jueves, enero 01, 2009

Feliz año y nada...

Es más que probable que en la vida cueste reparar en las coordenadas en las que uno se mueve. El Principio de la Relatividad establece, según escribe Einstein en las primeras páginas de su Teoría de lo mismo, que los fenómenos naturales transcurren con idénticas leyes generales referidos a varios cuerpos suficientemente separados entre sí, pero en los que funciona el mismo sistema de coordenadas. El Hombre del Prado tiene limitados sus conocimientos de física, y siempre lo ha sentido, porque está seguro de que un conocimiento mejor de la física y de la geometría le permitirían entender con mayor suficiencia aquello que podemos describir como "lo humano". Lo que realmente quiere escribir en este primer párrafo del año, cuando solamente ha tomado un desayuno de fruta, queso fresco y café con leche, es que la inmensa mayoría de individuos de la humanidad, se mueven uniformemente en coordenadas iguales, y no lo saben.

Está bien suponer, por deferencia, piensa, que ese no saber se esconde tras la comprensión artificial de lo homogéneo. En un sentido muy general, cualquiera puede aceptar esa homogeneidad al pensar que a fin de cuentas todos somos iguales, pero, piensa también, que el individuo vive sumergido en su propio universo al que tiene, no por diferente, sino sino por único en sí mismo, aunque se parezca a los demás. Si no fuera así, no tendería a la constante exaltación de sus virtudes o de sus angustias, y a la creencia desesperada de que "esto no me puede pasar a mi" cuando justamente es eso lo que pasa: es a él quien el suceso le afecta de manera inmediata.

Conviene no olvidar a quien lea esto y haya llegado a este inicio del tercer párrafo, que hoy es el primer día del año, y este es un suceso artificial que trocea la dimensión tiempo en pequeñas porciones por las que se pasa rápido. Tan artificial es que la misma borrasca que el último día del año sobre volaba el prado permanece ahora en él, ignorante pues es borrasca, del corte temporal y del sistema de coordenadas en que se mueve. Ha cambiado el año, pero no la amenaza gris del mal tiempo aquí arriba se cierne o la amenaza oscura y siniestra de la violencia desencadenada en varios rincones del mundo. Al Hombre del Prado le preocupa esta borrasca en general como la generalidad de la violencia sin querer entrar en el territorio de la culpa, de unos o de otros, o de todos.

Ha recibido, por deferencia y educación, que no es esta sino una exquisitez de la cultura, llamadas telefónica y mensajes deseándole un "feliz año" adobadas estas dos palabras por deseos personales: "ya sabes cuanto os queremos" y eso es verdad, recibe el Hombre del Prado el cariño con placer, pero ahora, repentinamente cae en la cuenta de que esas dos palabras de deseo no le dicen absolutamente nada. ¿Qué es un año feliz? ¿En que coordenadas se mueve un año feliz? ¿Cómo entiende un individuo aislado en su propia mismidad ese deseo de felicidad? Y al final de todo, ¿qué es un año feliz?

El montón atribulado de días que forman ese segmento temporal que ha dado en llamarse 2008, pesan en el hombre del Prado. Recuerda a los romanos, que escribían los Anales y los depositaban en el templo, para tener constancia de su historia, hechos y nombramientos. Era una manera simple de entender un tiempo fraccionado que empezaba venía determinado por lo político: el uno de enero tomaban posesión de su cargo los cónsules. Esto es entendible y asimilable, lo artificial de la fragmentación tenía el sentido artificial del curso político de la sociedad. Desde ayer por la noche hasta esta mañana, ningún cambio que pueda ser razonablemente comprendido justifica esta celebración y este deseo banal de felicidad.

