martes, mayo 02, 2006

Atardecer en la casa del bosque


Es primavera y al atardecer, después de una solana benigna que alcanza los 32 ó 33 grados, agrada sentarse en la balconada de la planta alta mirando a las cumbres y al bosque. Sopla brisa fresca casi siempre, y la luz se apasiona en fuego blanco hacia el oeste, que es por donde la carretera cercana señala A Coruña; por el sur el azul va ganando la limpieza del ciane. La foto, que muestra 180 grados, hay que entenderla formando un ángulo prácticamente recto a la altura del conjunto de tejados que se adivinan a la izquierda de la parte central de la fotografía. A la izquierda el sur y a la derecha el oeste. El monte del sur es Cabeza Líjar, nombre bonito que no se a que viene ni nadie del pueblo ha sabido explicarme. Estará seguramente la razón del mismo en las guías de la sierra de las que no dispongo, porque en las que si tengo, no. En el centro, corriendo hacia el oeste las dos cumbres son Cueva Valiente, otro nombre hermoso que cabría muy bien en los libros de Tolkien: tampoco hay razón del mismo. La sierra en la que se alza Cabeza Lijar es la sierra de Guadarrama, que toma el nombre de un río que en verano es arena y charca y de ahí el nombre: en árabe wadi aram o río de arena. La sierra se alza y corre de suroeste a noreste, y a su paso por Cabeza Líjar y el Puerto del León (no de los leones, que eso fué un nombre de la guerra civil que olvida a los muertos de un bando y enaltece a los del otro y por eso es mejor arrumbarlo a los libros de texto de la época) le sale un contrafuerte que se dirige directa, breve y muy airosa al oeste: es la sierra de Malagón (no se si lo de "salir de Malaga y caer en Malagón" tendrá que ver y lo he de averiguar). En lo alto de esta sierra de Malagón la raya de la provincia de Avila. Y en lo alto de la de Guadarrama, en el puerto que es la caída de la ladera de Cabeza Líjar, la linde de la provincia de Madrid. Yo me siento a contemplar el paisaje en la provincia de Segovia. San Rafael es el primer pueblo bajando la sierra por la ladera norte. En el siglo XVIII había aquí una ermita (las piedras de la misma siriveron para levantar la casa de campo de un aristócrata a principios del siglo XX y todavía están ahí, fundidas en la fábrica de la casa) y una venta en la que descansaban las postas la bajada del puerto antes de tomar la recta en la llanura hacia al El Espinar y Villacastín. Joseph Townsend, que estuvo por aquí en los años 1786 y 1787 describe el viaje con gran encanto y le cito su apunte sobre la segunda: " En ella había cómodas camas y precios establecidos por el gobierno con objeto de evitar discusiones. Un pavo cuesta ocho reales, alrededor de un chelín y siete peniques... Aunque son precios muy razonables, por desgracia rara vez hay semejantes víveres disponibles. Sin embargo, no tuvimos motivos de queja". No queda claro si habían o no pavos, gallinas y pollos pequeños, que son los que describe en su libro, si estaban al precio de la carta, aunque quedaron satisfechos o por lo menos "sin motivo de queja".
Ya escribí que vivo en "Antepuertos", donde en los siglos de la Edad Media y Moderna, se establecía la división entre culturas, poderes y vecindaje. Por estas crestas cuzaba el Arcipreste y tiene una peña que lleva su nombre en la ladera sur mirando a la llanuira donde se asienta Madrid, y aquí pintó Rubens, en el puerto de Malagón y de aquí tomó paisajes para sus retratos ecuestres de Felipe IV y del Conde Duque de Olivares, Velazquez. Mediterráneo como soy, se hirió mi mirada nada más llegar al centro de la península con el inmenso azul limpio del celaje, con la luz que parece de cristal. De Velazquez decían que pintaba el aire y creo que eso solamente es posible bajo este cielo. Ahora mismo, si miro por la ventana hacia Cabeza Reina (que es el norte y por eso no sale en la fotografía) las nubes breves colgadas del azul intenso, sobre la línea del cerro, componen el paisaje de fondo en el que una hilera de pinos ascienden perezosos en excursión hacia la cumbre. Todo está determinado por la luz, por su intensidad, por su limpieza, por el limpio enfoque del cristal que veremos en luego en los interiores que pintaría Vermer.
