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domingo, marzo 08, 2009

Un optimista sin esperanza.

Pues, de lo terrible
lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.

Rilke: Elegias de Duino. Primera Elegia

Por el azar que tanto gustaba a Francis Bacon el último post terminaba con estos cuatro versos de Rilke. Siempre se han guardado en la memoria del Hombre del Prado a partir de su primera lectura, cuando debía contar diecisiete o dieciocho años. Si las palabras quedan tan grabadas que llegan a ser parte indeleble de uno mismo de por vida, será por algo.

Hace unos días, en el Museo del Prado, visitó la exposición de Bacon. Visitar es una palabra estúpida cuando se aplica a un recorrido a lo largo de las sesenta o setenta pinturas que allí están reunidas, rodeadas por el halo del susurrar de los que a ellas se enfrentan. Esta palabra es más significante, y significativa, y apropiada: enfrentarse. Hacerlo a la pintura de Bacon fue para quien esto escribe viajar a uno mismo. Estupor también, por el reconocimiento, no como verse en un espejo, pero si reconocerse en una sombra que siempre ha estado ahí. Desde hace muchos años, ahora aquí o allí, por azar, algunas pinturas del británico han caído bajo su mirada y siempre ha reconocido en ellas el poder de la atracción y una señal, un guiño, un signo de identificación que antecede al encuentro. Hay pintura que no es pintura, siempre se lo ha dicho, siempre lo ha pensado: eso es justamente lo que sucedía con ese Bacon entrevisto, conviene repetir la palabra, por azar.

A medida que a lo largo de su tiempo, ha ido sabiendo que cada día sabe menos de las cosas, de todas las cosas, que nunca sabrá porque carecerá de todas las certezas, que cada camino encierra una bifurcación y cada palabra un lenguaje de alcances indeterminados, pues a medida que ha ido entendiendo que el saber es un verbo cargado de relativismo y armado de tremendas posibilidades para la auto convicción, ha ido despojándose también de cualquier idea académica sobre el arte. Piensa que ante la emoción que le produce una pintura, es más conveniente afirmar que el arte No Es, tan inaprensible se muestra, tan leve en su meticuloso hurgar en las neuronas. Hay que olvidar al arte se dice, y despreciar su función decorativa a la hora de ver una pintura o una escultura. Lo que es decoración no es arte, no puede serlo, a lo sumo función, lo que ya niega la posibilidad de una primera y esencial emoción y más tarde de su repetición. Toda primera mirada es huérfana y a partir de ella se inicia la construcción.

Al salir del recorrido por las salas que guardan al silencioso Bacon, Ana y él empiezan una conversación sobre arte y belleza. Desde la emoción al canon, la belleza ha querido significar el olvido de lo feo, de lo terrible. La belleza, en su clasicidad, no es sino el oscuro apagamiento del todo que rodea en cuanto a todo, incluyendo en él el magma deforme en que vive y cohabita el ser humano. El canon de la belleza es la mentira sobre el ser humano, una veladura sobre la carne. La belleza desprecia lo que no lo es, y así se convierte en despreciable. En su aislamiento no es, No Es.

Entre Bacon y Velazquez se encuentra Freud. Y les une la emoción del instante, la concepción fotográfica de la realidad, la mirada más allá de la superficie, la ausencia de crítica o retórica, el no lenguaje, la comprensión de la fealdad como un todo que amalgama la realidad. Por sobre todo lo que les une, la pasión por el magisterio: la materia, la forma, la expresión, la luz, siempre la luz. Piensa el Hombre del Prado en dos tiempos lejanos uno de otro, coincidentes en la angustiosa sensación de vivir el final de una era, la disolución del imperio, la presencia constante de la guerra, el oropel retórico de la grandeza y la heroicidad, la despareada subsistencia, el silencioso pasar entre pinceles impelidos a pintar.

Alguien en el Museo se ha referido a Bacon en el museo citando una frase del pintor, algo así como que quien no comprenda que toda su pintura viene de la Venus del Espejo de Velazquez, no le comprenderá a él. El Hombre del Prado piensa que es al contrario, que gracias a Bacon, va a comprender mejor a Velazquez, pues la pintura del maestro del barroco adquiere una luz y un trazo más expresivos y menos descriptivos. Ah, la fealdad, piensa, como sublimación de lo bello. Es el reflejo de la hermosa mujer cuyas nalgas son el centro del universo sensual, cuya cara en el espejo adquiere unos rasgos de indescriptible tosquedad, una cara fea, horrible, en un cuerpo hermoso y deseable. Y gracias a Bacon, vuelve a Velazquez, a sus bufones mirando ingenuamente a la cámara que ha de inventar una instantánea imposible, fuera de su tiempo.

Una frase de Bacon le parece que sintetiza a los dos maestros en su búsqueda de la emoción en el espectador, eso que se transfiere desde la obra y que bien podría ser la esencia del arte, lo que Ortega diría que es el estilo:

... todo tiene nueve décimas partes que no son esenciales. Lo que se llama "realidad" se hace más agudo. Las pocas cosas que importan se encuentran mucho más y se pueden resumir en mucho menos...


Sonríe para sí el Hombre del Prado cuando entiende la definición que de sí mismo da el pintor británico: "un optimista sin esperanza".

sábado, mayo 10, 2008

A las ocho de la mañana, lloviendo.



¿Cómo estás? Estoy bien, aquí, como siempre. Este aquí no es un lugar; aquí no es el sitio en que se habita sino la inmovilidad que le habita. Podría estar en el mismo aquí en otro lugar. Todo hombre, igual que el caracol con su concha, traslada su aquí a cuestas, residenciado en un lugar recóndito de la mente, que debe ser el acogedor refugio del simismo. Aquí es en sí.

Pero ¿como estás? No parece que le fatigue la eternidad en la que viene viviendo, hace por lo menos 3.000 años. La pasta de pintura que le aplicaron en su tiempo de nacimiento entre las manos de un artesano se ha agrietado en algunas zonas, en otras aparece oscurecida por un algo de suciedad que es intocable; se trata de ligeras veladuras que tienden al gris, dotadas de la transparencia necesaria para permitir adivinar su fondo original, igual que pecados de la superficie.

¿Pero como estás? ¿Qué miras? Mira al vacío. No se puede concretar el vacío, tampoco es un lugar ni el interior de un lugar; no se trata de un agujero que nada contiene y eso es imposible, ya que contendría sus límites, el interior de los mismos, los muros de su cárcel. Mira al vacío: ese vacío que puede ser nombrado no existe en realidad, ¿a que darle entonces un nombre especial? Nada sería suficiente, una amplitud genérica de nada, reducida a una voz que no quiere decir cosa alguna. Siempre ha pensado que es un error decir no tengo nada cuando se debiera usar, mejor, el tengo nada o más aún el no tengo seguido de un silencio, cuan largo se quiera este, o corto, o el simple silencio de una pausa para respirar ante el probable asombro a constreñir el pensamiento en nada. ¿Podría entonces diluirse un hombre si fuera capaz de entra
en esa situación?

¿Pero como estás? ¿Qué miras? No miro. ¿Qué ves? No veo. ¿Eres ciego? No. También se suele preguntar ¿estás ciego? y esta es otra situación que atañe a la irresponsabilidad de no ver. Quien no ve a su alrededor por su propia voluntad se niega a los acontecimientos. Es la indiferencia. No está ciego, sin embargo, ni es ciego, sino es que en su naturaleza no cabe la mirada, ni la visión. ¿Que puede hacerle contemplar las cosas a un trozo de madera?

Un rechazo absoluto, no es un trozo de madera. Sus ojos almendrados, dibujados por un trazo seguro de color negro, son bellos, muy bellos. Grandes, muy grandes. En su hermosura, piensa el Hombre del Prado, lo son más que la Gioconda, obra esta en la que nunca ha entrado. Se trata de entrar en ella para apreciar la belleza. Si no se entra no está. Es el desocultamiento de las cosas, cuando por motivos que se desconocen, apelan al sentido de uno y le ofrecen sentir algo por ellas. El cuerpo de la amada se desoculta en su desnudez y reclama la entrega de todo sentido. Ahora es lo único, no hay más. Ciérranse los muros de la cárcel por el suave tacto de una caricia.

No es un trozo de madera. Su nariz, breve, lineal, se abre en dos aletas que se curvan hacia dentro: diríase que respira igual que se diría que mira y que está viendo. Es una ilusión. Viendo y respirando, sus labios carnosos se mantienen cerrados, no clausurados, no fuertemente apretados, sino ligeramente posados el uno junto al otro, el uno sobre el otro, el otro bajo el uno. Dibujan una ligera sonrisa, un aire de tristeza. Probablemente el artesano no sabía que tenía en sus manos y en sus herramientas cargada la tristeza. O era todo tristeza a su alrededor. O simplemente estuvo triste el día que compuso una forma que habría de repetir decenas o cientos de veces a lo largo de su vida de tallador de madera. Debería haber conseguido un efecto de impavidez, haber dibujado lo inexpresivo. Hay gentes que lo consiguen con ellos mismos, nada expresan cuando miran, han conseguido, en la contención, la pérdida de la humanidad ofrecida al otro, la expresión, el gesto. No entregan, nada, otra vez nada. Mirada y gesto vacío les alejan, ocultándolos: un árbol entre árboles, una gota de agua entre la inmensidad de gotas.

Arrebatado el tocado, esta cara es simplemente un prisma triangular de caras curvadas y en ellas, otra vez conviene volver al artesano, se contiene una carne llena y muelle, que no está. No es imaginación que está madera sea de carne adolescente o joven. Es una transmutación fruto de la mirada del espectador. Puede imaginar lo placentero que sería acariciar la carne, la piel, el latido de la vida, sentir el aliento vital que era el alma, un algo inexplicable que llenaba el interior de la sustancia, formada por átomos. Hay, decían, todo tipo de átomos: los unos son para una cosa y los otros para otra, cada átomo tiene un lugar destinado en el cuerpo, así dispuesto por la naturaleza. En el fondo estaban describiendo a las células. Pero ahora, sentado frente a frente, solos los dos, la pequeña cabeza de madera y quien escribe esto, mientras fuera llueve con caudalosa intensidad, no piensa en células sino en una caricia imposible. Trataría de alargar la mano y con la punta de los dedos, a la manera de Miguel Angel, producir la vida trasladando el aliento a su vasija.

En una colección de poemas de amor que figura en el Papiro Harris 500, se lee:

Los dioses que existieron antaño yacen en sus tumbas,
los dichosos transfigurados también,
enterrados en sus tumbas, (y sin embargo)
quienes construyeron capillas no tienen un lugar.
¿Qué ha sido de ellos?


Fuera sigue lloviendo en esta hora temprana del día. Cuando deje de escribir estas líneas volverá a preguntarle: ¿cómo estás? ¿quien te hizo?




lunes, diciembre 17, 2007

Sobre las Disputaciones Tusculanas y otros muchos embrollos.

Escribe Cicerón en "Disputaciones Tusculanas" sobre el efecto que produce la filosofía:

... en realidad éste es el efecto que produce la filosofía: cura las almas, libera los deseos, disipa los temores. Pero esta fuerza suya no ejerce el mismo poder sobre todos. Su eficacia es grande cuando se encuentra con una naturaleza idónea. No es sólo la fortuna la que ayuda a los fuertes, como se dice en el antiguo proverbio, sino mucho más aún la razón que mediante determinados preceptos refuerza, por así decir, la eficacia de la fortaleza.