Será que el Hombre del Prado ha caído en el pesimismo y ha reconocido su sistema de coordenadas. Todo el cava de ayer, los exquisitos alimentos, la entrañable conversación, el fuego encendido en la enorme chimenea de unos amigos, no representan para el nada más que una ceremonia, una especie de misa que no reconoce a otro dios que la banalidad ni otra consagración que la ilusión. Pues, piensa el Hombre del Prado que durante los últimos 365 días le ha invadido el pesimismo, pues nada de lo que suceda de puertas para fuera de sus coordenadas le interesa, ya que nada puede hacer y hasta opinar es inútil, prefiere pensar que no se trata de una enfermedad del ánimo ese pesimismo, si no que es solamente negarse a la ligereza baladí de la ilusión.

Feliz año a todos, claro.

jueves, diciembre 04, 2008

Nada, nadie, en ningún sitio.

Cuando llovizna, baja la temperatura y desaparece el sol tras una sola nube extensa y compacta de diferentes grises, la ausencia de personas reduce la esencia del paisaje al vacío: nadie hay, pues es como si nada hubiera. A lo sumo se puede distinguir en la distancia un pequeño punto oscuro al que parece que la atmósfera quiera borrar, cuyos perfiles tienden a desvanecerse como vapor espejado y que no se puede precisar lo que es. El Hombre del Prado entorna los ojos, los casi cierra para reducir el foco de la mirada y darle una mayor precisión, y ni por esas, sigue el punto en su horizonte, que se diría que se desplaza aunque bien mirado también se diría que no. Y piensa si, en el caso de ser alguien y no algo, el otro al otro extremo de la línea de la mirada, le estará percibiendo y se hará la misma pregunta sobre la identidad de este punto en que reduce el observador, mirado desde el otro lado.

Baten las olas con suavidad, el viento sopla de tierra, y parece que no hay marejada; así la quietud es mayor, o la percepción de loo quieto, que no es lo que parece pues todo se mueve al impulso de una ligera y persistente brisa que levanta aires de arena, mueve papeles, agita la superficie brillante y transparente de las burbujas, tal parecen, que son un banco de medusas varadas en el mismo rompiente, donde la arena endurecida por el agua es más consistente y compacta y permite caminar dejando la marca de las suelas del calzado señalando el rumbo seguido. Lo quieto, piensa este Hombre, no es sino aquello que quede despojado de todo lo que no se percibe, de la misma manera que el silencio es la falta de percepción de los ruidos. Para la quietud y el silencio, solo es necesaria la abstracción de lo que rodea, la construcción de una invisible bola de cristal en la que nada penetra y habita el pensamiento. Si fuera posible despojarse de él se llegaría al vacío.

¿Qué piensas? le preguntaron tantas veces y a todas contestaba "Nada". No era cierto, que pensar nada es en realidad, por lo común, pensar en cosas que pasan sugeridas por el momento, por el inconsciente desencadenamiento de imágenes, palabras, sonidos, lo mismo que un sueño ingobernable que se desvanece con solamente despertar. Nunca ha pensado en nada, que pensar nada es imposible, ya que nada no es. Allí, en la playa, pensaba en el vacío, en el deseo casi inalcanzable de alcanzar esa ciega percepción, captar la vacuidad de lo que no siendo no está ni en la imaginación. Todo lo que puede ser pensado existe, dicen, y así van discurriendo en este pensar en nada multitud de cosas que afloran como si se ojeara una colección de rastros de vida. En pié, junto al mar que bate la arena, le sobresalta el contacto frío en los pies del agua que ha llegado hasta él, cuando no advertía como las olas, en series imprecisas de menor o mayor alcance, le han alcanzado. Ha sido este frío el que ha desencadenado el retorno. ¿Donde estabas? le han preguntado en ocasiones al verle abstraído, y él siempre ha contestado: "en ningún sitio".

El punto negro del horizonte ha desaparecido: así pues era alguien. Vuelve la vista hacia el paseo, bordeado de palmeras y edificios, y a nadie ve. Alguien se ha disuelto ante sus ojos y el Hombre del Prado se ha perdido el prodigio.

miércoles, octubre 15, 2008

Las etéreas salas...

