jueves, junio 18, 2009

¡Danzad, palmeras!


Y danzan con la sensual locura que transporta la luz del anochecer y el denso perfume del mar adormecido. Es la hora, el tiempo de la danza en la playa habitada por una humanidad que no siente, y por ello ni oye ni ve. Gentío invisible desterrado a las islas mínimas de cada soledad. Y sin embargo la suya no existe. Camina el grupo bajo las palmeras que danzan como lo hacen los peregrinos, dirigidos al destino final sin el cual el camino pierde todo sentido y solamente es polvo. Nada perciben y sus voces de alegría las engulle la brisa que se las ha de llevar mar adentro. Con la noche que viene se habrán ido. He aquí, se dice, la danza, música silenciosa que se ve, ceremonia sensual. A él está dedicado ese cimbreo hijo del aire y a los pies de ellas parecen dirigirse las apacibles olas humilladas. Se cierne en derredor el manto de seda ligera como si fuera Cos, que es el crepúsculo. En la cercana lejanía que le rodea estallan en el aire los cohetes que anticipan la fiesta. En una semana la noche pagana del verano abrirá sus entrañas al navegante que vuelve del destierro. Diez años ya, atado al mástil que es todo el barco, tapados los oídos con cera para no oir los cantos de atracción implacable. ¿Quien no dejaría a Penélope en su tragedia y arribaría a esta playa en la que danzan las palmeras? No importa oir la música que hay que adivinarla en ese perceptible movimiento de las ramas que en el aire elevan su saludo y cantan su llamada.

Bailan las palmeras


martes, junio 02, 2009

La Casa del Padre. 3 - Una de dos.

No es conveniente practicar el olvido latente, que es dejar que las cosas no existan sin desaparecer. De vez en cuando la conciencia debiera hojear el libro de la vida para ver de nuevo las fotos y reconocer en viejas modas nuevas maneras. Es verdad que el mundo es caos (así lo cree el Hombre del Prado) y que, como escribiera en algún sitio Nietszche, si se pudiera ordenar y alcanzar un equilibrio, ya lo habría hecho, que suficientes años ha tenido para ello. Entre ese caos mescolanza que hace más e vidente la ingente cantidad de comunicación puesta a disposición del recuerdo y del presente, se pueden adivinar los trazos del devenir de las ideas, la trompicada manera en que desde un principio difuso han ido llegando hasta hoy, enraizando en la vida por multitud de terminales que absorven de ella el alimento para su voluntad de permanencia.

La patria, que aquí conviene escribir con minúsculas, es una de ellas. Se la puede adivinar en portadas de periódico en blanco y negro, en desfiles marciales, en asentimientos protegidos por "la seguridad del silencio" -como diría Schmitd cuando se discutía sobre su pasado nazi-, en los libros de historia, páginas iniciales en un Catón o en "España es mía" que se leía en clase. Patria a la que amar por encima de todas las cosas; patria por la que dar la vida ya desde muy antiguo, que dulce y decoroso es morir por ella, como escribiera Virgilio; patria de la que sentirse orgulloso; patria de ejemplar historia, de gloriosa historia a través de la que se alcanzó la fama universal; la patria como razón de ser; la patria diferente; la patria madre; la patria unidad de destino en lo universal, siendo también el tiempo parte de esa universalidad. Patria que excluye a los que no la aman y es ella quien decide lo que es el amor y la que ejerce el desprecio.

No importa, piensa el hombre del Padre, que esas imágenes lleguen de un blanco y negro hijo de la época, pues con el tiempo se han iluminado con el gris de la mediocre mezquindad. Cuesta ver en todo ese diluirse la puerta de lo sublime, que pareciendo un enunciado irrenunciable es a fin de cuentas un espacio vacío lleno de nada, o la nada misma, la nada en sí, un hueco como un desagüe por el que se van las cosas pensadas dejando un rastro de baba, que es el recuerdo. Han quedado los filamentos adheridos a la carne viva de la vida y aunque la inteligencia pueda desearlo, no hay dedos ni fuerzas suficientes para arrancarlos. No haría eso una herida sangrante, sino que como trozos de mineral dejarían zonas petrificadas, adheridas ya para siempre. Lo que fue deja rastro.

Conviene también ir más allá, a la patria del silencio que se alimenta de la historia secreta de la resignación, nunca de la renuncia. esa es la patria de la cocina en la que se habla de ella, se muestra el umbral de lo sublime que algún día se habrá de alcanzar, el sueño de futuro, la voluntad de ser que se explica en voz baja, que se evidencia en gestos secretos, en palabras que solamente comprenden los iniciados. Somos y seremos es el lema matricial de esa consideración; identificada la una es fácil identificar a la otra como enemiga a través de los tiempos, eterna enemiga, invasora de las ideas, negadora de los sentimientos, aplacadora de las emociones. Una, grande y libre, se describe la primera. Desesperada y triunfante se intuye la segunda.

Crece el niño en esa dicotomía, pues lo es, incapaz de resolver esa duplicidad poniéndose de parte. ¿Cómo hacerlo? Habitará en los refugios secretos de la cultura de ambas y a ambas amará dejando a un lado los símbolos triunfales o los deseperanzados. Las palabras le llevarán a los libros y en ellos habitará. He ahí otro ámbito de "la seguridad del silencio". Devendrá la vida en esa esquizofrenia siendo el nilño incapaz de establecer lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Solamente con los años, los muchos años, alcanzará comprender, piensa el Hombre del Prado, que todo ello es cosa de la voluntad de poder de una y otra, de los unos y los otros, y que el refugio seguro fuera en su tiempo el tomar partido, aunque incapaz de ellos y habitando en las culturas, reconozca que ahora es ya tarde para ello.

De ahí que el bosque o el mar sean la patria deseada. Hoy.

viernes, mayo 22, 2009

La Casa del Padre. 2 - Credo.

No cuesta nada aceptar que sin creer en nada se avance en la vida sin sobresaltos cruciales. Es una cuestión de hábito. En el fondo creer es que uno acepte lo que se le ha dicho. En esta vida que contempla, la de los seres prácticos instalados en su percepción del mundo y de la sociedad, de la cultura y de las ideologías, todo al fin lo mismo, la primera lección es aprender a creer. Creer y amar. Se abandona la infancia creyendo, instalado en el confortable "nosotros" o en el terrible "tú" acusador.
Tal vez no sea esta una cuestión metafísica, ámbito para el que el hombre del Prado está poco dotado, sino de una realidad vital conformado sobre las creencias: dios y patria, para empezar. Nosotros, para empezar. Eros como represión. Los otros.
Ordenados en los pupitres que muestran las toscas cicatrices grabadas con plumilla de la inocencia perdida, recuerda el recitado del Credo. Esto no tiene que ver con lo cristiano, se dice, sino con la instalación del concepto creer, pues "creo en dios padre", es decir: creo. He ahí el rito de iniciación a una vida que avanzara inadvertida, dejando senderos perdidos entre las brumas de un bosque que se adivina proceloso. Conviene dejar esto en claro, que ese "credo" inicial alcanza a lo más grande, pues conviene empezar a creer sin barreras en lo más poderoso y al mismo tiempo aquello que más rebañará las aristas de la futura rebelión: creer en el padre, en su obra imponente, en la línea sucesoria de la familia, en la jerarquía del origen privilegiado que determina al héroe, pues ¿no es ese el destino de Cristo? Y en el destino final de redención y ascenso a los cielos, que solamente estará al alcance de los que creen, destino de la fortuna, de la perseverancia y de la fe.
Y sin embargo, aquel niño no creía y recitaba desde fuera de la ceremonía, espectador, siempre espectador como un privilegiado y maldito asiento de primera fila.

