Fárrago

Fue acuñada el mismo año en que nació Cicerón, el 103 ac, en Roma. Ahora acompaña al hombre del Prado donde vaya, envuelta en una funda transparente de plástico, que es como un sobre con una solapa que al cerrarse impide que caiga fuera y se pierda. Cuando el viajero llega a un lugar en el que vaya a estar varios días, la saca de su maleta y la coloca encima de la mesa de trabajo. Hace compañía, tanta que resulta impensable trabajar en su novela sin tenerla cerca. No la toca, ni acaricia, ni siquiera la mira. Cada cual en su lugar, cada cosa en su espacio, manteniendo en la cercanía un contacto que es cosa del espíritu. No piensa el Hombre del Prado que haya estado en manos de Ático, Cicerón, Catón o el mismo César. Le basta con saber que viene de aquel ahí que es el entonces, pero entonces y ahí, que unidos concretan una geografía espacio-temporal a la que le dedica algunas horas al día, algunas, a veces no más de una, a veces diez seguidas.
En Alicante, donde ahora está, mira hacia el mar debajo de un cielo atormentado por nubarrones densos que de vez en cuando descargan. La primera parte de su novela transcurre en dos días, bajo la lluvia de un invierno romano. Un hombre agoniza y el otro, al contemplarlo en agonía piensa en que se trata de una premonición, o de un augurio. Hombre descreído, no cree ni en la una ni en lo otro, pero en su vejez intuye que se trata de un anuncio de su muerte cercana. los viejos mueren en invierno, con la lluvia y el frío, con los huesos helados y doloridos y los músculos agarrotados. Todavía es así. En Alicante, donde está ahora, los nubarrones muestran a los de abajo su panza gris plomo, preñada, en la que la luz del sol busca caminos para anunciarse y conferir a esa entraña de aguas contenidas una amenazadora transparencia. Descargará, se dice. Cuando pasea, a veces cruza por debajo de una nube, o es esta la que le sobre vuela, y le alcanza la lluvia que mana de ella y que se aleja llevada por los vientos de arriba. Son ráfagas.
Ha estado releyendo a Cioran a la par que trata de escribir su libro. Ambas ocupaciones no son buenas compañeras. Piensa que a Cioran hay que leerlo en la nada, en el no hacer nada, pendiente de leer, no de aprender, ni siquiera de descubrir, en absoluto maravillarse. Cioran es un autor que suena dentro de uno como un resumen de los propios pensamientos con los que conviviendo, no se ha apañado uno para exponerlos, no por lo menos con su contundencia y claridad; menos aún con su pasión. Por eso ante el rumano hay que recoger las velas del entusiasmo y contener el asombro. ¿Se asombra uno cuando se lee a si mismo? ¿No viene a parecerle el párrafo una banalidad?
Uno le divierte, ríe socarronamente porque se ve a sí mismo en él, ¿no ha dicho ya que leer a Cioran es pensarse a si mismo? Un párrafo en el que hiere especialmente al oficio de escribir. No al oficio de vivir de escribir, sino de vivir escribiendo, piensa el Hombre del Prado. Naturalmente que uno no escribe pensando solo en sí como lector; uno escribe por sí, en si, sin otro pensamiento que ser: quien ama escribir es escribiendo. No hay otra fórmula dejando a un lado todas las demás: a cada cual la suya.
Escribe Cioran:
Desdichadamente, la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura...
Intentareis escribir; inmediatamente se erguirá ante vosotros la imagen de vuestro lector... Y dejaréis la pluma. La idea que queréis desarrollar os fatigará: ¿para qué examinarla y profundizarla?m ¿No podría expresarla una sola fórmula? ¿Cómo además exponer lo que uno ya sabe? Si la economía verbal os obsesiona, no podréis leer ni releer ningún libro sin descubrir en él los artificios y las redundancias....
El escritor, tal es su función, dice siempre más de lo que tiene que decir: dilata su pensamiento y lo recubre de palabras. De una obra sólo subsisten dos o tres momentos: relámpagos en un fárrago. ¿Le diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más.
