Mostrando entradas con la etiqueta Confidencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Confidencias. Mostrar todas las entradas

martes, marzo 24, 2009

Es lo que hay.


No hay programa previsto sino esperar. Nada es el tiempo, lo diluye todo: es pues el gran diluidor; si es que es algo, un espacio en el que todo se va borrando mientras dura una presencia que parece sólida. La solidez de la piedra. La solidez del sonido. La de la visión. Todo lo que se ve es tránsito. Es lo que es, o es lo que hay, al decir coloquial. Podríamos hablar de la indecisión, el Hombre del Prado cree que vivir es lo indeciso, lo indecidido, lo que se ha decidido, lo que muestra que podía haber sido mejor, o peor. La indecisión del ir, mientras los acontecimientos van siguiendo en su solidez camino propio. Cuando algo se ha decidido ya no es. Lo terrible del ayer es que es tan inmediato que parece que puede tomarse en la mano y corregirlo.

Es lo que hay. El viejo amigo de trece años se va. Ya no pasea. Parece que no puede con su alma y anda despaciosamente de un lado para otro. Nada le duele, no hay pues sufrimiento. Observa a su alrededor lo que sucede y quiere unirse a ello, va y viene. Se tumba en una alfombra, o sobre las losas frías. De vez en cuando suspira, o gime con algo que parece un maullido; pero no es el dolor ese gemido, sino lo que parece un abandono resignado. Sale al jardín y da una vuelta en busca de un lugar que le acomode para su necesidad. Hace días que no va al bosque, ni se acerca. Cincuenta cien metros camina a lo sumo, por la calle; los árboles quedan lejos y los elude. Da media vuelta y espera que el Hombre del Prado le comprenda y haga lo mismo. Entonces trota un poco, sacando el gesto de un ánimo que decae. Vuelve a la casa. Sube las escaleras de la entrada con lentitud parsimoniosa, recreándose en el esfuerzo. Llega a lo alto. Duerme por la noche inquieto, se despierta, se acerca a su amigo que duerme cerca y da con la pata en el cobertor. Hay que salir al jardín, donde camina sin rumbo. Vuelve a entrar mientras la noche es todo. A veces amanece y la luna se retira. Hace frío, pero no mucho. Apenas come. Bocaditos preparados con esmero de pollo, bolitas de arroz que apenas digiere, algunas exquisiteces; no importa que puedan hacerle daño a su maltrecho hígado: las disfruta. Después de la cena sube al sofá, entre Ana y el Hombre del prado, y se arrebuja. Extiende la cabeza, de peso tan leve que se diría que es siempre una caricia, y lame la mano más cercana. Luego dormita y ronca, con la misma levedad.

Conviene, por el bien del alma, apurar esta última compañía.

jueves, febrero 28, 2008

Nueva etapa.

Este blog cambia de formato a partir de hoy mismo. En los últimos días ha estado su autor dando vueltas a la idea de seguir con lo hecho hasta el momento y no sabía como. Día tras día, últimamente semana tras semana, ha ido publicando unas columnas que no han sido que una pulsión necesaria. El aliento vital de los clásicos se ha convertido aquí en una corriente de palabras hilvanadas por ideas, o por el contrario, de unas ideas dispersas hilvanadas por palabras. La primera y su alternativa vienen a ser, representando cosas diferentes, sustituibles la una por la otra.

El que esto escribe está seguro de que un Post es un ejercicio del exhibicionismo de autor, que en el caso del negocio editorial alcanza la justificación de la notoriedad remunerada. En este universo de voluntad personal soportado por una tecnología anónima, la exhibición del texto no es una casualidad producida por el aburrimiento, sino la necesidad de comunicar en seres anónimos, abriendo un territorio desconocido, apelando a lectores, interpelado por ellos. EN EL BOSQUE ha sido, durante algo más de dos años, el lugar en que un hombre ha tratado de resumirse conociéndose a partir de una premisa: todo ser humano ha sido diseñado a imagen y semejanza de su tiempo en los días en que, incapaz de defenderse de ese diseño, no ha podido sino sentar cabeza y convertirse en alguien de provecho. Hay un momento en el cual conviene deconstruirse, recoger cada una de las piezas que le componen y guardarlas con mimo, no vaya a necesitarlas en el proceso siguiente de construcción de un YO, seguramente inseguro, pero cuando menos, vacío de todo lo superfluo.

