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miércoles, enero 28, 2009

De los cielos descendió sobre el prado...

No se trata de un encapotamiento general, sino de una masa de nubes que forman una sola desde el oeste, que se abre hacia la meseta castellana vieja, hasta el este en el que las montañas forman la línea del cielo. Todo es gris, plomo, apenas la vaga reflectancia de un lechoso brillo, como si detrás de todo ello alentara una luz. Otra vez la luz. Si traspasas, parece decir, esta barrera que nos separa, llegarás a mi. ¿No es esa la llamada de Dios?

Hacia el mediodía, entre las doce y la una de la mañana, Goyerri avisa de que ha llegado su tiempo de pasear. Sube la escalera y se acerca al Hombre del Prado que teclea frente a la pantalla del ordenador el post, o algunos correos, o lee el periódico o trata de trabajar en su novela. Es una hora bruja, que se dice, porque todo el tiempo está detenido en las notas de música, que hoy es Mozart pero ayer era Charlie Parker y mañana Dios dirá. Sea, Goyerri se encarga de romper la brujería, pues se queda inmóvil junto al hombre en su prado y le mira, nada hay más intenso piensa este que la mirada de un perro que quiere algo. La incomunicación, pues solamente ladran entre ellos o en momentos de exaltación en que pierden el sentido de la razón y del lenguaje, les ha enseñado a mirar con el deseo a flor de mirada y poner en ella su intensidad. Solo queda adivinar, pero esto es, fruto de la convivencia de trece años, relativamente sencillo.

Una vez en el exterior de la casa, dejando a un lado el frío intenso de este invierno, el más hostil que recuerda el Hombre del Prado, aunque sabe que si le pregunta a la gente del pueblo le dirán inexorablemente que hubo uno mucho más duro y difícil, aunque no se pondrán de acuerdo en el año que fue. Hay una pregunta que late en la mente de quien esto escribe y que le hace particularmente desgraciado. ¿Porqué esta gente del pueblo tienen siempre un ejemplo lejano con el que negar su realidad presente? ¿Porqué no dejan nunca que el habitante recién llegado pueda entrar en la convivencia de las experiencias y huyen a lugares del pasado que son inaccesibles para aquel? Nunca dicen "si, cierto que hace dos o tres años vivimos un invierno difícil", lo que permitiría integrar al recién llegado, que lleva ya casi diez años en el lugar, en sino que salen al paso de cualquier afirmación con un "eso no es nada, hace veinte años..."; pues en medio de este invierno hostil salió con Goyerri a dar el paseo de la mañana, y contra la voluntad del perrillo que envejece acrecentando su despotismo y malhumor antes de la comida y su ansía de ternura al caer la tarde, cruzó Arroyo Mayor por el nuevo puentecillo de madera que parece sacado del libro de Thoureau y subieron ambos la senda que lleva a Prado Largo, donde las ruinas de una vieja casa muestran unos muros abiertos al cielo por las dentelladas de los vanos de ventanas que han desaparecido. Allí, ante lo vasto, ancho y largo, despejado, de un prado encontrado en el corazón del bosque, el Hombre del Prado suele detenerse un rato para seguir con la mirada los regatos de agua que descendiendo por Aguas Vertientes vienen a desembocar aquí, tomar un ligero remansamiento, perder velocidad y deslizarse hacia la parte baja donde encontraran una hendidura en el terreno que se convierte en cauce que a todos recoge y conduce hacia el arroyo.

El momento es hermoso, Goyerri se pierde en sus olores y el caminante en sus ensoñaciones. ¿Que mejor puede convertir este tiempo breve en eterno? Pero, en este paseo la eternidad se ve interrumpida por un zumbido de película, el de las aspas de los helicópteros que zumban, zumban, zumban. están encima de su cabeza y descienden sobre la hierba húmeda. Es cosa de un momento ver a una multitud de siluetas vestidas de negro que ponen el pie en el suelo y se abren en círculo rodeando al hombre y al perrillo, se despliegan en dos círculos, uno interior y otro más amplio, dejando a los aparatos detrás de ello, y otro helicóptero, mayor, esplendoroso, toma tierra en el centro, se abre su puerta y desciende otro hombre alto y elegante, delgado, una figura vagamente familiar que al tomar suelo camina directamente hacia el paseante. Es reconocible, pero no se atreve a creer lo que está viendo, así que espera. A pocos pasos se detiene para llegar luego, despacio, extendiendo la mano hasta estar tan próximo como para estrechar la suya, seguido por las siluetas negras que se convierten en más que siluetas, visten todas traje oscuro, camisa blanca y corbatas de colores apagados, lisas. El hombre alto a sonríe con una mirada llena de afecto y ternura, de franqueza, directamente a los ojos, y en inglés de América le dice: "¿qué puedo hacer por usted?"

Conviene imaginar el momento, el sonido de las aspas de los helicópteros, el rumor de los regatos, la bruma que se levanta y la sonrisa de aquel que tendiéndole la mano le ofrece ayuda. No espera a que el Hombre del Prado le contesto, sino que sigue hablando: usted sabe, amigo mío, que podemos, juntos podemos... Y después del apretón de manos da media vuelta y todos se repliegan hacia los aparatos que de inmediato toman aire y se van hacia lo alto de las montañas para perderse detrás de ella. De nuevo el silencio, de nuevo el tiempo en su eternidad de un instante que se demora en pasar. El Hombre del Prado mira a Goyerri y este al Hombre del Prado. De nuevo la intensidad de la mirada del perro que es una pregunta fácilmente adivinable: ¿Qué quería? Le contesta que no lo sabe, y Goyerri, esta vez totalmente audible: ¡Joder! ¡Que cosas pasan en este pueblo! Y de inmediato: no le has pedido nada. No contesto y él, para sí, no muy convencido: bueno,lástima.

Hay que volver a casa para dejar constancia de esta experiencia única, el día, la hora, el momento en que Obama descendió de los cielos en Prado Largo y estrechó la mano del Hombre del Prado.

miércoles, junio 04, 2008

Tres cosas

Tres elementos de suma importancia invaden la mesa desde la que este que escribe traslada lo que piensa el Hombre del Prado: ha salido el sol, ayer caminó por el prado Gary Cooper y la noche pasada, a las 4 de la madrugada, se ha terminado la composición de la primera parte de esa novela que intenta escribir.

El tema del sol es importante. Después de dos meses de lluvia continua, torrencial, granizadas permanentes, barrizales en los caminos y cielos encapotados, una inmensa sonrisa lo ha invadido todo cubriendo cada rincón del paisaje. Las nubes, algodonosas y redondas que se mueven por el cielo, reflejan una intensa luminosidad en sus bordes y las partes en sombra, bordeadas de refulgentes brillos ofrecen una belleza instantánea y alegre que da protagonismo a un azul suave y pálido de la mañana. El sol es una bendición de la naturaleza desde que, en palabras de Lucrecio "en el preciso instante de su nacimiento derrama su luz y con ella reviste todas las cosas, eso vemos que para todos es claro y manifiesto" (II, 146). Es tal esa bendición, tan de efectos instantáneos, que el alma se llena de júbilo y canta.

