martes, febrero 28, 2006

Presente perfecto y presente imperfecto


Un grupo de notables de Medina se quejó al heredero del Profeta, Alí, acerca del comportamiento de los jóvenes, poco respetuosos con las normas establecidas; después de pensar, les contestó: "es que los jóvenes, más que a sus padres, se parecen al tiempo en que viven". Tenía razón, pero no le escucharon por ello sino por su heredada autoridad; no por otra cosa; es normal que las gentes no entiendan que los jóvenes no se parecen a sus padres, por mucho empeño que pongan en conseguirlo. Lo de hacer al hombre a imagen y semejanza del autor no es solamente cosa de dios, el género humano ha heredado su vanidad. La verdad es que viendo a algunos padres, uno se pregunta porque razón deseará con tanto ahinco que su hijo se le parezca. ¿Hasta que nivel alcanza su auto satisfacción? ¿Cual es su equipaje de vanidad? ¿Cuales sus certidumbres? ¿Cual su bagage de certezas? ¿Cual su nivel de ignorancia convertido en punto máximo de conocimiento para todos los demás? Todo ser vivo, por generalizar, tiende a pensar que se conoce a si mismo; probablemente se considera franco y sincero, medianamente inteligente, con modestia dosificada, y capaz de escuchar. Hoy además se es franco, sincero y se va de frente. También es hijo de su tiempo, pero para los adultos parece que el tiempo se ha detenido y ya no viven los años que transcurren en un presente horaciano, sino los años que pasaron y que como cuatquier tiempo ido fué mejor. Sabemos que los adivinos caldeos y babilonios no pueden predecir el futuro y que ni los dioses cambiarán el pasado. ¿A que entonces convertir el presente en un inamovible hijo del ayer? ¿Es que fuimos tan felices en la niñez? ¿Y en la juventud? Abderramán I calculaba que en más de cuarenta años de poder absoluto había sido feliz, creo recordar que cionco días, "y no enteramente" y Camus pone en boca de Calígula la violenta maldición "los hombres mueren y no son felices". Yo baso la felicidad en un retórico paseo por un bosque real. Trato de asemejarme al tiempo en que vivo respirando su aire y su música, oyendo sus voces y sus palabras. El techo inmenso de la pirámide no cierne sobre mi su piedra sepulcral, no cruzaré todavia la laguna Estigia ni subiré a extrañas constelaciones desde Keops. La única magia que reconozco es la de las palabras, la del sin sentido transformado por nuestra revelación en sentido propio, íntimo, nuestro, de cada yo, de cada mi. Cada palabra tiene, además de aquel por el que es reconocida, millones de sentido que se revelan a cada lector. Ninguna de ellas quiere decir siempre lo mismo. Así, ¿felicidad quiere decir algo? Volver al tiempo es el deber de estas líneas, a la única posesión además de la vida, de la identidad (el cuerpo, el nombre y la sombra para los egipcios). El tiempo es la única posesión inacabable con la que a menudo no sabemos que hacer. El tiempo es, sin duda, nuestro presente, porque no existe ayer ni existirá mañana. Cortazar hace magia con las palabras cuando pone en boca de Charlie Parker aquel sublime "esto ya lo toqué mañana" antes de abandonar desilusionado la grabación de un disco en París. Y escribe Salinas "moriré en París, en un día de lluvia del que ya tengo recuerdo". Como las cerezas, las palabras se encuentran, se llaman, se ordenan en la magia del presente gramatical que debiera dividirse entre presente perfecto y presente imperfecto. El tiempo de Cortazar, como el de Salinas, es un tiempo que rompe con nosotros, que nos libera, nos deja y hace a su antojo lo que quiere. Todo está en el pensamiento, incluida nuestra libertad.
Pero lo cierto es que Alí dió con la clave al contestar a los notables de Medina: "es que los jóvenes, más que a sus padres, se parecen al tiempo en que viven".
Y podría redondear yo: "el hombre se asemeja a su tiempo y es esta una esclavitud de la que es dificil liberarse"

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