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domingo, noviembre 11, 2007

Balance y Realidad

325 post son muchos, abarcan casi dos años de escribir en un ejercicio de la vocación y de la tenacidad. Se empezó por el paisaje y la deconstrucción. Se empezó por la voluntad de explicarse, uno a si mismo, la propia vida, sospechoso y cierto, todo es uno, de no saber demasiado de ella. Tanto vivido, tanto leído, tanto hecho y tanto dicho, no eran en aquel inicio en el bosque, sino la vaga intuición de un exceso de equipaje, valijas que conteniendo todo tal vez estaban carentes de cosas relevantes, escondidas en su propia humildad o en la pequeñez, o en la distancia.

Es incierto que el tiempo arrase aunque pueda parecerlo. No es verdad que uno mismo, en este caso el "uno mismo" que ha escrito durante dos años este blog, pueda mirando hacia delante soltar una frase categórica del tipo de "la vida es una estafa" en cualquier momento. El Hombre del Prado, cuando no era quien es ahora, solía ser categórico y saber de todo, confundiendo "saber" con "información"; tenía a gala poder explicar la realidad de cada día a partir de un editorial y en una lista aprendida de adjetivos, describía a cada persona o momento, con fe en la verdad: era de él.

Durante 325 posts, casi dos años de escritura, ha hecho un ejercicio personal de identificación de todas las certidumbres adquiridas a lo largo de la vida. Tuvo siempre, durante casi cuarenta años, la sensación de que en algún momento había abandonado un camino propio y señalizado por la vocación y el ansia, para meterse en un raíl de alta velocidad. Se metió en la vida y se dejó conducir por ella, siempre categórico, siempre verdadero, hasta que perdió de vista el lugar de la bifurcación. Hoy se pregunta por el tiempo cedido en un largo viaje que si resultó beneficioso en términos de confort, a punto estuvo de dejarle en una estación perdida en un páramo sin nombre: un lugar de espera decorado con exquisito gusto, sin dirección a seguir.

Bajó en la estación del bosque, consciente de un hartazgo de los demás. Sabedor de que el caos es la única realidad que se puede tocar, trató de atemperar los efectos. Ana enfermó de cáncer y por vez primera, miró al futuro como un paisaje frontal, como su propia vida, y presintió la ausencia. No se trata de la soledad de uno, sino de la ausencia del otro, lo que descarna la conciencia. El vacío está en ella, se diría; probablemente tuvo por vez primera en su vida, un atisbo de realidad que le cercaba. El tiempo y la enfermedad siguieron su curso y los resultados aliviaron la angustia: hoy por hoy no se muere, se dice, pero ha sabido lo que es verse desgajado de algo a lo que nunca había tenido por realidad.

En el balance de estos 325 posts, ha dicho adiós, convencido, a las ideas hechas imagen de las grandes cosas, patria, tierra, país, gentes, cultura, libros, ideas, afirmaciones, historia, cultura, libros, ideas, afirmaciones, adjetivos, historia, adjetivos, palabras, frases, imágenes... Descompuesto el contenido de la vida en fragmentos, acomodados estos en un almacén en espera de catálogo, ha conseguido finalmente ver la realidad, que es el ínfimo espacio que le separa de ella cuando duermen o cuando desayunan. Así, se dice, que la vida no es una estafa, pero está escondida. Y se dice que ha estado a punto de perderla de vista.

Tan vacío se ha quedado, que deberá volver a empezar para, ordenando las cosas, pasar de la deconstrucción a la construcción. Y en ello estará seguir escribiendo posts, pero otros diferentes a los 325 pasados, porque todo ha cambiado; Incluso tanto, que intuye que es feliz aunque no sabe, ni como ni porqué.

sábado, noviembre 03, 2007

Casi un dios

Las palabras, piensa que le quedan las palabras; y el artificio montado en torno a ellas: el lenguaje: la incómoda carencia de los verbos, el difícil territorio de los pronombres; el vago espacio de los sustantivos. Todo lo que puede expresarse es vago, de aquí el mejor acomodo del silencio. El pensamiento en él se hace monarca absoluto, reino de la intuición y de lo evanescente: una idea sin palabras siempre tiende a ser una absoluta evanescencia: ahora es una certeza y poco a poco deja de ser certidumbre y entra en en la caja inquietante de la duda.

¿Que ha sucedido? Mientras baja la pendiente del monte sobre el prado, siguiendo a un airado Goyerri que muestra su disconformidad con el paseo elegido, él, que querría ir al pueblo y envolverse en la multitud humana que lo puebla, piensa que ha llegado finalmente al vacío de la deconstrucción: ya no hay referencias, ya nada es indicativo de nada y al cabo de tanto estar en el bosque, de tanto escribir casi diariamente (por lo menos durante un largo tiempo) descubre que la cueva que habitó está casi vacia y que todo lo que debiera ser guía, orden de las cosas, asidero para tomar verdades, se ha desvanecido. Las paredes de piedra, los muros del pinar, los senderos de tierra, se han quedado en eso y ya no son ni metáfora: el hombre desnudo ante si mismo ha encontrado el no, y la palabra mágica, ha surtido el efecto a su alrededor.

El Hombre del Prado, despojado de todo menos de una vaga identidad que le habita, no que habita él sino que le habita, que trata de poseerle y se aferra a su íntimo yo, como si fuera el intimo yo, aunque sugiere que tampoco lo es y que podría´ría desvanecerse, ya no es heredero de casi nada y solamente, volcado en una labor cotidiana de trabajar la tierra y mirar el espacio que le rodea, se descubre en vocación de cultivar la tierra, de cuidar de las flores, de guardarse de la lluvia o la nieve que se anuncia. No más poesía, no más conocimiento:_ antes bien menos de todo ello. Y volver a empezar.

Un hombre se vacia de cuanto le ha sido dado como verdad y encuentra en los adjetivos una trampa mortal. Y en los sustantivos. Amor es amor, y miedo miedo. ¿Porqué no tratar de renacer ya vivo? ¿Porque no caminar a construir otra identidad? Vuela sobre el prado un día de sol radiante y un aire fresco que vivifica músculos y venas? Por los ojos entra toda esta belleza que si puede atestiguar que lo es. ¿Podría pensar de otra manera? Los libros que le rodean son paredes, decoración, colores encuadernados, guardados en tapas, conteniendo palabras. Cuanto se pensó y está aquí se borra, que eso es dejar de tener interés. Cabe tratar de alcanzar una certeza y aún ello, en este inicio, parece no tener cabida. Cuesta llegar a lo cierto, por minúsculo que sea, entendiendo como lo cierto la simple afirmación de ser y estar: tiempo y lugar: accidente no es, que la consecución de las cosas aquí le han situado. Tiempo y lugar, aunque solo sea para rechazarlos a ambos y cerrando los ojos encontrar en el vacío, nuevamente, la cueva secreta donde se hizo siendo ya cosa de otros.

Ahora, incapaz de negar a todo, porque el simple hecho de ser es una afirmación, tal vez malsana, deberá restaurar un puñado de gentes que han alcanzado la misma clarividencia del no ver, no saber, no encontrar. Ningún magisterio puede producirle satisfacción, antes bien, solamente los aullidos desesperanzados de los que entrando en la vacuidad, han descubierto en la tierra una verdad cercana: la planta que semillada crece, el mar que se expande y contrae en respiración afanosa, la azada que abre un surco y el remo que se aferra al líquido en la impotencia de hacer al elemento. De la tierra solamente el sendero tiene el valor de la incertidumbre, del hacia donde ir sin conocer destino. No hay ciudad, ni pueblo, ni refugio. Todo hombre es en sí su destino y solo él puede forjar un esperanzado caminar, si tiene claro hacia donde, hacia qué. Que nadie se equivoque, esto no es terrible, pues se anuncia un nacimiento. ¿Es pues, se pregunta, lo incierto, lo que tiene valor? Y abandonando todo el equipaje que tanto pesa, que tanto le ha pesado, que tanto ha querido ser la guía, la agenda, el atajo para deducir de él lenguaje, se dice que es así. Por vez primera en su vida, como un lamento de niño que solo percibe sombras entre luces, siente la libertad de ser, ahora justamente cuando los años pesan.

