lunes, agosto 29, 2011

El jardín, el lunes.

A las ocho de la mañana paseaba por el jardín, todavía en sombras casi todo, menos la parte abierta al este. Por allí un sol todavía tibio, casi frío, saluda la semana que empieza. Temprano era para la costumbre. Gatito reclamaba la primera comida de la mañana y la primera salida a sus territorios del exterior, frotando su lomo frágil y ágil con las piernas del Hombre del Prado. De vez en cuando un maullido como reclamación. La cafetera despide a borbotones un café negro y largo. Los mirlos ya no aparecen. Algunas casas se han cerrado, no para el reposo nocturno o de fin de semana, sino para la larga estadía estival. Se acabó el verano, han bajado las temperaturas, la gente ha empezado a marchar. Nos quedamos solos, le dice a Gatito y este asiente con un gesto elegante. Los enormes ojos redondos le miran con intensidad. ¿Qué ve un gato cuando mira? ¿Que ve el Hombre del Prado cuando le mira Gatito? El jardín declina, basta mirarlo para ver que las temperaturas, al caer, se llevan algo de la lozanía propia del agosto pujante, o del mes de julio. Alrededor las cimas parecen compungidas. ¿A quien mirar ahora, allá abajo en el prado? El jardín de nuevo, el cuidado jardín de cada día con sus senderos cortos, sus espacios umbríos. Ayer unos amigos llegados de lejos pasaron en él el día hasta el atardecer. Hubo que entrar cuando el sol, al desaparecer por el oeste, les dejó a solas con la fresca. Hablaban de teatro, de cultura y el espacio de frutales, arbustos, flores, se ofrecía como un rincón del jardín del edén. Les embargaba una fría y razonada nostalgia, ni eso era, un desapasionado recuerdo, eso si sería. Después, al caer la noche, se marcharon. Con las luces de los faros del coche abriendo la cerrada oscuridad del prado, se fue el día, se fuerin los amigos, se fue la humanidad del mundo, tan solos se quedaron en la calle diciendo adios con la mano. Por la mañana el correo le traer la noticia de la muerte de un viejo conocido. Lamento comunicaros que me acabo de enterar que hace unos meses falleció nuestro amigo... Hace unos meses, piensa. Todo parece disgregarse, ya no hay urgencias, que lejos vamos quedando todos... El Hombre del Prado agradece enterarse así, como por casualidad, al cabo de unos meses. Gatito maulla reclamando salir y lo hace por la ventana de la biblioteca en el piso alto, desde allí recorre la cornisa, salta a la terraza del otro lado y desde allí se desliza hasta la planta baja, hasta el mismo jardín, donde se pierde entre los arbustos del fondo, junto al cedro, o se refugia entre trastos en el invernadero, que ahora lo ha adopatado por hogar particular para sus somnolencias exteriores. En la casa todavía es todo silencio. Empieza la semana.

lunes, agosto 22, 2011

El árbol que danza solitario en el claro del bosque

Para llegar a él hay que caminar varios kilómetros de una pendiente hacia arriba que no cesa; la bajada será más tarde, lo que toca al subir es comprender que no hay descanso. En esta zona, la parte alta de Aguas Vertientes, se estancó la guerra civil y las trincheras cambiaban de ocupante sin que las líneas se movieran. La parte de la derecha del camino da al valle meridional que se abre hacia Peguerinos, dibujado por abruptas laderas cubiertas de pino albar, que muestra en su parte superior ese tono anaranjado que llena de color el bosque, por ahí debían subir los republicanos. La parte izquierda está dominada por el muro que cierra el collado hacia el Norte, la parte castellana por antonomasia. Este muro es respetable, defensa natural, soporte para las espaldas.

El camino del collado discurre por su base, serpentea, sube... Se le llama al lugar Collado de la Gargantilla y es uno de los pasos de la Sierra que se identifican, o se creen identificados, en El Libro del Buen Amor. A lomos de mula iría el Arcipreste, a pie va el Hombre del Prado, que ve como a su derecha, entre el bosque, aparecen los bunquers y casamatas que restan de la guerra y las heridas como llagas en la tierra seca de las trincheras. La realidad es para cada cual su propia representación y en este largo caminar collado arriba, el caminante no puede abstraerse del escenario: aquí estuvo la guerra, por este camino subirían los suministros, por entre esos árboles se mostrarían las lejanas siluetas de los atacantes, ladera arriba, rodeados del silencio tratando de esconderse en él antes de que unas primeras y aisladas detonaciones dieran con alguno de ellos en tierra, ahora sí para el silencio sería, para siempre el silencio. El camino, que en algún día fue alquitranado, se muestra a veces cordial y facilita el paso y otras aparece reventada la materia, enseñando sus entrañas.

En un claro a la derecha aparece el árbol seco que danza en el bosque. Más mito que leyenda lo forja el pensamiento del Hombre del Prado que se detiene a cierta distancia para verlo bien. Esta danza es parsimoniosa y ceremonial. Las ramas como brazos o aspas giran en el espacio, suben y bajan, acarician el aire, señoras del silencioso pensamiento y el cuerpo se mece buscando el equilibrio. El caminante detuvo el paso y sacó la fotografía, al poco se despidió dejando al danzarín en su solitaria ocupación. Basta uno solo para la ceremonia, es bien cierto. Esta danza, se dijo, no puede ser sino por los muertos.

Por la noche, en un chalé vecino, un grupo de jóvenes se reunía en una fiesta de tarde de verano. Sonaba la música, las risas, las voces. Las de las chicas y chicos. cuando llegan festivas desde la distancia, suenan a contagiosa alegría, también traen gramos de nostalgia y uno tiende a holgarse con ese sonido, feliz de poder aprehenderlo. Es el pulso de la vida, el latido caudaloso por la vena invisible que es el espacio, el aire, la luz que declina y la silueta de las montañas. Alzando ligeramente la mirada, la cumbre de Cueva Valiente, que es a la que subió horas antes, le saluda con el guiño de la reciente despedida. Todos los momentos uno, se dijo el Hombre del Prado, y se relajó cuanto pudo para sumergirse en él y hacerlo sin tiempo, sin fluir, como si fuera realmente toda la eternidad. Toda la eternidad este momento, se dijo cerrando los ojos.

La voz del chico era limpia, clara, melodiosa. Empezó a cantar y se hizo el silencio, primero el silencio, y al poco se le unieron algunas más mientras la fiesta se detenía, o seguía por otra senda, festiva también, sería festiva, porque ¿quién sabe lo que es una fiesta para los otros? Cara al sol con la camisa nueva, había empezado el muchacho, y al poco el coro en el corazón del prado, seguía entonando que tú bordaste en rojo ayer. Me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver. El himno de la Falange fascista, la del golpe de estado, la de la dictadura, la de la represión y la muerte, sonaba melodioso en la quietud placentera del atardecer. El árbol danzante tomó su lugar en el pensamiento de este testigo emboscado en su jardín, y se mecía ceremonioso. Entonces pensó que tal vez no danzaba su ceremonia por aquellos muertos de hace setenta años, sino por estos vivos de hoy.