Lo de Gary Cooper es otra cosa, pintoresca y no menos importante. Fué hace dos días, cuando todavía la lluvia transformaba todo en un estado de ánimo melancólico. Paseando con Goyerri por la calle que parte el prado en dos, se encontró con Goyerri siguiendo los pasos de una figura alta y espigada, que vista de espaldas parecía un hombre. Caminaba con paso lento y elástico, los brazos sin balancear, las manos a la altura de las caderas, descubierta la cabeza. Goterri se acercó trotando a la figura, como siempre hace, en demanda de amistad. Movía el muñón de la cola en un signo de cordialidad: al animalillo le encantan los encuentros fortuitos que permiten hacer amigos, entablar conocimientos, intercambiar saludos, una caricia, sonrisas de reconocimiento. El Hombre del Prado seguía a su paso, manteniendo la distancia. El caminante, al sentir la presencia del perrito, detuvo su andar y giró todo el cuerpo en un gesto armonioso y quedaron ambos a unos cortos pasos de distancia, enfrentados. Movía Goyerri la cola, le miraba áquel con todo el gesto detenido y así transcurrieron unos segundos hasta que Gary Cooper, ahora lo era ya, sin duda alguna, salido de la película de Fred Zinneman Sólo ante el Peligro, elevó su mano derecha desde la cadera y empuñaba en ella un revolver Colt 45, dos largos dedos índice y corazón extendidos, pulgar o percutor elevado en ángulo, y apuntó lentamente al animal que le miraba sorprendido. El tiempo se detuvo, seguía cayendo el agua, la calle estaba desierta salvo el observador a distancia de los dos protagonistas del encuentro y los segundos se detuvieron en la eternidad del instante, en que reconocido el adversario y de él lo inofensivo, el pulgar percutor, bajó lentamente desamartillándose y volvió el revolver de dedos a la invisible funda de la cadera. Dio media vuelta el caminante y siguió su andar hacia el sendero del bosque que cruza junto a las pistas de tenis. Alcanzó el Hombre del Prado a Goyerri y ambos se miraron. ¿Te has asustado? le preguntó al perrillo. "No, contestó, que va. Hay gente para todo". Siguieron su camino sin más palabras.

Y la tercera cosa que sobre la mesa reclama ser escrita, es que tras una larga andadura, angustiada, tensa, los primeros noventa y nueve folios que son la primera parte de la novela, se cerraron con un párrafo que compendia el inicio de la experiencia vital que deberá seguir en dos partes más, tal vez tres, que andan ya escritas parcialmente y esperan a ser ordenadas y fundidas con nuevos ingredientes. Repentinamente, durante la tarde y tras una conversación con un amigo fiel, la idea final que cerraba el ciclo de esa parte, se le apareció súbitamente. Lo súbito es aquello que sorprende y fulmina, muy habitualmente, por su sencillez; aquello que obliga a reflexionar en lo difícil que es dar con lo más sencillo y natural, reconstruir la metáfora del actor Hílaro en la propia vida del protagonista. Algo de tal sencillez había estado oculto, y no fue sino el imperativo "ponte a escribir, acaba de una vez" que le dijo su amigo lo que desencadenó el proceso del desocultamiento. Desde las 12 de la noche, hasta las 4,00 de la madrugada, repasó, buscó y dio fin a seis folios que contenían el cierre deseado, la puerta para la continuidad. Ana se había dormido y desde el dormitorio llegaba atenuada la voz del televisor que vela en la noche el sueño de los mortales del siglo XXI. El último párrafo salió del teclado, letras letra, y el hombre del Prado se mantuvo quieto, apagada la pipa entre los dientes, envuelto por la tenue luz de la lámpara de mesa. Lo leyó sabiendo que esta vez si:

Su reflejo en el espejo del estanque le revelaba una verdad que no había tenido en cuenta y sabedor de que todo aquello no era sino pensar y pensar en sí mismo abismado en una fatiga que habíase convertido en su naturaleza, sintió que podría suceder que nada de cuanto se auguraba fuera cierto y alcanzara la edad de su madre, noventa y dos en el momento de morir; se dijo que estaba, cuando menos, más cerca de la ignorancia que debería sustituir a su conocimiento. Hablar de la vejez y de la muerte ante los otros era una cosa: reflexionar para sí, otra. Se sintió satisfecho.


Mientras se encaminaba al dormitorio, pensó que el título que tenía hasta entonces por definitivo, Los Jardines Sombríos, debería cambiar por otro, extraído de una oda de Píndaro, que le parecía más ajustado: La Sombre de un Sueño.



martes, noviembre 27, 2007

Volver...

Volver, ni con la frente marchita pero si con las nieves de antaño, que el tiempo pasado en la ausencia del blog, o semi ausencia, no ha sido tan mal tratador ni rotundo. Vuelve con el mismo aspecto de hace una semanas, con el cabello cano que tiene hace años, con la barba casi blanca y una delgadez extrema que resulta de haber abandonado veinte kilos por causa de una diabetes abandonada durante mucho tiempo. Si la vejez o la muerte no le asustan, tampoco las apremia y mantener una salud sin estridencias es el objetivo de la buena vida a la que aspira. El Hombre del Prado vuelve al blog cansado de estrujarse las meninges en pos de una novela, a la que no abandona pero de la que quiere descansar buscando una respiración sosegada.

Una novela es para él una enorme complejidad que causan la pereza y la impotencia. La primera es terriblemente hermosa: relajarse, dejar lo de hoy para mañana, aspirar a que el tiempo suene con la música (cuando escribe es Calexico el grupo que suena en su PC, adormilarse en una lectura o en una película, pasear como si se flotara sin objeto ni destino y volver a casa con los ojos cerrados, conociendo los senderos que los pasos han marcado con medida exacta. La pereza está bien por su propia esencia, que más que llamarse pereza debiera llamarse gandulear.

La segunda es la impotencia y fue terrible en un tiempo en que todo lo le sugería era desconfianza en sí mismo; impotencia frente al asunto y a su desarrollo, parálisis del hacer, duda, sobre todo duda. Hoy, siendo lo mismo, piensa que tiene tiempo por delante. Está atascado, detenido, incapaz de entender porque ún capítulo, el segundo, que entiende que es crucial, se le resiste tanto. No puede avanzar de las tres o cuatro páginas porque sabe que llegando a ellas se encontrará con el enorme vacío construido atrás, alcanzará a entender que tampoco es eso lo que pretende. Es un capítulo maldito que por no existir lo es más todavía: nebulosa, intuición, una vaga idea de algo que es una cena en la que se habla de los valores de la vida y que son necesarios a los varones virtuosos. Las costumbres son la virtud de los romanos se decía, y en esas costumbres puede ahogarse una forma de vida, una manera de entender lo noble, la honradez, la honestidad y el servicio al Estado. ¿Cual es el precio de recuperar las costumbres, las virtudes? se preguntan y la respuesta muestra al silencio escondido en el fondo de la sala, , en el lugar en que también se aloja la conciencia. Pero no hay que ser terribles ni censurar la moralidad de los tiempos, sean los que sean, cuales y como sean. Parece sencillo, se trata de una simple cena en la que seis comensales hablan de ello y observan el pasado inmediato, los últimos diez años, con temor y reserva para expresar su pensamiento. Pero, ¿piensan? Los pensamientos, aherrojados en el corazón de los hombres que han cambiado libertad por temor suelen ir perdiendo intensidad hasta apagarse. Parece sencillo pero no lo es. Y sin segundo capítulo no hay continuidad aunque existan cuatrocientos folios que marcan un camino y que leídos parecen decir que ellos si valen. No todos, que ayer, sin ir más lejos, después de una relectura, envió a la papelera sesenta.

