Un día primaveral d sol y temperatura. Tulipanes, jacintos y narcisos se alinean en los cuatro parterres que delimitan la zona de césped, frente al portalón del salón. Las hayas apuntando al cielo sus hojas, todavía enroscadas y con punta de lanza, están prestas a seguir al castaño, a ,los manzanos, a los ciruelos y al cerezo. El mundo recobra en primavera el pulso, expandiéndose en una gran respiración alegre; camino del verano el sueño de una noche de verano volverá a ceñir en la carne una pulsión agónica, pero todavía latido. Por la puerta de la calle pasean al caer la tarde dos muchachas con un niño que corretea tras un perro. Más allá de esto no hay nada, es el instante, el tiempo.
En el bosque, en el claro asaeteado por rayos de sol donde se encuentra con el dios menor, con el que se ha reunido por la tarde, poco después de comer, se resiste a una leve somnolencia que invita a dejarse en manos de la siesta; quiere ser cortés porque el dios menor está allí, sentado en su piedra tronal, comiendo lentamente unas nueces sin cáscara que le ha traído animado para dejar una ofrenda. El diosecillo, al verlas dispuestas sobre el improvisado altar le ha interrumpido: "no, no, nada de ofrendas, déjame que las pruebe" y se ha lanzado por ellas "no las como hace siglos, y gime, oh dioses...". A Goyerri le gustan los frutos secos, y llevado de la esperanza se ha acercado al dios menor expectante ante la posibilidad de que algún trozo de nuez le fuera ofrecido. No ha sido así, la divinidad no tiene en cuenta a los mortales y ha dado cuenta del puñado de fruto a velocidad vertiginosa.
El extraño espectáculo le ha cautivado: dios menor y perrillo unidos por el deseo de unas nueces que inicialmente iban a ser una ofrenda en esa parcela del Olimpo que ha abierto una sucursal en Aguas Vertientes. Ante la evidencia de la última nuez Goyerri ha dado media vuelta y ha soltado un gruñido con apariencia soez; después ha ido a tumbarse a la sombra de un tronco anchuroso, tumbado y presentando el culo al dios, que así es como los perros muestran su descontento.
A este hombre que parece dormitar en el claro del bosque, le ronda por la cabeza la idea de explayarse en este blog - un día será un día si lo hace - con un tema de lo que se podría llamar política y que durante mucho tiempo ha tratado de soslayar. ¿Porqué? Por cobardía moral, piensa; o por disimulo, o porque no tiene intención de irritar a los demás, o porque a quien no quiere irritar demasiado es a sí mismo. Aquella vieja máxima de no intervenir en asuntos públicos, fundamentada en el epicureísmo, le ha mantenido largo tiempo en silencio tratando de que los ecos de la paz perdida no lleguen a contaminar el bosque, su morada. Pero el proceso de deconstrucción que ha ido practicando le ha dejado enormes vacíos en la mente, que antes estaban llenos de disimulos y excusas. Ahora los pensamientos están allí desnudos, delimitados y no se llenan de adherencias hijas de los años: nada es para él políticamente correcto, o no debiera serlo, cuando menos.
Sabe que estas cosas no son para pensarlas en el bosque a la hora de la siesta, pero esta mañana, respondiendo a un comentario que dejó en un excelente
blog´magníficamente escrito por persona de cultura y experiencia literaria, estale ha respondido cortés y educadamente: una frase de la respuesta le ha quedado prendida entre los pensamientos y piensa que tiene que darle salida. Viene el tema dado por calificar a las elecciones en el País Vasco de antidemocráticas, ya que el Fiscal General del Estado por una parte, y el Gobierno de la Nación por otra, tratan de evitar que partidos, agrupaciones de electores o plataformas locales, que vienen dando apoyo moral explícito, así como apoyo económico y logístico a la banda terrorista que ha asesinado ya a casi 1.000 personas, producido una importante cantidad de secuestros con finalidades económicas o de chantaje, y mantiene una permanente extorsión cerca del empresariado vasco, puedan presentarse a unas elecciones democráticas.
