que se escribe y cargada de emociones y sensibilidades proyecta una actitud hacia un tema u otro. Hoy, sin tema, escribiré que he vuelto al bosque después de más de cuarenta días sin hacerlo. Mi amigo perro y yo, Goyerri se llama y la elección del nombre tiene razones que no vienen a cuento, hemos vuelto al sendero por el que paseábamos durante el invierno pasado, y el verano anterior y así desde hace cuatro años. Lo he reconocido, no en cada piedra ni en cada árbol sino en esa visión de conjunto que llena la mirada de árboles, cielo, follaje, un arroyo, tierra, hojarasca, piedra y uno mismo y Goyerri. A la vida la reconocemos a menudo por una visión general que repentinamente se nos muestra, como una revelación. Vemos, y las neuronas, diligentes, buscan enlaces con otras para darnos emociones, estados de ánimo, e incluso olores y colores que habíamos olvidado. He aquí que una visión de un árbol nos ha devuelto una imagen completa que guárdabamos en el interior de nuestro disco duro. Pasado el árbol, dejado atrás el arroyo, otra imagen sustituye a la realidad por una virtualidad. Se produce un enlace por algún mecanismo que desconocemos porque no se nos alcanza comprenderlo: hace más de treinta años vi a una familia de gitanos en torno a un fuego encendido con maderos viejos, dentro del porche de una casa en ruinas, al borde de una carretera entre Reus y Salou. Yo iba en coche, llovia y la familia, dos adultos y dos niños, se acurrucaban en torno al fuego; el porche era la única habitación posible, el único techo y el único cobijo. Hice la foto con los ojos, sin clic ni carrete ni cámara, al paso de mi coche. Eran para mi tiempos malos y no tenía trabajo, familia si. Me sent´çia miserable. En aquel grupo humano vi una desolación que excedía a la imagen y a mi propio sentimiento depresivo. Yo no se si sufrían al estar allí, protegidos: yo si sufrí. Esa es la relatividad de las imágenes, que valen efectivamente más que mil palabras cuando no pueden ser explicadas en su contexto real. Guardo la foto en mi memoria, la instantánea de la miseria, del abandono, de la ruina, nada que ver con la mía. Al volver al bosque, en un rincón umbrío, he visto de nuevo la fotografía. ¿Porqué nos acordamos de las cosas cuando no vienen a cuento? Aunque, ¿porqué no van a venir a cuento? Divagar es arriesgado si uno, honestamente, se deja llevar por el proceso oracular de permitir que ideas y pensamientos fluyan ligeramente. Somos química, y los ácidos, las sales y las bases, nos hacen más o menos emotivos, más o menos nostálgicos. En el bosque de hoy lucía un sol de primavera radiante y acogedor y la luz se intercalaba entre las ramas con esplendor absoluto. Era un bosque de cuento, una secuencia de ensueño y repentinamente la familia gitana volvía a estar bajo la lluvia. Vamos hacia el estiaje, hacía los días más largos, hacia el esplendor del verano donde el tiempo es apasionado. Vendrán mejores días para todos, es frase común que no va a ser así y se piensa que cualquier tiempo pasado fué mejor (lo que es mentira) y que vamos hacia una gran tragedia (lo que también lo es). Vendrán los días del verano, los momentos de risas, las tardes al aire y el jardín florido con sus rincones: camelías, hortensias, rodondredos y azaleas en lo umbrío; Frutales entre el este y el sur bajo el sol magnífico y a su izquierda hayas y castaños propios del lugar. Hacia el oeste abedules y arces, lilos, espíreas y forsitias, y bordeando la grava del camino romero, salvia y lavanda. Como las cerezas los pensamientos se entrelazan con suavidad, dos cerezas entrelazadas parece que están dispuestas a separarse pero se resisten, ¿lo habeis notado? Podemos sacar punta de cualquier cosa y entonces llega el recuerdo de Chejov y su "Tio Vania" o "El jardín de los cerezos". Aquellos veraneos que nunca hemos vivido, por los que no hemos transitado más que en el ensueño del patio de butacas de un teatro. La nostalgia de lo no vivido es tanto o más fuerte que la de los propios hechos. A Goyerri todo esto le tiene sin cuidado, simplemente me necesita y creo que me quiere, aunque querer es un concepto nuestro, de humanos. Para él tal vez necesidad sea más apropiado. Corretea delante de mi y gira hacia la izquierda entrando en el bosque. No vayas a perderte, le digo al ver que se aleja unos metros, y me río en voz alta mientras le sigo hablando. No sabría volver sin ti. Y me acuerdo de una noche en que recién operado, a punto de morir, lloraba el perrillo como lloran ellos, en casi silencio, y Ana y yo, con él tumbado en el sofá entre ambos, patas arriba, se dejaba acariciar la tripa por nuestras manos, y parecía que eso le calmaba el dolor. Que noche aquella, cuanto dolor en nuestros ojos, en la penumbra, con la chimenea encendida, en la penumbra de la casa en el cortazón del bosque, en el único lugar en que Goyerri se encontraba bien, negándose a estar aquella noche sin compañía. Y al verlo ahora correr lor el bosque le digo que es un sinverguenza, que nos lo hizo pasar muy mal. La próxima vez, le digo, nos iremos a dormir. No será verdad.
Y pienso en lo que da de si un paseo por el bosque.