Hace veinticuatro horas que ha vuelto de Alicante, a un paisaje de nubes y frío: siempre nubes y frío en estas cumbres en que habita, en las que el sol aparece menos de los que se desearía pero la espesa capa de invierno adelantada tiene también su atractivo. Dejó atrás el sol que siempre canta y que le maravilla y el mar en calma en una playa de seis kilómetros de largo, desierta, mecida por la pereza, acunada por lo mediterráneo, reflejada en el otro continente desde el que llegan los ferrys. No hay que engañarse el paisaje del puerto visto en la distancia es idílico, pero es Alicante la ciudad con mayor índice de delincuencia de España y su penal es el de mayor conflictividad. El sol, una ciudad muelle y acogedora, guardan también el mercado del robo por encargo, de la pandilla de norafricanos que desembarcan por la mañana para robar en lugar, sitio y forma, señalados con anterioridad, y dejado el botín en el perista, vuelven al ferry y a su santuario. Todo paraíso encierra un infierno y basta entrar en el lugar por la puerta principal o por la de servicio. Crispín, en Los Intereses Creados, rectificaba a Leandro cuando este afirmaba que llegaban a una gran ciudad: Dos ciudades hay, le decía, una para los que llegan con dinero y otra para los que llegan sin.

El Dios Menor se ha comportado de manera sorprendente. Llegado como polízón en el portaequipajes del coche, con la evidente complicidad de Goyerri, ha vuelto patas arriba todas las convenciones que sobre él había acumulado el Hombre del Prado. Para empezar ha vaciado la nevera y los armarios de la cocina; se suponía que comía frutos secos, pero la paella le ha sentado estupendamente bien, como la fritura de pescado, los calamares, el jamón serrano con melón, el paté, y un espléndido Rabo de Toro que Fernando C... preparó en su chalé frente al mar en La Albufereta. Todo, absolutamente todo, ha sido consumido por el diosecillo que se relamía de gusto y al que los ojos le brillaban con reflejos de placer y felicidad. Ha sorbido, sin educación alguna, sorbiendo con ruido de aspiración, riojas, riberas, toros y un Viña Esmeralda de Torres, frío y afrutado, que en La Dársena acompañaba a un arroç negre. Celoso Goyerri, porque a él le está impedida la entrada en los lugares público, consiguió del personaje que guardara en servilletas pequeñas porciones del arroz. El hecho de que el perrillo esté a dieta no impedía a la pareja confabularse para sus asaltos gastronómicos.

Una evidencia molesta es que nadie salvo el Hombre del Prado y Goyerri tienen acceso a la visión del dios. Eso no quita para que aquel hable de él y explique a sus amigos que está allí, acompañándoles, y que sea por timidez o por naturaleza, no se muestra más que a unos elegidos por la casualidad. ¿O no es por la casualidad? NO lo sabe. Se lo preguntó una mañana frente a unas cervezas frías en la terraza, a 20º de temperatura y bajo un sol luminoso y cálido y no contesto, fuera porque tenía la boca llena o porque no quiso. Ana, que paciente y bondadosa, se ha acostumbrado a la situación, pregunta por él: ¿está aquí? o ¿que está haciendo? aunque eso lo ve al percibir la rapidez con que los platos se vacían. Una noche, hizo las dos preguntas que uno espera de que haga una mujer sensata: ¿donde duerme? y ¿dice algo de mi?

Duerme en la sala, bajo el televisor y contra el cofre indio, que abierto, contiene las botellas de alcohol social. Y si, dijo algo de ella, después de estar observándola mientras dormitaba una tarde frente al televisor: parece triste. No, es que está preocupada. Pasado un rato, el diosecillo aventuró: a veces me recuerda a Cénide, y a veces a Ceneo, y el Hombre del Prado se dijo que así eran muchas de las mujeres que conocía: ahora femeninas y amantes, ahora guerreros tenaces y a veces engreídos. Se lo dijo a Ana y ella sonrió: bueno, si él lo dice.

El día antes de la marcha, la pequeña deidad griega, tomó aparte al Hombre del Prado: dime una cosa, ¿aceptarías que me convirtiera en tu demon? Y el Hombre del Prado se emocionó.Pero, tú sabrías, y el pequeño rió al tiempo que Goyerri movía la cola con alegría. ¿Cómo no voy a saber?

martes, noviembre 20, 2007

Un instante junto al mar

Gregorio Luri ha reflexionado en varios posts sobre el instante y una cosa lleva a la otra.

De todo lo visto quedan instantes y el recuerdo de palabras aprendidas. Los instantes nunca fueron cuando era su tiempo, en el mismo momento de crearse, como un fogonazo que no se alcanza a ver hasta tiempo después, como la explosión de una estrella. Lo demás es memoria, que es narración, que viene a ser el resumen de uno en su tiempo pasado. En lo por venir no hay instantes todavía, ni momentos, ni hechos, ni acciones, ni actos, ni siquiera nada real salvo que el futuro, por el simple hecho de poder ser nombrado, sea realidad; lo es, probablemente, en la medida en que sea alcanzable llegar a vivir el tiempo futuro que se espera. El futuro no existe más allá del término de la vida, nada es constatable, ni siquiera significante. ¿Como puede significar algo aquello que aún no es y que es tanto improbable como que sea como probable.

Decía Cicerón que por viejo que uno sea siempre espera vivir un año más. A él no le dejaron hacer realidad esa esperanza. La suya fue una muerte absurda, hija del odio y de la mezquindad: Antonio le odiaba, Octaviano no impuso la vida del político aunque podía hacerlo. Tal vez quiso matar en él todo ejemplo de republicano convencido. Muerto el perro se acabó la rabia, pensaría, y fingiendo querer salvarle la vida la cedió ante el empuje de Antonio: "te cambio a Cicerón por tu tío" le dijo y el otro aceptó. Quería menos al hermano de su madre que odiaba al arpinate. En ese instante Cicerón perdió su vida, su fufuro y el de su familia. Los instantes de Cicerón, aquellos fulgores repentinos que le deslumbran y extraen de él todo el sentimiento posible, están en sus cartas y en los recuerdos de algunos de sus amigos: se refieren a su hija Tulia, delicia de mi alma la llamaba. Acude siempre a las líneas que escribe, un recuerdo tras otro, un sentimiento de anhelo, la irrecuperable pérdida de quien más amó. Le llegaban esos instantes arrebatados de la memoria, cuando en Túsculo escribía por ella las consolaciones y pensaba en edificarle un templo en los jardines.

