Mostrando entradas con la etiqueta Biográficos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biográficos. Mostrar todas las entradas

sábado, junio 20, 2015

Devo tornare a casa mía...

Hay una canción antigua que cantaba Mina, "Devo tornare a casa mía". Hay quienes hacen de una musiquilla su bandera, yo lo hice de esta, no se porqué y no recuerdo desde cuando. Me pasaba con algunas otras cantadas,  también italianas, una era "Parole, parole, parole", sentía por ella una muy especial afecto, o afección. Pienso que igualmente que existe en catalán la expresión "lletraferits", que tanto me gusta, dedicada a los lectores devotos, casi enfermizos, estas canciones me hirieron y la cicatriz sigue sensible.
Hace algún tiempo que pienso que toda la vida no es sino un perpetuo alejarse de la casa de uno para ir volviendo a partir de un cierto momento, incierto momento del que seguramente apenas cabe memoria. ¿Cual es esa casa de uno de la que no parece quedar memoria pero si deseo, voluntad y vocación de retorno? Son seguramente los lugares de los espíritus, los que habitaron nuestras sombras, que son la memoria, trazada a pinceladas a partir de ese proceso selectivo de eliminar o dulcificar lo trágico y ensalzar, endulzar, los vagos momentos en los que la dicha parecía envolvernos.
Siempre, y cuando escribo siempre me refiero a una larga vida desde la juventud, me he sentido nostálgico. Antes envidiaba, ¿qué le vamos a hacer? Pero mucho antes, después de aquel tiempo de juventud y envidia del que me queda poca memoria y alguna vergüenza, me incliné por la nostalgia. Un joven nostálgico es, para muchos, una contrasentido. Tampoco sobre eso tengo una idea clara y menos una respuesta, y menos aún una pregunta.
Hace algún tiempo habité, metafóricamente este blog, "En El Bosque" y en él hice amigos. Fueron días aciagos, lastrados por la tristeza tal vez, que cancelé un día cambiando de lugar, no solamente en el blog, sino también en la realidad. Abandoné de manera permanente, no por cortas temporadas, el bosque real en que vivía y me acerqué al mar. Buscábamos el calor, el paisaje mediterráneo, el mío, si puede decirse que existe título de propiedad para un paisaje. Otro blog dejado de la mano, de la inspiración y resumiendo de la voluntad. Es esta palabra, la voluntad, una que voy usando cada vez más. Pues aquel blog no mantenía el pulso, no expresaba lo que yo ya no sentía necesario escribir. Nadie deja de pensar, pero si de expresarse. Se cae en el mutismo por muchas causas, una de ellas por ensimismamiento. Otra palabra esta que me gusta, que practico, que hago mía.
Así que desde este ensimismamiento, ahora que la casa del bosque está en venta y el otro blog se habilitará para la fotografía en breve, será cosa de la voluntad el hacerlo, vuelvo a mi casa, al viejo blog arrumbado que necesita una pequeña limpieza, adecentar las paredes, sacar las telarañas, abrir las ventanas y dejar que la luz lo invada todo.
Seguiré pues en el bosque de la metáfora, no en el real, ahora que voy allí a pasar el verano, el último si los compradores se deciden.

domingo, junio 17, 2007

De una imparable nostalgia en tiempos de lluvía

Los héroes, bajo la lluvia se mojan, como los demás; y los románticos, y los tristes, y los descarriados. Pero ¿que es un romántico? ¿Y un triste? ¿Y un descarriado? Es esta primavera que parece de otoño, húmeda, torrencial, verde de agua que se precipita por trochas y torrentes, que cruza los senderos y que cambia la circunstancia y el ánimo. ¿Donde estará el dios menor con este tiempo en el que nada es como debiera? Una inmensa masa de nubes, una inmensa nube como una masa, de negro color, sucio color, se extiende desde el norte y el oeste y avanza hacia el sur cruzando el puerto por alto, derramando agua y refrescando el ámbito. Ayer, que bajó hacia Madrid para comer en casa de unos amigos, descendió las rampas del puerto envuelto en una niebla intensa que al llegar al llano seguía presente, algo poco habitual: en el llano escampa, por regla general. El clima nos iguala, le diría al dios menor, pero no le encuentra: desde que volvió de Berlín no se han encontrado.

Esta misma mañana ha salido hacia el bosque siguiendo la Forestal hasta la Cerca de las Monjas, por no cruzar el vado que viene crecido. Allí, en la cerca, se ha metido en el monte hacia arriba para dejar de lado la pista asfaltada por la que los domingos transita el visitante de la ciudad, o eso le parece a él que son todos los que van por el asfalto en su coche en domingo -paseantes por un bosque que les acoge con indiferencia - y por una senda entre helechos que alcanzan ya la media pierna, relucientes de un verde mojado, hermoso, fragante: senda zigzagueante y bien trazada. Llega a la parte oeste de la cerca y allí ya, abriendo la cancela, entra en el mundo mágico del bosque ajeno a la pista, que se adentra en el corazón de sí mismo. Él, que no cree en la magia pese a los feroces intentos de Clarice que si cree en ella con rabiosa pasión, entra por los jirones de niebla seguido por Goyerri como si atravesara la pantalla de una película de bosques iluminados en los que nada es sombrío pese a lo desapacible del clima y por contra el verde resplandece con trasparencias, como deben ser aquellos en los que nació su abuelo gallego, muy cerca de Sarria, en el término provincial de Lugo.

Una noche de niebla y tormenta, yendo con Ana en coche por aquellos andurriales gallegos, bosques de arboles truncos, rotos por vendavales de la imaginación y del maltrato, con niebla nuvolada arrastrando su esencia a ras de asfalto, entre curva y curva, sin reserva en posada y sin posibilidad de enocntrar habitación vacía, alcanzó un parador en el que pidieron refugio y les dieron, casi sin precio y como por lástima, un cuarto de criados (o de servicio) sin agua corriente, ni ducha, dos camas, unas mantas, las sábanas: el lugar justo para refugiarse. "Las meigas, le decía él a Ana, no están contra nosotros y nada nos van a hacer, me conocen y me respetan, bromeaba. La Santa Compaña es un grupo de amigos de mi abuelo, que nació por aquí". Bueno, bueno, le contestaba ella, pero encontremos un lugar para alojarnos. Como todo instante vivido alcanza a ser literario, le vino a la mente Romance de Lobos, de don Ramón María del Valle Inclán -que es la forma en que le emociona decir el nombre de ese autor, salvando la familiaridad del apellido, regla copmún e los institutos de su tiempo- y en ello estaba, cuando le habló a Ana de su abuelo, José Rivera Vega, guardia civil afincado al final de su vida en Barcelona, nacido allí, en Sarria, en tiempo tan inmemorial que le diera tiempo incluso de irse a la guerra de Cuba de servicio; que de Sarria había huido de niño, o sin huir había tomado el camino a pie de los puertos de exilio camino de Madrid, donde según decía Amadeo, había sentado plaza de tambor en un regimiento (sin mencionar cuerpo ni nombre) hasta dar con sus huesos en la guardia creada por el duque de Ahumada. "No me habías contado eso" le dijo Ana, y él le respondió que hasta esa noche, allí, que todo tiene su momento y lugar, no había pensado en que hubiera nada que contar.

La historia que nos tiene nos viene del tiempo en que podemos recordar el tiempo de aquellos a los que conocimos: lo demás es ajeno. La historia que no tiene está trufada de caras, olores, recuerdos y figuras familiares con denominación de origen: el "tío Pepe, el Marino" es un buen ejemplo del cartagenero que llegado a Barcelona, abandonada la marina de la que ya no se sabe ni se recuerda nada, entró a trabajar en La Canadiense, compañía que electrificó Cataluña. Del Tío Pepe, el Marino, quedaba en casa de los primos un sable de uniforme y una gorra de plato, y en el velatorio de una tía prima, los chicos menores jugaban por el pasillo alternando la propiedad y el uso de ambas cosas, mientras los mayores, entre aromas de Anís del Mono y café de puchero, velaban a la pobre prima muerta de desazón, decían, que de soledad, porque se le fue el prometido en el Cabo de Buena Esperanza con rumbo a América, cuando le había dicho que iba a por tabaco. Del Tío Pepe, el Marino, no queda hoy, según cree, otro rastro que la memoria propia, un rastro indefinido y seguramente falso, o por lo menos dibujado de otra manera, con otros trazos. Alguien habrá más cercano que le conocerá mejor o le recordará con mejor propiedad.

Una vez más piensa que las cosas son tal como las pensamos y así no es como son sino que creyéndolas a medias nos ilusionamos con ella, despegando de la realidad. Aquella noche mágica del Parador de Sarria, era una noche privada entre Ana y él, de la que se acuerda ahora, por lo menos veinticinco años después de haber sucedido. Volvían de Finisterre, de asomarse al cabo, donde cuentan -cree que en Gargoris y Habidis de Sánchez Dragó- que una legión romana fué allí para ver como el sol se hundía en el mar, en el horizonte, y como ascendía desde allí una niebla espesa en el ocaso, que era el vapor de agua, producido al apagarse el sol de cada día en el fondo del Mar Tenebroso. Ya flotaba por entonces el sepulcro de piedra del santo Iago que realmente no era de él, sino de un hereje, según parece. Por esos mares, al sur, se adivinaban para algunos entregados al misterio, las islas de San Brandán, o de San Borondón. De como un sepulcro de piedra puede llegar flotando hasta el Atlántico finisterriano y desde allí ser conducido hasta los cimientos de la tierra de la iglesia de Santiago, es cosa no sabida y misteriosa. Lo que fue fue, y lo que no, no se sabe.

¿Porque un recuerdo alberga tal carga de felicidad? se pregunta. No es cosa de entrar en él armado de la razón, sino de aspirar el aroma de aquella noche en en cuarto de servicio casi prestado. Recuerda que el viaje empezó en León, en el magnífico Parador de San Marcos. Allí, cenando en el comedor, vieron desfilar una procesión de ánimas con velones de cera, de cristales para fuera. Era Semana Santa, lluviosa, fría; Ana y él se habían conocido unos meses antes. Sonaban tambores de cajas ligeramente destempladas para amortiguar la brillantez del toque. Fuera era oscuro y en el comedor media luz; poca gente cenando; fuera desfilaban los capirotes de color morado a la luz de sus hachones y algún Cristo en talla, no lo recuerda bien, en detalle, balanceaba su magnífica hechura a media altura deslizándose por el espacio visual de los ventanales. El camarero que servía la cena se interrumpió al ver cruzar la profesión, con una bandeja que portaba dos truchas ahumadas con limón, mantequilla y unas lonchas dentro de la tripa de oloroso tocino, sostenida popr su mano derecha. Quedó el tiempo detenido, también ellos dos, silenciosos, y el resto -muy pocos en verdad- de los comensales, mientras el son del tambor se alejaba. El camarero pareció hacer un gesto para cambiar de mano la bandeja, pero debió resultarle impropio y alzando la izquierda se santiguó con torpeza, que los gestos repetidos con rutina son difíciles cuando se cambia. Llovía, llovía como ahora, cuando le llega el recuerdo y siente el retorno de una brizna de felicidad pasada que, según piensa, nunca nos abandona, tan intensa fué.