Hay que acabar el jardín, marcar el huerto, esperar a las nieves y encontrar de nuevo, en las palabras de los otros, el lenguaje esperado. De súbito, que hermosa palabra, se imagina ante un espejo, salvajemente airado, viéndose vacío y vivo, despojado y pleno, y mientras le asaltan terribles aquellos que querrían despedazarle por su atrevimiento, rompe el cristal en que ve el ámbito que le rodea y se siente pletórico. Es casi un dios, ahora que vuelve a ser un hombre.

jueves, septiembre 20, 2007

El inverosímil parto de la bestia

Entre los libros que han llegado en cajas a la playa, está la novela de Vassily Grossman, publicada en francés, Vida y Destino. La casualidad hace que el mismo día en que lo coloca en un estante, se entere de que va a ser publicado de nuevo en español, ya lo fue hace muchos años por Seix y Barral, pasando desapercibido, o eso cree recordar. Recuerda perfectamente que llegó a sus manos como un regalo de un amigo que viajaba muy a menudo a París, y que le costó esfuerzo leerlo, ya que meterse en 900 páginas en francés, contando con una habilidad media para leer y comprender en ese idioma, requiere dos cosas: paciencia y suficiente interés para perseverar en el esfuerzo.

El libro de Grossman le pareció terrible y lo relacionó con otro libro que había leído años atrás: El cero y el Infinito, de Arthur Koestler. Ambos exponen, de los libros conviene hablar en presente cuando son actuales, la cara perversa y escondida del totalitarismo. Y, como por obra de una maldición que actúa sobre la mente de los individuos y que no es sino el peso de la propaganda, machacona, sobre las personas, cuesta creer en sus contenidos. tachar a estos libros de contenido anti comunista, a secas, podía resultar eficaz en los tiempos en que los leyó, pero calaron en él.

No fue hasta mucho más tarde cuando se encontró con Los Orígenes del Totalitarismo, de Hanna Arendt, del que Vida y Destino parece ser la puesta en imágenes (después de todo funciona como una novela) del libro de pensadora judía. Lo que esta teoriza apasionadamente, comparando las dictaduras soviética de la epoca de Stalin, con la dictadura nacional-socialista, aparece reflejado capítulo tras capítulo en la obra de Grossman, de tal manera que uno y otro forman una dualidad compenetrada, un todo coherente narrado con dos lenguajes y si en el libro de la Arendt las imágenes las pone el lector, que ha recibido harta información gráfica de aquellos hechos terribles, en el de Grossman el pensamiento que allí late está claramente expuesto en la obra de Hanna.

La casualidad le ha llevado hoy a encontrar, entre los libros por clasificar, un pequeño volumen, de unas 170 páginas de caracteres grandes y espaciados, titulado Historia de la columna infame. No lo había leído, estaba olvidado en ese sueño que les corresponde a muchas obras que esperan con paciencia su turno y que algo deben de tener, porque en las limpiezas periódicas de una biblioteca, mudan de lugar pero nunca abandonan el sitio. Esta Historia es obra de Alessandro Manzoni, su siguiente trabajo después de haber escrito y publicado Los novios. Manzoni, está seguro, no es sino una referencia en los libros de literatura, cuando se habla de los románticos italianos, y en verdad fue un romántico al que un día arrebató la razón del puro romanticismo y ganó una visión crítica de la historia y del tiempo. Lleva un prólogo de Leonardo Sciascia al que he de volver enseguida.

A las 4,30 de la mañana del día 21 de junio de 1630, Caterina Rosa, una mujer de clase baja vecina de Milán, estaba asomada a la ventana cuando un hombre que caminaba por la calle le llamo la atención. Escribía algo en un papel y de vez en cuando pasaba la mano por la pared. Extrañada recordó que se hablaba en la ciudad, que sufría los coletazos de la peste, del infame untar paredes con ungüentos terribles para que la plaga se extendiera. Y en este sentido denunció al viandante. De como los jueces, la opinión pública y los funcionarios de la justicia convirtieron aquel hecho explicable en un acto de terrorismo contra la ciudad, a partir de la aplicación de la más salvaje tortura, del más horrendo suplicio moral y físico, da cuenta el libro. No uno, sino varios encausados por confesiones alocadas hechas por los encausados para salvar, no la vida, sino limitar o acortar la tortura, fueron apareciendo en nombres sugeridos al azar, sin conocimiento entre ellos ni relación alguna. Los dos principales encausados fueron condenados a ser paseados en carro por la ciudad mientras se les atenazaban las carnes con tenazas al rojo; se les cortaban, primero una y luego la otra, las manos; se les descoyuntaban lentamente los huesos, les rajaban las carnes y finalmente los colgaban cuidando de evitarles la muer5te para degollarlos seis horas después. Sus casas fueron derruidas y finalmente en el solar de una de ellas se levantó una columna, que se llamó infame, en memoria de los hechos y que ya no existe.

Manzoni, en este informe, que no es una novela, centra su interés en los jueces, hombres que debiendo ser responsables, se entregaron a un festín de sangre y tortura a partir de una palabra: "inverosímil". En la medida en que los interrogados por la tortura negaban las versiones que los culpabilizan, la respuesta de los jueces, escritas en las actas del juicio era: por ser su respuesta inverosímil, se le vuelve a dar tortura.. Hay palabras que no son inocentes cuando quien las usa es capaz, porque tiene el poder, de darles el sentido necesario. Curiosamente aparece en las citadas actas una expresión que no es caprichosa y si reveladora: esta verdad referida a las confesiones de inocencia de los reos, son las dos palabras que crean para la verdad la existencia de dos niveles: esta verdad, la suya, no es verosímil y si se observa bien la frase veremos cuan reveladora es de la certeza de que la inverosimilitud es porque no se adapta a esta verdad, la nuestra.

En el prólogo, Sciascia expone un concepto que le llama la atención nada más leerlo: la burocracia del mal. Se refiere a la maquinaria de la justicia que, de buenas a primeras, empieza a funcionar ignorando pruebas, falsificando razones, forzando confesiones y decretando torturas sin cuentos y horrendas ejecuciones de inocentes. Esta burocracia del mal que narra Manzoni y cita como concepto Sciascia, viene a ser aquella banalidad del mal a la que se refiere la Arendt en El Juicio de Eichman. El mal convertido en burocracia se convierte en ciega maquineria cotidiana desprovisto del horror, salvo por la víctima; aplaudido incluso por la ciudadanía que llega a creer en aquello tan formal de algo habrán hecho, ya que ningún ciudadano, en su cabal juicio, podrá pensar nunca que los jueces que deben proteger a la sociedad puedan dedicarse a instaurar el mal, como norma moral de vida.

Al acabar el día, tras haber dado cuenta del libro en una tarde de lectura, una noticia le llega y en cierta manera le conmueve: ha sido detenido y va a ser juzgado el número dos del khmers rojos, co responsable de la persecución y muerte de 1.400.000 ciudadanos camboyanos. Hilando fechas se da cuenta de que todo tema de este cariz no es sino la presencia del mismo mal a lo largo del tiempo, parido por los hombres.

Inverosímil le parece todo lo que ha ido hilando. Esta verdad, se dice, no puede ser cierta porque es inverosímil. Y recuerda la frase de Brecht: aún esta vivo el vientre que parió a esta bestia.

martes, septiembre 11, 2007

El lenguaje y nada

Azorado ante las páginas escritas, ante las palabras alineadas, no consigue comprenderlas pese a que son las suyas. Años de escribir tratando de dar con cierto magisterio le conducen finalmente a la desesperanza. ¿Que es peor, se pregunta, escribir para uno o para otros? Siempre se escribe para uno, es la respuesta, para uno más uno, que es el lector, o más dos... Pero intentar escribir para más de uno es tarea ingrata porque en cada palabra escrita con un significado cada lector hallará otro diferente. Si el impulso de escribir, la pasión por hacerlo, la pasión de hacerlo apasionadamente, tuviera un objetivo menor, podría darse por satisfecho, pero ingenuo, ha tratado de hacerlo para que uno, solamente uno, comprenda lo mismo que él ha escrito palabra por palabra. La desolación está pues en el lenguaje que funciona, cabe reconocerlo, como un limitador de la comunicación, un simple "para entendernos" cuando el objetivo era "para que seas lo que yo soy cuando escribo".