No puede negar que siente por el Arpinate, -porque había nacido en Arpino, en el Lacio, cerca de Roma- una especial sintonía humana, una relación de tú a tú que le hace sentir vivo al escritor, vivo y cercano. Le sucede algo similar con Sócrates cuando lee su Apología o cuando se sumerge en la lectura apasionada y apasionante de la Crónica de la Conquista de la Nueva España de Díaz del Castillo, o cuando sigue a Jenofonte en su recorrido del Anábasis o en sus obras menores, de las que el primer párrafo del Agesilao le sigue maravillando, como si se tratar de un fulgor en la oscuridad:

Se que no es fácil escribir el elogio que merece la virtud y fama de Agesilao, pero sin embargo se ha de intentar, pues no estaría bien que por ser un varón cabal no tuviera, al menos, la suerte de conseguir elogios mucho más modestos.


Hay en Cicerón y en su obra de divulgación filosófica, un pulso humano del hombre antes que del filósofo. Como el Hombre del Prado no es un erudito, antes bien es un aficionado aspirante a una erudición que por amplia y profunda se le escapa, debe atenerse a los fulgores instantáneos, entendiendo por fulgor además de lo que este representa desde el punto de vista de la percepción (resplandor intenso), lo que viene a decir Levinas en el Prefacio de El Tiempo y el Otro: "la verdad a medias del instante". Pues bien, intuye el Hombre del Prado, ahí está un Cicerón propio, de transcripción personal, como si él hubiera estado en esos cinco días en la villa de Túsculo, y allí, como oyente humilde, hubiera sentido al tiempo como límite del hecho que estaba sucediendo. Bien podría ser él el interlocutor que no tiene nombre y que es llevado de un lado a otro por el orador reconvertido en político y después, finalmente, en filósofo, o lo que le parece mejor aún, en un hombre que viendo el fulgor de la filosofía la intuye y trata de ofrecerla a los demás. ¿No es eso un magisterio?

Lee y relee las Disputaciones Tusculanas, porque en el libro se encuentra a gusto; no pasa eso con todos los libros, antes bien, cree que sucede con pocos. Tampoco pretende llegar a ninguna formulación que le permita decir, "yo sé con exactitud lo que decía", sino que como oyente asiste a lo que le parece ser una síntesis de lo que el Arpinate cree saber, cree discurrir, cree entresacar de cuanto ha leído y oído, y sobre todo, cree poder rebatir, con la razón que basa en su oficio de orador, tantas y tantas sentencias que por cortas son insuficientes y por dogmáticas insatisfactorias. Marco Tulio, en Túsculo, después de la pérdida de su hija Tulia, -irreparable, sentimiento terrible, vacío poderoso, inhumana soledad- escribe como iberación del dolor -refutando al epoicureismo de su ínitmo amigo Ático-y escribe sobre la filosofía porque ha llegado, tal vez, a su vocación tardía, que es explicar sobre el alma, sobre el dolor, sobre la virtud, sobre los dioses, sobre la poesía, lo que ha, bien o mal entendido, sacado de Platón, de Aristóles y de todos los que fueron componiendo o recomponiendo el espíritu de la Academia. He ahí a un hombre dolorido que trata de esconder su dolor en el conocimiento. La palabra "razón" que se encuentra en el párrafo inicial de este post es pista, -seguramente mal entendida, que el Hombre del Prado lee mal latín y nada griego, así que lee traducciones- de un anhelo de razonar sobre lo ya razonado para encontrar un espacio de eternidad más allá de las palabras, un espacio de libertad en el lugar lejano del universo donde, por razón de su escaso peso, van a morar las almas cuando se reconocen con el eter que les es morada natural y allí siguen eternas pudiendo contemplar la verdad, que no sabemos cual es: ni él lo sabe.

Una pregunta que hace Levinas en el mismo prólogo que se ha mencionado antes, le hace ligar lo imposible. Es natural que, sacando la cosa de contexto pueda parecer que todo encaja, pero esa es libertad de aquel que piensa por distraerse o por ocupar su tiempo y por realizar su proyecto. Pregunta, o se pregunta, Levinas, si "¿Es el tiempo la limitación propia del ser finito o la relación del ser finito con Dios?" Tienen para el Hombre del Prado las palabras el sortilegio de despertar en él algo más intenso que la curiosidad: se trata del anhelo de descifrar el jeroglífico que las palabras, al ser enunciadas una a una, van dibujando en el espacio imaginario del pensamiento. No sabe contestar, y a fuer de tener fe en la no existencia de un ser creador, nada le resulta seguro, desde que ha descubierto que todo asentamiento en principios, teológicos o racionales, es cuestión de fe y por mucho que le pese no hay otra palabra que pueda proporcionarle una salida al embrollo. Todo cuanto se ha imaginando es, o existe: Dios o el Alma. No hay refutación posible por la razón, salvo asumir que creer en la razón de la ciencia es una cuestión de fe, lo que deja al científico que así piensa en posición delicada.

Leyendo las Disputaciones Tusculanas, pues cabe volver una vez más a Cicerón, se piensa que este hombre, de no haber vuelto a la política -un vicio contra el que no tenía a mano virtud alguna- hubiera quedado recluído en sus fincas, ligado a su amistad con Ático y hubiera seguido escribiendo impelido por la fiebre de la ausencia de la hija, de la soledad de sí mismo. Yendo en la finca, en la que pensó erigir un altar a la memoria de su Tulia, de una Academia a otra, de la grande a la pequeña, en las que guardaba su biblioteca, nunca sufieciente y en las que había acumulado obras de arte - los Hermes y el brocal de pozo que en su correspondnencia reclama a su amigo Ático para embellecer esos lugares- hubiera seguido leyendo a Platón, objeto de su admiración del que dice en un momento que si no aportara pruebas sobre la existencia del alma y la afirmara simplemente, igual le creería; a Aristóles, y a una lista de menores muy mayores. Hubiera envejecido leyendo a Ennio y a Lucilio, hubiera radicalizado, probablemente, su afiliación estoica y su inquina epicúrea, y hubiera muerto de vejez; siguendo el camino enciclopédico que al hombre del Prado le parece que se inicia en las Disputaciones. ¿Quien sabe si no hubiera vuelto a escribir todo, de nuevo?

El Hombre del Prado, en unviaje por Italia, llegó a Arpino y a Túsculo en busca del aire esencial de su amigo Marco Tulio. Y a decir verdad, lo encontró.

jueves, septiembre 20, 2007

El inverosímil parto de la bestia

Entre los libros que han llegado en cajas a la playa, está la novela de Vassily Grossman, publicada en francés, Vida y Destino. La casualidad hace que el mismo día en que lo coloca en un estante, se entere de que va a ser publicado de nuevo en español, ya lo fue hace muchos años por Seix y Barral, pasando desapercibido, o eso cree recordar. Recuerda perfectamente que llegó a sus manos como un regalo de un amigo que viajaba muy a menudo a París, y que le costó esfuerzo leerlo, ya que meterse en 900 páginas en francés, contando con una habilidad media para leer y comprender en ese idioma, requiere dos cosas: paciencia y suficiente interés para perseverar en el esfuerzo.

El libro de Grossman le pareció terrible y lo relacionó con otro libro que había leído años atrás: El cero y el Infinito, de Arthur Koestler. Ambos exponen, de los libros conviene hablar en presente cuando son actuales, la cara perversa y escondida del totalitarismo. Y, como por obra de una maldición que actúa sobre la mente de los individuos y que no es sino el peso de la propaganda, machacona, sobre las personas, cuesta creer en sus contenidos. tachar a estos libros de contenido anti comunista, a secas, podía resultar eficaz en los tiempos en que los leyó, pero calaron en él.

No fue hasta mucho más tarde cuando se encontró con Los Orígenes del Totalitarismo, de Hanna Arendt, del que Vida y Destino parece ser la puesta en imágenes (después de todo funciona como una novela) del libro de pensadora judía. Lo que esta teoriza apasionadamente, comparando las dictaduras soviética de la epoca de Stalin, con la dictadura nacional-socialista, aparece reflejado capítulo tras capítulo en la obra de Grossman, de tal manera que uno y otro forman una dualidad compenetrada, un todo coherente narrado con dos lenguajes y si en el libro de la Arendt las imágenes las pone el lector, que ha recibido harta información gráfica de aquellos hechos terribles, en el de Grossman el pensamiento que allí late está claramente expuesto en la obra de Hanna.

La casualidad le ha llevado hoy a encontrar, entre los libros por clasificar, un pequeño volumen, de unas 170 páginas de caracteres grandes y espaciados, titulado Historia de la columna infame. No lo había leído, estaba olvidado en ese sueño que les corresponde a muchas obras que esperan con paciencia su turno y que algo deben de tener, porque en las limpiezas periódicas de una biblioteca, mudan de lugar pero nunca abandonan el sitio. Esta Historia es obra de Alessandro Manzoni, su siguiente trabajo después de haber escrito y publicado Los novios. Manzoni, está seguro, no es sino una referencia en los libros de literatura, cuando se habla de los románticos italianos, y en verdad fue un romántico al que un día arrebató la razón del puro romanticismo y ganó una visión crítica de la historia y del tiempo. Lleva un prólogo de Leonardo Sciascia al que he de volver enseguida.

A las 4,30 de la mañana del día 21 de junio de 1630, Caterina Rosa, una mujer de clase baja vecina de Milán, estaba asomada a la ventana cuando un hombre que caminaba por la calle le llamo la atención. Escribía algo en un papel y de vez en cuando pasaba la mano por la pared. Extrañada recordó que se hablaba en la ciudad, que sufría los coletazos de la peste, del infame untar paredes con ungüentos terribles para que la plaga se extendiera. Y en este sentido denunció al viandante. De como los jueces, la opinión pública y los funcionarios de la justicia convirtieron aquel hecho explicable en un acto de terrorismo contra la ciudad, a partir de la aplicación de la más salvaje tortura, del más horrendo suplicio moral y físico, da cuenta el libro. No uno, sino varios encausados por confesiones alocadas hechas por los encausados para salvar, no la vida, sino limitar o acortar la tortura, fueron apareciendo en nombres sugeridos al azar, sin conocimiento entre ellos ni relación alguna. Los dos principales encausados fueron condenados a ser paseados en carro por la ciudad mientras se les atenazaban las carnes con tenazas al rojo; se les cortaban, primero una y luego la otra, las manos; se les descoyuntaban lentamente los huesos, les rajaban las carnes y finalmente los colgaban cuidando de evitarles la muer5te para degollarlos seis horas después. Sus casas fueron derruidas y finalmente en el solar de una de ellas se levantó una columna, que se llamó infame, en memoria de los hechos y que ya no existe.

Manzoni, en este informe, que no es una novela, centra su interés en los jueces, hombres que debiendo ser responsables, se entregaron a un festín de sangre y tortura a partir de una palabra: "inverosímil". En la medida en que los interrogados por la tortura negaban las versiones que los culpabilizan, la respuesta de los jueces, escritas en las actas del juicio era: por ser su respuesta inverosímil, se le vuelve a dar tortura.. Hay palabras que no son inocentes cuando quien las usa es capaz, porque tiene el poder, de darles el sentido necesario. Curiosamente aparece en las citadas actas una expresión que no es caprichosa y si reveladora: esta verdad referida a las confesiones de inocencia de los reos, son las dos palabras que crean para la verdad la existencia de dos niveles: esta verdad, la suya, no es verosímil y si se observa bien la frase veremos cuan reveladora es de la certeza de que la inverosimilitud es porque no se adapta a esta verdad, la nuestra.