sábado, abril 29, 2006

La llave en la oscuridad


En un viejo cuento sufí, un hombre encuentra de noche a otro buscando algo en la oscuridad de las calles; una lámpara brilla en el afeizar de una ventana como única luz en toda la calle. ¿Qué buscas? le pregunta. Ha perdido la llave de su casa le dice. El primero se presta a ayudarle en la busca y al cabo de un rato de infructuosa ocupación, le pregunta: ¿la has perdido aquí? ¿estás seguro? Oh no, le contesta el otro, la he perdido más allá, al principio de la calle. ¿Y que hacemos buscándola aquí? Es que aquí es donde hay luz, allí hay oscuridad y no se distingue nada.
Esta historia tradicional que ha pasado al acervo cultural derviche, es, en su ambiguedad, un ejemplo patente y claro de la capacidad de embrujo que esconde el doble sentido. Crítica o cómica, irónica o moral, todo dependerá del significado que le demos; para incrédulos, crédulos, confiados o desconfiados, la historia tendrá siempre una lectura acorde con su general actitud y su estado de ánimo. En todas las sociedades hay momentos en que el doble sentido se convierte en el poderoso recurso para la lectura y de una noticia se deduce otra. Que placer se encuentra en el sentido secreto de las palabras y de las oraciones, cuanta esperanza alberga una frase que encierra otro significado que el claramente expuesto. Nosotros podemos acercarnos a la historia y deducir que se puede o se debe buscar la llave donde realmente se perdió, o por el contrario donde existe la luz aunque allí no se perdiera porque todo acabará dependiendo de que es la llave, cual su significado. ¿Y quien significa qué? ¿Aquel que la perdió? ¿O el que se pone a buscarla sin saber realmente que es lo que está buscando? ¿Porqué, cuando buscamos algo debemos estar seguros de saber el lugar en que se perdió? Si algo se perdió y sabemos donde, ¿realmente está perdido? ¿Qué buscamos? ¿La llave? ¿Porqué ofrecemos ayuda a un hombre que busca su llave en la noche? En el bosque, entre los árboles, suele suceder que buscas un camino que no encuentras, o mejor, un sendero de esos que pierden su propia traza en cuanto llueve un poco. En teoría no hay pérdida, las laderas marcan los caminos del valle; más aún: el valle se ve desde gran parte de las laderas. No la hay en cuanto al objetivo de llegar a casa, pero buscas un sendero marcado por un árbol especial, por una piedra de granito que lo interrumpe y parece un animal agazapado, por una marca que hicimos nosotros mismos al pasar un día para señalizar un vista, otro sendero o cosas por el estilo. Es verdad que lo que contiene el sendero que pretendemos encontrar no tiene valor y baja como cualquier otro al mismo destino, pero la búsqueda produce una desagradable comezón cuando no se alcanza a encontrarlo. Aquello que esperábamos encontrar empieza a ser considerado con mayor intensidad. Bajaremos por cualquier lugar y otro día sin proponérnoslo, nos encontraremos con el sendero cuya pérdida tanto nos amohinó.
Ocasionalmente, en la calle, me he tropezado con un farol encendido a plena luz del día y he pensado en lo absurdo de la función inútil. Enamorado como soy de las cosas en cuanto a objetos cargados de significado, esa visión inútil me produce incomodidad y tal vez tristeza: la función de un farol es iluminar la noche. Tantas cosas dejan de ser cuando no son útiles que el entorno que nos rodea parece en ocasiones un cementerio inmenso de desperdicios. Esa luz que no ilumina nada, el sonido de las voces que no escuchamos, el rumbo de los senderos que perdemos, las páginas de los libros que no leemos, las músicas que no oimos, las certezas que no profesamos, las palabras que desconocemos, las personas que olvidamos, los principios que no buscamos sabiendo que, cuando y donde los hemos perdido, toda esa enorme inutilidad de la que no tenemos el valor moral, el certero coraje necesario para desprendernos de ellos. Si miro a mi alrededor veo, como si de la tierra se tratara, y de la llamada basura espacial y que no es otra cosa que los innecesarios satélites y artefactos que han dejado de ser útiles y están destinados a girar y girar años y años, sin función alguna, una misma enormidad de satélites abandonados por mi a lo largo de mi vida que giran y giran sin otra función que la de ser, ocasionalmente recuerdos.
Y todavía nos quedará una duda: el hombre que buscaba la llave, ¿la había perdido realmente? O ¿estaba allí mintiendo porque necesitaba un amigo de última hora, asustado por la larga noche solitaria que le queda por delante?

viernes, abril 28, 2006

La soledad en el espejo (3)



Cada mañana me miro en el espejo, o tal vez me veo sin acto de voluntad. Soy yo, es indudable. Estamos solos mi reflejo y yo en el baño. Hay vaho de humedad, cálido ambiente, olor a dentrífico y nada más. Me veo pero no me miro, soy pero no me reconozco. Es un enfrentamiento que antecede al desayuno de café con leche, a la mirada confiada hacia el bosque, hacia las laderas de Cueva Valiente cubiertas de pinares. He hablado de esas laderas: Aguas Vertientes. En la mañana, a las nueve, una corona de niebla y jirones de nubes sobrevivientes de la noche, ocultan el sol las más de las veces. Lo que llamamos buen tiempo aparece más tarde, al filo de las once. Cuando me veo por vez primera es en una hora de intimidad absoluta, arrancado de un sueño colmado de silencios (aquí se duerme entre los crujidos de la techumbre de madera que ya no se oyen y son todo el silencio que nos ha de envolver). Si no reparo en mi imagen me visto de indiferencia, pero si lo hago será por causa de algún descubrimiento que no me ha de agradar: desmayo, desmadejamiento, inelegancia, un poco de vejez, un mucho de abandono. Tendrías, pienso, tendrías que cortarte el pelo y recortarte la barba; lo primero lo hago dos o tres veces al año con un corte al dos, lo hago yo mismo porque me resulta inaguantable ir a la peluquería. Lo segundo lo hago cada mes, aproximadamente. Llevo barba desde que acabé el servicio militar. En mi generación algunos llevábamos barba y otros corbata. La estética y la ética encontraban acomodo de la mano por entonces. Un día, hace años, escribí un aforismo desalentador: "¿cómo puede ser bueno un día que empieza viéndote desnudo en el espejo del cuarto de baño?" La desnudez que menos soportamos es la propia porque no debe seducirnos, no puede. Entre el espejo y yo existe una complicidad cotidiana, diaria. El me ofrece mi reflejo y yo lo percibo con dificultad. No hay en mi cuerpo nada que me averguence, salvo que mis propios defectos me ofenden, aún y siendo de poca entidad. Por la ventana de mi cuarto de baño entra la luz del día y la imagen de los montes recortados al oeste. Columnas de humo suben al cielo desde el valle. Hay un trasiego de pensamientos que empiezan a tomar forma, reanudan el inmediato ayer, ajustan el tiempo a los planes, organizan una agenda mínima en tanto que el vaho cubre el espejo y al borrar mi imagen empieza, ya si, de manera rotunda, el nuevo día. Un milano asciende en círculosEl vaho cubre la forma humana de la misma manera que la niebla cubría el reflejo en el río del cromagnon que nos antecedió. Bebía agua en el cuenco de la mano o directamente del arroyo, atento el oído a los ruidos del bosque. Hay días en que un desánimo me invade y no se porque: exceso de vida, pienso. Otros me invade el desasoego: necesito vivir con más intensidad, pienso igualmente. No soy constante. Un hombre que piensa a menudo, que pretende pensar como principal ocupación, no puede ser constante. Cada día, cada mañana, pasamos por el espejo en una metáfora de las parábolas del evangelio. En el espejo nos vemos y nos reconocemos, debemos aceptarnos tal cual somos. La ducha después deberá purificarnos para afrontar el día. Una vez más miraré a través de los cristales de la ventana y veré el día en círculos por los que tendré que deambular. Una idea se abre camino entre otros pensamientos y apunta ya a proyectar mi actividad: bajaré al pueblo, a la farmacia. iré andando, entre ir y volver solamente un kilómetro. Ordenaré el invernadero, leeré un periódico (solo los titulares y algún editorial si el encabezmaiento me inspira), quiero releer someramente a Cavafis y tengo que pensar en el blog. Así es, decidido al fin y sin ningúnn triunfalismo, saldré a la vida de cada día olvidando que me he visto, una vez más, desnudo en el espejo.