Azorado ante tanta página en la que se enfrasca sin comprender nada, sin otra cosa que ver que un ciertamente elegante estilo de componer las frases, entiende que es llegado el tiempo de empezar de nuevo. Hasta las comas se le han rebelado y parecen haber cambiado de lugar jugando al escondite con la ilación de los conceptos. Hay que comprender que no es el maestro que al dirigirse a los alumnos asume la paternidad de la verdad que está explicando. Después de todo, este pensará que ellos tendrán que romper sus palabras en mil trozos cuando les convengan; objetivo, como debería ser, se sentirá reconfortado al saber que probablemente no dejará otra huella que un rastro de memoria acumulada, el tiempo la borrará o la transformará en un mito: todos seremos narrados durante un tiempo hasta que nada. El no es el maestro, acude a la plaza pública para lanzar al azar una voz con una o dos palabras y esperar que alguien las pueda oír y comprender. Podría decir a los demás ante su pasividad "puedo explicaros quien soy y así me podréis entender en la justa medida". Es otra falsedad ante la que hay que pasar de puntillas, porque no existe una justa medida, un sistema de pesos en lo humano que establezca cuantos son los gramos necesarios para que una incierta verdad, apenas entrevista, pueda hacerse evidente.

Cuando para explicarse el individuo acude a su biografía, asume lo falso y la mentira como propio, tal vez siempre lo ha hecho pero en esta ocasión la evidencia es sorprendentemente clara, pues ante el rechazo debe insistir, sujetar al otro por la manga y retenerlo. Le va a hablar de él para rogarle un tiempo de atención, tal vez tenga un resumen escrito en una cuartilla en la que desde la fecha del nacimiento hasta la superación de sus miserias se mostrará ejemplar. Padre y madre, y hermanos, y mujeres e hijos, formarán un retrato de familia en el que el fotógrafo de turno habrá proyectado un foco de luz maquilladora. Probablemente, para hacerlo más interesante haya creído recordar que fue un hombre terrible, alguien que fustigaba a la mediocridad. Siendo la verdad una pura convención moral frente a la otra verdad, no hace sino procurarse un hogar habitable, una explicación de sus pecados. Guardará esa cuartilla para releerla en la noche solitaria, al borde del camino, hasta saber, finalmente sabrá, que nadie habita en su biografía, ya que suele ser un disfraz.

El individuo ahora se encuentra en el camino, no en la biografía, y estando en él no puede detenerse; no es quien camina sino que es el camino el que recorre el trayecto a la inversa y se le impone; le dice "déjame que sea yo quien te guié, déjame que transcurra por ti, así es más sencillo, es menos doloroso. ¿Para que la voluntad si en el sendero las marcas de dirección están marcadas y vas justamente hacia donde yo te conduzco? Puede tratar de encontrar su explicación en jornadas anteriores recordando un hecho, un acto, un hostal, un cruce, una sombra que le dirigió la palabra o un banco en el que se sentó junto a la fuente, pero las ha olvidado convirtiéndolas en historias de sí mismo, apenas nada que pueda interesar. Lo que ve a través de sus ojos no es sino la representación del camino que se ha impuesto, eso cree, cuando es la pasión de la vida la que le sitúa en él sin más motivo.

Todo lo que oye es lenguaje y lo que ve lo mismo y el mismo sentir sus sentimientos no son sino convenciones del lenguaje. Mientras no esté solo, desnudo en soledad, no alcanzará un territorio libre para perderse, pues no hay otro destino. Tal vez pueda entonces intuir que en la ausencia de meta se encuentra la parte más prometedora de su proyecto de viajero en la vida; tomará cuantos senderos se le antojen siempre convencido que ese que toma es el que más conviene a su momento y al cabo el momento será ya otro y habrá perdido la urgencia de resolver el conflicto y hacer la elección.

Absorto en el bosque no hace sino negar lo que ha sido creyendo ser y tratar de saber lo que fue sin saber. Podrá interrogar a los demás, pero el lenguaje, una vez más, le dará noticias falsas, poniendo ante sus ojos mil figuras y formas que, a su entender, no le corresponden. ¿Quien vivió por mí? se preguntará y no encontrará otra respuesta que "uno que fue antes que tú y al que ya has olvidado". Se tratará seguramente de él mismo, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo reconocerlo? No hay compañía aunque revolotee en torno a él toda la ternura del mundo hasta el punto de llegar a emocionarle. Filosofador al fin, tendrá que aceptar que una vez más le engañan los sentidos que se engarzan a la memoria como valores añadidos, como algo más que deberían, si eso fuera cierto, dar valor y coherencia, resumiendo una verdad que sabe que no existe. Yo no soy la verdad, se dice, que no existe o que puedo ser cualquier verdad en cualquier momento. ¿Cómo borrar esa perturbación de la memoria para que la emoción no le distorsione la visión? Como en un horizonte lejano, cuando volvemos la vista atrás del camino en el monte, vemos el paisaje que hemos recorrido como otro, vuelto del revés y ahora también el individuo es otro. "La vida es muy cruel" repetía alguien cerca de él, e irritado sentía ganas de decirle "¿que sabes tú de eso?". Fue en una noche de tormenta, alrededor de un fuego: no quiso consolar al que lloraba, bastante tiene cada cual con lo suyo.

Yo, afirmará rotundo en el silencio de la ausencia de otros, he sido feliz y de inmediato, el poco tiempo que se tarda en descubrir la traición del lenguaje, un instante cargado de cegadora luz, tendrá que decirse a si mismo o gritar al sendero que no puede saber lo que es, ha sido, será, ser feliz. ¿Acaso he sentido la placidez de ser creado? No cree que se pueda sentir otra felicidad que el saberse acunado en este mundo, cuando comprende al fin que ha sido dejado aquí, arrojado de manera brutal, despiadadamente. Y una vez más el lenguaje: ¿Que quiere decir "arrojado despiadadamente". Todo cuanto piensa con palabras debe ser vuelto a reescribir, borrar palabras que cambian el sentido de las cosas y finalmente encontrarse que de miles de palabras le han quedado las justas, una línea, diez o doce vocablos en los que el sujeto y el predicado están unidos por la vaguedad más absoluta.

Azorado ante tanta página escrita carente de sentido, alcanza el silencio sabedor al fin de que es la ausencia de lenguaje el único idioma capaz de ser comprendido. Aunque, le asalta una frase que leyó hace años de Pierre Klossowski: "¿de que forma podemos hacer para saber lo que somos cuando nos callamos?"

