
Sepa lo que sepa, necesita que algo fundamentado, desde el público, no solamente se emocione sino que reconozca haberse emocionado, de manera notoria, singular primero y plural posteriormente; necesita que se pongan de parte d la emoción y progenitor de su cfreación aspira a otorgarle larga vida. Nace la opinión, una plataforma amplia de conocimiento que tiende a expandirse o a contraerse y a desaparecer si cabe asumida por el olvido. La opinión es el boca a boca de los conocedores. ¿Cómo vamos a negar que había opinión en el paleolítico frente a los bisontes gráciles de las cuevas refugio de cazadores y recolectores? Primero los poderosos, luego sus ayudantes, finalmente el grupo, arremolinado frente a la pared opina y está de acuerdo, ¿con qujien? Solamente hay dos opiniones que valgan: la del poderoso o la del experto. A los demás toca mirar por los filtros aludidos. Y nace el oficio de crítica, de aceptacioón o de rechazo, de especialista. Quien resume las opiniones y las sintetiza en un principio y quien posteriormente avanza sus conclunsiones como horizonte de prejuicios paradigmático para los demás, es el crítico; auspiciado por el poder del medio o por el poder político, por el de la industria o por el de la contra indistria. El crítico representa con su oficio, la puerta ante la que el creador puede estrellarse o por la que entrará con su odficio a cuestas para alcanzar la notoriedad.¿Quien hubiera sido Horacio sin la amistad de Virgilio, Mecenas y Augusto? Observemos el paradigma que forma la tríada mencionada: el poder gremial d ela poesía (Virgilio), el poder financiero que permite que Horacio se desentienda de la vida diaria (Mecenas) y el poder político que levanta cualquier tipo de censura y le convierta en el poeta de los fastos (Augusto). Horacio sabe que, sin ellos, no sería sino un amanuense perdido en cualquier oficina siniestra de la administración; lúcidamente calla de las ayudas recibidas en su última oda del Libro III. Solo frente a su destino, el creador domesticado olvida.
El creador, seguro o inseguro, ha de tomar partido y situarse: estará él mismo frente a la opinión y resistirá el no de una sociedad sedentaria y acomodaticia que no comprende que él, justamente él, marca el camino de los tiempos. O por el contrario aceptará que su arte, al suscitar emociones, debe plegarse a la opinión, firmemente asentado en los tiempos inmóviles, y disfrutar, con esa aceptación, del éxito, es decir: el reconocimiento de un grupo cualificado que le aplaude. Todo el proceso de creación termina ante una decisión: aceptar o no el juicio crítico de una sociedad, la del creador, que va a situarle en un plano de calidad dentro de su tiempo.
Hay algo que nos permite situar al creador siempre, en casi todos los casos, y que al convertirse en constante hay que aceptar como verdad. Todo creador lo hace a favor de los tiempos, inserto en la modernidad, aprovechando los nuevos materiales y las nuevas formas, buscando las nuevas certezas e integrando los nuevos modos. El creador es moderno, en el sentido más diccionarial de la palabra, en el más sociológico, pertenece al tiempo en que habla, pertenece al tiempo en que pinta, escribe, compone, diseña, filma, baila... El creador es un hombre eterno habilitado hoy para abrir los caminos de la creación en los tiempos que corren. El primer material del creador es su tiempo, la propia moral, las verdades del presente en que vive, el lenguaje de la modernidad.
En torno a su creación se construye un discurso descriptivo de sus calidades: lo aporta el crítico, lo aporta el poder, los mass media, la opionión pública. La libertad intercambiada, requisito indispensable para que la creación se produzca en los dos extremos del proceso, ha sido secuestrada por la opinión experta que tiende a fagocitar las ideas dispersas para emitir una idea global. Ante la crítica uniforme, el acto de creación pierde su sentido, se disuelve, pasa a un limbo inerte, el de la traducción de intenciones. Secuestrada la libertad se establece el dogma, y con él el lenguaje digestivo que tiene a definir, breve y linealmente, al nuevo creador, ahora ya artista. Hete aquí que ya tenemos mensaje, head line publicitario de fácil compensión, slogan que trata de determinar en pocas palabras el esfuerzo habido para llegar al reconocimiento.
La creación impulso, poderosa arma del creador para transformar pedazos del mundo que percibe y ofrecerlo al creador observador que a través de aquella podrá sentir el poder de la transformación en modernidad, han sido disueltos en el canon de la ortodoxia. La opinión se alimenta de cultura embolsada en folletos de exposiciones y museos y en críticas expertas. El crítico, el juez dotado del conocimiento, por este mismo hecho de ser conocedor, ha perdido la libertad del creador observador y su horizonte de prejuicios le ata al banco del galeote, condenado a remar creyendo que marca el rumbo de una nave cuyo timón no controla. Y es este el proceso aniquilador de quien se cree llamado a juzgar, aunando conocimiento, ambición y vanidad, incapaz de comprender que lo que está haciendo es asesinar a la libertad, empezando por la suya propia. Pero esto, al Oficio de Crítico le tiene sin cuidado.
FIN DE 6 ARTÍCULOS.
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