Alguien a quien el Hombre del Prado respeta enormemente, desde su capacidad intelectual enorme y disciplinada, le decía hace una semana, que no podía "creer lo mismo que sus padres creían"; y en esa afirmación late la tragedia de una educación sentimental que alcanza desde el pupitre hasta la alcoba. Hace dos años, el Hombre del Prado, que decidió distanciarse del autor que escribe, como parte inicial del proceso de verse, cosa que es algo más que un recurso literario, decidió que era tiempo de conocer aquello en que creía, que era lo que sabía, cuales eran sus certidumbres, cuales sus disimulos.

Decidió escribir acerca de Él, que era acerca de sí, convirtiendo el paisaje en que vivía en un lugar de aislamiento, visible desde las ventanas frías de cristal y las emocionadas de los sentimientos. Una cierta soledad afloró, no trágica, sino seguramente aquella soledad que como una vestidura lleva cada uno de los mortales sobre los huesos y la carne. Existe esa soledad pues cada uno es su YO, y en ese personaje, vislumbra a los demás como la otra parte del universo. Nqadie puede negar que esa visión, a fuer de personal, es solitaria. Nadie ve lo mismo que el otro, o que los otros. Nada hay de vergonzoso en resaltar la soledad de cada uno, antes por el contrario, le parece que lo es afirmar la felicidad permanente del que actúa en el circo día y noche y desesperadamente se convierte en un ser "a modo de"...

Hoy ya sabe que no sabe prácticamente nada, y que nada le importa saber más. El saber es inalcanzable; no el razonar, darle al pensar por la emoción de divertirse consigo mismo. Pero saber, lo que se dice saber, ni leyendo todo lo escrito en la historia de la humanidad, se conseguirá saber a ciencia cierta, no lo que se sabe sino aquello que debiera ser sabido perentoriamente: tal vez el amigo en la mesa del restaurante apuntaba a ello, aquello que es imposible creer aunque en la emoción se desee. ¿Cómo saber cuan cierta sería esa certeza ausente?

El Hombre del Prado siente que se ha vaciado y que está ligero, como un cuerpo vacío de aliento vital esperando a que un alma de aire, más ligero que el éter, le llene de nuevo. Y en esa ligereza siente felicidad. Ha conseguido arrumbar a un infinito trastero la idea de que era, ante todo, un hombre preocupado y sabio y se siente feliz cuando puede considerarse un despreocupado ignorante. Es consciente de que a lo largo de su vida, ya un poco larga, ha seguido las modas que dictaba la razón de los otros, siendo él también y lleno consciencia un otro, y que sin reparar en como, ha dejado de contar con el exterior. La gran tragedia de la humanidad, piensa, ha sido dotarse de tan grave seriedad para explicarse, cuando probablemente no sea sino una casualidad, creada o no, en un juego de cósmica pequeñez.

Escrito esto, afirma que seguirá en el post escribiendo sus cosas, porque el bosque sigue siendo bello y Goyerri un fiel amigo.

domingo, febrero 24, 2008

Confidencias. M y D: Una ecuación apasionada

Esta historia es ficción porque es realidad, y es realidad porque es ficción.