martes, agosto 16, 2011

El escaparate


Un escaparate es un espejo. ¿Es esta una afirmación? Para el Hombre del Prado lo es. Lo afirma sin ninguna duda. Le basta asomarse a él, en cualquier calle y además de verse reflejado en la luna, recibe el reflejo de la realidad que le envuelve como en aquellas de la calle del gato de Madrid a las que se refería Valle Inclán. Esperpentos, los llamaba, pues aquellos espejos eran deformantes hasta lo grotesco. Ahora, asomado a la profundidad de uno que se mostraba en la calle Maisonave de Alicante, comprende como el esperpento que reflejan es el de la visión de lo que va a ser, de la oferta delirante que hace el decorador. Los niños parecen asomarse desde una película de terror, o de las bodegas de una nave espacial.
El futuro se refleja en lo que asoma de las tiendas a la calle. Encerrados en jaulas de cristal, los objetos que se ofrecen, lo son para el deseo o el rechazo, o la indiferencia. Desde el exterior, la mirada del espectador se asoma al reflejo del mundo que le rodea aunque lo que está en venta no es la mirada inquietante de los niños, sino las prendas que visten. De lo que uno se puede apropiar es de la forma, nunca del alma. Es esta la tragedia del espectador, condenado a no entrar en el reducto sagrado del estilo o de la belleza, ante los que siempre es el otro. Por más que extienda la mano o alargue la mirada, el cristal inviolable le detiene y fija en su lugar. Hay escaparates que ofrecen más de lo que se puede comprar, que no se ve pero se intuye. Quiere brotar del fondo inconsciente de uno la llamada del mito, y sabiéndolo no se atina a leerlo con claridad.

lunes, agosto 15, 2011

Aquí, otra vez aquí.

La última vez fue en diciembre del 2010. Luego otras aventuras deambulantes, iniciadas con poca fe. A menudo se produce el vacío, uno acaba de beber el contenido y el frasco queda vacío. Escribir es terapeútico. Hacerlo con un blog es lo mismo, o más. Levantar la voz hacia el espacio poblado de sombras desconocidas. ¿Quien de entre las cohortes de ángeles me escuchará si grito?, escribió Rilke. Este verso le ha acompañado desde que lo leyó por primera vez, hará cincuenta años. ¿Quién? Las otras aventuras han quedado abandonadas, semienterradas en la arena como aquel ejército mesopotámico que desapareció de la noche a la mañana. ¿O no era mesopotámico?
Pero el tiempo es fructífero, siempre da de sí, pare los acontecimientos. Murió Goyerri y ha llegado, desde el bolsqe cercano, Gatito, pequeño y canijo con dos o tres meses, no más. Fue entrando en la casa poco a poco, en busca del alimento que se le dejaba, cada vez más dentro. Un día llegó a la cocina. Otro lo descubrimos durmiendo a fondo, hundido en el sueño, en un sillón del piso alto. No entendía que se le sacara de la casa y salía a regañadientes, parándose y mirando hacia atrás. Hasta que llegó el invierno y pudo más la piedad, o la pena, o la ternura. Se quedó y ahora sale y entra a su gusto, pero abandona muy poco el jardín, que ya es su territorio. He ahí la metáfora: es un gato propietario. Pasó el invierno en Alicante y parecía aburrido, sin jardín, sin setos, sin ratones. Se tumbaba en la terraza frente al mar y lo miraba hasta quedar dormido. Horas y horas dormido, plácidamente, ronroneando cuando al pasar se le acaricía la barriga o el lomo. El placer de la seguridad cuesta la libertad. Otra metáfora. Metafórico está, se diría del Hombre del Prado en pos de Valle Inclán.
Y llegó Rita. Es el punto de encuentro de toda la ternura, la planicie donde se remansa el amor y se convierte en sonrisa. Ha jurado no hablar de ella, le cuesta soportar a los abuelos que no cesan de hablar de sus nietos. Baste por el momento que una media sonrisa de la pequeña Rita, siete semanas, ya dando tumbos por la geografía, media sonrisa pues, llena. Es cierto que es muy guapa, y muy lista...
La novela sigue su proceso, avanza. ¿La acabarás algún día?, le preguntó un amigo. Espero que sí, un día antes de morirme, contestó. Son bromas que se dicen, ocurrencias. La razón de no haberla acabado es que caminar por ella es difícil, laborioso, y que no hay prisa, también eso es importante. ¿Qué prisa hay en acabar un castillo de arena en la orilla del mar, cuando las olas se llevan una parte cada noche. Trabajos hay que no tienen fin porque no tienen destino.
Hay más cosas, pero mejor mañana, o pasado mañana, se contarán. Con calma, todo con calma.

miércoles, diciembre 15, 2010

Carnet de Ruta

Si anochece es porque se va la luz, y si amanece porque viene. Es así de sencillo el lenguaje: una sola palabra dice un mundo cuando un mundo de palabras esconden lo más simple del lenguaje. Llorar es mostrar dolor, reír alegría. Hablamos de mímica natural. Sin embargo el espejo lo complica todo, porque verse, no es comprender sino que es ver con la procesión que va por dentro. Si, es complicado descifrarse a uno mismo.

Ayer fue día de catarro, algo metido en la garganta, hoy sigue, pero menos. Ha pasado el día frente al monitor, alisando, dejando la superficie de las palabras, como para que se pueda pasar la uña. Eso decían los romanos del trabajo bien hecho.

Escribe Grossman en Años de Guerra, acerca de Yerémenko, que éste general consideraba a la guerra como la continuación de la vida, y que en ella no existen los misterios kantianos de "las cosas en sí". La frase no es especialmente brillante, o sí, pero no dejó la punta de la hoja doblada por eso, sino porque le pareció graciosa. Se dijo que algún día la usaría.

Hace menos frío en la playa que en el prado. Gatito ya se sube por las noches a la cama y duerme entre los dos. Entre las cinco y las seis de la madrugada, le entran unas enormes ganas de jugar, lo que no ha hecho en todo el día; mordisquea los dedos de los pies, se tumba indistintamente sobre los cuerpos, indistintamente, se estira, o salta al suelo y corre por debajo de la cama alocadamente, para volver a subir y al cabo de media hora quedarse dormido. A veces parece triste y se piensa que echa en falta el bosque; otras está muy alegre y parece todo lo contrario. Cosas de mímica.







sábado, agosto 01, 2009

Este blog se cierra y se abre otro. ha pasado mucho tiempo desde que el hombre del Prado empezó a encontrarse y a encontrarlos a través de esta visión de un bosque y de un prado. Un tiempo de silencio y es hora de volver, pero no aquí, en el bosque circundante.

Aquí: BOSQUIHUMANO

jueves, junio 18, 2009

¡Danzad, palmeras!


Y danzan con la sensual locura que transporta la luz del anochecer y el denso perfume del mar adormecido. Es la hora, el tiempo de la danza en la playa habitada por una humanidad que no siente, y por ello ni oye ni ve. Gentío invisible desterrado a las islas mínimas de cada soledad. Y sin embargo la suya no existe. Camina el grupo bajo las palmeras que danzan como lo hacen los peregrinos, dirigidos al destino final sin el cual el camino pierde todo sentido y solamente es polvo. Nada perciben y sus voces de alegría las engulle la brisa que se las ha de llevar mar adentro. Con la noche que viene se habrán ido. He aquí, se dice, la danza, música silenciosa que se ve, ceremonia sensual. A él está dedicado ese cimbreo hijo del aire y a los pies de ellas parecen dirigirse las apacibles olas humilladas. Se cierne en derredor el manto de seda ligera como si fuera Cos, que es el crepúsculo. En la cercana lejanía que le rodea estallan en el aire los cohetes que anticipan la fiesta. En una semana la noche pagana del verano abrirá sus entrañas al navegante que vuelve del destierro. Diez años ya, atado al mástil que es todo el barco, tapados los oídos con cera para no oir los cantos de atracción implacable. ¿Quien no dejaría a Penélope en su tragedia y arribaría a esta playa en la que danzan las palmeras? No importa oir la música que hay que adivinarla en ese perceptible movimiento de las ramas que en el aire elevan su saludo y cantan su llamada.