Cuando las etéreas salas
corta con velocidad
negándose a la piedad
del nido que deja en calma


No son palabras, mínimas palabras, sino una serie de imágenes que quedaron en la memoria para siempre. Siempre es simplemente un lapso de tiempo limitado, el pequeño que abarca una parte de la vida de un hombre. Siempre es nada más que la brevedad de un suspiro y abarca a una sola mirada, a un mísero recuerdo que permanece. Y no es mísero el adjetivo adecuado, que lo empobrece, sino que sería mejor escribir leve, aunque esa levedad se contrapone a la potencia del permanecer. Es la dificultad de las palabras, ¿cómo componer una frase exacta? Entonces, ¿que es? Leve fue la lectura hace muchos años del fragmento completo de Calderón. Mísero sería su relativo a la brevedad del texto frente a la enorme complejidad, asombrosa reflexión filosófica en su tiempo, de La Vida es Sueño. Siempre es el tiempo de la vida del Hombre del Prado en que esa frase minúscula, los versos que la componen, independizados de su texto completo, han ido permaneciendo con una presencia constante, sonando permanentemente en la voz interior del pensamiento.

Pues de eso se trata, ya que los cuatro versos, aislados del resto del recitado de Segismundo y de la obra en su conjunto, vienen desde que los leyera siendo apenas un joven, adolescente todavía, permaneciendo en la memoria y sonando en una especie de eco interior, se diría incluso que cuña publicitaria, sin que en el fondo sea capaz de comprender el porque de lo permanente. No solamente leyó los versos, que si recuerda que lo hizo y la impresión que su lectura le causara, sino que los oía por la radio en la voz de un rapsoda, así se les decía a quienes recitaban versos y uno de ellos, el más notorio que recuerda, fue un tal Alejandro Ulloa, que tenía en su nombre ecos tenorianos. Tanta fue la impresión del recitado y después de la lectura que no pudo por menos que memorizar todo el parlamento que empieza por aquellas frase tan manida de "¡Ay mísero de mi, ay infelice!". Esos esfuerzos juveniles hijos del asombro espontáneo y de la fascinación consiguen logros extraordinarios, tales como que toda la reflexión de Segismuindo ante su falta de libertad haya permanecido en su memoria durante cincuenta años.

Los cuatro versos contienen, para el Hombre del Prado, un cúmulo de cosas que se vienen a sintetizar en imágenes hijas de la metáfora: las etéreas salas se convierten en un inmenso espacio azul, limpio, infinito, un espacio al que la imaginación convierte en un todo casi absoluto, por el que un ave pequeña, apenas un punto negro corta con velocidad, un punto raudo que describe una línea recta de izquierda a derecha, un punto absorto en si mismo, solitario punto, el único entre lo mortal, que en su vuelo, en su vertiginoso ir hacia ningún lugar reconocible, solamente ir, saliendo al exterior con el valor de lo primero que es la aventura,lo hace negándose a la piedad del nido que deja en calma, un hogar apacible situado en cualquier otro lugar ajeno a ese azul que todo lo domina. Los versos se resumieron desde el principio en esa imagen que hoy podría pensar que no es sino un plano de cine cargado de silencio, en el que una voz en off recita a Calderón.

Probablemente no comprendiera el significado con toda lucidez, pero si supo convertir las palabras en la imagen dominante, que anclada en la memoria, ha vuelto siempre, en momentos indeterminados, cuando nada se piensa y aquella destila lo inconexo y lo suelta para que el hombre le eche una mirada, tal cual si se tratara de un hojear de cosas que están en un libro que no se lee, pero se tiene siempre a mano para los momentos vacíos. La importancia de esa permanencia y de su salir a flote de tanto en cuando, se le escapa, de la misma manera que se le escapa la razón de que los versos provocaran tal fascinación como para no abandonarlos nunca. Y lo que es más importante, se le escapa también la causa por la cual esa conjunción de palabra e imagen acabaran convirtiéndose en una especie de estandarte que conducir, no siempre con mano firme, por lo avatares de la vida. Porque intuye, solamente lo intuye, que todo esto escapa a la razón y es más bien cosa del corazón.