En el prólogo, Sciascia expone un concepto que le llama la atención nada más leerlo: la burocracia del mal. Se refiere a la maquinaria de la justicia que, de buenas a primeras, empieza a funcionar ignorando pruebas, falsificando razones, forzando confesiones y decretando torturas sin cuentos y horrendas ejecuciones de inocentes. Esta burocracia del mal que narra Manzoni y cita como concepto Sciascia, viene a ser aquella banalidad del mal a la que se refiere la Arendt en El Juicio de Eichman. El mal convertido en burocracia se convierte en ciega maquineria cotidiana desprovisto del horror, salvo por la víctima; aplaudido incluso por la ciudadanía que llega a creer en aquello tan formal de algo habrán hecho, ya que ningún ciudadano, en su cabal juicio, podrá pensar nunca que los jueces que deben proteger a la sociedad puedan dedicarse a instaurar el mal, como norma moral de vida.

Al acabar el día, tras haber dado cuenta del libro en una tarde de lectura, una noticia le llega y en cierta manera le conmueve: ha sido detenido y va a ser juzgado el número dos del khmers rojos, co responsable de la persecución y muerte de 1.400.000 ciudadanos camboyanos. Hilando fechas se da cuenta de que todo tema de este cariz no es sino la presencia del mismo mal a lo largo del tiempo, parido por los hombres.

Inverosímil le parece todo lo que ha ido hilando. Esta verdad, se dice, no puede ser cierta porque es inverosímil. Y recuerda la frase de Brecht: aún esta vivo el vientre que parió a esta bestia.

viernes, junio 29, 2007

Una visita al caer de la tarde.

Ha entrado en el jardín atravesando el seto que da al sur, de madreselva que está todavía sin flor por el retraso que llevan en el prado las vidas de las plantas, la marcha de la botánica. El seto no tiene cancelas, ni entradas practicables o desperfecto alguno en toda su extensión, lado, y sin embargo ha entrado por ahí porque cuando el hombre ha levantado la cabeza advertido de una presencia, de esa dirección venía caminando por la pradera recién regada, atravesando la irisada luz en retazos de arco iris que en las gotas de humedad que el aire lleva se refleja. Así, la figura que camina hacia él, abandona ya la hierba y entra en la zona de gravilla rosa ese hombre que se describe a si mismo como "aunque nacido de padre liberto y en humilde cuna, la envergadura de sus alas fue mayor que su nido; que gustó a los principales de la Urbe en paz y en guerra; que era (y es tal y como le ve llegar hasta él) de cuerpo exiguo, ya canoso, amante del sol, rápido de enfadar aunque también de aplacar y de aproximadamente cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco años. "

El Hombre del Prado ha levantado la cabeza desde las páginas del libro que lee, anotando esporádicamente en la libretita negra cuanto le parece de utilidad para formar los diálogos de algo que trata de escribir con sospechoso fracaso, y ha saludado al visitante, que recogiendo su toga blanca, sin franjas de color que determinen ocupación pública alguna, con un manto de lana sobre los hombros para escapar del fresco del bosque que les rodea, se ha quedado mirando a su alrededor y finalmente al hombre sentado, y finalmente aún más, al libro que este tienes en las manos. ¿Qué lees? ha preguntado. A ti. ¿A mi? ¿Que cosa? Las epístolas, estoy leyendo tu epístola I del Libro Segundo. Ah, ha dicho el hombrecillo, esa.

¿Te referías a ti? ¿Al escribirla? Si, claro. Todo lo que se escribe se refiere a uno mismo. ¿No te has dado cuenta. El Hombre del Prado no levanta los ojos de las líneas que tiene ante sí y que ha leído varias veces durante la tarde, a menudos fragmentos, tratando de deslindar el lenguaje poético del mensaje escrito. No es lo mismo, se dice, a menudo parece que se escribe sobre algo y es nada y en otras lo obvio es áspero y difícil; sin embargo, aquí, en esta Primera Epístola del Libro Segundo de Horacio, la forma es el vestido magnífico en el que el poeta afirma contundetemente que si el vulgo tiene razón es que la tiene; y sin embargo.

Los griegos escribieron mejor, más elegantemente y con mayor profundidad y forma que los romanos, eso es evidente. Y sin embargo fuimos nosotros los que conquistamos el mundo y pintamos, cantamos y luchamos más sabiamente que ellos. ¿Quien podría negarlo? Habla para el hombre que sostiene el libro en las manos, con una voz cansina, débil, un tanto saltarina en su melodía, deprisa al pronunciar las palabras, espaciando los espacios para respirar. Debe, piensa el otro, estar cansado por la subida al prado desde el otro lado del río. Ya sabes que se dice que "es antiguo y bueno lo que ha cumplido cien años" así que las cosas están claras. Para ser bueno algo que se ha escrito, conviene esperar cien años, pero ahora... ¿cómo saber si lo es? O ¿Es bueno lo que tiene cien años, pero no lo que tiene un año menos, o simplemente un día? Porque si despreciamos lo que nos parece bueno de hoy, pero que por ser de hoy no lo es, ya que no es antiguo, ¿como llegará a serlo para que un día lo alabemos? Se ríe para sí y señala su libro, el que sostiene el Hombre del Prado, ahora depositado en sus rodillas. ¿Cuantos años tiene ya? Más de dos mil, contesta el otro. ¿Tantos ya? El tiempo corre demasiado. No para ti, siempre ha estado presente. ¿No soy antiguo y bueno? pregunta riendo.

Todo poema antigua no es sacrosanto, contiene a menudo uno o dos versos, nada más, de relieve, sublimes si se quiere. Pero he ahí que se aplaude la obra entera, los mil versos por el valor de dos. A veces el vulgo ve lo correcto, y a veces se equivoca. Si a los viejos poetas admira y alaba tanto que nada prefiere, nada parangonee con ellos, yerra. Cuando era niño el pegón de Orbilio, su maestro, le enseñaba recitando a Livio, y aprendió a apreciar sus versos, pero no le parecen ahora tan bellos, no lindan como se dice con la perfección. Me indigna que algo se reprenda, no porque se juzgue de composición grosera y desgarbada, sino reciente, y que para los antiguos se pida no venia, sino honra y premios. El Hombre del Prado escucha la voz que contiene cada línea: Quien, viene a decir, loa cantares antiguos de los que poco entiende (afirma el poeta que lo mismo que él) no es que respalde y aplauda talentos difuntos, sino que envidioso impugna los nuestros, nos odia a nosotros y los nuestro. Porque si la novedad hubiera sido a los griegos tan odiosa como a nosotros, ?que sería ahora viejo? ¿O qué tendría para leer y hojear, cada uno a su gusto, el público?

Es cierto que en mi tiempo escribía cualquiera, afirma, y de cualquier manera. Todo el mundo que se preciaba de elegante y culto, componía versos sin preparación alguna. ¿No queremos que el médico o el piloto de la nave sepan lo que se traen entre manos? ¿Pues a que esperar del poeta que escriba cualquier cosa sin exigirle un conocimiento profundo de lo que hace? Antes del amanecer pide cálamo, tablillas y escritorio para escribir lo que le tiene en el pensamiento, y cuando camina por la calle, como distraido, va midiendo versos, encerrándolos en la jaula del pié, buscando que las palabras contengan un ritmo musical. Si él, asegura, no hubiera afirmado su valor frente a una sociedad que había dejado de asistir a la tragedia del teatro con los oídos, e iba a ella con los ojos asombrados del aparato escénico, con el sentido del olfato atento al perfume de azafrán que se derramaba sobre el escenario, al vestuario magnífico que escondía los versos en una apariencia de espectáculo, si él mismo no hubiera cantado su valor y su novedad al componer sus versos, tal vez nadie hubiera aceptado dejar que pasara el tiempo, dándole ya por bueno mientras vivía.

Cae la luz y el Hombre del Prado tiene que entrar dentro y salir a dar una vuelta con Goyerri. Le ronda en la cabeza el descubrimiento de la modernidad del poeta latino; su afirmación del valor de la obra compuesta en los tiempos nuevos, pero tiene dudas. ¿Porqué, le pregunta, tenías tanta fe en tu obra que afirmaste sin modestia alguna que seguirías vivo, eternamente en tus versos? Se marcha Horacio, que ya es hora, arrebujado en su mantón de lana. Camina despacio hasta desvanecerse en los reflejos de oro del último sol que fracciona su luz al atravesar el castaño entre sus ramas. Antes de irse, afirma solemne, risueño también "Porque lo sabía".

Todo lo que sucede es normal, se dice el hombre del Prado y el hecho de que el hombrecillo de la toga blanca y el manto de lana se siente junto a él en una tumbona que está, la verdad sea dicha, un tanto desvencijada, de lado para poder verse las caras, no le sorprende en absoluto. El predio sabino en que pasa la mayor parte de su tiempo, es vecino del prado segoviano en que nuestro amigo vive su vida en un retiro que a veces le ofusca el pensamiento y confunde imaginación con realidad. La pequeña finca de Horacio se encuentra cruzado el vado, a menos de un kilómetro de distancia. Volverá allí el poeta y el Hombre del Prado paseará a Goyerri, o se paseará a si mismo satisfecho de la visita recibida. Hay que tener fe, se dice, en la modernidad. Contiene todo lo bueno que somos capaces de crear. El tiempo la convertirá en sacrosanta, pero hoy es la vida misma, que fluye a través de las teclas del Pecé.

martes, junio 19, 2007

Un amigo leal: Horacio

Escribe:

Este era mi sueño: una parcela de campo no muy
grande, con huerto y fuente perenne vecina a la casa
y por encima un poco de bosque. Más generosamente y
mejor los dioses han actuado. Bien está.


Cuando leyó este inicio de la Epístola 6, quedó en suspenso reconociendo el sueño como propio. Y se dijo a sí mismo lo mismo que el poeta concluye: Bien está. Es de bien nacidos ser agradecidos, dice una expresión popular y aunque no sabe bien a quien debe mostrar ese agradecimiento, o que quiere decir realmente ser "bien nacido", se considera dentro del grupo de aquellos que han visto que el sueño realizado cumple todas las esperanzas de bienestar. La parcela de campo no es muy grande y el huerto en realidad es un invernadero acristalado en el que en verano crecen tomates, pimientos y berenjenas; en invierno se guardan begonias, dalias y geranios y en in en primavera se semillan las plantas que deben florecer en verano; la fuente perenne, descontada el agua corriente, está cercana, no una sino varias que manan de la ladera de Aguas Vertientes, en el bosque, uniendo su rumor al del lugar. Los dioses han actuado con generosidad.

No recuerda con precisión cuando conoció al poeta y fue ese conocimiento un hecho producido lentamente, dejado al obrar del tiempo, a la lectura y a la intuición de que la persona del hombrecillo -que se presenta a sí mismo como de pequeña estatura, algo barrigudo, miope, de comer frugal y ambicioso de su retiro en el campo, dejando la estancia en la Urbe para lo estrictamente necesario- podría bien ser un amigo personal de aquellos que a lo largo de la vida van acompañando a uno, lealmente. Así se forjó la amistad entre ambos, convencido de que la simpatía sería mutua y la charla entre ambos motivo de acuerdos acompañados de copas de vino de Falerno, filtrado y cortado con agua, para evitar que los pensamientos se nublen. De bosque a bosque, Horacio y el Hombre del Prado, se conocieron pues como vecinos de ruralía, viéndose en las calles del pueblo cercano, paseando por los caminos, acudiendo a sentarse a la fuente para leer un poco, el uno del otro, dejando pasar las horas con la lentitud que solamente es propia de quien las tiene y sabe en abundancia.