D ama a M y M ama a D. Se aman apasionadamente: amistad y pasión les unen. Llegó antes la primera y durante ella, M se unió a otro y ambos se amaron. Tiene el amor la índole del conflicto entre personas que suele ir a más, como también a menos. No es posible vivir sin él, está en la naturaleza de cada uno, de todos: el conflicto tiende a la crisis y en ocasiones se resuelve con mayor amor, con mayor compañía. Llegar a través del conflicto a la compañía es un arte complejo, porque en el amor lo primero que tiende a la fatiga es la pasión. Recuerda el Hombre del Prado a una mujer que le decía "tanto nos amamos que acabaremos gastando todas las veces" y fue cierto. Se gastan las cosas por el uso, todas; si nada llena el vació que deja su paulatina desaparición queda un hueco que puede convertirse en mortal aburrimiento o terrible compañía. Quien eso le dijo al hombre del Prado fue la madre de D, y acertó. Conviene reconocer, al cabo de los años, que el antagonismo tiende a negar cualquier evidencia de sabiduría, pero la serenidad, hija del tiempo, pone las cosas en su sitio: ella acertó.

Pues M se unió, apasionada y enamorada, a otro hombre y con él se fue por el mundo. La vieja amistad con D siguió un curso epistolar, palabra más precisa y emotiva que emails, que es lo que técnicamente eran. Cuando N volvía a casa, en el cíclico ir y venir de los viajes, ambos se encontraban y regalaban confidencias. La confidencia es la base de la amistad más profunda, la entrega de uno al otro, la puerta abierta a la necesidad de descargar las angustias que agobian en los oídos precisos. La amistad se alimenta del placer de la confidencia.

D recorrió diversos amores, diversas pasiones. El Hombre del Prado le veía ahora feliz, ahora infeliz. Confiesa D que cuando un amor era quieto y sútil, él lo estropeaba como si le faltara un cierto desequilibrio. hay quien no sabe vivir en calma, si es joven no puede. Siempre existe una aventura más peligrosa, un riesgo mayor, una emoción más intensa. Nos va, dice la gente, la descarga de adrenalina, pero el hombre del Prado no sabe bien que quiere decir eso. Todo es química, eso si lo sabe, pero no quiere aprender ahora un nuevo lenguaje hecho de tecnicismos para reconocer que los humanos existe una tendencia innata al peligro. Una amiga a la que no ve hace años le confesaba que sin apasionados encuentros a espaldas de su marido, la vida le parecía vacía; no lo hacía por desamor, sino por llenar vacíos de manera metódica. Tenía amantes, y disponía, en un plan de vida metódico, diseñado para la infidelidad, de los jueves, como día de libertad. Se acicalaba y bajaba a Barcelona para pasar el día con amigas a las que veía hasta la una, hora en que se encontraba con su amante, comían juntos en un cierto escenario que preñaban de romanticismo escondido y visitaban un hotel donde se encontraban cuerpo a cuerpo. Le confesó un día que a veces, solamente a veces, imaginaba que se abría la puerta de la habitación y entraba su marido: a ella, imaginar esa escena violenta, le causaba placer.

Un día M, no de repente, que estas cosas no son así, miró a su marido y no le reconoció como ella querría reconocerlo. tal vez había cambiado, pero lo más probable es que la pasión hubiera dejado paso al hueco que se rellena de sentimientos imaginados. Él, pensaba ella, era una buena persona, un marido solícito, no se merecía que ella le desamara, no se merecía que ella sintiera que se abría un foso entre ambos. Esos fosos no existen en realidad, pero conviene imaginarlos para ignorar que lo que se interpone es el cansancio del otro y la necesidad de libertad. Todos los amantes repiten el mismo gesto, viven el mismo desasosiego cuando llega el momento. Quien no lo siente y repite, de manera constante, se convierte en la figura de "donjuan", un cierto profesionalismo le invade: ya solamente le atrae la aventura si tiene como escenario el territorio de la pasión, repetida siempre la misma con distintos cuerpos. Volviendo a M, ella volvió a casa.