sábado, septiembre 01, 2007

Atardece

Ahora, se le ocurre pensar, ya no debo escribir sobre la vida, sino sobre la muerte. Y eso hace. No porque sea de ánimo pesimista y esté en franca depresión, sino porque de la vida hay que escribir cuando se siente la pulsión de ella saltando por las arterias en busca de un paisaje humano y a la vez comprensible. De la vida hay que escribir cuando se siente el enigma de lo incierto, el miedo de lo incomprensible, la angustia de lo por venir, el aliento de la pasión y la ternura acobardada de los días que pasan sin llegar a ninguna parte. El sol y el mar, la playa como una sábana, el dry martini o la cerveza, el libro de páginas acariciadas, el tacto de las palabras que ofrecen un cuerpo terso, sonrosado, adivinando en el esplendor de un hotelito de tres al cuarto. La vida como tal se escribe en vida y no hay experiencia que valga. Alguien dirá "cuando éramos jóvenes" y demostrará no tener ni idea de lo que dice. Cuando estábamos vivos, piensa, con el mundo abierto en pedazos y la ira, negar esa palabra sería indecente, ofrece al hombre un altar para sacralizar su recién inaugurado reino de los cielos. Ah, la vida es cuando no se sabe que se vive, ni un solo pensamiento llega a alcanzar la arrolladora velocidad de cada emoción hija de los descubrimientos. Sigue insistiendo aquel que insiste en recordar a la juventud como una nostalgia. ¿Transformaste el mundo? debería preguntarle. No lo hizo. Nadie en su sano juicio querría haberlo hecho, pero intentarlo abrazado a una libertad que se adivina, si. Esta libertad lleva una falda corta y un suéter de cuello cisne y la melena le cae dibujando las mejillas, rubia, lacia, como Marie Laforet, si así fuera. Por primera vez la sintió como si fuera la misma levedad, la de una sonrisa, la de una mirada, desconcertante timidez y al tiempo la pasión de una tarde acompañada. En ese tiempo en que la vida llamaba a la puerta del vientre y se abría paso, desconcertada y violenta vivir era vivir, exactamente eso, ni una palabra más. Un verso suponía un hallazgo y la voz de Ray Charles un zarpazo. La vida era en Nueva York Charlie Parker, que andaba realmente por París, y Billie Holiday le acompañaba sollozando un blues, religión pura. La vida estaba en Camus y en Ginsberg y en la sala de un cine para ver Bande a Part o Cheyene Autum. La vida eran sesiones inacabables de palabras con besos y de amaneceres en soledad, ¿porque te has ido? Si entonces no escribiste, ¿a que hacerlo ahora? Ya la vida no es la misma carrera enloquecida del tiempo en que se era inmortal, inmortales fumando en un tugurio de la Plaza de la Villa de Madrid en Barcelona que se llamaba Zodiac. o en la sala de un teatro apedazado en que Godot no llegaba nunca. El patio de butacas se asomaba a la espera y en el bolsillo dormitaba Rayuela de Cortzar. La vida era una hoja de marihuana y una novela de la Durás o de Robbé Grillé, ininteligible si, como una asignatura imposible. ¿Cómo se puede vivir sin creer en dios? preguntó la muchacha y el chico contestaba: viviendo.

Eso, vuelve a repetir el visitante del prado, con un whisky de malta en la mano, era cuando éramos jóvenes, y el hombre del bosque le mira atentamente. No estamos aquí para nostalgias, lo que digo, le dice, es que nadie que ya no esté en la vida de esa generosa manera de dar tumbos deseando que lo sórdido adorne lo prodigioso, debería escribir sobre la vida. El tiempo se pasó con ella y ahora, no siendo inmortales, ¿que queda por hacer? El visitante: yo viví menos que eso, no se como, pero viví mucho menos.

Contemplar el jardín y callar mientras la tarde, fría bajo un sol cuya luz debilitada anuncia el fin del verano. Palabras las menos, pero es inevitable. ¿A que vienen ahora las confidencias? Los rotos del hombre que le acompaña y muestran debajo una desnudez sucia. Mucho hielo picado, bourbon, una hoja de menta, un poco de agua y un vaso de cristal ancho y bajo. Pero tú, le dice el nostálgico, que ha preferido malta, estás escribiendo tu libro. Si, le contesta el hombre del Prado, es un libro sobre el otoño, antes de que el invierno se lo lleve, un libro sobre el camino de acabarse con la conciencia adormilada. ¿Que le queda por hacer a esa criatura en la que piensa, sino morir? ¿No tienes música en el jardín? pregunta el visitante. Los pájaros, contesta, el rumor de la Nacional, el viento que arrasa las cumbres cercanas, el mismo silencio; solo tengo esa música. El otro: cuando éramos jóvenes veíamos el mundo de otra manera, ¿verdad? Yo ya no me acuerdo mucho de ello, pero creo que si. Y enseguida, ¿sabes? yo no sabría escribir un libro.

La nostalgia es un pedazo de pasado encallecido, se ve bien y suena igual, pero está dura y quemada como un trozo de carne olvidado en la barbacoa.

Baja por la calle un matrimonio joven con tres niños como una procesión religiosa, revoloteando pasos de baile sin aprender, un dos tres, un dos tres; un niño se adelanta y el padre grita "no te alejes" y la voz le retiene. El visitante tiene al cabo su monólogo: hicimos la casa para los chicos, pero no vienen. Aquí estamos solos, como pasmarotes, sin saber que hacer ni que decirnos. Los chicos no nos hablan, hacen su vida. A veces parece que me van a decir algo, me miran, me sonríen y abren la boca, pero algo les detiene. Yo les apremio y me gano el silencio. Hubo un tiempo en que era hermoso sentirlos cerca, me contaban todo, nos entendíamos. Ahora no se porqué, no quieren saber nada de nosotros. No me vienen a ver más que de vez en cuando y cualquier cosa que digo les irrita. Me da miedo hablar porque no soporto el desdén. Nosotros no éramos así, ¿verdad? Así, ¿cómo? Pero el visitante apura el sorbo de malta y gotas frías del deshielo de los cubitos. Sabes ¿que pienso? Que todo lo que toco lo estropeo. Para colmo, este año, ni siquiera maduran los tomates. El matrimonio y los niños se pierden tras la esquina acercándose a los límites del prado, donde se inicial la calle que lleva al pueblo pasando por la pista de tenía y la piscina, una a continuación de la otra. Así, sigue el visitante, así, con tanto desprecio por nosotros, que somos sus padres, joder. Una pausa cómoda, por no decir lo que no hay que decir. ¿Y tú les hablas? ¿De que? ¿Sobre qué? No se lo que piensan ni lo que les interesa.

Mira al pastor aleman que dormita bajo el castaño mientras Goyerri lo hace a poca distancia a la sombra de un arce. El visitante señala con el vaso vacío al gran perro marrón y dice: solo le tengo a él.

jueves, agosto 30, 2007

Paseando

¿Puede uno en conciencia preguntarse que es lo que ha aprendido al cabo de los años? ¿De cuantos años? sería la respuesta inmediata. No se trata de contestar a tontas y a locas. ¿De cuantos años estamos hablando? Y además, deberíamos tratar de que clase de cosas hablamos? ¿O se refiere a todas las cosas? Moral, geografía, punto y confección, los pecados de la carne, escepticismo, botánica esencial para caminar por el bosque y un poco de ornitología para distinguir a una corneja de un cuervo... Se refiere a esas cosas.

En el corazón del bosque hay un refugio de piedra que es en realidad dos peñas que se encuentran en ángulo, con otro peñasco en la parte frontal que forma un pequeño corredor para entrar en el hueco que forman las primeras. Alguien lo techo con cuatro vigas y unas tejas puestas a la manera segoviana, al revés, con la panza para abajo y el hueco en lo alto. ¿Porqué lo hacen así? Lo pregunta por doquier a quien cree que puede saberlo, generalmente gente mayor que él: nadie lo sabe. Techado el conjunto de piedras forma un refugio. En la parte más alta ha quedado una especie de hueco, a la manera de un tepe indio por el que si se enciende una fogata en el interior, saldrá el humo y algo de ceniza. Es un refugio. Es realmente un refugio extraño porque está a menos de dos kilómetros del pueblo y no demasiado arriba de la montaña. ¿Quien querría pasar aquí la noche pudiendo caminar como cosa de media hora y descansar en casa o en un hotelito?

No está claro que haya aprendido algo realmente útil, sigue dándole vueltas a lo mismo. Lo útil no es aquello que nos sirve para algo en concreto sino lo que posibilita fluir hacia mañana o hacia el instante siguiente. Lo útil es lo que permite seguir viviendo, dejando a un lado el conformismo. Cabe distinguir, ahí si que hay algo, un hilo del que tirar, al distinguir entre conformismo y nada. Hay quien, no lo sabe a ciencia cierta, no ha aprendido nada porque no hay nada que aprender: se trata de una percepción, puede que haya mucho que aprender pero justamente ese de quien hablamos no lo perciba. Si no sabes para que sirve un libro, por ejemplo, ¿para qué vas a abrirlo?