el amor y la duda

Quizás el descubrimiento más asombroso que le arrebata es pensar que amar la vida es dudar de ella. No sé puede amar aquello que no suscita dudas, aquello que tiene tal entidad sólida y ordenada que nada puede ofrecer sino es la completa sumisión. O no se trata de poder amar, sino de deber amar. Quien cree amar la vida por su total y completa presencia totalizadora, es un conformista.

jueves, mayo 21, 2009

La Casa del Padre. 1 - El espacio por delante


El paisaje del mar y el paisaje del bosque son diferentes. Habla del bosque para evidenciar un espacio amueblado hasta la saciedad, ocupado por todos los objetos que ocupan sus lugares y dejan los espacios vacíos necesarios para que el caminante se inserte en aquel, sea parte de él. El bosque no llama, acoge, no espera, discurre indolente y receptor. El mar es otra cosa, se muestra como un territorio de vacio inmenso, casi la nada, un recipiente vacío salvo por la luz y la superficie del agua. Hay calima y se diría que más allá puede encontrar la vista algo más, bastará que se levante la bruma cargada de polvo africano que da a todo un resplandor dorado. Pero no es así, se levanta, disuelve, se pierden sus jirones por el ámbito y más allá la nada se ha expandido, se alejan los límites, no los hay si la vista no los encuentra. Hablamos del pensamiento, que resume la naturaleza en puras metáforas.

El mar como la casa. Cambiar de casa, dejar el bosque y asomarse al fulgurante espectáculo de un lugar vacío en el que habrá que habitar con las pocas pertenencias que ofrecen el cuerpo y la mirada. Porque es fulgurante y engaña, que fulgor es reflejo y este, incorpóreo, es fugaz: está y ya no. El Hombre del Prado ya no es de allí, ya no es aquel que presumía de contemplativo, cómodamente arropado por el mobiliario de robles y pinos, abetos, senderos, ardillas, regatos de agua y el rumoroso sonido que viene a convertirse con el tiempo en un silencio sonoro. El Hombre del Prado tuvo otra casa y acabó por desamueblarla. Lo llamaba deconstrucción y ha tardado un tiempo, casi tres años, en entender que deconstruir es vaciar para llegar al puro esqueleto de las cosas: la nada.

Habrá que volver a la casa del padre, se dice, sintiendo que es el pródigo al final del camino de ida. Si no es con metáforas no sabe hablar, no puede escribir. Un hombre es una imagen y dentro de ella un vacío amueblado de heterogeneidad. Se dice: cuanto más consecuente más perdido. Entonces, ¿qué? Cabe exigirse apartar esa sensación de nadear, pues solo puede hacerlo lo que es nada, y eso no es. Juegos de palabras, al final tonterías. Un hombre se aferra a lo que es, orgulloso o no de su andadura; un hombre se aferra, piensa, a lo que siempre ha sido. Memoria e intención. Ya está, he ahí, como puede mentirse uno cualquiera, vanidoso de sí mismo, convencido de su lealtad permanente a la bondad, cualquiera que esta sea, o a la belleza.

Está pues en la casa vacía en la que la luz arrasa los perfiles de lo que no existe, disuelve los límites. Tiene la intención de escribir sobre este lugar al que ha llegado, despacio, sin precipitar ninguna conclusión, por acogedora que pueda parecer. Las puertas más acogedoras ocultan la misma incertidumbre que los umbrales foscos y tenebrosos. Hay que empezar por establecer una sola premisa, una afirmación que sirva de punto de partida. Da con ella sin ningún esfuerzo, pues es tan vasto el vacío que puede, por fin puede, ver con claridad los detalles del almacén sin existencias, porque todas ellas han llegado a su fecha de caducidad. Eso tiene la vida, se diría alegremente, que todo lo que se emprende llega a su autoliquidación, por valioso que sea. Pero no quiere olvidar la premisa que habrá de servir de arranque a este deambular por la playa, el mar, el entorno. Viene la idea como el rayo y sabe que es mentira, porque siempre lo ha sabido: en realidad nunca ha creído en nada.



viernes, mayo 15, 2009

Goyerri

Ayer por la tarde murió Goyerri, tan dulcemente como vivió.

Este blog ha perdido la compañía que lo inspiró, el caminante por el bosque sin vocación, refunfuñón, irónico, tiranuelo y tierno, lúcido, simple, comilón , egoista y generoso y amigo de todos. Probablemente el blog haya perdido el sentido, de hecho hace ya un tiempo que esto es así, y también el mismo bosque y el prado se hayan transformado.

Habrá que ver ahora.

jueves, mayo 07, 2009

La Nostalgia ya no es lo que era. (Simone Signoret)


"Finalmente, no ha venido la Revolución" le dijo el Joven, sentado relajadamente mirando el mínimo paisaje del jardín.

Junto a él, Goyerri, dormitaba pendiente de la visita, entregándole tiempo y dedicación en un desvergonzado afán de protagonismo. La salud del perrillo no aconseja decirle las cosas claras y señalarle cual es su lugar en la casa, com tampoco es aconsejable someterlo a las emociones del salir y entrar, porque en la emoción del reencuentro tiene colapsos y caer redondo al suelo, deja de respirar, y hay que reanimarlo con caricias y palabras suaves.

En las palabras del Joven intuye el Hombre del Prado una cierta hostilidad, pero ya se sabe que la intuición es algo que surge de uno y por lo tanto puede, más que una percepción, ser un prejuicio. Lo cierto es que tiene razón al decir que no vino la Revolución. Hay aquí un tema semántico que vale la pena matizar, piensa quien escribe. Para uno la Revolución no vino, como si se tratara de un sujeto histórico dotado de andares y personal voluntad. Para otros no la trajeron, asumiendo que eran otros los que tenían que mover el inmenso y pesado edificio de la historia o de la contrahistoria, según se mire.

En el caminar del bosque, muchas veces ha recordado los sueños revolucionarios que le han abandonado ya, cuando los ha examinado a la luz de la melancólica serenidad. Ética y estética, a cual más importante, a cual más a flor de piel, quedaron diluyéndose en un tiempo en que la bandera roja de Bertolucci se sobreponía a la figura de Lenin hablando a los soviets apasionadamente, las manos apoyadas en una barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante y su derecha, el blanco y negro ofreciendo los colores de la nostalgia.