Bailan las palmeras


martes, junio 02, 2009

La Casa del Padre. 3 - Una de dos.

No es conveniente practicar el olvido latente, que es dejar que las cosas no existan sin desaparecer. De vez en cuando la conciencia debiera hojear el libro de la vida para ver de nuevo las fotos y reconocer en viejas modas nuevas maneras. Es verdad que el mundo es caos (así lo cree el Hombre del Prado) y que, como escribiera en algún sitio Nietszche, si se pudiera ordenar y alcanzar un equilibrio, ya lo habría hecho, que suficientes años ha tenido para ello. Entre ese caos mescolanza que hace más e vidente la ingente cantidad de comunicación puesta a disposición del recuerdo y del presente, se pueden adivinar los trazos del devenir de las ideas, la trompicada manera en que desde un principio difuso han ido llegando hasta hoy, enraizando en la vida por multitud de terminales que absorven de ella el alimento para su voluntad de permanencia.

La patria, que aquí conviene escribir con minúsculas, es una de ellas. Se la puede adivinar en portadas de periódico en blanco y negro, en desfiles marciales, en asentimientos protegidos por "la seguridad del silencio" -como diría Schmitd cuando se discutía sobre su pasado nazi-, en los libros de historia, páginas iniciales en un Catón o en "España es mía" que se leía en clase. Patria a la que amar por encima de todas las cosas; patria por la que dar la vida ya desde muy antiguo, que dulce y decoroso es morir por ella, como escribiera Virgilio; patria de la que sentirse orgulloso; patria de ejemplar historia, de gloriosa historia a través de la que se alcanzó la fama universal; la patria como razón de ser; la patria diferente; la patria madre; la patria unidad de destino en lo universal, siendo también el tiempo parte de esa universalidad. Patria que excluye a los que no la aman y es ella quien decide lo que es el amor y la que ejerce el desprecio.

No importa, piensa el hombre del Padre, que esas imágenes lleguen de un blanco y negro hijo de la época, pues con el tiempo se han iluminado con el gris de la mediocre mezquindad. Cuesta ver en todo ese diluirse la puerta de lo sublime, que pareciendo un enunciado irrenunciable es a fin de cuentas un espacio vacío lleno de nada, o la nada misma, la nada en sí, un hueco como un desagüe por el que se van las cosas pensadas dejando un rastro de baba, que es el recuerdo. Han quedado los filamentos adheridos a la carne viva de la vida y aunque la inteligencia pueda desearlo, no hay dedos ni fuerzas suficientes para arrancarlos. No haría eso una herida sangrante, sino que como trozos de mineral dejarían zonas petrificadas, adheridas ya para siempre. Lo que fue deja rastro.

Conviene también ir más allá, a la patria del silencio que se alimenta de la historia secreta de la resignación, nunca de la renuncia. esa es la patria de la cocina en la que se habla de ella, se muestra el umbral de lo sublime que algún día se habrá de alcanzar, el sueño de futuro, la voluntad de ser que se explica en voz baja, que se evidencia en gestos secretos, en palabras que solamente comprenden los iniciados. Somos y seremos es el lema matricial de esa consideración; identificada la una es fácil identificar a la otra como enemiga a través de los tiempos, eterna enemiga, invasora de las ideas, negadora de los sentimientos, aplacadora de las emociones. Una, grande y libre, se describe la primera. Desesperada y triunfante se intuye la segunda.

Crece el niño en esa dicotomía, pues lo es, incapaz de resolver esa duplicidad poniéndose de parte. ¿Cómo hacerlo? Habitará en los refugios secretos de la cultura de ambas y a ambas amará dejando a un lado los símbolos triunfales o los deseperanzados. Las palabras le llevarán a los libros y en ellos habitará. He ahí otro ámbito de "la seguridad del silencio". Devendrá la vida en esa esquizofrenia siendo el nilño incapaz de establecer lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Solamente con los años, los muchos años, alcanzará comprender, piensa el Hombre del Prado, que todo ello es cosa de la voluntad de poder de una y otra, de los unos y los otros, y que el refugio seguro fuera en su tiempo el tomar partido, aunque incapaz de ellos y habitando en las culturas, reconozca que ahora es ya tarde para ello.

De ahí que el bosque o el mar sean la patria deseada. Hoy.

viernes, mayo 22, 2009

La Casa del Padre. 2 - Credo.

No cuesta nada aceptar que sin creer en nada se avance en la vida sin sobresaltos cruciales. Es una cuestión de hábito. En el fondo creer es que uno acepte lo que se le ha dicho. En esta vida que contempla, la de los seres prácticos instalados en su percepción del mundo y de la sociedad, de la cultura y de las ideologías, todo al fin lo mismo, la primera lección es aprender a creer. Creer y amar. Se abandona la infancia creyendo, instalado en el confortable "nosotros" o en el terrible "tú" acusador.
Tal vez no sea esta una cuestión metafísica, ámbito para el que el hombre del Prado está poco dotado, sino de una realidad vital conformado sobre las creencias: dios y patria, para empezar. Nosotros, para empezar. Eros como represión. Los otros.
Ordenados en los pupitres que muestran las toscas cicatrices grabadas con plumilla de la inocencia perdida, recuerda el recitado del Credo. Esto no tiene que ver con lo cristiano, se dice, sino con la instalación del concepto creer, pues "creo en dios padre", es decir: creo. He ahí el rito de iniciación a una vida que avanzara inadvertida, dejando senderos perdidos entre las brumas de un bosque que se adivina proceloso. Conviene dejar esto en claro, que ese "credo" inicial alcanza a lo más grande, pues conviene empezar a creer sin barreras en lo más poderoso y al mismo tiempo aquello que más rebañará las aristas de la futura rebelión: creer en el padre, en su obra imponente, en la línea sucesoria de la familia, en la jerarquía del origen privilegiado que determina al héroe, pues ¿no es ese el destino de Cristo? Y en el destino final de redención y ascenso a los cielos, que solamente estará al alcance de los que creen, destino de la fortuna, de la perseverancia y de la fe.
Y sin embargo, aquel niño no creía y recitaba desde fuera de la ceremonía, espectador, siempre espectador como un privilegiado y maldito asiento de primera fila.

el amor y la duda

Quizás el descubrimiento más asombroso que le arrebata es pensar que amar la vida es dudar de ella. No sé puede amar aquello que no suscita dudas, aquello que tiene tal entidad sólida y ordenada que nada puede ofrecer sino es la completa sumisión. O no se trata de poder amar, sino de deber amar. Quien cree amar la vida por su total y completa presencia totalizadora, es un conformista.

jueves, mayo 21, 2009

La Casa del Padre. 1 - El espacio por delante


El paisaje del mar y el paisaje del bosque son diferentes. Habla del bosque para evidenciar un espacio amueblado hasta la saciedad, ocupado por todos los objetos que ocupan sus lugares y dejan los espacios vacíos necesarios para que el caminante se inserte en aquel, sea parte de él. El bosque no llama, acoge, no espera, discurre indolente y receptor. El mar es otra cosa, se muestra como un territorio de vacio inmenso, casi la nada, un recipiente vacío salvo por la luz y la superficie del agua. Hay calima y se diría que más allá puede encontrar la vista algo más, bastará que se levante la bruma cargada de polvo africano que da a todo un resplandor dorado. Pero no es así, se levanta, disuelve, se pierden sus jirones por el ámbito y más allá la nada se ha expandido, se alejan los límites, no los hay si la vista no los encuentra. Hablamos del pensamiento, que resume la naturaleza en puras metáforas.

