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viernes, mayo 15, 2009

Goyerri

Ayer por la tarde murió Goyerri, tan dulcemente como vivió.

Este blog ha perdido la compañía que lo inspiró, el caminante por el bosque sin vocación, refunfuñón, irónico, tiranuelo y tierno, lúcido, simple, comilón , egoista y generoso y amigo de todos. Probablemente el blog haya perdido el sentido, de hecho hace ya un tiempo que esto es así, y también el mismo bosque y el prado se hayan transformado.

Habrá que ver ahora.

miércoles, abril 22, 2009

Un hombre asomado al balcón


No es ninguno de estos balcones, ni siquiera está en esta zona de Madrid, pero la instantánea quedo grabada en la memoria cuando, de paso por Princesa en dirección a la calle Alcalá, vio al hombre que se asomaba al balcón.

Será que este del Prado que ha perdido de vista la ciudad, ha dejado también de lado los reflejos morosos y lentos del que pasea por el bosque consciente de que el tiempo es su única propiedad tangible. Será además que cuando llega a la ciudad, una ciudad tan hermosa como otra cualquiera, muy hermosa, nota en los ojos que les invade la maravilla de un paisaje urbano, sobre todo cuando se trata de uno trasnochado de años atrás, hecho de casas con estilo, de calles insuficientes, y por la tarde de una luz que siempre desde el oeste dibuja con primor las cosas, dorándolas. Las ciudades del este son otra cosa.

Bajaba por Princesa entre el caos de una circulación que se ordena por destellos de los reflejos neuronales. El caos es siempre eso, lo que parece que va a suceder inevitablemente y nunca es, pues siempre hay como en la física de los cuerpos, una repulsión al choque, una fuerza inevitable que deja las cosas como estaban. Más tarde le diría a Gregorio que su vida cambió cuando conoció la Segunda Ley de la Termodinámica y consiguió trasladarla a los sucesos de la vida. Todo lo que es caos tiende a la locura y sin embargo ésta no llega. Por esta razón, cuando alcanzó a ver el balcón con las puertas de la vivienda abiertas y al hombre que en mangas de camisa allí estaba, volvió la cara dejando de mirar al coche de delante y alcanzó a ver como aquel, tranquilamente, en mangas de camisa, encendía un cigarrillo y se acodaba en la baranda de hierro, para mirar lo que sucedía abajo. Tranquilamente fumaba mientras el mundo se movía. Ver como el mundo se mueve y estar plantado en un observatorio, al atardecer, con un cigarrillo, probablemente perjudique la salud, pero es tan sano...

Tiene razón Gregorio cuando afirma que su amistad es tal que si fuera de toda la vida. Recorriendo la exposición de Bacon en el Prado, minutos después, sobre el caos de esa pintura "infinita" sobrevolaba la apacible calma del hombre en el balcón. Hacía tanto tiempo que no veía esa escena, que se dejó sorprender por un gesto que venía del pasado. Los bermellones del pintor inglés, su magisterio al plasmar el fugaz cuerpo humano, su metódica construcción del movimiento, invitaban a pensar en un creador capaz de mirar y mirar, de aprender del gesto el instante esencial y del entorno el espacio más puro. Igual que si asomado e un balcón en Tánger o en Londres fuera bosquejando en su mente las formas y colores de un nuevo lienzo por crear todavía.

El espectador es capaz de hacer arte de una visión personal, y emocionarse. Lo mismo que de una instantánea que la premura del tráfico le impidió plasmar en su cámara portátil. Lo mismo que de una charla de tres horas y una despedida hasta no se sabe cuando.

lunes, abril 20, 2009

Abrir los ojos



Goyerri se ha negado a extinguirse y con ayuda de la cortisona, una dieta de potitos y ternura, ha levantado un vuelo cuya duración se desconoce, pero que ha tomado de nuevo aquel trote simpático y desvergonzado que tiene por costumbre. Ya se sabe lo que hay y en eso estamos, se dice el Hombre del Prado, y también lo dice Ana, pero existe una voluntad de dotar al tiempo que reste de calidad de vida, que está compuesta de dos cosas simples: alegría y ausencia de dolor.

Hace solamente seis o siete días, una nevada grande sorprendió al bosque y sus alrededores. Fue intensa, larga, alcanzó a cubrir más superficie y altura que todas las anteriores, pero las temperaturas, más altas ahora, hicieron que en menos de 24 horas desapareciera todo rastro del blanco y frío cobertor dejando lo que había sido en un sueño. ¡Afortunada época en que existe una cámara fotográfica en la que dejar el sueño congelado! Las mortecinas lámparas que se alimentan del sol, lo que en si tiene un aire de mitología, fuego del astro tomado a lo largo del día, son la única cálida alegría que deja en el paisaje blanco y azul una mota de color. Este sendero del jardín, que conduce al ángulo del este, adquiere una lobreguez transilvana y mientras el Hombre del Prado veía caer la nieve y la sentía en su piel, envuelto él en una burbuja helada, hacía por reconocer el pequeño parterre del fondo en el que reposan los bulbos de las dalias.

Ningún paisaje es eterno en su inmovilidad y esa es una gran fortuna. En los últimos tiempos sin embargo, una cierta inmovilidad en el paisaje del alma ha dominado los días de los habitantes de este jardín. Hay tiempos buenos y tiempos malos, avatares de la vida, miradas hacia dentro que no alcanzan a ver otra cosa que fatiga. Ahora es ya cuestión del sol que ha aparecido entre espacios de lluvia arrasadora, por entre los jirones de la niebla matinal. Nada prende en el alma como este desasosiego del clima, esta monótona sordidez de la mañana sin luz, de la tarde sin luz, de la noche sin luz, y vuelta a empezar.

Ahora ha salido el sol y cabe abrir los ojos y calentarse por dentro.

lunes, febrero 23, 2009

Tarde de domingo



Basta subir hasta El Espinar, seguir la carretera en dirección a Ávila, que es la antigua de Madrid, dejar atrás el Polígono que huele a bizcocho y a plástico porque de ambas cosas hay industria, y seguir por la carretera estrecha que empieza zigzagueando hasta tomar una recta que se abre a la perspectiva, una recta de libro, una línea que parte de uno mismo y se pierde en el horizonte, que es como si se dijera en el futuro. Es lo que tiene estos paisajes, que parecen hechos de tiempo. Está el Hombre del Prado en Azálvaro, que es una campa inmensa que conserva lo medieval en sus entrañas, y en la fría corriente de sus aires serranos, y en los veneros de nieve que aún quedan o en el río, el Voltoya, que zigzaguea por ella como Pedro por su casa, se diría que buscando el puente, que es el río el que anda a ver si acierta y consigue pasar por debajo de los ojos, en vez de haber sido los constructores quienes dijeran que iban a situar el puente sobre el río. Son cosas que nunca se saben a ciencia cierta porque la imaginación, poderosa, las retuerce hasta hacerlas nuevas por irreconocibles. Lo cierto es que cuando se ha dispuesto a unir las fotos del paisaje, le ha quedado, como cosa de casualidad, una realidad que sorprende, y es que la unión de las fotos toma la forma de un desplegable, a la manera de aquellos acordeones de postales que se enristraban. Resulta pues que este paisaje no cabe en una sola foto y necesita desplegarse en varias; tal vez con esto se haga más evidente su vastedad.


Seguir la carretera hasta dar con la cancela de entrada al inmenso espacio, no hay cancela que pueda cerrar la inmensidad y más todavía cuando esta inmensa campa es la confluencia de dos cañadas reales, que aquí se cruzan. Habían, según se dice, más de un millón de ovejas transitando por este espacio que parece hecho de aire y luz, donde l terreno no es sino el soporte. Un millón de ovejas transhumando de norte a sur y volviendo al cabo de los meses, mientras en los vecinos El Espinar y Villacastín se construían las casas solariegas de los que en aquella industria hicieron sus caudales. Esquileo, estabulación, lavado y enfardado y camino a los puertos, buscando el canal, las ferias de Medina del Campo y más arriba aún, los puertos del norte. Un río de riqueza que desapareció dejando un paisaje vacío por el que vuelan carroñeras o rapaces, pastan reses bravas o de carne, y corretea el zorro entre las vacas.



Uno ve en esta soledad inmensa que el río divide en dos sin separarlas, algo más que la buena lengua y el poema serrano que contempla desde lo alto de Malagón el campo extenso. Malagón es uno de los contrafuertes de la sierra de Guadarrama, a cuyo resguardo están el bosque, el prado y sus habitantes. Por aquí cabalgó jornadas el Arciprieste, o el de Santillana, en busca del a cómodo abulense, donde en terribles jornadas de deslealtad al desgraciado Enrique IV le destronaron unos nobles ariscos, para entronar a su hermanastro pequeño al grito de ¡Abajo, puto!, exactamente en los corrales de ganado fuera muros. El Hombre del Prado ve en esta campa de Azálvaro el vacío en que ha quedado Castilla, un espacio inmenso perdido de si mismo, no ensimismado, sino perdido, detrás de una labor que nunca acabada se le fue de las manos. Sostiene que en la tarea voluntariosa de inventarse una nación peninsular perdió el empuje y la fuerza que habían hecho a Castilla. Hubo quien pensó que las naciones se hacían por conquista, y suerte tuvo el empeño de que España acabó haciendo estado de la propiedad monárquica, vestida todo ello del voluntarismo de lo español. Adios, Castilla, ahora convertida en una autonomía de lejanas y vagas resonancias, un ente de transparencia absoluta.


El puente es del siglo XV y tiene dos ojos; un poco tuerto es, que son desiguales y ha perdido además la balaustrada. Tiene, eso sí, una recia subida hasta la cumbre y es anchuroso, para que pasen por él las sombras de los rebaños que después de beber en el Voltoya, encaminaban sus pasos al cruce y encaminaban ruta, o hacia tierras de Burgos o Vitoria, o hacia Plasencia en Extremadura. Podría oírse el sonido de las esquilas si la imaginación fuera además de poderosa dotada para la ensoñación. Decían los vecinos, según consta en historias escrita, que era casi imposible, en estos lugares, dejar de oír el rumor de los rebaños, con su sonido de esquilas, el balido breve y temblón y el apagado rumor de miles de pezuñas pasando interminables. Le hacen guardia los tocones derrumbados, los enhiestos pilares agrietados, de unos chopos lombardos a los que algunos chupones les han surgido e intentan llegar a lo alto, resistir a la desaparición, apropiarse de su lugar en el paisaje, recordar tozudamente que la especie está ahí, aún cuando nadie sabe como opudieron llegar a crecer aquí, quien sería el que los trajo, y con que objeto.


