jueves, julio 20, 2006

Creación - 3 La partida de ajedrez de Roma

La rosa en capullo: todavía no es presuntuosa, pero apunta
El creador, que es solidario con los demás en las cosas cotidianas o en los hechos sociales, probablemente, no lo es con su oficio: condenado a la soledad de la creación no comparte angustia ni placer en ese acto. Están él y el resto en dos mundos separados y divergentes en intereses. Crear es imaginar y producir y ese es un vicio solitario, una angustia personal, un acto único que nunca más se repetirá: tantas veces cree será la primera vez y si trata de repetir un texto perdido, por pequeño que sea, no será ya el mismo, ni siquiera una nueva versión. Puede abocetar acercamientos a la idea final y la contemplación de cada uno de ellos sugerirá en el espectador una lucha diferente frente a una solución diversa. El creador renace, surge de nuevo y acaba siendo espontáneo en cada ocasión. Una sola palabra es siempre nueva y un color o una pincelada son pintados por vez primera en el mismo lienzo recuperado de un intento frustrado.
No es fácil crear, encontrar un punto de identidad en la creación producida, añadir algo a lo que ya está hecho, comprobado, medido y asumido; uno no puede componer la Novena Sinfonía otra vez, ni siquiera algo parecido porque solamente será algo parecido; cada sinfonía creada de nuevo lo ha sido para ocupar un espacio único, una carencia que ni siquiera sospecharíamos. Hay quien cree crear porque tiene facilidad para juntar palabras, pero realemnte no crea más allá de la repetición de unas notas conocidas combinadas hasta el infinito No escribo sobre arte solamente, sino sobre trascendencia, sobre aporte a una universalidad que acumula conocimiento del individuo a través de su obra, de su constante creación. No importa que no lo consideremos arte, subjetividad por cierto de enorme complejidad, pero es creación: hartos de decir que la novela empieza con Cervantes olvidamos el Genji Monogatori, que se escribió en forma de novela irreprochable, setecientos años antes. No importa como lo definamos, ni quienes, la creación existe y si emociona es arte. Empieza en el Neolítico y continúa.
Era Picasso quien en una ocasión (o en muchas, no lo sé) afirmó que la inspiración le encontraba trabajando. La creación se produce cuando uno se pone a ello porque las ideas que llegan se van dejando el rastro dulce de una intuición. Dejan huella, pero en muchas ocasiones no memoria. Trufaut narra en su larga entrevista con Alfdred Hitchock que un guionista de este se mostraba siempre procupado porque soñaba magníficas ideas que eran dignas de ser convertidas en guiones, pero que el sueño luego borraba de su mente; Hitchcock le recomendó dormir con un bloc de notas y lapiz en la mesilla de noche; debía apuntar en cuanto percibiera la historia cuanto de ella recordara; lo hizo así en la primera ocasión en que soñó la historia. Por la mañana, saliendo de la ducha recordó que había soñado una historia excelente y al tomar el bloc de la mesilla leyó: "él la conoce a ella y se enamoran. Al final quedan juntos"
Sirva la anécdota: crear es un proceso que no trae la inspiración como si nada en un sueño arrebatador que tiende a sintetizar en poco lo mucho; crear es trabajar, parir, expulsar de sí los demonios en forma de combate, luchar denodadamente ante el propio juicio, que en el proceso de creación nunca engaña. Crear es tener un plan y combatir contra él para concretarlo. Hablo de creadores, de creadores, no de quienes jugando creen que pueden escribir o pintar juntando materiales. Hablo de la creación que deja huella, en uno o en todos, que es particular aventura sin más o experiencia universal o de grupo. Todo autor escribe para un grupo de gente limitada, todo pintor hace lo mismo con su pintura, y el músico igual; por ghrande que sea el público al que se llegue es una ínfima fracción de la universalidad; no la hay mayor que la del grupo ligado a la obra. El creador, aunque duda permenentemente de sí mismo, sabe que lo es; el aficionado, aunque se cree creador, pues nunca duda, ignora que nunca lo será. Al creador le cuesta gustarse; el aficionado se encanta a si mismo. Este no es crítico de sí mismo, sino narciso que se contempla en las cuatro palabras que ha juntado llevado de la inspiración o del ensueño.
Roma, pintoira de tierras y verdes, de formas y de líneas, tiene en su proceso creador, una partida de ajedrez que juega cada día y pierde inevitablemente, desde que jugó las primeras de su vida con su hermano, perdiendo también entonces. Ahora es el lienzo el oponente, el enemigo duro que juega mejor que ella, que conoce todos los trucos y trampas del ajedrez, que prolonga su inteligencia para captar los más minimos movimientos de ella, con sus pinceles y colores como piezas: peones, caballos, álfiles, torres, dama y rey, son para Roma víctimas de su proceso de autodestrucción interior que termina en la construcción del cuadro. Es el lienzo, él que al irse llenando de color y de forma va capturando las piezas de Roma y las convierte en la creación de ella; en esa imagen vívida y lúcida frente a los demás, del proceso, combate, partida que termina con la muerte del rey, con la derrota, abatiendo la pieza más preciada; es esa imagen la que nos trae a la visión el esfuerzo titánico del proceso de construcción de un proyecto a partir de la creación. Titánico por pequeño que sea el resultado; titánico porque es un jirón de uno mismo el que se aboca; y porque en la victoria del lienzo, ya cubierto, Roma ha dejado todas sus piezas, todas sus defensas y una vez más derrotada, puede abandonar el estudio y volver a su casa. Dejándose ganar ha vencido: lo que era lienzo en blanco ahora es pintura de colores y formas, la paleta de Roma de verdes, ocres, marrones, rojos, que a mi me parece tan mediterránea es el resultado de un duelo a ajedrez de prolongada duración en la vida de la pintora.
Crear es empeñarse sin garantía de éxito. Todavía no hay público pero ya sabemos que no es esto, que este color no es el color, que estas palabras son excesivas y se adueña el silencio en el proceso. Que largos son los tiempos del silencio cuando se adivina una mutación entre lo escrito e intuido y lo que se lee y conoce. No es esto. No es cuestión de intención; los objetivos de quien crea pueden estar bien claros y tener el tema y el recorrido de la obra claramente interiorizados, apuntados en bocetos, en guiones. Son las palabras finales las que cuentan y estas no salen; el ritmo se resiste; y las palabras no se encuentran; está claro que hay millones de palabras pero sin ritmo no hay palabra, no se encuentra la metáfora pertinente o la descripción natural y sencilla. Es que escribir no es fácil. Ni pintar. Ni aún con toda la técnica del mundo, ni acudiendo a todos los talleres literarios posibles, se creará; se aprenderá a pintar o a escribir o a hacer música, pero no se creará sin la enfermedad del creador, que no es ciertamente el esnobismo. No se puede por mucho que te expliquen, aprender a perder la partida de ajedrez ganando al lienzo; eso es personal, se construye en la infancia del creador cuando, por las razones que sean, unas neurones erran su correcto proceder y aspiran a crear. Insignificantes como parecen en sus inicios, van a marcar toda nuestra vida.
Crear es liberarse de la enfermedad para caer de nuevo con el siguiente proyecto.
Mañana hablaré de la creación continua.