Años atrás me sentaba siempre con un libro en las manos; tenía menos tiempo para leer y aprovechaba los minutos. Al paisaje que me circundaba le dediqué miradas de conjunto pendiente de abrir el libro. Ahora ya no, dedico al paisaje el tiempo que merece que es mi tiempo interior. Me siento y miro, sin objeto, de un lado a otro, en un movimiento de cámara indeciso que puede seguir a un pájaro o detenerse en alguien que cruza el bosque y entra en el prado o en las nubes a las que traspasa el sol hacia el oeste y las rompe en luces. He conquistado al tiempo, me digo, cuanto me queda es mío y haré en él lo que quiere o lo que pueda. Hace unos días, pasé treinta y dos jornadas en una habitación de hospital con Ana, día y noche: el tiempo es mío. No tenía otra prioridad que estar allí, así, determinadas las prioridades las horas corren con más delicadeza. Ahora me sinto a ver la puesta del sol después de haber estado plantando geranios y lilos, y de haber trasplantado del semillero a macetas pequeñas, salvias, albahacas y mejoranas que en invierno semillé en el invernadero. El tiempo es mío, no me lo digo sino que lo sé, porque lo dejo correr con enorme morosidad y el salto de domingo a lunes no me sorprende ni agobia. Creo que el bien más preciado y al mismo tiempo más despreciado por los que no lo usan, el que maltratan comprimiéndolo, llenándolo de ocupación, es justamente el tiempo. ¿Quien no ha dicho alguna vez cuando le han preguntado por su presente: estoy que no paro, no tengo tiempo para nada? El tiempo en la vida es la duración de la misma, nuestro tiempo, pero es también una dimensión flexible que a veces nos sorprende corriendo demasiado y a veces pasa con enorme lentitud; dependerá de la ansiedad con las que se esperan las cosas o del valor que les demos cuando estamos en ellas. Pues bien, cuando te sientas a ver la puesta de sol sin reparar en el tiempo, el tic tac se acomoda a la eternidad y lo único que puede hacer que te mueves de la silla en que te has situado es una caida de la temperatura cuando, ya en el oeste, se vaya cada vez más lejos y se oculte en el horizonte. Hace años pues en práctica un pequeño truco con el tiempo: cuando tenía que esperar algiuna cosa y se demoraba, una cita, una compra, un viaje, dedicaba el tiempo de la espera a disfrutar del tiempo pensando, no impacientándome sino pensando. Rescataba de la memoria imágenes y frases y hacía pensamientos. Es práctica beneficiosa que alivia muchas impaciencias.
Sentado aquí me viene al pensamiento una cita de Benjamin que acabo de leer en un libro de Habermas: "El concepto de progreso hay que fundarlo en la idea de la catástrofe. Que todo siga así es la catástrofe. La catástrofe no es lo inminente en cada caso, sino lo dado en cada caso... El progreso no tiene su sitio en la continuidad del decurso del tiempo, sino en sus interferencias, allí donde algo verdaderamente nuevo se hace sentir por primera vez..." En otro momento hubiera ido a la biblioteca en busca del libro de Habermas y de su correspondiente de Benjamin que debo tener, pienso, pero ahora, sintiendo un acuerdo total con la frase que sale a flote entre mis pensamientos, y con la mirada absorta en un punto del cielo me digo que todo está bien. Hasta la próxima catástrofe.