jueves, abril 27, 2006

Cuerpo y sombra. Identidad cercenada

Un cuerpo se enfrenta a su sombra en un paso de peatones. La carretera está vacia y el sol cae a plomo; es mediodía. Ella, rebelde, se niega a seguirle. En el cruce de calles ninguna parece conducir a ninguna parte y es difícil para ambos contendientes decidirse por el mejor camino, salvo que hay una cosa segura: ninguno de los dos seguirá el camino del otro. Para el cuerpo la sombra es rebelde y merece ser metida en cintura. Para la sombra el cuerpo ha perdido su capacidad de liderazgo. Tensionada la situación hasta el límite ninguno de los dos pronucnia palabra: ella no puede, él no quiere. Se observan, esperan, se conocen y aguardan la reacción del otro seguros, cada uno, de que acabará rompiendo el equilibrio precario que se ha producido. Hemos llegado al final, piensa uno de los dos, el otro aguarda la decisión con furia contenida. Es posible que uno de ellos, casi seguro es, no quiere que se produzca la ruptura. Toda esta crisis acabará en un entendimiento más, un ten con ten, un golpe de genio dirigido a mantener el estatu quo creado hace años. ¿No éramos inseparables? ¿No estábamos bien? ¿No nos hacía felices este estar juntos, inseparablemente unidos? ¿A que viene esta repentida necesidad de desarraigo? ¿Sabes cómo me dejas? Considerarán repentinamente que lo que parecía ser un acuerdo formal en cuanto al ansia de libertad se ha convertido en un enorme reproche. Uno de los dos mentía, prometía libertad a aquella a quien no quería otorgársela. Aceptada la libertad del otro como principio, se violentaba la situación hasta el extremo de impedir el ejercicio de la voluntad más libre. Me estás haciendo chantaje. ¿Yo? Si, me impides dejarte diciéndoma vete. Tú no quieres que me vaya. No, no quiero, pero puedes irte. Y si lo hago ¿qué? Atente a las consecuencias. Ya no se entiende nada. Cuerpo y sombra son incapaces de encontrar dos caminos independientes. Los hay, pero no están a su alñcance. Causas de la voluntad lo impiden; podría una cirujía de la naturaleza. Apagaré la luz, dice el cuerpo y desaparecerás. Te equivocas, apagarás la luz y todo seré yo: la sombra más oscura. Así pues, nada era cierto, la mentira de uno es la mentira del otro. Quien quería irse se siente irritado por lo inapropiado de su decisión. ¿Cómo ha empezado esto? Cobarde al fin, no sabe que va a encontrar alivio más allá del cuerpo que la soporta. ¿Será esto la soledad? ¿La angustia? Y el otro, también cobarde, sabe lo que le va a costar encontrar otra sombra tan fiel y ensimismada consigo mismo. Mientras, en lo alto, el sol calienta el asfalto.
Un lenguaje metafórico. Cada cual puede encontrar una interpretación acorde con su propia experiencia, con su agrado o con su desagrado. Estas líneas no son mágicas pero lo parecen ya que buscan una interpretación libre en seres libres que acaso no lo sean tanto. No son horaculares pues no están destinadas a la libre interpretación del interlocutor. No son poesia. Ni paradigmas. La prosa podría pasar por literatura y el sentido es incierto. Podríamos decir que se trata de un cuento pero no es esa la intención al escribirlo. Rectifico sobre la marcha, tampoco son mágicas. No existe la magia más que en la mente que la necesita. La magia y el wisky o el canabis o una amistad repentina o la locura de una noche insospechada, todo actúa sobre la imaginación, lo indignificante es el acto, lo importante es el recuerdo. De ser así poco es, nada ha sido sino un tiempo breve de estar placentero. Existe un principio paradójico y creativo: un hombre y su sombra deciden separarse pero algo se lo impide. La imaginación y los dedos, cómplices sobre el teclado, han divagado hacia temas menos oscuros. Podría volver a empezar...
Un cuerpo se enfrenta a su sombra en un paso de peatones. La carretera está vacia y el sol cae a plomo; es mediodía. Ella, rebelde, se niega a seguirle. En el cruce de calles ninguna parece conducir a ninguna parte y es difícil para ambos contendientes decidirse por el mejor camino, salvo que hay una cosa segura: ninguno de los dos seguirá el camino del otro. Para el cuerpo la sombra es rebelde y merece ser metida en cintura. Para la sombra el cuerpo ha perdido su capacidad de liderazgo. Tensionada la situación hasta el límite ninguno de los dos pronucia palabra: ella no puede, él no quiere. Por la bocacalle se acerca un coche que gira y se dirige directamente al grupo, cuerpo y sombra. Parece que no le ven. Un destino fatal le impide mover el volante, buscar un espacio lateral para salvar el obstáculo. Directamente hacia ellos toca la bocina. El destino establece que ellos dos, sombra y cuerpo, deben tomar una decisión para apartarse. Tienen que decidir al unísono, en el mismo sentido, en la misma dirección. Mientras el coche avanza y suena una bocina que les alerta, una vez, dos veces, apresurado grito mecánico en medio de la calle. No puedes decidir por ti mismo, le dice la sombra, si no tienes mi consentimiento. Que clase de absurdo, que estupidez la tuya, le contesta él. ¿Cómo puedes imaginar tu libertad, tu independencia, tu simple existencia sin depender de mi. No te engañes, le dice ella. Los dos dependemos de la luz que nos ilumina y proyecta. En la noche oscura no eres nadie. Mientras el coche avanza sin comprender que podría frenar, dar un giro, volverse por donde ha venido... Pero sabe el conductor que su decisión de no cambiar el sentido de la marcha es indiscutible, necesaria para la situación, es el papel que le ha tocado jugar. ¿A que rebelarse? ¿Puede? Es imposible, yo se lo impido.
Podría seguir de otra manera bordeando la realidad, olvidando lo que es, lo que no depende de magias ni de fantasías. Ambos entes, sombra y cuerpo, son inseparables mientras una luz les de existencia. En su propia relatividad olvidan sus dependencias. Su enfrentamiento es el absurdo y no hay ápice alguno de rebeldía al que puedan aspirar. este enfrentamiento por la libertad es en sí mismo aniquilador, pero no es ejemplar.