He ahí una certidumbre que le acosa, cuando revisa, páginas atrás o adelante, aquello que está escribiendo. ¿Todo podría decirse en dos párrafos, piensa, todo podría concretarse en un par de citas. Tal vez está escribiendo una acumulación de frases y palabras que deberían resumirse en la fatiga de un viejo que ha vivido poco, o que ha sentido poco la vida, o que siente la vida como una traición, o que se siente como un traidor ante la vida. Pecado y contrición, o solamente contrición, o contrición y penitencia, o los tres seguidos. ¿Cómo se puede escribir si el hecho mismo de dar la descripción del personaje central resulta tan difícil? Se excusa a si mismo el hombre del Prado con el argumento de que ni siquiera Dios en su improbable creación, puede insuflar en cada alma el destino de la mezquindad, o del egoísmo, o del arrepentimiento. Parece que la Creación, puestos a hacerla metodológicamente más sencilla, se resume en insuflar en el alma un puñado de variables cogidas de una tabla en que se muestran como montoncitos de polvos mágicos, y si solas habrán de alcanzar una mezcla que resultará finalmente en algo casual, y por lo tanto en una banalidad. Tras un combate entre químico y espiritual, el hombre resultará héroe, villano o don nadie.
Esta misma mañana, al salir a pasear con Goyerri hacia el acantilado, se ha cruzado con tres mujeres que caminaban en dirección contraria. Goyerri se ha dirigido directamente hacia la mayor y le ha olisqueado la pantorrilla; ella se ha inclinado hacia el perrillo y le ha acariciado la cabeza. Nadie intuye lo peligroso que eso es, pues convierte a Goyerri en inmediato súbdito de la ternura ajena y por lo tanto en tirano usando la propia. Las otras dos mujeres se han dirigido al hombre del Prado: ¿podemos hablar con usted? ¿Acerca de qué? Nos gustaría hablarle de religión y de vida. Tengo prisa, ha dicho, pero se ha quedado. La mujer mayor ha vuelto seguida de un Goyerri alegre y trotón. Es que me sigue, dice y el hombre del Prado: siempre sigue a la gente encantadora,señora. Ella ha sonreído agradecida. Era un momento de sol alegre, brillante y al fondo de la calle se divisaba refulgente una franja de mar bajo un cielo de nubes iluminadas. Es verdad que han hablado de religión y del Libro, pero poco, quería escucharlas. Recuerda como hace tiempo, cuando llamaba a la puerta un testigo de Jehová, no se le abría: tal vez aún suceda lo mismo. Pero él admira ese ánimo decidido en una mujeres, madre, hija y nieta seguramente, que vencen lo que piensa que debe ser natural timidez. La palabra de Dios las hace decididas. Apelará el hombre del Prado a su religiosidad teñida de agnosticismo, y cuando ellas acuden a aquello tan socorrido de "basta mirar este hermoso día para comprender la existencia de Dios" él las contestará con aquella frase que aprendió hace poco de un comentariode Luri en esta web: se trata, señoras, de la visión arrobada de la belleza transeúnte. Estaban detenidos frente a un colegio público cuyos patios estaban desiertos, como la calle. Impaciente Goyerri ha optado por seguir su camino en busca del lugar en que alivia su necesidad física cada mañana. Tengo que irme, les ha dicho, él no espera. Que guapo es. Si, señora. es muy guapo. Se han despedido entre sinceras sonrisas, embargados por la dulzura del día y de los cuatro, que se ha derramado cuando han optado por charlar en medio de la obviedad de lo inútil. Sean felices, les ha deseado el hombre del Prado. Y usted, y su perrito.
Poco después, en el acantilado, ha vuelto a pensar en Ático: ahora lo tiene detenido en medio de una cena en la que se habla de él y de La Vida de Ático que ha escrito Cornelio Nepote. No escucha, no oye, solo piensa en si mismo y en la premonición de su muerte, o es un augurio negro, no lo sabe bien. Está en una encrucijada al final de su vida, querría conocerse: ¿Pecado? ¿Contrición? ¿Penitencia?