Mientras sigue en el bosque llamando al dios menor que no aparece, no está en su claro, ni en el camino que lleva a la Peña del Águila, ni en las trochas que bordean las calzadas que restan en el monte alto. Un hombre camina con sus recuerdos y con destellos de las viejas felicidades, y es por eso feliz, se dice. ¿Quien es enteramente infeliz? Mientras camina, con Goyerri, remoloneando a la espalda, piensa en la línea que conduce al oeste y que señala un ancestro galaico, que corre por sus venas, No cree en esas cosas de cruces de cultura, genes nacionales, en todo eso, pero lleva dentro de sí la morriña de la niebla y el sol del mediterráneo: creer no cree, pero llevarlos los lleva.

domingo, mayo 27, 2007

Berlín Estación cuarta. Akenatón en SantSoucy



Mientras va en el tren camino de Postdam hojea la Guía sin demasiada convicción: las Guías son resúmenes digestivos de algo que no es, miradas para un turista que cronometra la visita y derrocha esfuerzo mientras escucha y ve tratando de fijar una síntesis en su conocimiento. El turista y el viajero se diferencian en el estado de ánimo, no en el tiempo que dedican al viaje. El viajero se enfrenta a lo que desconoce y a lo que conoce y los enfrenta a ambos; el turista ve lo que desconoce contento por el hecho de haber estado allí en aquella ocasión. El viajero ha estado siempre en el lugar al que llega por vez primera. El turista no ha estado nunca en ninguna parte salvo en las fotografías que guarda en un álbum, en las cintas de vídeo y en los recuerdos que guarda en las estanterías del mueble del salón. No quiere ser despectivo con el turista por el simple hecho de sentirse viajero, pero sabe que al final del viaje, uno y otro hablarán de cosas distintas.

En este viaje en tren trata de entender cual es el sitio al que va pero no coge el sonido en la música que suena en su cabeza. Los palacios de Postdam son muchos y de alguna manera se convirtieron en el lugar mágico de la familia reinante en Prusia a partir de Federico el Grande. Hay, parece ser, enormes complejos al estilo Versalles, pequeños pabellones, casas de campo, palacios en la ciudad y palacios en medio de la campiña. No está dispuesto a caminar todo el día por los jardines o por los salones, bajo el sol primaveral que hace que el tren se refleje en el río entre destellos; no quiere verlo todo pero en atención a que viaja en compañía trata de establecer un pacto ofreciendo a los otros que le acompañan un programa estimulante y relajado. Por una razón de personalidad se siente inclinado a insistir en SantSoucy porque contiene algunos Watteau y según la Guía es un lugar pequeño y acogedor.

El paisaje por el que atraviesa el tren es un río ancho que discurre por un bosque abierto. El tren, ligeramente elevado, permite ver los pabellones de pescadores, de madera y techos de zinc, de colores variados, que se aplastan en las riberas formando rimeras desordenadas. Está en la antigua Alemania del Este y la construcción de esos refugios es tosca y dejada un poco de la mano de dios, pero los colores verdes, bermellones y azules de la madera pintada producen un efecto gozoso a los ojos de quien lo contempla.

Para entrar en el pequeño palacio hay que esperar, la visita es a horas concertadas. En un claro en el bosque del lugar un pequeño kiosco ofrece salchichas con mostaza y buena cerveza y sentados al sol disfrutan del ambiente. Tiene el entorno un aire a lo Versalles a lo que le falta la rigidez graciosa del lugar francés. Los jardines son espléndidos y los que rodean Sant Soucy espléndidos enmarcados por el graderío de viñas plantadas al sol, que quiso Federico I (El Grande) tener frente a la terraza fachada de su lugar de descanso, que acabó convirtiendo en vivienda habitual. Ciertamente el palacio es equilibrado y muy ligero, a la par que gracioso, entonado con el verdor del entorno, de un tamaño que no es fácil de definir, más pequeño que un palacio al uso y mayor que un pabellón de caza, largo de fachada, asentado sobre el terreno, todo él puertas balcón que se abren al interior.

Federico El Grande lo construyó para si y para su mínimo acompañamiento de amigos íntimos. El ala real tiene tan solo una espléndida biblioteca forrada de madera, circular; la sigue un gabinete de trabajo que es al mismo tiempo dormitorio; a continuación un salón de audiencias privadas y enseguida los dormitorios de los invitados: cinco. Ni uno más. A cada dormitorio de invitados le corresponde una pequeña cámara para los criados. Entre el ala real y el ala de invitados, un salón ovalado con una bóveda abierta al cielo, cubierta por un cristal, rodeado de dobles columnas que lo enmarcan. Todas las cámaras están abiertas al sur, a los viñedos. Todas tienen salida a la terraza. No es propiamente un palacio, sino un lugar encantador para reunirse con amigos, personas y libros y para conversar con ellos en medio de un paisaje que parece propio de una pintura de Watteau, que tiene allí varias obras que no se alcanzan a ver con propiedad. Volitare vivió aquí varios años, invitado por un rey que al anochecer cenaba con sus invitados y hablaban de la Ilustración que había de llegar, de los adelantos del tiempo, con franqueza de hombres ilustrados. Este rey de día era un hombre cultivado de noche, vivía dos vidas, como Jano dos caras, manteniendo conversaciones abiertas prohibidas a sus súbditos y sujetando con mano de hierro los destinos de Prusia. . No habían mujeres, por lo menos no se sabe que las hubiera; el rey matrimonió a una tal Carlota con la que no convivió nunca: a ella la exilió a un gran palacio en Postdam, la cercana ciudad. Tampoco tuvo hijos, su heredero fue su sobrino, otro Federico.

Hitler le admiraba considerándole el gran constructor de la Alemania moderna que debía llegar a Bismark. Kershaw cuenta que en un cumpleaños del Fuhrer le regalaron un retrato espléndido de Federico, sacado de los fondos de un mueso berlinés. El Nido de las Águilas en Baviera era para el dictador su SantSoucy particular. Es curioso que los dictadores tratan de parecerse siempre a alguien que ha gobernado antes. A Franco le sucedía lo mismo con Felipe II; tal vez se consideraba el segundo gran organizador de la nación: tenía el mismo gusto por la beatería y las reliquias y junto a la gran obra arquitectónica de aquel, El Escorial, construyó su panteón, El Valle de los Caídos: allí está ahora. Federico que siempre quiso reposar en SantSoucy, lo que no pudo ser por necesidades del panteón real en la Catedral Barroca de Berlín, ha sido ahora, al final de los tiempos, hoy: ha vuelto al palacio de sus sueños.

Los lugares reales tienen siempre una dimensión fría y ceremonial: para eso se hacen, para mostrar en piedra lo que no es la carne del poder reinante. Los palacios, los jardines, los pabellones, aturullan por su significación más allá de lo que son, viviendas reales. SantSoucy es el único que realmente parece ser lo que intentó ser: una casa de campo de un rey a caballo de dos inteligencias: la absolutista y la de la modernidad.

Al salir del Palacio, caminando por los jardines entre grupos ingentes de turistas, se ve sorprendido por los hermosos rododendros que jalonan las avenidas y rodean fuentes. Los rododendros, cuando florecen, parecen un milagro de azúcar, medio transparentes, frágiles, fragantes. Aislado del gentío entabla con esas flores un diálogo de encanto, se siente fascinado por ellas y piensa en las suyas, en el jardín del bosque, que tardarán todavía alguna semanas en abrirse, que crecen lentamente de año en año. Le invade la nostalgia por la vida sosegada y piensa que ya queda poco de este viaje. Vuelven a Postdam abandonando las avenidas centrales y caminando por un camino que recorre, entre el bosque, una curva amplia flanqueada a su vez por un canal de agua sombreada. Debería sonar música barroca y en lugar de pensar en Mozart o en Bach piensa en Palestrina. Pero nada suena sino el rumor de los turistas, que un poco más allá caminan gozosos y agotados, también de vuelta.


Como una modelo experta, la reina, esposa de Akenatón, posa con gracia y dignidad ausente ante los fotógrafos. No sonríe; tiene alrededor de los labios ligeras arrugas; también en los ojos; aún siendo reina tiene un aire de soberbia humanidad nada divina; parece una estrella del mundo de hoy, una modelo de pasarela. Su belleza es cálida, nada fría, nada lejana, pero nada tocable. No es para uno que la contempla, no es familiar, es una estrella, ya lo ha escrito y se siente ante ella intimidado por la belleza y la gracia. En torno al lugar que ocupa se afana la gente en verla, en comentar sobre ella, en darle vueltas. Impávida sostiene el paso del tiempo que para ella es nada, la fugacidad de un segundo que es suficiente para comprender que a pesar de haber llegado a la democracia y a la sociedad del bienestar, hay cosas, seres, entes, inalcanzables. Cuanto más bella más inalcanzable. Recuerda algunas historias de amor pasadas, algunas pasiones inabordables...
La colección egipcia del Museo, ahora instalada junto a la colección griega, en la Isla, es una colección casi perfecta. Le viene al pensamiento la enorme caminata por el British de Londres o por el louvre parisino, siguiendo un rastro de piedras, momias y estatuas y abalorios, tratando de encontrar las escasas piezas relevantes. En arte antiguo, y cabe preguntarse si es arte, la acumulación de objetos no favorece la visión; uno acaba ebrio de cantidad y al final se cansa y ya no mira, sigue la avenida de la gente como si se tratara de la corriente del río: se deja llevar. De los dos museos citados al inicio de este párrafo no guarda buen recuerdo salvo dos o tres piezas en cada uno de ellos que le hablaron, apelaron a él al pasar y tuvo que detenerse. Como si pudiera desarrollarse un diálogo, él pensaba que les había encontrado y ellos se sentían felices. Incluso en el Museo de El Cairo acabó fatigado de ver momias alineadas en estanterías que nada le decían. El bosque impide la visión del árbol y es necesario dejarse llamar, pero en la espesura se pierde el sonido de la voz: la apelación no llega.
En esta colección es todo lo contrario. Se sigue al paso, escuchando un audífono en el que se marca el número de la pieza que interesa; no hay acumulación de piezas y en las amplias salas están bien separadas, con un orden azaroso, cada cual manteniendo en su espacio la capacidad para crear su mundo. Cabe agradecer al instalador de la colección por este tránsito pensado para que el viajero se sienta a solas con los dueños de la casa y dialogue con ellos. Parece que la visita es deslizarse por el tiempo. Años ha, más de veinte, entraba en la pirámide de Keops para llegar a la cámara central, iluminada por una bombilla de escaso voltaje, que no hacía sino crear un mayor y más profundo reino de sombras; junto a la caja de granito del sarcófago vacío hizo una fotografía al espacio y la luz del flash no alcanzó a destacar nada en la tiniebla. Si alguien le hubiera preguntado entonces a que había ido a Egipto hubiera contestado que a eso, a entrar a gatas en la pirámide por un boquete abierto en un lateral, ascendido por unas rampas de sombras, seguido corredores largos en los que algunos visitantes decidían volver atrás, sobrecogidos por el espacio, para llegar a la cámara del sarcófago. Sintió que había llegado al lugar del tiempo, y estuvo allí, acariciando el granito con la mano sintiendo el frío de la piedra en la palma, diciéndose que ese era el frío de la piedra de una eternidad medible en años.
En El Cairo, horas después, compraba un ejemplar en inglés de El Libro de los Muertos. Más tarde se haría en Madrid con el editado por Editora Nacional. Pasando páginas llegó a un texto que le sobrecogió: la Oración Negativa. En ella, el muerto recita ante sesenta dioses una oración que es el modelo de vida que debe haber tenido aquel que quiere llegar al reino de las sombras, a la vida en eternidad. Se trata de una declaración de inocencia ante los dioses. Es larga, pero se puede citar el inicio:

No cometí iniquidad contra los hombres.