Ahora se trata de devolver al pasado la felicidad olvidada, de restituirle lo que le corresponde que el presente, siempre ahí, tiende a disolver en mil olvidos. Restan en la memoria esos símbolos que se recuperan para la placidez, para el recuerdo apacible, para la activación de sentimientos de paz con uno mismo. Piensa si será todo esto nada más que un resumen de toda la paz, la dicha, la calma, que el mundo en el presente pudiera ofrecerle y que se ancló hace ya tantos años en la mente de un adolescente. ¿Escogió la imagen y las palabras por propia voluntad? ¿Fue escogido por ellas? No se trata del recuerdo entrevisto, tomado de una realidad, sino de la conciencia real de haber tenido una visión, la primera tal vez, que puede recordar.

martes, octubre 14, 2008

¿Porqué Conformarse con el presente?

Suenan canciones de Becaud y la noche se ha enfríado, pese a la calefacción; debe de ser la hora, pasadas las 3 de la madrugada cuando una enorme oscuridad acoge el frío que el cuerpo acepta, pasivamente, incapaz de ir a buscar algo que le arrope. No es el frío de una noche de octubre sino el que desprende una desazón que después de días de espera ausente le lleva escribir unas líneas, porque tiene, ha tenido, una intuición. Tiene este frío un flujo de conciencia que en su leve incomodidad parece dictar una necesaria infelicidad. Son cosas del momento, se dice, en medio del paisaje de noche negra cuando ni una sola estrella es capaz de traspasar con su luz la masa de nubes que han derrochado agua durante los últimos diez días. "Ah, se dice, es cosa de esta lluvia que no cesa", pero no es del todo verdad, porque la lluvia ha tenido momentos gozosos, brillos inusitados en las hojas de las plantas que amortecen en otoño.

El frío como conciencia, he ahí una expresión que le ha gustado y quiere repetir para llegar a través de ella a la fuente de la desazón. Cualquier otro lo solucionaría yendo a dormir, pero no él, porque no tiene sueño y las canciones de Becaud suenan en iTunes y no va dejarlas abandonadas, sonando en solitario, ni se atreverá a cerrar el aparato cortando la voz tan particular y la extraña poesía de este tipo que a veces parece un showman y otras se mete en el alma. El frío como conciencia, no se vuelve a la realidad hasta que una molestia devuelve al cuerpo la sensibilidad, un ligero dolorcillo, una sensación de desfallecimiento o simplemente este frío que es apenas algo, pero que se mete dentro.

Algún día, piensa mientras escribe, habrá que asumir la realidad de esta leve, a veces leve, otras no, infelicidad. ¿Puede alguien estar harto de ser feliz? No hay sonrisa que valga esta conciencia del frío y esta devolución de un brote de lucidez. Tiene que ver con el sentimiento de triunfo que se debilita con el paso de las horas, de los días, del tiempo en sí, que tiene un límite aún desconocido, pero lo tiene: el tiempo propio. No es soportable esta eternidad de felicidad, se dice, cuando la intuye en el gesto de los otros, de él mismo cuando se siente otro, las más de las veces. La sonrisa de la felicidad es, al fin, una molestía, y, lo escribe sencillamente, una mentira.

