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martes, junio 02, 2009

La Casa del Padre. 3 - Una de dos.

No es conveniente practicar el olvido latente, que es dejar que las cosas no existan sin desaparecer. De vez en cuando la conciencia debiera hojear el libro de la vida para ver de nuevo las fotos y reconocer en viejas modas nuevas maneras. Es verdad que el mundo es caos (así lo cree el Hombre del Prado) y que, como escribiera en algún sitio Nietszche, si se pudiera ordenar y alcanzar un equilibrio, ya lo habría hecho, que suficientes años ha tenido para ello. Entre ese caos mescolanza que hace más e vidente la ingente cantidad de comunicación puesta a disposición del recuerdo y del presente, se pueden adivinar los trazos del devenir de las ideas, la trompicada manera en que desde un principio difuso han ido llegando hasta hoy, enraizando en la vida por multitud de terminales que absorven de ella el alimento para su voluntad de permanencia.

La patria, que aquí conviene escribir con minúsculas, es una de ellas. Se la puede adivinar en portadas de periódico en blanco y negro, en desfiles marciales, en asentimientos protegidos por "la seguridad del silencio" -como diría Schmitd cuando se discutía sobre su pasado nazi-, en los libros de historia, páginas iniciales en un Catón o en "España es mía" que se leía en clase. Patria a la que amar por encima de todas las cosas; patria por la que dar la vida ya desde muy antiguo, que dulce y decoroso es morir por ella, como escribiera Virgilio; patria de la que sentirse orgulloso; patria de ejemplar historia, de gloriosa historia a través de la que se alcanzó la fama universal; la patria como razón de ser; la patria diferente; la patria madre; la patria unidad de destino en lo universal, siendo también el tiempo parte de esa universalidad. Patria que excluye a los que no la aman y es ella quien decide lo que es el amor y la que ejerce el desprecio.

No importa, piensa el hombre del Padre, que esas imágenes lleguen de un blanco y negro hijo de la época, pues con el tiempo se han iluminado con el gris de la mediocre mezquindad. Cuesta ver en todo ese diluirse la puerta de lo sublime, que pareciendo un enunciado irrenunciable es a fin de cuentas un espacio vacío lleno de nada, o la nada misma, la nada en sí, un hueco como un desagüe por el que se van las cosas pensadas dejando un rastro de baba, que es el recuerdo. Han quedado los filamentos adheridos a la carne viva de la vida y aunque la inteligencia pueda desearlo, no hay dedos ni fuerzas suficientes para arrancarlos. No haría eso una herida sangrante, sino que como trozos de mineral dejarían zonas petrificadas, adheridas ya para siempre. Lo que fue deja rastro.

Conviene también ir más allá, a la patria del silencio que se alimenta de la historia secreta de la resignación, nunca de la renuncia. esa es la patria de la cocina en la que se habla de ella, se muestra el umbral de lo sublime que algún día se habrá de alcanzar, el sueño de futuro, la voluntad de ser que se explica en voz baja, que se evidencia en gestos secretos, en palabras que solamente comprenden los iniciados. Somos y seremos es el lema matricial de esa consideración; identificada la una es fácil identificar a la otra como enemiga a través de los tiempos, eterna enemiga, invasora de las ideas, negadora de los sentimientos, aplacadora de las emociones. Una, grande y libre, se describe la primera. Desesperada y triunfante se intuye la segunda.

Crece el niño en esa dicotomía, pues lo es, incapaz de resolver esa duplicidad poniéndose de parte. ¿Cómo hacerlo? Habitará en los refugios secretos de la cultura de ambas y a ambas amará dejando a un lado los símbolos triunfales o los deseperanzados. Las palabras le llevarán a los libros y en ellos habitará. He ahí otro ámbito de "la seguridad del silencio". Devendrá la vida en esa esquizofrenia siendo el nilño incapaz de establecer lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Solamente con los años, los muchos años, alcanzará comprender, piensa el Hombre del Prado, que todo ello es cosa de la voluntad de poder de una y otra, de los unos y los otros, y que el refugio seguro fuera en su tiempo el tomar partido, aunque incapaz de ellos y habitando en las culturas, reconozca que ahora es ya tarde para ello.

De ahí que el bosque o el mar sean la patria deseada. Hoy.

viernes, mayo 22, 2009

La Casa del Padre. 2 - Credo.