No maltraté a las gentes

No hice mal

No empobrecí a un pobre en sus bienes

No hice lo que era abominable a los hombres

No perjudiqué a un esclavo ante su amo

No fui causa de aflicción

No hice padecer hambre

No hice llorar

No maté

No di orden de matar

No causé dolor a nadie...

Sigue de esta guisa a lo largo de muchas frases más. Los dioses debían calibrar la verdad de tales asertos y situar lo cierto en un platillo de la balanza y lo incierto en el otro. El alma del muerto esperaba, probablemente como el reo de justicia espera la condena; cada cual sabía de la verdad o mentira de lo dicho y en la espera alcanzaba a sentir el miedo a la sentencia.
En el museo de Berlín encontré un papiro largo, muy largo, expuesto en la pared, con escritura ordenada en líneas de pulcra rectitud en caligrafía hierática, animado por colores todavía frescos. Desde el audífono le llegaba una voz grave, bien timbrada, que recitaba con categoría de actor el texto de la Oración Negativa. A menudo en su vida ha sucedido que algo que se experimentó años antes se ha reencontrado con una evidencia que completaba el conocimiento en tiempo posterior. Hacía mucho tiempo que no pensaba en la Oración Negativa que tanto le impresionó en 1983, cuando la había leído después de salir de la cámara mortuoria de Keops. Ahora la oía en voz y la veía en caracteres egipcios, veinticuatro años después. Deberíamos poder decir lo mismo, le dijo a Ana, que escuchaba a su lado, y ella afirmó, probablemente sin demasiada convicción.
Soy puro, soy puro, soy puro, soy puro, termina la oración. En aquel momento lo era.

jueves, mayo 24, 2007

Berlín Tercera Estación: La fugacidad del tiempo



Mientras caminaba hacia la Puerta de Brandenburgo miraba a su alrededor buscando rastros: tal vez pudiera ayudarle la enorme mole de la Embajada de la Federación Rusa, que en la Under der Liden se convierte en una mole de aspecto inexpugnable, muros sólidos, un torreón central sobre el que ondea la bandera, ahora de colores blanco, azul y rojo, pero que no le cuesta nada imaginarla roja con la mancha dorada de la hoz y el martillo. Esa embajada, se dijo al verla, en un país de tan solo catorce millones de habitantes, era una exhibición de fuerza al mundo occidental y su aspecto, pulcro y ordenado, monolítico, ciclópeo, plantada sobre la acera izquierda del bulevar según se va a la Puerta debía ser lugar vigilado: ahora no. Ahora la vigilancia está en torno a las embajadas de EEUU y del Reino Unido, en la Wilhelmstrasse, a un lado y otro de la Under der Linden, donde los dos accesos a las calles están cerrados por postes y vallas que impiden la entrada de un coche cargado de explosivos y conducido por un suicida. Los tiempos han cambiado, se dice. Los tiempos...
Buscaba pues rastros sabiendo que ya no existen. Son muy pocos los que quedan del régimen nacional socialista: se dinamitaron dejando un edificio para el horror como museo y los pocos que se conservaron, por su valor funcional, han sido absorvidos para otras funciones. No hay turismo nacional socialista, nadie debe pensar que podrá preguntar alegremente por Hitler o por Goebels o por el mismo Himmler ni esperar pasear por los restos del bunker de la Cancillería o por el patio por el que el Fuhrer salía a ver la luz del sol en sus últimos días del mes de abril de 1945. Queda, en Wannse, a la que se puede llegar cogiendo el tren elevado que conduce a Postdam el palacete en que Reinhard Heydrich reunió a un grupo selecto de oficiales y funcionarios del Reich para poner en marcha la solución final: allí estaba Eichman. El palacete puede visitarse yendo y pidiendo verlo, pero no es algo abierto al público de manera ostentosa. El morbo puede mucho y él confiesa que le hubiera gustado ir, pero se decidió por el Schloss Sant Soucy y sus jardines. En realidad, ver y tocar todo rastro de aquello que condujo al holocausto le interesa por incredulidad; ya ha dicho que considera que el Holocausto es el hecho trágico de mayor importancia por revelador, de la historia hasta el siglo hoy, y aún así le cuesta creer en lo sucedido. Resume en su pensamiento que todo ese horror no es imaginable o que es solamente imaginable, como cuando una película de ciencia ficción parece realmente ficción. La realidad es que la incredulidad no se basa en la observación del hecho sino en la procedencia humana del acto. Por ello, en cierta medida, cuando se asomó al concepto de Hanna Arendt "la banalidad del mal" se sintió satisfecho, porque ya podía empezar a borrar la incredulidad: solamente haciendo del mal una banalidad sin importancia se pueden cometer semejantes crímenes. Sola convirtiendo al judío en un infrahumano se puede aceptar que su eliminación es necesaria e insignificante.
Tampoco en la Wilhelmstrasse actual queda nada de la Cancillería Oficial o de la privada, de los Ministerios de Propaganda o de Construcción y Armamentos, de la Organización Todt, ni la sombra de Sper, nada. Ahora es una calle moderna ligeramente parecida en su parte que toca a la Unter der Linden a la calle de Capitán Haya de Madrid, pone por ejemplo. Una calle sin más de la que queda el rastro de la historia, una calle que trató de ser la otra cara de Whitehall, que en Londres sigue manteniéndose en forma con sus estatuas de políticos ocupando el carril central. No, la Wilhelmstrasse ha sido castigada por la historia. Cuando la ha recorrido ha pensado en el tiempo como índice de la fugacidad de los deseos y de las pasiones. En sólo doce (se decía para sí, "doce años, señor, tan sólo doce años") la locura alcanzó niveles de pasión destructora, el hombre enloqueció, no un hombre, sino el hombre en sí, cargado de ansias de regeneración, enloqueció y abrió la puerta al mal. En solo doce años, se dice y no sigue sin dar cabida en su cabeza a ese lapso de tiempo en el que cabe tanta ambición, soberbia, crimen y castigo y al fin la nada. Doce años de nihilismo absoluto, aún cuando se puedan adornar de ideologías. Otra cosa es el tiempo del campo contrario, el de la revolución que fue la fuente que abrevó al gulag, al muro, a los juicios en los países del este, a las deportaciones. Ese marco de tiempo relativo fue grande, largo, extenso, medible a lo largo de una vida, conservable en el seno de ella.

Recuerda una expresión de su padre cuando ya sabía de su gravedad y muerte posible: "siento que me moriré antes que Franco" y así fue. Es el don de la eternidad, que es un punto de vista. Los doce años del nazismo debieron ser muy largos para muchos alemanes, para muchos berlineses. Hay que creer en la impotencia y en el silencio protector, incluso en el olvido: pero el tiempo tarda en recorrerse a si mismo y repite los días. Solamente doce años para una tragedia de semejante dimensión, un armagedón de proporción absoluta. Digno es de ser bíblico en el sentido ejemplar. El tiempo dividido en actos: el anuncio del infierno, la entrada al infierno, las leyes del infierno y finalmente la estancia en el infierno, el apocalipsis y la destrucción: doce años, no más.


Y sin embargo esos doce años han tenido su prolongación en el tiempo. Tal vez esta visita a Berlín tiene que ver con una visita a la vida de una mismo en el marco de la propia historia entrevista en noticieros y periódicos. Ya sabía lo que era el Check Point Charlie y cuando bajó caminando por Friedrichstrasse sabía donde iba a llegar y como era el lugar, pero no esperaba descubrir que el teatro más ramplón se hubiera instalado en la caseta en la que las autoridades aliadas restringían o autorizaban el paso a quienes optaban por cruzar el muro. Hoy, muchachos vestidos en uniforme, con dos banderas, se mantienen a disposición de los fotógrafos aficionados para sus parejas se sitúen entre los dos y sean así fotografiadas; a las mujeres parece ser, por lo que pudo ver y contar, que las gusta más protagonizar la foto y se cogen del brazo de los actores y les sonrían primero cortésmente para luego sonreír a la cámara.

Y sin embargo ahí está el cruce de la realidad con la historia exactamente igual que antes estaba un cruce de caminos. Ahora la realidad es una ficción en forma de charada. Antes era una cuestión política a la que el cine dio el protocolo vivaz y expresivo de serie negra. El intercambio de espías a través de Check Point Charlie se producía siempre de noche y lloviendo: un hombre camina desde el puesto soviético hacia cámara mientras otro de espaldas camina en dirección contrario; al cruzarse se miran de reojo y en la secuencia se insertan dos primeros planos, dos cortes del plano general, después prosiguen su camino; se levantan las barreras, un poste en realidad, y el malo se pierde en la bruma de un Berlín hosco y pobretón mientras el bueno se abraza con los buenos. Son cosas de la vida en días de cine, pero las dos garitas estaban allí y ahora en una se hacen fotos los turistas y en esa parte de la calle no hay tráfico.

El cruzó con desgana comprendiendo que no hay escenificación presente que no tenga que ser, por su propia naturaleza, burda. Vestido de verano y a plena luz de día, estaba muy lejos de ser el héroe del lugar y en el café que abierto en el cruce tiene prohibido modernizarse, porque es el de las películas, se refleja el tiempo de hoy porque el de ayer se ha ido.

Se entretuvo mirando las vallas en las aceras laterales de la casa en las que se narraba cronológicamente la historia del Check Point y del muro; estupenda lección de historia, pensó y se afanaba en contemplar las fotografías en las que coches con cuarenta años de antigüedad en su diseño cruzaban el paso entre tanques. En un edificio a la izquierda de la garita según se va del oriental al occidental, que ya no son lo que eran, en un edificio se exhiben las 4 banderas aliadas: era la Jefatura del Check Point, y aparte de ellas, pende una vieja, deslucida y sucia bandera de la Unión Soviética. Allí estaba colgada, cuenta un texto en cartel al lado, la original que está ahora en el museo en el mismo edificio, y han dejado otra para ocupar el lugar. Esta ha envejecido y se ha ennegrecido hasta ser un miserable pingajo de tela gris. Piensa que estamos ante una metáfora de la realidad pues la bandera ha envejecido hasta el agotamiento lo mismo que el sistema que la enarboló con tanto orgullo. Comprende a las parejas fotografiándose entre soldados de pega, con banderas de pega.

Al cabo del camino que recorre por el Berlín moderno, terminará tomando un café exquisito en un bar de Postdamer Platz, sentado en el corazón del nuevo Berlín que augura la modernidad más absoluta, el tiempo recobrado, el tiempo por llegar. Un nuevo paraíso le acuna, hecho de acero y cristal, reflejando las alegrías del sistema que ha resultado vencedor en este pulso entre ideologías, y que sin serlo en sí, es el único sistema de vida posible para vivir en paz. Mientras saborea el café que toma expreso, muy corto y sin azúcar, consulta la Guía: al día siguiente irá a encontrarse con Nefertiti y con Federico el Grande.


miércoles, mayo 23, 2007

Berlín Segunda Estación. Lo griego en lo berlinés

Bebe de la fuente inagotable a la derecha, donde se yergue el ciprés. Versos órficos inscritos en tablilla descubierta en Creta. La Sabiduría griega. Giorgio Colli. Editorial Trotta

Para Gregorio Luri, por quien libé antes de subir las gradas del Altar.