martes, abril 25, 2006



Vuelvo. Retomo los libros y los paisajes. Rescato la voz y el tímido acercamiento a la palabra. Supongo que a todo ser humano le es dado volver al cabo del tiempo al puerto dejado atrás sin convicción ni destino. Recupero el silencio del aprendizaje. Al cabo de los días debo reconocer que he aprendido algo: de la elasticidad del tiempo; del apredizaje del lenguaje; de lo que nos desconocemos; de la morfología del homo siempre de retorno al más elemental primitiviosmo; de la naturaleza de los hombres y de la naturaleza de los dioses; de la ficción del tiempo fraccionado en pasado, presente y futuro. Células, átomos, moléculas, electrones, neutrones y positrones, neuronas, cadenas de adn, genes y cromosomas. He aprendido sobre la casualidad y la causalidad, sobre la indefinición de cualquier destino y sobre la relatividad de cualquier verdad; de la predestinación de mano de la cultura y de las creencias; de la geografía de las patrias y de las miserias del patriotismo. Una frase leída ha quedado en mi memoria, no en la exactitud de las palabras, si del concepto: "si miramos el universo desde sus inicios, viene a decir, y lo observamos racionalmente, acabaremos descubriendo que la vida es un error: no debería estar ahí". Y otro concepto vuelve a mi desde el tiempo de ayer, que era presente y ahora memoria: "La vida es una propiedad de la materia". Tengo amigos que se empeñan en dar a la vida cualidades taumatúrgicas o mágicas, creen en dimensiones ajenas a la razón, a la ecuación física o matemática; lo siento, les digo, no hay prodigios y me recriminan mi descreimiento. Como si creer fuera otro nivel con notables privilegios. Una conocida mía afirma que se abraza a los árboles y habla con Jesús; cortés, solamente sonrío. ¿En que se puede creer y para qué? ¿Y adonde conduce creer? Los misterios sobrenaturales son ajenos a lo humano; los humanos suelen ser mentiras. Una mentira es la trinchera donde alguien se esconde esperando asesinarnos en la amistad y la confianza. Todo lo que desconocemos de la vida es mucho pero lo que conocemos es suficiente para sabernos vivos y simples. No somos más que lo que somos, un error prodigioso. No se trata del pienso, luego existo, sino del sencillo "existo, luego pienso". ¿En qué debo pensar? En el boosque, me digo, hoy es tarde para entrar en él, ha oscurecido ya, pero mañana iré de nuevo.

viernes, abril 07, 2006

Paisaje sin figuras

foto de David Rivera - New York
Volver al bosque por unas horas y sentarme ante la ventana que se llena de nubarrones densos: viene lluvia del Sur cruzando la sierra y el sol, débil y tierno, enciende esperanzas de luz con alegria, con brillo, con chispa. Lo que tenía que ser una semana o diez días de estancia en un hospital va a convertirse en más tiempo y la prudencia aconseja una visita a la librería para acumular lectura. Hay que ser riguroso y disfrutar de la selección dejando de lado el hábito de comprar por la red. Vamos a relajar el cuerpo y la mente yendo en persona a caminar entre los libros, seguro de comprar algo que no servirá más que para leer algunas páginas, pero lo apetecible es la visita y el deambular entre los estantes, las hileras de literatura (no me resulta fácil llamarla así en su totalidad) y las enormes acumulaciones de las falsamente llamadas novelas históricas. Me asombra la enorme cantidad de misterios insondables procedentes del medioevo por metro lineal. Entre códigos y sábanas andan las palabras enredadas en historias de enredos deleznables. Sugiero leer a quien me lea la "Crónica verdadera de la conquista de Nueva España" de Bernal Días del Castllo o "Las Cartas de relación" del mismo Cortés, en sus versiones originales. Pasada la primera página el castellano se abre y la realidad supera a cualquier ficción mal tramada y peor urdida. O asomarse a Tácito, Livio o Salustio, sin ir más lejos. O a Galdós, a Baroja, a Pla, a Delibes por no venir mucho más cerca. Entre libros andaba yo, metido en ello, con cuatro o cinco volúmenes a media selección entre los brazos, cuando la cara de Isabel apareció ante mi, me cogió del brazo y me dió los dos mismos besos que le devolví con todo el cariño de más de veinte años comprando en su librería, arrastrando mi cuerpo por sus pasillos en busca del placer del tiempo perdido de verdad. Isabel y Concha son dos hermanas que regentan, en una urbanización medio yuppi medio kitsh, una librería que ha crecido con las ilusiones de los lectores. Siempre, detrás de su mostradorcito, o entre las hileras de libros surtidas de todo o casi todo, han tenido una recomendación para los indecisos, un apunte para los conocedores y una sonrisa para todo el mundo. Les hace felices vender la felicidad de la lectura. Sus vidas, de las que poco sé, contadas a ratos y a trazos, como la mía, son las vidas preocupadas de quienes viven en un lugar alejado de la utopía por años luz; en el camino contrario, me atreveré a escribir. Hablamos un rato ayer, como siempre hemos hecho y de improviso me pregunta: ¿desde cuando no nos visitas? Hace más de un año, lo sé, desde que me fuí a vivir al bosque y me separé de ellas sesenta kilómetros, que no son nada. Espereba una regañina: tenía derecho a hacérmela, porque a los amigos de la superficie de la vida, del roce continuo, de la amabilidad cotidiana, no se les debiera dejar abandonados tanto tiempo. Ellos son el secante de nuestro aislamiento y el antídoto para la soledad. No es por los libros, sino por los silencios; cuando vamos prescindiendo de voces nos quedamos como sordos en medio de la nada. "Entonces, me dice, ¿no sabes lo de Concha?" No sé lo de Concha aunque una clara sensación de miedo me penetra por la boca del estómago. "Murió de cancer, hace cuatro meses" No va a llorar, ya lo ha hecho demasiadas veces. No tengo palabras porque estoy mirando a Concha a la que veo ante mi, en su lugar entre los libros, riendo, con sus enormes ojazos oscuros, con su belleza echada para delante, simpática y radiante: Concha era guapa, muy guapa. Hay personas que cuando miran a los ojos te dicen la verdad. Otras no te dicen nada. Concha era de las primeras aunque tu no supieras de que verdad se trataba. No supe que decirle a Isabel ni como devolver su mirada estremecida de pena (no se me ocurre otra adjetivación). No vas a abrazarla de repente, ni a darle otros dos besos, ni a decirle "lo siento tanto". Estaba viendo a Concha con la sonrisa de los mil días en que nos hemos visto, con su ánimo y vivacidad, con su mirada como una espada de risas ante la que te quedabas inerme: yo por lo menos. Me fuí con mis libros en la bolsa y mi mirada metida hacia dentro. Una larga colección de figuras componen mi paisaje y de repente descubres que muchos de ellos ya no están vivos. Hoy Concha, por ejemplo. Tú los ves como los viste siempre mientras tuviste alguna relación con ellos, pero ahora de repente, sabes que ya no están ni son sino ese recuerdo como de fotografía. Tu paisaje se vacía de figuras, has sido derrochador y no has sabido de ellas en tiempo y si no te lo dicen como por casualidad, morirás centenario creyendo que todos tus amigos de siempre permanecen tal y como eran, cuando la verdad es que están muertos y tu album de fotos se despuebla. No harás la lista, no pasarás revista porque tendrás miedo, pero deberías hacerlo para comprender la magnitud de la devastación. Poco a poco el cuadro se convierte en un paisaje sin figuras y ya no tienes tiempo para reponerlas.