11 comentarios:

  1. A veces me digo a mi mismo; "Joder! como pasa el tiempo!!" una frase hecha que ni alcanzo a comprender lo que quiero decir. No me doy cuenta del tiempo solo veo su efecto en mi y en las cosas. Solo lo mido, como dices, por esas catástrofes que se insertan en su curso. Pero lo que si hago es tenerle miedo, miedo de no saberlo medir bien y siempre hago, no sé si como tu, llenarlo de pensamientos y palabras para tratar de ocultarlo y no pensar en él, en su falta de escrúpulos para con las cosas que mide, es como un gran monstruo que se come a sus hijos sin piedad.

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  2. Es una dimensión, una medida de nuestra duración. En si no existe, er artificioso considerarlo como "algo". Nuestra vida dura y eso es nuestro tiempo. Y la sensación que tenemos de él es elástica: a veces si los sucesos se acumulan y nos agobian pasan muy deprisa, a veces si no hay sucesos la vida se nos hace larga. La vida, no el tiempo. Medimos el espacio entre día y noche y entre verano y verano para ordenar nuestro quehacer. Si en vez de decir que hay un año entre junio y junio dijéramos que hay dos cosechas, ya no hablaríamos de tiempo. ¿Cómo puede agobiarnos algo que no existe?

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  3. Pues... al leer los comentarios he recordado a Flaubert, a Gustave Flaubert, que llegó a decir que escribía para "escaquear la vida", y se me antojaba a mí que quería decir "tiempo" en lugar de "vida", y ahora, al leer el comentario de Luis he comprendido la relación y he caido en la cuenta de que Flaubert dijo lo que quería decir, exactamente.

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  4. Pues si, cierto, Don Luis, ¿como puede agobiarnos algo que no existe? (esto es lo que quería expresar en mi comentario en el post anterior
    Los pensamientos como tales, tampoco existen, el tiempo en si, no existe...pero nuestra mente trata todo eso como bien existente, bien real.
    Luego, ¿qué pasa, narices!?, pues creo que nuestra mente nos engaña, su función principal es engañarnos, ¿de qué manera?; haciéndonos creer que lo inexistente, existe.

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  5. Jodi: ¿Cómo puede tu mente engañarte a ti que eres ella? Existe una contradicción en ello. y una imposibilidad.

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  6. No veo la contradicción en ello. ¿acaso yo no puedo engañarme a mi mismo? y en cualquier caso, ¿por qué esa seguridad de que no me engaño?, tanto se puede decir que es imposible engañarse a uno mismo como lo contrario, esto en el caso que no se pueda demostrar ninguna de las dos cosas (algo así como la existencia de Dios, ni se puede negar ni afirmar, solo podemos acercarnos a ello de manera indirecta). Lo que digo es que muy bien podemos creernos lo que nos dice nuestra mente, o no,podemos morir o matar por ello y sin nisiquiera saber con seguridad si estamos en lo cierto o no.
    El mismo conocimiento de las cosas, no tenemos una seguridad absoluta de ellas, de ahí que el hombre haya inventado el método experimental (todo lo que se cree es lo que se demuestra en el laboratorio).
    No, no veo la contradicción, si, yo soy mi mente, exacto, ¿por qué no puedo engañarme? ¿por qué mi mente, al ser yo, no me engaña? acaso ¿yo no me engaño?, ¿como se puede estar seguro de eso? ¿quien dice que mi mente no me engaña?...solo lo puedo decir yo, no tengo un punto de vista objetivo, porque "yo" soy subjetivo.
    Y de hecho muchas personas creen que están en lo cierto y de hecho no lo están, eso es un engaño.
    No, absolutamente en desacuerdo, pienso que mi mente me engaña, hay miles de ejemplos y no es ni de recibo, ni científico...ni ná, el decir lo contrario.

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  7. Esclavos del reloj, eso es lo que somos la mayoría, corriendo a todas partes, cronometrando los segundos para tener más tiempo en el que hacer más cosas. Seguro que en el neolítico invertían más horas en disfrutar del paisaje que en buscar comida.

    Hay una escena en Titanic -por muchos motivos una de mis películas favoritas- en la que Jack (Leonardo di Caprio) le da una nota a Rose (Kate Winslet) ice algo así: "A las doce en el reloj, haz que cuente". Tal vez ése sea el secreto: hacer que la vida cuente, llenar el tiempo de vida. Y esto lo dice una que se pasa el día soñando, haciendo viajes en el tiempo, recordando. Puede que un día de estos me decida a hacer que mi vida cuente.
    Gracias Luis, por tus sabias reflexiones.

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  8. Acabo de leerte y recapacito sobre mi tiempo.
    Me pregunto si estaré dejando que todo se escape entre mis manos, se escurra y se vaya sin detenerlo; no lo sé, pero una cosa si está clara, a lo largo de mis días hay poco "tiempo útil" de ese que merece la pena.
    Me propongo aprovecharlo, no abandonar mis paseos por el río, mis tardes de sol y mis horas de calma.
    Deseo y espero que tú sigas disfrutando del tuyo.

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  9. Gracias, Gubia. Pero insisto en que no es el tiempo el que se pierde, es la vida.

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