Instantes que vienen de atrás adelante y adquieren el cuerpo de un pensamiento, sólido inmaterial, tan sólido como que su presencia impone, e inmaterial porque no es sino una imagen guardada en un conjunto de neuronas. Si los instantes fueran perdurables y visibles, el aire estaría lleno de ellas como si se tratara de bandadas de mariposas o una terrible plaga de langostas. Flotarían llevados por las corrientes, aureolados por la luz. Un instante evidencia siempre el fracaso de un acto que llegó a ser sin perdurar, aquello que no se pudo retener. La fotografía tomó de él la palabra instantánea y desveló el instante como una imagen impresa por la química sobre el papel.

El Hombre del Prado piensa en los instantes suyos mientras se acerca al mar, bajo el brillante sol mediterráneo. Dejó el bosque el domingo y mientras recorría en coche los 500 kilómetros que separan sus dos residencias, convocaba a sus instantes: no acudieron tantos como esperaba, seguramente a causa de que uno piensa poseer más instantes de los que realmente atesora. Abierta la caja flotan en el pensamiento tres o cuatro imágenes, no muchas más, y si quiere forzar a la memoria se encontrará con instantes fabricados por el deseo. Siempre la memoria convoca una imagen tras otra y todo lo que puede contener una emoción sublime, o el dolor inmenso, o la paz, la felicidad, el júbilo, acaba convertido en una imagen; causa probable será el tiempo en que se vive y el hábito a leer a partir de fotos que condensan hechos. Detrás de cada imagen una historia puede desvelarse, pero no es necesario, que la imagen es capaz de, al contenerlo todo, provocar todo el sentimiento.

En el capó del coche, al sacar las maletas, una figura pequeña y regordeta, se le ha quedado mirando con cara risueña: el dios menor se ha colado en el viaje al mar, y al final de este, saltando de su incómodo espacio, se ha acercado renqueando por la molesta posición hasta el borde de la terraza desde la que el mar se ofrece a la mirada. ¿Que haces tú aquí? le pregunta mientras ve como Goyerri, camina junto al diosecillo y ambos detenidos en el borde mismo, parecen solazarse por el espectáculo. El perro mueve la cola y el dios abre inmensos los ojos y ensancha las aletas de su nariz respingona, aspirando el olor. ¿Que haces tú aquí? Volver a ver el mar, le contesta el tímido personaje, arrebujado en su blanca y deslucida túnica.

Va a atardecer enseguida, ya el sol por el oeste cae detrás de la sierra. La ciudad aparece dorada como de bronce. ¿Donde queda mi Grecia? le pregunta la figura divina y el hombre del Prado señala hacia el este. Allí. ¿Muy lejos? Bueno, no mucho. Ah, dice el dios menor entrecerrando los ojos que mirando hacia el este tropiezan con los chalés que bordean el cabo, ¡ah!, que tiempos, que instantes pasé allí, dice. Y se ríe para si, socarrón. Goyerri ladra a una gaviota que vuelva bajo hacia la arena de la playa. El Hombre del Prado sabe, de inmediato, que este momento, esta imagen del dios griego y el perrillo, será un instante más en su vida repleto de felicidad. Le vienen al pensamiento las palabras de la Nodriza a Medea, y sin saber a cuento de qué las repite en voz alta: "cual piedra u ola marina oye los consuelos de los amigos" y apresura a todos para volver a la casa y preparar la cena. Por el camino mira a Goyerri severo: ¿sabías que estaba metido ahí todo el viaje? El perro sonrie, pero no ladra nada.

jueves, mayo 10, 2007

Goyerri, el dios menor y Batasuna

Un día primaveral d sol y temperatura. Tulipanes, jacintos y narcisos se alinean en los cuatro parterres que delimitan la zona de césped, frente al portalón del salón. Las hayas apuntando al cielo sus hojas, todavía enroscadas y con punta de lanza, están prestas a seguir al castaño, a ,los manzanos, a los ciruelos y al cerezo. El mundo recobra en primavera el pulso, expandiéndose en una gran respiración alegre; camino del verano el sueño de una noche de verano volverá a ceñir en la carne una pulsión agónica, pero todavía latido. Por la puerta de la calle pasean al caer la tarde dos muchachas con un niño que corretea tras un perro. Más allá de esto no hay nada, es el instante, el tiempo.

En el bosque, en el claro asaeteado por rayos de sol donde se encuentra con el dios menor, con el que se ha reunido por la tarde, poco después de comer, se resiste a una leve somnolencia que invita a dejarse en manos de la siesta; quiere ser cortés porque el dios menor está allí, sentado en su piedra tronal, comiendo lentamente unas nueces sin cáscara que le ha traído animado para dejar una ofrenda. El diosecillo, al verlas dispuestas sobre el improvisado altar le ha interrumpido: "no, no, nada de ofrendas, déjame que las pruebe" y se ha lanzado por ellas "no las como hace siglos, y gime, oh dioses...". A Goyerri le gustan los frutos secos, y llevado de la esperanza se ha acercado al dios menor expectante ante la posibilidad de que algún trozo de nuez le fuera ofrecido. No ha sido así, la divinidad no tiene en cuenta a los mortales y ha dado cuenta del puñado de fruto a velocidad vertiginosa.

El extraño espectáculo le ha cautivado: dios menor y perrillo unidos por el deseo de unas nueces que inicialmente iban a ser una ofrenda en esa parcela del Olimpo que ha abierto una sucursal en Aguas Vertientes. Ante la evidencia de la última nuez Goyerri ha dado media vuelta y ha soltado un gruñido con apariencia soez; después ha ido a tumbarse a la sombra de un tronco anchuroso, tumbado y presentando el culo al dios, que así es como los perros muestran su descontento.

A este hombre que parece dormitar en el claro del bosque, le ronda por la cabeza la idea de explayarse en este blog - un día será un día si lo hace - con un tema de lo que se podría llamar política y que durante mucho tiempo ha tratado de soslayar. ¿Porqué? Por cobardía moral, piensa; o por disimulo, o porque no tiene intención de irritar a los demás, o porque a quien no quiere irritar demasiado es a sí mismo. Aquella vieja máxima de no intervenir en asuntos públicos, fundamentada en el epicureísmo, le ha mantenido largo tiempo en silencio tratando de que los ecos de la paz perdida no lleguen a contaminar el bosque, su morada. Pero el proceso de deconstrucción que ha ido practicando le ha dejado enormes vacíos en la mente, que antes estaban llenos de disimulos y excusas. Ahora los pensamientos están allí desnudos, delimitados y no se llenan de adherencias hijas de los años: nada es para él políticamente correcto, o no debiera serlo, cuando menos.