Habla el Joven mientras acaricia con la punta de los dedos el lomo de Goyerri, que a estas alturas, es una cubierta de piel sobre un rosario de vértebras. Él se deja, claro. El Hombre del Prado escucha a quien habla al tiempo que oye la voz de Leonard Cohen cantando su versión de la de Ferré, The Partisan. No puede por menos que darle la razón a este chico de treinta años que se explaya explicando uno por uno los males revolucionarios frente a las virtudes públicas de la modernidad democrática. ¡Claro que sí!, se dice, y se exhorta a no caer en la trampa de la dialéctica, ahora que justamente lo que suena es esa maravillosa canción que es Suzanne. El ánimo lo muda una melodía, una voz que narra el sueño imposible. Se dice que también el amor es revolucionario y todo lo trastoca, como la nostalgia.

Asiente con la cabeza a lo que el Joven expone. Lo sabe, y participa de ese saber. Es la hojarasca del bosque, piensa, todo lo que se sabe no es sino la hojarasca que cubre el sendero y lo dora cuando el sol bajo de la tarde atraviesa el espacio entre ramas. No quiere escribir la palabra "pero", que tiene en la punta de los dedos, en la punta de la lengua frente al otro, en la punta de las neuronas. No opondrá el adverbio a la verdad de la historia, pero en silencio recordará a esa inmensa legión de gentes que creyeron que el mundo podía ser mejor cuando era muy malo, y dieron su fe, a fin de cuentas hay que tener fe en algo, a esa hermosa bandera roja que Bertolucci despliega al terminar Novecento, en una secuencia que es, ciertamente lo es, la escenificación del fin de un sueño redentor. A fin de cuentas, frente a la Revolución mastodóntica e imposible existe, renovada permanentemente, la redentora ilusión de los humildes.

miércoles, abril 22, 2009

Un hombre asomado al balcón


No es ninguno de estos balcones, ni siquiera está en esta zona de Madrid, pero la instantánea quedo grabada en la memoria cuando, de paso por Princesa en dirección a la calle Alcalá, vio al hombre que se asomaba al balcón.

Será que este del Prado que ha perdido de vista la ciudad, ha dejado también de lado los reflejos morosos y lentos del que pasea por el bosque consciente de que el tiempo es su única propiedad tangible. Será además que cuando llega a la ciudad, una ciudad tan hermosa como otra cualquiera, muy hermosa, nota en los ojos que les invade la maravilla de un paisaje urbano, sobre todo cuando se trata de uno trasnochado de años atrás, hecho de casas con estilo, de calles insuficientes, y por la tarde de una luz que siempre desde el oeste dibuja con primor las cosas, dorándolas. Las ciudades del este son otra cosa.

Bajaba por Princesa entre el caos de una circulación que se ordena por destellos de los reflejos neuronales. El caos es siempre eso, lo que parece que va a suceder inevitablemente y nunca es, pues siempre hay como en la física de los cuerpos, una repulsión al choque, una fuerza inevitable que deja las cosas como estaban. Más tarde le diría a Gregorio que su vida cambió cuando conoció la Segunda Ley de la Termodinámica y consiguió trasladarla a los sucesos de la vida. Todo lo que es caos tiende a la locura y sin embargo ésta no llega. Por esta razón, cuando alcanzó a ver el balcón con las puertas de la vivienda abiertas y al hombre que en mangas de camisa allí estaba, volvió la cara dejando de mirar al coche de delante y alcanzó a ver como aquel, tranquilamente, en mangas de camisa, encendía un cigarrillo y se acodaba en la baranda de hierro, para mirar lo que sucedía abajo. Tranquilamente fumaba mientras el mundo se movía. Ver como el mundo se mueve y estar plantado en un observatorio, al atardecer, con un cigarrillo, probablemente perjudique la salud, pero es tan sano...

Tiene razón Gregorio cuando afirma que su amistad es tal que si fuera de toda la vida. Recorriendo la exposición de Bacon en el Prado, minutos después, sobre el caos de esa pintura "infinita" sobrevolaba la apacible calma del hombre en el balcón. Hacía tanto tiempo que no veía esa escena, que se dejó sorprender por un gesto que venía del pasado. Los bermellones del pintor inglés, su magisterio al plasmar el fugaz cuerpo humano, su metódica construcción del movimiento, invitaban a pensar en un creador capaz de mirar y mirar, de aprender del gesto el instante esencial y del entorno el espacio más puro. Igual que si asomado e un balcón en Tánger o en Londres fuera bosquejando en su mente las formas y colores de un nuevo lienzo por crear todavía.

El espectador es capaz de hacer arte de una visión personal, y emocionarse. Lo mismo que de una instantánea que la premura del tráfico le impidió plasmar en su cámara portátil. Lo mismo que de una charla de tres horas y una despedida hasta no se sabe cuando.

lunes, abril 20, 2009

Abrir los ojos



Goyerri se ha negado a extinguirse y con ayuda de la cortisona, una dieta de potitos y ternura, ha levantado un vuelo cuya duración se desconoce, pero que ha tomado de nuevo aquel trote simpático y desvergonzado que tiene por costumbre. Ya se sabe lo que hay y en eso estamos, se dice el Hombre del Prado, y también lo dice Ana, pero existe una voluntad de dotar al tiempo que reste de calidad de vida, que está compuesta de dos cosas simples: alegría y ausencia de dolor.

Hace solamente seis o siete días, una nevada grande sorprendió al bosque y sus alrededores. Fue intensa, larga, alcanzó a cubrir más superficie y altura que todas las anteriores, pero las temperaturas, más altas ahora, hicieron que en menos de 24 horas desapareciera todo rastro del blanco y frío cobertor dejando lo que había sido en un sueño. ¡Afortunada época en que existe una cámara fotográfica en la que dejar el sueño congelado! Las mortecinas lámparas que se alimentan del sol, lo que en si tiene un aire de mitología, fuego del astro tomado a lo largo del día, son la única cálida alegría que deja en el paisaje blanco y azul una mota de color. Este sendero del jardín, que conduce al ángulo del este, adquiere una lobreguez transilvana y mientras el Hombre del Prado veía caer la nieve y la sentía en su piel, envuelto él en una burbuja helada, hacía por reconocer el pequeño parterre del fondo en el que reposan los bulbos de las dalias.

Ningún paisaje es eterno en su inmovilidad y esa es una gran fortuna. En los últimos tiempos sin embargo, una cierta inmovilidad en el paisaje del alma ha dominado los días de los habitantes de este jardín. Hay tiempos buenos y tiempos malos, avatares de la vida, miradas hacia dentro que no alcanzan a ver otra cosa que fatiga. Ahora es ya cuestión del sol que ha aparecido entre espacios de lluvia arrasadora, por entre los jirones de la niebla matinal. Nada prende en el alma como este desasosiego del clima, esta monótona sordidez de la mañana sin luz, de la tarde sin luz, de la noche sin luz, y vuelta a empezar.

Ahora ha salido el sol y cabe abrir los ojos y calentarse por dentro.

Abreb los ojos


martes, marzo 24, 2009

Es lo que hay.


No hay programa previsto sino esperar. Nada es el tiempo, lo diluye todo: es pues el gran diluidor; si es que es algo, un espacio en el que todo se va borrando mientras dura una presencia que parece sólida. La solidez de la piedra. La solidez del sonido. La de la visión. Todo lo que se ve es tránsito. Es lo que es, o es lo que hay, al decir coloquial. Podríamos hablar de la indecisión, el Hombre del Prado cree que vivir es lo indeciso, lo indecidido, lo que se ha decidido, lo que muestra que podía haber sido mejor, o peor. La indecisión del ir, mientras los acontecimientos van siguiendo en su solidez camino propio. Cuando algo se ha decidido ya no es. Lo terrible del ayer es que es tan inmediato que parece que puede tomarse en la mano y corregirlo.