Da al Hombre del Prado emoción que viene de lejos el cruce del puente, subir por las piedras de granito que son ahora losas a las que las hierbas, enmarcando, han cimentado. En lo alto mira hacia abajo, poca altura es, los dos espolones que por la parte sur del puente se enfrentan a la corriente que viene de la sierra, para abrirla y obligarla a tomar los ojos, rompiendo su fuerza por preservar la solidez de la construcción. Está bien enclavado, con dos terrazas de piedra que apuntalan sus dos extremos por el lado de la corriente, donde la luz amenaza con irse ya, que cae la tarde y se dora el oeste. Eduardo, el amigo biólogo, señala en el cielo unos puntos. Son buitres que bajan, alguna res habrá por ahí. Y con los prismáticos busca en el llano hasta dar con un grupo de aves medio ocultas por un desmonte. La res debe estar ahí, se piensa, y los buitres leonados, de armonioso y sereno vuelo, se posan cerca y avanzan por turno, saciando a trancos su apetito, ahora si, ahora, echados del amontonamiento por los más fuertes, volviendo a él, pillando su porción, satisfaciendo el hambre. Monta el biólogo el telescopio y la cámara y le ofrece ver al hombre del Prado aquella ceremonia. Mientras cae el sol y dora las hierbas,. rumorea el Voltoya, ventea una brisa fría y desagradable y el sol va a su paso a ponerse por el oeste, el Hombre del Prado mira absorto, fascinado, aquella imagen de sociedad satisfecha.

martes, febrero 10, 2009

La Musa Pensativa



La belleza como fin último, dice el visitante, es el más alto nivel de espiritualidad para el creador". Así, de repente, el Hombre del Prado no dice nada porque no se le ocurre el qué. Si sabe que dos o tres años antes hubiera estado bastante de acuerdo sin pararse a pensar, como se está de acuerdo en esas áreas que se tienen por ciertas con fe disfrazada de razón. Pero el tiempo, sobre todos los últimos tiempos, han producido un desgaste en las convicciones y una de ellas es aquella que tiene que ver con la belleza como fin último. ¿Que es ese fin último?, se pregunta.

La frase se ha producido en el Museo del Prado durante la visita a la Exposición de Esculturas Clásicas del Albertinum de Dresde y el Museo del Prado. La exposición es silenciosa y tiene que matizar esta adjetivación que ha surgido de improviso en el momento de evocarla. La serie de esculturas que se muestran en varias de las nuevas salas del museo, se extiende unidad por unidad, desplegada en un amplio espacio, rodeadas cada una de ellas del aire protector que les crea el espacio donde reinan. Una exposición de esculturas no es una de pintura en la que las paredes forman el espacio cerrado en cuyo interior habitará la mirada del visitante. En la exposición de pintura, los cuadros se alinean para recibir el paso admirado de los visitantes como si se tratara de un besamanos. En ese orden cerrado y regular existe un ceremonial que impide el descubrimiento. La pintura, desde su posición, apela a la atención del visitante y este demorará el paso atraído por la llamada, inconsciente por lo general de que esa llamada se produce dentro de él y desde su propia emoción. En una exposición de esculturas, como ésta que se acaba de visitar, cada unidad expuesta está situada en el espacio intermedio entre pared y pared, abriéndose al interior de las salas desde los muros límites, de forma tal que el visitante se mueve entre ellas en una convivencia que que tiene más de encuentro en el foro. En ese deambular entre figuras humanas, ligeramente elevadas sobre peanas, se hace el silencio sobre el rumor del gentío, que para nada cuenta. Las esculturas, detenidas en un momento del tiempo en que el creador decidió dejarlas, tiempo y movimiento, forma y tiempo, ocupan el espacio enseñoreándolo y crean su silencio que es más que el rumor, se diría que es la visión desde una cámara sin sonido, en la que solamente el zumbido del motor o del proyector, nos conduce como hilo conductor al fondo de la realidad que recrea.

El Hombre del Prado se ve obligado a preguntar a su acompañante, que hizo aquella afirmación que se ha escrito al principio de este post: ¿Crees que aquí se puede encontrar esa clase de belleza? Su amigo lo afirma, sin dudarlo: Todo, o casi todo esto que vemos, aspira a la belleza. Dejando a un lado el valor de lo absoluto a lo que tiende el lenguaje común, parecen estas esculturas que, activadas por el clic de la eternidad, tiendan a crear en torno a ellas un espacio irreal. Ya se ha hablado del silencio que imponen, y del gesto detenido, y del vacío en el espacio que ocupan, una a una y en conjunto, como si sabedoras de la admiración estupefacta de los mirones se regodearan en ese ser admiradas. ¿De quien es la visita?, se pregunta el visitante, ¿de las esculturas o de los visitantes al museo? Es obvio que de quien tiene la intención, la voluntad de hacer, la voluntad de estar, así que las piezas de mármol no tienen otra voluntad que la del espectador que asiste a la exposición, pues la contemplación entre lo vivo y lo inanimado no hace sino despertar las emociones de lo primero.

No es esta una cuestión metafísica, territorio en el que El Hombre del Prado es totalmente insolvente. Le gustaría que fuera lo contrario pero le cuesta adentrarse en la comprensión del ente, identificar esa bruma que el lenguaje no aclara y a la que su pensamiento no alcanza. Es una cuestión banal, se dice, cuando su acompañante en la visita habla acerca de la aspiración de espiritualidad del creador y la belleza como fin último. Palabras, palabras, palabras, que diría Shakespeare y que son volutas de humo que se levantan en el aire para nada más que buscar una salida, una chimenea.

Las esculturas, sacadas de su lugar real para el que fueron creadas, despojado el mármol y la piedra de su coloración original, han creado un universo propio en el derrumbe de su estado físico. He aquí, se dice el del Prado, que nosotros hemos sido capaces de sintetizar la belleza a partir de la propia destrucción de la obra de arte. Lo griego que vemos y admiramos como forma exquisita no es sino el estropicio de los años, la estética de la desolación, incapaces de acercarnos al pórtico de la casa de Céfalo y verlo tal y como debía ser. Aquella Atenas blanca, del brillante esplendor del mármol, no es sino una acomodación de la voluntad estética de los siglos posteriores. Como, piensa, si al ver el mármol desnudo, despojado de su color y emplazamiento, uno pudiera acceder al alma, o eso cree, que accede al alma, llegando a mayor profundidad que el creador.

La cabeza de la Musa Pensativa, que se guarda en el museo de Dresde, le llama. Mientras su acompañante se enzarza en una explicación de la belleza como esfuerzo, de la belleza como intención creadora, la Musa Pensativa ha hecho un gesto inmóvil de su mirada y ha cautivado al hombre del Prado. Sucede como cuando en medio de una multitud dos miradas se encuentran y presumen una posterior relación, o la intención de ella, o simplemente la inclinación a un acercamiento. Así ha sido esta vez, y se ha quedado junto a la cabeza de mármol, al mentón voluntarioso, al cabello recogido en cola apresuradamente, a la recta nariz y unos ojos que s ele antojan luminosos porque miran francamente, descaradamente, que no implica desverguenza, sino interés por conocer y saber. Ha sido cautivado, detenido, convertido en piedra, alcanzado por la voluptuosa esencia del encuentro. ¿Te parece bella?, le pregunta su acompañante detenido junto a él, mirando el perfil de la Musa. No se trata de belleza, dice el Hombre del Prado, sino de encanto. Quisiera conocerla.

miércoles, febrero 04, 2009

Un rayo de sol, el Trío del Archiduque y las Variaciones Goldberg

El momento de la magia o lo que es lo mismo, la realidad puntual de la naturaleza, sorprende y obliga a correr a buscar la cámara fotográfica para guardar en el lugar de la memoria más fiel, la foto, el rayo de sol de la mañana que consigue abrirse paso entre nubes y cimas y se muestra, y al hacerlo apela directamente a quien le ve y percibe, no en el hecho de la luz en el paisaje sino en lo que de ello trasciende, la emoción que provoca. Claro que esa es emoción puede ser hija, al mismo tiempo, de lo instantáneo, pues se llevan días de cielos grises, panzas plomizas sobre la cabeza, escasa luz, ningún sol, tristeza invernal.

El paisaje que resulta de la conjunción de realidad visible y la emoción despertada, adquiere un orden especial en el que los elementos dispersos, incluso aquellos de fealdad indiscutible como son los restos de obras a medio hacer que desaparecen bajo la curva suave y afectuosa de la nieve cobertora, esos elementos parecen fundirse en un equilibrio desorganizado pero equilibrio al fin, y todo es uno, todo lo que está se ha fundido en una sola cosa a la mirada, una geometría de curvas y colores, de tonos, sobre todo de tonos, que alcanzan la categoría de obra perfecta. Es un paisaje secuestrado de la pintura holandesa del XVII, donde los elementos mínimos adquieren por sí mismos la consistencia de la mirada microscópica y el conjunto maravilla.

Piensa el Hombre del Prado en lo que resulta de grato, e incluso necesario, ahondar en estos momentos en que el ánimo se solaza, y salta a la vista el quietismo interior: un segundo es un bálsamo que durará eternamente. ¿Porqué, se pregunta, basta una mirada para reponer las cosas en su sitio deseado? Desde hace muchos años tiene predilección por la pintura y la música de un tiempo en concreto: el barroco y lo que inmediatamente le antecede. Cuando viaja por el centro de Europa, las ciudades le parecen en su trazado, en el diseño (si es que se puede llamar así) de las casas que habitaban los vecinos, las plazas abiertas para el encuentro, la aspiración al orden más humano; era el tiempo de la busca del orden, de la composición desde el caos de una realidad circundante hecha de espacios en los que a la mirada se le ofrecía aventurarse lejos de los recovecos de tiempos anteriores, de las sombras ocultadoras y lucha de la luz con ellas en un enfrentamiento que ejemplariza el de los hombres de su tiempo.

La palabra sería: sencillez. Así, desde ella piensa en dos composiciones musicales que le gustan de manera especial, mucho, aunque gustar no es la palabra adecuada, más bien le placen, esa si es la palabra, placenteras son al ánimo, compañía no exaltada, compañía silenciosa, que es lo que es la música cuando entra en la intimidad del Hombre del Prado, como la compañía de aquello que no necesita romper la quietud, el quietismo. Son el Trío del Archiduque y las Variaciones Goldberg. En la primera, el inicio del primer movimiento es de una sencillez apabullante, es casi inexistente, se inicia la música con una tonada que parece canturreada por alguien al caminar por un sendero del bosque, complacido en sí mismo. De ese arranque que el piano hace audible hasta el cello, que empieza a caminar a su lado, como dos amigos que todo lo que tienen que decirse es el silencio complacido. En las Variaciones, el piano desgrana nota tras nota cadencias, cancioncillas, sonidos que se acompasan al mismo caminar por el mismo sendero. De nuevo geometrías de perfección inusitada, de rara simplicidad, de aquello que el espíritu del creador consigue extraer desde lo complejo hasta el orden en que uno desea moverse para dar amplitud a la mirada.