La razón que el autor del blog aduce en el texto central se refiere a la "injusticia" de impedir que 250.000 posibles votantes de esa o esas agrupaciones y partidos, se quedarían sin posibilidad de votar. En el comentario final, aduce lo siguiente:
La idea es que lo que de entrada no es democrático es ilegalizar un partido porqué no condena LA VIOLÈNCIA, CON TODO LO QUE CONLLEVA. Promete a continuación razonarlo más en profundidad en un futuro inmediato. A priori el razonamiento parece tener en cuenta a los votantes, ciudadanos a fin de cuentas, dejando en suspenso, en el aire, en la ambigüedad de esta desviación del tema del sujeto político al sujeto votante, la naturaleza del la formación política. Y esta naturaleza es en lo esencial "el uso de la violencia para alcanzar sus fines políticos, convirtiendo ene nemigos suyos a cuantos actúen políticamente contra ellos o a ciudadanos comunes alcanzado por el terror ciego y nada selectivo del coche bomba".
Habla nuestro hombre del bosque para sí y parece que el dios menor escucha, aunque su cara de viejo niño no expresa interés alguno, tampoco emoción; diríase que está dormido pero tiene los ojos bien abiertos y le mira directamente a la cara, así que atiende o hace como que atiende. Los leves ronquidos de Goyerri se mezclan con los sonidos del bosque y en ellos se diluyen. Así resulta que en el claro del bosque un hombre habla sobre política y terror, un diuos menor se deja llevar por el sonido de la voz y contempla el vacío y un perrillo duerme satisfecho una ingesta de nueces que no ha hecho.
La idea clave que se generaliza en la sociedad española, piensa el hombre del bosque en alta voz, es la de que un partido que acepta la violencia real (no la violencia teórica e hipotética), con su saldo de muertos, de voladuras, de terror, de familias heridas, no está legitimado para presentarse a unas elecciones en las que el resto de los partidos conviven en una afirmación:
sin violencia el diálogo es posible, con violencia no. Esta afirmación se basa en el hecho, indiscutible, por otra parte, de que en un diálogo en que una parte se guarda la violencia como argumento a usar cuando los argumentos parecen encallarse, el entendimiento es imposible, porque lo que se está produciendo es un chantaje a las voluntad de una parte.
El autor de la frase en el blog citado, y no está solo en esta opinión que cuenta con muchos partidarios, traslada el argumento de los partidos a los votantes. Nuestro hombre diría que esta opinión, de buena fe emitida, sin duda, no hace sino hurtar la recta comprensión del problema. Intenta alcanzar con la frase una idea en si de aparente inocencia:
¿como se puede dejar sin opciones de votos a 250.000 personas que desearían votar a esas opciones políticas? No todos son de ETA. Insisto en la buena fe de quien emite ese pensamiento, creencia que no volveré a repetir por obvia.
Si el tema se fija en los partidos que se presentan a las elecciones, tenemos delante indiscutiblemente a un grupo de políticos que pretenden llegar a las instituciones con políticos que son cómplices, indubitablemente, de una banda terrorista, a la que apoyan permanentemente y a favor de la cual se expresan de manera continuada. Su negativa a condenar cualquier acto de violencia, asesinato o atentado, es permanente. Su recurso es acusar al estado de derecho de antidemocrático porque no permite expresar públicamente la voluntad del pueblo vasco; su otro argumento clave es que la simple presencia del estado español en el País Vasco es violencia. Cabe decir que ellos representan aproximadamente, con cifras de contiendas electorales anteriores, el 12% de voluntad popular. El 88% restante expresa su voluntad (que teóricamente no es tal) con toda libertad en un abanico de partidos que van desde el independentismo al centralismo más conservador, pasando por nacionalismos conservadores, nacionalismos comunistas y la presencia de un partidos socialista medianamente nacionalista también.