Sabe que estas cosas no son para pensarlas en el bosque a la hora de la siesta, pero esta mañana, respondiendo a un comentario que dejó en un excelente blog´magníficamente escrito por persona de cultura y experiencia literaria, estale ha respondido cortés y educadamente: una frase de la respuesta le ha quedado prendida entre los pensamientos y piensa que tiene que darle salida. Viene el tema dado por calificar a las elecciones en el País Vasco de antidemocráticas, ya que el Fiscal General del Estado por una parte, y el Gobierno de la Nación por otra, tratan de evitar que partidos, agrupaciones de electores o plataformas locales, que vienen dando apoyo moral explícito, así como apoyo económico y logístico a la banda terrorista que ha asesinado ya a casi 1.000 personas, producido una importante cantidad de secuestros con finalidades económicas o de chantaje, y mantiene una permanente extorsión cerca del empresariado vasco, puedan presentarse a unas elecciones democráticas.

La razón que el autor del blog aduce en el texto central se refiere a la "injusticia" de impedir que 250.000 posibles votantes de esa o esas agrupaciones y partidos, se quedarían sin posibilidad de votar. En el comentario final, aduce lo siguiente: La idea es que lo que de entrada no es democrático es ilegalizar un partido porqué no condena LA VIOLÈNCIA, CON TODO LO QUE CONLLEVA. Promete a continuación razonarlo más en profundidad en un futuro inmediato. A priori el razonamiento parece tener en cuenta a los votantes, ciudadanos a fin de cuentas, dejando en suspenso, en el aire, en la ambigüedad de esta desviación del tema del sujeto político al sujeto votante, la naturaleza del la formación política. Y esta naturaleza es en lo esencial "el uso de la violencia para alcanzar sus fines políticos, convirtiendo ene nemigos suyos a cuantos actúen políticamente contra ellos o a ciudadanos comunes alcanzado por el terror ciego y nada selectivo del coche bomba".

Habla nuestro hombre del bosque para sí y parece que el dios menor escucha, aunque su cara de viejo niño no expresa interés alguno, tampoco emoción; diríase que está dormido pero tiene los ojos bien abiertos y le mira directamente a la cara, así que atiende o hace como que atiende. Los leves ronquidos de Goyerri se mezclan con los sonidos del bosque y en ellos se diluyen. Así resulta que en el claro del bosque un hombre habla sobre política y terror, un diuos menor se deja llevar por el sonido de la voz y contempla el vacío y un perrillo duerme satisfecho una ingesta de nueces que no ha hecho.

La idea clave que se generaliza en la sociedad española, piensa el hombre del bosque en alta voz, es la de que un partido que acepta la violencia real (no la violencia teórica e hipotética), con su saldo de muertos, de voladuras, de terror, de familias heridas, no está legitimado para presentarse a unas elecciones en las que el resto de los partidos conviven en una afirmación: sin violencia el diálogo es posible, con violencia no. Esta afirmación se basa en el hecho, indiscutible, por otra parte, de que en un diálogo en que una parte se guarda la violencia como argumento a usar cuando los argumentos parecen encallarse, el entendimiento es imposible, porque lo que se está produciendo es un chantaje a las voluntad de una parte.

El autor de la frase en el blog citado, y no está solo en esta opinión que cuenta con muchos partidarios, traslada el argumento de los partidos a los votantes. Nuestro hombre diría que esta opinión, de buena fe emitida, sin duda, no hace sino hurtar la recta comprensión del problema. Intenta alcanzar con la frase una idea en si de aparente inocencia: ¿como se puede dejar sin opciones de votos a 250.000 personas que desearían votar a esas opciones políticas? No todos son de ETA. Insisto en la buena fe de quien emite ese pensamiento, creencia que no volveré a repetir por obvia.

Si el tema se fija en los partidos que se presentan a las elecciones, tenemos delante indiscutiblemente a un grupo de políticos que pretenden llegar a las instituciones con políticos que son cómplices, indubitablemente, de una banda terrorista, a la que apoyan permanentemente y a favor de la cual se expresan de manera continuada. Su negativa a condenar cualquier acto de violencia, asesinato o atentado, es permanente. Su recurso es acusar al estado de derecho de antidemocrático porque no permite expresar públicamente la voluntad del pueblo vasco; su otro argumento clave es que la simple presencia del estado español en el País Vasco es violencia. Cabe decir que ellos representan aproximadamente, con cifras de contiendas electorales anteriores, el 12% de voluntad popular. El 88% restante expresa su voluntad (que teóricamente no es tal) con toda libertad en un abanico de partidos que van desde el independentismo al centralismo más conservador, pasando por nacionalismos conservadores, nacionalismos comunistas y la presencia de un partidos socialista medianamente nacionalista también.

La tergiversación del asunto se produce cuando el foco de la situación se pone en el desvalimiento de los votantes de estas agrupaciones ahora deslegitimadas e ilegalizadas. Cuando en los actos públicos de estos políticos, en sus reuniones multitudinarias, aparecen varios terroristas armados, con la cara cubierta por un pasamontañas, el público les aplaude enardecido, les ve y les aplaude: luego les acepta. Y quien les vota les ve por televisión si no ha ido a la reunión: luego si vota, les acepta. Cuando se producía una manifestación que aglutinaba a varios miles de ciudadanos en la calle, su grito frente a sus adversarios políticos era: ¡ETA, mátalos! No debe caberle ninguna duda al votante potencial de estos partidos que la violencia es su caldo de cultivo y el apoyo a la muerte del enemigo por medios violentos, su reacción natural. Si ese posible votante se siente enemigo de la violencia, es obvio que deberá dejar de estar ahí y no se planteará dar su voto a los asesinos. No basta no ser de ETA para no darles aplauso o apoyo sin aplauso: al fin apoyo y razón para actuar.

Es cierto también que posiblemente crea, ese votante potencial, que el asesinato es necesario para alcanzar los fines que persigue. En ese caso ya no estaríamos hablando de los políticos o de los votante potenciales, sino que el foco estaría puesto en las víctimas potenciales que seguimos vivos pero a los que se anima a matarnos. Los que aquí andamos, en esta nueva democracia, sabemos que somos objetos de canje, víctimas posibles, corderos expiatorios destinados si cabe y llega el momento a un altar de sacrificio ciego.

Así pues lo democrático sería, piensa el hombre del bosque, de seguir al pié de la letra la opinión del autor del blog, que esos partidos existieran pública, legal y oficialmente para no dejar desasistidos a 250.000 votantes potenciales. ¿Porqué sería eso democrático? ¿Es que en democracia la violencia es una expresión política legítima? Es que el hecho del número, 250.000, legitima para el uso de la violencia. Quiero recordar que el tema clave es la negativa a aceptar, de partida, que esa opción política rechaza la violencia como expresión de "hacer política". Si no la rechaza el partido o la agrupación electoral, tampoco lo hace su votante. Si no hay rechazo de violencia, la banda terrorista queda legitimada en las instituciones.