sábado, marzo 25, 2006

La soledad herida (Intermedio)

Al salir de la clínica donde la has dejado, hoy no puedes quedarte a dormir con ella porque está en la UCI, te has ido a cenar con tu hija. Habeis hablado de Ana, os habeis reido, ella la llama madrecita, habeis recordado viejas historias que siempre tienen su punto de truculencia, para hacernos reir y luego ella se ha ido. Ha venido de lejos y duerme en la capital en casa de una amiga para aliviarte los traslados. "No te preocupes por mi, tú a lo tuyo"Ha venido para estar con Ana y para estar contigo. La verdad es que la ves tan poco que cuando la miras parece que bebes con sed, y no te sacías. Así que os dejais, subes al coche y enfilas la carretera hacia el norte. Solamente son treinta kilómetros y decides no ir por el puerto sino coger la autovía, algo más larga, pero en línea recta. No tienes ganas de curvas subiendo la montaña. Pasarás a través de ella. como una flecha dirigida a casa.
Llegas a y el bosque está cerrado por su oscuridad. Llegas y las luces están apagadas tal y como las dejaste. Llegas y no se vislumbra la silueta de Cabeza Reina porque la luna está cubierta por nubes. Llegas y el único ruido es el tuyo, que no percibes y alrededor te rodea un silencio universal. Para estas entradas haría falta una banda sonora "made in hollywood", pero no está programada en nuestras vidas cotidianas: nunca suena la música cuando debe. Llegas a casa y abres la puerta con el llavín, desconectas los sistemas de seguridad a los que te obliga el vivir prácticamente solo en medio de nadie y entras. A la derecha el interruptor de la luz y al encenderse ves el espacio abierto que diseñasteis, el amplio vuelo de una escalera que flota peldaño por peldaño, sin otra sujección que el muro de ladrillo castellano; de manera mecánica cierras la puerta con el culo empujando hacia atrás y dejas la bolsa y el neceser en el suelo. No sale tu amigo perro a recibirte, porque no está: lo has llevado a casa de amigos para que lo tengan a recaudo unos días. Algo sospechaba, el último día estaba mohino. No sale Ana porque la acabas de dejar en la UCI, bien, está bien, la has dejado bien con el aspecto derrotado que tienen los cuerpos heridos después de la batalla, pero no sale Ana y te encuentras solo; no están los sonidos familiares y te diagnosticas: soledad, ahora toca soledad.
Será por el cansancio, la fatiga de los últimos meses, las primeras incertidumbres, los miedos acumulados en los primeros días, la angustía de ser solo compañía (¿que se puede hacer cuando eres compañía y no está en tu mano otro remedio que las palabras, carentes de valor?) y sobre todo por la tensión de las últimas horas, esperando que entre en la habitación el equipo médico y tengas que decirle, como en los aeropuertos, "venga, hasta ahora mismo". Eso nunca funciona, las esperas son desoladoras y la marcha del otro un desgajo. Será por todo eso que tu ánimo, que debiera estar exultante (¿no te han dicho que todo ha sido de manual, perfecto, medido, recuperador?), no lo está y subes la escalera hasta llegar a la biblioteca y te quedas ahí sin saber que hacer. Tus libros no te dicen, el pecé tampoco, ni los objetos alrededor. Miras hacia la mesa de ella, ves sus gafasm sus lápices, su portátil abierto y la sientos, es un mirada como un aroma de presencia. Que buena marca, pienso ahora, para una colonía fresca; "aroma de presencia". ¿Acostarte? Es pronto. ¿Leer algo? No tienes ánimo. ¿Tomarte un wisky y fumarte una pipa? Peliculero, no tiene objeto aunque el cuerpo te lo pida; es alimentar la sensiblería, fuera. Y entonces, siempre hay un momento en que se produce el acto justo, el necesario, que debiera estar en el guión de la película si esto lo fuera, suena el teléfono y es tu hijo. "¿Cómo estás? Quería saber como estabas?" Miras el reloj, es la una de la madrugada, la una en punto en todos los relojes. "Tengo mucho trabajo y me voy a dormir, pero quería saber como estabas..." Y le dices la verdad: "estaba esperando que llamaras aunque no sabía quien, gracias, ahora estoy muy bien." No digais que no vivimos buenos tiempos: desde setecientos kilómetros, en un instante, ha llegado la voz que te ha sacado de la incertidumbre. Hay momentos en que la soledad, aún admitiéndola y construyéndola por ti mismo con lucidez, la soledad, repito, no es buena compañía. Gracias, Ariadna, por haber venido. Gracias David, por haberme llamado. Gracias Ana, por estar viva. Y te vas a dormir. Todo está bien.