Esa música de levedad tal que parece inexistente, ese paisaje que se forma como si surgiera de la nada, lejos de la convulsión de la creación caótica y apocalíptica de los seis de trabajos primeros, hacen que lo que es instante sea eterno. Esa es la grandeza del corto tiempo de una mirada.

domingo, enero 25, 2009

Tormenta

El prado está desierto, solamente el vendaval de ayer, la lluvia de estas semanas últimas y la nieve intermitente, que hoy mismo ha estado cayendo, lo han visitado. Ocasionalmente se podía entrever entre esos elementos una silueta lejana que cruzaba por la linde del bosque. El hombre entre los elementos hostiles muestra toda la imagen de la soledad. ¿Quien y a donde va? ¿Qué piensa entre esa desatada naturaleza que le envuelve?

Cuando arrecia el mal tiempo, siente el Hombre del Prado la necesidad de refugiarse en el hogar, que lo es porque es su refugio. Durante su niñez se encandilaba con cualquier imagen de tormenta en la que una ventana con los postigos abiertos dejaba salir la luz amarillenta de un interior que siempre se adivinaba cálido. Sería cosa de los cuentos infantiles, de las viejas películas, de las ensoñaciones que una felicitación navideña de Ferrándiz podían evocar. Toda luz desparramando un halo de acogida refería al niño que era el hombre que ahora es, la imagen del puerto de acogida. Donde hay luz, debía pensar con una lógica mucho más simple que esta que ahora se escribe, vive y aguartda una porción de humanidad que debe ser feliz. ¿Porqué la felicidad se identificaba con la luz aislada en medio del terrible huracán?

La luz se ha convertido en refugio que llama y anuncia la acogida, pues es lo que se ve y guía los pasos hacia ella. Eso debía pensar el niño cuando imaginaba senderos de nieve entre ventisca. Con la luz, probablemente el humo que fluía de una chimenea apenas visible, venía a componer la imagen de un tiempo en que el fuego representaba un centro de reunión más cálido, no solamente por razones de física, que el televisor. Podría ser, no está seguro de esto el Hombre del Prado, que los hogares de hoy no han creado puntos de referencia que emitan las señales del refugio o de la felicidad. Es difícil saberlo, pero ¿cómo adivinar un mundo feliz tras las ventanas iluminadas de un bloque de apartamentos? Quedan todas tan lejos...

Por eso el prado, cuando le sacude la tormenta y lo avasalla, queda como la imagen más diáfana de la desolación. Ni una sola luz, pues nadie lo habita hoy, salvo el hombre del Prado, con Ana y Goyerri. Unas cuantas linternas de faroles ofrecen resplandores inmóviles por los que ninguna sombra se aventura. Hace unos meses, alguien le dijo, que un zorro visitaba el prado por las noches, pero quien esto escribe no ha tenido la suerte de verlo, no se le ha hecho presente y le hubiera gustado, mucho, para sentir menos lacerante esta soledad de los elementos.

jueves, diciembre 04, 2008

Nada, nadie, en ningún sitio.

Cuando llovizna, baja la temperatura y desaparece el sol tras una sola nube extensa y compacta de diferentes grises, la ausencia de personas reduce la esencia del paisaje al vacío: nadie hay, pues es como si nada hubiera. A lo sumo se puede distinguir en la distancia un pequeño punto oscuro al que parece que la atmósfera quiera borrar, cuyos perfiles tienden a desvanecerse como vapor espejado y que no se puede precisar lo que es. El Hombre del Prado entorna los ojos, los casi cierra para reducir el foco de la mirada y darle una mayor precisión, y ni por esas, sigue el punto en su horizonte, que se diría que se desplaza aunque bien mirado también se diría que no. Y piensa si, en el caso de ser alguien y no algo, el otro al otro extremo de la línea de la mirada, le estará percibiendo y se hará la misma pregunta sobre la identidad de este punto en que reduce el observador, mirado desde el otro lado.

Baten las olas con suavidad, el viento sopla de tierra, y parece que no hay marejada; así la quietud es mayor, o la percepción de loo quieto, que no es lo que parece pues todo se mueve al impulso de una ligera y persistente brisa que levanta aires de arena, mueve papeles, agita la superficie brillante y transparente de las burbujas, tal parecen, que son un banco de medusas varadas en el mismo rompiente, donde la arena endurecida por el agua es más consistente y compacta y permite caminar dejando la marca de las suelas del calzado señalando el rumbo seguido. Lo quieto, piensa este Hombre, no es sino aquello que quede despojado de todo lo que no se percibe, de la misma manera que el silencio es la falta de percepción de los ruidos. Para la quietud y el silencio, solo es necesaria la abstracción de lo que rodea, la construcción de una invisible bola de cristal en la que nada penetra y habita el pensamiento. Si fuera posible despojarse de él se llegaría al vacío.

¿Qué piensas? le preguntaron tantas veces y a todas contestaba "Nada". No era cierto, que pensar nada es en realidad, por lo común, pensar en cosas que pasan sugeridas por el momento, por el inconsciente desencadenamiento de imágenes, palabras, sonidos, lo mismo que un sueño ingobernable que se desvanece con solamente despertar. Nunca ha pensado en nada, que pensar nada es imposible, ya que nada no es. Allí, en la playa, pensaba en el vacío, en el deseo casi inalcanzable de alcanzar esa ciega percepción, captar la vacuidad de lo que no siendo no está ni en la imaginación. Todo lo que puede ser pensado existe, dicen, y así van discurriendo en este pensar en nada multitud de cosas que afloran como si se ojeara una colección de rastros de vida. En pié, junto al mar que bate la arena, le sobresalta el contacto frío en los pies del agua que ha llegado hasta él, cuando no advertía como las olas, en series imprecisas de menor o mayor alcance, le han alcanzado. Ha sido este frío el que ha desencadenado el retorno. ¿Donde estabas? le han preguntado en ocasiones al verle abstraído, y él siempre ha contestado: "en ningún sitio".

El punto negro del horizonte ha desaparecido: así pues era alguien. Vuelve la vista hacia el paseo, bordeado de palmeras y edificios, y a nadie ve. Alguien se ha disuelto ante sus ojos y el Hombre del Prado se ha perdido el prodigio.

martes, mayo 20, 2008

Fárrago


Fue acuñada el mismo año en que nació Cicerón, el 103 ac, en Roma. Ahora acompaña al hombre del Prado donde vaya, envuelta en una funda transparente de plástico, que es como un sobre con una solapa que al cerrarse impide que caiga fuera y se pierda. Cuando el viajero llega a un lugar en el que vaya a estar varios días, la saca de su maleta y la coloca encima de la mesa de trabajo. Hace compañía, tanta que resulta impensable trabajar en su novela sin tenerla cerca. No la toca, ni acaricia, ni siquiera la mira. Cada cual en su lugar, cada cosa en su espacio, manteniendo en la cercanía un contacto que es cosa del espíritu. No piensa el Hombre del Prado que haya estado en manos de Ático, Cicerón, Catón o el mismo César. Le basta con saber que viene de aquel ahí que es el entonces, pero entonces y ahí, que unidos concretan una geografía espacio-temporal a la que le dedica algunas horas al día, algunas, a veces no más de una, a veces diez seguidas.

En Alicante, donde ahora está, mira hacia el mar debajo de un cielo atormentado por nubarrones densos que de vez en cuando descargan. La primera parte de su novela transcurre en dos días, bajo la lluvia de un invierno romano. Un hombre agoniza y el otro, al contemplarlo en agonía piensa en que se trata de una premonición, o de un augurio. Hombre descreído, no cree ni en la una ni en lo otro, pero en su vejez intuye que se trata de un anuncio de su muerte cercana. los viejos mueren en invierno, con la lluvia y el frío, con los huesos helados y doloridos y los músculos agarrotados. Todavía es así. En Alicante, donde está ahora, los nubarrones muestran a los de abajo su panza gris plomo, preñada, en la que la luz del sol busca caminos para anunciarse y conferir a esa entraña de aguas contenidas una amenazadora transparencia. Descargará, se dice. Cuando pasea, a veces cruza por debajo de una nube, o es esta la que le sobre vuela, y le alcanza la lluvia que mana de ella y que se aleja llevada por los vientos de arriba. Son ráfagas.

Ha estado releyendo a Cioran a la par que trata de escribir su libro. Ambas ocupaciones no son buenas compañeras. Piensa que a Cioran hay que leerlo en la nada, en el no hacer nada, pendiente de leer, no de aprender, ni siquiera de descubrir, en absoluto maravillarse. Cioran es un autor que suena dentro de uno como un resumen de los propios pensamientos con los que conviviendo, no se ha apañado uno para exponerlos, no por lo menos con su contundencia y claridad; menos aún con su pasión. Por eso ante el rumano hay que recoger las velas del entusiasmo y contener el asombro. ¿Se asombra uno cuando se lee a si mismo? ¿No viene a parecerle el párrafo una banalidad?

Uno le divierte, ríe socarronamente porque se ve a sí mismo en él, ¿no ha dicho ya que leer a Cioran es pensarse a si mismo? Un párrafo en el que hiere especialmente al oficio de escribir. No al oficio de vivir de escribir, sino de vivir escribiendo, piensa el Hombre del Prado. Naturalmente que uno no escribe pensando solo en sí como lector; uno escribe por sí, en si, sin otro pensamiento que ser: quien ama escribir es escribiendo. No hay otra fórmula dejando a un lado todas las demás: a cada cual la suya.

Escribe Cioran:

Desdichadamente, la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura...

Intentareis escribir; inmediatamente se erguirá ante vosotros la imagen de vuestro lector... Y dejaréis la pluma. La idea que queréis desarrollar os fatigará: ¿para qué examinarla y profundizarla?m ¿No podría expresarla una sola fórmula? ¿Cómo además exponer lo que uno ya sabe? Si la economía verbal os obsesiona, no podréis leer ni releer ningún libro sin descubrir en él los artificios y las redundancias....

El escritor, tal es su función, dice siempre más de lo que tiene que decir: dilata su pensamiento y lo recubre de palabras. De una obra sólo subsisten dos o tres momentos: relámpagos en un fárrago. ¿Le diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más.