Desde el balcón del hotel ve al berlinés que se afana en su quehacer, moviéndose entre espacios vacíos: lo que más sobresalta en esta ciudad es la abundancia de espacios, de solares, de huecos. La historia de la destrucción y de la reconstrucción, del enfrentamiento de bloques, del muro y de la alevosa vigilancia que obligaba a despejar el entorno, han dejado una ciudad que debe crecer hacia dentro ocupándose a sí misma, conquistando su tierra, el espacio vital en que se asentó en otro tiempo. Hoy, la batalla es por la modernidad y los nuevos edificios rivalizan en espectacularidad. La parte de la Friederichstrasse que toca al río y que geográficamente apunta al oeste, es un catálogo inmenso de arquitectura moderna, avanzada, de cristal, ocupada por oficinas y galerías comerciales. En los diecisiete años desde la unificación, la construcción de una ciudad nueva donde cupiera parece haber sido el objetivo principal de este impulso berlinés. Se diría que todo esta febril construcción ha de acabar con instalar la locura o la neurosis en una ciudadanía víctima, pero extrañamente, esta gente que se afana es tranquila y cortés y va a lo suyo con un gesto de calma que hace que cruzar la calle sea una actividad indolente: no hay semáforos, ni pasos de peatones, ni pasos cebra, o cuando menos no abundan como para ser omnipresentes. Nada amenaza al peatón o al ciclista que van de un lado a otro. Le extrañó en un principio esa posibilidad de bajar de la acera y cruzar lentamente dejando que pase un coche que viene a corta velocidad o que un tranvía, tras hacer sonar la campana, le exija pasar sin gesto alguno que sea imperatorio. Berlín es una ciudad para caminantes, o cuando menos, su centro histórico que es también el monumental y al mismo tiempo el de los tiempos modernos. En un momento de distracción tuvo que frenar un coche para no arrollarlo y al ver la cara del conductor no vio el griterío hosco y desaforado al que la vida mediterránea le tiene acostumbrado y se sintió bienaventurado.

Unter der Linden: Cantaba hace muchos años Marlene Dietrich algo así como "mientras florezcan los tilos de la Unter der Linden, Berlín seguirá existiendo" y a ese deseo hay que rendir culto. Pasear bajo los tilos de una ancho y espacioso bulevar que es a Berlín lo que el Sur de la Castellana a Madrid, o el Paseo de Gracia a Barcelona o Champs Elysés a París, es un placer del tiempo, del muelle sosiego en el que la mirada bajo la sombra arbolada va de una fachada a otra, de escaparate en escaparate, de terraza en terraza, presintiendo la vida que late, el pulso de una ciudad que aspira a la mayor longevidad sin estimulantes eternidades en el deseo. Han sufrido mucho los árboles y los edificios, tanto, que uno no sabe al fin si todo esto no es una reconstrucción sacada del recuerdo y el ansía de seguir existiendo, que es cosa diferente al ansia de eternidad que ha dado con tantas cosas en el olvido.

Berlín está, sin duda, en este bulevar que viene desde el amplio desarrollo oriental, uniforme y confuso aunque lleno de espacio hasta ir a topar de bruces con la Puerta de Brandeburgo, allí donde se ensanchan las aceras y todo respira más si cabe; el Bulevar es anchuroso y al llegar a la puerta abriéndose a las bandas crea un espacio a modo de plaza que anticipa el enorm espacio del otro lado. Nuevos edificios rodean a este ensanchamiento, de altura medida y acorde con los la medida de los que allí llegan, sin tratar de hundir a la Puerta en la miseria del tamaño. Armonía en la conservación de los huecos de aire, que es al fin la vida, que corresponde a cada piedra conservada o reconstruida con el afán de que parecer lo que fueron, o de las nuevas estructuras de acero y cristal que pretenden cortrer en el tiempo para alcanzar el hoy y el preludio del mañana. Tonos y matices que se conjugan en luces y sombras. En el Café Dressler se almuerza muy bien, cocina berlinesa, en un salón intemporal, sacado de un filme de la UFA. Este café, por cierto, tiene su doble en el Barrio Nicolai, junto al río, donde el Reinhard's ofrece en similar ambiente la misma carta de buenas carnes y pescados, guisos aromáticos, salsas medidas, espléndida cerveza (no la ligera a la que la sed mediterránea nos tiene acostumbrados) de grado, cuerpo y color y una carta de postres que siendo espectacularmente atractiva, me está vedada.

El río: después de cruzar la Friederkstrassese viniendo de la parte del Reichstag y acunando en una ese suave a los nuevos edificios del Bundestag de arquitectura lúcida, luminosa y transparente, se divide en dos y en su centro aflora una isla en la que el neoclasicismo ha edificado cinco museos y una catedral barroca. Explicado parece que el paisaje vaya a ser enorme y monumental, grandilocuente, colosal, y sin embargo es un paisaje humano, de piedra ennegrecida y gastada, reconstruida, conservando en su piel rastros de metralla y de impactos de bala que dejaron su huella, en la batalla de Berlín. El mismo río es una brazo de agua del que no se puede decir que sea grande o mediano, pero si caudaloso; es un río cansado en su fluir como lo es el Danubio cuando pasa por Viena; diría el viajero que se trata de un fluir melancólico en cuyas riveras el berlinés, llegada la primavera, acude a sentarse para tomar el sol y disfrutar de ese avanzar de la corriente. Parodiando a la inversa a Heráclito, este agua nunca vuelve a pasar por la mima ciudad.
La orilla del río por la que se avanza a lo largo de las fachadas de los museos abre en sábados y domingos un mercadillo en los que se pueden comprar reliquias del ejército de ocupación, probablemente de fabricación actual: cascos de acero, gorras de oficial soviético, insignias militares. Debe ser humillante, piensa, acabar así, residuo de mercadillo como huella de una historia que fue, hace ahora diecisiete años. No es cosa de ayer lejano, sino de un ayer que aún nos toca en presente. Las barcazas siguen el cauce llenas de pasajeros que sentados en cubierta, hacen fotos de quienes, desde la ribera, a su vez les fotografían. Es pues un inmenso espacio de recuerdos. Tiene la impresión de que en esta ciudad la historia se conserva en la calle y no la han borrado, salvo por el hecho de que en ningún mercadillo ni tienda de viejo encontrará una sola insignia nazi, objeto militar o del partido. Lo que se fue se fue en el marco de la tragedia que desencadenó. Lo ruso queda para solaz del turista que lleva a su casa una gorra de plato elevadísimo o un casco del vopo que guardaba el muro. No es la misma tragedia: de la primera todo Berlín, se diría, salió derrotado; de la segunda no, se saldó con la caída del muro y una increíble noche de alegría en la que ni un solo policía o soldado de ocupación soviético, osó aparecer por el escenario. Se quiera o no, de lo militar queda el atrezzo en mercadillo abierto o en el monumento de piedra que sobre el bunker de Hitler han construido los soviéticos en memoria de su Soldado, enterrando allí a unos dos mil muchachos muertos en la Batalla de Berlín. Sobre dos plataformas pesadas, nada airosas, de hormigón, se posan dos tanques T 34 con los que sus tropas entraron en la ciudad. Están allí en lo alto, al igual que sus uniformes de ocupantes están en el mercadillo y pese al buen fin del monumento y a la tristeza de muertes jóvenes tan absurdamente lejos de sus casas, los tanques y la piedra son el paisaje del Tiergarten en que habitan, frente al Reichstag: tumba que ni es ni no es de naturaleza turística, guarda cierta dignidad albergada entre los árboles del bosque.

El Museo de Pérgamo: Esta piedra que mira y traigo aquí, no pretende resumir al arte de los griegos que conserva Berlín, porque ni mis fotos valen para eso ni estos comentarios pretenden ser ciceronianos (como bien nos trae Julia esa palabra de nuevo a la cultura del viajero). Esa piedra que mira representa para mi la mirada, en piedra, desgastada por el tiempo y los muchos avatares, la mirada universal del viajero que ve en la ciudad el pulso de la historia señalado en cada poro de la vida hoy, y la mirada de la ciudad que sigue ahí, en su observancia de los tiempos que le tocan vivir. La ciudad tiene el afán de sobrevivir, que es mucho para cuanto ha vivido y para cuanto ha muerto. No la conozco tanto como para resumir sus esperanzas, que de lo que hablo es de la mirada mía como si fuera una cámara en travelling permanente atento a ver y guardar los signos de la humanidad que almacena. Hay en el tipo de mediana edad, que nos mira desde los griegos, un gesto ligero que pienso casi irónico, matizado, sin superioridad alguna. Siempre quedará una sonrisa, pienso literariamente, en este Berlín atormentado que parece haber encontrado su destino.
El Altar de Pérgamo: Conviene no olvidar que un Museo es más que un contenido un espacio de tiempo aprisionado por la voluntad de mostrarse. Ante la inmensa multitud de visitantes que poco perciben y sienten sino una admiración prestada de las pocas líneas dedicadas en la guía que portan en su mano, el contenido tiene voluntad de permanencia y vocación de exhibirse, consciente de si mismo, seguro de lo que representa. El Altar de Pérgamo, encerrado en su espacio grandioso, se deja acariciar, transitar, ocupar, por gentes de todo el mundo que llevan, cuando menos, la sorpresa de la visión monumental; porque nada de lo visto eantes s tan grandioso y en la soledad del museo tan indiferente. Está en si mismo, abierto para quien entra en la sala, alejado, dejando aire entre el visitante y él, para que el acercarse se convierta en si en una ceremonia que cada uno de ellos repite con la mirada bovina de la indiferencia o con la asombrada visión del sentimiento. No hay palabras, salvo las muy expertas, que caerían en la frialdad descriptiva, que puedan resumir el impacto: hay, si, un recuerdo de Paestum, en octubre de hace unos años, al caer la tarde y ponerse el sol por el mar al que se asoman los templos y una especie de color de bronce se enseñorea de la piedra desnuda, abierta al mundo y a su mundo.
Como allí, frente al altar no le cabe al espectador más que sentirlo, lo demás es superfluo. Está ante lo griego y ahí debe sentir algo así como palabras mayores, porque si el templo fuera en si piedra sin "lo griego" le vendría a suceder lo que a la vecina Puerta de Istar de Babilonia, que con toda su majestad, queda disminuida porque la vida que esconde no tiene el aliento vital que sí tiene lo griego. La puerta es ladrillo decorado magníficamente; el Altar está en nosotros y así lo ,percibe el visitante, que se reconoce en él, por mínimo que sea su conocimiento, así pues el Altar es él, piensa, y él está en el altar y cuando asciende por la escalinata él y el altar son parte de la misma esencia que ha discurrido a lo largo del tiempo, de lo que da el filósofo en llamar historia acaecida. Es el Altar el que acoge después de llamar al visitante y el que generoso le muestra su apertura hacia lo interior. Después de todo, piensa, venimos de lo griego y siempre, al empezar a pensar volvemos al inicio, al poema de Parménides, a los aforismos de Heráclito, al poco leído Platón. Lo griego está en lo griego, y está en lo romano y está en el reencuentro con ello en la Edad Media, en Ibn Rush y, y, y... Cabe aceptar que si no fuéramos parte de lo griego, seríamos lo bárbaro, en todo el uso amplio del término, se dice, y entonces la Puerta de Istar, de majestuosa presencia, sería nuestro ideal: no lo es. Cuando entra en el patio del altar, en lo alto de la escalinata, el visitante que ha comprendido entra en sí mismo y se reconoce. El y el Altar se contaminan de lo mismo, de lo común, del origen. El visitante, que ha recorrido la ciudad entre una enorme cantidad de edificios de corte neoclásico, que son, en la práctica histórica, el acta fundacional de una ciudad que emerge superando el barroco, reencuentra su geometría, su medida, sus dioses. En el altar, el viajero comprende al fin la realidad: no es un bárbaro.
Y puesto que no es un bárbaro se extasia ante la lucha entre gigantes y dioses y ve como estos son empujados a lo alto, mármol de expresividad absoluta, perfección escultórica tallada con el sentimiento de la fe en la propia historia y en el propio mito. Los frisos que recorren la escalinata dan fe del titanismo épico de una historia que desde el mito descubre el pensamiento y nos lo deja como legado. Volver a los griegos que nunca nos han abandonado, piensa, es el punto de partida de una nueva iniciación, y le vienen a la cabeza unos versos órficos que no puede dejar de citar:
Me estoy muriendo de sed. - ¡Pues vamos!
Bebe de la fuente inagotable a la derecha,
donde se yergue el ciprés.
- ¿Quien eres? ¿De donde vienes? - Soy hijo
de la Tierra y del Cielo estrellado.
Simbólicamente ve, en el fragmento de friso con que cierra este escrito, el terrible desencuentro de dos seres, espalda frente a espalda, y se pregunta si habiendo dado la espalda a lo griego, olvidando el origen que está en cada uno como aliento, cultura, medida, no se acabará hundiendo en lo extraño, en lo bárbaro. Pero ve en la otra fotografía algo que le parece prometedor y le iulusiona: lo griego se muestra a la muchacha y se abre para ella.