Surgió entonces en la vieja amistad con D, en el territorio de las confidencias, un apasionamiento basado en la comunión a que habían llegado, en la intimidad de los amigos que necesitaban verse y contarse sus cosas. D estaba solo, M se liberaba. Hasta ese momento; M pedía a su pareja comprensión y libertad. Pero el amor tiende al conflicto, y aquel, abandonado, decidió actuar como el amante desposeído: decidió luchar, seguirla, convencerla de que todo puede recomponerse, que es lo que siempre se dice cuando se está ante un estropicio. El tiempo de amar acaba como el tiempo de vivir, en un agotamiento. Quien no lo quiere reconocer y lucha es porque se siente herido en lo más íntimo: la propiedad de su felicidad, de su tranquilidad, de su recorrer la vida seguro de que todo está bien.

M iba y venía; no sabía negarse al requerimiento del otro porque se sentía culpable. Antes, seguramente no, porque estaba sola con su agujero en la tripa y sus largas horas de pensar en la anhelada vida que se le escapaba. pero ahora, con D en su intimidad, en su pasión, viviendo la gloriosa explosión del amor, se sentía culpable porque su abandono tenía compensación, porque tenía apasionadas razones para no querer estar con con aquel. Es irremediable la llegada de la culpa, debe ser ella la que demuestra la existencia de la conciencia, la pugna entre el alma racional y el alma apasionada. M, ahora, quería que fuera su marido quien la dejara de lado, quien comprendiera que habían terminado y en las largas conversaciones que se producen, generalmente hasta altas horas de la madrugada, agotadora circunstancia de dar vueltas y vueltas a lo mismo sin concluir nada más que restan pocas horas para el sueño y la fatiga va ganando terreno, la física, que es la que maltrata a la otra.

No le contó que tenía un amor y que era correspondida; no le contó que durante varios meses vivieron la mejor de las pasiones, la cotidiana. Nom le contó como había vuelto la alegría a ella, como la emoción podía con su cuerpo hasta derrumbarlo, como no hacía más que pensar en D, como cada ausencia tenía que llenarla imaginándolo, pensando en él, recorriéndole con las caricias de la mente. Tampoco le contó que a D le pasaba lo mismo con ella. He aquí, se dijo M, que estoy mintiendo porque no quiero que se sienta desposeído a causa de otro; quiero ser libre por mi misma. El tiempo lo cura todo, pero nunca a corto plazo, ahí el tiempo desgasta. Aquel hombre, que poco sabía, salvo que forzando la situación conseguía que volvieran a verse, que se produjera algún que otro rencuentro que de nuevo terminaba con la marcha de ella, presumía que cada uno de ellos era una pieza más de su victoria. No es bueno tomarse esas cosas con espíritu de victoria, porque de suceder, suele ser pírrica. ¿Que se consigue con el trofeo en casa si al cabo de todo no te ama?

M le pedía a D que la ayudara, que le indicara que hacer, y D se negaba. No podía, no quería, razón sobre pasión, influir en ella. Intuía que estaba ante el amor de su vida, de su corta vida, pero ya en inicio de cierta madurez. Él creía que el conflicto era de ella y solamente ella debía resolverlo. Pensaba, es cierto, que si M no le decía a su marido que estaba enamorada de otro hasta convivir largas temporadas, se estaría produciendo, además de un engaño, una situación que alimentaba la presión sobre M. Si él no lo sabe, pensaba D, pensará que es posible conseguir su objetivo y M volverá. Si lo sabe, por el contrario, tendrá que asumir que todo está acabado definitivamente y entonces yo seré libre para ayudarla.

