miércoles, julio 19, 2006

Creación - 2

La dalia es bella
Aquel que crea necesita expresar, no sabe qué, no sabe porqué; expresar es un grito, la liberación de una ansiedad, alcanzar una felicidad y expresarla; necesita los materiales y la liberación de un impulso interior que se convierte en idea, en palabra, en trazo, en color, en cosa y al final en cosa expectante del juicio del otro para ser. Como ya dije en el post anterior, el hecho artístico primero es cosa, permanencia oscura, obra de autor indefinible, solo existe para el creador y es prolongación suya, sin más.
¿Quien es este creador? Un ser angustiado. Usa palabras, trazos, colores, formas; abarquemos aún más: busquemos al creador con su más noble material: su cuerpo; también el actor que repite la magía del neolítico, el comportamiento sacerdotal, el conjuro trágico o dionisíaco; vistiendose de otro lo crea, no lo recrea, sino que crea en cada gesto suyo el gesto del que fué destruyéndose para dar nacimiento al que ahora quiere ser, desde su transferencia. Te transfiero mi voz y mi cuerpo pero tomo tu gesto, imaginado; y el ritmo y la cadencia de tu verbo, imaginado; y el equilibro de tu andar, imaginado; en el proceso de creación del actor, el material es uno mismo ensimismado para mutar en otro.
Quiero afirmar que escribo expresar en lugar de comunicar, concepto al uso, porque estoy seguro de que la expresión es el hecho primigenio del proceso creativo, la liberación del ansía, de la explosión interior que ahoga y pugna por encontrar manera de mostrtarse. Es gesto personal, de liberación y en su más pura esencialidad no necesita de los otros para ser liberación; como cosa, después, si necesitará de los demás para revelarse. Será entonces diálogo, posteriormente, cuando, la cosa llega al espectador y este recibe la expresión, la recoge, entiende, digiere, asimila, acepta o rechaza.
Nadie hace algo por nada. Satisface crear porque desahoga, como en la enfermedad el llanto o el grito son desahogo del dolor y de la angustia. El creador enferma de ansiedad, no puede sobrevivir sin ponerse a ello y en ello alivia la opresión que siente; es adicción alimentada por su propia maestria, por el magisterio que la práctica le procura en el continuo ejercicio de la creación. Es adicción como paliatiivo a una imperiosa necesidad que duele y consume, angustia y mina. Es adicción crear. No importa que llamemos arte o no, o cosa o cosas, a aquello que produce en esa tensión. Lo que será no puede ser denominado por él ahora aunque intente aproximarse, o aunque procure darnos una pista que coincida con su intención. La práctica y su halago de los otros pueden llegar a darle pistas de su propia valía, siguiendo la corriente o contra ella. Puede estar o no de acuerdo, pero eso es indiferente, carece de valor su postura puesto que la obra no existe hasta que otro se asoma a ella y ve al actor en escena, lee el libro, mira el cuadro, acaricia la escultura. Para exclamar con soberbia magnífica lo que dice Horacio de sí mismo, hay que estar muy seguro, conocer el hecho artístico en su real dimensión, ponderar los materiales como hace un artesano, conocer el valor que le dan los otros a los que escribe y estando seguro de él ir más allá y afirmar de si mismo:

He hecho una obra más perenne que el bronce,
más alta que el túmulo real de las pirámides;
no la destruirán ni la voraz lluvia
ni el fuerte Aquilón ni la innumerable
serie de los años en que escapa el tiempo.
No moriré entero, gran parte de mi
rehuirá a Libitina; creceré sin pausa,
con prez siempre nueva, mientras el pontífice
suba al Capitolio con la virgen tácita.
Se dirá allí donde resuena el violento
Áufido y reinó Dauno, pobre en agua,
sobre agrestes pueblos que yo, siendo humilde,
me torné en maestro y el primero fuí
que unió a ritmos italos los cantos eolios.
Mis sienes, Melpóneme, con el laurel délfico
ciña de buen grado tu orgullo legítimo.
El cierre del Tercer Libro de las Odas del poeta le hacen exaltar de júbilo afrimando su inmortalidad, es decir, al recuerdo, a la gloria, que curiosamente cifra en la duración del estado de la ciudad de Roma:
................................ creceré sin pausa,
con presencia siempre nueva, mientras el pontífice
suba al Capitolio con la virgen tácita.
Corto se ha de quedar el tiempo aunque yo creo que Roma sigue existiendo, y en su interior un pontífice se asoma al balcón del templo en la colina Vaticana.
Horacio se refiere, como creador, no a la inspiración de las musas sino a la calidad sonora de sus versos que él fué el primero en adivinar al tratar los materiales: a la manera de un Velazquez, o un Cervantes, o un Picaso o Proust, él se siente inmortal al haber unido los ritmos italos a los cantos eolios. La poesia de Horacio el creador es aplaudida por el público que disfruta con sus ritmos nuevos y con la sonoridad que la convierte en ¿arte? Indudable, pues inspira emociones. Ese es el reconocimiento. Es indudable que si algo es arte, si algo se va transformando en arte, es esencialmente gracias a esta visión emocionada del otro que puede reconocer un proceso creativo y productivo a partir de una propia personalidad diferente y nueva: se siente la obra creada, es arte pues. En su primera acepción, yo diría que arte es un proceso creativo que pertenece a una sello y una personalidad y es apreciado por el espectador al inspirarle emociones, que no tiene por que ser las mismas que ha vivido el autor durante el proceso de la producción. La emoción del autor queda encerrada en el propio proceso de creación-producción y en la cosa se disuelve hasta alcanzar la revelación al otro. Si la obra de Horacio no nos hubiera llegado, el hecho de haberla escrito no nos daría de su arte sino una vaga memoria, tendríamos que creer a los antiguos que la mencionan, pero ninguna emoción en nosotros suscitaría ningun tipo de reconocimiento. Perdido el texto se perdió el arte.
Si nadie, en el largo transcurso de los años, hubiera visto en Velazquez nada más que a un buen artesano de la pintura, su obra estaría en la permanencia oscura, e incluso hoy podríamos precisar que la vista de los otros no repararía si no en un pintor se segunda o tercera línea. Liberada la tensión creativa, su obra permanecería en nada a la espera de una revelación, que de no producirse ni siquiera le admitiría una denominación.
En los próximos días seguiré pensando en el proceso creativo en sus dos ámbitos: autor y espectador y trataré de entrar en los procesos creativos:
  1. La partida de ajedrez de Roma
  2. El diálogo de José Antonio

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