La tergiversación del asunto se produce cuando el foco de la situación se pone en el desvalimiento de los votantes de estas agrupaciones ahora deslegitimadas e ilegalizadas. Cuando en los actos públicos de estos políticos, en sus reuniones multitudinarias, aparecen varios terroristas armados, con la cara cubierta por un pasamontañas, el público les aplaude enardecido, les ve y les aplaude: luego les acepta. Y quien les vota les ve por televisión si no ha ido a la reunión: luego si vota, les acepta. Cuando se producía una manifestación que aglutinaba a varios miles de ciudadanos en la calle, su grito frente a sus adversarios políticos era:
¡ETA, mátalos! No debe caberle ninguna duda al votante potencial de estos partidos que la violencia es su caldo de cultivo y el apoyo a la muerte del enemigo por medios violentos, su reacción natural. Si ese posible votante se siente enemigo de la violencia, es obvio que deberá dejar de estar ahí y no se planteará dar su voto a los asesinos. No basta no ser de ETA para no darles aplauso o apoyo sin aplauso: al fin apoyo y razón para actuar.
Es cierto también que posiblemente crea, ese votante potencial, que el asesinato es necesario para alcanzar los fines que persigue. En ese caso ya no estaríamos hablando de los políticos o de los votante potenciales, sino que el foco estaría puesto en las víctimas potenciales que seguimos vivos pero a los que se anima a matarnos. Los que aquí andamos, en esta nueva democracia, sabemos que somos objetos de canje, víctimas posibles, corderos expiatorios destinados si cabe y llega el momento a un altar de sacrificio ciego.
Así pues lo democrático sería, piensa el hombre del bosque, de seguir al pié de la letra la opinión del autor del blog, que esos partidos existieran pública, legal y oficialmente para no dejar desasistidos a 250.000 votantes potenciales. ¿Porqué sería eso democrático? ¿Es que en democracia la violencia es una expresión política legítima? Es que el hecho del número, 250.000, legitima para el uso de la violencia. Quiero recordar que el tema clave es la negativa a aceptar, de partida, que esa opción política rechaza la violencia como expresión de "hacer política". Si no la rechaza el partido o la agrupación electoral, tampoco lo hace su votante. Si no hay rechazo de violencia, la banda terrorista queda legitimada en las instituciones.
Se dice a sí mismo, ya en voz baja porque ahora el dios menor ya se ha dormido, con los ojos semi abiertos y las manos cruzadas sobre una un poco abultada barriga, unido en sus ronquidos a los de Goyerri, que el problema, por lo que a él concierne es moral: quien entiende que la violencia es legítima en democracia es en realidad un canalla, (lamento la expresión por ser apasionada, moralmente lo es, porque quiere su muerte, la del hombre del bosque, y la mía y la de quienes puedan leer esto (escasas personas). Recuerda una frase admirable de Camus, escrita en su estremecedora "Carta a un amigo alemán" ; allí escribe:
No sabremos nada mientras no sepamos si tenemos derecho a matar a ese otro que está ante nosotros, o a consentir que lo maten. El punto clave de la cuestión está ahí:
yo no tengo derecho a matar y no puedo consentir que otro lo haga por mi. Creo incluso que aún si me dieran el derecho, no lo tendría. Nadie está legitimado a dar derechos de vida o muerte sobre el otro, nadie, aún siendo Institución o Estado.
Cada uno, pìensa el hombre solitario en el claro del bosque, de los votantes que se inclinan por un partido que acepta la violencia como recurso para la convivencia política, es cómplice. En cada uno de ellos hay una Gestapo; en cada ciudadano que no la condena un judio.
Despierta a Goyerri y abandonan el claro sin hacer ruido. Al pasar junto al dios menor le oye hablar entre los sueños del glotón atracón de nueces; las palabras surgían de su boca confusas y atropelladas, pero pudo distinguir los versos de la Ilíada que el satisfecho diosecillo declamaba soñándose tal vez uno de sus viejos héroes. Decía
... arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hígado, debajo del diafragma, a Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor en las rodillas... (Ilíada, Austral, 576). ¿En que sueña? , le preguntó Goyerri. En sus héroes, contestó el hombre, y en sus batallas violentas, y en sus muertos. Goyerri le miró de reojo sin dejar de caminar:
no me ha dado, dijo, ni una sola nuez... ni un trocito de nada...