miércoles, marzo 22, 2006

La soledad herida: las cosas mínimas


Estamos solos pero tenemos muchas cosas; lo solemos decir a menudo, como criticándonos en lo medular, a nusetra especie de egoista avaricia. Nos referimos a las muchas cosas que hacen nuestra vida segura, las cosas materiales que se reconocen en el estatus. Las tenemos en nuestra soledad y las compartimos. Después de todo somo animales sociales que buscamos protección y protejer: ¿porque no compartir? Mientras tengamos esas cosas tendremos seguro un trozo del mañana. En realidad, hoy, esas cosas no se tienen del todo, se pagan en largos plazos; se renuevan constantemente. Son las cosas grandes que nos aportan seguridad y que de no tenerlas su ausencia nos mece en el vacío. Primates que somos necesitamos pensar que el día inmediato de mañana, y el otro, y el siguiente, la siguiente estación del frío y el hambre, podrán ser todos superados hasta que vuelva el sol cálido y el murmullo del arroyo y rebosen de nuevo de frutos y de caza los bosques y los prados. grandes. Y están las crías, no debe faltar su día de mañana. Una caverna, un palo, una piedra labrada, un coche, un empleo, un chalé, son esas, que cada cual haga su lista en completa tranquilidad y asegurada inocencia. Nada que criticar, las cosas son así y ciertamente podrían ser de otra manera. Para otras gentes lo son: una choza de barro y una piel de camello, sin agua y sin grano. Sin día de mañana. Confieso mi ignorancia sobre los sentimientos de propiedad en la miseria más absoluta, no hablo de pobreza. La angustia del hombre se basa en la más primitiva inseguridad; la tragedia en la muerte: somos trágicos porque sabemos que vamos a morir; nos angustiamos porque nos falta el pan nuestro de cada día por anticipado, en la cuenta del banco. Hablo de nosotros y de nuestras cosas grandes que no tienen porque serlo, un reloj no es grande pero es lo que yo llamo una cosa grande si es que en su naturaleza (o en la nuestra) palpita e l ansia de exhibición: oro o marca, o ambos. Añado que las cosas grandes son cosas bonitas sobre todo, para cada cual en su medida de lo bonito: con estilo; a cada cual en su justa visión del estilo.
Creo que hay dos tipos de cosas: las grandes y las pequeñas. Me interesan las segundas. Las cosas pequeñas acompañan a las grandes vestidas de capricho, de casualidad: son las cosas que pinta Vermer en sus cuadros y que brillan bajo la mágica luz que entra por la ventana, enfocadas hasta casi romper su coherencia. Objetos que brillan por el suave frotar de las miradas y los paños cariñosos con que se envuelven y guardan. No aportan seguridad, si compañía. Adquiridas para el lujo y para determinarnos ante la mirada embobada de los demás, pasan de mano en mano, se heredan y se disuelven con el tiempo. Van sobreflotando por circunstancias diversas y llegan a nosotros de manera incidental a gravés de la presencia. Esas pequeñas cosas acaban convertidas en las cosas mínimas que ocupan su lugar derivadas por el tiempo y el acomodo. Esas son las que me interesan porque tienen mucho que ver con la soledad.
Yo quiero escribir sobre las cosas que no compartimos más que por la presencia, están cerca de nosotros y de quienes nos acompañan, pero el hilo sentimental es nuestro, solo nuestro. Un día las encontramos y han acabado cubriendo un lugar de nuestra piel ambiental. Basta abrir un cajón para encontrarlas. Vivas como están, no nos piden más que las dejemos desvanecerse en la penumbra y vivas como están les reconocemos el derecho a vivir en nosotros: ¿que daño podríamos hacerlas si en buena medida dependemos de ellas? Tengo muchas cosas mínimas, si, que solamente sirven a mi respiración de paquidermo cuando camino entre ellas y las reconozco. Como yo, se han convertido en minerales y están en su lugar fosilizándose para pasar más desapercibidas. Nunca las tiraré por mi propia mano porque llevan en mi compañía largo tiempo y porque parten de una experiencia común, vivida conmigo, sentida en mi piel. Me reconbozco en ellas y no podría ser de otra manera aún huyendo de mi a otro lugar. O perdiéndolas. Habitados por un extraño animismo de estar por casa les otorgamos vida, presencia, aliento, olvidando que es nuestra vida, su presencia, nuestro aliento, el rastro de lo que fuimos y el hecho de lo que somos. Siempre en su añoranza estará su presencia. Me refiero a un pequeño volumen publicado por Aguilar en 1947, de papel biblia en el que leí con 14 ó 15 años Jane Eyre, de Charlotte Bronté; o un daguerrotipo de un señor al que desconozco pero cuya eternidad, en mi ámbito familiar, depende de seguir estando en un anaquel entre mis libros, no creo que nadie le recuerde ya; o un pequeño abrirdor en forma de pierna femenina que me regaló Ana hace muchos años; o una piedra que parece una cabeza de simio y que me trajeron mis hijos, muy niños en una playa de Almería; y unas estampas viejas que compré hace cuarenta años en los encantes de Barcelona y cuelgan enmarcadas en la pared de la biblioteca de las casas en que he vivido desde entonces; o un ejemplar de El Criterio de Jaime Balmes que pertenecía a la biblioteca de mi padre. Ni hablo de fotografías ni de nostalgías, que son ambas estados del ánimo guardadas en las caja álbum de la memoria. Hablo de trozos de vida emocionada que han mineralizado en nuestro propio cuerpo hasta ser el envoltorio que nos lleva, que es el alma que muere con el hombre. Ocupan su lugar y si faltaran, si alguien desconsideradamente las cambiara de sitio, percibiríamos el hueco en nuestra propia esencia. No vivimos desnudos sino que protejemos esa intimidad con las cosas mínimas de siempre, acariciándolas con nuestras respiración y mirada. Muy nuestras están donde deben estar; cuando nos vayamos ya se encargará alguien de rescatarlas y probablemente pasen a ser las cosas que seguirán mineralizando con nuestros hijos. Ladinas como son, tienen el arte de sobrevivir a sus muertos porque son su memoria.
Solo piden un buen lugar para acomodarse en desapercimiento.