El mar como la casa. Cambiar de casa, dejar el bosque y asomarse al fulgurante espectáculo de un lugar vacío en el que habrá que habitar con las pocas pertenencias que ofrecen el cuerpo y la mirada. Porque es fulgurante y engaña, que fulgor es reflejo y este, incorpóreo, es fugaz: está y ya no. El Hombre del Prado ya no es de allí, ya no es aquel que presumía de contemplativo, cómodamente arropado por el mobiliario de robles y pinos, abetos, senderos, ardillas, regatos de agua y el rumoroso sonido que viene a convertirse con el tiempo en un silencio sonoro. El Hombre del Prado tuvo otra casa y acabó por desamueblarla. Lo llamaba deconstrucción y ha tardado un tiempo, casi tres años, en entender que deconstruir es vaciar para llegar al puro esqueleto de las cosas: la nada.

Habrá que volver a la casa del padre, se dice, sintiendo que es el pródigo al final del camino de ida. Si no es con metáforas no sabe hablar, no puede escribir. Un hombre es una imagen y dentro de ella un vacío amueblado de heterogeneidad. Se dice: cuanto más consecuente más perdido. Entonces, ¿qué? Cabe exigirse apartar esa sensación de nadear, pues solo puede hacerlo lo que es nada, y eso no es. Juegos de palabras, al final tonterías. Un hombre se aferra a lo que es, orgulloso o no de su andadura; un hombre se aferra, piensa, a lo que siempre ha sido. Memoria e intención. Ya está, he ahí, como puede mentirse uno cualquiera, vanidoso de sí mismo, convencido de su lealtad permanente a la bondad, cualquiera que esta sea, o a la belleza.

Está pues en la casa vacía en la que la luz arrasa los perfiles de lo que no existe, disuelve los límites. Tiene la intención de escribir sobre este lugar al que ha llegado, despacio, sin precipitar ninguna conclusión, por acogedora que pueda parecer. Las puertas más acogedoras ocultan la misma incertidumbre que los umbrales foscos y tenebrosos. Hay que empezar por establecer una sola premisa, una afirmación que sirva de punto de partida. Da con ella sin ningún esfuerzo, pues es tan vasto el vacío que puede, por fin puede, ver con claridad los detalles del almacén sin existencias, porque todas ellas han llegado a su fecha de caducidad. Eso tiene la vida, se diría alegremente, que todo lo que se emprende llega a su autoliquidación, por valioso que sea. Pero no quiere olvidar la premisa que habrá de servir de arranque a este deambular por la playa, el mar, el entorno. Viene la idea como el rayo y sabe que es mentira, porque siempre lo ha sabido: en realidad nunca ha creído en nada.



viernes, mayo 15, 2009

Goyerri

Ayer por la tarde murió Goyerri, tan dulcemente como vivió.

Este blog ha perdido la compañía que lo inspiró, el caminante por el bosque sin vocación, refunfuñón, irónico, tiranuelo y tierno, lúcido, simple, comilón , egoista y generoso y amigo de todos. Probablemente el blog haya perdido el sentido, de hecho hace ya un tiempo que esto es así, y también el mismo bosque y el prado se hayan transformado.

Habrá que ver ahora.

jueves, mayo 07, 2009

La Nostalgia ya no es lo que era. (Simone Signoret)


"Finalmente, no ha venido la Revolución" le dijo el Joven, sentado relajadamente mirando el mínimo paisaje del jardín.

Junto a él, Goyerri, dormitaba pendiente de la visita, entregándole tiempo y dedicación en un desvergonzado afán de protagonismo. La salud del perrillo no aconseja decirle las cosas claras y señalarle cual es su lugar en la casa, com tampoco es aconsejable someterlo a las emociones del salir y entrar, porque en la emoción del reencuentro tiene colapsos y caer redondo al suelo, deja de respirar, y hay que reanimarlo con caricias y palabras suaves.

En las palabras del Joven intuye el Hombre del Prado una cierta hostilidad, pero ya se sabe que la intuición es algo que surge de uno y por lo tanto puede, más que una percepción, ser un prejuicio. Lo cierto es que tiene razón al decir que no vino la Revolución. Hay aquí un tema semántico que vale la pena matizar, piensa quien escribe. Para uno la Revolución no vino, como si se tratara de un sujeto histórico dotado de andares y personal voluntad. Para otros no la trajeron, asumiendo que eran otros los que tenían que mover el inmenso y pesado edificio de la historia o de la contrahistoria, según se mire.

En el caminar del bosque, muchas veces ha recordado los sueños revolucionarios que le han abandonado ya, cuando los ha examinado a la luz de la melancólica serenidad. Ética y estética, a cual más importante, a cual más a flor de piel, quedaron diluyéndose en un tiempo en que la bandera roja de Bertolucci se sobreponía a la figura de Lenin hablando a los soviets apasionadamente, las manos apoyadas en una barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante y su derecha, el blanco y negro ofreciendo los colores de la nostalgia.

Habla el Joven mientras acaricia con la punta de los dedos el lomo de Goyerri, que a estas alturas, es una cubierta de piel sobre un rosario de vértebras. Él se deja, claro. El Hombre del Prado escucha a quien habla al tiempo que oye la voz de Leonard Cohen cantando su versión de la de Ferré, The Partisan. No puede por menos que darle la razón a este chico de treinta años que se explaya explicando uno por uno los males revolucionarios frente a las virtudes públicas de la modernidad democrática. ¡Claro que sí!, se dice, y se exhorta a no caer en la trampa de la dialéctica, ahora que justamente lo que suena es esa maravillosa canción que es Suzanne. El ánimo lo muda una melodía, una voz que narra el sueño imposible. Se dice que también el amor es revolucionario y todo lo trastoca, como la nostalgia.

Asiente con la cabeza a lo que el Joven expone. Lo sabe, y participa de ese saber. Es la hojarasca del bosque, piensa, todo lo que se sabe no es sino la hojarasca que cubre el sendero y lo dora cuando el sol bajo de la tarde atraviesa el espacio entre ramas. No quiere escribir la palabra "pero", que tiene en la punta de los dedos, en la punta de la lengua frente al otro, en la punta de las neuronas. No opondrá el adverbio a la verdad de la historia, pero en silencio recordará a esa inmensa legión de gentes que creyeron que el mundo podía ser mejor cuando era muy malo, y dieron su fe, a fin de cuentas hay que tener fe en algo, a esa hermosa bandera roja que Bertolucci despliega al terminar Novecento, en una secuencia que es, ciertamente lo es, la escenificación del fin de un sueño redentor. A fin de cuentas, frente a la Revolución mastodóntica e imposible existe, renovada permanentemente, la redentora ilusión de los humildes.

miércoles, abril 22, 2009

Un hombre asomado al balcón


No es ninguno de estos balcones, ni siquiera está en esta zona de Madrid, pero la instantánea quedo grabada en la memoria cuando, de paso por Princesa en dirección a la calle Alcalá, vio al hombre que se asomaba al balcón.

Será que este del Prado que ha perdido de vista la ciudad, ha dejado también de lado los reflejos morosos y lentos del que pasea por el bosque consciente de que el tiempo es su única propiedad tangible. Será además que cuando llega a la ciudad, una ciudad tan hermosa como otra cualquiera, muy hermosa, nota en los ojos que les invade la maravilla de un paisaje urbano, sobre todo cuando se trata de uno trasnochado de años atrás, hecho de casas con estilo, de calles insuficientes, y por la tarde de una luz que siempre desde el oeste dibuja con primor las cosas, dorándolas. Las ciudades del este son otra cosa.