He ahí una certidumbre que le acosa, cuando revisa, páginas atrás o adelante, aquello que está escribiendo. ¿Todo podría decirse en dos párrafos, piensa, todo podría concretarse en un par de citas. Tal vez está escribiendo una acumulación de frases y palabras que deberían resumirse en la fatiga de un viejo que ha vivido poco, o que ha sentido poco la vida, o que siente la vida como una traición, o que se siente como un traidor ante la vida. Pecado y contrición, o solamente contrición, o contrición y penitencia, o los tres seguidos. ¿Cómo se puede escribir si el hecho mismo de dar la descripción del personaje central resulta tan difícil? Se excusa a si mismo el hombre del Prado con el argumento de que ni siquiera Dios en su improbable creación, puede insuflar en cada alma el destino de la mezquindad, o del egoísmo, o del arrepentimiento. Parece que la Creación, puestos a hacerla metodológicamente más sencilla, se resume en insuflar en el alma un puñado de variables cogidas de una tabla en que se muestran como montoncitos de polvos mágicos, y si solas habrán de alcanzar una mezcla que resultará finalmente en algo casual, y por lo tanto en una banalidad. Tras un combate entre químico y espiritual, el hombre resultará héroe, villano o don nadie.

Esta misma mañana, al salir a pasear con Goyerri hacia el acantilado, se ha cruzado con tres mujeres que caminaban en dirección contraria. Goyerri se ha dirigido directamente hacia la mayor y le ha olisqueado la pantorrilla; ella se ha inclinado hacia el perrillo y le ha acariciado la cabeza. Nadie intuye lo peligroso que eso es, pues convierte a Goyerri en inmediato súbdito de la ternura ajena y por lo tanto en tirano usando la propia. Las otras dos mujeres se han dirigido al hombre del Prado: ¿podemos hablar con usted? ¿Acerca de qué? Nos gustaría hablarle de religión y de vida. Tengo prisa, ha dicho, pero se ha quedado. La mujer mayor ha vuelto seguida de un Goyerri alegre y trotón. Es que me sigue, dice y el hombre del Prado: siempre sigue a la gente encantadora,señora. Ella ha sonreído agradecida. Era un momento de sol alegre, brillante y al fondo de la calle se divisaba refulgente una franja de mar bajo un cielo de nubes iluminadas. Es verdad que han hablado de religión y del Libro, pero poco, quería escucharlas. Recuerda como hace tiempo, cuando llamaba a la puerta un testigo de Jehová, no se le abría: tal vez aún suceda lo mismo. Pero él admira ese ánimo decidido en una mujeres, madre, hija y nieta seguramente, que vencen lo que piensa que debe ser natural timidez. La palabra de Dios las hace decididas. Apelará el hombre del Prado a su religiosidad teñida de agnosticismo, y cuando ellas acuden a aquello tan socorrido de "basta mirar este hermoso día para comprender la existencia de Dios" él las contestará con aquella frase que aprendió hace poco de un comentariode Luri en esta web: se trata, señoras, de la visión arrobada de la belleza transeúnte. Estaban detenidos frente a un colegio público cuyos patios estaban desiertos, como la calle. Impaciente Goyerri ha optado por seguir su camino en busca del lugar en que alivia su necesidad física cada mañana. Tengo que irme, les ha dicho, él no espera. Que guapo es. Si, señora. es muy guapo. Se han despedido entre sinceras sonrisas, embargados por la dulzura del día y de los cuatro, que se ha derramado cuando han optado por charlar en medio de la obviedad de lo inútil. Sean felices, les ha deseado el hombre del Prado. Y usted, y su perrito.

Poco después, en el acantilado, ha vuelto a pensar en Ático: ahora lo tiene detenido en medio de una cena en la que se habla de él y de La Vida de Ático que ha escrito Cornelio Nepote. No escucha, no oye, solo piensa en si mismo y en la premonición de su muerte, o es un augurio negro, no lo sabe bien. Está en una encrucijada al final de su vida, querría conocerse: ¿Pecado? ¿Contrición? ¿Penitencia?

lunes, marzo 03, 2008

Las capas de la cebolla

¿Cuanto Yo hay en una vida? ¿De que manera puede uno diferenciarlos, separarlos y al fin comprendiéndolos, comprenderse?

No se trata de un hecho científico que se pueda autobiografiar. El sujeto es cercano, tanto que provoca una distorsión en la visión: existe para cada uno de los yo anteriores, para cada una de las capas de la cebolla a que hace referencia Günter Grass en su último libro, "Pelando la cebolla", un afecto especial, una voluntad de cercanía y una cierta vocación por el olvido. Yendo hacia atrás, de la única manera que se puede ir que es levantando un yo tras otro, con la delicadeza del más experto y fino bisturí, se tiende ante la visión comprensiva a una exculpación. ¿Cómo sentir una culpa lejana si el efecto de ella está en el yo del presente? Cada capa de esa cebolla, que es más dura y opaca que la anterior, permite sin embargo adivinar a través de un trasluz tenue, algo de la anterior, y así transparencia tras transparencia, se llega a vislumbrar el corazón del niño, su mirada: los ojos del asombro.

Es así que ninguna visión de capa alguna puede aislarse en si y ofrecer un dibujo claro, enfocado, definido de sí misma. NO existe aquí una capitulación que pueda establecer un lapso de tiempo que determine hechos y acciones, que nacen y mueren en su tiempoo, en él son gestadas, en él se alimentan y fenecen en él. Toda mirada hacia los otros yo que fueron, cada uno en su presente, tiende a desdibujar sus identidades, justamente porque esas fueron una a lo largo del tiempo, único armazón capaz de soportar el enredo. Cuando lo que se ve no es sino una suma de visiones, un juego de teatro en que se funden las escenas, conviene separar las capas y buscar la última transparencia, que es el origen. Y una vez allí volver a sobreponerlas.

Difícil es odiarse, que sería lo último. A lo largo de la vida el individuo procede a una serie de infinitas correcciones que resumen, conversión tras conversión, un presente continuo. Dificil es odiarse, ciertamente, y aún menos que eso, difícil es sentirse permanente hijo del error o enemistado con aquel yo que fue, tiempo atrás y se equivocó, pura intuición la de ese equívoco. Ya se sabe que el yo es un acto de progresiva construcción sobre un vacío hecho de una carne inicial. Todo ser es en si mismo una propia investigación además de un aprendizaje: investigación acerca de si: memoria. Investigación acerca de su proyecto: esperanza.

El viejo guerrero que abandona su armadura, pieza a pieza, convencido de que nunca más volverá a vestirla, pierde el traje y se viste de voluntad, pero conserva el contenido. En la paz nocturna del fuego, el vaso de vino, el trozo de pan, el hogar cálido del retiro, se solazará en su recuerdo de una batalla perdida en el tiempo, pero no en la memoria. En todo final hay un principio, y aunque no lo sepa con certeza, porque no alcance a pensarlo, así actúa, y en ese principio tiene por recursos para andar, todo aquello que fue y su memoria guarda. Lo que esta ha perdido, es piedad por si mismo.

Al escribir el texto no se piensa en un sujeto determinado, en uno mismo, el más cercano de cuantos sujetos son fruto de la ambición del escritor, por cuanto está en cada palabra aún cuando se esconda. No conviene pensar que todo es autobiografía, si es que no se considera que el deseo, la aspiración, el ensueño del futuro son partes de la biografía. Dicen de él "era un hombre soñador" pero ¿en qué soñaba?"

Cuando atardece en el pradoel Hombre está solo y es relativamente feliz. La última capa de la cebolla no muestra sino los datos de un presente que le acaricia, como esta brisa fría que viene del Mediterráneo y promete bajar las temperaturas y traer lluvia y nieve. No hay otro yo que él y una música suave que suena en el interior de la casa. En el invernadero, todo bien.

sábado, marzo 01, 2008

Una ocasión perdida

Por distracción, dentro del no hacer nada que le domina, toma un libro de relatos cortos y al buen tun tun abre por el inicio de uno. Lee:

Después de cuatro miserables días de vacaciones, Alberto regreso a casa. Vivía en una urbanización de chalés adosados, en las afueras de la ciudad.
Nada más abrir la puerta se le echó encima Séneca.

Deja de leer de inmediato. ¿Que es lo que se le niega que no quiere seguir? El hastio, piensa. Esa puerta no se abre, el relato permanecerá secreto durante mucho tiempo, seguramente durante todo el tiempo. Abandona el libro con disgusto. Del autor no conoce el nombre porque ha empezado a leer sin reparar: ha ido directamente al texto de la misma manera en que uno se acerca en el jardín a una hoja verde y brillante que le llama su atención sin saber el nombre de la planta. Siente cierta hostilidad hacia el autor: se dice que no se puede escribir de una manera más vulgar, menos propia. En tres líneas la acumulación de lugares comunes y latiguillos le parece la negación de la literatura. Él nunca hubiera escrito "Vivía en una urbanización de chalés adosados en las afueras de la ciudad" o "cuatro miserables días de vacaciones".

¿Qué presume el autor que es el lector? ¿A que inteligencia se dirige? Con cierta timidez vuelve a abrir el libro y busca una frase que le saque de su impresión. ¿Ha sido injusto? La encuentra y lee: "Estaba cansado, no tanto por las cinco horas de viaje como por el sabor amargo de sus pensamientos."

Le gusta tener presente una frase de Ortega: el estilo es la esencia del arte. Las frases hechas y guardadas en la memoria tienen la consistencia de simplificaciones bien meditadas: lo dicen todo cuando se cree saber lo que presupondría mostrar su despliegue para el significado; de no ser así son latiguillos , piensa, y esa reflexión le devuelve al texto. El que tiene en las manos está escrito a partir de lugares comunes Insiste, piadoso, hay que reconocerlo, y busca otra líneas más abajo: "Guau, guau! - ¡ladró el perro con expresión de angustia."

Definitivo, piensa, no cabe seguir, buscar más. Toda oportunidad que se da al lector y se desaprovecha, es una ocasión perdida. Podría suceder que el cuento fuera, en sí, buenísimo y que el Hombre del Prado no sea sino un mal lector, cascarrabias, neurasténico. Cierra el libro y lo deja en la mesa de al lado de la de trabajo, donde se amontonan cosas, que son cosas hasta que una por una las rescata reconociéndolas: un libro para leer, un lápiz para escribir, un cenicero sin ceniza, unas pilas en su cargador...

Cerrada la puerta a la narración se queda mirando por la ventana. Un lector y un autor se han cruzado sin reconocerse. Un pensamiento llega y se va: tiene que rescribir el segundo capítulo de su novela: lleva en él cinco meses y es en la segunda mitad un lugar común que le desazona. Mira la portada del libro: EÑE, Revista para leer. Una ocasión perdida, se dice; conviene volver de la pereza y salir de paseo con Goyer
ri.

martes, enero 22, 2008

"Erubimericano"

Todo paisaje es pequeño cuando se abarca desde los ojos. En su pequeñez reside lo grandioso, que es lo que emociona. Esa visión llena de tal manera que no hay nada más que pueda, en el momento, compartir la contemplación: nada es inteligente, nada racional, nada está vestido del orgullo de la propiedad o de la satisfacción de la pertenencia y vive y reside en el Hombre del Prado la más viva emoción, cuando sentado en un rincón soleado de la terraza, frente a la piscina cubierta por la lona del invierno, percibe que el paisaje son las figuras que en él se mueven y que las figuras son las hijas del paisaje que se transforma por la contemplación de la vida.