En un viaje a Roma, de los primeros viajes, años atrás, fue a visitarlo en su predio de Licenza, cercano a Tívoli. Dicen que es reconocible por las ruinas de un pequeño templo cercano. En el prado que sustenta la ruina, o mejor, el recuerdo, cayó un día desapacible un rayo justamente cuando el poeta estaba sentado junto a un árbol, y derribo este de tal manera que la vida del poeta corrió serio peligro. Volvió sus ojos a los dioses, asustado por que la vida que tan apacible y gozosa le era podía serle arrebatada en un instante. Lo accidental es lo terrible, le diría el Hombre del Prado, pero ello no debe conducirnos a poner la suerte en manos de los dioses. ¿No hemos quedado en que de existir poco se ocupan de los hombres? Si, pero... ¿a quien acudir sino a los dioses? ¿Es que puede Augusto decretar que un rayo no me fulmine? No, claro está que no puede. Entonces... Acudir a los dioses en caso de angustia cuando la violencia desatada de una tormenta de verano interrumpe la lectura apacible, junto a la fuente, y caen los rayos, que Júpiter arroja a decir de las leyendas de los hombres, es cosa razonable, y más aún: racional. Solamente la razón más absoluta es capaz de abrir la puerta a lo irracional, y por ella pueden entrar los dioses, que acabarán sentándose a la mesa de arce, junto al cálido fuego, donde se asa un cordero. Lejos quedará aquellos versos suyos de la Sátira 5.101 en que narra un viaje a Brindisi que hace acompañado por sus amigos Virgilio, Mecenas y Vario:

Pues aprendí que los dioses viven sus cuitas
y que si la naturaleza hace un portento, no lo mandan
los dioses airados desde su morada celestial


Lo mismo escribe Lucrecio. El Hombre del Prado le dice a Quinto Horacio Flaco que entre mentirijillas de poco calibre, más bien travesuras del diálogo que sostiene en su soledad de escritor - que todo escritor cuando está en ese ejercicio de crear es una criatura radicalmente sola -, le dice pues que alcanza a entender que muestra una imagen demasiado humilde, jocosa en algunos momentos, tan simplemente cordial y modesta, que no puede por menos que generar simpatía; pero, le dice, "tú sabes que puedes ser hijo de liberto, ciertamente, pero que cuando fuiste tribuno militar en Filipos, eras ya un caballero y en ese orden vivías, y que a tu retorno a Roma, derrotado, pudiste perder la fortuna de tu padre, requisada por los vencedores de los republicanos, pero de inmediato alcanzaste un puesto que compraste, de secretario del Tabularium, bien remunerado. Y que no tenías tan solo el predio sabino de LIcenza, sino que en Tívoli tenías otra finca, y una ínsula en Roma. No está muy claro que tu casa del bosque te la regalara Mecenas, aunque así se tiene por verdad, y es más que probable que la compraras tú. ¿Cómo vas a ser pobre, con ocho esclavos a tu servicio en casa, y cinco aparceros en tu finca que satisfacían con regularidad el alquiler de la tierra?"

No hay respuesta, sino una silenciosa sonrisa brillando en unos ojillos que a causa de la miopía están casi siempre cerrados dejando solamente una rendija por la que el mundo se ve, limitado, pequeño, y con escasa definición. Tal vez sea a causa de esa miopía que el poeta guste de intuir a las personas en lugar de conocerlas con solo mirarlas, cosa que por otra parte puede hacer mucha gente, aunque sin garantía de acierto, por supuesto. Escribe sus sermones, eso es lo que son sus sátiras y sus epístolas, como charlas dirigidas a amigos, desde un punto de vista moral, apuntando con ligereza a los defectos de la naturaleza humana, a la capacidad del hombre para mentirse así mismo. Conoce el tiempo en que vive, porque justamente lo ha vivido y lo vive, día a día; se hace pequeño, se muestra jocoso y en ocasiones ridículo, de sí mismo se ríe con tal de que esa risa provoque simpatía y se haga perdonar el exceso de franqueza. Conviene no ambicionar, no desear por encima de la necesidad, respetar el paso del tiempo que es la vida, conformarse con lo que el día ha dejado, comer y beber moderadamente, tener amigos y ser leales con ellos, no prestarse a negocios públicos, deambular por las horas del día y por los minutos de las horas, amar con el cuerpo y con la imaginación, estar satisfecho de la vida. Suetonio da fe de que Augusto le quiso por secretario y se negó. También de que aquel le echaba en cara que no le enviaba sus versos con la prontitud necesaria: no quería hacerse pesado cerca del príncipe. Vivía y dejaba clara constancia de unos tiempos y costumbres en los que la Urbe recuperaba una moralidad con la que él estaba de acuerdo, pero desconfiaba del futuro. ¡Siempre cabe desconfiar del futuro!

¿Porque no cambian
estos penosos tiempos? Los paternos
peores ya que los de nuestro abuelo,
malos nos parieron y autores
de descendientes aún más viciosos. Odas. III.7


No imaginaba cuanta razón llegaría a tener cuando muerto el príncipe augusto una caterva de irresponsables degenerados de la familia Julia, enterrarían la República en una satrapía oriental de corte militar, único poder efectivo. Tiene en su mirada de miope, una especial clarividencia para destruir cualquier mitificación y escribir con sentido crítico: "de sedición, perfidia, crimen e ira, se peca dentro y fuera de los muros de Ilión (por Roma)" y se divierte recordando canciones infantiles que juegan los niños y en las que adivina verdades colosales: los niños jugando dicen: "serás rey si cumples la ley". Se ríe de la historia o llora con ella recordando los largos años de guerra civil que hacen que los romanos aspiren a vivir en paz y agradezcan un poder dictatorial como el de Augusto, una monarquía enmascarada, ellos que siempre han considerado un delito ser rey. "Siempre que sus jefes desvarían, sufren daño los aequos"

Al Hombre del Prado le gustan especialmente unos versos:

A quien gusta lo del otro, no es raro que odie
su suerte. Tontos ambos culpan al lugar sin merecerlo.
El culpable es el espíritu, que nunca huye de sí mismo. E.14.13.

No importa la aparente banalidad del tema, una reprimenda a su mayordomo de la casa de campo que desprecia el campo y prefiere vivir en la ciudad, sino la profundidad de saber comprender que la naturaleza de los hombres les lleva a la tozudez y al auto engaño, y lo que es peor, a engañar a los demás. Es necesario atenerse a una moral de contención, volver a las viejas costumbres republicanas. El dinero, la envidia, la soberbia, la presunción, la avaricia, la mentira, el despotismo y el servilismo, el olvido, la doblez, todas las cualidades naturales del ser humano se presentan en sus palabras y si las fustiga también las entiende. Sería tan fácil ser moralmente mejor, piensa, pero ¿que es lo fácil? Viendo actuar a la gente de manera alocada, se pregunta y contesta al mismo tiempo "¿Que mal ha golpeado su mente? La superstición. Y viéndose así en medio del teatro de la humanidad, como un pícaro callejero, intuye que él no puede ser el único lúcido y pregunta también: "Y puesto que no hay una sola clase, ¿de que tipo de estupidez crees que adolezco? Yo, la verdad, me veo sano".

Al Hombre del Bosque le gusta conversar con Horacio como si se tratara de una conversación consigo mismo. Le dice, cuando ambos pasean por los prados altos en la ladera, los que están casi bordeando las cimas de los montes, en los claros amplios y soleados que presentan abundantes rocas y troncos caídos, para sentarse y disfrutar de unos sorbos de agua fría, y de la brisa tierna que sale de la enramada que les rodea, que ciertamente los tiempos han cambiado pero que son los mismo, y que los hombres han cambiado también, pero que son lo mismo. Para un hogar, le dice, solamente hacen falta, como tú dice, "una mesa de tres pies, una concha de sal pura y una toga para el frío". Bueno, le dice Horacio, tampoco hay que exagerar, eso es lo que se escribe, pero conviene que cada cual se talle y calce en su medida. ... Nadie nace sin defectos, es mejor, claro, quien los tiene menores... los hombres inventaron la ley por miedo a la injusticia... Se calla y parece pensar, luego ríe... Y añade:

"Y puesto que no hay una sola clase, ¿de que tipo de
estupidez crees que adolezco? Yo, la verdad, me veo sano" E.II.3

Añade que es tan solo el hijo de un liberto que quiere escribir lo que piensa y meterlo en pies ajustados a la estrofa, hexámetros, como si se tratara de un juego. Los hijos de los libertos, aunque hayan recibido una exquisita educación y alcanzado el segundo orden social, deben recordar siempre quienes fueron sus padres, y porqué. Más le vale ser humilde y leal. Me declaro tonto, ríndámonos a la evidencia- y también loco. Y se echa a reír con pequeños gritos de excitación; le sacuden las risas, modestamente también. También yo, piensa, sin embargo: ¿De que tipo de estupidez, crees lector, que adolezco. Yo, la verdad, me veo sano.

jueves, junio 14, 2007

Tres historias de armas: La tercera: Amadeo

Ha vuelto la temperatura fresca, impropia del mes de junio, acompañada por nubes cargadas de agua que descargan pertinazmente sobre el prado. La primavera, interrumpida languidece en una perdida de oportunidades: le falta sol y temperaturas cálidas para que lo que empezó a brotar siga su camino. Dicen que no hay que preocuparse, porque con el calor lo que ha interrumpido su crecimiento seguirá adelante: no es cierto, si se interrumpe la vida esta se resiente.

Este pensamiento le lleva a Amadeo. Lo ha tenido in mente durante los tres últimos días, pendiente de escribir sobre él para situarlo detrás de Arquiloco y Horacio, pero un cierto respeto y la necesidad de saber sobre la historia que quiere contar, le hacen calmar el ánimo, llamar por teléfono a su hermana y pedirle sus recuerdos sobre aquel hecho, que considera trascendental. Ella le responde con la misma historia que él conserva en la memoria, y en ella están los mismos detalles, la misma gestualidad. Es evidente que recuerdan ambos un hecho que les contara su padre, Amadeo, muchos años atrás, y que este hecho mantiene simultaneidad en las memorias de ambos porque fue contado de la misma manera una y otra vez.

Al ponerse a escribir tiene una idea en la cabeza que es la idea clave de este artículo: en el proceso de construcción de la identidad de cada uno, las figuras de la mitología cotidiana, aparecen correspondientes a la apariencia que han querido dar de si mismos sus poseedores. No conoce a su padre, muerto ya hace muchos años, cuando era más joven incluso de la edad que el hombre del prado tiene ahora. No le conoía porque los padres muestran a los hijos la cara formal de la personalidad, el aspecto positivo con el que no solo quieren educar sino salvar su apariencia y su memoria. Los padres, cuando no quieren ser oídos, hablan en voz baja; cuando no quieren ser vistos cierran la puerta; cuando no quieren ser juzgados emprenden la caminata por el disimulo. Todos somos honrados a los ojos de los demás: los padres más; y amantes. Sin tacha ni mácula, los padres se promueven como ejemplo y los hijos, al cabo de l tiempo los critican, abominan de ellos, se rebelan, se liberan y al cabo vuelven a estimarles: con todo no les conocen.