Bajaba por Princesa entre el caos de una circulación que se ordena por destellos de los reflejos neuronales. El caos es siempre eso, lo que parece que va a suceder inevitablemente y nunca es, pues siempre hay como en la física de los cuerpos, una repulsión al choque, una fuerza inevitable que deja las cosas como estaban. Más tarde le diría a Gregorio que su vida cambió cuando conoció la Segunda Ley de la Termodinámica y consiguió trasladarla a los sucesos de la vida. Todo lo que es caos tiende a la locura y sin embargo ésta no llega. Por esta razón, cuando alcanzó a ver el balcón con las puertas de la vivienda abiertas y al hombre que en mangas de camisa allí estaba, volvió la cara dejando de mirar al coche de delante y alcanzó a ver como aquel, tranquilamente, en mangas de camisa, encendía un cigarrillo y se acodaba en la baranda de hierro, para mirar lo que sucedía abajo. Tranquilamente fumaba mientras el mundo se movía. Ver como el mundo se mueve y estar plantado en un observatorio, al atardecer, con un cigarrillo, probablemente perjudique la salud, pero es tan sano...

Tiene razón Gregorio cuando afirma que su amistad es tal que si fuera de toda la vida. Recorriendo la exposición de Bacon en el Prado, minutos después, sobre el caos de esa pintura "infinita" sobrevolaba la apacible calma del hombre en el balcón. Hacía tanto tiempo que no veía esa escena, que se dejó sorprender por un gesto que venía del pasado. Los bermellones del pintor inglés, su magisterio al plasmar el fugaz cuerpo humano, su metódica construcción del movimiento, invitaban a pensar en un creador capaz de mirar y mirar, de aprender del gesto el instante esencial y del entorno el espacio más puro. Igual que si asomado e un balcón en Tánger o en Londres fuera bosquejando en su mente las formas y colores de un nuevo lienzo por crear todavía.

El espectador es capaz de hacer arte de una visión personal, y emocionarse. Lo mismo que de una instantánea que la premura del tráfico le impidió plasmar en su cámara portátil. Lo mismo que de una charla de tres horas y una despedida hasta no se sabe cuando.

lunes, abril 20, 2009

Abrir los ojos



Goyerri se ha negado a extinguirse y con ayuda de la cortisona, una dieta de potitos y ternura, ha levantado un vuelo cuya duración se desconoce, pero que ha tomado de nuevo aquel trote simpático y desvergonzado que tiene por costumbre. Ya se sabe lo que hay y en eso estamos, se dice el Hombre del Prado, y también lo dice Ana, pero existe una voluntad de dotar al tiempo que reste de calidad de vida, que está compuesta de dos cosas simples: alegría y ausencia de dolor.

Hace solamente seis o siete días, una nevada grande sorprendió al bosque y sus alrededores. Fue intensa, larga, alcanzó a cubrir más superficie y altura que todas las anteriores, pero las temperaturas, más altas ahora, hicieron que en menos de 24 horas desapareciera todo rastro del blanco y frío cobertor dejando lo que había sido en un sueño. ¡Afortunada época en que existe una cámara fotográfica en la que dejar el sueño congelado! Las mortecinas lámparas que se alimentan del sol, lo que en si tiene un aire de mitología, fuego del astro tomado a lo largo del día, son la única cálida alegría que deja en el paisaje blanco y azul una mota de color. Este sendero del jardín, que conduce al ángulo del este, adquiere una lobreguez transilvana y mientras el Hombre del Prado veía caer la nieve y la sentía en su piel, envuelto él en una burbuja helada, hacía por reconocer el pequeño parterre del fondo en el que reposan los bulbos de las dalias.

Ningún paisaje es eterno en su inmovilidad y esa es una gran fortuna. En los últimos tiempos sin embargo, una cierta inmovilidad en el paisaje del alma ha dominado los días de los habitantes de este jardín. Hay tiempos buenos y tiempos malos, avatares de la vida, miradas hacia dentro que no alcanzan a ver otra cosa que fatiga. Ahora es ya cuestión del sol que ha aparecido entre espacios de lluvia arrasadora, por entre los jirones de la niebla matinal. Nada prende en el alma como este desasosiego del clima, esta monótona sordidez de la mañana sin luz, de la tarde sin luz, de la noche sin luz, y vuelta a empezar.

Ahora ha salido el sol y cabe abrir los ojos y calentarse por dentro.

Abreb los ojos


martes, marzo 24, 2009

Es lo que hay.


No hay programa previsto sino esperar. Nada es el tiempo, lo diluye todo: es pues el gran diluidor; si es que es algo, un espacio en el que todo se va borrando mientras dura una presencia que parece sólida. La solidez de la piedra. La solidez del sonido. La de la visión. Todo lo que se ve es tránsito. Es lo que es, o es lo que hay, al decir coloquial. Podríamos hablar de la indecisión, el Hombre del Prado cree que vivir es lo indeciso, lo indecidido, lo que se ha decidido, lo que muestra que podía haber sido mejor, o peor. La indecisión del ir, mientras los acontecimientos van siguiendo en su solidez camino propio. Cuando algo se ha decidido ya no es. Lo terrible del ayer es que es tan inmediato que parece que puede tomarse en la mano y corregirlo.

Es lo que hay. El viejo amigo de trece años se va. Ya no pasea. Parece que no puede con su alma y anda despaciosamente de un lado para otro. Nada le duele, no hay pues sufrimiento. Observa a su alrededor lo que sucede y quiere unirse a ello, va y viene. Se tumba en una alfombra, o sobre las losas frías. De vez en cuando suspira, o gime con algo que parece un maullido; pero no es el dolor ese gemido, sino lo que parece un abandono resignado. Sale al jardín y da una vuelta en busca de un lugar que le acomode para su necesidad. Hace días que no va al bosque, ni se acerca. Cincuenta cien metros camina a lo sumo, por la calle; los árboles quedan lejos y los elude. Da media vuelta y espera que el Hombre del Prado le comprenda y haga lo mismo. Entonces trota un poco, sacando el gesto de un ánimo que decae. Vuelve a la casa. Sube las escaleras de la entrada con lentitud parsimoniosa, recreándose en el esfuerzo. Llega a lo alto. Duerme por la noche inquieto, se despierta, se acerca a su amigo que duerme cerca y da con la pata en el cobertor. Hay que salir al jardín, donde camina sin rumbo. Vuelve a entrar mientras la noche es todo. A veces amanece y la luna se retira. Hace frío, pero no mucho. Apenas come. Bocaditos preparados con esmero de pollo, bolitas de arroz que apenas digiere, algunas exquisiteces; no importa que puedan hacerle daño a su maltrecho hígado: las disfruta. Después de la cena sube al sofá, entre Ana y el Hombre del prado, y se arrebuja. Extiende la cabeza, de peso tan leve que se diría que es siempre una caricia, y lame la mano más cercana. Luego dormita y ronca, con la misma levedad.

Conviene, por el bien del alma, apurar esta última compañía.

domingo, marzo 08, 2009

Un optimista sin esperanza.

Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.

Rilke: Elegias de Duino. Primera Elegia

Por el azar que tanto gustaba a Francis Bacon el último post terminaba con estos cuatro versos de Rilke. Siempre se han guardado en la memoria del Hombre del Prado a partir de su primera lectura, cuando debía contar diecisiete o dieciocho años. Si las palabras quedan tan grabadas que llegan a ser parte indeleble de uno mismo de por vida, será por algo.