Desciende, desde la balaustrada de la terraza, la vista, por una ladera de casas y vegetación que bajan hacia el río, que de tan minúsculo, no merece ese nombre. Allá abajo se extiende el llano hasta las pendientes grises y azuladas que el sol brillante de un invierno primavera desdibuja. Encima el cielo. ¡Cuán cerca se está de él! El cielo azul no es sino la síntesis del deseo de felicidad que todo lo cubre, el amoroso manto de la magnificencia. ¡Debieran, se dice, existir los dioses, solamente para darles las gracias.

Unos minutos antes ha vuelto al comedor abandonado del interior del chalé y ha tomado en sus manos la copa de cava y la botella medio vacía, aún ligeramente fresca. Quería brindar consigo mismo porque en la terraza soleada del exterior Águeda, Ana, Olga, Noelia y la minúscula Ainara, jugaban al corro de la vida con una pelota que en vano perseguían también Yeico y Gollerry. Los dos perros, minúsculo en segundo y enorme el primero, han querido unirse a lo humano alborozado, terminando por acercarse al Hombre del Prado, que con sus auriculares en los oídos, escucha muy tenue el volumen para no apagar las risas, una recitación del Corán a la manera de El Cairo, recogida por la Unesco. Todo cuanto se junta en un instante produce un desbordamiento de la felicidad, corta, hija del bien estar y del buen sentir. Pues los hombres son felices, se dice, la felicidad existe.

La minúscula Ainara, recoge siempre la pelota desde el centro del corro y la devuelve con gritos de alegría. "Es rugby americano" le dice Ana entre risas y la niña repite con sus casi tres años "erubimericano" llevada por el grito tribal de la alegría. El Hombre del Prado ve a las mujeres, todas mujeres, en una escala generacional que va de abuela a madre y tías, centrando su alegría en el cariño, o es a la inversa, por ese trocito de carne vivo que, recibiendo tanto no podrá sino que amar a la vida, aunque en ella encuentre desazón y miedo. ¿No es este instante de juego un lugar para volver cuando las sombras pueblen fragmentos de su vida? Se pregunta el mirón que sostiene la copa de cava y oye la salmodia oriental, por el paradero de los hombres. No están, el uno en sus frutales, el otro lavando el coche, él mismo en un rincón convertido en dos ojos que ven y sienten? Siempre ha tenido un punto de envidia por esa complicidad que las mujeres practican entre ellas, por esa capacidad de convertir lo intrascendente en íntimo.

Hace solamente unas horas que ha encontrado una curiosa frase en el Libro "El Pronóstico" de los TRatados Hipocráticos. Dice así: En las enfermedades agudas hay que observar atentamente esto: en primer lugar, el rostro del paciente, si es parecido al de las personas sanas y sobre todo si es parecido a sí mismo. . ¿Cuando se parece el hombre a sí mismo? La risa, espuma de la felicidad, en este caso, hace semejantes los rostros de las mujeres y piensa que nunca van a ser más parecidas a si mismas que cuando tanto se vuelcan en dar alegría a la niña que se la reclama. Todo es un juego, se dice, pero la vida es un juego, que de no serlo sería insoportable. Cuando se pierde, piensa, el sentido lúdico de vivir, el vector que convierte el acto natural de nacer y morir con su espacio de tiempo que intermedia entre uno y otro acontecimiento, en un vector de regocijo, la vida se convierte en un absurdo.

Pues, al igual que los perros, dóciles y cansados, no puiede compartir el corro, deberá refugiarse en la mirada, que a través de las figuras que se agitan y corren, se pierde en el paisaje, pequeño, propio, íntimo.

miércoles, enero 16, 2008

Un nido dentro de un nido dentro de un nido...

Sale del Prado en medio del vendaval, cuando las copas de los árboles se cimbrean y en el techo, en lo alto, se deslizan las nubes grises, gris sobre gris, color de plomo sobre color de plomo, en dirección al sur. Las cumbres aparecen moteadas de blanco o del verde oscuro de los pinos y robles. ¿Quien podría decir cual es el color de la trama, el fondo real de la urdimbre de dos colores y de sus tonalidades? ¿El estado de ánimo? Sin aviso ninguno llega una lluvia densa, de gotas que forman una cortina espesa de puntos grises que vuelan en formación, de arriba a abajo, inclinando el plano de la caída, cayendo hacia el sur. La poca luz ambiente mengua más todavía y Goyerri sale de su lado corriendo para volver a la casa. Este perro no aguanta el tiempo inclemente, por leve que sea, que se ha vuelto (o siempre ha sido) muy señorito y poco dado a aventuras.

También el dios menor se ha retirado; él, que sigue con su manía de actuar como demon aunque el Hombre del Prado ha rechazado la oferta, que tiene por prodigio si resultara, pero al que en realidad le basta con la percepción continuada de Si Mismo y de su propia Conciencia. Cualquiera diría que está cayendo en un desdoblamiento de personalidad, pero sabe que no es cierto. Tiene la soledad del prado y de sus bosques (otra vez la urdimbre complica las cosas: ¿son los bosques del prado o este último de los primeros?), pues tiene esta soledad la ventaja de acentuar las propias percepciones, de verse uno a sí y a su conciencia, como si pudiera entablar una conversación en compañía. Volviendo al Dios Menor, que ahora habita en la casa y se mueve con ella con desparpajo y familiar libertad, este anda ahora enciclopédico y se dedica a mirar libros, a ser posible, que contengan fotografías, y muy especialmente, de su Grecia natal. Cuesta no obstante aceptar que esta Grecia de ruinas que el Hombre del Prado pone a su alcance en la biblioteca, sea en realidad la tierra natal de quien un día tuvo acceso (aunque restringido, que es dios menor y poco más) al Olimpo.

En este deambular entre grises y agua de lluvia, el Hombre del Prado repara por ves primera, entre las ramas desnudas, esqueletos de madera por los que alienta una vida en forma de savia, ahora detenida, un pequeño nido, muy pequeño: una semiesfera de ocho o diez centímetros de diámetros, perfectamente moldeada con ramitas y hojas que han secado formando un compacto, bien sujeto a la base equilibrada que forman tres ramas al unirse. es de color pardo que tiende ahora al gris total que le rodea, y se dibuja sobre el horizonte del cielo con una perfección casi absoluta. La geometría es un cualidad natural en los seres vivos, son ellos de geometría y en geometría se reconocen. Cuando en Roma, el Hombre del Prado, visitó el Panteón, se sintió abrumado por la cúpula con su óculo central: círculo de límpido cielo horadando una cóncava superficie de absoluta perfección. Escribió entonces un poema que no e resiste a reproducir aquí, hace de ello ahora más de diez años, en el primer viaje en el que sintió el fulgor de lo deslumbrante como un retorno a lo esencial perdido.

¿que miras? El panteón de Adriano - (1).

la geometría.
lo bello siempre inalcanzable
más allá de un gesto.

imaginando vuelos de paloma
cautiva en el círculo perfecto
que divide intención y libertad,
ya ciega de salidas
-así pues inacabada-
en el corazón de un hueco de infinitos
circulares
ininterrumpidamente…

es
a la manera griega,
la medida del hombre
y la suma del sueño,
geometría, reflejo
de uno mismo.

no existe el tiempo
y cabe cosechar el instante
de haber estado dentro





en el panteón de adriano (2)

salir por la puerta,
tomar a la luz con la mirada,
apoyar la palma de la mano en la columna
-es todo el tiempo, todo-
en el pronaos, cerrando los ojos,
cederse al vértigo. redimido. redentor.

perdida la identidad
ya nunca pecarás con la banalidad.


Este nido que observa, ahora vacío, le ilusiona; ha estado tres años esperando que los pájaros tomarán el jardín por por Edén y en él se aposentaran. En vano ha sido, tal vez porque el corto espacio de tiempo que lleva encrecimiento no había dado aún, no solo la apariencia, sino la misma natural confianza en la que un pájaro ha de depositar en el paisaje para decirse a si mismo: "este es el lugar". El nido, ahora vacío, espera la llegada con la primavera de sus ocupantes y el Hombre del Prado siente una honda preocupación por si este viento huracanado que recorre la península, fuera a producirle daños o a arrebatarlo de su anclaje y estrellarlo contra la ladera de Aguas Vertientes.

En el invernadero florecen con fuerza intensa y decisión los geranios y mantienen las begonias su pétalos de rojo apagado. Menta, cebollino, perejil, hinojo, poleo, tomillo, romero, salvia y albahaca, siguen contra natura creciendo en sus macetas y expandiendo por la burbuja de cristal un aroma especies que añoran su mar, la extensión del Mediterráneo. La temperatura se mantiene entre diez y doce grados durante toda la noche, cuando más allá del cristal cae por debajo del cero. Ahora, arreciando la lluvia, que se mueve el en espacio, que dibuja en su movimiento su tiempo, le rodea más allá de los cristales y contra ellos produce un ruido sordo, sostenido y compacto. Se dice el Hombre del Prado que cualquier forma de lenguaje estaría perdida sin adjetivos, y eso le divierte. Se vuelve a Si Mismo, (una forma de hablar, o de escribir) y le dice (o le piensa, otra manera) "ya ves que no te necesito para pensar algo original". Permanece el silencio por dentro de la lluvia sonora, un silencio dentro de un ruido; un invernadero dentro de la lluvia: un nido dentro de un jardín; un jardín dentro de un prado; un prado dentro de un bosque: abrir y abrir espacios para encontrar el otro más amplio, acogedor también. Tentado está el Hombre del Prado de elevar a los dioses inexistentes una plegaría preñada de agradecimientos.

Está en el espacio que todo lo envuelve, el cielo, el firmamento, el lugar al que van las almas que pesan menos que el aire y abandonan el cuerpo cuando este muere. Entre Cicerón y Lucrecio, se queda con el juego de las almas vivientes volando a encontrarse con su aire esencial, que narra el primero, sacado de sus lecturas griegas, de su admirada Grecia. Algún día, tendrá que encarar nuestro hombre, una conversación de retorno con el Dios Menor y abocarle de lleno al reconocimiento del mundo de ideas del que ha salido. ¿De que manera, se pregunta, conviene ver las cosas? ¿Cómo las transformamos dentro de nosotros mismos, a ellas, que son externas? Escribe Levinas en "Existencia y Conocimiento"

La luz, la claridad, es la inteligibilidad misma, hace que todo provenga de mi, reduce toda experiencia a una reminiscencia elemental. La razón está sola. Y, en este sentido, el conocimiento nunca encuentra en el mundo algo verdaderamente diferente. Tal es la verdad profunda del idealismo. En ella se anuncia una diferencia radical ent5re la exterioridad espacial y la exterioridad de los instantes unos respecto de otros
.