El Hombre del Prado entiende que la vida es conflicto. Un día le dijo a una mujer a la que amaba, desmesuradamente piensa ahora, lo mejor es que me vaya, pero por favor: no me dejes. Escribió un hermoso poema que guarda, muy pocas guarda pero este sí, que era lúcido y como ya ha escrito hermoso, que se iniciaba con este verso: adios, amor, adios; no dejes que me vaya. Luego todo acabó disuelto en el tiempo: una mañana, al despertar, ya no estaba ella en su pensamiento y la casa volvía a estar habitada por las luces y los ruidos del exterior. Cada cual sale de sus tumbas como Lázaro, resucitando un día tras otro. En esa parábola existen tantas metáforas que conviene leerla y recrearla. El Lázaro al que Jesús resucita tal vez no haya muerto, o es que hay muchas maneras de morir y solamente una es para siempre. Cuando habla con D le dice que todos los tejidos se recuperan de sus heridas, que las células se regeneran permanentemente, que no somos nunca el mismo que fuimos y su amigo lo entiende, lo acepta, pero espera a que M camine con paso decidido hacia su verdad.

Es lo que tiene el amor, que nos convierte en parte del otro y depositarios de la más absoluta de las paciencias.

miércoles, enero 30, 2008

Confidencias (II)

(Debe leerse a continuación del post anterior)

El Hombre del Prado camina ahora ligeramente detrás de S.Z. y le ve enorme, alto, más que grueso grande, ágil sin embargo como una bailarina, caminando con pasos cortos, algo femeninos. Ha cogido una rama del suelo y se apoya en ella como se apoyaría en un bastón, hasta que con un crujido se parte. ¿Que rama aguantaría ese peso, ese devastador apoyarse para, dándose impulso saltar de un pie a otro, de un paso a otro? Mira la rama rota y acaba de separar las dos partes.; se queda con una a modo de bastón de mariscal de campo o de varita mágica que agita en el aire. Tiene un cáncer, le ha explicado. Un cáncer primario, detectado a tiempo: los médicos le han dicho que debiendo preocuparse, debe de estar tranquilo; es curable, operable. El viaje a Madrid ha sido para hacerse unas pruebas, sin decir nada a nadie, ni a su mujer ni a sus hijos: la familia es una piña, piensa el Hombre del Prado. Nadie imagina que haya metástasis, que hayan nódulos secundarios: ha tenido suerte, le han dicho, no hay como mantener un buen control preventivo.

Se trata una vez más de mi fortuna, le dice caminando. El pino ese que hemos visto no sabe que el muérdago podría matarle, yo sé que el cáncer que tengo no me va a matar. ¿Que crees que es? ¿La mano de Dios? Ríen los dos. Cuando llamó por teléfono para anunciarle su visita a Madrid y decirle cuanto le apetecería verle, aunque fuera poco tiempo, volver a charlar como hacía años, tomar una copa, recordar nombres, personas, el Hombre del Prado le dijo que no vivía ya en la capital, que estaba a sesenta kilómetros, encerrado en un bosque, inmerso en su vida (no le dijo cuanto había tratado de despojarla de lo irrelevante para sentirla más cercana y propia) porque tal confidencia estaba fuera de lugar con S.Z. Pero recordó partidos de tenis, formando pareja, admirando a aquel enorme y ligero compañero que salvaba los partidos con subidas a las red que eran inimaginables, con una enorme y efectiva manera de jugar que, según confesaba, había aprendido solo. Es natural, decía a quienes se interesaban por su capacidad de juego sorprendente, nunca he dado una sola clase. ¿Porqué no vienes, le propuso, a mi casa del bosque y duermes aquí? Al día siguiente te llevaré al aeropuerto. Le debía esa hospitalidad a quien tanto había sufrido teniéndole a él por compañero de juego, y durante años no había proferido nunca la menor queja.