Es lo que hay. El viejo amigo de trece años se va. Ya no pasea. Parece que no puede con su alma y anda despaciosamente de un lado para otro. Nada le duele, no hay pues sufrimiento. Observa a su alrededor lo que sucede y quiere unirse a ello, va y viene. Se tumba en una alfombra, o sobre las losas frías. De vez en cuando suspira, o gime con algo que parece un maullido; pero no es el dolor ese gemido, sino lo que parece un abandono resignado. Sale al jardín y da una vuelta en busca de un lugar que le acomode para su necesidad. Hace días que no va al bosque, ni se acerca. Cincuenta cien metros camina a lo sumo, por la calle; los árboles quedan lejos y los elude. Da media vuelta y espera que el Hombre del Prado le comprenda y haga lo mismo. Entonces trota un poco, sacando el gesto de un ánimo que decae. Vuelve a la casa. Sube las escaleras de la entrada con lentitud parsimoniosa, recreándose en el esfuerzo. Llega a lo alto. Duerme por la noche inquieto, se despierta, se acerca a su amigo que duerme cerca y da con la pata en el cobertor. Hay que salir al jardín, donde camina sin rumbo. Vuelve a entrar mientras la noche es todo. A veces amanece y la luna se retira. Hace frío, pero no mucho. Apenas come. Bocaditos preparados con esmero de pollo, bolitas de arroz que apenas digiere, algunas exquisiteces; no importa que puedan hacerle daño a su maltrecho hígado: las disfruta. Después de la cena sube al sofá, entre Ana y el Hombre del prado, y se arrebuja. Extiende la cabeza, de peso tan leve que se diría que es siempre una caricia, y lame la mano más cercana. Luego dormita y ronca, con la misma levedad.

Conviene, por el bien del alma, apurar esta última compañía.

domingo, marzo 08, 2009

Un optimista sin esperanza.

Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.

Rilke: Elegias de Duino. Primera Elegia

Por el azar que tanto gustaba a Francis Bacon el último post terminaba con estos cuatro versos de Rilke. Siempre se han guardado en la memoria del Hombre del Prado a partir de su primera lectura, cuando debía contar diecisiete o dieciocho años. Si las palabras quedan tan grabadas que llegan a ser parte indeleble de uno mismo de por vida, será por algo.

Hace unos días, en el Museo del Prado, visitó la exposición de Bacon. Visitar es una palabra estúpida cuando se aplica a un recorrido a lo largo de las sesenta o setenta pinturas que allí están reunidas, rodeadas por el halo del susurrar de los que a ellas se enfrentan. Esta palabra es más significante, y significativa, y apropiada: enfrentarse. Hacerlo a la pintura de Bacon fue para quien esto escribe viajar a uno mismo. Estupor también, por el reconocimiento, no como verse en un espejo, pero si reconocerse en una sombra que siempre ha estado ahí. Desde hace muchos años, ahora aquí o allí, por azar, algunas pinturas del británico han caído bajo su mirada y siempre ha reconocido en ellas el poder de la atracción y una señal, un guiño, un signo de identificación que antecede al encuentro. Hay pintura que no es pintura, siempre se lo ha dicho, siempre lo ha pensado: eso es justamente lo que sucedía con ese Bacon entrevisto, conviene repetir la palabra, por azar.

A medida que a lo largo de su tiempo, ha ido sabiendo que cada día sabe menos de las cosas, de todas las cosas, que nunca sabrá porque carecerá de todas las certezas, que cada camino encierra una bifurcación y cada palabra un lenguaje de alcances indeterminados, pues a medida que ha ido entendiendo que el saber es un verbo cargado de relativismo y armado de tremendas posibilidades para la auto convicción, ha ido despojándose también de cualquier idea académica sobre el arte. Piensa que ante la emoción que le produce una pintura, es más conveniente afirmar que el arte No Es, tan inaprensible se muestra, tan leve en su meticuloso hurgar en las neuronas. Hay que olvidar al arte se dice, y despreciar su función decorativa a la hora de ver una pintura o una escultura. Lo que es decoración no es arte, no puede serlo, a lo sumo función, lo que ya niega la posibilidad de una primera y esencial emoción y más tarde de su repetición. Toda primera mirada es huérfana y a partir de ella se inicia la construcción.

Al salir del recorrido por las salas que guardan al silencioso Bacon, Ana y él empiezan una conversación sobre arte y belleza. Desde la emoción al canon, la belleza ha querido significar el olvido de lo feo, de lo terrible. La belleza, en su clasicidad, no es sino el oscuro apagamiento del todo que rodea en cuanto a todo, incluyendo en él el magma deforme en que vive y cohabita el ser humano. El canon de la belleza es la mentira sobre el ser humano, una veladura sobre la carne. La belleza desprecia lo que no lo es, y así se convierte en despreciable. En su aislamiento no es, No Es.

Entre Bacon y Velazquez se encuentra Freud. Y les une la emoción del instante, la concepción fotográfica de la realidad, la mirada más allá de la superficie, la ausencia de crítica o retórica, el no lenguaje, la comprensión de la fealdad como un todo que amalgama la realidad. Por sobre todo lo que les une, la pasión por el magisterio: la materia, la forma, la expresión, la luz, siempre la luz. Piensa el Hombre del Prado en dos tiempos lejanos uno de otro, coincidentes en la angustiosa sensación de vivir el final de una era, la disolución del imperio, la presencia constante de la guerra, el oropel retórico de la grandeza y la heroicidad, la despareada subsistencia, el silencioso pasar entre pinceles impelidos a pintar.

Alguien en el Museo se ha referido a Bacon en el museo citando una frase del pintor, algo así como que quien no comprenda que toda su pintura viene de la Venus del Espejo de Velazquez, no le comprenderá a él. El Hombre del Prado piensa que es al contrario, que gracias a Bacon, va a comprender mejor a Velazquez, pues la pintura del maestro del barroco adquiere una luz y un trazo más expresivos y menos descriptivos. Ah, la fealdad, piensa, como sublimación de lo bello. Es el reflejo de la hermosa mujer cuyas nalgas son el centro del universo sensual, cuya cara en el espejo adquiere unos rasgos de indescriptible tosquedad, una cara fea, horrible, en un cuerpo hermoso y deseable. Y gracias a Bacon, vuelve a Velazquez, a sus bufones mirando ingenuamente a la cámara que ha de inventar una instantánea imposible, fuera de su tiempo.

Una frase de Bacon le parece que sintetiza a los dos maestros en su búsqueda de la emoción en el espectador, eso que se transfiere desde la obra y que bien podría ser la esencia del arte, lo que Ortega diría que es el estilo:

... todo tiene nueve décimas partes que no son esenciales. Lo que se llama "realidad" se hace más agudo. Las pocas cosas que importan se encuentran mucho más y se pueden resumir en mucho menos...