martes, marzo 21, 2006

Los buenos y los Malos


Los buenos y los malos eran adjetivos del cine de mi infancia; como el chico y la chica. Hoy, en tiempos de sociología para torpes y de antropología de mesa de noche, no queda bien decir buenos o malos o bonito o feo. Esos adjetivos quedan ramplones y se prefieren las complejidades linguísticas. Está bien así, pero puesto que existe el mal y lo sabemos y el bien también o lo imaginamos, por una vez escribiré sobre los buenos y los malos.
¿Cómo saberlos? ¿Cómo identificar a unos y a otros? ¿Cómo separarlos? Himmler entraba de puntillas en su casa para no despertar al gato. El entorno de los tiranos les aprecia; creen que saben más de ellos que el grueso de la gente que soporta la tiranía. Hablan de sus ternuras o de sus gestos humanos. Se tiende a exculparlos: la maldad está en el entorno; al malo le ocultan la verdad. Si por el malo fuera todo iría mejor, los sinverguenzas son los otros.Todo es una conspiración. Los buenos es otra cosa, lo son casi siempre y hay cosas que los buenos no harían nunca hasta que las hacen. Tirar napalm o agente naranja sobre una población de seres humanos que corren despavoridos por una carretera; vaciar un banco del dinero de los otros, apropiarse de un terreno, recalificar una parcela; envenenar el entorno. ¿Que sabe uno cuantas cosas puede hacer un malo sin serlo o un bueno que hace de malo? Jugar a dioses y matar o perdonar la vida. Traicionar. Mentir. Estafar. Torturar. Mentir otra vez. Los buenos de una pieza no hacen esas cosas, son enteros, sanos, bondadosos. Los malos si. Cuando era niño, en el cine, el malo estaba siempre identificado; era malo porque quería a la chica que no le quería, mataba a quien no debía y trataba de acabar con el bueno. Para ser bueno bastaba con actuar como negativo, a la inversa en todo. Por eso jugábamos a buenos y malos. También jugábamos a polis y ladrones o a indios y americanos. Existía una clara ambiguedad: si nos tocaba ser malos dignificábamos el papel y tratábamos de ganar la batalla. En realidad practicábamos un transformismo que nos debía preparar para la vida: asignado el papel de malo lo asumíamos y con fervor. Pasar de bueno a malo es un paso, el cruce de una línea. Que poco es. Esos juegos fueron aprendizaje de banalidades, preparación para el mañana. Mucha gente nos cuenta que tuvo que fusilar y lo pasó mal y otra mucha no cuenta que tuvo que fusilar y no le pasó nada, en su conciencia quiero decir. ¿Qué iba a hacer? Da un motivo y nacerán los malos. En la Roma republicana, las proscripciones de los enemigos del triunvirato podían ser denunciados por ley, por cualquiera que así obtenía la mitad de sus propiedades; el resto pasaba al estado. Centenares de buenas personas encontraron motivo para denunciar a sus vecimos. A veces para identificar al malo basta con hacer un ejercicio: en la escala de maldades vamos a identificar al ejemplo de todo, aquel que concreta enm si la maldad pública. Cuando no quiero identificar al malo empiezo por centrarme en culpable de todo. Se sabe que siempre hay un culpable, o es un don nadie o es el todopoderoso mandamás, El Teniente Calley en Viet Nam o Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Y ya está. Cuando el insignificante hace algo malo y le pescan, sive para dar un escarmiento., Que no se diga nunca que no se castiga al malo. A Calley le tocó aunque sospecho que poco y que deberá haber vivido una vida cómoda pensando en la maldita conspiración que descubrió que habia violado y permitido que su patrulla violara y asesinara a una pobre muchacha vietnamita, (pobre aunque fuera combatiente del viet cong). Los insignificantes están de carceleros, hoy, distribuidos por todo el mundo y a veces bromean y se divierten con su maldad, como el que tiene una pelota de goma y la bota en el pasillo de casa; se hacen fotos con cámaras digitales torturando, o haciendo que torturan o con cadáveres torturados y las reparten entre ellos. Es lógico que los chicos graben una paliza a un compañero, ¿no se divierten así los mayores? Y todo el mundo sabe que los mayores hacen las cosas bien.
Otros han cumplidos las órdenes del todopoderoso. Esos insignificantes han llenado el mundo de tragedias, han desgraciado a la humanidad amparados en la inconsciencia, exactamente esa es la palabra, y en anestesiante cumplimiento de la orden. "Las órdenes de Hitler eran leyes, aunque no se escribieran" dijo Eichman en su juicio en Jerusalen. Hacer bien el trabajo fué para él trasladar a millones de judios al este, a los campos de exterminio. Buena persona, indiscutiblemente, con método y rigor, aplicado, puso en marcha un sistema de transportes que funcionó a las mil maravillas. El presidente de un banco se vistió arrogante la toga ante los jueces que trataban de entender como toda aquella arrogancia chulesca escondía a un ladrón vulgar. Malo también, Y dosctor honoris causa y modelo para la juventud. Una conspiración para que no llegara al poder, él que iba a arreglar los problemas de todos. Y el alcalde de una ciudad turística, rica entre las ricas, lujosa entre las lujosas, a la que se le quedan en las manos algunos millones comisionandos para él. Son malos que aprovecharon la oportunidad; las oportunidades existen y esperan a su malo. A toda opoprtunidad le corresponde uno. ¿Es ser malo aprovechar los millones que pasan por tus manos? ¿Es ser malo poner tu firma, un garabato ininteligible para poseer más triunfo? ¿Para dorar el aura? La respuesta está clara: si, pero... Un paranoico alcanza el poder y los demás le siguen, lúcidamente, y justifican sus pasos con racionalidad absoluta. ¿Es eso malo? Si, pero...La línea trazada en el espacio invisible que separa al bueno del malo, al bien del mal, es también invisible. Y el mal no es tan malo, todos podemos serlo. Tenemos ela rgumento salvador, el que nos regenera cuando llegan los tiempos de expiación de la culpa: si, pero... Lo terrorífico es la banalidad del mal, su insignificancia, su habitualidad. Por eso es difícil ser malo de verdad, que malo circunstancial es muy sencillo. Si consigues recalificar una zona rústica no eres malo, listo si. No importa que se enfaden los veinte vecinos afectados, porque ellos harían lo mismo. Y si eres malo, eres poco malo que también existe la gradación. Y si arrojas un bebé a la basura, parido en la oscuridad de la tragedia, misería y soledad se juntan muchas veces, no eres malo, horrorizas, pero no eres malo porque las circunstancias son las circunstancias. La verdad es que vivimos rodeados de banales actos de maldad y el bueno es áquel que no está dispuesto a ser banal, nunca, pero ¿cómo saber cuando ese nunca es ahora? Los malos son inductores, actores y cómplices. Un conocido mío, del pueblo en que vivo, franquista de pro, amante del orden en los otros, me definía el otro día al presidente del gobierno con el apelativo de "carnicero sanguinanrio" y se fué tan ancho. Yo no hablo de política con quien no conzco y esta pincelada de ahora es por pura ejemplaridad. ¿Porqué dices eso? le pregunté y me contestó que porque era así. Los malos definen las cosas, les ponen nombres y calificatiivos, se los aprenden, los repiten y acaban haciendo realidad una falacia. Libertad sobre libertinaje, orden sobre caos, unidad sobre disentimiento, beneficio sobre solidaridad, dios sobre la nada, dioses sobre toda la nada que se pueda imaginar. El mal banal es individual, social, colectivo, político. El médico que recomienda el dopaje al deportista es malo y el que se deja dopar es cómplice y entonces ¿que es? Los cómplices lo llenan todo, repiten insistentemente que la guerra fué justa, que la pena de muerte es a veces necesaria, que la fuerza es la ley, que somos ingorbenables, que la miseria es necesaria, que los otros son los malos y los señala, que siempre ha habido vesanía, que siempre ha habido indecencia. Estos cómplices siempre saben donde está la maldad y a veces te perdonan, por voluble y ligero, que les lleves la contraria: ya saben que tu eres así. Convencidos del bien practican el mal, que lo confunden uno con el otro. Hay un párrafo de castellano limpio de Dionisio Ridruejo, contenido en "Las muertes del Rey don Pedro del Canciller López de Ayala", en que el prologuista y seleccionandor de los textos, escribe: Es la vida del hombre, en su aspecto más crudamente humano, lo que principalmente nos ha interesado: los rasgos de su vesanía homicida, de su veleidad erótica, de su incurable rencor. Rasgos todos ellos contrastantes con su pronta sentimentalidad, el cálculo racional de su empresa, su ambición levantada, que hacen el drama más patente" Olvida uno que añado yo: la banalidad, el sentido de lo mínimo, el sin sentido. Con ese equipaje, poco camino se puede hacer para no ser el malo o el cómplice, si fervientemente uno no se lo propone. Camus define al hombre rebelde como aquel que sabe decir no. Es el mismo no que necesita aquel que quiere no ser malo.