Un día le contó a su hijo David, en un restaurante que está subiendo al Tibidabo, una historia propia de amor, una pasión vivida: el muchacho le escuchaba con los ojos como platos. Los padres no son apasionados y los chicos los creen. Parece como si la vida discurriera censurada, una lluvia a trechos que impregna aspectos de la relación y deja espacios secos, donde el agua no moja ni se forman recuerdos. No le estaba hablando al chico de su madre, sino de un amor apasionado y en cierta manera demoledor en el que hubo de todo, hasta el vacío y la disolución que son el desamor. Devastador, le decía al muchacho, eso es lo que es una pasión cuando arrasa y poco se puede hacer, no es suficiente cambiar de acera o subir a un autobús a toda prisa si la mujer que llega caminando hacia uno es la mujer que es, y así se sabe. Devastador, le repetía, y el muchacho quería saber si la había olvidado. No, nunca se puede olvidar, pero el tiempo vacuna contra la memoria. Si, dijo el muchacho de veinte años, eso más o menos me ha pasado a mi. Se sintió confortado: eso les había pasado a los dos.

La de Amadeo fue esa vida rota por una guerra civil que llamó un día a la puerta de los ciudadanos cuando aspiraban a pasar un domingo de sol y vacaciones. Bajaban, les contaba su madre, tropas por la calle Calabria y al cabo de un rato se oían tiros. Una guerra civil empieza siempre con un desfile al que le sigue una violencia demencial. Arquíloco de Paros escribe, con sabiduría reflexiva:

Siete cayeron muertos, que alcanzamos a la carrera,
éramos mil los asesinos.


Amadeo, hombre de gran miopía, aficionado apasionadamente de la fotografía, nunca fue al frente y quedó asignado a Intendencia, donde le dieron, por buen administrativo, los galones de cabo. Por estar en Intendencia podía desviar piezas de bacalao y puñados de patatas que llevaba a casa de una muchacha a la que conoció un domingo en un baile. Se gustaron y él proveyó de lo que pudo a una familia sin recursos. La vida era dura, pero había una ilusión carnal que transportaba una apariencia de paz: ella era una muchacha muy mona, poquita cosa, redondita, de padres murcianos, nacida en Cataluña; él era un chico alto y de porte elegante, delgado, con un bigotillo bajo unas gafas de concha que afinaban su mirada miope. Ni él ni ella hablaron mucho de aquellos tiempos a sus hijos, después, cuando acabada la contienda podían escuchar y entender. Sobre la guerra se corre un telón: representación acabada; empieza el neorrealismo del hambre, de la falta de trabajo, de la venta de las cosas superfluas, de las sombras. En los álbums de casa que resumen las vidas para nadie, hay fotografías de aquella juventud de Amadeo y Maruja paseando en Montjuich acabada la guerra, a la espera de casarse unos meses después. Ella lo hizo de luto, un terrible vestido negro de novia por la muerte de su padre, en uno de los bombardeos de los aviones que llegaban a Barcelona desde Mallorca. En su sombrero negro campaban uunas enormes margaritas blancas, flores de la inocencia.

En esta historia hay dos hechos, uno contado y el otro no. Del uno se habló hasta la saciedad porque era el de la heroicidad de encarar una vida condenada a la penuria; del otro nunca se habló y saltó a la luz años después, otra vez en los álbues y cajas de fotografía que aquel Amadeo, que llevaba en los ojos una mirada de fotógrafo y sabía resumir la realidad en un clic: no había, de los años de la guerra civil, entre los recuerdos del padre, sus despojos íntimos, ni una sola fotografía hecha entre los años 1936-1939. ¿No tenía cámara? Si la tuvo, él afirmaba haberla tenido desde sus dieciséis años. ¿Cómo un hombre que domingo tras domingo resumía su vida en fotografiar la ciudad y en revelar las imágenes de la mañana por la tarde en un mínimo laboratorio en el que prendida la luz roja, se veía como en fantasmales planos de cine de terror. Lo cierto era, que durante los tres años, aquel hombre que fotografiaba todo, no hizo fotos o perdió las hechas: no había en montones de cajas una sola fotografía de su ciudad y de su gente durante los tres años de guerra. El hombre del prado piensa que en las historias no contadas se suele esconder el miedo, o la prudencia, también la verdad. Después de todo estuvo castigado a no encontrar trabajo por haber sido cabo de intendencia de la República, destinado en la estación de Sants de Barcelona. Así la memoria se queda sin memoria pero se salva una cierta tranquilidad rodeada de incertidumbre. La pregunta no hecha ante el lo acaecido, descubierto cuando ya era tarde para preguntar, hubiera sido: de haber roto las fotos, ¿a quien temía mostrarlas? ¿A los unos? ¿A los otros?

La otra historia, esta si que contada, es la que le une a Arquiloco y a Horacio. Explicaba con lujo de detalles, como la mañana del 25 ó 26 de enero de 1939 entraban las tropas del General Solchaga en Barcelona, por la Diagonal; él había sido citado con armamento, correaje y todo el equipo en la misma Diagonal, para subir a los camiones en que su compañía emprendería la marcha hacia el norte, para atravesar los Pirineos y entrar en Francia. Su hermano, le dijo que convenía irse, que tenía miedo de los que entraban, que arrasarían la ciudad, y que no le importaba dejar a mujer e hijo, antes de enfrentarse a los franquistas: se fue. Quedó la familia sin él. Amadeo dudaba: no pensaba que fuera a ser tan terrible y una chica de la que andaba enamoraducho, más joven que él, siete años, que se quedaba en su casa de la calle Calabria esquina Diputación. Caminaba con armas e impedimenta en dirección a los camiones consciente de que aquella guerra, terminada ya, no iba con él si es que en alguna opcasión de los mil días terribles había ido; debía pensar en su inocencia de cabo de intendencia: había robado unas patatas, algo de aceite y unos lomos de bacalao salado que escondía entre la camisa y la piel, para llevarlos a la casa de la muchacha. Una mañana, en plena guerra, unos vecinos, al oler el guiso, bajaron a exigir su parte de la comida bajo la amenaza de denunciar: el hambre es de todos, democráticamente. Les dieron su ración.

Hay una fuente de piedra y bronce, donde la calle Roselló choca de lado con la Avenida Diagonal, que representa a un fauno mitológico o cosa similar. Muchas veces, acabada la guerra, pasó por allí paseando con sus hijos y siempre les señalaba la fuente y les contaba la historia. ¿Recontar una historia es un antídoto? piensa ahora el hombre del prado. Tal vez si, es probable. Lo cierto es que aquella mañana, cerca ya del lugar en que los camiones aguardaban, solo en medio de la Avenida en la que nadie caminaba, ciudad sumergida en el miedo de la retirada de una república demolida por ella misma y la llegada de unas tropas que en la distancia atemorizaban a unos y eran bienvenidas por otros, que había mucha gente que aspiraba a la calma y la tranquilidad perdidas, aquella mañana pues, inmerso en aquella soledad soleada, de invierno crudo, llegó junto a la fuente y tuvo la idea de pararse, mirar a derecha e izquierda, aflojarse el correaje, apoyar el fusil mosquetón en el hierro del cuerpo central y bajar el cuerpo para beber cuidando de mirar que nadie hubiera. Con un gesto rápido sacó de sus hombros las correas y las dejó caer junto al fusil oyendo el golpe sordo de las cartucheras de cuero, cargadas de inútil munición. De inmediato, deprisa pero sin correr, enfiló calle abajo, hacia el puerto, zigzagueando, en busca de la muchacha de la que se había despedido la noche anterior, sinrtiendo en la boca el frescor del agua de la fuente.

Como Arquiloco y Horacio, Amadeo abandonó sus armas y se encaró al destino para decirle no es por ahí, me quedo. Nunca fue un héroe y no quiso serlo el último día de guerra en Barcelona, aunque desertar fuera, en realidad, una pequeña y mezquina heroicidad. Si Horacio abandonó el escudo y corrió para escribir su inmensa obra poética, Amadeo dejó correaje y fusil apoyado en una fuente para ir en busca de su chica y de su máquina fotográfica. Llegaron años duros y en ellos contaba a menudo cosas de la guerra en Barcelona, pocas, muy pocas. De una nunca habló, nunca explicó a nadie que había pasado con sus fotos de la guerra. Él, como Horacio, tal vez, temiera a Augusto vencedor de Filipos.

lunes, junio 11, 2007

Tres historias de armas. La segunda. Horacio

Dos escudos reposan en el prado y los ecos de dos batallas son el coro de una tragedia imaginada cuando entra un grupo de vacas lenta y cansinamente por el extremo sur, saliendo del bosque. El caminar de las vacas es un prodigio de indiferencia y saber estar: ignoran todo alrededor y parece que incluso ni están por ellas. Su gregarismo es disperso e individual y con saber que el resto del grupo pace en la cercanía parece bastarles; parecen un grupo de turistas al caer la tarde, con la última visita al museo, que en su dispersión más que mostrar interés por los detalles muestran ensimismamiento por el cansancio: caminan solos unidos al grupo. El caminante reposa libreta en mano y mira hacia esos escudos imaginarios que ahora los rumiantes rodean indiferentes, ahora los sobrepasan y al cabo quedan detenidos en la parte contraria del prado, en el norte, donde es probable que la hierba esté más tierna y jugosa.


Piensa en el campo de Filipos, donde Horacio arrojó su escudo y dió con la barbilla en la indigna tierra. También, días después, en ese campo de batalla, desnudos los cadáveres por el expolio, hechas las honras fúnebres que no puede negar un romano a otro, limpio el terreno, bebida la sangre por la tierra entrarían las ovejas del pastor y la gente de las cercanías. En aquellas guerras, los campos de batalla los visitaba la población local en busca de objetos olvidados, perdidos a la vista del pillaje de los supervivientes. En derredor al campo, en las colinas cercanas, en los bosquecillos, solían aparecer cadáveres de hombres que heridos y en huída habían buscado un refugio bajo matas para acabar muriendo desangrados o por causa de sus heridas. No es heróica la muerte aunque así la cante Homero y Virgilio le siga, en hexámetros de sonora expresión. Entre la muerte real y la del mito existe un amplio terreno de dolor y sufrimiento: el silencio de la soledad en la huída, la resignación al degüello del prisionero por el vencedor, el enfrentamiento al propio destino del vencido. "Vae victis" dijo el caudillo: "Ay de los vencidos". Nada más horroroso que ese anuncio.


Como en tantas batallas, Filipos fué una batalla de destino incierto. Ha pasado en ocasiones que ha ganado la lucha quien ha creído haberla perdido . Filipos fué una batalla no deseada por los combatientes, hartos de enfrentarse entre compañeros de armas, legión frente a legión. La victoria depende del primero que llevado por un gesto inadvertido, por una orden mal emprendida, abandona el campo, antes en orden y finalmente a la carrera. Acabada la lucha, apagada como se apaga el fuego de una tea, lentamente, queda flotando un gemido y empieza el pillaje: aquí un legionario, espada en mano, ha reconocido a un viejo amigo, del pueblo o de la comarca, o de otra legión en la que sirvió y no hunde la espada en la garganta sino que solícito le alcanza un poco de agua o le recuesta bien para que se acomoden el dolor y la angustia.