Junto al refugio improvisado, en una pequeña terraza que forma el recodo del camino al dar la vuelta sobre si mismo para emprender una nueva rampa, se encuentra la fuente de piedra: un pilar que no llega al metro de altura, con un blasón desdibujado, informe, que se adivina de presunción nobiliaria y del que asoma un caño de hierro, un tubo que se curva con la parte abierta mirando hacia una base, de piedra también, que forma una pila con un desagüe, una reja de hierro de dimensión pequeña en el fondo de la que brilla el agua que se asoma al exterior antes de irse por las entrañas de la montaña. Es la ladera de Aguas Vertientes; aquí corrían los lobos persiguiendo al ganado.

Percibir la realidad no es ver las cosas como son, eso es una tontería. Las cosas no son, están. ¿Que son las cosas? Podría contestar que son aquello que ha aprendido, pero es incierto, lo que quiere decir que no siendo verdad es solo un poco lo contrario. Deberían, se dice, haber solamente, para cada concepto y su contrario una sola palabra y una negación; por ejemplo: amor y no-amor, cierto y no-cierto, vida y no-vida. Un ser humano que está vivo luego no está vivo o dicho de otra manera está no-vivo. No se puede estar muerto que es lo inmediato a morir, que es dejar de vivir.

El camino ahora, abandonando el pintoresco refugio, asciende en rampas de pronunciada pendiente que van girando sobre si mismas para encarar una cumbre que se intuye. Quien no conoce el lugar al que llega el camino pasará todo el recorrido sumido en la certidumbre y dudará, a cada momento dudará, en dar media vuelta. Para que seguir un camino que lleva a lo desconocido? Se podría arguir que lo desconocido es el bosque en el que todos los caminos llevan, o al otro lado de esta ladera, ya provincia de Ávila, o a El Espinar (municipio) y San Rafael (pedanía). No es hora de volver, se anima mientras retiene la respiración con el aire dentro parta oxigenar los pulmones. Recuerda a un tipo que paró su coche en el Alto, justo cuando él salía del collado y le preguntó por la dirección de El Escorial. Cuando le hubo indicado el camino, el otro le dijo sonriendo, con una sonrisa abierta y dentrífica: "vaya, ustedes si que respiran bien" y él se sintió rústico labrador. A punto estuvo de decirle "a mandar, que para eso estamos".

He aprendido, se dice avivando el paso para que no se le eche el mediodía encima, a desconfiar de mi y de lo que contengo. El equipaje es escaso y de mala calidad, como las maletas. recuerda a Céline: "el hombre está desnudo, despojado de todo, aún de la fe en sí mismo". Exacto se dice, es exacto. ¿C´como va a tener fe en si mismo? Es como decir que se cree en el hombre o en la humanidad. Ese creer no es nada, no hay duda de la existencia de la humanidad como una suma millonesimal de individuos que aspiran a vivir y se niegan a morir.¿Crees en Dios? No, creo en el hombre. Y el primero, Ah, caramba, ¿y además qué...?

Sartre y Simone de Beauvoir y sus compañeros universitarios leían a Céline como si se tratara de un autor de culto. Viaje el fin de la noche era su libro de cabecera. Lo que allí no estaba no existía en el mundo exterior en el que la realidad era un vacío esencial, un agujero negro lleno de materia con tal densidad que no deja asalir a la luz atrapada en él. Es una metáfora, se dice rodeando el tronco de un árbol, calibrando la sección, admirando las marcas en pintura blanca, que señalan la sección del bosque en que se encuentra. El domingo anterior al paseo por el bosque, F A, después de disertar durante un rato sobre el necesario conocimiento de la psicología humana para ejercer el oficio de dentista, le confesó su intención de divorciarse de su mujer. Pero, atinó a balbucear, si lleváis cuarenta años juntos... Claro, respondió el otro, pero eso no nos obliga a más. ¿O si?

Llegará al fin al punto en que la cumbre no lo es sino que se ofrece un prado amplio, un claro del bosque en el que algunos ejemplares se distribuyen airosos y espaciados por todo el hueco enorme de aire y luz. La hierba es fresca y crecida, las piedras tienen el musgo oscuro, pardo, de este sitio, el cielo se ve como un juego de cianes y blancos y una suave pendiente acuna un inicio de camino que lo parece por ser una senda de pisadas, poco más, sin bordes que la aislen. Todo el problema, se dice, el de este camino y el de cualquier otro, es la falta de límite, la inoportuna necesidad de dibujar en los perfiles los territorios compartidos y los no compartidos. Mi límite, se dice, es la parte externa de mi yo o justamente el lugar a partir del cual mi voz ya no llega. Solo soy ilimitado, se dice, cuando no soy nadie, un perfecto y total desconocido.

A las dos emprenderá el regreso.

domingo, junio 03, 2007

Nada no quiere decir algo (III: La fotografía)


No el que ignore la escritura, sino el que ignore la fotografía será el analfabeto del futuro". Son palabras de Laszlo Moholy - Nagy, publicadas en "Fotografie ist Lichsgestaltung", editadas en Bauhaus, volumen II, enero de 1928. Las cita Walter Benjamín en un magnífico ensayo "Sobre la fotografía", publicado por Pre - Textos.

Él hombre del bosque piensa mirando a su alrededor que es una pérdida irreparable perder el sentido inicial de las cosas en su modernidad, ancladas en su vanguardia, a favor de una presencia cotidiana que las desprovee de un valor identificable: ¿quien da importancia a una silla? ¿Quien se detiene admirado ante una fotografía que plasma un instante perdido en el tiempo, en el lugar, en el recuerdo, de la memoria? Cuando Laszlo Moholy escribía su opinión sobre la futura influencia de la fotografía, ignoraba que la excitante mirada de la modernidad a través de la cámara, iba a convertirse en una repetición ad infinitum de los actos y tiempos de la vida cotidiana. De tanto mirar a través de la cámara, de tanto fotografiar, se acabaría perdiendo la inocencia maravillada de la mirada.

Si hace bien poco escribía del espejo y del laberinto como entes iniciáticos en la vida que recuerda, como entes que deben de ser recuperados y afirmados en el proceso de deconstrucción en que empeñó el tiempo abundante y la sobrada energía, ahora le toca a la fotografía, rescatándola de la misma memoria del Laberinto: de la cotidianeidad. En las páginas de los tebeos (hoy simplemente comics), hacia el final de sus contenidos, había una página de pasatiempos en los que a menudo un laberinto retaba a quien lo contemplara a coger un lápiz y tratar de seguir un camino entre casillas , pasillos, ángulos y arribadas ciegas a ningún lugar. En sus laberintos, se dice, siempre acabó encontrando un camino a seguir. Ahora, aliviado por la presencia del mito, le llega el momento a la fotografía como si en la última casilla del pasatiempo estuviera impresa una foto de su infancia, ya olvidada.

Sigue con Benjamín, cuando se expresa apelando a la obra de arte: "Incluso en la reproducción más perfecta (de la obra de arte) falla una cosa: el aquí y el ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. La historia, a la que ha estado sometida a lo largo de su perduración, está constituida sobre todo por esta existencia singular."

Aunque la ligereza de lo que escribe pueda inspirar en quien lee estos apuntes, una cierta frivolidad, una premura en escribir dejando que la inspiración y el estilo tomen partido a partir de una idea primera, sabe que no es así y que en sus largos paseos por el bosque o en su trabajo en el jardín, que este año está resultando laborioso e ímprobo, porque la primavera está a punto de irse y las temperaturas son todavía invernales, no deja de pensar en lo que quiere decir. Lo más difícil de esta aventura de escribir, es saber que es aquello que debe salvarse de la deconstrucción para ser de nuevo cimiento. Sí, se dice, mientras recorta el borde del césped, donde se encuentra con unas tapizantes que no acaban de extender su presencia de flores pequeñas y colores variados: el cielo amenaza agua de nuevo, cargado como está de nubes que apuntan por el norte y por el sur más allá de la cordillera que le guarda. La estación meteorológica anuncia lluvia y él piensa en la fotografía, cargado de tijeras de podar, rastrillos, carretilla, tierra, y todo lo que necesita para darle al jardín el toque que debiera resumirse en una fotografía para detener el esplendor con un pié de foto: "el jardín al oeste, 2007".