No cuesta nada aceptar que sin creer en nada se avance en la vida sin sobresaltos cruciales. Es una cuestión de hábito. En el fondo creer es que uno acepte lo que se le ha dicho. En esta vida que contempla, la de los seres prácticos instalados en su percepción del mundo y de la sociedad, de la cultura y de las ideologías, todo al fin lo mismo, la primera lección es aprender a creer. Creer y amar. Se abandona la infancia creyendo, instalado en el confortable "nosotros" o en el terrible "tú" acusador.
Tal vez no sea esta una cuestión metafísica, ámbito para el que el hombre del Prado está poco dotado, sino de una realidad vital conformado sobre las creencias: dios y patria, para empezar. Nosotros, para empezar. Eros como represión. Los otros.
Ordenados en los pupitres que muestran las toscas cicatrices grabadas con plumilla de la inocencia perdida, recuerda el recitado del Credo. Esto no tiene que ver con lo cristiano, se dice, sino con la instalación del concepto creer, pues "creo en dios padre", es decir: creo. He ahí el rito de iniciación a una vida que avanzara inadvertida, dejando senderos perdidos entre las brumas de un bosque que se adivina proceloso. Conviene dejar esto en claro, que ese "credo" inicial alcanza a lo más grande, pues conviene empezar a creer sin barreras en lo más poderoso y al mismo tiempo aquello que más rebañará las aristas de la futura rebelión: creer en el padre, en su obra imponente, en la línea sucesoria de la familia, en la jerarquía del origen privilegiado que determina al héroe, pues ¿no es ese el destino de Cristo? Y en el destino final de redención y ascenso a los cielos, que solamente estará al alcance de los que creen, destino de la fortuna, de la perseverancia y de la fe.
Y sin embargo, aquel niño no creía y recitaba desde fuera de la ceremonía, espectador, siempre espectador como un privilegiado y maldito asiento de primera fila.

jueves, mayo 21, 2009

La Casa del Padre. 1 - El espacio por delante


El paisaje del mar y el paisaje del bosque son diferentes. Habla del bosque para evidenciar un espacio amueblado hasta la saciedad, ocupado por todos los objetos que ocupan sus lugares y dejan los espacios vacíos necesarios para que el caminante se inserte en aquel, sea parte de él. El bosque no llama, acoge, no espera, discurre indolente y receptor. El mar es otra cosa, se muestra como un territorio de vacio inmenso, casi la nada, un recipiente vacío salvo por la luz y la superficie del agua. Hay calima y se diría que más allá puede encontrar la vista algo más, bastará que se levante la bruma cargada de polvo africano que da a todo un resplandor dorado. Pero no es así, se levanta, disuelve, se pierden sus jirones por el ámbito y más allá la nada se ha expandido, se alejan los límites, no los hay si la vista no los encuentra. Hablamos del pensamiento, que resume la naturaleza en puras metáforas.

El mar como la casa. Cambiar de casa, dejar el bosque y asomarse al fulgurante espectáculo de un lugar vacío en el que habrá que habitar con las pocas pertenencias que ofrecen el cuerpo y la mirada. Porque es fulgurante y engaña, que fulgor es reflejo y este, incorpóreo, es fugaz: está y ya no. El Hombre del Prado ya no es de allí, ya no es aquel que presumía de contemplativo, cómodamente arropado por el mobiliario de robles y pinos, abetos, senderos, ardillas, regatos de agua y el rumoroso sonido que viene a convertirse con el tiempo en un silencio sonoro. El Hombre del Prado tuvo otra casa y acabó por desamueblarla. Lo llamaba deconstrucción y ha tardado un tiempo, casi tres años, en entender que deconstruir es vaciar para llegar al puro esqueleto de las cosas: la nada.

Habrá que volver a la casa del padre, se dice, sintiendo que es el pródigo al final del camino de ida. Si no es con metáforas no sabe hablar, no puede escribir. Un hombre es una imagen y dentro de ella un vacío amueblado de heterogeneidad. Se dice: cuanto más consecuente más perdido. Entonces, ¿qué? Cabe exigirse apartar esa sensación de nadear, pues solo puede hacerlo lo que es nada, y eso no es. Juegos de palabras, al final tonterías. Un hombre se aferra a lo que es, orgulloso o no de su andadura; un hombre se aferra, piensa, a lo que siempre ha sido. Memoria e intención. Ya está, he ahí, como puede mentirse uno cualquiera, vanidoso de sí mismo, convencido de su lealtad permanente a la bondad, cualquiera que esta sea, o a la belleza.

Está pues en la casa vacía en la que la luz arrasa los perfiles de lo que no existe, disuelve los límites. Tiene la intención de escribir sobre este lugar al que ha llegado, despacio, sin precipitar ninguna conclusión, por acogedora que pueda parecer. Las puertas más acogedoras ocultan la misma incertidumbre que los umbrales foscos y tenebrosos. Hay que empezar por establecer una sola premisa, una afirmación que sirva de punto de partida. Da con ella sin ningún esfuerzo, pues es tan vasto el vacío que puede, por fin puede, ver con claridad los detalles del almacén sin existencias, porque todas ellas han llegado a su fecha de caducidad. Eso tiene la vida, se diría alegremente, que todo lo que se emprende llega a su autoliquidación, por valioso que sea. Pero no quiere olvidar la premisa que habrá de servir de arranque a este deambular por la playa, el mar, el entorno. Viene la idea como el rayo y sabe que es mentira, porque siempre lo ha sabido: en realidad nunca ha creído en nada.