Durante el desayuno, les contó a Ana y al Hombre del Prado el asunto del cáncer, las pruebas que se había hecho, el agobio de su cuerpo enorme encajado en la máquina del Pet mientras la máquina zumbaba recorriendo su longitud de la cabeza a los pies. Me preguntaba que verían, y si queréis que os diga la verdad, pensaba que me iba a morir, que me estaban engañando. Ana le habla de la necesidad de creer aunque se dude y S.Z. le contesta sobre lo fácil que es dudar. Porque todo lo que le viene a la mente y al lenguaje surgió la noche anterior como un arroyo que empieza a manar, algo casi irrelevante y sin fuerza: no se trata de miedo, asegura, sino de un descubrimiento insólito: puede morirse, no de una manera genérica, sino ciertamente. Así es que uno puede morirse ahora, en unos meses, en menos de un año o dos. La vida, insiste, es repentinamente una certeza que expira a plazo fijo. He ahí una novedad.

Están entrando en el pueblo por el norte, que permanece solitario, un paisaje casi sin figuras, habitado por neblina ligera que humedece el aire y le confiere brillos acuosos. ¿No es lo deseable, dice volviendo a su tema, una vida sin altibajos, siempre un poco mejor, basada en la fortuna y el trabajo, en la suerte? Nunca ha tenido un problema cuando mirando a su alrededor eran evidentes; sus hijos fueron buenos estudiantes, cariñosos; su matrimonio no conoció altibajos, las discusiones eran siempre por nimiedades que acababan disolviéndose en nada; su trabajo fluía y le permitió conocer a gente interesante como el Hombre del Prado, al que confiesa haber admirado siempre por su manía de pensar, de dar la vuelta a todo: le gustaba escucharle y pensaba que aprendía de él aunque ninguna inquietud quedaba en su espíritu; su retiro en la casa de Santánder era un largo período de tiempo, repetitivo, hecho de costumbres agradables: embarcar de vez en cuando en el barquito, pescar de vez en cuando, sentarse en el jardín, en una tumbona o dormitar viendo la televisión. ¿He hecho algo mal para no ser, una vez por lo menos, desgraciado? El Hombre del Prado se ríe. Anda, vamos a comprar el pan, que se lo ha pedido Ana al salir a caminar con Goyerri.

Una libreta, que es como llaman aquí a la hogaza: y a la barra de pan, pistola; y a los pequeños panecillos para tostar y tomar en el desayuno con mantequilla, pulgas. Piden seis pulgas y la libreta y Luis, el panadero, socarrón, con su broma de siempre, que debería estar gastada, le dice: le daré entonces la mitad de media docena. Le devuelve el cambio y saliendo, ahora sí, reemprenden la marcha hacia la casa caminando por la acera que bordea la Nacional VI. ¿Qué puedes haber hecho mal? ¿Es que ser desgraciado es una obligación sin la cual no se debe vivir? S.Z. se ríe y hace girar la media rama desgajada en el aire, a su costado. Verás, y no quiero molestarte más, es que de repente, en el Pet, me dio por pensar en cuando era joven y me pregunté por mis inquietudes de entonces. No las encontré. Me dije que los jóvenes deben de tener inquietudes, que seguramente yo las habría tenido. No pude recordarlas. ¿Quise ser otra cosa? Imaginas que hubiera querido ser otra cosa y lo hubiera dejado atrás? Ahora me ha dado por leer libros de historia y disfruto mucho con ello, y como sé que no me voy a morir seguiré disfrutando. Pero, ¿quise ser algo más que un impresor? Porque ni siquiera lo fui, monté una imprenta como podía haber montado una peluquería. ¿Porqué me da ahora por la historia? ¿Entiendes lo que me agobia? ¿Le agobia realmente? El Hombre del Prado cree que no, que en realidad se ha abierto un agujero en su confianza en la vida real que ha tenido hasta este mismo momento en que vuelven a casa caminando. Si pudiera recordar alguna inquietud de juventud sabría, podría saber, en que me he equivocado, añade.

He aquí se dice el hombre del Prado, a alguien que necesita encontrar un tropiezo en su vida, una culpa que expiar. ¿De que podría acusarse en un juicio final? ¿De afortunado y feliz? Vamos, vamos, le dice, déjate de chorradas y opérate, sube al barco, pesca, lee historia y muérete cuando te toque. Pero nada de esto convence a S.Z. Seguirá buscando una culpa en pos de una expiación.