Sonríe para sí el Hombre del Prado cuando entiende la definición que de sí mismo da el pintor británico: "un optimista sin esperanza".

viernes, febrero 27, 2009

De lo terrible lo bello... (continuación)

La carretera, geométricamente recta, línea más corta entre dos puntos, cruza el embalse trazando una leve curva sobre las aguas para retomar de nuevo el sentido original.

A la inmensa campa de Azálvaro la cruzan dos accidentes naturales: un río y una carretera. Tan naturales son el uno como la otra, el río porque son las aguas recogidas de la montaña, que vierten al valle desde siempre; la carretera, porque cruzar la campa aconsejó a abrir con los pies en su andar un sendero lineal, de collado a collado, que no entendió de zigzagueos que ni falta le hacían al sentido de la orientación, y la atravesó iniciando el camino desde El Espinar al norte, o al contrario si viaje se iniciaba en tierras abulenses. El río fue convertido en presa hace unos años, para dar de beber a una Ávila sedienta. Acabada la obra se llegó a la conclusión de que era mejor llevar el agua desde otras fuentes, y ha quedado el lago en el centro del territorio, para abrevar al ganado. Mucha obra fue esa para tan poco resultado, que las vacas bien podían seguir aliviando su sed en las márgenes del Voltoya, pero la política tiene esos comportamientos extraños que el Hombre del Prado prefiere no analizar. El sendero fabricado por los pies de los pastores mesteños detrás de sus ovejas se convirtió en ancho camino y finalmente se asfaltó pasando a ser la carretera de Madrid a Ávila. La carretera, geométricamente recta, línea más corta entre dos puntos, cruza el embalse trazando una leve curva sobre las aguas para retomar de nuevo el sentido original, curva que debe de estar justificada, porque si no su trazado no se entiende.

En mitad de la campa, más o menos donde las dos provincias trazan su linde, otra carretera corta a la primera en una perpendicular trazada por una geometría exacta, y por ambos lados sube a las dos sierras buscando los collados que se abren, por el este hacia Valladolid y por el oeste a las tierras de Cebreros, donde se cultiva una uva que resulta un buen vino, muy bueno, peleón, recio. Coronan las dos sierras, una a cada lado del valle, hileras de molinos de viento que buscan coger del aire la energía. Como aquellos que viera Don Quijote, hijos de la modernidad que los banqueros alemanos trajeron a España y viera Cervantes en su deambular. Esos asombraron al hidalgo castellano, hombre del ayer que los confundió con gigantes. Nadie hoy confundiría estos esbeltos que mueven sus alas en una danza sin fin y en su línea airosa trazan la frontera entre la tierra y el cielo.

Intentaron, los hacedores de paisajes, los dioses de la modernidad en cuyas manos está la nueva creación de la tierra, que esta carretera norte-sur se convirtiera en una autopista de peaje. La guerra fue larga y bronca y la perdieron: ganaron los buitres, las águilas, los milanos, el pasto, el curso del río y el vacío. Conviene, piensa quien escribe, preservar los vacíos, dejarlos como están, sin otro objetivo que dejarlos estar. Antes de esta aventura, se trató de parcelar las laderas de las sierras para ofrecer segundas viviendas a la gente de Madrid. Causó risa en los habitantes de la rodalía, que conocen bien el clima extremo, de fríos inmisericordes, aires despiadados y sol inclemente. ¿Quien querría tener aquí un chalecito de fin de semana, cuando todo lo que se puede ver desde la terraza del salón es una planicie de pasto quemado? Hoy un chalé en ruínas que era la oficina de ventas, un parque infantil del que resta el esqueleto de toboganes y ruedas oxidadas, y unos altos postes de los que cuelgan pendones hechos trizas que abanderan un sueño derruído, sin destino, es todo lo que queda de aquella idea mercántil. Azálvaro, en su estado más original, ha vencido a la modernidad, lo que la ha introducido de hoz y coz en ella, pues ganarse el respeto ante la destrucción y preservarse es justamente estar en eso.

El Hombre del Prado, que conoce todos estos avatares por su amigo Eduardo, el biólogo, y por recortes de prensa que ha buscado en internet, siente la satisfacción de estas derrotas del absurdo. Un paisaje es un estado de ánimo, todo lo es, o casi todo, y este de la campa al enfrentarse por razón de su presencia, absoluta presencia, omnipresencia se atreve a escribir, puede ofrecer a cualquier visitante que por ahí pasa la propia interiorización de su sosiego, del anhelo que desconoce, de la angustia que le lleva. Nadie es ajeno a ello, ningún viajero puede dejar de exclamar su sorpresa y hacer suya la extensión que se le ofrece. Aquello que Sartre venía a definir como "la permanencia oscura" se abre ante el hombre y apela a él, le llama, establece un diálogo que termina por ser un monólogo sentimental. ¡Dios, se dice el Hombre del Prado, de existir debería ser aquí, estarías aquí, en este inmenso vacío en que acaba la creación. Tu mejor y más bella obra sería este lugar que no es, esta vastedad que ni siquiera imaginaste! Aquella ideas ñoñas de que al acabar ese trabajo de siete días, Dios sonrió y su sonrisa iluminó un paraíso, pierden aquí cualquier sentido. Aqui no caben sonrisas de complacencia, si imaginar a un creador agotado, con el ceño fruncido, preguntándose que podía hacer en ese lugar desencajado de la belleza al uso.

Escribe Rilke en el incio de su Primera Elegía de Duino, unos versos que el hombre del Prado cree que vienen bien a este lpaisaje:

Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.


Tal vez convendría identificar los espacios vacíos hijos de la creación malograda, que se han abierto a lo largo de la historia de la humanidad, construir una geografía de la desolación en la que refugiarse, donde de un hombre, su sombra y pensamientos, fueran todo el contenido humano que fueran capaces de soportar. Eso piensa el Hombre del Prado cuando se adentra por la campa buscando el puentecillo que le ha de conducir al otro lado de la nada, de la que procede.

martes, febrero 24, 2009

La población de Segovia capital, en el último censo de 2007, es de 56.000 habitantes. En Ávila hay 2.000 más. Alguien puede pensar que esto es irelevante, pero no el Hombra del Prado que mira las cifras y abre bien los ojos; Trata de entender algo que es complejo que para un capitalino como él, que ha vivido en capitales de provincia como Barcelona, Madrid o Palma de Mallorca, donde los habitantes son cientos de miles o millones: el número de habitamntes, a partir del cual una capital de provincias tiene una entidad, probablemente porque no sabe muy bien lo que es una capital. Segovia ¿lo es? Cualquiera podría contestarle, si hiciera e sta pregunta en pública y con seriedad, de manera airada. Pero ¿lo es? ¿Para qué límites? ¿Para qué dimensiones?