Hay un "de repente" para todo, que no es sino la abrupta frontera entre esto y lo otro, que parecen unidos y no lo están. El juego de las cajas que son nidos y se encierran no es sino el juego de las esferas que forman el cosmos, los enormes huecos de paredes de cristal que flotan unos en otros buscando un límite. Que maravillosa visión la de un mundo en geometría, se dice, que goce para el alma y la inteligencia, para la razón, poder encontrar una explicación hecha de planos geométricos, de formas geométricas. Usa el hombre las herramientas que tiene a la vista y abstrayéndola encuentra la relación entre el lado y el diámetro de un cuadrado: lado por raíz de dos. ¿Como podría olvidar algo tan elemental y dulce?

Pues en este "de repente" al que se ha hecho referencia, han aparecido volando dos rapaces, halcones tal vez, milanos posiblemente, muy altos, en círculos, en pareja, en su tiempo y en su espacio, que no es sino el suyo. Repara entonces el Hombre que ha dejado de llover y por eso vuelan los pájaros; sale él de su nido-invernadero al nido-jardín para entrar en el nido-casa, dispuesto a escribir este post. Después de ocho días de sequía, se le ha ocurrido algo para narrar.

martes, enero 08, 2008

Noche de Epifanía

En la noche del 5 de enero, la de la Epifanía, el Hombre del Prado servía decorados platos con dos pastelitos de arroz rellenos de olivas negras y anchoas, salmón ahumado, un pellizco de brandada y un pepinillo dulce, aromatizado por vinagre de arroz y de Módena y levemente dibujado con frágiles cebollinos, cuando se fué la luz y el salón quedó sumido en la tiniebla, una caja de oscuridad maciza y densa en uno de cuyos extremos resplandecían unos troncos rojizos, brasas, y pequeñas llamas. Se hizo el silencio, breve, y siguieron las conversaciones mientras él abandonaba con precaución la mesa y caminaba hacia la caja de los fusibles, a ciegas. No lo pensó entonces, que es ahora cuando lo hace, pero esa imagen de sí mismo caminando a ciegas en la noche de su cumpleaños, abandonando la mesa en que se reunen sus amigos para festejarlo, oyendo sus voces al otro lado del muro de tiniebla, se le antojan una metáfora: una metáfora más. Cuando devolvió la luz barriendo las tinieblas, la metáfora empezó a tomar forma.

El Dios Menor, ya integrado en la vida activa de la casa, le susurró al oído que si hubiera aceptado su oferta de convertirlo en el demon particular de su existencia, no hubiera sucedido el apagón. ¿Y qué? le dijo él. ¿Acaso no ha sido un apagón fortuito al tiempo que una metáfora de mi mismo? Piensa que querría irse así, en la oscuridad imprecisa de un apagón, algo de duración variable, la incógnita del tiempo, mientras perdidos los rostros quedan las voces que se van. Un día de años atrás, en un momento de pasión destronada, escribió un poema perdido ahora, del que solo recuerda un verso: adiós, amor, adiós; no dejes que me vaya; le viene en este presente de enero a la memoria, cuando la destinataria no tiene la menor importancia (toda memoria no es sino un despojo) pero cuando las palabras adquieren una dimensión más pletórica: no dejéis que me vaya, escribiría ahora, a los amigos cuyas voces se pierden en la oscuridad.

La mesa bajo la luz, en la que se sientan doce personas, junto a la cristalera que da al jardín, ha sido puesta con todo esmero por Ana. Relucen los objetos bellos de cristal, copas hechas a mano que irisan la luz y apagan los brillos para conferirles una tenue solidez de cristal antiguo y la porcelana orlada en oro se asienta en el mantel de hilo. No se narra lo magnífico por el hecho de serlo, sino por el entorno ético que la estética confiere al conjunto. En este final del tiempo que es el presente, despojada la agenda de otras huellas, quedan esos doce rostros que le sonríen, que le han besado al entrar, los cariñosos labios dueños de la palabra y el afecto, y una atmósfera de contento. Se le antoja que en toda vida existe un asentamiento en el tramo último que adquiere el aire de un ancien regíme particular: un residuo de nostalgia y una felicidad del hoy.

Ariadna y David, el otro David y un Fernando, han caminado desde una niñez recordada a esa espléndida madurez del lento abandonar de la larga niñez, metidos entre los treinta y los cuarenta. Guapos, con el feroz entusiasmo de la juventud y el esplendor de sí misma hecho carne, ponen imagen a un poema de Whitman que no recuerda en su literalidad, aquel que habla del "esplendor en la hierba" y dió título a una espléndida película de Nicholas Ray. Si cita aquel otro fragmento del mismo autor, inserto en el Canto de mi mismo:

Siéntate un poco, querido hijo.
Aquí tienes bollos para comer y aquí leche para beber.
Pero en cuanto te duermas y te repongas del cansancio, envuelto , te daré un beso de adiós y te abriré el portal para que salgas de aquí.


Desborda la alegría como el cava en las copas al llenarlas y el Hombre del Prado escucha a la sabiduría de Samuel N... que le dice cuan agradable es estar en una mesa con todos esos amigos, que son lo que queda de una larga vida de sesenta y cuatro años. Piensa aquel y rememora a sus amigos y los cita para concluir cuan corta y sin embargo rica es la lista de estos entre el enorme batiburrillo de los conocidos, siempre amigables, siempre cordiales. La pequeña compañía que queda, triunfante en la larga aventura de vivir al cabo del tiempo, sobrevivientes de una travesía del desierto que termina en esta mesa ricamente alhajada, cual si se tratara del oasis deseado.

Ah, se dice el Hombre del Prado, ¿será que llegando a este final del tiempo que mi carne puede soportar, es cuando llega el auténtico tiempo de amar y de vivir, aquel en el que el goce reside en la contemplación y en el lento latir de la sangre circulando por unas venas ya envejecidas. Ana, superviviente de un cáncer, a su lado, sonríe afanosa en el mimo y atención a los detalles; tanta atención es ternura para él, es compañía que en este mes de enero cumplirán diez mil días de caminar a la par, por la misma senda. ¿No es esta la riqueza, se pregunta, ayudada por el reencuentro con el tiempo desocupado que es ahora su mayor pertenencia, su mejor tesoro?

Cantar a la vida es contemplarla recluida en torno a una mesa de amigos y desgranar con ellos las aventuras pasadas. Se evocan viajes, experiencias, y todo se convierte en risa cuando la memoria, por naturaleza selectiva, se niega al retorno de la tragedia vivida o del exterior, cuya hostilidad no cesa. Nadie podrá cambiar el presente de fuera, tan tenso y violento, con el simple deseo de la paz o el atisbo instantáneo de la diferencia entre lo justo y lo injusto. Un hombre es metáfora de sí mismo, mil metáfora de sí mismo, un cristal de múltiples caras aristadas y esa percepción del bien y el mal no es sino un estado del alma, esa que es incapaz de verse a sí misma. ¿A qué pues tratar de tener una visión absoluta de un todo que se escapa? Justamente ahora, que acaba de aprender que en el más racional y científico de los conocimientos radica la Fe (la escribe con capital mayúscula para que no pase desapercibida la importancia de esa palabra donde no reside la religiosidad, sino la humana necesidad de asentamiento) prefiere abandonarse al albur de que la certidumbre no es sino la ignorancia, y aceptando ésta, uno puede alcanzar una visión completa de un instante en la vida, poco más; el fulgor del instante, en palabras de Levinas, es lo único que acabará dejando rastro. Habrá pues que tener fe en esa memoria de instantes que no son sino sensaciones.

"El hombre es su vida, sus acciones hasta el momento de su muerte: el hombre es su existencia", escribe Hanna Arendt en El Existencialismo francés y es verdad; ¿qué va a ser sino? se pregunta El Hombre del Prado. Pero tiene, ante esta mesa, esta cena laica de sagrado ritual, una certeza que descarta aquella afirmación por excesiva. El hombre, piensa él, es este presente, tangible y huidizo y nunca puede apreciarse en una totalidad de pasado y futuro cuando es la vida lo que reclama su atención. Llegado de donde sea y yendo adonde fuere, el hombre no es sino el fulgor del presente y lo que carne percibe y aquello por lo que late, en el momento que llega y se va en un tic tac. Imposible apresar la vida en ese destello en que se para a sentir, por que se fue y es otra, y otra y otra. En una entrevista a un periodista francés, Heidegger dijo que "el hombre había llegado demasiado tarde para los dioses y temprano para el Ser" y usando el sentido de lo dicho con la más absoluta libertad, pues las citas no solamente son para saber más acerca de alguien sino para iniciar un camino de pensamiento con entera libertad, a través de una puerta que se abre a lo desconocido, cree que ese es el presente, largo o corto, siempre instantáneo como el cava en la copa, el café en la taza, la caricia del amor, el beso de despedida.

Otro poema de Whitman le viene a la menta y lo busca en el libro que tiene siempre cerca. Últimamente camina con el poeta americano muchos minutos de su tiempo porque en él encuentra lo reconfortante, la singular entereza de quien se construye a sí mismo frente a todo lo demás, como una roca sola latiendo plena de vida.

Como Adán, al amanecer,
salgo de la espesura reconfortado por el sueño.
Miradme por doquier que me veáis pasar; escuchad mi voz que se acerca,
tocadme, tocad mi cuerpo con las palmas de vuestras manos cuando paso;
no temáis a mi cuerpo.

sábado, diciembre 22, 2007

Una mirada a la agenda por Navidad.

Arrecia la Navidad, aunque en realidad hubiera querido decir que arreciaba el mal tiempo; no es cierto tampoco, que la temperatura ha subido aunque el sol se esconda y la poca nieve se deshace entre manchas de agua sucia. Asoma una hierba rala y una tierra como esponja, preñada de aguas y humedad, dura por el hielo. Hay que podar, es tiempo aunque por delante otro tanto de él: los frutales esperan un corte en copa, que dicen los libros escritos por expertos; la gente de aquí, que sabe de poda, no dice "copa" sino que saca tres dedo de la mano hacia arriba, separados, pulgar, índice y corazón, y dice señalándolos, que hay que dejar tres ramas principales y quitar lo que sobre.