Así habrá de ser, respira aliviado y mientras sale del lugar piensa, reconoce que con nostalgia por lo no visto, que este Altar y estas esculturas debieron ser, en si, en todo su esplendor, del lugar bajo el cielo azul y bajo el sol de su ciudad. Cabe admitir sin embargo que no han sido los arqueólogos los enemigos de la antigüedad que han arrebatado y llevado a sus museos, sino los molinos y los hornos que proliferaron en el mismo Pérgamo y en el foro romano, y que desmontaron losa a losa y piedra a piedra, el mármol para pulverizarlo y convertirlo en cal. Trata de explicar esto a alguien durante el almuerzo, pero este, de irrenunciable conocimiento insiste en el expolio. El viajero se siente feliz de haber estado aquí y deja de insistir. Cada cual tiene su verdad, aunque no lo sea.

lunes, mayo 21, 2007

Berlín Primera Estación: el encuentro

En un café se rifa un pez. Alfred Döblin. Berlín Alexanderplatz

¿Cómo se llega a una ciudad hasta la conmoción y la entrega? ¿Cual es el viaje? Es algo que no sabe, no puede por tanto responder. Puede afirmar que de manera repentina parece que es el tiempo de ir y lo hace, consciente de que si antes no lo ha hecho, no han mediado decisiones premeditadas o falta de oportunidad; siempre deja de ir a las ciudades que desea conocer pensando que hay tiempo y sabiendo que todavía no lo es, porque no está preparado. Los viajes los trae el tiempo de la vida y no la circunstancia de hacer turismo. Si el viaje no es una aventura personal, mejor estar en casa.


Una ciudad es un encuentro mañana, sin mañana fijado o con lo incierto de la cita; una ciudad es una aventura promesa siempre que consiga, piensa, aislarse para comprenderla. Si viaja acompañado deberá ser infiel a la compañía. Solamente con una ciudad debe uno abandonar el plural y reconstruir una relación nueva para acabar defraudado o enamorado del rastro de lo que debía estar allí y se ha guardado para la visita. Una ciudad llama desde lejos como se presiente una amante. Ya pocas ciudades le reclaman desde lo desconocido, Kyoto si, pero de manera todavía débil, como presintiendo un encuentro que no es todavía algo febril y apasionado. Habrá que esperar a que se construya pacientemente la metamorfosis de oportunidad a necesidad. Ahora ha sido Berlín.

¿Desde cuando Berlín estaba apelándole, sacudiendo con fuerza su indolencia, reclamando su atención? No lo recuerda. Siempre ha estado allí, como en su día fueron París o Londres, a Edimburgo, o Bergen, o Praga, o Nápoles, o Roma, o Viena, Munich, Dublin o tantas otras de aquí o de allí, de la tierra más cercana o de la que se percibe en la lejanía del mundo. Berlín, pensaba él, es un cabaret o el espacio inmensamente lleno de la plaza que ya no es y que describiera palabra tras palabra Alfred Döblin en su obra maestra, sin duda, Berlín Alexanderplatz. De eso se trata, siempre se ha tratado de eso, de que las ciudades que le apelan con tanta rotundidad son los puntos de vista de otras narraciones que le han entrado hasta crearse en él. Recupera ahora las palabras de la solapa del libro que está en su poder desde hace años: "Berlín se alza como símbolo de la perdición y de la catástrofe donde el hombre se corrompe y naufraga... Centrada en el tema de la alienación tecnológica de las grandes urbes y la angustia del hombre enfrentado a la masa"


Ahora, de vuelta, se dice que no, eso piensa. Ha estado en la Alexander Platz para recuperarla, como punto de partida, como primera escala de su viaje, al cabo de los años de esperar la decisión. Döblin escribió sobre otro paisaje, sobre una geografía que ha perdido el sabor. Derrotada, la plaza ya no lo es, ahora un enorme espacio de nada herencia del régimen de la RDA. Es hora de sentarse, se dice, y repensar lo visto, y sentirlo. No se puede hacer caso de la primera impresión cuando llegado a un inmenso vacío y no ha visto nada más que un espacio inmenso, un pavoroso vacío en el que se pierden árboles, una torre de televisión y un edificio medio gótico del XIX de ladrillo rojo que siendo el ayuntamiento y siendo enorme, es simplemente algo aislado en el centro de lo vacuo.

Si por la primera impresión fuera, piensa, hubiera echado a correr para retornar al origen del viaje: el libro de Döblin, la película en 14 partes para televisión de Fasbinder, las de los últimos días del bunker, las de los Juegos de 1936, las de la conquista de los rusos vengadores y su humillación sobre una población escarnecida, para aquellos reos de pecados terribles, víctimas del atroz ojo por ojo. Berlín, su Berlín está en películas, en historias de espías, en sórdidas conspiraciones de la guerra fría, en el muro extendido como una llaga, en la Puerta de Brandenburgo horadando el espacio con la piedra horadada. El punto de partida para llegar a una ciudad es siempre una colección de postales que en su conjunto han construido una impresión. Habrá pues que sumarle a lo dicho la exquisita cabeza de Nefertiti y el altar de Pérgamo, del que no puede hacerse una idea hasta haberlo visto: ¿Y quien podría? Berlín le ha llamado para recomponer su imagen. Las cosas son, se dice, de tal manera que nunca se sabe nada sin haberlo sentido: ver y sentir, respirar y sentir, tocar y sentir.

No importa que se vista de turista y cuelgue del cuello una cámara digital, al tiempo que en la bolsa de lona que pende del hombro lleve el plano y la guía. Una ciudad no está nunca en el plano hasta que se han puesto los pies en ella; ¿que quiere decir Friederichstrasse si no se ha caminado desde el Check Point hasta Oranienburg? Solo quiere decir la dirección de un hotel, allí donde la calle cruza sobre el puente de hierro la corriente de aguas preñadas de oscuridad, en el que pide, exige, que la habitación tenga vista al río, al espacio abierto. Conviene asomarse al cristal de la mirada y ver, reconocer, descubrir: ahora si el plano tiene sentido.

En esta Primera Estación que resume el encuentro no puede estar en todo, hablar de todo, tenerlo todo claro, porque es ahora, después de sentirse conmovido, cuando empieza a ver con los ojos cerrados y con el pensamiento que late al unísono del sentir. Lo escribió una vez de Roma y ahora vuelve el pulso acelerado: " ¿En que momento me conmoviste tanto? " preguntó a la ciudad del Tiber. Ahora, en Berlín, sabe que ha sido al entrar en el hotel, anocheciendo, en la alcoba cuyo balcón se abre al río y por sobre su amplía horizontalidad, su apertura el espacio de cielo tachonado de noche, alcanza a ver un fragmento de la cúpula del Reichtag, y por sobre la oscuridad que se cierne plagada de luces y reflejos (toda la vida del agua del río refleja toda la vida que viven sus orillas) gira el rótulo luminoso del Berliner Ensemble.


Así pues era eso, piensa, hambriento como está por encontrar las claves que describen nuestros pensamientos con meticulosidad. "Has llegado" se dice o tal vez solo lo percibe, que es cosa diferente a decirlo para sí o a pensarlo. Percibir es saber sin palabras, recuperar. En la lejana juventud que pervive siempre al alcance de un pensamiento, soñó con ir al Berliner Ensemble para ver una obra de Brecht, viviendo Brecht, en el Berlín oriental: no lo hizo. Asistió a una representación de El Círculo de Tiza Caucasiano, del Berliner en Milán: en el teatro de Strasser y Gasman. Sabía que no era lo mismo, porque Berlín era el único lugar adecuado, pero las cosas salieron de otra manera. Ahora resulta, que haber conspirado su voluntad con su pensamiento, su habitación se abre al Berliner mismo y gira y gira el rótulo luminoso que le recuerda que algún día tenían que encontrarse, promesas de la vida, certezas de la probabilidad. Suceden las cosas cuando uno está dispuesto a comprenderlas, sino no suceden porque no son de él, ni siquiera son. En la tarde siguiente, callejeando por el Tiergarten se encontrará con la calle Hanna Arendt. No la buscaba, ni sabía que existía, pero allí está. Había empezado el recorrido cruzando el río para llegar a la puerta del Berliner, doscientos metros de camino a lo sumo, y después, vuelta a cruzar el río en busca de Unter der Linden hacía la Puerta de Brandenburgo y el nuevo Reichstag, girando por el borden del parque hasta dar con el monumento al holocausto. Ana le dijo, "mira donde estamos" y la esquina marcada por dos direcciones: Hanna Arendt trasse y Cora Berliner strasse. De Brecht a la pensadora que representa en su vida un hogar o una fiesta, el goce de la tragedia, la comprensión de lo incomprensible. Reconoce que sin Hanna Arendt, como sin Camus, su vida sería otra que no sabe imaginar, ni quiere.

Tardará cuatro días en recuperar para su conocimiento el rastro de Cora Berliner, una economista de portentosa profesionalidad que perdió en 1933 su trabajo por ser judía y arrinconada poco a poco por el nazi terminó por desaparecer en junio de 1942. La biografía que le relata cosas de su vida dice del final ..."murió en fecha y lugar desconocido".