Se dice a sí mismo, ya en voz baja porque ahora el dios menor ya se ha dormido, con los ojos semi abiertos y las manos cruzadas sobre una un poco abultada barriga, unido en sus ronquidos a los de Goyerri, que el problema, por lo que a él concierne es moral: quien entiende que la violencia es legítima en democracia es en realidad un canalla, (lamento la expresión por ser apasionada, moralmente lo es, porque quiere su muerte, la del hombre del bosque, y la mía y la de quienes puedan leer esto (escasas personas). Recuerda una frase admirable de Camus, escrita en su estremecedora "Carta a un amigo alemán" ; allí escribe: No sabremos nada mientras no sepamos si tenemos derecho a matar a ese otro que está ante nosotros, o a consentir que lo maten. El punto clave de la cuestión está ahí: yo no tengo derecho a matar y no puedo consentir que otro lo haga por mi. Creo incluso que aún si me dieran el derecho, no lo tendría. Nadie está legitimado a dar derechos de vida o muerte sobre el otro, nadie, aún siendo Institución o Estado.

Cada uno, pìensa el hombre solitario en el claro del bosque, de los votantes que se inclinan por un partido que acepta la violencia como recurso para la convivencia política, es cómplice. En cada uno de ellos hay una Gestapo; en cada ciudadano que no la condena un judio.

Despierta a Goyerri y abandonan el claro sin hacer ruido. Al pasar junto al dios menor le oye hablar entre los sueños del glotón atracón de nueces; las palabras surgían de su boca confusas y atropelladas, pero pudo distinguir los versos de la Ilíada que el satisfecho diosecillo declamaba soñándose tal vez uno de sus viejos héroes. Decía ... arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, a Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor en las rodillas... (Ilíada, Austral, 576). ¿En que sueña? , le preguntó Goyerri. En sus héroes, contestó el hombre, y en sus batallas violentas, y en sus muertos. Goyerri le miró de reojo sin dejar de caminar: no me ha dado, dijo, ni una sola nuez... ni un trocito de nada...

miércoles, mayo 02, 2007

Conversación en el bosque, de hombre a hombre


Desde que encontramos Goyerri y yo, en el bosque, al dios menor, no habíamos hablado del asunto hasta esta mañana. Incluso tengo la sospecha de que él perrillo me rehuía, no se si avergonzado por su mala contestación o por el hecho de que tuviera una conversación con el representante del olimpo. Goyerri es así, muy suyo y bastante preocupado por el ridículo y el "que dirán". Sucede a menudo que le sorprendo en una posición graciosa, o en un intento infructuoso por conseguir algo y sin darme cuenta del enorme daño que causo a su auto estima, me río en alta voz. De inmediato, da media vuelta y se marcha a un lugar apartado. A veces, me llega desde la oscuridad un gemido casi inaudible e imagino que es él lamentándose por mi falta de discreción.

He escrito que no habíamos hablado del asunto: la verdad es que no habíamos vuelto a hablar de nada. Él, me consta, me ha evitado durante los cuatro o cinco días que han pasado. He de decir que han sido aciagos, llenos de lluvia, incluso de nieve, y de tareas imposibles de terminar bajo el aguacero: una cañería reventada en el sistema de riego que ha impedido la instalación del reloj en el circuito de riego por goteo en el invernadero, la plantación de cuarenta plantas de tapizantes de colores diversos para los bordes del seto, el semillar tomateras y pimientos (lo hago cada año) para que a finales de mayo pueda pasar las plantas ya hechas a sacos de tierra abiertos en canal en el mismo invernadero, limpiar las hierbas que han aparecido entre la grava y que como cada año hay que eliminar primero con mata hierbas para acabar con la vida de raíz y luego a mano,... Ha llovido mucho y ayer por la mañana amaneció con una nevada de pequeña intensidad, pero molesta. las temperaturas habían bajado; el cielo encapotado de los días anteriores era gris plomizo, de un solo tono, sin huecos ni transparencias; el ánimo por lo suelos.

Calado hasta los suelos he acabado todo lo pendiente. Goyerri, durante el trabajo, ha permanecido en la casa salvo en las horas del paseo, que son por la mañana entre las diez y las once y por la tarde a las seis. Como le dejo elegir el camino a hacer, de su natural sale poco el ir al bosque: no es andarín. Pero si le indico con gesto o voz que entre por las sendas bajo los árboles, remolón, lo hace. Estos días, después del encuentro con el dios menor, ha tomado de manera inmediata la dirección contraria al bosque y se ha encaminado al pueblo. Le gusta ir a él, creo que porque allí ve gente que le hace gracietas y le dice cosas; un perro sociable como él, sin público, se encuentra solo.

Mientras ayer caminábamos por el sendero que lleva desde mi casa en el prado a las escuelas, le he interpelado. "¿Estás enfadado conmigo?" No, ha sido la respuesta, un no conocido de quien dice si, o tal vez sí, o las cosas no están para que las hablemos, o sencillamente déjame en paz. ¿Que te he hecho? Ha seguido su camino imperturbable, con el hocico alzado, el cuerpo tenso, la cabeza alta; la dignidad le ha traicionado, este perrillo suele caminar con la cabeza gacha y el hociquillo pegado al suelo, olisqueando, de vez en cuando se detiene y alzando hocico y pata derecha, señala una caza imaginada, que no real. Ayer no, caminaba dignamente hacia su enfado. Le obligué a pararse. Dime, le dije con toda la dulzura de que fuí capaz, ¿que es lo que te he hecho?

Tengo que decir que no dije, al volver del bosque el día del encuentro, nada a Ana. Las mujeres, y generalizo como quien sabe mucho de ellas aunque confieso una ignorancia sin disimulo, suelen desconfiar de las historias que trae alguien del bosque: diría que no les interesan. Será porque esas historias parecen irreales, y tal vez lo sean, pero ellas a ese tal vez no le dan la oportunidad de ser. Pienso que si algo le hubiera contado, habría vuelto la cabeza hacia la televisión p3ensando que me estaba burlando de ella. ¿Es tan difícil aceptar que en la sierra de Malagón, en la ladera de Aguas vertientes, permanece desde hace más de tres mil años, un dios menor olvidado de su Olimpo? No entiendo porqué.

En medio del camino hacia las escuelas, Goyerri y yo estábamos frente a frente. Para evitar la incomodidad de la situación, el perrillo mioraba a una lado o a otro como si le interesara la enorme parálisis en que el bosque había caído. Tú y yo, le pregunté, ¿no somos amigos? Silencio. ¿Qué es lo que tanto te enfada? Silencio y acelerón del movimiento de cabeza en pos de nada. vale, vale, le dije. Si me dijeras que es lo que te enfada, podría razonar contigo. Me preocupa, me dijo, solamente me preocupa. Vaya, al fin, empezaba a hablar. ¿Entonces estás preocupado? ¿Por quien, por mí? No. Los monosílabos son hirientes cuando debieran ir acompañados de amplias explicaciones y aparecen solos. ¿Puedes explicarte? ¿Por quien estás preocupado? Por mi, me dijo mirando más que nunca a ningún sitio. Pero, ¿porqué por ti?