Pero a una afición heredada por hacer fotografías, por guardarlas en cajas, la ha sustituida un ademán de impotencia, casi de hastío, ante la idea de detener en un instante una mirada. Ya no quiere guardar los rostros de nadie, ni la espontaneidad de nadie, ni el movimiento de un mundo en el que se está con una cámara colgando del cuello y el gesto de llevarla a los ojos detenido. Ya no gusta de coleccionar las imágenes vividas como si fuera un rito de perpetuidades pendientes el guardar los instantes en álbumes. Durante muchos años ha estado pensando que algún día mirará las fotos guardadas de viajes y de la vida ordinaria para hacerse cargo de nuevo de lo acontecido, y al fin ha relegado la colección a un rincón, amontonado todo. "¿Ya no haces fotos?" le preguntan. Si hace, les dice, muchas, pero ni las mira, las vuelca en el Pc dentro de carpetas que llevan la fecha del volcado; ni siquiera se molesta en clasificarlas. De vez en cuando, para escribir un post de estos que le entretienen, entra en una carpeta y busca una imagen que le parece adecuada sin otro fundamento que la oportunidad. Años atrás, con una cámara Olympus acompañada de objetivos de aproximación o angulación, trataba de acercar una cara a su mirada, de guardar un gesto, de congelar un cruce de calle, unos coches, un celaje, amigos e indiferentes. Las personas que han estado o están todavía en su vida y en su sentimiento abundan en retratos, pero él prefiere pensar en los que son de verdad y están en su memoria. Resulta ahora que muchas de las fotografías que hizo las tiene en su memoria, guardadas neuronalmente como cuando las vió y disparó el mecanismo de la cámara; no ha olvidado ni la imagen inicial ni la fotografía realizada: ¿a que guardar la copia entonces si el "aquí y el aire" conservan su frescura en el recuerdo?

Recuerda, como siendo muy niño, su padre le subía a un taburete de madera y en la penumbra de luz roja de un pequeño laboratorio fotográfico ganado a un rincón del pasillo de la casa de la calle Diputación, veía aparecer, primero con levedad casi invisible, luego a base de matices, los rastros de una imagen revelada, y esa palabra adquiere ahora todo su significado. Porque revelar no es palabra de actividad química sino de inteligencia abstracta, de una forma de entender el mundo, en cierta manera es la palabra de la filosofía y de la religión: se trata de lo que se revela para que veamos como emerge del fondo de una emulsión sobre el papel blanco y nos contesta a nuestra pregunta: es la imagen que vuelve, el tiempo detenido. La fotografía es el "aquí y ahora" del arte cuando ya el tiempo y el lugar son otros. Cuando la imagen, lo que se nos revela es lo que fue en el "aquí y el ahora" que ya no son y el donde ha quedado transformado de tal manera que es irrelevante asomarse a él, ahora con lo acaecido, con lo que ha llovido, que diría lo castizo. Recuerda tyambién como su padre, un hombre alto y delgado, se inclinaba sobre las cubetas para asomarse a lo "revelado" mientras con unas pinzas -primero de madera, finalmente de plástico- movía lentamente el papel en el líquido, para evitar burbujas le decía. La imagen se había empezado a revelar proyectada desde la parte superior, caja de luz brillante, de una vieja ampliadora, a un papel colocado al pié del foco de luz en la que la imagen se proyectaba con los tonos cambiados: aprendió la palabra negatico como inversión de lo positivo vienso ese trampantojo del paso del celudoide al papel. Con el tiempo todo lo negativo se iría decantando con un signo menos y un vaga concepción del mal envolviéndolo como un halo. Aquellos papeles con la revelación ya mostrada, terminaban colgados de un cordón tras haber pasado por el fijador, otro descubrimiento, ya que aquello que se revela al fin debe ser "fijado" para que la realidad no se escape, no imite esta realidad de la imagen a la verdadera que ha sido y se pierda entre las brumas de un exceso de revelado.

Una fotografía es memoria, para quien sea, autor o espectador, es memoria de lo visto o de lo vivido o de lo ignorado que a partir de esta visión ya deberá quedar fijado, revelado. Desde su misma existencia de la infancia, cuando la magia de ver aparecer la imagen le parecía cosa de maravillarse hasta ahora, cuando ya no desea tener más memoria que la que justamente es, la que vive en las neuronas -las cajas de las fotografías acaban en el garaje, en unas estanterías de madera en lo alto- pues desde aquel niño que acompañaba a su padre en el laboratorio hasta este hombre dedicado a deconstruir cuanto de inútil juzga que se ha infiltrado en él, ha sucedido un hecho de importancia extrema: ha recuperado la palabra y con ella el pensamiento y con él la imagen pensada. Ahora se dice, la foto es posterior a la palabra y la imagen nace de ella. Ya no quiere hatajos que le cuenten la vida que ha acaecido, la historia que ha acaecido. Las justas imágenes que aprendió en las edades de la inocencia, de los contenidos de Life, París Match, National Geographic y más, se guardan con su carga didáctica, habiendo producido sus frutos. Todo cuanto ha visto en fotografia le ha llevado hasta el bosque. Ahora es otra cosa e instalado en ella no puede recordar cuando fue que dejó de maravillarle una colección de fotos: está lejos de él saber cuando acabó la conmoción de comprender el mundo por imágenes; ya no solamente las imágenes arrebatadas a la realidad acaecida en torno al retratista, al fotógrafo, sino que abomina de aquellas imágenes que pretenden explicar sin palabras un mundo que es de por sí mucho menos simple de lo que aparenta. Una fotografía puede sustituir a un pensamiento, pero no porque esa sustitución sea cierta, sino porque es más fácil ver y sentir sin más.

A lo largo de amplios períodos históricos, las características de la percepción sensorial de las comunidades humanas van cambiando a medida que cambia su modo global de existencia, añade Benjamín. Cierto, se dice, rigurosamente; vemos la realidad por otros medios y aprendemos a aprehenderlos de la imagen del momento detenido. Testigos de absolutamente todo a partir de la congelación del "aquí y ahora" de cada cosa, se pierde la distancia con los hechos, con las cosas. El primer plano da cabida a todo y él comprende que no quiere ver el bosque de ayer ni a sus hijos de anteayer tomando una imagen entre los dedos, sino que ansía ver como el día a día, confiere a las cosas su dimensión de cambio y de presencia. Para lo otro le queda la memoria suya.

viernes, junio 01, 2007

Nada no quiere decir algo ( II: el laberinto) )

Si el espejo fue más que una reflexión un descubrimiento, su primer recuerdo es su propia imagen ante el cristal, un niño menudo del que no acierta a distinguir en el recuerdo ni vestido ni fisonomía, pero sí el lugar donde tuvo que darse el fogonazo de la realidad por vez primera, "ese soy, recuérdame ya para toda la vida", el laberinto ha sido el camino aciago de la revelación. A menudo, cuando camina por el bosque buscando retazos de su propia identidad del hoy para el mañana, construyendo con su pensamiento en lo que queda del día un trozo más de sí, que es cosa en la que mucha gente no repara y así van de cualquier manera mecánica por el día de cada día, a menudo pues, vuelve del recuerdo viendo los árboles, el laberinto de boj o mirto del Tibidabo en Barcelona, que allí estaba cuando era niño.

Era y es, como el bosque, el Tibidabo una montaña que dominaba a la Barcelona que caía mansa por el ancho valle hasta el borde del mar. Los sitios de la infancia, más que ser localizaciones geográficas, son lugares característicos de hábitos, de tal manera que a los domingos por la mañana en el puerto o en la montaña de Montjuich, visión de día de fiesta, acceso a tebeos nuevos, a aperitivos en un bar al aire libre, se intercalaba solo de vez en cuando una visita al Tibidabo, al que para subir convenía, de no hacerlo a pié, coger un autobús primero y después una tranvía de color azul y aspecto de clase bien.