El Hombre del Prado ha estado limpiando la agenda del teléfono móvil, que otra no tiene. Esta vez, junto al fuego, después de comer, ha decidido, borrar aquellos nombres que ya no son, escrito claramente, que ya no son o están, presentes en su vida. Le asombra ver la cantidad de identidades que se es desvanecen con el acto tan simple de "eliminar-aceptar" porque simplemente ya no representan nada. Conservar las agendas, cosa que hace años decidió no hacer y acabó con ellas en la basura, no es sino conservar raicillas secas que anclan en un pasado que perdió vida, frutalidad, capacidad de renovarse con savia en llamadas. Hay en la lista nombres que cuesta identificar y otros de los que se sabe que se han ido para siempre, no porque hayan muerto, ¡diosnoloquiera! sino que se han desvanecido en las necesidades perdidas. Trata de reconocerlos al leer sus nombres y se encuentra con vagas sombras: este se estaba haciendo una casa, este otro cambiaba de trabajo, esta iba a viajar a otro lugar y otro ni siquiera tiene presencia, era, como se dice ahora, un simple contacto; y aún así trata de ver sus caras y recuerda gestos desvaídos, seguridades orgullosas, vanidades del presente.

Una agenda es la sombra del triunfo y él, rememorando a Parménides, diría que cada uno de ellos no es sino que "la sombra de un sueño" y en ese acabaron disolviendo una esencia que no era la propia de ellos sino la de su imagen ante el Hombre del Prado que fué, que ya no es, que ya no les necesita. Media vida, o más, se pierde en las agendas que año tras año se cierran y despueblan. Se dice: "vamos a suponer que descuelgo un teléfono y llamo a cualquiera de estas identidades para encontrar a otro presente, una realidad distinta y lo que tal vez sea más certero, un olvido que mida el valor del encuentro pasado. No es bueno retornar al pasado con la acción, sí con el pensamiento si a esa nostalgia se le encuentra agrado, pero no con la acción: ¿cómo volver a ella años después, o a él, para decirles, ¿me recuerdas? Yo nunca te he olvidado?"

Si uno es listo, se dice, si trata de llegar a la serenidad, abandonará de buen grado todo lo que fué en el pasado superfluo, pasión de un día, ocupación de un tiempo; pero entonces llegará al presente desprovisto, vacío, con un equipaje somero que será de él mismo cuatro cosas que le alimentan cuando anochece o cuando pasea con Goyerri y pensando en el perrillo piensa en todos los que fueron y amó, y al fin se han ido porque se ha ido uno de ellos. Una mañana, en el aeropuerto de Barajas, posado en una cinta que le llevaba d una terminal a otra, alcanzó a adelantar a una muchacha hermosa, no una belleza de cine, sino una muchacha natural y lozana y volvió la cabeza para verla, subyugado por tanta luz que ella portaba. La chica se detuvo de repente, soltó el equipaje que llevaba en la mano y sacó del bolsillo un móvil; la cinta se le llevó a él dejándola atrás, parada en su presente. Pensó entonces en la imagen, en la metáfora de la muerte, pero guardada por tiempo en la memkoria, la ve ahora como imagen de la vida, cuando uno se aleja incapaz de parar a la cinta que le transporta y ella atiende a una voz que llega desde su realidad, desde su tiempo. Piensa que un día, por Navidad también, se encontrará con un listín de identidades mínimo, apenas ocho o diez personas en su agenda, que llaman tan poco, que tan poco le necesitan, y comprenderá que está por llegar el desencuentro, el olvido, la muerte.

No puede creer que hayan personas que en esto de envejecer, que es cosa que se inicia tan pronto aunque se ignore, no reparen en esa pérdida de sintonía con la vida de los demás. Su cinta transportadora no le permite, por vanidad o abuso de una vanagloria pasada, aceptar que muchas de las pérdidas de los otros, que es en suma el Otro que le ha animado en la vida, las sombras de los sueños que acarició, acaben encerradas, inservibles, en un listín de un móvil, revisable por Navidad. Algo habría que hacer, piensa, pero ¿qué? Y ¿no es tarde? Y más todavía, ¿hubiera valido la pena?

No se entristece, ¿cómo puede la realidad entristecer? Mirando atento en el río, oscuro, de nuevo la oscuridad de la tarde anochecida le envuelve, trata de ver el movimiento de Goyerri, le llama, se preocupa de él, podría resbalar, caer a la corriente de agua que ahora es torrencial y una cierta angustia le invade. Ante sus ojos solo la oscuridad, algunas siluetas de maleza y unos brillos que provienen del agua que salta por las rocas. Comprende que que debe ocuparse de los pocos que quedan en su agenda, la de la vida, que no le vale anotarla en un móvil. Se acongoja y llama en alta voz, primero por su nombre, luego por apelativos cariñosos, incluso suelta algún exabrupto, y nada. Sigue la oscuridad cerrada. Un leve roce en la pierna, mientras llama, le hace bajar la cabeza y ahí está el perrillo, pegado a él, obediente a su llamada. Comprende que no todos, todos los otros que son uno mismo, están dispuestos a irse sin sonido alguno.

Bien, se dice: llega la Navidad. Felicidades, donde quiera que estéis. Sed felices..

miércoles, diciembre 19, 2007

El camino del bosque en la oscuridad

No es todavía la nieve, pero avisa. Una capa ligera, de pocos centímetros, cayó ayer por la noche en el prado y en el pueblo y dejó un manto blanco, extenso e intocado. En su falta de marcas sobre la superficie, suavemente ondulada sobre el terreno, se adivina una quietud visual a la que acabarán rompiendo pisadas de gentes y animales, bloques de nieve desgajadas de las ramas de los árboles, grietas de la humedad que abren extrañas cavernas, recovecos por donde mana un agua cristalina y se adivinan profundidades oscuras. Es ciertamente una quietud visual y en apariencia silenciosa, aunque suenen los vientos de una borrasca que sin acabar de romper con tumulto, permanece en lo alto, vigilante.

Esta nieve es gozosa y aunque llegue en un día gris parece anunciar una transformación del lugar en la esperada bienaventuranza del año: ¡ha nevado" es la voz que despierta a los demás y a través de los cristales, entelados, se percibe una extensión de blanca pradera por la que correrían las figuras de la pintura flamenca, se adivinarían tras los setos los cursos del agua helada y aparecerían por una esquina del paisaje los patinadores cruzándose por el que lleva una carga de leña o un saco de pan, yendo o viniendo del pueblo en que humean chimeneas. Todo como en una felicitación navideña, el "¡ha nevado!" llega siempre en tono de sorpresa.

Suena el teléfono, "¿ha nevado?" y "claro que si, está muy bonito". Oye la voz de Ana en la planta baja y aspira el olor de las tostadas. Ese es el punto de síntesis en que se resume la primera nevada del invierno: todo es bonito y poco importa que las horas vengan a romper esta quietud con sus roturas.

Al anochecer, que es ahora muy temprano, el Hombre del Prado y Goyerri salen a caminar su paseo vespertino y se empeña el perrillo en ir al pueblo por la carretera y volver por el camino del bosque, que entre árboles, paralelo a la nacional, deja a un lado colegio, piscinas, pista de tenis, y se adentra en un espacio boscoso, que se inicia con una tramo plano, desciende después de manera sostenida y acaba subiendo hasta el nivel del prado de manera abrupta en una pendiente que requiere esfuerzo y prudencia. En este final ya se incorporan al camino algunos chalés, detrás de la primera línea de árboles.

Caminan los dos entre las sombras: el Hombre del Prado siente respeto por la noche oscura del bosque y no se siente tranquilo caminando por él; aprensión tal vez, miedo probablemente. Un miedo sin sentido diría de buenas a primeras, aunque cabe reconocer que no hay miedo que no tenga sentido cuando afecta al recelo, a la entraña que se revuelve, al apercibimiento deo oído que trata de adivinar, entre tantos ruídos y más rumores, aquellos que pudiera ser hijos de la amenaza. Quedan atrás las luces últimas de los faroles que iluminan la calle de las escuelas y ahora la nieve es una luminiscencia que se extiende hacia delante y sobre la que en la pendiente lejana, parecen recortarse las ramas de los árboles que hunden sus raíces más abajo. El Hombre del Prado, manos en los bolsillos de la zamarra, calado el sombrero hasta las cejas, escucha atento el sonido breve y ligero del caminar de Goyerri, veloz en su paso corto, movidas sus patitas con ligereza y prontitud de tal manera que oye "chichicchichic" en una serie de cuatro sonidos que son una serie completa del pasear del animal. Cuando deja de oírlo se detiene el Hombre y se vuelve tratando de ver en las sombras, que no es cerrada oscuridad, la breve silueta del amigo, a ras de suelo, buscando en la dirección del sonido, tratando de adivinar sobre la claridad de la nieve el lugar en que aquel se ha detenido. En un momento alcanza a ver una sombra, apenas una sombre diferente, que parece moverse rastreando, acercándose, y entonces sabe que no se han perdido. En una distancia más corta puede ver que en la parte frontal de la sombra entrevista, hay como una mancha de blancura, un reflejo más claro, y sabe que son los pelos del flequillo y de las barbas del animal, yendo por delante.

Tiene el bosque en esta oscuridad el sonido poderoso de lo absoluto: solamente es sonido, ya que ni siquiera es imagen definida. No son ruidos, rupturas sonoras del silencio, aislados, reconocibles, uno tras otro separados, identificables o no pero con la propia identidad del aislamiento. Se trata de una banda sonora, una orquestación, como si se tratara de una sinfonía en la que descubre el Hombre del Prado un orden armónico que parece que va a repetirse formando una cadena de series audibles saliendo del caos, lo que no es así porque siempre cuando debiera volver aquel que inicia la cadencia, el atisbo de ritmo, deja un vacío, se ausenta, y parece iniciarse otra cosa. Como el sonido del mar, el del bosque no es nunca el mismo si bien se asemeja a su mismo, es su propio sonido. Piensa que esa es la manera de sonar de la humanidad, libre en la oscuridad, protejida del miedo por el ruido de ruidos que la envuelve.

Subiendo la rampa abrupta que ya conduce al prado, las botas parecen no sujetarse en el camino, resbalan, se desliza la suela y hay que afirmarla con cuidado en un camino de tierra y piedras que no se ven, con una capa de nieve que cruje tenuemente al posar el peso del caminante en ella: hay hielo; ha llegado el frío de la noche y ya es casi todo oscuridad cerrada aunque en el fondo del camino, donde la mancha blanca solamente reconocible por imaginarla, una luz clamorosa, un farol simplemente, pero de que potencia, que faro enorme para el navegante, lanza su luz salvadora entre la niebla que empieza a caer y avisa del arribo a lugar conocido. Chasquea bajo los pies alguna rama, cruje la nieve, empieza a lloviznar ysigue el chichicchichic de Goyerri los pasos del hombre; el viento arrecia llegando ahora desde el sur, saltando por encima de Cabeza Líjar y trae polvo de nieve que roba de los árboles, de las rocas, de la ondulación del terreno sobre el que se ha posado toda esta nieve que en la noche disimula su esencia en resplandor. Las gotas de la lluvia, como agujas que, inofensivas, solo pretenden mostrarse para ser reconocidas, leves pinchazos en la piel, le hacen acelerar el paso y en un momento ha vencido al repecho y jadeando se da cuenta de que la última parte del camino la ha hecho deprisa, casi a la carrera, empujado por la oscuridad.

