lunes, mayo 22, 2006

El cielo más hermoso

Ha llegado el momento de volver al bosque y sobre nuestras cabezas, mientras circulamos por la carretera en dirección noroeste, el cielo más hermoso extiende un manto de azul puro y limpio, en el que copos de nubes se arremolinan señalando la dirección. Es la luz, la más limpia luz que pueden ofrecer los mil reflejos que ofrece la atmósfera de la sierra del retorno a casa. Rodeados por el prodigiosdo atardecer de la meseta al norte de Madrid, nos envuelve una pincelada de color que es pura luz y nuestros ojos la acojen con gozo. "Mira" le digo a Ana y señalo hacia delante y hacia arriba y ella asiente. Bienvenidos de nuevo, pienso, a la luz que nos envuelve, al manto protector de las miradas, al velo desvelado de cuanto acontece, a la física más evidente y a la magia mejor soñada. Es la luz, de nuevo la que se nos aparece; después del conocimiento, pienso yo, está la luz. Por ella vemos el prodigioso album de imágenes que nos rodean y que forman el mundo a nuestra medida. La belleza y el arte, son representaciones que alcanzamos a concebir y producir gracias a la intuición que tenemos de nuestras fuerzas, de nuestra relación con el entorno. Nada humano es ajeno a lo humano; la belleza es nuestra proyección y nuestra escala; lo trágico nuestro sentido de la vida; el poder la proyección de nuestro instinto. Desde la primera terracota hasta el arte más contemporáneo y vanguardista, nada escapa a las limitaciones que a nuestra visión de la cosmogonía de lo humano alcanzan. La luz nos revela la realidad física en la que nos movemos, en la que nos anclamos, en la que nacemos, vivimos y morimos. La luz señala nuestro ciclo vital más inmediato, de luz a luz, de alba a alba; siendo el principio de toda medida es la creadora del tiempo. La luz, que explosivamente en su belleza nos ha recibido hoy al salir de la clínica en la que hemos vivido los últimos dos meses con una leve pausa de diez días de libertad condicional, nos ha recordado que ya es hora de volver a la belleza de la vida, contradictoria en si misma si la intentamos comprender como un todo, fragmentaria y fragmentada si la miramos con atención de entomólogo; allá cada cual con su punto de vista. Hay, a lo largo de la vida, hechos que se nos antojan dramáticos y de los cuales pensamos que podemos aprender no se que parte de experiencia vital que nos tendrá que ser útil; verdad a medias es, y como tal, poco fiable. Nunca aprendemos del todo nada que pueda estar sometido a los sentimientos de permanencia o temor, a los agobios del cariño y a sus propias carencias; las cosas que nos hieren en la propia carne del sentimiento más vivo, en esa incruencia que representa la herida en el ánimo, no enseñan nada más que el mandoble fulminante de lo desproporcionado: miedo y dolor. Dejamos de dormir un tiempo anonadados por las circunstancias que han roto el curso seguro de los días, la placida marcha de las cosas más nimias, y que repentinamente nos han dejado en desolación. De tales cicatrices casi nunca nos reponemos del todo, quedan marcadas en la piel y son evidentes al mirarnos al espejo de nuestro propio reconocimiento. ¿Qué hemos aprendido? Todos vivimos y todos morimos, pero los más cercanos mueren mucho más que los que no tienen rostro ni lazos de afecto directamente unidos a nuestra respiración.
Los ojos que han perdido la mirada de alguna estatuaria romana, parecen vagar por el Hades terrible que visitaran Odieso y Eneas en vida, en muerte todos los demás. Estos dos héroes alcanzaron a ver a los suyos vagando por los infiernos de los muertos en un mundo en el que no existían paraisos más allá de la vida, solamente las tinieblas del mundo subterráneo, y de aquellos recibieron noticia y consejo. Siguieron su camino, el uno hacia la eterna Itaca convertida en poema por Cavafis y cantada tan expresiva y trágicamente por LLach; hacia la fundación de Roma el otro, portador en su empeño de todas las virtudes del varón romano: Virgilio fué su propagandista. Estos ojos que intentan penetrar sin ver en el visitante me desconcertaron durante una visita a los Museos Capitolinos de Roma. Perdidos los ojos a lo largo de los años, parece mirar ahora con angustia y de su boca entreabierta surge un lamento largo, inacabado, el grito escondido en la piedra que hiela el sentimiento de quien alcanza a oirlo. Joven y hermoso, ha perdido su capacidad de ver la luz y esta mutilación le despuebla del manto protector de la imagen del todo en que habita. Le quedará la vida, es cierto, pero mutilada, porque lo bello que se percibe por la luz no tendrá nunca palabras para ser descrito. Ese milagro nuestro, natural y cotidiano, y prodigioso, se abría hoy ante nuestros ojos al correr en coche hacia el ocaso del día y de la propia luz del sol y nos ha dado la bienvenida, de nuevo, a la vida.

4 comentarios:

  1. Va a ser verdad que de Madrid al cielo. :-)

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  2. Gracias por darme tus ojos a través de tus letras.

    Me quedo sin aliento con ese cielo que quisiera ver alguna vez.

    Te abrazo

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  3. "Nunca aprendemos del todo nada que pueda estar sometido a los sentimientos de permanencia o temor, a los agobios del cariño y a sus propias carencias; las cosas que nos hieren en la propia carne del sentimiento más vivo, en esa incruencia que representa la herida en el ánimo, no enseñan nada más que el mandoble fulminante de lo desproporcionado: miedo y dolor."
    Cuánto me ha gustado esa reflexión. Es verdad.

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