domingo, marzo 19, 2006

Camino


Ayer llovió; y antes de ayer. Esta mañana al despertar he visto el sol radiante por la ventana, pero al acercarme al cristal, era un sol engañoso: lluvia torrencial, de gotitas brillantes como puntos de luz, desparramándose por el prado. Por el Noroeste un tímido arco iris sobre una masa de nubes que finalmente no ha llegado; vientos del oesta las han llevado al este. Vivir en el campo tiene esto, te acostumbras a los puntos cardinales, a las referencias naturales; cuando el hombre del tiempo habla, a veces comprendes. Como he nacido y vivido en ciudad durante la mayor parte de mi vida, debo confesar mi ignorancia y pereza anteriores. Ni sabía ni quería saber, ¿para qué? Al final todo se resume en nombrar una avenida o una plaza y el espacio queda delimitado. No es que la gente de pueblo sepa más, es que no hay placas indicadoras, ni números. Si vienen nubes del oeste pasará lo que tenga que pasar.
Hoy está todo el mundo contento, "esta lluvia es buena" dicen. Y también lo fué la nieve de hace unas semanas, que al no llegar a helar se fué tierra adentro hasta econtrar sus capas freáticas y recorrer oscuros y tenebrosos caminos bajo tierra como buscando el Hades. Además han venido excursionistas en sus coches, con niños y sus anoraks de colores brillantes. Los restaurantes hacen su agosto, los corderos no. Cuando nieva y llegan los visitantes en sus coches, y entran en la Forestal, que es carretera que discurre a 1300 metros de altura bajo un pìnar inmenso, trazada en la ladera, sabes que es mejor no ir por ahí, porque al final vas a tener que ayudar a alguien a salir de la nieve empujando el coche, sacando nieve de bajo de sus ruedas. Sientes un ligero desprecio por ellos y luego te arrepientes. ¿Qué culpa tienen de ser tan inútiles? Eufórico porque vives ahí abajo, en el prado, los dejas agradecidos circulando por la trampa de hielo, sabiendo que a los pocos metros volverán a lo mismo. Les has tenido que soltar aquello de "pero hombre, ¿cómo se mete usted por aquí con este coche?" y ellos balbucean excusas, como si fueran culpables, que lo son.
Baja el arroyo por Aguas Vertientes con fuerza y caudal. De ida con mi amigo perro hemos cruzado el puentecillo de piedra que está adosado a la Cerca de Las Monjas, que nadie sabe porque se llamá así hasta llegar al Prado Largo. Es paso que verdea siempre de musgos y líquenes, pleno de humedades umbrías. A poco más de un metro, bajo los pies, borbonea el agua en un hervor frio de blancos radiantes. Llamar Aguas Vertientes a estas laderas tiene un acierto de castellano bien construido: no puede llamarse de otra manera más corta, somera y descriptiva. Veníamos de camino entre los restos de la tala, amontonado el ramaje, dispersas las astillas. Cuando acaben las lluvias, todo ello se agrupará en los claros y arderá controladamente con llama corta e intensa y espeso humo; los forestales, saben lo que hacen. Mi amigo y yo salimos al sendero que baja desde la Peña del Águila y girando a la izquierda tomamos de nuevo el camino para casa. Aquí nos cruzamos un día con un corzo que nos dejó de un aire, verlo aparecer y desaparecer y quedarnos con la imagen en los pensamientos como una fotografia perdida. El vado está imposible a no ser que nos metamos con agua hasta media pierna: el caudal es intenso, la fuerza del agua mucha: podemos caer y empaparnos. Mi amigo el perro corre de un lado a otro por la orilla nuestra y me mira. El sabe que podría ser arrastrado. Debe pensar que he sido yo el que le he metido en este lío y que debo ser yo quien le saque de él. Cómo lo se le propongo volver sobre nuestros pasos, subir hacia el portón y girando de nuevo a la izquierda tratar de saltar un arroyo que confluye con el Mayor, que es más angosto, de mucho caudal, pero más hondo en cauce y muy estrecho. Hay que saltar, le digo al pequeño y él, que lo sabe, se mueve inquieto a base de pasitos cortos. Tú primero, le digo, pero hace que no me entiende. Busca el sitio mejor y no lo encuentra. Además, el caudal está preñado de aguas oscuras y plenas que parece que van a reventar. De acuerdo, iré yo primero, pero no veo como hacerlo llevándole en brazos, así que ensayaré el salto yo desde una roca plana que se adentra un poco. Calculo que saltando con fuerza alcanzaré la otra orilla y que de mojarme, será un pie o una pierna y podré, tendré ocasión, de asirme a una rama de roble que me ofrece su ayuda. Lo hago y salgo bien librado, ni una gota me alcanza. He dejado a mi amigo atrás y él ahora está más nervisoo que nunca porque yo estoy ya al otro lado y tiene él que ser quien decida lugar y momento. Debe pensar que el caudal puede arrastralo, podría sin duda, aunque yo se que saltaría tras él y acabaría todo en mojadina de ambos, pero no se lo digo. Le animo, le jaleo, venga, hombre, venga (le llamo hombre y a él no parece importarle) y viene de un salto prodigioso, que a sus diez años está como yo, con inseguridades. Las patas de atrás le fallan y su cuerpo resbala hacia el caudal de agua pero clava las de delante e hinca las posteriores y encorvando el lomo se convierte en músculo de metal, ballesta, que se dispara a lo alto. A salvo ya, mientras le felicito a voces, sacude de su cuerpo el agua que le ha salpicado y me ladra dos veces irritado. De inmediato toma la delantera y marcha para casa. Diríase que quiere mostrarme su enfado. Deberé darle la razón: soy demasiado osado.
Ya hemos cruzado al afluente y ahora podemos cruzar por el bosque hacia la carretera que sube o baja el puerto, según se vaya en una u otra dirección; ella cruza por encima del Arroyo Mayor que sigue torrencial hacia la ermita y la autopista. Caminamos por el arcén izquierdo de la misma, unos cientos de metros, viendo de frente la inacabable hilera de faros de los coches que vuelven a la capital después de haber pasado una o dos jornadas en la sierra. A mi amigo perro le digo que camine detrás mío y lo hace con precisión militar. No necesita correa, ya es mayor para esas cosas. Ellos vuelven a casa; llegaré yo antes a la mía. Está anocheciendo y hace frío. Subimos las escaleras y en ese momento empieza a lloviznar de nuevo. Ahora, cuando una hora después escribo esto, vuelve a llover con furia y es ya noche cerrada.