Alcanzado el prado la nieve en el asfalto muestra las rodadas de un coche, que perdida la dirección en la curva, ha resbalado hacia atrás girando sobre si mismo y allí ha quedado en montones, arrebuñada, sucia por el arrastrar del fango sucio que arrastra el asfalto, el polvo de los días secos, dispersándola en un dibujo de torbellino. El Hombre del Prado se vuelve y mira el agujero en que se ha convertido el camino por el que venía en esta noche sin luna: una profunda boca negra, un abismo amenazador, un lugar sin destino, se dice, es el lugar por el que ha llegado hace un momento desde el pueblo. ¡Ah!, cuan satisfecho está por este atrevimiento; por vez primera, a su edad ya madura, ha caminado en noche cerrada por una selva oscura y ha vencido a los miedos, que son propios de cada uno,. a los habitantes de las tenebrosas espesuras, claro está que ha contado con la compañía y protección de Goyerri, que ligero, sin ninguna evidencia de intranquilidad marca su paso breve: "chichicchichic" llevando orgullosos su hociquieto de pelos blancos por delante.

lunes, diciembre 10, 2007

El Post Mongol II: la boda

Conviene no olvidar que el viaje tiene un eje central: la boda de Laura. David estaba invitado como testigo, a la boda de una vieja amiga. Tan vieja que se conocieron hace unos 19 años, en el instituto; entonces se gustaron: cosas de quince añeros. Iban a casa de él después de clase ý al irse, Ana y el Hombre del Prado les veían desde un ventanal caminando entre jardines cogidos de las manos. Parecían dos pardillos, recuerda Ana; debían parecerlo. Ella era una chica modosa, educada, dulce; David un chico tímido, parecía. Los que son mayores, es decir, los padres, agradecen que los chicos sean o parezcan justamente eso, porque les tranquiliza. Durante los años David y Laura han sido amigos, con una amistad fiel y entrañable. han sido el uno para el otro parte del decorado vital que la vida va levantando en torno a las figuras protagonistas.
Escaleras arriba, escaleras abajo, la prueba del chaqué resulta jocosa. Anochece en el prado, arden leños en la chimenea y sobre la cama del cuarto de invitados, se despliega vanidoso un chaqué, un chaleco gris, una camisa blanca y un rebullo de ropa sacado de la bolsa, la ropa arrugada que David suele llevar siempre, desde que era niño, chico, adolescente. Si, le dice el Hombre del Prado, tengo maquinilla para dejarte la barba de dos días; si, tengo maquinilla para afeitarte la parte de abajo del mentón; no, no tengo una camisa blanca, ¿o sí? Ana, ¿tengo una camisa blanca? No tengo camisa blanca, lo siento. Si tengo zapatos, si calzas el 41 tengo los del smoking que no llevo hace años (más de 20); pero tengo una camisa beige muy clarita. escaleras arriba y escaleras abajo parece que la vida se ha convertido en una zarabanda de búsquedas. Pero, ¿de donde has sacado esa camisa? Es de alquiler, contesta David, que no tiene ninguna camisa, que hace años que no lleva camisa, que solo se ha puesto corbata una vez en su vida, tal y como recuerda, en su primera comunión. La camisa blanca que David ha traído con él es enorme, casi con vocación de roquete. Cuando se lleva chaqué no se puede llevar camisa beige, sentencia David. El Hombre del Prado se ofrece a ir al día siguiente a Segovia antes de las 10 am y tratar de encontrar una camisa blanca del 41, también el 41. ¿Y gemelos? ¿Tienes gemelos? Le da a escoger. El Hombre del Prado se enfrenta a su viejo vestuario de ejecutivo de agencia de publicidad que está arrumbado en un armario hace ya algunos años. Se ha producido, piensa, una evolución darwiniana en su exterior y hace algunos años que no viste prendas que no sean cómodas: camisetas, jerseys, vaqueros, pantalones de lona, bufandas... Así pues ha acabado encontrándose con su hijo en el vestir. Por algo se empieza, piensa.
La camisa beige se acepta como propuesta racional; los zapatos del smoking con entusiasmo: tienen cinco o seis puestas, como mucho, dice Ana. Los gemelos lucen en oro blanco y dorado, breves, mínimos y despiertan un suspiro de satisfacción. El Hombre del Prado tiene que hacer el nudo de la corbata tratando de hacer los movimientos a la inversa, porque nunca ha hecho el nudo a nadie que no sea a él mismo y Ana da unas puntadas al chaleco gris para ajustarle el talle. La prueba es un éxito, la mutación completa. El chico de Mongolia se ha convertido en un maniquí de escaparate de El Corte Inglés, pero se gusta. Es lo que tiene la vanidad, que salta donde menos se espera. Por la mañana, antes de que coja el coche y se vaya a la boda, se hacen una foto los dos. Este momento no se repetirá y piensa este que escribe que ningún momento se repite, ninguno, que aunque parezcan el mismo, todos los momentos del tiempo son otro momento. Pero este especialmente, se dice, y se da cuenta de que lo que lo hace especial es la insospechada aventura que ha provocado Laura, amiga de tantos años, al invitar a David y obligarle a ponerse un chaqué para su boda.

Alvin Tofler escribió algo así como "el analfabetismo del futuro no será cosa de saber leer escribir, sino de saber aprender y desaprender y volver a aprender". Piensa el Hombre del Prado en todo lo que ha visto y trata de saber que es lo que ha aprendido. No lo sabe. Tal vez el analfabeto del futuro es el que cree que sabe todo, sin saber que es todo. Tal vez todo lo que sepa sea inútil; con seguridad todo lo que sabe es inútil y ha dedicado más de sesenta años de su vida a leer cuantas cosas inútiles le han salido al paso, tratando de aprehender una palabra que lo englobara todo. No existe: el protagonista de un cuento de Camus muere de inanición en la oscuridad de un altillo y escribe una sola palabra que es indescifrable porque pueden ser dos: solitaire; solidaire. Una certeza tiene, mientras ve que el muchacho se contonea con su chaqué ante el espejo: no querría volver a vivir otra vida, ni esta siquiera que ya ha vivido, sino otra cualquiera. Con una basta aunque no sobra. Si alguien le preguntara en ese momento, ¿que quieres ser cuando seas mayor? contestaría sin dudarlo: nada. Le basta con observar el coche que se aleja en dirección a la boda y recordar las palabras que en la secuencia final de Ocho y Medio, le dirige Guido-Mastroiani-Fellini a su mujer Luisa: "la vida es una fiesta, Luisa, vivámosla juntos" Y cogidos de la mano entran en la enorme rueda que baila en un páramo vestido por un decorado que no es sino una estructura esqueleto del universo en que se mueve todo. Por suerte, se dice, queda la risa, esta enloquecida forma de expresar una felicidad sin ton ni son. En el fondo lo único que tiene sentido, hoy, esta tarde, piensa, es ayudar a mi hijo a ponerse un chaqué alquilado.
Por la tarde lee junto a la chimenea el Diario de Bitácora, así lo llama David, que le ha dejado por si quiere hojearlo. Aquello que ha explicado viendo las fotografías está allí, transcrito cada noche. Allí esta la enloquecida galopada de Uri ayudando a un muchacho a recoger su ganado. El chico en la bicicleta de Uri, este en el caballo del chico. Cuando volvió a la tienda estaba agotado y exultante de alegría. Son los momentos.

Allí está la subida agotadora a un templo en medio de la nada para encontrarse con toda una familia de acomodada posición, que viajan de picnic en furgoneta. Comparten comida, bebida y risas. Vestían, escribe David, camisetas de marca y tenían cámara de vídeo. Iban todos en una furgoneta, eran los ricos.
Allí está la vieja encargada del hotel que se entiende con sus huéspedes con una vieja libreta que traduce del mongol al inglés. La mujer, con una rapidez fulgurante hija de la práctica, busca las palabras según la traducción pasando velozmente, casi a ciegas, las páginas, y señala con efectividad una palabra en inglés y forma con ellas frases completas que son inteligibles. Permanece allí, ella y su futuro, con su libro de texto como prueba de que quien no se comunica es porque no quiere.
Allí está la muchacha con síndrome de Down, que se escondía tras unas rocas, cerca del campamento, y que cuando David se acercaba unos pasos ella se retiraba exactamente los mismos, hasta que con dulzura y paciencia el chico consiguió acercarse a ella. Le ofreció unas galletas y la muchacha las tomó, se dejó hacer una fotografía y al cabo marchó corriendo, con las galletas guardados en los bolsillos de su chandal de deporte.

Allí está el taxi con el que llegaron a un pueblo marcha atrás, porque ya no entraba ninguna marcha tras atravesar kilómetros de pedregal. Allí están los templos vaciados de contenido por las autoridades comunistas, ahora de nuevo abiertos, con imágenes que remedan las que fueron, sin el antiguo esplendor, pero siempre más espléndidos y vivos que el régimen que creyó haberlos destruido. Allí están las cabalgados por los bosques de abetos. Los rebaños de yaks.


Cuando al día siguiente hablan de las impresiones de la lectura después de David expusiera los pormenores de la boda de Laura, El Hombre del Prado le entrega el Diario de Bitácora y le dice que le ha gustado mucho. Es cierto, a sí ha sido. Vuelven a hablar de las fotos y coinciden que las miradas de los niños son entrañables. Tiene una pregunta que hacerle a su hijo: ¿Qué crees que veían ellos cuando os miraban así? Lo intenta el muchacho, pero no sabe bien que cosa responder.



De vuelta al aeropuerto hablan un rato sentados en el coche. Hablan de ellos, del futuro. Hablan del amor y del dolor. El Hombre del Prado hace una propuesta a su hijo y este ríe y promete estudiarla. Se funden en un abrazo. La puerta de la T4 está abierta al futuro, que es el momento inmediatamente siguiente a este. Mientras pone en marcha el coche y empieza a darle vueltas a estos dos posts, decidido a escribirlos, sabiendo que no son sino la narración de un viaje de inicio a algún lugar de la vida, imagina los ojos expectantes de un niño mongol clavados en el futuro, a través del espectador y recuerda lo que le propuso a David unos minutos antes. "El año próximo, cuando prepares otro viaje, ¿me llevarás contigo? "