En la cima, un templo con un Cristo abierto de brazos que por razón de de esas asociaciones mentales cuyo origen repetitivo permanecen en un fondo neuronal de difícil acceso, cada vez que lo ve le viene del recuerdo los dos artículos que escribiera Joan Maragall con motivo de los hechos de la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, y también su poema El Cant Espiritual, que desde que lo aprendiera en su juventud, no lo ha olvidado y piensa que si estuviera en su posibilidad creer, medianamente creer en el dios creador, en lugar del padrenuestro, recitaría cada día estas estrofas que hablan de de la duda y de la preocupación, y del impulso hacia Dios. El poeta pregunta directamente a aquel a quien ansía

Home só i és humana ma mesura
per tot quant puga creure i esperar:
si ma fe i ma esperança aquí s'atura
me'n fareu una culpa més enllà?

Fragmento del Canto Espiritual. Joan Maragall.


En la cima de la montaña, junto al templo, se extendía un modesto Parque de Atracciones: una noria que no eran sino dos barcas que ascendían, una en cada extremo de una vástago de hierro soldado a una rueda gigante; cuando una barquichuela subía colgada de sus asas, descendía la otra.; un avión cuya hélice giraba y que daba vueltas sin fin en un viaje eterno de cinco minutos a ninguna parte, pero que salía ligeramente del borde de la montaña y podía verse, por las ventanillas, a los pies, la caída del bosque hacia la ciudad. También estaban allí en una sala, una serie de muñecos mecánicos que hacían toda clase de movimientos, en una especie de canto a la electricidad, además de dioramas animados en que se podía ver como en una ciudad se hacía alternativamente de día o de noche y llovía. Lo importante, sin embargo, era el Laberinto: un dédalo de pasillos de mirto bien recortado, de paredes verticales que cruzándose y entrecruzándose llegaban a lugares de paso ciego y, no siempre, al centro del laberinto desde el que si se abría una senda directamente dirigida al exterior. En este centro, se levantaba un pequeño balcón de tablones coronado por un tejadillo, de cuyo vértice colgaba una campana. Quien allí llegaba, llevado por la suerte o por la listeza del guía, tenía derecho a anunciar a los demás visitantes la feliz arribada.

Amaba de niño la emoción excitante del Laberinto y ansiaba que llegara el día de ir al Tibidabo para entrar en él. Con los años que pasaron, abandonado ya el Tibidabo de su existencia, siguió habitando el Laberinto y tocando de vez en cuando la campana. Recapacitando dio un día en pensar que espejo y laberinto son remedo de vida, simbolismo, iconografías, territorios en sombra del inconsciente que viene a relatar una historia tan larga como la de la humanidad. Le estremecía imaginar a Ariadna entrando en la cueva profunda, a merced del terrible Minotauro de la misma manera que en las películas de terror de la Hammer la protagonista corre por calles desiertas que son laberintos de adoquines sombríos, perseguidas por los vampiros que sin desplazarse apenas, llegan siempre.

Toda geometría es susceptible de convertirse en laberinto y apresar en su imposibilidad a quien lo visita. La campana no suena nunca, ni en ocasiones; laberintos hay creados por el hombre en los que el triunfo de llegar a la salida es imposible. Los laberintos hoy, se dice ascendiendo por el bosque, ya no lo son a la medida del hombre sino que parecen más bien diseñados para titanes que han desaparecido, si es que algún día fueron, además de haber sido, benévolos. Camina entre árboles, que no son sino un laberinto de libertades absolutas donde la elección del sendero conlleva siempre la apertura de nuevas posibilidades, de próximos engaños; hay sin embargo siempre, en el bosque, una campana para que suene el hallazgo de uno mismo en el sendero correcto; camina entre árboles y reconoce que este es laberinto a la medida del hombre; mirando hacia el valle la autopista hacia Valladolid es sin embargo, el acceso al laberinto de la desmesura.

Un día ya lejano, leyendo a duras penas El origen de la tragedia, de Nietzsche, dio en el principio del Capítulo 7 con unas líneas que despertaron en él los recuerdos, probablemente adormecidos, de aquel corretear en busca de la campana. "Tenemos que recurrir ahora, empieza el autor del libro el capítulo, a la ayuda de todos los principios examinados hasta este momento para orientarnos dentro del laberinto, pues así es como tenemos que designar el origen de la tragedia griega". Así fue como al cabo de los años volvió a estar en el laberinto que había abandonado como cosa de infancia: todavía no había llegado al bosque, vivía para entendernos en la ciudad de los hombres; "el laberinto se dijo, como origen de tragedia, no solamente griega, sino como origen de toda tragedia que al hombre pueda acontecer". A base de pensarse entre las palabras de otros, alcanzó a entender que el laberinto es una ocupación inútil que conduce al final trágico. Indefectiblemente, la salida es la que es, y el llegar al centro del mismo y tocas la campana, no antecede sino a la obligada salida. Nadie puede quedarse en el centro del éxito.

Piensa ahora que en el corazón del laberinto debiera estar expuesto un gran espejo que nos devolviera el reflejo del rastro de lo humano que contiene el ser de cada uno. Simplemente lo humano, dejando a un lado lo bestial y lo banal, para dar alientos a la salida trágica. Hay momentos, piensa cuando el bosque le rodea y en la soledad sonora en que se mueve se siente plenamente acompañado por un todo inefable que no tiene un perfil delimitado, en que, adultos al fin, ya no niños, deberíamos tener el coraje suficiente para no tocar la campana como signo de un triunfo puntual e ilusorio. La tragedia no es la llegada al centro, sino el ser arrojado de nuevo, directa y rápidamente, fuera del laberinto, de las dudas, de los caminos.

miércoles, mayo 30, 2007

Nada no quiere decir algo ( I: el espejo) )

Por la mañana se ve en el espejo del baño del hotel y no se encuentra. Cambiado el paisaje cotidiano la verdad se abre camino y su dirección es acertada: ya no él quien es mirado si bien si crees que es él quien mira; porque en este espejo amplio de cristal ligeramente matizado, el que tiene el sentimiento es él y el otro es su mundo, al que ahora sorprende porque le sorprende.

Dos meses de una dieta alimenticia se han llevado de su cuerpo casi catorce kilos y en su espejo matinal de cada día no se ha dejado angustiar por el cambio; un cuerpo es su cuerpo y este, constituido por la vida no es solo suyo es al fin una imagen que le acompaña. Han aparecido arrugas, flojedades, una manifiesta fragilidad que antes quedaba escondida por un redondeo que sin caer en la obesidad si hacía ostentación de lo que se da en llamar la buena vida. En la barbilla y en la sota barba, dos pendones de piel ceden al inclinar de la cabeza y en las mejillas una cierta flacidez parece anunciar un deterioro: no es asó, es salud, le han dicho. Le queda la mirada, se dice, pero sabe que debe cambiar la graduación de sus gafas si quiere ver de nuevo con propiedad.

No conviene hacer literatura de la experiencia porque la realidad tiene una naturaleza tozuda incluso para cualquier interpretación de la misma. No se trata de mirarse en el espejo y pensar que es otro el que está ahí, eso sería ficción nada científica, sino que se trata de que al no reconocer parte de la identidad que es el cuerpo, al hacerse cargo de la mutación de la imagen reflejada en el espejo, debe aprender a reconocerse y lo que es más importante, a gustarse. Sucede que el que está ahí, que no es, es más él que el que si es, porque le devuelve la exacta encarnadura en la desnudez; no hay imaginación que pueda maquillar la realidad si existen espejos a mano. Sin ellos, piensa, podríamos creer que el mundo no es o que es nada porque lo que empieza a no ser es uno mismo.