Los romanos enrolados durante más de veinte años en las legiones, sobreviviendo a luchas civiles, perdiendo de vista la identidad romana ante tanta sangre y odio civil, aspiraban a volver a la paz, a recibir el ahorro que se les guardaba en la caja de la legión correspondiente a los años servidos y a recibir como estipendio final un trozo de tierra, una res, un apero de labranza, en tierras a ser posible en la península. ¿Quien no sueñla un predio en la Campania? Entre romanos cunde el desaliento ante la inexistencia de Roma. Existe la soldada, la disciplinea y la lealtad a sus generales, viejos mandos de otras batallas, de otras campañas. ¿Como no van a estar los compañeros de Cesar con su sobrino nieto Octaviano? ¿Y que decir de Marco Antonio al frente de los suyos? Es la pura expresión del compañero de armas, bebedor, mujeriego, aventurero, valeroso, siempre con sus hombres a los que conoce por su nombre: si alguien quisiera ser otro, un mito, muerto César sería Marco Antonio.

Los hombres de la República, las legiones de Bruto y Casio esperan la oportunidad de volver a confraternizar con sus compañeros de armas del otro bando: no más guerra. Es dura la derrota y el mañana incierto. Llegaron como Roma y Roma les ha derrotado y vertido su sangre. Tanto cansancio, tanta muerte de amigos, tanto riesgo, para acabar donde estaban al principio en geografías lejanas, en el territorio de Grecia. ¿Y quienes son esos tribunos jóvenes, inexpertos, a los que han colocado al frente de las cohortes? Son los chicos bien de las familias de los dos primeros órdenes de la República , que estudiando en Atenas, puestos a salvo de la guerra civil por sus padres, han sido encontrados allí por Bruto. Bruto es brillante, honrado, leal, de oratoria fácil, elegante y convincente, es difícil no caer en su seducción personal, y les encuentra en cualquiera de los centros de estudio de la ciudad, o con sus preceptores. Son la juventud dorada de Roma y Bruto les envuelve en ansias de legalidad republicana y alista en sus legiones. Salvarán a la República y volverán a Roma para desfilar en triunfo. Ellos sueñan decir al regreso triunfal a la urbe, a sus familias, que estando allí les llegó la ocasión para defender a la República.

Como tribunus militum, puesto militar que exigía el orden de caballero, Horacio arrojó el escudo y se tiró de bruces al suelo; podemos suponer que estaba aterrorizado. Las cohortes de Octaviano caminaban en formación, cubierto el centro y los flancos, con las tropas auxiliares en la retaguardia. El sueño del día anterior es ahora la realidad del presente y esta se concreta en líneas de legionarios que les cierran el paso. La juventud dorada de Roma no está hehcha para estos menesteres: huyen. Eso nos cuenta Horacio.


y la veloz fuga
y el mal dejado escudo cuando roto
quedó el valor y la barbilla
tocó del bravo la indigna tierra
Carm. II 7, 1 - 10


Dice que le salvó Mercurio, tan agil corrió.

Igual que Arquiloco, cuenta de su cobardía, de su espanto ante la apuesta de la heroicidad y narra en versos brillantes, ligeramente irónicos como salío despavorido huyendo, abandonando el escudo. No se trata de los versos del griego, de contenido cínico, tosco, propio del soldado embrutecido, sino del verso de un poeta que aspira a ser reconocido,poeta entre poetas, por la misma gloria. No se anda Horacio con chiquitas: se sabe llamado a vivir en la eternidad de la memoria. Y se nos muestra en sus versos, dentro de una constante proximidad de la vida cotidiana, de sus recomendaciones, de sus sermones a los demás, de sus consejos y de sus
invectivas. Leyendo a Horacio le vemos a él, siempre a él, un hombrecillo pequeño y risueño, tal vez neurasténico. Los verso de Horacio son la pasión de Horacio y podemos dar con su huella, sus gestos, sus palabras, su vivir, su amar, su reir. A la manera de Cicerón, Horacio nos cuenta su vida escondiéndola en sus versos, para que la encontremos, tan seguro está de que iremos a buscarle.

Destino es aquello que no se puede elegir, así la vida es destino en cuanto que hay que vivirla. No es el destino la muerte sino vivir la vida hasta sus últimos segundos, que para eso se viene. El destino de aquellos jóvenes era ser perdonados por Octavio, volver a Roma y reincorporarse a una época de paz, no exenta de violencia y humillación, pero al fin paz para Roma, que había de permitir cerrar las puertas del templo de Bellona, por vez primera en muchos años. No podía elegir pues su destino era volver a Roma: rehenes de Octavio, gustosos rehenes, encarrilaron su vida en actividades políticas o privadas, fueron los cónsules sin demasiado poder, los tribunos populares a las órdenes de Octavio, los censores, cuestores, ediles, los publicanos y los poetas: fueron la nueva generación de funcionarios romanos, de patricios obedientes, fueron los republicanos sin República.

Horacio vivió después de la jornada del escudo una vida nueva que tuvo que elegir en Roma; no tuvo que ver con su situación personal, la leyenda de su pobreza, los regalos de Mecenas, su pobre aspecto, su retiro casi permanente en el predio sabino, no tan pequeño como pretende cuando tiene ocho esclavos para el servicio de la casa y tres aparceros que pagan puntualmente una renta por las tierras. Horacio, después de la jornada del escudo, olvida toda veleidad militar en defensa de la república y guarda silencio por ella. Accede a la cercanía del poder, Octavio Augusto le propone ser su secretario para la correspondencia y se niegA; tal vez nace aquí la leyenda de su retiro en el campo, que se encarga él de acrecentar en sus Odas. Tiene propiedades en Roma y un cargo magníficamente remunerado en el Tabularium; no es un pobre hombre más que, probablemente, en apariencia. No, arrojar el escudo es para Horacio el inicio probable de una mistificación de si mismo de tal manera que su vida escapa a su destino y pasa a la posteridad como él ha querido verse. Tal vez nos engaña, más a nosotros hoy que a sus contemporáneos y tuvo una vida más regalada, que para un poeta le pareciera probablemente excesiva. Y se inventó otra añadiendo a la suya ligeras modificaciuones, a la baja diríamos hoy.

Pero el destino es aquello que no se elige, que es inevitable y Horacio se sabe, se conoce. Lo dice Spinozza en su Ética, Proposición LXIII, "Quien tiene una idea verdadera sabe al mismo tiempo que tiene una idea verdadera, y no puede dudar de la verdad de eso que conoce" y Horacio, escondido detrás de su apariencia inventada habla a los suyos desde su posteridad y así escribe la última Oda del Libro III


He hecho una obra más perenne que el bronce,
más alta que el túmulo real de las pirámides;
no la destruirán ni la voraz lluvia
ni el fuerte Aquilón ni la inmutables
serie de los años en que escapa el tiempo.
No moriré entero: gran parte de mi
rehuirá a Libitina; crecerá sin pausa
con prez siempre nueva, mientras el pontífice
suba al Capitolio con la virgen tácita.
Se dirá allí donde resuena el violento
Áufido y reinó Dauno, pobre en agua,
sobre agrestes pueblos que yo, siendo humilde
me torné en maestro y el primero fui
que unió a ritmos ítalos los cantos eolios.

Mis sienes, Melpómene, con el laurel délfico
ciña de buen grado tu orgullo legítimo.
Carm.III 30.

sábado, junio 09, 2007

Tres historias de armas: La primera. Arquiloco

Resplandece el prado bajo un sol inclemente y el bosque le ofrece acogedora sombra: rumoroso Arroyo Mayor es torrente vivo entre saltos y peñas hacia la Nacional. Cruzando el vado se asciende un camino entre árboles dispersos por el que pasan los camiones de la tala y ello hace que además de pedregoso esté lleno de piedras sueltas, pedazos de roca partida por el arrastre de los troncos. Un kilómetro más o menos de camino en ascenso lleva a una cancela de hierro, unida a una cerca de alambre entre postes que se extiende como un cinturón por toda la ladera del monte, que es como decir del bosque. Se trata de evitar que el ganado se salga, lo que sucede a veces cuando alguien se deja abierto el portón; entonces las vacas y sus terneros bajan por el camino, cruzan las aguas y subiendo una pequeña cuesta de castaños se encuentra en la pista forestal; cruzándola ent5ra en el prado y allí se distribuyen por las parcelas abiertas todavía, pendientes de construir o de venderse, y se comen la hierba fresca. Una vez entraron en su casa por el portón del jardín y dieron cuenta de un parte de la pradera, gozosamente dieron cuenta mientras él las contemplaba divertido.

Pasada la puerta, al fin del camino, y vuelta a cerrar aquella, se inicia ahora un sendero que finaliza en dos formando una Y griega. Coge el de la izquierda, que es anchuroso y tiene algo más de pendiente a lo alto. Volverá a cruzar el arroyo, aquí menos fragoso que en el vado, que está metros abajo y la caída le da fuerzas para hacerse oír, y seguirá por la senda cuando se inicia una cerca de piedra que cierra una pradera amplia, en cuyos bordes norte y sur, crecen dos robledales pequeños, de árboles que parecen enfermos, agostados se diría, pero que han tapizado la parte exterior de la cerca de la típica hoja del roble, larga, alveolada, seca en su color castaño. Rodeando la cerca se llega a una prado ancho, largo, amplio, que parece que se ha abierto el espacio entre los árboles hasta formarse un lugar rodeado por la muralla de troncos del pinar. La hierba del prado, con la luz del sol, tiene un color vivo, de vida y de intensidad que viene a ser lo mismo, y está tapizada de pequeñas rocas berroqueñas moteadas de musgo que en invierno revive y se pone rebosante de aliento y ansia por hacerse notar.

Cuando llega al prado se sienta en una piedra, nunca en la misma, tratando de encontrar una que se apoye en un tronco, y allí, saca un libro y entra en el trance de la ensoñación, en el dilema de leer o mirar, mirar y abstraerse o leer y abstraerse, quedarse en el mundo en que está o entrar en el mundo de otro que acabará siendo suyo en cuanto deletree la primera palabra. No le acompaña Goyerri porque estas salidas, por cortas que sean, no siendo las que la naturaleza le obliga a hacer, no le interesan, diríase que le aburran y cuando menos le cansan tanto que acaba fingiendo extrañas cojeras que confunden las patas, ora una de delante ora una de atrás, pero comediando una cojera que no es lesión sino cuento. En ella se basa para detenerse, levantar la patita dejándola colgando y mirar con cara de pena inmensa. Se deja tocar la extremidad, buscar entre las uñas una posible herida, una uña rota, palpar presionando ligeramente por si algún dolor hubiera y por aquella provocara un gemido: nada. Cuando le deja la patita en el suelo y le dice que camine vuelve a cojear. Si vuelven a casa, la cojera se cura en los escalones de subida a la puerta de la vivienda, que salva de dos en dos alegremente: se ha salido con la suya.

El prado en que está y que llaman Prado Largo aunque a él le parece ancho más bien, en el sentido en que se ve llegando a él desde el camino, está envuelto en el silencio sonoro del bosque y en la quietud dinámica del lugar. Todo paisaje muda de continuo y nunca es el mismo salvo que la mirada se abstraiga tanto que consiga convertirlo en una fotografía. Un paisaje al natural no puede ser nunca una instantánea, sino más bien un filme con la cámara fija, una ventana a lo que sucede cuando no sucede nada más que la vida por fiera de uno. Pues allí, en ese silencio y quietud, le da por leer a Horacio, tomito de Odas que lleva en el bolsillo, junto a una libretita negra que cierra sus tapas mediante una goma elástica, un artilugio para escribir que ni es pluma, ni bolígrafo, ni rotulador ni lápiz, y lápiz, este sí, de mina amarilla, muy brillante, que lleva en su composición una materia fosforecente: con él marca las líneas que le interesan. Si ha de tomar notas o reescribir frases que quiera utilizar, usa las hojas de respeto que encabezan y terminan el volumen, porque los márgenes se le hacen pequeños e incómodos.