lunes, febrero 23, 2009

Tarde de domingo



Basta subir hasta El Espinar, seguir la carretera en dirección a Ávila, que es la antigua de Madrid, dejar atrás el Polígono que huele a bizcocho y a plástico porque de ambas cosas hay industria, y seguir por la carretera estrecha que empieza zigzagueando hasta tomar una recta que se abre a la perspectiva, una recta de libro, una línea que parte de uno mismo y se pierde en el horizonte, que es como si se dijera en el futuro. Es lo que tiene estos paisajes, que parecen hechos de tiempo. Está el Hombre del Prado en Azálvaro, que es una campa inmensa que conserva lo medieval en sus entrañas, y en la fría corriente de sus aires serranos, y en los veneros de nieve que aún quedan o en el río, el Voltoya, que zigzaguea por ella como Pedro por su casa, se diría que buscando el puente, que es el río el que anda a ver si acierta y consigue pasar por debajo de los ojos, en vez de haber sido los constructores quienes dijeran que iban a situar el puente sobre el río. Son cosas que nunca se saben a ciencia cierta porque la imaginación, poderosa, las retuerce hasta hacerlas nuevas por irreconocibles. Lo cierto es que cuando se ha dispuesto a unir las fotos del paisaje, le ha quedado, como cosa de casualidad, una realidad que sorprende, y es que la unión de las fotos toma la forma de un desplegable, a la manera de aquellos acordeones de postales que se enristraban. Resulta pues que este paisaje no cabe en una sola foto y necesita desplegarse en varias; tal vez con esto se haga más evidente su vastedad.


Seguir la carretera hasta dar con la cancela de entrada al inmenso espacio, no hay cancela que pueda cerrar la inmensidad y más todavía cuando esta inmensa campa es la confluencia de dos cañadas reales, que aquí se cruzan. Habían, según se dice, más de un millón de ovejas transitando por este espacio que parece hecho de aire y luz, donde l terreno no es sino el soporte. Un millón de ovejas transhumando de norte a sur y volviendo al cabo de los meses, mientras en los vecinos El Espinar y Villacastín se construían las casas solariegas de los que en aquella industria hicieron sus caudales. Esquileo, estabulación, lavado y enfardado y camino a los puertos, buscando el canal, las ferias de Medina del Campo y más arriba aún, los puertos del norte. Un río de riqueza que desapareció dejando un paisaje vacío por el que vuelan carroñeras o rapaces, pastan reses bravas o de carne, y corretea el zorro entre las vacas.



Uno ve en esta soledad inmensa que el río divide en dos sin separarlas, algo más que la buena lengua y el poema serrano que contempla desde lo alto de Malagón el campo extenso. Malagón es uno de los contrafuertes de la sierra de Guadarrama, a cuyo resguardo están el bosque, el prado y sus habitantes. Por aquí cabalgó jornadas el Arciprieste, o el de Santillana, en busca del a cómodo abulense, donde en terribles jornadas de deslealtad al desgraciado Enrique IV le destronaron unos nobles ariscos, para entronar a su hermanastro pequeño al grito de ¡Abajo, puto!, exactamente en los corrales de ganado fuera muros. El Hombre del Prado ve en esta campa de Azálvaro el vacío en que ha quedado Castilla, un espacio inmenso perdido de si mismo, no ensimismado, sino perdido, detrás de una labor que nunca acabada se le fue de las manos. Sostiene que en la tarea voluntariosa de inventarse una nación peninsular perdió el empuje y la fuerza que habían hecho a Castilla. Hubo quien pensó que las naciones se hacían por conquista, y suerte tuvo el empeño de que España acabó haciendo estado de la propiedad monárquica, vestida todo ello del voluntarismo de lo español. Adios, Castilla, ahora convertida en una autonomía de lejanas y vagas resonancias, un ente de transparencia absoluta.


El puente es del siglo XV y tiene dos ojos; un poco tuerto es, que son desiguales y ha perdido además la balaustrada. Tiene, eso sí, una recia subida hasta la cumbre y es anchuroso, para que pasen por él las sombras de los rebaños que después de beber en el Voltoya, encaminaban sus pasos al cruce y encaminaban ruta, o hacia tierras de Burgos o Vitoria, o hacia Plasencia en Extremadura. Podría oírse el sonido de las esquilas si la imaginación fuera además de poderosa dotada para la ensoñación. Decían los vecinos, según consta en historias escrita, que era casi imposible, en estos lugares, dejar de oír el rumor de los rebaños, con su sonido de esquilas, el balido breve y temblón y el apagado rumor de miles de pezuñas pasando interminables. Le hacen guardia los tocones derrumbados, los enhiestos pilares agrietados, de unos chopos lombardos a los que algunos chupones les han surgido e intentan llegar a lo alto, resistir a la desaparición, apropiarse de su lugar en el paisaje, recordar tozudamente que la especie está ahí, aún cuando nadie sabe como opudieron llegar a crecer aquí, quien sería el que los trajo, y con que objeto.


Da al Hombre del Prado emoción que viene de lejos el cruce del puente, subir por las piedras de granito que son ahora losas a las que las hierbas, enmarcando, han cimentado. En lo alto mira hacia abajo, poca altura es, los dos espolones que por la parte sur del puente se enfrentan a la corriente que viene de la sierra, para abrirla y obligarla a tomar los ojos, rompiendo su fuerza por preservar la solidez de la construcción. Está bien enclavado, con dos terrazas de piedra que apuntalan sus dos extremos por el lado de la corriente, donde la luz amenaza con irse ya, que cae la tarde y se dora el oeste. Eduardo, el amigo biólogo, señala en el cielo unos puntos. Son buitres que bajan, alguna res habrá por ahí. Y con los prismáticos busca en el llano hasta dar con un grupo de aves medio ocultas por un desmonte. La res debe estar ahí, se piensa, y los buitres leonados, de armonioso y sereno vuelo, se posan cerca y avanzan por turno, saciando a trancos su apetito, ahora si, ahora, echados del amontonamiento por los más fuertes, volviendo a él, pillando su porción, satisfaciendo el hambre. Monta el biólogo el telescopio y la cámara y le ofrece ver al hombre del Prado aquella ceremonia. Mientras cae el sol y dora las hierbas,. rumorea el Voltoya, ventea una brisa fría y desagradable y el sol va a su paso a ponerse por el oeste, el Hombre del Prado mira absorto, fascinado, aquella imagen de sociedad satisfecha.

jueves, febrero 19, 2009

Sombras de sueños


Dos fotos tomadas de material depositado y en restauración en el Museo de Segovia. No pueden reproducirse y si se ha hecho en este post es por la emotividad que al autor le ha producido su vista. Espera que el Museo no le llame a capítulo.

¿Quien eres tú, joven? ¿Y desde donde volaba el pajarillo? ¿Quien pintó los pétalos de la flor, añadidos sobre el lento procedimiento de incorporar pigmento sobre la mezcla de cal, arena y finísimo polvo de mármol blanco? Tal vez todo ello no era otra cosa que el fruto de la imaginación del pintor, un artista que trabajaba en Segovia, allí por el siglo II de esta era. Saber algo de ello es imposible; los dos fragmentos de mortero han aparecido en una escombrera que rebosa de otros fragmentos decorados de muros, arrumbados allí cuando en algún momento del tiempo, se hicieron unas obras; aparecidos ahora cuando se han acometido otras nuevas en un establecimiento de hosteleria, en el barrío judio. Es lo que tiene el tiempo, que todo lo remueve, mezcla y abandona en apariencia, para al cabo de él, salir a superficie como restos de un naufragio.