10 comentarios:

  1. Hermosa foto maestro. La vida contenida en una imagen.

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  2. Es una rosa mía, maestro. Desde la semilla, hace ya tres años. Al igual que la dalia de ayer. La jardinería de afoicionado es una magnífica ocupación.
    En cuanto a las fotos, hay Photoshop por medio.

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  3. Luis, lo que has conseguido con este texto es extraordinario, tus reflexiones sobre el proceso de la creación las comparto plenamente, aunque jamás podré expresarlo como tú, y yo misma nunca hubiera expuesto mejor en qué consisten esas partidas de ajedrez que trato de ganar mientras aprendo a perder, o quizá viceversa.

    La dalia de ayer es... bueno, no tengo palabras para decir lo que me gusta esa imagen, forma y color, sobre todo atmósfera de color.
    Y la rosa de hoy...nunca había visto una rosa tan vulnerable... parece un recién nacido.

    Recuerdos míos a todas ellas, también a las hortensias.

    Y muchas gracias por dejarnos compartir y disfrutar de tus reflexiones.

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  4. Es casi recién nacida, un capullo de un rosal que inicié hace unos años.

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  5. Realmente interesante el paralelo entre el ajedrez y la creación. Me ha dejado pensando.

    Quisiera ver el trabajo de Roma en persona.

    Saludos

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  6. Joisé Antonio: hay una buena muestra del trabajo de Roma en su blog.

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