Lleva escritos en la libreta, unos poemas de Arquiloco. La noche anterior, buscando datos, removiendo páginas, mirando al azar, dio con ellos sin recordar haberlos leído. Son bastantes los libros que le esperan en sus estantes a que les haga caso, como si de un harén extenso se tratara. No recuerda el libro, ni la compra, ni el asunto, poemas griegos de la antigüedad más lejana, de poetas, de los que en general quedan fragmentos, líneas, estrofas. Empezó por leer unos versos y llevó el libro a la mesa, se sentó, enderezó la luz y empezó a seguir, línea por línea, un paisaje apasionante de un desconocido. Lo que era sorpresa, deslumbramiento, rayó en cierto momento en asombro al leer cuatro simples versos, de desenfadad desfachatez pero expresiva historia:


Un sayo se jacta hoy con mi escudo perfecto

que abandoné junto a un arbusto, apenado

Pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?

Peor para él. Uno mejor me consigo.

Sabe donde ha leído lo mismo, o parecido, y le invade el asombro. Copia, pensando en el paseo de la mañana siguiente, en la libreta de tapas negras algunos fragmentos de los fragmentos que restan del poeta y lee sucintamente algo sobre él para saber lo justo. He ahí a un muchacho hijo de un noble de Paros y de una esclava. Fue educado en algo de saber y un cierto conocimiento de la vida, se puede suponer, pero la pobreza de una isla miserable le empuja a convertirse en soldado de fortuna y se alista mercenario en ejércitos diversos, recorriendo el Egeo, de isla en isla. No es un soldado simple, un truhán que busca en la guerra un trozo de pan y la posibilidad de un botín que le permita vivir y holgar de vez en cuando, sino que en campaña, o en tiempos de reposo, escribe sus versos. No los versos heroicos del gran modelo Homero, sino unos versos yámbicos de vulgar ordinariez, donde el hombre se descuelga del héroe y abandonándole vaga por los caminos. Camarada de armas de hombres vulgares que se defienden los unos a los otros de las tropas de Esparta, que luchan codo con codo, espalda contra espalda, que relativizan el heroismo y la vida, el hoy y el mañana, hombres que saben lo que son (ya es mucho saber en estos y en aquellos tiempos) y de lo que dependen:


De mi lanza depende el pan que como, de mi lanza

el vino de Ismaro. Apoyado en mi lanza bebo.

Este soldado que guarda en su mochila un poco de cultura, el oficio de escribir bien aprendido y un poco de poesía, música y ritmo, en su cabeza, descubre frente al héroe de Homero al hombre sujeto a su destino, al simple individuo, al dueño de una biografía que no está llamada a ser la del héroe que viajó a Troya o que volvió a Ítaca, el que murió joven lleno de gloria o el que alcanzó la madurez y la sabiduría. Una vida de errar de isla en isla jugando la vida frente a desconocidos, ni amigos ni enemigos sino parte de la desprovista despensa y de la escasa paga, tiene no obstante acceso al conocimiento de una doble visión de uno mismo:

Soy a la vez siervo del poderoso dios de la guerra

y practico sabiamente el dulce regalo de las Musas.

Algo de cervantino tiene esta definición de la función vital del soldado que se pone en manos del poderoso dios de la guerra pero acepta la dulzura de la creación que le llega de las Musas. Hay en la desdicha del hombre envuelto en su destino trágico, más trágico aún cuando no es sino vagar esquivando a la muerte y engañando al hambre, un hacerse que trasciende. El poeta soldado labrará su gloria por el simple hecho de la palabra y no por el de la espada, y aún cuando no llegue a saber que un día será reconocido, y aún admirado, entendido como habitante del Parnaso, cuando en los momentos de paz, la auténtica paz que es simplemente la ausencia de guerra, disfrutará escribiendo palabra tras palabras su visión de si mismo, de sus amores y de sus rencores, de sus odios y amistades, apetencias y recuerdos. Descubrirá a los dioses porque no osará ir más allá de si mismo, y porque sin los dioses su vagar y el simple hecho de sobrevivir sería inexplicable. Pues

Todo depende de los dioses: muchas veces

levantan al hombre caído en la negra tierra

muchas veces lo voltean y hasta al mejor parado

lo tumban boca arriba: y sobrevienen entonces

las desgracias y el errar sin medios y extraviado.

Pero fue cuando leyó el hombre del bosque, la noche anterior a la visita a Prado largo, cuando leyó el último de los poemas, el que había guardado para el final porque fue el que reconoció sin reconocer y el que le condujo 700 años después a otro lugar y a otro escritor, cuando, debe reconocerlo, sonrió para si como se sonríe al mundo entero, orgulloso no del descubrimiento, que nadie ya descubre nada por sí mismo, sino de la celeridad con que la casualidad cruza historias y compone pasiones, y sin la ayuda de los dioses los hechos suceden porque los dioses quieren.


Un sayo se jacta hoy con mi escudo perfecto

que abandoné junto a un arbusto, apenado,

pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?

Peor para él. Uno mejor me consigo.

Así pues, este hombre nos narra como en pleno combate abandonó el escudo junto a un arbusto, apenado pues era un buen escudo, pero no se puede correr con él a cuestas ya que es pesado y voluminoso, y corrió la derrota en busca de mejor acomodo salvando primero la vida, y luego el ánimo para contarlo. No hay vergüenza en él, hombre de cultura que debe conocer los versos de Tirteo que exortan a los hombres de Esparta a tener un comportamiento ejemplar y desinteresado en el campo de batalla.

Con la izquierda embrazad vuestro escudo

y la lanza con audacia blandid, sin preocuparos

de salvar vuestras vidas;

que esa no es costumbre de Esparta

Ningún orgullo guerrero, ningún amor por su patria hay en el mercenario que lucha en otra isla preocupado solamente por hacerse con un botín abundante, conformándose con una entrega escasa, tal vez una pieza de tela, un poco de oro, tal vez aceite o vino, tal vez nada. Este Arquiloco huyó en el campo de batalla y nada le importó explicarlo después entre amigotes, y escribirlo más tarde, carácter tras carácter, riéndose para sí por haber dejado un buen escudo a un enemigo que ahora se aprovechara de él. ¿Que importa? La guerra es correr hacia delante o retroceder corriendo y la pérdida del escudo un simple avatar.

Dos hechos vienen a la memoria del hombre que ha leído en la libreta los fragmentos de poesía y las pocas notas que con letra menuda, casio microscópica, mal trazada, desordenada, tomó del libro encontrado. Uno sucedió en el año 42, en la última batalla de la República frente a los generales de Roma que tomaban el poder personal como derecho constitucional. El otro en 1939, en la esquina de la calle Rosellón con la Diagonal de Barcelona. Los dos hechos, se dijo, se unen con él escudo abandonado de Arquiloco en una línea de miseria humana, de gloria apenas acariciada, del roce de un sueño nunca hecho realidad. Los sueños no están para convertirse en reales, sabe el hombre del prado, pero si para llenar las noches de vida cuando los días se llenan de penuria.

Abre el libro que lleva en el bolsillo y busca un poema pequeño, una Oda de Horacio, y lee:

... Filipos

contigo conocí y la veloz fuga

y el mal dejado escudo cuando roto

quedó el valor y la barbilla

tocó del bravo la indigna tierra.

A mí, asustado en densa nube el ágil

Mercurio me salvó entre el enemigo: ...

Horacio, el amado Horacio al que la vista de Prado Largo le revela de nuevo como pensamiento, abandonó en Filipos el escudo y se arrojó al suelo asustado, fingiendo tal vez estar muerto, para enseguida, alzarse de nuevo y joven como era, y asustado, correr saliendo de la lucha, abandonando el heroísmo, salvando la vida al fin. "Roto quedó el valor y la barbilla tocó del bravo la indigna tierra..." Que cerca Horacio de Artiloco en el gesto y en el reconocimiento del mismo. Sólo los que se saben portadores de un valor diferente, superior si eso cabe, tocados por los dioses si se quiere, pueden reírse de si mismos y rememorar públicamente su cobardía. Los tiempos de los héroes habían pasado, para el uno en la islas egeas y para el otro en la llanura de Filipos donde Casio y Bruto perdieron la República a manos de Octavio y Antonio.

Con el librito de Horacio entre las manos, este hombre que se sumerge en la poesía y en la luz del Prado, piensa que seguirá contando estas tres historias mínimas de las armas abandonadas por encontrarse con la vida. Cierra el libro y mirando en derredor la vasta y verde extensión del prado da en pensar que bien podría ser este lugar el emplazamiento del predio sabino del poeta romano, que le regalara Mecenas. Pero de este predio escribirá mañana.

miércoles, mayo 23, 2007

Berlín Segunda Estación. Lo griego en lo berlinés

Bebe de la fuente inagotable a la derecha, donde se yergue el ciprés. Versos órficos inscritos en tablilla descubierta en Creta. La Sabiduría griega. Giorgio Colli. Editorial Trotta

Para Gregorio Luri, por quien libé antes de subir las gradas del Altar.


Desde el balcón del hotel ve al berlinés que se afana en su quehacer, moviéndose entre espacios vacíos: lo que más sobresalta en esta ciudad es la abundancia de espacios, de solares, de huecos. La historia de la destrucción y de la reconstrucción, del enfrentamiento de bloques, del muro y de la alevosa vigilancia que obligaba a despejar el entorno, han dejado una ciudad que debe crecer hacia dentro ocupándose a sí misma, conquistando su tierra, el espacio vital en que se asentó en otro tiempo. Hoy, la batalla es por la modernidad y los nuevos edificios rivalizan en espectacularidad. La parte de la Friederichstrasse que toca al río y que geográficamente apunta al oeste, es un catálogo inmenso de arquitectura moderna, avanzada, de cristal, ocupada por oficinas y galerías comerciales. En los diecisiete años desde la unificación, la construcción de una ciudad nueva donde cupiera parece haber sido el objetivo principal de este impulso berlinés. Se diría que todo esta febril construcción ha de acabar con instalar la locura o la neurosis en una ciudadanía víctima, pero extrañamente, esta gente que se afana es tranquila y cortés y va a lo suyo con un gesto de calma que hace que cruzar la calle sea una actividad indolente: no hay semáforos, ni pasos de peatones, ni pasos cebra, o cuando menos no abundan como para ser omnipresentes. Nada amenaza al peatón o al ciclista que van de un lado a otro. Le extrañó en un principio esa posibilidad de bajar de la acera y cruzar lentamente dejando que pase un coche que viene a corta velocidad o que un tranvía, tras hacer sonar la campana, le exija pasar sin gesto alguno que sea imperatorio. Berlín es una ciudad para caminantes, o cuando menos, su centro histórico que es también el monumental y al mismo tiempo el de los tiempos modernos. En un momento de distracción tuvo que frenar un coche para no arrollarlo y al ver la cara del conductor no vio el griterío hosco y desaforado al que la vida mediterránea le tiene acostumbrado y se sintió bienaventurado.

Unter der Linden: Cantaba hace muchos años Marlene Dietrich algo así como "mientras florezcan los tilos de la Unter der Linden, Berlín seguirá existiendo" y a ese deseo hay que rendir culto. Pasear bajo los tilos de una ancho y espacioso bulevar que es a Berlín lo que el Sur de la Castellana a Madrid, o el Paseo de Gracia a Barcelona o Champs Elysés a París, es un placer del tiempo, del muelle sosiego en el que la mirada bajo la sombra arbolada va de una fachada a otra, de escaparate en escaparate, de terraza en terraza, presintiendo la vida que late, el pulso de una ciudad que aspira a la mayor longevidad sin estimulantes eternidades en el deseo. Han sufrido mucho los árboles y los edificios, tanto, que uno no sabe al fin si todo esto no es una reconstrucción sacada del recuerdo y el ansía de seguir existiendo, que es cosa diferente al ansia de eternidad que ha dado con tantas cosas en el olvido.