Este perrillo del que soy amigo y que ahora, al cabo de los años de pasear juntos por el bosque y de estar en el jardín o ir a dar pan duro a los caballos del prado, es mi amigo. Ha aprendido a hablar de tanto como me ha escuchado dialogar con él cuando no era sinon un cachorrillo o cuando, con el corazón en la mano, le he hablado de mis pensamientos en el bosque, del porque estamos aquí. De ir delante de mí o a rastras detrás de mis pasos, ha aprendido a escuchar y a hablar, diré que bien poco al principio y con errores que tendré que explicar en su momento, pero ahora ya, con cierta corrección aunque alguna ignorancia, todavía.

Me encaminé a una piedra plana y me senté en ella, el perrillo ante mi, me miraba de abajo arriba. Me acordaba yo del día en que, en un bar de pueblo serrano, nevando, un cinco de enero por la tarde, nos sentamos él y yo en un pollo de piedra a la entrada de un bar, esperando a unos amigos. El uno junto al otro, notaba yo su cuerpecillo leve, un tacto suave, apoyado en mi. Los copos le cubrían los rizos de la cabeza. Su pelo, negro y blanco le rodea la cara en la que destacan sus ojos tiernos y vivos. Llegó hasta nosotros un viejo de bastón, más bien garrota, y se paró delante bajo la nieve. "Oiga, amigo, me dijo, ¿se ha dado usted cuenta de cuanto se parece usted a su perro?" Mi cabello, cano y negro, en barba y bigote, seguramente movieron su sentir a encontrar aquel parecido, pero lo curioso es que, probablemente más amigo de animales que de personas, supuso que era yo quien me iba pareciendo y no Goyerri el que lo hacía, viniendo hacia mi. En estas cosas, uno so sabe nunca cual de las dos criaturas es el amo.

¿Porqué te sientes preocupado? ¿Por miedo? ¿Crees que un dios menor griego puede hacernos algún daño? No te mostraste simpático con él. Tampoco él conmigo, me dijo de inmediato. De acuerdo, a lo mejor no os caísteis muy bien, pero eso no es causa... No. no lo es, dijo secamente. No se trata de eso. Se trata de otra cosa... Empezaba a remolonear. Es que pensé... Silencio, pausa, un mirar azorado de sus ojos ahora más que tiernos, blandos, cargados de dulzura. Pensaste, ¿qué? Otro silencio. Si no me lo dices no podré ayudarte. Pensé, me dijo al fin, acercándose hasta que su hocizo reposaba en mi rodilla, plano, apoyado con la levedad del amor que no pesa, pensé que podías hacerte amigo de él. ¿Y? Un silencio prolongado que no quise romper. Uno ya va sabiendo de la vida y comprende un poco por donde van los tiros. Y si te haces amigo de él, en el bosque, ¿que pasará conmigo?

Y gimió levemente, casi inaudible el gemido, un silencio mayor y lastimero, si se quiere. No pude por menos de rascarle la cabeza entre las orejas y cerró los ojos de gusto. Pero hombre, le dije, tu serás siempre mi primer amigo. ¿En serio? En serio.

miércoles, abril 25, 2007

La sorpresa de que Goyerri empezara a hablar ayer ha venido acompañada de la lluvia, esta vez primaveral, copiosa, persistente, pero dentro de un tiempo que no es frío al que basta asomarse con un cortavientos impermeabilizado y poco más: yo asi lo hago. Me insisto para mi en la mormalidad de que el tiempo en abril sea lluvioso, como dicen el refrán, y y que coincida, finalmente, con las yemas y brotes en plena floración. Ha vuelto la flor de la forsitya a desde que se truncó el proceso natural con el frío de hace una semanas. Esta flor es para mi muy querida: de un intenso amamrillo, que es el color que entre todos prefiero, crece muy junta la una a la otra y deja paso a unas hojas de un verde húmedo e intenso que duran ya todo el verano; su explosión de color es la primera y de repente los húmedos jardines, la pradera que da al sur y el norte ,ás umbrío se encienden, pinceladas de la paleta de la naturaleza en estado puro.

Las espireas, muy cerca empiezan a dar la hoja verde a la que seguirá una flor blanca que doblará la rama en arcos tupidos, como si cayera un paraguas de copos de nieve. En el invernadero, los geranios, enormes y brillantes, rabian por salir igual que las begonias, enormes en sus macetas de toerra. Las guardo ahí durante el invierno porque me horroriza tirar a escombros las plantas por el simple hecho de que el vivero lo recomiende: begonias y geranios conviene recortarlos, enmacearlos si están en suelo, y meterlos en noviembre en cubierto con luz y algo de temperatura, no inferios a 8º.

Ya están aquí los jacintos, los primeros bulbos, seguidos de narcisos y anémonas. Los jacintos son blancos y azules, huelen se mantiene bien con la lluvia. Los narcisos, de vida breve y de hermosura grácil, les respaldan con su color amarillento, suave. Por detrás las copas rojas de los tulipanes están a punto de abrirse: libará el jardín en ellas por los mejores días. He recortado los setos, plantado tapizantes en los bordes y en el ionvernadero preparo dalias enanas iguales a las que están a punto de empezar a aparecer junto al ciprés del este que señala la dirección de la tierra en que nací y viví algo más de la mitad de mi vida.

Esta mañana, al desayunar, Goyerri nos ha hecho compañía como cada día. Yo desayuno fruta por prescripción médica y a él le gusta; no es de recibo, pensamos, tener a un perro amigo que disfruta enormemente con todo tipo de fruta y de verdura, sobre todo con las naranjas y mandarinas. Alarga la pata y me golpea la pierna cuando no le doy parte de la mía y en tal tesitura no queda más remedio. Antes de comer su pienso, que deja para el final, repasa nuestra dieta: pescado y fruta, verduras, el pisto le enloquece, y los garbanzos del cocido. Después del desayuno suele salir al jardín para las primeras necesidades, unos minutos apenas, y después se sitúa alternativamente a mano de Ana y de la mía, para recivir caricias en forma de enérgico masaje en el lomo. Eso le encanta, si no se lo hacemos lo reclama con un gesto enérgico también de su pata.

martes, abril 24, 2007

Un encuentro primaveral.

La primavera. con su belleza, cercena cualquier intento de aislamiento y no puede escribir. Esta pereza no es solamente indolencia sino culto al espectáculo de la naturaleza, cuando siente fluir la vida por sus heladas venas y se hinchan los brotes con adormecida petulancia. Es el tiempo de revivir, retorna la vida al bosque que se ocultó enfurruñado en los fríos invernales y en las aguas de marzo y abril, que anegaban los senderos y reventaban de sí los cauces de torrentes y arroyos. La bóveda azul del cielo cobra vida, dejando de lado la intensidad del azul limpio y frío, como cristal o por el contrario la espesa capa de gris plomizo, de horizontes del norte amenazando más lluvia, de horizontes del sur por el que las nubes se alejan cargadas. Ahora, el cielo es de un azul al que ligeras nubes semi ocultan o tapan, o difuminan el color del azul, en si más desvaído, y en esa nueva claridad surge el color como una caricia.