En la visita que la restauradora del Museo de Segovia ofrece a pequeños grupos, para mostrar el avance de su trabajo, el Hombre del Prado, en compañía de Ana y otros cinco, forma en un corro que mira con asombro las líneas pálidas que emergen de los ocres apagados, los marrones oscuros que fueron rojos, los pigmentos a los que el fuego ha variado tono e intensidad, algún fuego antiguo, algún viejo desastre que ha quedado disuelto en el tiempo. No queda más remedio que referirse al tiempo, como al pronunciar la palabra uno tuviera en su poder els ecreto de lo acontecido. El tiempo es todo, parece o nos parece, cuando en realidad no es sino un acuerdo expresivo, un sustantivo convenido para meter en él, como enorme bolsón, todo lo que ha sido vida y ahora es narración que se desfleca en preguntas, incógnitas, suposiciones y lugares oscuros de ignorancia total. No existe el tiempo sino como metáfora en la que todo cabe; no es ajeno sino que está sujeto a la duración de las cosas, cada cual en la suya propia, cada cual con su tiempo convenido, el de la vida, el del amor, el de una mañana, el fugaz de un encuentro o el permanente de un desencuentro, cargado este de las posibilidades perdidas.

La mañana soleada se introduce en la exquisita arquitectura del Museo, que parece perdido en una ciudad que permanece como una sombra, más habitada por visitantes que por convecinos. Esta Segovia le parece al del Prado un remedo de Venecia, ciudades que se mantienen en su arquitectura cono inmensos decorados que llenos de turistas durante el día, se pueblan de sombras propias al caer la tarde, en sus callejas que reptan por un territorio rocoso por el que todo cuanto pasó dejó rastros de piedra, confusas huellas que el mueso quiere ordenar en edades históricas y geológicas, pero que en realidad, alzándose sobre las peñas podría ser en realidad uno de aquellos sueños de Lovecraft, ciudades abandonadas a las que se llevó su tiempo. La población de Segovia, como la de Venecia, es una humanidad resistente a los siglos, empeñada en la peña. Durante la visita, en el pequeño grupo que se mueve por las salas desiertas en pos de una restauradora joven que hace cátedra de su profesión y con ello encanto expositivo, surge la cuestión de la Segovia romana de la que poco o casi nada se conoce. Ni trazado de calles, ni disposición del foro, apenas una terma, un columna troceada, varios mosaicos, escombreras de murales pintados, unas cuantas monedas, vestigios de lo que debió ser, sólo vestigios que tienen tan poca presencia que bien podrían haber sido dispuestos desde otras procedencias para afirmar lo que fue y que se ignora. Existe, claro, he ahí la prueba evidente, un acueducto enorme, una obra de ingeniería de avanzada complejidad, que llega volando sobre el cortado a la ciudad y se muestra con magnífica galanura. ¿Cómo se iba a construir un acueducto de tal envergadura para nada, o para nadie? Piensa el Hombre del Prado en la última secuencia de aquella película, "El Planeta de los Simios", en que el rastro y el nombre de una ciudad, para los espectadores, es una porción de Estatua de la Libertad, sobresaliendo entre el arenal de una playa.

La cara del joven, expresiva en esa mirada de ojos maquillados, con los bien dispuestos rizos que enmarcan unas facciones delicadas, parecen llegar desde su tiempo, para decir que estuvieron aquí, pero es incierto; se trata solamente de una afortunada recuperación, una casualidad que mueve las montañas de la imaginación. Cabe preguntarle ¿quien fue? Cabe contestarse que un siervo, un lector tal vez de un amo instruído, o el hijo de una familia acomodada. Se inclina el Hombre del Prado por el siervo porque esto le sirve a sus propósitos. Glaucos, o Artemidoro, que el nombre no está decidido todavía, ya tiene cara.

Si el muchacho era lector, y en la hora de la cena leía para sus señores, acomodado cerca de ellos en el comedor, bien podría haber detenido este gesto en la lectura del final de la Pítica VIII, allí donde Píndaro, llevado por la tristeza, así piensa quien esto escribe, lanza este gemido: ¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Que no es? ¡Sueño de una sombra es el hombre!

martes, febrero 17, 2009

La estación vacía

Andén de la estación de Nuevos Ministerios en Madrid

Escaleras de acceso al nivel superior en la estación de Nuevos Ministerios. Madrid

¿Que es una estación vacía? Se le ocurre pensar que un cuerpo sin alma, el espacio en que habita el caos de la no presencia, el rastro de la no humanidad. Las escaleras mecánicas se ofrecen como un ara de magnífica brillantez para el uso de un único oficiante que por ellas accede a la luz exterior. ¿Será la estación la vieja caverna del mito? ¿Vaciada de gente será esa caverna a la que Platón no hace referencia, y que es aquella en que todos la han abandonado? ¿Sería eso posible? El andén que se extiende habitado por los carteles de películas en las que no se repara, títulos que son desconocidos, paraísos prometidos a los que no se piensa acudir, ofrece la vasta longitud de la luz y el brillo metálico del aluminio. Al Hombre del Prado le desazona esta soledad que ofrece tristeza. Eran las doce de la mañana de un día normal, y en lo alto la ciudad bullía. Arriba el sol se mostraba como la vida que nunca nos abandona, pensaba. Y salió al sol. ¿Con quien hablar en este espacio vacío que se abandona? No hay ni guardias de seguridad y en un kiosco del vestíbulo, una camarera ofrecía refrescos a nadie. Las frutas entregaban sus colores ácidos y a través del ligero andamiaje de la arquitectura el espacio se abría a la exploración de la vista. El caminante, al descender del tren, había pensado en solazarse en el bullicio humano, pero los pocos viajeros que se apearon se disolvieron en un aire de sombras. Ayer mismo, por la noche, escuchando canciones de la Piaff, alcanzó a tomar para sí una definición que hace el personaje de la letra: "soy una sombra de la calle". Cercana es esa definición a la pindariana sombra de un sueño es el hombre. En el espacio vacío del submundo, donde el aluminio ofrece el lujo tecnológico de la modernidad, el hombre del Prado sintió que no iba a ninguna parte. Son sólo sensaciones, se dijo, pero sentía también el derrumbarse el ansia de compañía con la que había emprendido el viaje. La retomaría poco después, sentado en la mesa de un restaurante con un buen amigo, hablando de banalidades. ¡Que maravilla ese invento de lo banal para tranquilizar el espíritu! Tan banal se sentía como para acompañar el cocido madrileño con vino con casera. ¡Eso no se hace!, podía oir por dentro como si las voces de lo culto tuvieran su propia autonomía. La tienen, es indiscutible, habitan en el interior donde se guarda todo; pero cabe desobedecerlas. En la mesa de al lado, una mujer increpaba a dos jóvenes sobre una herencia, les hablaba con contenida indignación: ¡es que se lo ha quedado todo en vida, porque se lo ha dado todo! Los jóvenes, que en el recuerdo no tienen sexo, comen con la cabeza gacha sobre el plato, escuchando con paciencia. ¿Qué sería todo?, se pregunta el hombre del Prado y ella le contesta, contesta al caos que reína en su cabeza de mujer despojada: el piso, el coche, la cuenta, el chalé, todo, todo a su nombre. Cuando percibe que habla demasiado alto baja la voz y la conversación se pierde entre las voces sin poderse distinguir, ahora es anónima hasta que uno de los jóvenes dice, parece irritado, o harto, pero tú ya tienes lo tuyo, mamá, y ella: pero es poco... Cuando vuelve al bosque por la tarde encuentra la estación llena de gente, el templo habitado, las sombras animadas cuando el sol empieza a decaer. Durante el trayecto dormita acunado por el ritmo mágico de los ruedas sobre los raíles, o sería mejor escribir sobre las junturas entre raíles, que es lo que produce el ritmo, ahora un juego de ruedas, ahora otro. Cuando llega a San Rafael mira con atención el banco de la estación desvencijada, tanto que no tiene taquilla, el bar está sin ventanas ni puertas, los rótulos arrancados y entre los adoquines del andén crecen las hierbas. El banco es otro altar consagrado a otra divinidad. estos dioses solo se ocupan de su presencia y los hombres no cuentan para nada, sombras son, de la calle, de un sueño...