Hace unos días, en el Museo del Prado, visitó la exposición de Bacon. Visitar es una palabra estúpida cuando se aplica a un recorrido a lo largo de las sesenta o setenta pinturas que allí están reunidas, rodeadas por el halo del susurrar de los que a ellas se enfrentan. Esta palabra es más significante, y significativa, y apropiada: enfrentarse. Hacerlo a la pintura de Bacon fue para quien esto escribe viajar a uno mismo. Estupor también, por el reconocimiento, no como verse en un espejo, pero si reconocerse en una sombra que siempre ha estado ahí. Desde hace muchos años, ahora aquí o allí, por azar, algunas pinturas del británico han caído bajo su mirada y siempre ha reconocido en ellas el poder de la atracción y una señal, un guiño, un signo de identificación que antecede al encuentro. Hay pintura que no es pintura, siempre se lo ha dicho, siempre lo ha pensado: eso es justamente lo que sucedía con ese Bacon entrevisto, conviene repetir la palabra, por azar.

A medida que a lo largo de su tiempo, ha ido sabiendo que cada día sabe menos de las cosas, de todas las cosas, que nunca sabrá porque carecerá de todas las certezas, que cada camino encierra una bifurcación y cada palabra un lenguaje de alcances indeterminados, pues a medida que ha ido entendiendo que el saber es un verbo cargado de relativismo y armado de tremendas posibilidades para la auto convicción, ha ido despojándose también de cualquier idea académica sobre el arte. Piensa que ante la emoción que le produce una pintura, es más conveniente afirmar que el arte No Es, tan inaprensible se muestra, tan leve en su meticuloso hurgar en las neuronas. Hay que olvidar al arte se dice, y despreciar su función decorativa a la hora de ver una pintura o una escultura. Lo que es decoración no es arte, no puede serlo, a lo sumo función, lo que ya niega la posibilidad de una primera y esencial emoción y más tarde de su repetición. Toda primera mirada es huérfana y a partir de ella se inicia la construcción.

Al salir del recorrido por las salas que guardan al silencioso Bacon, Ana y él empiezan una conversación sobre arte y belleza. Desde la emoción al canon, la belleza ha querido significar el olvido de lo feo, de lo terrible. La belleza, en su clasicidad, no es sino el oscuro apagamiento del todo que rodea en cuanto a todo, incluyendo en él el magma deforme en que vive y cohabita el ser humano. El canon de la belleza es la mentira sobre el ser humano, una veladura sobre la carne. La belleza desprecia lo que no lo es, y así se convierte en despreciable. En su aislamiento no es, No Es.

Entre Bacon y Velazquez se encuentra Freud. Y les une la emoción del instante, la concepción fotográfica de la realidad, la mirada más allá de la superficie, la ausencia de crítica o retórica, el no lenguaje, la comprensión de la fealdad como un todo que amalgama la realidad. Por sobre todo lo que les une, la pasión por el magisterio: la materia, la forma, la expresión, la luz, siempre la luz. Piensa el Hombre del Prado en dos tiempos lejanos uno de otro, coincidentes en la angustiosa sensación de vivir el final de una era, la disolución del imperio, la presencia constante de la guerra, el oropel retórico de la grandeza y la heroicidad, la despareada subsistencia, el silencioso pasar entre pinceles impelidos a pintar.

Alguien en el Museo se ha referido a Bacon en el museo citando una frase del pintor, algo así como que quien no comprenda que toda su pintura viene de la Venus del Espejo de Velazquez, no le comprenderá a él. El Hombre del Prado piensa que es al contrario, que gracias a Bacon, va a comprender mejor a Velazquez, pues la pintura del maestro del barroco adquiere una luz y un trazo más expresivos y menos descriptivos. Ah, la fealdad, piensa, como sublimación de lo bello. Es el reflejo de la hermosa mujer cuyas nalgas son el centro del universo sensual, cuya cara en el espejo adquiere unos rasgos de indescriptible tosquedad, una cara fea, horrible, en un cuerpo hermoso y deseable. Y gracias a Bacon, vuelve a Velazquez, a sus bufones mirando ingenuamente a la cámara que ha de inventar una instantánea imposible, fuera de su tiempo.

Una frase de Bacon le parece que sintetiza a los dos maestros en su búsqueda de la emoción en el espectador, eso que se transfiere desde la obra y que bien podría ser la esencia del arte, lo que Ortega diría que es el estilo:

... todo tiene nueve décimas partes que no son esenciales. Lo que se llama "realidad" se hace más agudo. Las pocas cosas que importan se encuentran mucho más y se pueden resumir en mucho menos...


Sonríe para sí el Hombre del Prado cuando entiende la definición que de sí mismo da el pintor británico: "un optimista sin esperanza".

viernes, febrero 27, 2009

De lo terrible lo bello... (continuación)

La carretera, geométricamente recta, línea más corta entre dos puntos, cruza el embalse trazando una leve curva sobre las aguas para retomar de nuevo el sentido original.

A la inmensa campa de Azálvaro la cruzan dos accidentes naturales: un río y una carretera. Tan naturales son el uno como la otra, el río porque son las aguas recogidas de la montaña, que vierten al valle desde siempre; la carretera, porque cruzar la campa aconsejó a abrir con los pies en su andar un sendero lineal, de collado a collado, que no entendió de zigzagueos que ni falta le hacían al sentido de la orientación, y la atravesó iniciando el camino desde El Espinar al norte, o al contrario si viaje se iniciaba en tierras abulenses. El río fue convertido en presa hace unos años, para dar de beber a una Ávila sedienta. Acabada la obra se llegó a la conclusión de que era mejor llevar el agua desde otras fuentes, y ha quedado el lago en el centro del territorio, para abrevar al ganado. Mucha obra fue esa para tan poco resultado, que las vacas bien podían seguir aliviando su sed en las márgenes del Voltoya, pero la política tiene esos comportamientos extraños que el Hombre del Prado prefiere no analizar. El sendero fabricado por los pies de los pastores mesteños detrás de sus ovejas se convirtió en ancho camino y finalmente se asfaltó pasando a ser la carretera de Madrid a Ávila. La carretera, geométricamente recta, línea más corta entre dos puntos, cruza el embalse trazando una leve curva sobre las aguas para retomar de nuevo el sentido original, curva que debe de estar justificada, porque si no su trazado no se entiende.

En mitad de la campa, más o menos donde las dos provincias trazan su linde, otra carretera corta a la primera en una perpendicular trazada por una geometría exacta, y por ambos lados sube a las dos sierras buscando los collados que se abren, por el este hacia Valladolid y por el oeste a las tierras de Cebreros, donde se cultiva una uva que resulta un buen vino, muy bueno, peleón, recio. Coronan las dos sierras, una a cada lado del valle, hileras de molinos de viento que buscan coger del aire la energía. Como aquellos que viera Don Quijote, hijos de la modernidad que los banqueros alemanos trajeron a España y viera Cervantes en su deambular. Esos asombraron al hidalgo castellano, hombre del ayer que los confundió con gigantes. Nadie hoy confundiría estos esbeltos que mueven sus alas en una danza sin fin y en su línea airosa trazan la frontera entre la tierra y el cielo.