El hecho mismo de caminar entre los árboles llevando una ligera camiseta y un pantalón de verano, supone romper con la estación que tan tardíamente nos ha dejado y sentir en el cuerpo la cobertura de un frescor que vivifica; es bueno sentirlo. Los senderos, secos ahora, bien dibujados en su zigzagueo siguiendo siempre las pendientes, por más ligeras y casi imperceptibles que parezcan, como serpientes perezosas, redescubren en sus márgenes los helechos que crecerán hasta cubrir la rodillas, y los brotes de árboles que semillas o raíces enterradas allí. Un ambiente de franca camaradería se universaliza en el corazón de este bosque que no tiene tinieblas.

Constata que si escribe lo es para repetir la sensación del paisaje redivivo, y la misma palabra que acaba de escribir, "redivivo" le detiene el pensamiento y comprende que ha tomado un sendero de bifurcación, algo que le conduce afuera. Si revive el paisaje, es que vuelve de la muerte, del letargo que parece aquella y que en su parecer tan siniestra presencia nos ha mantenido lejos durante todo el invierno. La vida va por dentro, se dice, al pensar en los meses pasados. Escribir simplezas le parece oportuno, porque, ya lo ha escrito en el inicio, la pereza le puede.

Hace un tiempo, que se le van las mañana en la indecisión del quehacer y un rechazo frontal al hacer. Ahora, puede ser la pereza, y hasta ahí es aceptable; pero por lo general, la pereza invasora está desde tiempo ha y le aconseja entornar los ojos y solo mirar. Probablemente es que miró poco en su vida anterior, años atrás, o que bebió poco de lo que veía. ¿Quien puede saber porque la vida se fragmenta en la nada anterior y el algo del presente. De hecho, ¿a que viene dejarse seducir por esta llegada de la primavera? Una, dos, tres, cuatro muros de contención ha levantado en el entorno para defenderse de... ¿de quien?
Un párrafo tropieza en una idea que se inacaba bruscamente, ¿o no era una idea? Hablar por hablar y escribir por escribir viene a ser la misma indignidad, porque dependen del lector o el oyente ocasional.

Volviendo a los muros, los acepta: sus libros, el prado, el bosque, la pereza. No hay mejor idea para hablar desde la fortaleza, inexpugnable siempre, que el espectáculo de la primavera, se dice, pero sabe que hoy tenemos una convención del lenguaje y de la sociabilidad. Hablemos del tiempo o de las estaciones y dejaremos en los demás la presencia de nuestra corrección: normas de la cortesía. En el jardín empiezan los árboles a engallarse, levantar su estatura, ahuecar las cortezas, agitar las ramas, les crecen los espolones de las nuevas ramas y de las nuevas hojas y les salen los espolones de la flor menuda, de colores suaves. Es hermoso, se dice, que también en el castillo, de este lado del foso, llegue la primavera y no nos discrimine.

Un hecho insólito sucedido esta misma mañana, no ha sabido después de haberlo vivido, si achacarlo a la primavera o a un desvarío de la pereza, que también los provoca, y poderosos. Volviendo del bosque, caminan con un Goyerri que no desea caminar sino es a su paso de olisquear y detenerse, de seguir senderos dibujados por los olores, invisibles para otro que no sea él, se ha encontrado de buenas a primeras con un dios menor atareado en arrastrar una losa hasta la base del tronco de un pino. No recuerda haberse encontrado, antes de hoy, con alguien semejante y aunque es de memoria flaca, cree que un hecho de tal naturaleza quedaría grabado en él.

Afanado el dios menor en su tarea, esforzado y con escaso resultado, había perdido toda esa dignidad y majestad que es lo que justamente identifica al dios cuando se le ve. Torpe en su esfuerzo, la losa de piedra apenas se mueve unos centímetros y la túnica blanca, de restregarse en la tierra, adquiere ya tonos parduzcos, sobre todo en la parte que cubre las rodillas, huesudas por demás: el dios, todo hay que decirlo, no era bello, ni joven ni viejo, con cara de niño con arrugas y mechones blancos, a medias sátiro a medias mendicante..

¿Puedo ayudarte? Un gruñido por respuesta y un esfuerzo mayor: herida la dignidad por la inutilidad y mancillado lo majestuoso por las manchas de tierra, el dios se ha vuelto con la cara iracunda y el caminante ha tenido la impresión de que iba, realmente así lo ha creído, a descargar una furia divina sobre su persona, al igual que el perrillo Goyerri, ha gemido y ha corrido camino abajo hasta una distancia de unos veinte metros, donde unas peñas le brindaban acogedor refugio. Pero la cara del dios, ha perdido, al ver al hombre y al lejano animal sendero abajo, su feroz apariencia y en instantes ha adoptado una triste y compungida expresión, triste por las facciones y compungida por que respirando sollozaba.

"Perdona, le ha dicho, no quería asustarte. De hecho lo has hecho tú al hablarme. No me acostumbre al trato con los hombres y me sale el mal genio de los dioses. debo corregirme, pero es tan difícil ir contra la Naturaleza..." Este dios menor, y hay que tener en cuenta que es un dios menor y por lo tanto de cierta insignificancia, le ha señalado la piedra: "¿me puedes ayudar a arrastrarla hasta el tronco?" Y señalaba el pino. "Verás, le dice, es que quiero tener un lugar para sentarme que me prive de la indignidad de andar arrastrando el culo por el suelo". El argumento, de peso, le ha convencido y ambos, de consuno, han llevado la pesada piedra hasta su lugar y allí se ha sentado el dios menor, inmediatamente, sin esperar a nada, como si quisiera probar la comodidad del trono improvisado.

Ha aprovechado además para resoplar agitado huyendo de la fatiga. "¿Eres realmente un dios menor?" y contesta el otro que si. "¿Que haces aquí?" No lo sabe bien, asegura que en otro tiempo se consagró este bosque e él, pero que un cierto desuso, lo impropio del comportamiento humano que dejó de traerle ofrendas y de cubrir con alimentos los altares, el cambio de un templo a él dedicado por un refugio para animales perdidos (ya se sabe, perros y gatos) y la presencia continúa de leñadores, fueron aislándole en un claro e media ladera, donde habitaban las águilas, que fueron con el tiempo desapareciendo. "Los dioses, le dice, no tenemos futuro". Ni los hombres ha pensado él. ¿Quieres alguna cosa? se ha ofrecido antes de irse. "Traeme cuando subas, alguna ofrenda: puedes dejarla aquí, en esta piedra en la que me siento". ¿Y hasta cuando? le pregunta. Hasta que alguien me avise para volver, si es que se acuerdan de mi, o si es que queda algún dios por ahí. La verdad, no lo sé, termina desmoralizado.

Ha vuelto camino abajo. Goyerri le ha mirado fijamente cuando ha llegado a su altura y por vez primera le ha hablado, con tono serio, casi con enfado: ¿Tú le has creído? Le ha contestado, yo si, claro. Pues estamos buenos, ha gruñido el perrillo, y se ha dirigido camino abajo de vuelta a casa. Avergonzado, le ha seguido.