sábado, abril 29, 2006

La llave en la oscuridad


En un viejo cuento sufí, un hombre encuentra de noche a otro buscando algo en la oscuridad de las calles; una lámpara brilla en el afeizar de una ventana como única luz en toda la calle. ¿Qué buscas? le pregunta. Ha perdido la llave de su casa le dice. El primero se presta a ayudarle en la busca y al cabo de un rato de infructuosa ocupación, le pregunta: ¿la has perdido aquí? ¿estás seguro? Oh no, le contesta el otro, la he perdido más allá, al principio de la calle. ¿Y que hacemos buscándola aquí? Es que aquí es donde hay luz, allí hay oscuridad y no se distingue nada.
Esta historia tradicional que ha pasado al acervo cultural derviche, es, en su ambiguedad, un ejemplo patente y claro de la capacidad de embrujo que esconde el doble sentido. Crítica o cómica, irónica o moral, todo dependerá del significado que le demos; para incrédulos, crédulos, confiados o desconfiados, la historia tendrá siempre una lectura acorde con su general actitud y su estado de ánimo. En todas las sociedades hay momentos en que el doble sentido se convierte en el poderoso recurso para la lectura y de una noticia se deduce otra. Que placer se encuentra en el sentido secreto de las palabras y de las oraciones, cuanta esperanza alberga una frase que encierra otro significado que el claramente expuesto. Nosotros podemos acercarnos a la historia y deducir que se puede o se debe buscar la llave donde realmente se perdió, o por el contrario donde existe la luz aunque allí no se perdiera porque todo acabará dependiendo de que es la llave, cual su significado. ¿Y quien significa qué? ¿Aquel que la perdió? ¿O el que se pone a buscarla sin saber realmente que es lo que está buscando? ¿Porqué, cuando buscamos algo debemos estar seguros de saber el lugar en que se perdió? Si algo se perdió y sabemos donde, ¿realmente está perdido? ¿Qué buscamos? ¿La llave? ¿Porqué ofrecemos ayuda a un hombre que busca su llave en la noche? En el bosque, entre los árboles, suele suceder que buscas un camino que no encuentras, o mejor, un sendero de esos que pierden su propia traza en cuanto llueve un poco. En teoría no hay pérdida, las laderas marcan los caminos del valle; más aún: el valle se ve desde gran parte de las laderas. No la hay en cuanto al objetivo de llegar a casa, pero buscas un sendero marcado por un árbol especial, por una piedra de granito que lo interrumpe y parece un animal agazapado, por una marca que hicimos nosotros mismos al pasar un día para señalizar un vista, otro sendero o cosas por el estilo. Es verdad que lo que contiene el sendero que pretendemos encontrar no tiene valor y baja como cualquier otro al mismo destino, pero la búsqueda produce una desagradable comezón cuando no se alcanza a encontrarlo. Aquello que esperábamos encontrar empieza a ser considerado con mayor intensidad. Bajaremos por cualquier lugar y otro día sin proponérnoslo, nos encontraremos con el sendero cuya pérdida tanto nos amohinó.
Ocasionalmente, en la calle, me he tropezado con un farol encendido a plena luz del día y he pensado en lo absurdo de la función inútil. Enamorado como soy de las cosas en cuanto a objetos cargados de significado, esa visión inútil me produce incomodidad y tal vez tristeza: la función de un farol es iluminar la noche. Tantas cosas dejan de ser cuando no son útiles que el entorno que nos rodea parece en ocasiones un cementerio inmenso de desperdicios. Esa luz que no ilumina nada, el sonido de las voces que no escuchamos, el rumbo de los senderos que perdemos, las páginas de los libros que no leemos, las músicas que no oimos, las certezas que no profesamos, las palabras que desconocemos, las personas que olvidamos, los principios que no buscamos sabiendo que, cuando y donde los hemos perdido, toda esa enorme inutilidad de la que no tenemos el valor moral, el certero coraje necesario para desprendernos de ellos. Si miro a mi alrededor veo, como si de la tierra se tratara, y de la llamada basura espacial y que no es otra cosa que los innecesarios satélites y artefactos que han dejado de ser útiles y están destinados a girar y girar años y años, sin función alguna, una misma enormidad de satélites abandonados por mi a lo largo de mi vida que giran y giran sin otra función que la de ser, ocasionalmente recuerdos.
Y todavía nos quedará una duda: el hombre que buscaba la llave, ¿la había perdido realmente? O ¿estaba allí mintiendo porque necesitaba un amigo de última hora, asustado por la larga noche solitaria que le queda por delante?

9 comentarios:

  1. Pragmática, dícese de la ciencia que estudia el diferente significado de palabras y/o frases en función del contexto y quienes escuchan. Las llaves no están bajo la luz, están en el fondo del mar. Buenas noches.

    ResponderEliminar
  2. Leer a Omar Jayán desde un significado sufí o en una versión de significado directo, convierten al texto en dos cosas radicalmente distintas. Hasta el fondo del mar me parece sospechoso a estas horas de la noche. Buenas noches.

    ResponderEliminar
  3. Me encanto.

    Muchos tardamos en buscar la llave, (aun sabiendo donde encontrarla), con la sola excusa de alargar un momento.

    Dice por aca un refran... el que busca... encuentra. pero cuando no queremos encontrar?. aparecen tus dudas y las de todos.

    ResponderEliminar
  4. Me gustan mucho las fotos que eliges para los textos.

    ResponderEliminar
  5. Gracias, "la navaja..." Siempre procuro tener la cámara a mano. Luis

    ResponderEliminar
  6. Wonderful and informative web site. I used information from that site its great. »

    ResponderEliminar
  7. Hola me parecio muy interesante el escrito ya ke es la primera vez ke entro en esta pagina, tan solo tengo 16 años pero me interesa mucho la literatura y quisiera me respondieras para entrar mas a fondo sobre esto.
    gracias. dulcita

    ResponderEliminar