Berlín está, sin duda, en este bulevar que viene desde el amplio desarrollo oriental, uniforme y confuso aunque lleno de espacio hasta ir a topar de bruces con la Puerta de Brandeburgo, allí donde se ensanchan las aceras y todo respira más si cabe; el Bulevar es anchuroso y al llegar a la puerta abriéndose a las bandas crea un espacio a modo de plaza que anticipa el enorm espacio del otro lado. Nuevos edificios rodean a este ensanchamiento, de altura medida y acorde con los la medida de los que allí llegan, sin tratar de hundir a la Puerta en la miseria del tamaño. Armonía en la conservación de los huecos de aire, que es al fin la vida, que corresponde a cada piedra conservada o reconstruida con el afán de que parecer lo que fueron, o de las nuevas estructuras de acero y cristal que pretenden cortrer en el tiempo para alcanzar el hoy y el preludio del mañana. Tonos y matices que se conjugan en luces y sombras. En el Café Dressler se almuerza muy bien, cocina berlinesa, en un salón intemporal, sacado de un filme de la UFA. Este café, por cierto, tiene su doble en el Barrio Nicolai, junto al río, donde el Reinhard's ofrece en similar ambiente la misma carta de buenas carnes y pescados, guisos aromáticos, salsas medidas, espléndida cerveza (no la ligera a la que la sed mediterránea nos tiene acostumbrados) de grado, cuerpo y color y una carta de postres que siendo espectacularmente atractiva, me está vedada.

El río: después de cruzar la Friederkstrassese viniendo de la parte del Reichstag y acunando en una ese suave a los nuevos edificios del Bundestag de arquitectura lúcida, luminosa y transparente, se divide en dos y en su centro aflora una isla en la que el neoclasicismo ha edificado cinco museos y una catedral barroca. Explicado parece que el paisaje vaya a ser enorme y monumental, grandilocuente, colosal, y sin embargo es un paisaje humano, de piedra ennegrecida y gastada, reconstruida, conservando en su piel rastros de metralla y de impactos de bala que dejaron su huella, en la batalla de Berlín. El mismo río es una brazo de agua del que no se puede decir que sea grande o mediano, pero si caudaloso; es un río cansado en su fluir como lo es el Danubio cuando pasa por Viena; diría el viajero que se trata de un fluir melancólico en cuyas riveras el berlinés, llegada la primavera, acude a sentarse para tomar el sol y disfrutar de ese avanzar de la corriente. Parodiando a la inversa a Heráclito, este agua nunca vuelve a pasar por la mima ciudad.
La orilla del río por la que se avanza a lo largo de las fachadas de los museos abre en sábados y domingos un mercadillo en los que se pueden comprar reliquias del ejército de ocupación, probablemente de fabricación actual: cascos de acero, gorras de oficial soviético, insignias militares. Debe ser humillante, piensa, acabar así, residuo de mercadillo como huella de una historia que fue, hace ahora diecisiete años. No es cosa de ayer lejano, sino de un ayer que aún nos toca en presente. Las barcazas siguen el cauce llenas de pasajeros que sentados en cubierta, hacen fotos de quienes, desde la ribera, a su vez les fotografían. Es pues un inmenso espacio de recuerdos. Tiene la impresión de que en esta ciudad la historia se conserva en la calle y no la han borrado, salvo por el hecho de que en ningún mercadillo ni tienda de viejo encontrará una sola insignia nazi, objeto militar o del partido. Lo que se fue se fue en el marco de la tragedia que desencadenó. Lo ruso queda para solaz del turista que lleva a su casa una gorra de plato elevadísimo o un casco del vopo que guardaba el muro. No es la misma tragedia: de la primera todo Berlín, se diría, salió derrotado; de la segunda no, se saldó con la caída del muro y una increíble noche de alegría en la que ni un solo policía o soldado de ocupación soviético, osó aparecer por el escenario. Se quiera o no, de lo militar queda el atrezzo en mercadillo abierto o en el monumento de piedra que sobre el bunker de Hitler han construido los soviéticos en memoria de su Soldado, enterrando allí a unos dos mil muchachos muertos en la Batalla de Berlín. Sobre dos plataformas pesadas, nada airosas, de hormigón, se posan dos tanques T 34 con los que sus tropas entraron en la ciudad. Están allí en lo alto, al igual que sus uniformes de ocupantes están en el mercadillo y pese al buen fin del monumento y a la tristeza de muertes jóvenes tan absurdamente lejos de sus casas, los tanques y la piedra son el paisaje del Tiergarten en que habitan, frente al Reichstag: tumba que ni es ni no es de naturaleza turística, guarda cierta dignidad albergada entre los árboles del bosque.

El Museo de Pérgamo: Esta piedra que mira y traigo aquí, no pretende resumir al arte de los griegos que conserva Berlín, porque ni mis fotos valen para eso ni estos comentarios pretenden ser ciceronianos (como bien nos trae Julia esa palabra de nuevo a la cultura del viajero). Esa piedra que mira representa para mi la mirada, en piedra, desgastada por el tiempo y los muchos avatares, la mirada universal del viajero que ve en la ciudad el pulso de la historia señalado en cada poro de la vida hoy, y la mirada de la ciudad que sigue ahí, en su observancia de los tiempos que le tocan vivir. La ciudad tiene el afán de sobrevivir, que es mucho para cuanto ha vivido y para cuanto ha muerto. No la conozco tanto como para resumir sus esperanzas, que de lo que hablo es de la mirada mía como si fuera una cámara en travelling permanente atento a ver y guardar los signos de la humanidad que almacena. Hay en el tipo de mediana edad, que nos mira desde los griegos, un gesto ligero que pienso casi irónico, matizado, sin superioridad alguna. Siempre quedará una sonrisa, pienso literariamente, en este Berlín atormentado que parece haber encontrado su destino.
El Altar de Pérgamo: Conviene no olvidar que un Museo es más que un contenido un espacio de tiempo aprisionado por la voluntad de mostrarse. Ante la inmensa multitud de visitantes que poco perciben y sienten sino una admiración prestada de las pocas líneas dedicadas en la guía que portan en su mano, el contenido tiene voluntad de permanencia y vocación de exhibirse, consciente de si mismo, seguro de lo que representa. El Altar de Pérgamo, encerrado en su espacio grandioso, se deja acariciar, transitar, ocupar, por gentes de todo el mundo que llevan, cuando menos, la sorpresa de la visión monumental; porque nada de lo visto eantes s tan grandioso y en la soledad del museo tan indiferente. Está en si mismo, abierto para quien entra en la sala, alejado, dejando aire entre el visitante y él, para que el acercarse se convierta en si en una ceremonia que cada uno de ellos repite con la mirada bovina de la indiferencia o con la asombrada visión del sentimiento. No hay palabras, salvo las muy expertas, que caerían en la frialdad descriptiva, que puedan resumir el impacto: hay, si, un recuerdo de Paestum, en octubre de hace unos años, al caer la tarde y ponerse el sol por el mar al que se asoman los templos y una especie de color de bronce se enseñorea de la piedra desnuda, abierta al mundo y a su mundo.
Como allí, frente al altar no le cabe al espectador más que sentirlo, lo demás es superfluo. Está ante lo griego y ahí debe sentir algo así como palabras mayores, porque si el templo fuera en si piedra sin "lo griego" le vendría a suceder lo que a la vecina Puerta de Istar de Babilonia, que con toda su majestad, queda disminuida porque la vida que esconde no tiene el aliento vital que sí tiene lo griego. La puerta es ladrillo decorado magníficamente; el Altar está en nosotros y así lo ,percibe el visitante, que se reconoce en él, por mínimo que sea su conocimiento, así pues el Altar es él, piensa, y él está en el altar y cuando asciende por la escalinata él y el altar son parte de la misma esencia que ha discurrido a lo largo del tiempo, de lo que da el filósofo en llamar historia acaecida. Es el Altar el que acoge después de llamar al visitante y el que generoso le muestra su apertura hacia lo interior. Después de todo, piensa, venimos de lo griego y siempre, al empezar a pensar volvemos al inicio, al poema de Parménides, a los aforismos de Heráclito, al poco leído Platón. Lo griego está en lo griego, y está en lo romano y está en el reencuentro con ello en la Edad Media, en Ibn Rush y, y, y... Cabe aceptar que si no fuéramos parte de lo griego, seríamos lo bárbaro, en todo el uso amplio del término, se dice, y entonces la Puerta de Istar, de majestuosa presencia, sería nuestro ideal: no lo es. Cuando entra en el patio del altar, en lo alto de la escalinata, el visitante que ha comprendido entra en sí mismo y se reconoce. El y el Altar se contaminan de lo mismo, de lo común, del origen. El visitante, que ha recorrido la ciudad entre una enorme cantidad de edificios de corte neoclásico, que son, en la práctica histórica, el acta fundacional de una ciudad que emerge superando el barroco, reencuentra su geometría, su medida, sus dioses. En el altar, el viajero comprende al fin la realidad: no es un bárbaro.
Y puesto que no es un bárbaro se extasia ante la lucha entre gigantes y dioses y ve como estos son empujados a lo alto, mármol de expresividad absoluta, perfección escultórica tallada con el sentimiento de la fe en la propia historia y en el propio mito. Los frisos que recorren la escalinata dan fe del titanismo épico de una historia que desde el mito descubre el pensamiento y nos lo deja como legado. Volver a los griegos que nunca nos han abandonado, piensa, es el punto de partida de una nueva iniciación, y le vienen a la cabeza unos versos órficos que no puede dejar de citar:
Me estoy muriendo de sed. - ¡Pues vamos!
Bebe de la fuente inagotable a la derecha,
donde se yergue el ciprés.
- ¿Quien eres? ¿De donde vienes? - Soy hijo
de la Tierra y del Cielo estrellado.
Simbólicamente ve, en el fragmento de friso con que cierra este escrito, el terrible desencuentro de dos seres, espalda frente a espalda, y se pregunta si habiendo dado la espalda a lo griego, olvidando el origen que está en cada uno como aliento, cultura, medida, no se acabará hundiendo en lo extraño, en lo bárbaro. Pero ve en la otra fotografía algo que le parece prometedor y le iulusiona: lo griego se muestra a la muchacha y se abre para ella.



Así habrá de ser, respira aliviado y mientras sale del lugar piensa, reconoce que con nostalgia por lo no visto, que este Altar y estas esculturas debieron ser, en si, en todo su esplendor, del lugar bajo el cielo azul y bajo el sol de su ciudad. Cabe admitir sin embargo que no han sido los arqueólogos los enemigos de la antigüedad que han arrebatado y llevado a sus museos, sino los molinos y los hornos que proliferaron en el mismo Pérgamo y en el foro romano, y que desmontaron losa a losa y piedra a piedra, el mármol para pulverizarlo y convertirlo en cal. Trata de explicar esto a alguien durante el almuerzo, pero este, de irrenunciable conocimiento insiste en el expolio. El viajero se siente feliz de haber estado aquí y deja de insistir. Cada cual tiene su verdad, aunque no lo sea.