En otro paseo el viejo cementerio judío que la Gestapo desmanteló en 1943 le llama en forma de bosquecillo entre casas. Un sendero de piedra lleva a una lápida que recuerda el hecho; está en el corazón de un barrio que fue abundante en hebreos y que ahora es zona alternativa donde proliferan restaurantes y tiendas de moda. Un bosquecillo entre calles que se curvan limpiamente apenas se atreve a sobresalir: se trata en realidad de un solar con algo de profundidad. Una plancha de césped le separa de la acera y en la linde misma, al otro lado de una valla, un grupo de siluetas parecen esperar entre sus brumas, sombras de otras sombras, bronce de carne palpitada, ahora ya no, sombras o recuerdos, también sombras de quien fue, y que parecen demandar del caminante una guía, un gesto, mirándoles desde el otro lado de la valla. El efecto se hace tragedia y no puede por menos de quedarse allí mirándoles, desde su libertad recién estrenada a la rígida muerte del tiempo de los otros, ya idos, desperdigados.

En las siguientes estaciones de este viejo al tiempo recobrado y al tiempo que fluye, unidos los dos en una suerte de pensamiento - memoria (hay que recordar que nació en 1944, cuando las tropas alemanas estaban todavía asediando Stalingrado) afrontará de otra manera las presencias en la ciudad. En esta primera mirada será el sentimiento el que se reconozca, sabiendo que la ciudad no guarda en ella sino el homenaje para que la memoria no se pierde. Se lo debe a las víctimas, y a quienes levantaron la mirada y la voz. Pero la realidad es que la memoria que fluye es del hombre que pasea por las losas que destrozaron las bombas y de la tierra que destripada se abría en tumbas vacías.





Rudiger Safranski escribe de Heidegger en Un Maestro de Alemania que "para él, (Heidegger) lo mismo que para Adorno, Auschwitz era un crimen de la modernidad". En la acción del nazismo resalta Hanna Arendt la existencia del mal como banalidad, (El Juicio de Eichman) lo que en cierta manera viene a evidenciar lo mismo. El hombre que pasea su meditar, cámara al hombro, da en ver que en Berlín cayeron, de forma simbólica pero definitiva, los dos regímenes totalitarios que parió la vieja y culta Europa. Fue en Berlín, no en Rumanía con la muerte de los Ceacescu o en Polonia con Solidarnosc, sino en Berlín, donde la construcción del mal como sistema de poder sobre los ciudadanos, alcanzó las formas desapasionadas del devenir banal de lo cotidiano. Mientras las sombras del grupo de judíos recuerdan que fué en Berlín donde residía el poder que los señalaba como víctimas, sin más explicación que la de la mala fortuna de ser víctima, las exposiciones sobre el muro que se ofrecen en diversos lugares, al aire libre en el Chek Point que en se guarda en Friederikstrasse muestran a otras víctimas, esta vez no por pertenecer a un grupo particular sino por ser uno de los dos únicos grupos existentes: el de los ciudadadnos sin derecho ni protector; el otro grupo era el que mostraba la despiadada voluntad de poder a la que Brecht hará referencia en aquel poema suyo, irónico y cruel que reflñeja los acontecimientos que en la RDA se produjeron en 1953, cuando se vivió una revuelta obrera frente al sistema comunista. Brecht parodió:



Tras la sublevación del 17 de Junio,
la Secretaria de la Unión de Escritores
hizo repartir folletos en el Stalinallee
indicando que el pueblo
había perdido la confianza del gobierno
y podía ganarla de nuevo solamente
con esfuerzos redoblados. ¿No sería más simple
en ese caso para el gobierno
disolver el pueblo
y elegir otro?



En Postdamer Platz, la nueva construcción de un imponente grupo de edificios que tienen como objetivo, aventura, mostrar la voluntad de ser en modernidad, en impulso tecnológico, en diseño y construcción de una tierra al servicio de la sociedad que la habita, resta un fragmento de muro anclado en el suelo firme de la enorme y espectacular plaza. Pensaba en ello y lo comentaba con sus acopmpañantes, sentados bajo la inmensa tela de araña del complejo comercial y de oficinas; allí se juntaban las do aáreas durante la guerra fría que el muro trató de congelar para el tiempo infinito. "Cuando se construye un muro se evidencia un fracaso, les dijo, pero es el constructor aquel que ciego por naturaleza ante el valor de su propia obra, el único que no va a poder reconocerlo nunca" Casiu 1.000 victimas mortales, sin contar heridos o detenidos, ultimó el muro, asesinadas por la espalda cuando trataban de huir, negado su derecho a salir por la puerta. La RDA disolvía al pueblo y le mostraba el camino de la ejecutoria correcta. Después de todo, acordaban, acaba sucediendo aquello que se anuncia por pequeños símbolos que carecen en los periódicos de impoprtancia: hoy huyen de sus hogares unos hombres, una familia entera salta la ventana al vacío para acudir al "otro lado", mañana en un grupo que hace un tunel o que se esconden afanosos en reductos impensables, en coches minúsculos: mañana será todo un pueblo el que abandone a sus políticos que desconcertados mirarán desde las ventanas buscando un rastro de fidelidad. Y será nada.

En el muro que queda, convertido en memoria, los jóvenes con mayor dedicación, escriben sus mensajes y mezclan colores hermosos. Hay una estética de este recuerdo festoneada de frases hermosas, bienintencionadas. Alguien escribió una línea, "la violencia es acción sin discurso" y al pié la firma de la autora: Hanna Arendt. Que inmenso placer encontrar en Berlín la presencia de esta buena amiga, piensa.




domingo, mayo 13, 2007

El Guadarrama y una muerte anunciada

Releo a Ortega como se lee de nuevo a alguien a quien creyendo conocerle, debes aceptar al fin que no tienes de él más que una idea superficial. Haberme sentado a leer con dieciocho años, hace cuarenta y cinco años "Meditaciones del Quijote" y después, pocos años después "España Invertebrada" y "La rebelión de las masas" nunca me ha dado el suficientemente conocimiento como para haber sido consciente de quien era el pensador e incluso de quien era el filósofo. Hay lecturas que nunca son completas porque no llegan a tiempo, que es el del interés por el asunto. Así de la primera lectura saqué como consecuencia la necesidad de leer, de ver, de conocer: Baroja, Azorín, Flaubert, Goethe, Cervantes. Poco más salvo recordar aquel "yo soy yo y mi circunstancia" que como tantos conceptos importantes -por ejemplo el carpe diem horaciano- han sido tomados de otra manera, alejados de sus autores y convertidos en envoltorio cultural de la ignorancia.

Ha sucedido que en varias ocasiones se me ha dicho que en lo que yo escribo se percibe un rastro de Ortega, una sutil presencia en el lenguaje, o en la forma, o en el paisaje que narro y en los modelos que tomo para la reflexión. Este decir acerca de lo que escribo me ha llevado a hacerme con las Obras completas, seis tomos que son solamente lo publicado y quedan otros seis de aquello que quedó en el cajón, acabado o no, de quien murió prematuramente y dijo mucho acerca de casi todo y poco acerca de otras cuestiones que eran imperativas en cuanto a expresar opinión. La cosa quedó al fin en el proyecto trunco de un futuro, cancelando una vida encerrada ya en si misma de principio a fin para la Enciclopedia.

Evocar en algunas de mis líneas a Ortega es motivo de orgullo, como lo es que en su momento una redacción infantil, de trece años era yo cuando la escribí, influenciada por el estilo de Azorín en La Ruta de don Quijote o Pueblo, me costara un castigo colegial al recluirme en clase después de la hora de salida por no confesar lo inconfesable: que había copiado una redacción que por demasiado bien escrita era impropia de un niño de tercero de bachiller. Impropia era de quien así la juzgó, pero confieso que para solventar un castigo que empezaba a pesar tras dos semanas de perder la libertad de salir a media tarde de mi encierro escolar, confesé haberme dejado influir por Azorín hasta el extremo de haber "copiado" su estilo. Con sonrisa de superioridad se me levantó el castigo: esa fue mi infantil experiencia con el estalinismo de mis mayores, que años más tarde encontraría en un ejemplar de la biblioteca de mi padre, El cero y el infinito de Koestler, convertido ya en la horrenda tragedia del siglo XX.

He salido pues a la busca de Ortega como si se tratara de buscarme a mi en él; todos podemos encontrarnos en otros, o en el otro si aceptamos de la necesidad de su existencia. Antes que reconocernos, autistas en el espejo, deberíamos buscar nuestros rasgos de identidad en los renglones leídos o en la pintura vista o la música escuchada. retornar al otro para dar consigo mismo es el viaje apasionante de quien sigue deconstruyendo su vida para borrar lo superfluo, lo dado, lo impuesto en el pensamiento: los cien mil mandamiento de una ley acumulada.

Ortega amaba el Guadarrama y lo tenía por entorno vital. Y aquí estoy yo, en pleno bosque de esta sierra, convertido en encarnadura de mi ser, diría que absorbido por mi naturaleza hasta ser parte del ser que soy. Si durante mis últimos veinte años he tratado de ordenar mi pensamiento en una dirección creativa, formar mi identidad a partir de mi proyecto vital, ha sido en este bosque del Guadarrama, en la esquina que forma esta sierra con la del Malagón, donde ha empezado a asomar, como las diminutas orquídeas de las cimas de este lugar, de azules desvaídos y lilas brillantes, trazos de comprensión que van formando un cuerpo sólido. Un hombre, creo yo, se encuentra a si mismo en el destierro, aunque sea auto impuesto, o en el exilio, aún cuando este sea casual. Un hombre se encuentra a sí mismo cuando roza la soledad y teme que lo banal le embargue y ahogue. Cabe saber que es lo banal, pero allá cada uno con su descubrimiento.

Leo el prólogo de Meditaciones del Quijote y guardo silencio. Lo guardo porque en esas pocas páginas que empiezan apelando al Lector, escritas en julio de 1914, Ortega descubre un entramado de paisaje y pensamiento que le llevan incluso a escribir de un ensayo que no va a escribir - Ensayo sobre las limitaciones - y establece su afirmación sobre la circunstancia (¡Circum stantia!) y se instala en mi paisaje al que he llegado tras de él, siguiendo su huella sin saberlo. Yo no se si Ortega es un gran filósofo pero si sé que es un pensador formidable poseedor de una cultura casi ilimitada y, muy importante, de un conocimiento de la naturaleza de la cultura que relativiza lo magnífico. Cito "la cultura nos proporciona objetos ya purificados que alguna vez fueron vida espontánea e inmediata, y hoy, gracias a la labor reflexiva, parecen libres del espacio y del tiempo, de la corrupción y del capricho". O "¿cuando nos abriremos a la convicción de que el ser definitivo del mundo no es materia ni es alma, no es cosa alguna determinada, sino una perspectiva". Uno tiene que encontrar en los libros claros de bosque, fuentes cristalinas, lugares en los que pararse a pensar y a saciar la sed: de no ser así, ¿para qué armarse con un libro si no hay batalla y tregua en su lectura?. "Cuanto es hoy reconocido como verdad... nació un día en la entraña espiritual de un individuo". Alguien, suficiente en sí, podría decir que esto es sabido, pero es labor de la deconstrucción, la más importante, que lo sabido se haga presente y apele a ti para que caigas en cuenta de su existencia que, por sabida y larvada, no tenía el menor interés. El viejo sendero retoma la invitación y te adentras en él.

