lunes, enero 23, 2006

La senda que no es.




Vaya donde vaya este sendero, estás bien seguro de que no has de cogerlo, no es el tuyo. No puedes reconocer nada en él. Ni la pendiente, ni los árboles que la bordean, ni la masa boscosa que asciende por la ladera, ni el talud de tierra abierto por la excavadora, ni las rodadas de los vehículos de los leñadores, ni las rocas, las piedras, las pisadas. Pasó alguien en sentido contrario, pero no eras tú. Reparas de improviso que no reconoces tus pisadas, no sabes como son tus suelas, que tipo de dibujo tienen, como marcan tu identidad. ¿Cómo puedes ignorar de que pié calzas? ¿Cual es tu huella? Sombra, nombre y huella, decían los egipcios que componían la identidad del hombre. Este que ha subido hace un tiempo, no eras tú, era otro. ¿Donde iría si en el camino de retorno no te has cruzado con él? ¿Quien es el que al atardecer sube a la montaña por el interior del bosque? Mioras hacia el cielo y sabes que si sigue subiendo le alcanzará la noche. El si debe conocer los caminos y debe tener un destino seguro. Donde quiera que vaya, va. Tú no. Sabes que hay muchos senderos que se cruzan y entrecruzan y que son realmente curvas diversas de una misma línea que se quiebra, busca, vuelve sobre si misma y se da la espalda. Pues bien, no has de coger ese sendero que no hará otra cosa que mentirte. Y cuando le des la espalda y sigas perdido, pensarás que a lo mejor te has equivocado y si que era aquel el camino. Y ahora ¿cómo volver a él? Ya es tarde y también a ti te ha de alcanzar la noche. Perdido como estás no te queda sino acelerar el paso.

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