Intentaron, los hacedores de paisajes, los dioses de la modernidad en cuyas manos está la nueva creación de la tierra, que esta carretera norte-sur se convirtiera en una autopista de peaje. La guerra fue larga y bronca y la perdieron: ganaron los buitres, las águilas, los milanos, el pasto, el curso del río y el vacío. Conviene, piensa quien escribe, preservar los vacíos, dejarlos como están, sin otro objetivo que dejarlos estar. Antes de esta aventura, se trató de parcelar las laderas de las sierras para ofrecer segundas viviendas a la gente de Madrid. Causó risa en los habitantes de la rodalía, que conocen bien el clima extremo, de fríos inmisericordes, aires despiadados y sol inclemente. ¿Quien querría tener aquí un chalecito de fin de semana, cuando todo lo que se puede ver desde la terraza del salón es una planicie de pasto quemado? Hoy un chalé en ruínas que era la oficina de ventas, un parque infantil del que resta el esqueleto de toboganes y ruedas oxidadas, y unos altos postes de los que cuelgan pendones hechos trizas que abanderan un sueño derruído, sin destino, es todo lo que queda de aquella idea mercántil. Azálvaro, en su estado más original, ha vencido a la modernidad, lo que la ha introducido de hoz y coz en ella, pues ganarse el respeto ante la destrucción y preservarse es justamente estar en eso.

El Hombre del Prado, que conoce todos estos avatares por su amigo Eduardo, el biólogo, y por recortes de prensa que ha buscado en internet, siente la satisfacción de estas derrotas del absurdo. Un paisaje es un estado de ánimo, todo lo es, o casi todo, y este de la campa al enfrentarse por razón de su presencia, absoluta presencia, omnipresencia se atreve a escribir, puede ofrecer a cualquier visitante que por ahí pasa la propia interiorización de su sosiego, del anhelo que desconoce, de la angustia que le lleva. Nadie es ajeno a ello, ningún viajero puede dejar de exclamar su sorpresa y hacer suya la extensión que se le ofrece. Aquello que Sartre venía a definir como "la permanencia oscura" se abre ante el hombre y apela a él, le llama, establece un diálogo que termina por ser un monólogo sentimental. ¡Dios, se dice el Hombre del Prado, de existir debería ser aquí, estarías aquí, en este inmenso vacío en que acaba la creación. Tu mejor y más bella obra sería este lugar que no es, esta vastedad que ni siquiera imaginaste! Aquella ideas ñoñas de que al acabar ese trabajo de siete días, Dios sonrió y su sonrisa iluminó un paraíso, pierden aquí cualquier sentido. Aqui no caben sonrisas de complacencia, si imaginar a un creador agotado, con el ceño fruncido, preguntándose que podía hacer en ese lugar desencajado de la belleza al uso.

Escribe Rilke en el incio de su Primera Elegía de Duino, unos versos que el hombre del Prado cree que vienen bien a este lpaisaje:

Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.


Tal vez convendría identificar los espacios vacíos hijos de la creación malograda, que se han abierto a lo largo de la historia de la humanidad, construir una geografía de la desolación en la que refugiarse, donde de un hombre, su sombra y pensamientos, fueran todo el contenido humano que fueran capaces de soportar. Eso piensa el Hombre del Prado cuando se adentra por la campa buscando el puentecillo que le ha de conducir al otro lado de la nada, de la que procede.

martes, febrero 24, 2009

La población de Segovia capital, en el último censo de 2007, es de 56.000 habitantes. En Ávila hay 2.000 más. Alguien puede pensar que esto es irelevante, pero no el Hombra del Prado que mira las cifras y abre bien los ojos; Trata de entender algo que es complejo que para un capitalino como él, que ha vivido en capitales de provincia como Barcelona, Madrid o Palma de Mallorca, donde los habitantes son cientos de miles o millones: el número de habitamntes, a partir del cual una capital de provincias tiene una entidad, probablemente porque no sabe muy bien lo que es una capital. Segovia ¿lo es? Cualquiera podría contestarle, si hiciera e sta pregunta en pública y con seriedad, de manera airada. Pero ¿lo es? ¿Para qué límites? ¿Para qué dimensiones?

lunes, febrero 23, 2009

Tarde de domingo



Basta subir hasta El Espinar, seguir la carretera en dirección a Ávila, que es la antigua de Madrid, dejar atrás el Polígono que huele a bizcocho y a plástico porque de ambas cosas hay industria, y seguir por la carretera estrecha que empieza zigzagueando hasta tomar una recta que se abre a la perspectiva, una recta de libro, una línea que parte de uno mismo y se pierde en el horizonte, que es como si se dijera en el futuro. Es lo que tiene estos paisajes, que parecen hechos de tiempo. Está el Hombre del Prado en Azálvaro, que es una campa inmensa que conserva lo medieval en sus entrañas, y en la fría corriente de sus aires serranos, y en los veneros de nieve que aún quedan o en el río, el Voltoya, que zigzaguea por ella como Pedro por su casa, se diría que buscando el puente, que es el río el que anda a ver si acierta y consigue pasar por debajo de los ojos, en vez de haber sido los constructores quienes dijeran que iban a situar el puente sobre el río. Son cosas que nunca se saben a ciencia cierta porque la imaginación, poderosa, las retuerce hasta hacerlas nuevas por irreconocibles. Lo cierto es que cuando se ha dispuesto a unir las fotos del paisaje, le ha quedado, como cosa de casualidad, una realidad que sorprende, y es que la unión de las fotos toma la forma de un desplegable, a la manera de aquellos acordeones de postales que se enristraban. Resulta pues que este paisaje no cabe en una sola foto y necesita desplegarse en varias; tal vez con esto se haga más evidente su vastedad.


Seguir la carretera hasta dar con la cancela de entrada al inmenso espacio, no hay cancela que pueda cerrar la inmensidad y más todavía cuando esta inmensa campa es la confluencia de dos cañadas reales, que aquí se cruzan. Habían, según se dice, más de un millón de ovejas transitando por este espacio que parece hecho de aire y luz, donde l terreno no es sino el soporte. Un millón de ovejas transhumando de norte a sur y volviendo al cabo de los meses, mientras en los vecinos El Espinar y Villacastín se construían las casas solariegas de los que en aquella industria hicieron sus caudales. Esquileo, estabulación, lavado y enfardado y camino a los puertos, buscando el canal, las ferias de Medina del Campo y más arriba aún, los puertos del norte. Un río de riqueza que desapareció dejando un paisaje vacío por el que vuelan carroñeras o rapaces, pastan reses bravas o de carne, y corretea el zorro entre las vacas.



Uno ve en esta soledad inmensa que el río divide en dos sin separarlas, algo más que la buena lengua y el poema serrano que contempla desde lo alto de Malagón el campo extenso. Malagón es uno de los contrafuertes de la sierra de Guadarrama, a cuyo resguardo están el bosque, el prado y sus habitantes. Por aquí cabalgó jornadas el Arciprieste, o el de Santillana, en busca del a cómodo abulense, donde en terribles jornadas de deslealtad al desgraciado Enrique IV le destronaron unos nobles ariscos, para entronar a su hermanastro pequeño al grito de ¡Abajo, puto!, exactamente en los corrales de ganado fuera muros. El Hombre del Prado ve en esta campa de Azálvaro el vacío en que ha quedado Castilla, un espacio inmenso perdido de si mismo, no ensimismado, sino perdido, detrás de una labor que nunca acabada se le fue de las manos. Sostiene que en la tarea voluntariosa de inventarse una nación peninsular perdió el empuje y la fuerza que habían hecho a Castilla. Hubo quien pensó que las naciones se hacían por conquista, y suerte tuvo el empeño de que España acabó haciendo estado de la propiedad monárquica, vestida todo ello del voluntarismo de lo español. Adios, Castilla, ahora convertida en una autonomía de lejanas y vagas resonancias, un ente de transparencia absoluta.


