martes, julio 07, 2015

AL PASO



Lo que vemos al paso casi no existe. Si queremos fijarlo, hacerlo nuestro es eso, debemos detener la atención en ello, mirarlo, apreciarlo, que es lo que ahora se dice "poner en valor".  Mejor apreciarlo.
Una mirada no es suficiente para tomar conciencia de lo que siempre ha sido igual. Es necesario que algo cambie en un paisaje, sea este el de la calle mayor de este lugar o de los montes tan cercanos, o de sus bosques tan queridos. Poco importa el lugar, lo que no varía queda en la foto fija para siempre. Pero basta que en un terreno mal cercado y peor cuidado, bajando hacia lo que fue río, unas sillas dejadas de cualquier manera le llaman la atención, vistas por el rabillo del ojo, y obligan a detener el paso y decidir tomarles una fotografía. Uno de esos paisajes anodinos que tanto le gusta guardar.
Dos sillas y un colchón, de cualquier manera, caídas en el soto, entre malezas y cardos. De cualquier manera se dice al paso, o sea, de una manera que no es intencionada, o regular, o acorde a un patrón, sino a su aire, al del desorden tal vez, o el del abandono... Probablemente las tiraron desde lo alto y rodaron, aunque el colchón no, seguramente no, dadas sus dimensiones y el tipo de inclinación del terreno, difícil le sería llegar hasta allí por su propia inercia. Por lo tanto, aunque lo parezca, no sería de cualquier manera, sino a la manera del abandono desentendido, o desatendido, con que uno mancha el paisaje, sabiendo que lo hace.
Tomar la fotografía no es un acto documental, no quiere engañar a nadie. Es que esta toma le gusta, cuanto más la mira más le atrae.  Así que se detuvo, miró por el visor e hizo  dos tomas, cada una de ellas con dos versiones de luz. Una de las tomas se ceñía a enfocar el fondo y dejar el primer plano borroso. La otra lo contrario. Finalmente se decidió por esta última mirada. El fondo, el punto de atención de las sillas y el colchón, deliberadamente fuera de foco. Lo contrario sería enfatizar lo que no lo merece.
Cuando acabó de hacer la fotografía siguió su camino por la carretera que es al mismo tiempo calle mayor del pueblo y se detuvo frente a otro cambio en el paisaje. ¡Que de novedades!, diría Ana. Un lugar de copas instalado en lo que el año anterior fue lo mismo, y el anterior y el anterior. Negocios de verano que no alcanzan a más. Generan una amarga frustración al llegar setiembre y mirar la caja y la barra  vacía, abandonada.En estos bares muertos queda siempre algún periódico arrugado y unas cuantas botellas vacías cuando se mira por el el cristal de la ventana al pasar meses después.
Este nuevo se llama El Enebro, le han hecho un rótulo de neón que en la noche quedará bonito, pensó al verlo. Y en seguida le vino a la memoria un paseo con Eduardo por un bosque cercano al Sega, cuando el biólogo le señaló unos arbustos y los nombró: enebros, dijo, y él lo miró con atención. Le habló su amigo de lo fuerte que es esa madera, de lo enormemente resistente para puertas y ventanas de encierros, corrales, cochiqueras, en el campo. ¿La conocías?, le pregunto. Al enebro, se refería al enebro y el recordó que algo sabía, poco, y tampoco sabía porqué le habían quedado grabados unas palabras sobre el arbusto, las que han sobrevivido del poeta Museo, que dijo que el arbusto del Enebro es propio del dios Apolo. Porque se acuerda de esto no lo sabe, lo leyó hace años en un libro titulado La Sabiduría Griega. Nada más, pero más que suficiente.

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