Tiene el espejo para él un sentido intenso y al mismo tiempo de origen desconocido. Todo espejo es la realidad que es uno, su mundo nuclear; no hay manera de que el espejo refleje lo que vemos sino que siempre nos muestra lo que está en la misma dimensión, en la misma horizontalidad. Es espejo es la devolución del "donde estamos" y tozudamente nos niega la visión del "a donde vamos". Es pues antagónico si así se quiere entender, porque entre aquí y allí hay un espacio que nunca puede cruzarse del todo, caminarse del todo, ya que siempre el allí se retrae hacia el horizonte y el aquí se alcanza y se vuelve, mientras se va al allí, carece de sentido.

Lo que tiene el espejo, piensa, lo que este le da, es el mundo que ya posee pero que no puede ver en su totalidad, en su conjunto, con él mismo refugiado en él. Nada como un espejo para hablarnos del mundo que menos se percibe y que en realidad es el que interesa principalmente. El espejo es la única demostración de que la realidad es un conjunto de elementos que se unen en la carne de quien lo mira y lo comprende. No es ilusorio, no es un espejismo, sino que es la misma realidad que se nos niega ver.


Armados de espadas asesinas, los Titanes se apoderaron violentamente de Diónisos, ensimismado en la contemplación de su imagen que se reflejaba en el espejo mendaz. Giogio Colli: La sabiduría griega

Porque Diónisos cuando vió su imagen reflejada en el espejo, se puso a perseguirla y en consecuencia se hizo mil pedazos. Olimpiodoro: Comentario al Fedón de Platón.

En el final del Primer acto del Calígula de Albert Camus, estrenada en París en 1945, Calígula toma a Cesonia (su amante, espectadora paciente del nihilismo absoluto del primer, cómplice por silencio de sus crímenes) y la lleva ante el espejo y señalando el reflejo, le dice:

Nada, ya ves. ¡Ni un recuerdo, todos los rostros han huido! ¡Nada, nada más! ¿Y sabes lo que queda? Acércate un poco más. Mira (a los otros) Acercaos, mirad. (Se planta ante el espejo en actitud demente. Cesonia mira y exclama espantada) ¡Calígula! (Ahora con actitud y tono triunfante, él repite serenamente.) Calígula.
En el último acto, al final del mismo, Calígula es asesinado por sus cortesanos. Cuando les ve llegar y muere su fiel Helicón asesinado por los magnicidas, Calígula se vuelve con una banqueta en la mano al espejo y mientras arroja la una contra el otro, y este se rompe en mil pedazos, grita "¡A la historia, Calígula, a la historia! El espejo se rompe y entran todos los conspiradores que le hieren al tiempo; Calígula, que ha roto el espejo, sobre sus pedazos, exclama muriendo: ¡Todavía estoy vivo! Albert Camus: Calígula.

El espejo como realidad o como reflejo de la otra realidad. ¿Quien percibe la misma que los otros? ¿Cómo poder saberlo? ¿Quien no debe mirar al espejo para comprender que la tragedia nos acompaña en el destino final, ineludible? El hombre que ha enflaquecido tanto en poco tiempo recuerda que su abuela temía la rotura de un espejo, como tanta gente, y se preguntaba si eso tendría que ver con la desgracia de Diónisos, que es la parte más humana de la carne que nos forma. ¿Porqué? le preguntaba, y sucintamente le contestaba ella: trae mala suerte. En el espejo está todo, el engaño y el conocimiento (Colli), y ¿no son el engaño y el conocimiento las dos partes indisolublemente unidas de la realidad que nos sostiene? ¿Quien era este hombre que se mira al espejo en el cuatro de baño de un hotel antes de cambiar su mundo por este otro y verse de nuevo, como una sombra que se le antoja trágica, flecha proyectada hasta la extinción de la vida. No es que pueda no saber quien es sino que puede llegar a olvidar quien ha sido cuando la imagen no responde al recuerdo. Todo, se dirá, por un exceso de azucar en sangre, pero algo tiene que ser lo que le hace reflexionar sobre si mismo.

Hamlet lleva una calavera a guisa de espejo en la mano cuando recita su monólogo sobre el ser o el no ser, tan repetido, tan poco comprendido. Podría llevar un espejo y mirarse a sí mismo pues es esa calavera lo que ve en el alma de la reflexión que está haciendo. Es Yorik, el bufón muerto, aquel cuyos burdos labios besó innumerables veces siendo niño, quien le hace aflorar su parlamento, pero no es parlamento de la razón sino de la melnancolía el que le dota de su visión repentinamente certera de la realidad, como si se hubiera asomado a la realidad misma, por un instante apresada, que no puede verse sin el espejo, sea este calavera o cristal. ¿Que importa la naturaleza del espejo si al fin devuelve un reflejo y en él se contempla el mundo más cercano?

El espejo velazqueño en la Venus muestra una cara que es la mentira de la realidad, una cara de fea en un soberbio cuerpo cuya perspectiva se centra en unas soberbias posaderas. Carnal, dionisiaco, la pintura nos muestra el objeto del deseo del pintor, no cabe duda, al que le ha pedido que pose y probablemente venciendo la resistencia avergonzada de ella ante la pose que la muestra de espaldas mostrando una sensualidad primigenia. Ese espejo miente a quien lo ve desde lejos, desde fuera del cuadro, pero no le miente al pintor, que soberbio, rectifica el reflejo y nos equivoca. Sucede lo mismo que en Las Meninas, de nuevo el espejo, de nuevo el reflejo que no es, una transubstanciación de la realidad, un atisbo de la verdad emboscado en una cristal teñido en su parte posterior con azogue. Los espejos juegan en el barroco y devuelven además de la luz el esplendor que somos para que, ensoberbecidos, se contemple en su mundo quien asiste a la mascarada del poder.

Stendhal, prodigioso siempre, humilde, modesto, gnomo de los salones, comprende que la novela, para ser la verdad, debe mostrarse como un espejo que se pasa a lo largo de la vida. Esta, como los dioses, no se comprende mirada directamente a los ojos y conviene distanciarla en la sutileza de un pluma aparentemente apasionada, veleidosamente fría, que actúa como ujna superficie de azogue sobre el que discurre lo que discurre frente a ella. Es el cine, se dice el hombre delgado, asombrado: Stendhal ha definido al cine y este no es sino que la imaginación plasmada en una pared blanca, recorriendo los caminos de la historia: una novela plana, una visión ya dada. Otro espejo deforme nos ofrecerá Valle Inclán, claro que en este caso será el del esperpento, y deforme será porque la deformidad de la vida no puede reflejarse en un espejo de perfecta factura: el esperpento necesita del espejo deforme o de la pesadilla ya que lo que sucede es vida pero su reflejo es deformidad. Nunca como aquí se atina a entender que no siempre el reflejo es lo correcto, puede penetrar en el alma de las cosas y descubrir los olores ocultos de lo podrido.

Descubierto el espejo por Diónisos, hecho añicos para destruir la realidad, abierto el espacio desde el reflejo al hueco del mundo que se cierne alrededor, ahora sin perspectiva, los hechos que flotan en ese mundo amplio solamente tienen los ojos para asomarse dentro y ninguna distancia hay ya entre el todo y la nada que queda al ser engullidos por aquellos. Es lo que vemos, se dice entre nubes de vapor de la ducha recién tomada, solo es lo que vemos y nunca sabremos si lo que vemos es o fué, o está en un sueño, y este vértigo conduce a Calderón, pero no: ¡toda la vida no! Se requiere ante el reflejo una apelación a la lucidez cuando, repentinamente, como salido de los tiempos, cabe reparar el el titular de prensa que nos trae el reflejo distante que ahora es ya nuestro mundo y al cabo el noticiero de cada día en la televisión. Ahora si que es cierto que ninguna desgracia puede ser ajena porque ya están aquí, reflejadas en el espejo del salón a la hora de la cena.

Roto el espejo del baño, quien sale de allí, húmedo del vapor del agua caliente, oliendo a colonia fresca, vestido ya, no es sino la marioneta del reflejo en el cristal, ya armada con sus varillas dispuestas a ejecutar los movimiento necesarios para construir una apariencia de vida. Hará falta desayunar para comprender que sigue estando ahí el espejo, conteniendo su mundo, ahora de dimensiones colosales. Lo demás es nada.