Pero debo llegar al final de esta reflexión tocando del presente lo trágico, que es lo moral. El bosque encantado del Guadarrama, la luz de Velázquez, la magia del celaje incomparable sobre El Escorial, no van a poder esconder una realidad del hoy y de su insuperable villanía. Alguien va a morir, o tal vez no, pero existe la posibilidad de que en un atentado terrorista, un día de estos, por causa de un terrorista que se achacará a la falta de previsión de un gobierno de turno, alguien puede saltar por los aires en un aparcamiento, estación, calle, edificio público, ¿quien sabe donde? Alguien puede morir porque el error puede existir, ya lo sabemos, si no fuera así un atentado sería solamente una molestia, no siendo inocente sino simplemente, siendo una persona normal dedicada a su quehacer y a su circunstancia. No hay belleza que disimule esta realidad. Estamos en vísperas de que alguien muera y eso es el terrorismo: la amenaza. Así que Ortega paso a Camus y recuerdo su teatro sobre los nihilistas rusos, Los Justos".

Transcribo un diálogo.

Dora: Yanek está conforme en matar al gran duque, ya que su muerte puede anticipar el día en que los niños rusos no se mueran de hambre. Eso no es fácil. Pero la muerte de los sobrinos del gran duque no impedirá que ningún niño ruso
se muera de hambre. Hasta en la destrucción hay un orden, hay límites.

Stepan: No hay límites. La verdad es que vosotros no creéis en la revolución. Vosotros no creéis. Si creyerais totalmente, completamente en ella, si estuvierais seguros de que con nuestros sacrificios y nuestras victorias llegaremos a construir una Rusia liberada del despotismo, una tierra de libertad que acabará por cubrir el mundo entero, si no dudarais de que entonces el hombre, liberado de sus amos y de sus prejuicios alzará al cielo la cara de sus verdaderos dioses, ¿que pesaría de la muerte de dos niños? Admitiríais que os asisten todos los derechos, todos, ¿me oís? Y si esta muerte os detiene es porque no teneis seguridad de estar en vuestro derecho. No creéis en la revolución.

Es así como el terror irrumpe en la placidez del bosque y cumple su función de asustarnos. Que no da miedo pensar...

sábado, mayo 05, 2007

El escribidor solitario

Alguien ha dejado un comentario en esta página y en él habla de una eterna pregunta: ¿porqué, para qué, para quien se escribe? Es una pregunta socorrida, no se puede negar. El hombre que escribe desde la lejanía de si mismo, en el paisaje levantado desde la imaginación a la realidad, que es el bosque, no lo sabe. Pasión, se dice cuando piensa en ella; le parece una expresión muy fuerte, no es hombre de pasiones, si de impulsos: necesidad acuerda luego. Esa es la razón, escribir se necesita como una pulsión vital. Pulsión y pasión son palabras que parecen lo similar, que se acercan en su significado, se mueven en el mismo terreno, el de lo insoportable: la contención.

Son tantas cosas las que puede escribir con respecto a escribir que decide pensar. Cuando las palabras pugnan por salir desde el teclado a la pantalla, tan deprisa que no se pueden contener los errores que tal vez aparenten faltas de ortografía, hay que pensar, pensar, pensar en ello. No hay más, es lo que hay. es todo lo que hay. Pararse a pensar. En este caso pensar es pensarse, acudir al encuentro de uno cuando trenza palabras en frases y estas en párrafos y estos en folios. Pensarse en en el acto mecánico sino en ese espacio de uno que es el cerebro, al que se puede acceder siguiendo el trazo de las palabras, de las huellas que dejan volviendo de afuera a dentro.

Ponerse a escribir, se dice, es fácil, tan fácil le resulta que lo ha hecho toda la vida; todo ese trozo de vida que recuerda (y los recuerdos son esencialmente imágenes, o los pensamientos que estas desencadenan) inclinado sobre un cuaderno, una cuartilla, unos folios, un teclado. Hubo una época en que sus malas notas le condenaban a no escribir y a inclinarse sobre textos que no le decían nada. Es banal abrir un libro sin interés, no aprovecha a nadie, ni a nada. Le controlaban el no escribir, y lo hacía escondiendo cuartillas en blanco en el libro de ejercicios de aritmética; los logaritmos tenían el aroma de los libros leídos por la noche, de las líneas escritas por lo otros, de los que solamente conocía el nombre o a lo sumo la foto en la portada o en la contraportada.

Se dijo muchas veces que escribir era una huida, la marcha hacia un sol lejano, el camino de la tierra de promisión, el encuentro con el Paraíso Perdido. De todas estas posibilidades hizo suya la última: el mismo acto de ponerse a ello, de afrontar la cuartilla con el bolígrafo, de dejar que la mano trazara las palabras que le surgían del pensamiento, dejándose ir en la narración, era ya estar en ese Paraíso que perdido cada día´veces se ha de rencontrar en la mesa de siempre, en la silla de siempre, en la cuartilla en blanco de cada día. El Paraíso no es lo que se escribe, se ha dicho también al profundizar en el pensamiento, sino ponerse a escribir, y en ese caso aquello que queda escrito puede no ser nada, algo sin sentido, de un valor anodino: baladí se diría por ser lo nuestro, que es lo que significa realmente esa palabra, de poco valor porque es lo nuestro.

¿Es un gen despendolado, por decirlo con vulgaridad cordial? Tal vez el que escribe por pulsión, e insiste en este hecho, la pulsión, la pasión, ya sabemos que son palabras que crean las dos juntas un amplio frente de significados, sea un ser programado por una biología ciega: se trata de un error, uno escribe apasionadamente por puro error biológico. Su abuela cartagenera le decía que si tenía un don ganaría mucho dinero: no debía tenerlo, el don, porque lo que ganó lo fué por otras causas.

Frente a frente con sus cuadernos de notas donde duermen ideas, frases, párrafos, de los emás y suyos, desordenados, anotados por orden correlativo, esperando pacientemente que alguien, desaparecido él, los recoja y hojee, y tal vez se prometa leerlo para no hacerlo, piensa que todo este esfuerzo de guardar no tiene la menor importancia. Nada es importante en este asunto de escribir salvo el escribir, enfermo de escritura, podríamos decir. Un día, alguien que le despreciaba le dijo, "tu no eres un escritor, eres un escribidor" y le gustó la palabra. Escribidor es el que escribe sin sentidos por el placer de hacerlo, el que vomita textos que engarzan el sentido porque el pensamiento trata de no dejarlos desasistidos. Se convirtió en escribidor de blocs de tapas negras que se amontonan en un rincón discreto de la biblioteca. A veces los abra y busca en ellos, pasa páginas al tun tun. Le preguntó su hijo, una tarde de domingo, ¿que buscas? y él le dijo la verdad: nada. No buscaba, esperaba que algo de lo escrito le sorprendiera. Ocasionalmente encontraba una frase y se veía a si mismo, se acordaba del momento, del tiempo, tal vez de la ocasión y por ello del día, de la luz, los sonidos: todos ellos origen.

A veces piensa, si algo entre tanto que has escrito, quisiera decir algo, ¿porque no lo has dicho en voz alta? Le sorprende la reflexión, le asombra que su pensamiento le interpele de manera tan directa e inusual. ¿Y porqué voy a gritar en alta voz algo de lo que he escrito? ¿Cómo se yo que quiere decir algo? ¿Cómo adivino que tiene una significación para los demás, que excede a mi propia comprensión de ella. Siempre le ha gustado, del evangelio, aquella frase de "yo soy la voz que clama en el desierto". la encuentra literalmente arrasadora, cargada de la significación de la soledad y de la impotencia, las dos compañías íntimas de los humanos. ¿Para qué, se dice entonces, ser esa voz que clama en él desierto? Y a continuación, bajando al nivel del suelo, prefiere preguntarse a que viene el clamar. Claman los dolientes, los ateridos de frío, las víctimas, y él no es nada de eso, es solamente un escribidor solitario. Y eso le satisface.

jueves, mayo 03, 2007

El tiovivo en el bosque y sus criaturas

¿Quien habita en el bosque? No puedo decir a ciencia cierta que solamente los corzos, jabalíes y zorros que he visto o entrevisto durante mis paseos. Tampoco deberé contar algunas personas con las que me he cruzado, conocidas o no, pero todas dispuestos al saludo cordial o a cambiar unas palabras de conocimiento o de lo contrario. (Un dios menor del que ya he hablado y Goyerri, yo mismo, ocasionalmente Ana o algunos amigos que en días festivos vienen a vernos y después de comer a media tarde, me acompañan a dar un paseo. Les llevó a los lugares en que se rodó una película que se llevó un Oscar y les digo que "tenemos un Oscar en este pueblo"; ellos se ríen. En el prado, todos se asombran y reconocen el lugar, pero no aciertan con la localización y les explicó. Los fantasmas de la película ya se han ido, llevándose la casa y las trincheras. En el prado, desierto, aparecen a veces unos leñadores en sus tractores altos y allí, llevadas a rastras por cadenas llegan los troncos cortados, se almacenan durante "la corta" hasta que llegan los camiones que los habrán de llevar a el aserradero.

Pero está claro que este bosque es algo más que el bosque en sí, el espacio de fisicidad que me rodea cuando decido retirarme a él. La soledad la busco, no me asalta, y el lugar me cobija. Es cosa de entenderlo así, no se trata de esa soledad que se confunde con el aburrimiento, sino con un desasistimiento de los demás, de los otros, para encontrar en el propio estar, un asidero a la realidad. Hay veces en que se está, en plena consciencia; se está con pleno conocimiento; se renuncia sin embargo a ser y basta con estar y verse, o saberse, pero sin ser en la claridad de lo que es la vida común cuando alertas, permanecemos al cabo de todo lo que sucede. Entre una y otra manera de ser o estar recorremos el mundo o el mundo nos recorre. Somos sus transeúntes sabedores del quehacer y el donde ir, o pro el contrario dejamos que nos ampare una vacuidad en que nos escondemos, una campana aislante: en esa circunstancia somos el centro del mundo y la realidad nos deja de lado, pasando y siendo como es, pero olvidándonos. No nos llama a ella, respeta el aislamiento. Y así estamos.

hacía una pregunta en el inicio de este artículo: ¿quien habita en el bosque? Como en todo conviene saber lo que se pregunta y lo que puede ser la respuesta: ya sabemos que corzos, jabalíes, zorros, etc. Un etcétera corto, porque las criaturas que puedan deambular por aquí se ocultan las unas de las otras: son una sociedad de otros desasistidos de su compañía; antes miedosos que confiados. Así no se puede vivir en sociedad, sin un cuerpo de costumbres morales y unas leyes comunes al servicio de todos ¿no es esa la ciudad que define Cicerón?, pero el bosque es un planeta aparte en el que no rige otra ley que la silenciosa extensión de sus senderos y la rumorosa presencia de torrentes y aguadas.

Pero en el otro bosque, aquel en que no somos sino que estamos, igual que un árbol de entre miles o una roca de entre millares, habitan seres casi fantasmas que se presentan sin vergüenza alguna, diría que con descaro, para acompañarnos en nuestro paseo. Cuando se produce, por causa del paseo, su desocultamiento y de repente camina uno de ellos, o varios, a nuestro paso y ritmo, revoloteando alrededor o metidos en la cabeza, triscan, hablan, se manifiestan, discursean, gimen, lloran, ríen, se alejan o vienen a nuestro brazos incluso. No hay forma de no reconocerlos, yo no puedo evitar con su presencia mi inmediata conjunción con ellos: el reconocimiento. Son los fantasmas de cada uno, sus pensamientos, la evocación de otra realidad que se vivió, o se percibió, o se imaginó: son los otros del tiempo que fue, del presente pasado. Son la vida de uno, o la imaginación que proporciona la vida que podría ser.