El puente es del siglo XV y tiene dos ojos; un poco tuerto es, que son desiguales y ha perdido además la balaustrada. Tiene, eso sí, una recia subida hasta la cumbre y es anchuroso, para que pasen por él las sombras de los rebaños que después de beber en el Voltoya, encaminaban sus pasos al cruce y encaminaban ruta, o hacia tierras de Burgos o Vitoria, o hacia Plasencia en Extremadura. Podría oírse el sonido de las esquilas si la imaginación fuera además de poderosa dotada para la ensoñación. Decían los vecinos, según consta en historias escrita, que era casi imposible, en estos lugares, dejar de oír el rumor de los rebaños, con su sonido de esquilas, el balido breve y temblón y el apagado rumor de miles de pezuñas pasando interminables. Le hacen guardia los tocones derrumbados, los enhiestos pilares agrietados, de unos chopos lombardos a los que algunos chupones les han surgido e intentan llegar a lo alto, resistir a la desaparición, apropiarse de su lugar en el paisaje, recordar tozudamente que la especie está ahí, aún cuando nadie sabe como opudieron llegar a crecer aquí, quien sería el que los trajo, y con que objeto.


Da al Hombre del Prado emoción que viene de lejos el cruce del puente, subir por las piedras de granito que son ahora losas a las que las hierbas, enmarcando, han cimentado. En lo alto mira hacia abajo, poca altura es, los dos espolones que por la parte sur del puente se enfrentan a la corriente que viene de la sierra, para abrirla y obligarla a tomar los ojos, rompiendo su fuerza por preservar la solidez de la construcción. Está bien enclavado, con dos terrazas de piedra que apuntalan sus dos extremos por el lado de la corriente, donde la luz amenaza con irse ya, que cae la tarde y se dora el oeste. Eduardo, el amigo biólogo, señala en el cielo unos puntos. Son buitres que bajan, alguna res habrá por ahí. Y con los prismáticos busca en el llano hasta dar con un grupo de aves medio ocultas por un desmonte. La res debe estar ahí, se piensa, y los buitres leonados, de armonioso y sereno vuelo, se posan cerca y avanzan por turno, saciando a trancos su apetito, ahora si, ahora, echados del amontonamiento por los más fuertes, volviendo a él, pillando su porción, satisfaciendo el hambre. Monta el biólogo el telescopio y la cámara y le ofrece ver al hombre del Prado aquella ceremonia. Mientras cae el sol y dora las hierbas,. rumorea el Voltoya, ventea una brisa fría y desagradable y el sol va a su paso a ponerse por el oeste, el Hombre del Prado mira absorto, fascinado, aquella imagen de sociedad satisfecha.

jueves, febrero 19, 2009

Sombras de sueños


Dos fotos tomadas de material depositado y en restauración en el Museo de Segovia. No pueden reproducirse y si se ha hecho en este post es por la emotividad que al autor le ha producido su vista. Espera que el Museo no le llame a capítulo.

¿Quien eres tú, joven? ¿Y desde donde volaba el pajarillo? ¿Quien pintó los pétalos de la flor, añadidos sobre el lento procedimiento de incorporar pigmento sobre la mezcla de cal, arena y finísimo polvo de mármol blanco? Tal vez todo ello no era otra cosa que el fruto de la imaginación del pintor, un artista que trabajaba en Segovia, allí por el siglo II de esta era. Saber algo de ello es imposible; los dos fragmentos de mortero han aparecido en una escombrera que rebosa de otros fragmentos decorados de muros, arrumbados allí cuando en algún momento del tiempo, se hicieron unas obras; aparecidos ahora cuando se han acometido otras nuevas en un establecimiento de hosteleria, en el barrío judio. Es lo que tiene el tiempo, que todo lo remueve, mezcla y abandona en apariencia, para al cabo de él, salir a superficie como restos de un naufragio.

En la visita que la restauradora del Museo de Segovia ofrece a pequeños grupos, para mostrar el avance de su trabajo, el Hombre del Prado, en compañía de Ana y otros cinco, forma en un corro que mira con asombro las líneas pálidas que emergen de los ocres apagados, los marrones oscuros que fueron rojos, los pigmentos a los que el fuego ha variado tono e intensidad, algún fuego antiguo, algún viejo desastre que ha quedado disuelto en el tiempo. No queda más remedio que referirse al tiempo, como al pronunciar la palabra uno tuviera en su poder els ecreto de lo acontecido. El tiempo es todo, parece o nos parece, cuando en realidad no es sino un acuerdo expresivo, un sustantivo convenido para meter en él, como enorme bolsón, todo lo que ha sido vida y ahora es narración que se desfleca en preguntas, incógnitas, suposiciones y lugares oscuros de ignorancia total. No existe el tiempo sino como metáfora en la que todo cabe; no es ajeno sino que está sujeto a la duración de las cosas, cada cual en la suya propia, cada cual con su tiempo convenido, el de la vida, el del amor, el de una mañana, el fugaz de un encuentro o el permanente de un desencuentro, cargado este de las posibilidades perdidas.

La mañana soleada se introduce en la exquisita arquitectura del Museo, que parece perdido en una ciudad que permanece como una sombra, más habitada por visitantes que por convecinos. Esta Segovia le parece al del Prado un remedo de Venecia, ciudades que se mantienen en su arquitectura cono inmensos decorados que llenos de turistas durante el día, se pueblan de sombras propias al caer la tarde, en sus callejas que reptan por un territorio rocoso por el que todo cuanto pasó dejó rastros de piedra, confusas huellas que el mueso quiere ordenar en edades históricas y geológicas, pero que en realidad, alzándose sobre las peñas podría ser en realidad uno de aquellos sueños de Lovecraft, ciudades abandonadas a las que se llevó su tiempo. La población de Segovia, como la de Venecia, es una humanidad resistente a los siglos, empeñada en la peña. Durante la visita, en el pequeño grupo que se mueve por las salas desiertas en pos de una restauradora joven que hace cátedra de su profesión y con ello encanto expositivo, surge la cuestión de la Segovia romana de la que poco o casi nada se conoce. Ni trazado de calles, ni disposición del foro, apenas una terma, un columna troceada, varios mosaicos, escombreras de murales pintados, unas cuantas monedas, vestigios de lo que debió ser, sólo vestigios que tienen tan poca presencia que bien podrían haber sido dispuestos desde otras procedencias para afirmar lo que fue y que se ignora. Existe, claro, he ahí la prueba evidente, un acueducto enorme, una obra de ingeniería de avanzada complejidad, que llega volando sobre el cortado a la ciudad y se muestra con magnífica galanura. ¿Cómo se iba a construir un acueducto de tal envergadura para nada, o para nadie? Piensa el Hombre del Prado en la última secuencia de aquella película, "El Planeta de los Simios", en que el rastro y el nombre de una ciudad, para los espectadores, es una porción de Estatua de la Libertad, sobresaliendo entre el arenal de una playa.

La cara del joven, expresiva en esa mirada de ojos maquillados, con los bien dispuestos rizos que enmarcan unas facciones delicadas, parecen llegar desde su tiempo, para decir que estuvieron aquí, pero es incierto; se trata solamente de una afortunada recuperación, una casualidad que mueve las montañas de la imaginación. Cabe preguntarle ¿quien fue? Cabe contestarse que un siervo, un lector tal vez de un amo instruído, o el hijo de una familia acomodada. Se inclina el Hombre del Prado por el siervo porque esto le sirve a sus propósitos. Glaucos, o Artemidoro, que el nombre no está decidido todavía, ya tiene cara.

Si el muchacho era lector, y en la hora de la cena leía para sus señores, acomodado cerca de ellos en el comedor, bien podría haber detenido este gesto en la lectura del final de la Pítica VIII, allí donde Píndaro, llevado por la tristeza, así piensa quien esto escribe, lanza este gemido: ¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Que no es? ¡Sueño de una sombra es el hombre!