Mientras, después de comer, van al aeropuerto en coche, reparan en que no han hablado de nadie, ni de los viejos tiempos, ni de los partidos de tenis. Y empiezan entonces a hablar de la vida.

domingo, enero 27, 2008

Confidencias (1)

Soy un vividor, le ha dicho S.Z., mientras se encaminan hacia los senderos del bosque. El Hombre del Prado se sorprende porque la expresión tiene mal sonar; su compañero se lo aclara de inmediato, consciente del peso de lo dicho y de la interpretación que pueda hacerse. Palabras hay que están marcadas por el más reprobable de sus significados y este inmerecimiento que acaba calificándose a sí mismo se convierte en su residencia en el lenguaje. Quiero decir, sigue hablando, que creo que he vivido a costa de la vida misma, de la suerte, de la misma fortuna que me ha acariciado sin ir yo en su busca.

Es difícil caminar con S.Z., porque tiene la manía de pararse cada cuatro o cinco pasos para reforzar su parlamento; no sólo pararse, sino que además tiende la mano para sujetar el brazo de su acompañante y detenerle, con lo que una conversación iniciada por el placer de hablar caminando, se convierte en un lento proceso de caminar y parar, volver a caminar y volver a parar, que convierte cualquier camino, por corto que sea en interminable. A veces, sigue S.Z., oigo hablar a amigos míos de sus cicatrices, reunidas a lo largo de la vida. Yo me miro por dentro, hago memoria, y te aseguro que no tengo heridas, cicatrizadas o no. El Hombre del Prado se pregunta entre parón y parón si es posible que alguien viva sin cicatrices. Antes de recibir la visita de su amigo, estaba leyendo "Vida y Destino" de Grossman, y una cita le ha llamado la atención: "el pasado es ingenuo" y en un sentido aproximado a ello cree que tal vez su acompañante mira hacia su pasado y le sorprende su ingenuidad, tan blanca, tan escondida de cualquier conflictos. No acaba de creer lo que le dice y antes bien, piensa, que sin mentirle, se engaña a si mismo. ¿Quien, rebuscando, no encuentra una cicatriz señalando la piel de la memoria, el rastro de lo vivido?

Fíjate, dice S.F., que me cuesta reconocer mi vida. En el sentido de encontrar en ella acontecimientos que me hayan marcado especialmente, cuando esos acontecimientos que marcan a todo el mundo son tragedias. La miro hacia atrás y veo que se trata de una película sin colores fuertes, desvaída, un tanto difuminada. Yo soy el espectador sentado en el cine, y no me emociona nada. Diría que es una película sin acción, con un guión poco original y muy aburrido. ¿Cómo es asó? quiere saber el Hombre del Prado. Fíjate, sigue el otro, que no lo sé, es verdad que no lo sé. Seguramente quería hacer unas cosas y acabé haciendo otras. Sin darme cuenta de nada, me encontré en otro destino que el que había proyectado, y allí estaba feliz y bien acomodado. Claro que...

Caminan por la ladera de Aguas Vertientes, donde en su descenso choca con la tapia del campito de fútbol que no tiene hierba, con el terreno de juego de tierra. Unos carpinteros en la grada transportan tablones de un sitio a otro, y piensa el que escribe que estarían cambiando los asientos. Viene de frente hacia ellos una mujer de edad, mayor, aparentando más de sesenta años, que acompaña a un perrillo que trota delante de ella y que al cruzarse con Goyerri hace ademán de pararse, pero debe pensárselo mejor y pasa de largo ante el hocico estirado del perrillo amigo, que se muere por oler a cualquier cosa viviente. Se saludan con cortesía e intercambian cuatro palabras sobre el tiempo. Nada mejor que salir a pasear con el perrito, dice ella, para mantener un poco la salud. Así es, contesta el Hombre del Prado. Es la mejor medicina. Ella añade sin venir a cuenta: mientras funciones ésta, y con el dedo índice de la mano derecha, ligeramente curvado se señala la frente, y estas, y ahora el mismo gesto se dirige a las rodillas, hay que pasear y vivir lo mejor que se pueda. Se separan. ¿La conoces? pregunta S.Z. Nos hemos visto de vez en cuando por aquí. Pues parecíais amigos de toda la vida. No, no tengo amigos de toda la vida. tengo pocos y son recientes. Y eso, ¿porque? pregunta S.Z. Cosas del ser emigrante.