Pasear el sendero transfigura las sombras y en una repentina y milagrosa inversión de la materia, los recuerdos, hechos del mismo tejido con que se hacen los sueños, se apoderan del lugar. Diríase que, con la familiaridad con que se manifiestan, viven allí cuando en realidad viven en la neuronas que viajan por nuestro cerebro: chispazos invisibles que transportan quimeras. Un día, expliqué hace algún tiempo, pasé por el Puerto de barcelona, por el Moll de la Fusta para ser exactos, mientras entraba en el bosque yendo con Goyerri hacia la Fuente de la Botella. Hace unos días era mi padre quien de nuevo, en una atormentada relación de amor y contrariedad, volvía a repetirme su fe en mí futuro desdeñado por mi. Hay hechos e imágenes que quedan para siempre en lo que llamaré el "imaginario sentimental" de cada uno. En mi caso, lo reconozco, hay demasiadas cosas.

Desdeño la nostalgia cuando tengo que soportarla y niego la melancolía del abandono del ayer. Nadie queda desnudo ante la vida, salvo si ha conseguido despojarse de la memoria. Creo en ocasiones que sería eso deseable, a voluntad. Escribí un relato sobre eso que me gusta mucho; de vez en cuando lo releo. Soy el único lector de mis criaturas fantasmales, tan pequeño es el mundo al que aspiro. Recuerdos y fantasmas no son hechos aunque lo fueran ayer. A mi me basta subir al bosque para rencontrarlos cuando accedo a la soledad de que he hablado, al momento en que todo lo que es fluye fuera de mi, no ajeno, pero fuera. Puedo sentir que soy la columna central de un tiovivo, inmóvil, quieta, sin girar, sostén de la cubierta de la que penden las barquillas con formas diversas. La otra mañana, en Segovia, en el Paseo porticado que conduce desde el aparcamiento al Acueducto, danzaban festivamente dos tiovivos que eran réplica casi exacta de los de mi infancia: coches espectaculares, naves espaciales de último modelo (esto no estaba en mi época), un trasantlántico de tres chimeneas, animales prehistóricos; toda una colección de ensoñaciones en las que montan los niños para dar vueltas y vueltas a una columna de espejos, y con tantas vueltas construir otra realidad más sugerente. Siempre odié la lenta parada del tiovivo, el retorno a la realidad, la visión de nuevo de la figura de mis padres esperando a pié de plataforma a que bajara yo. ¿Te ha gustado? solían preguntar. Y contestaba que si, claro que me había gustado.

Ese paseo por el tiovivo, ahora lo comprendo, se instaló en la infancia para que pudiera ser recuperado al cabo de los años, en el bosque habitado por los fantasmas de la irrealidad que fue real. Ahora puedo comprenderlo.

jueves, abril 26, 2007

Una historia triste

En la Octava Elegía de "Las Elegías de Duino" Rilke ha escrito:

Los hombres nunca, ni siquiera un día,
ante sí tienen el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
Siempre está el mundo alrededor. Y nunca
lo que en ninguna parte y sin estorbo;
lo puro, sin control, que se respira
y se sabe infinito y no se ansía.

Viene a cuento de nada, o sea que un poco de todo, de un todo que se vislumbra como una amenaza. Nada no es, nunca es, nada es la vacuidad, por lo tanto aún cuando en nuestro idioma le demos a nada el tratamiento de algo, viene a cuento de un todo que se percibe sin detalle, que se desvela apenas para mostrarnos una faz amenazadora algunas veces, una faz compasiva otras. Dice el poeta que "Siempre está el mundo alrededor" y es cierto hasta el extremo de que los hombres, o el hombre, el hombre que es cada uno, no se concibe a sí mismo sino es en el centro de todos los que así, de la misma manera se perciben. Y eso agobia.

Un día, alguien querido, me confesaba la tremenda angustia que sentía en su conciencia, que posada en su pensamiento volvía una y otra vez a ser presencia para atormentarle, porque en una ocasión había robado una pequeña cantidad de dinero que destinó a pagar unas pequeñas vacaciones de los suyos. La ocasión fue propicia, la terrible ocasión ante la que el sentimiento del deseo oculta todo lo demás: ante lo posible impune, cabe aterrarse.

Rilke abre la Segunda Elegía con tres versos que tengo grabados con el cincel del asombro, desde que con dieciocho años y pocas entendederas, los leí:

Terrible es todo ángel.
No obstante, a sabiendas yo os invoco y nombro,
pájaros mortales casi para el alma.

¿Es la conciencia de aquel humilde ladrón el ángel que le atormentaba? La cuantía del robo, una ridiculez, era insignificante frente al hecho amoral de la sustracción, producida por el deseo incontrolado. Desear es necesitar y nos pone ante los ojos del ángel, y su terribilidad. Existían en aquel tiempo hombre profundamente morales, me digo. Murió ya, le atendí en sus últimos días pues estaba solo y era amigo. Pensó que al hacerme sabedor de su pecado, liberaría su conciencia de la contaminación de lo malo. Se sabía malo: había deseado y convertido el deseo en acto.

La Quinta Elegía se inicia:

¿Quienes son, dime, los errantes, esos un poco
más fugitivos que nosotros todavía?

No hay posibilidad de que se abra el horizonte del que se siente mortalmente herido por su falta de ayer. Conrad, el maestro de la angustia inconsolable, de la incapacidad de redención, lleva a Jim a un escenario paradisíaco del Pacífico para ganar la pureza perdida, fruto de la cobardía: a un lado, los buenos, los malos al otro. El hombre, con su falta a cuestas, descubre que el pecado tiene nombres y apellido, tiene encarnadura mortal, está lleno de sangre y carne, de palpitar, de goce, incluso el pecado es amor y ama, es generosidad y da. El pecado como un cáncer se convierte en una recubrimiento de lo propio bondadoso y en él acaba escondiéndose. A muchos les es dado olvidar, a otro no tanto, algunos nunca olvidan.

Llueve, me digo, sobre la imagen de aquel en la cama del hospital, cuando iba a verle por las tardes y se iba la luz por la ventana. Le llevaba libros que leía durante el día, me los devolvía al atardecer, "no he podido acabarlo" me decía. No podía leer, él que había sido lector voraz. "Pienso en otras cosas" Entonces me lo dijo. Sabía que podía devolver el dinero, era bien poco, y que de faltarle algo yo se lo prestaría para nunca jamás, pues estaba muriendo; pero devolver el dinero no borraba nada. La conciencia le atormentaba por el hecho realizado y su auto estima le atormentaba, sabiendo que de hacer pública su falta, su imagen se vería manchada. Él, modelo de honradez, un hombre hecho a la antigua.

Hay tales desheredados en cada insensible vuelta
del mundo, que no poseen lo anterior ni lo más próximo.

En la oficina en la que coincidimos, yo era un joven sin futuro, él era un viejo contable con más de cuarenta años rindiendo sus servicios, al que los dueños, gente a la antigua también, ante la inexistencia de las pensiones de jubilación, le pasaba su asignación mensual entera, y así hicieron durante quince años, hasta su muerte . Le permitían ir dos o tres veces a la semana, a sentarse cerca de su antiguo puesto, en su vieja silla, junto a su querida mesa. De vez en cuando intervenía en los asuntos del quehacer diario. Cuando los dueños entraban en la sala le saludaban afectuosamente. Algunos finales de semana le invitaban a ir con ellos a las finca en el Montseny o a la casa en S'agaró. Allí estaba y era bien acogido, incluso con la benevolencia de los que íbamos viéndole, cada vez más, como un viejo senil, un tipo acabado soñando en el pasado. No sabíamos que su pasado y su futuro eran un mismo pecado.

Probablemente, aquella vecindad del lugar del pecado, la benevolencia y generosidad de los perjudicados, acrecentaba en él la angustia. Devolver el dinero era fácil, perder la estima y la imagen de lealtad era terrible.

Decírmelo a mi no le alivió. Me explicó los detalles, quiso que yo supiera hasta los más ínfimos detalles de su acción, la menar en que percibió la posibilidad, el disimulo con el que fue apartando las cantidades, ocultándolas a la vista en una enrevesada contabilidad de libros que nadie intervenía. Amasó, la historia es en si compleja, nada sencilla, una buena cantidad y nadie percibió los movimientos y al tiempo que lo hacía concibió el destino de la primera cantidad: las vacaciones, un verano junto a un lago, algunos restaurantes, un hotel confortable, un lujo para entonces. Lo hizo una vez, nada más; tomó una parte pequeña y quedó el resto del dinero, considerable cantidad; no pudo tocarla tan fuerte era el arrepentimiento.

Cuando se jubiló me contó, encontraron la suma de dinero en una cuenta aparte. Le preguntaron por ella, sorprendidos. No era una fortuna, pero era cantidad importante. Se sintió descubierto y estuvo a punto de confesar su falta. "Confesar, señor Rivera, me dijo, o se hace de golpe y sin pensar o no se hace" No lo hizo, mintió sin saber las consecuencias. Apartó, les dijo, ese dinero, por crear una cuenta colchón, precaución para malos tiempos. Siempre pensaba en decírselo, pero había preferido no hacerlo, porque aquellos patronos, imprudentes al fin que tanto gastaban de aquella riqueza, tal vez quisieran malgastarlo. Ahí está, les dijo, es un fondo de cobertura.

¿Qué iban a pensar de él? Eso le mortificaba. Cualquiera, me dijo, pensaría de mi con sospecha. Pasó una noche en la angustia del que ha sido descubierto: Ea, se dijo, ya está, se ha acabado. Es mucho mejor así, pues les robé debo pagar... Necesitaba pagar de alguna manera y creía llegado el momento. Pero no sospecharon: eran buenas personas. Pensaron unos días y al cabo le llamaron al despacho de uno de los dos. "Amigo X..., le dijeron. Es usted admirable. Sabemos que no tiene ahorros o que son muy escasos. ¿Que va a hacer ahora que se jubila?" No supo que contestar, estaba solo, el único hijo había marchado a Argentina, la mujer había muerto, nadie quedaba, no poseía en palabras del poeta "ni lo anterior ni lo más próximo". Este dinero es suyo, le hicieron saber, vamos a administrarlo para usted, considere que ha ahorrado su jubilación, vamos a darle su sueldo cada mes hasta que nos deje, no debe preocuparse, que no le faltará nada. Usted y su lealtad nos han emocionado".

Pudo resistirlo por pura cobardía, m,e contaba en la clínica. Perdido el valor en el escaso intento, sobrevivió años y años hasta que yo, recién ingresado, le conocí. Me adoptó, me hablaba de su vida, de su trabajo, de sus libros: leía geografía, libros de viajes, memorias de exploradores. Yo, me decía, como todos, hubiera querido ser otra cosa. Venía muy a menudo a la oficina, a ocupar un viejo espacio suyo, tratando de redimirse en el lugar de los hechos. "Buscaba, me dijo, el valor para contarles la verdad. Yo no merecía su bondad. Pero, ¿sabe usted, señor Rivera, las virtudes son escasas pero los defectos llaman los unos a los otros y al robo debe añadirsele la cobardía." Cuando años después leí Lord Jim, de Joseph Conrad, me acordé de él.

¡Ay de mi! No obstante somos eso. ¿Acaso
tiene el universo donde nos diluimos un sabor humano? (Segunda Elegía)