Banco en la Estación de Tren de San Rafel, (Segovia)

martes, febrero 10, 2009

La Musa Pensativa



La belleza como fin último, dice el visitante, es el más alto nivel de espiritualidad para el creador". Así, de repente, el Hombre del Prado no dice nada porque no se le ocurre el qué. Si sabe que dos o tres años antes hubiera estado bastante de acuerdo sin pararse a pensar, como se está de acuerdo en esas áreas que se tienen por ciertas con fe disfrazada de razón. Pero el tiempo, sobre todos los últimos tiempos, han producido un desgaste en las convicciones y una de ellas es aquella que tiene que ver con la belleza como fin último. ¿Que es ese fin último?, se pregunta.

La frase se ha producido en el Museo del Prado durante la visita a la Exposición de Esculturas Clásicas del Albertinum de Dresde y el Museo del Prado. La exposición es silenciosa y tiene que matizar esta adjetivación que ha surgido de improviso en el momento de evocarla. La serie de esculturas que se muestran en varias de las nuevas salas del museo, se extiende unidad por unidad, desplegada en un amplio espacio, rodeadas cada una de ellas del aire protector que les crea el espacio donde reinan. Una exposición de esculturas no es una de pintura en la que las paredes forman el espacio cerrado en cuyo interior habitará la mirada del visitante. En la exposición de pintura, los cuadros se alinean para recibir el paso admirado de los visitantes como si se tratara de un besamanos. En ese orden cerrado y regular existe un ceremonial que impide el descubrimiento. La pintura, desde su posición, apela a la atención del visitante y este demorará el paso atraído por la llamada, inconsciente por lo general de que esa llamada se produce dentro de él y desde su propia emoción. En una exposición de esculturas, como ésta que se acaba de visitar, cada unidad expuesta está situada en el espacio intermedio entre pared y pared, abriéndose al interior de las salas desde los muros límites, de forma tal que el visitante se mueve entre ellas en una convivencia que que tiene más de encuentro en el foro. En ese deambular entre figuras humanas, ligeramente elevadas sobre peanas, se hace el silencio sobre el rumor del gentío, que para nada cuenta. Las esculturas, detenidas en un momento del tiempo en que el creador decidió dejarlas, tiempo y movimiento, forma y tiempo, ocupan el espacio enseñoreándolo y crean su silencio que es más que el rumor, se diría que es la visión desde una cámara sin sonido, en la que solamente el zumbido del motor o del proyector, nos conduce como hilo conductor al fondo de la realidad que recrea.

El Hombre del Prado se ve obligado a preguntar a su acompañante, que hizo aquella afirmación que se ha escrito al principio de este post: ¿Crees que aquí se puede encontrar esa clase de belleza? Su amigo lo afirma, sin dudarlo: Todo, o casi todo esto que vemos, aspira a la belleza. Dejando a un lado el valor de lo absoluto a lo que tiende el lenguaje común, parecen estas esculturas que, activadas por el clic de la eternidad, tiendan a crear en torno a ellas un espacio irreal. Ya se ha hablado del silencio que imponen, y del gesto detenido, y del vacío en el espacio que ocupan, una a una y en conjunto, como si sabedoras de la admiración estupefacta de los mirones se regodearan en ese ser admiradas. ¿De quien es la visita?, se pregunta el visitante, ¿de las esculturas o de los visitantes al museo? Es obvio que de quien tiene la intención, la voluntad de hacer, la voluntad de estar, así que las piezas de mármol no tienen otra voluntad que la del espectador que asiste a la exposición, pues la contemplación entre lo vivo y lo inanimado no hace sino despertar las emociones de lo primero.

No es esta una cuestión metafísica, territorio en el que El Hombre del Prado es totalmente insolvente. Le gustaría que fuera lo contrario pero le cuesta adentrarse en la comprensión del ente, identificar esa bruma que el lenguaje no aclara y a la que su pensamiento no alcanza. Es una cuestión banal, se dice, cuando su acompañante en la visita habla acerca de la aspiración de espiritualidad del creador y la belleza como fin último. Palabras, palabras, palabras, que diría Shakespeare y que son volutas de humo que se levantan en el aire para nada más que buscar una salida, una chimenea.

Las esculturas, sacadas de su lugar real para el que fueron creadas, despojado el mármol y la piedra de su coloración original, han creado un universo propio en el derrumbe de su estado físico. He aquí, se dice el del Prado, que nosotros hemos sido capaces de sintetizar la belleza a partir de la propia destrucción de la obra de arte. Lo griego que vemos y admiramos como forma exquisita no es sino el estropicio de los años, la estética de la desolación, incapaces de acercarnos al pórtico de la casa de Céfalo y verlo tal y como debía ser. Aquella Atenas blanca, del brillante esplendor del mármol, no es sino una acomodación de la voluntad estética de los siglos posteriores. Como, piensa, si al ver el mármol desnudo, despojado de su color y emplazamiento, uno pudiera acceder al alma, o eso cree, que accede al alma, llegando a mayor profundidad que el creador.

La cabeza de la Musa Pensativa, que se guarda en el museo de Dresde, le llama. Mientras su acompañante se enzarza en una explicación de la belleza como esfuerzo, de la belleza como intención creadora, la Musa Pensativa ha hecho un gesto inmóvil de su mirada y ha cautivado al hombre del Prado. Sucede como cuando en medio de una multitud dos miradas se encuentran y presumen una posterior relación, o la intención de ella, o simplemente la inclinación a un acercamiento. Así ha sido esta vez, y se ha quedado junto a la cabeza de mármol, al mentón voluntarioso, al cabello recogido en cola apresuradamente, a la recta nariz y unos ojos que s ele antojan luminosos porque miran francamente, descaradamente, que no implica desverguenza, sino interés por conocer y saber. Ha sido cautivado, detenido, convertido en piedra, alcanzado por la voluptuosa esencia del encuentro. ¿Te parece bella?, le pregunta su acompañante detenido junto a él, mirando el perfil de la Musa. No se trata de belleza, dice el Hombre del Prado, sino de encanto. Quisiera conocerla.