Suben la colina para bajarla de nuevo por el otro lado, donde el arroyo desemboca en un claro, formando una curva cerrada. Se cruza por el agua sobre una pasarela de losas de granito encastadas en la tierra, ennegrecidas por el tiempo, el polvo, verdín y cardenillo que las pone un poco resbalosas. Ve con cuidado, le dice a S.Z. y éste cruza el lugar caminando con precaución, extremándola de tal manera que parece que camine de puntillas, balanceando su enorme cuerpo y extendiendo los dos brazos, como si se tratara de un funámbulo sobre el cable. Emprenden la cuesta, empinada y corta, hacia un barrizal y alcanzan de nuevo la ladera, allí donde entra los árboles se vislumbran las casas de Los Robles, que chalates de estilo montañés: piedra, grandes vigas de madera y enormes ventanales que tratan de descubrir el corazón del bosque desde el interior cálido de los hogares.

Fíjate, que todo lo que iba haciendo me salia bien, lo bastante bien para hacer que mi vida haya sido acomodada. He ganado dinero, he montado una fábrica que ahora dirigen mis dos hijos. La chica me ha salido ingeniera y lleva la producción y él chico lleva lo comercial. Mi yerno está allí también, en la Administración. No me lo propuse, salió y, algo asombroso de lo que me doy cuenta ahora: a mi alrededor, cuando otros cerraban yo crecía. Me preguntaban por la crisis y yo les contestaba que no veía ninguna crisis. Nunca he visto una crisis sino en los periódicos. El Hombre del Prado se echa a reír. Eres un optimista o un inconsciente. También ríe S.Z. Seguramente.

La verdad, ha guardado silencio un tiempo lo bastante largo para caminar un buen trecho, es que no he sido consciente de que era afortunado. Tampoco he pensado nunca que fuera un genio de los negocios. Si todo te va bien acabas creyendo que a todo el mundo, por lo menos a los que trabajan como tú, les va igual de bien. Viajas, te compras una casa, una segunda, el coche, las carreras de los chicos, unos ahorros y ves que a tu alrededor crece lo mismo, como en el campo el trigo. Una espiga no es diferente a otra. ¿Verdad que no? No lo es, cierto, contesta el Hombre del Prado. Pues yo pensaba que todo era así, en todo. Y día me convencieron para que me retirara y para que nos fuéramos a vivir a la playa. ¿Cómo te convencieron? No lo se, me dijeron que ya estaba mayor, que estaba cansado, que me había ganado el descanso. Nos fuimos a la casa de Santánder y allí estamos. Venimos a menudo por los nietos, son lo único que realmente me motiva.

Se ha quedado mirando una rama de muérdago que cuelga sobre su cabeza, en uno de los pinos. Oye, eso es... Muérdago. Si, muérdago. ¿Crece en los árboles? Si, es una enfermedad del pino. Ahí está, chupando la sabia, creciendo a costa de la vida del otro; acabará matándolo. Como a mi, dice, como mi cáncer. Ha venido desde Santander para hacerse una pruebas. Va a operarse en un mes de un cáncer de pulmón, que en estado muy primario, no reviste una gravedad alarmante. Estará, dice, ahí comiendo mi savia, hasta matarme. Se ríe: pero me han dicho que no me voy a morir.

(Este paseo terminará mañana)