No hay respuestas para todo si no se acepta un hecho, se dice, o piensa para si mismo, o intuye: ¿porqué conformarse con el presente? Sabe de que habla, este presente estático en el que la vida se convierte en una repetición. Otros, dicen, afirman, aman la vida en su presente continuo. No tiene queja, ni de si mismo ni de lo que le rodea. Se diría que está como anestesiado, o que es simplemente esta anestesia la manera natural de vivir. Mientras la noche avanza hacia el alba, intuye que está a punto de dar un paso más pues ha dado con otra frase que le place: ¿Porqué conformarse con el presente? Y sabe, le viene de repente a la mente que no está la duda, si es que se trata de una duda, en el futuro. El futuro no cuenta, acaba de despojarlo de importancia, ha dejajdo de ser relevante porque no está en el ánimo, no influye en él, pues lo que no existe no es y no siendo nada puede representar. Después de todo, ahora si está llegando a la clave del asunto que como un gusano abre un camino en su cerebro para llegar al exterior: la cuestión que es realmente importante, es devolverle al pasado la felicidad.

viernes, septiembre 19, 2008

Carnet de Viaje. Camus y Pilea

A las 8,30 de la mañana un aire de pesimismo invade la casa, aunque en el prado luce un sol radiante que extrae destellos a la hierba húmeda del rocío. El pesimismo es un estado de ánimo, claro, pero es "todo" el estado de ánimo que se percibe. Hay que buscar razones a él para conseguir defenderse de esta especie de atonalidad que aporta su presencia.

Desde hace muchos años el Hombre del Prado duerme entre 5 ó 6 horas diarias, en ocasiones menos; escrito esto cabe añadir que esas horas que duerme lo son con un nivel de profundidad, sosiego y evasión que lo que hacen es separar de una manera total un día de otro. Tarda en dormirse menos de un minuto y se despierta en el mismo tiempo. Se va a la cama cuando el cuerpo se lo pide o se le cierran los ojos y se levanta en cuanto los abre y mira por la ventana, que es cuando toma conciencia de estar despierto. Esa división que el sueño produce, de tan manera tan absoluta, entre el día de ayer y el día de hoy, que no es el presente todavía, sino que tiene que ser, se le antoja la causa del pesimismo que muchas mañanas le invade y después, con el día adelante, se va disipando.

Se pregunta porqué sucede eso y piensa que se trata de empezar cada día como una absoluta novedad, un espacio vacío que llenar. Las ocupaciones de aquellos que no las tienen por causas laborales, son siempre más laxas y fungibles que la de aquellos a los que su rutina está determinada por contrato, y pueden dejarse para mañana como se pudieron hacer ayer si la pereza no hubiera sido la causante del parón. Hay que llenar el día, porque hay cosas que hacer, y conoce el Hombre del Prado a quien prepara su agenda con mimo y rigor para que el día siguiente no le coja desprevenido y vacío, pero no es este su caso, que él nunca se ha llevado bien con las planificaciones por escrito, así que lo que tiene por delante suele ser un variopinto paisaje de tareas por hacer de las que ninguna parece ser de urgencia absoluta. Volviendo al pesimismo matinal, supone que la causa de él es justamente esa apertura cotidiana del día como un espacio desconectado del anterior por el sueño profundo y con un espectacular vacío por delante.

Empezó, hace unos días una re lectura de Camus. Sucedió de una manera fortuita. Antes de emprender un viaje corto de vacaciones buscó tres o cuatro libros que llevar y nada le satisfacía demasiado para la ocasión, hasta que topó con los cinco tomos de Alianza 3 y sacó el cuarto, elección al azar. Se dijo al ver que contenía los Carnets que era una buena oportunidad para volver a entrar en ellos, veinte o treinta años después de haberlos leído, con otra mente, con otros ojos. Pero ¿cuales serían estos, aquella?

Leer al escritor francés es siempre una aventura nueva, porque quien aparece en las líneas escritas no es el pensamiento en abstracto sino la persona pensando, el hombre, esa palabra que tanto le gusta usar y que parece que está quedando en desuso cuando se trata de hablar de la humanidad: el Hombre. Ya ha escrito en varias ocasiones este Hombre del Prado, que lo que más le satisface de las relecturas es el encuentro con las personas, los hombres que fueron, su pulsión pensante, apasionada, ese imposible escribir ocultándolo todo, todo el dolor, el pesimismo, la alegría, la pasión, hasta el extremo que esas emociones asoman línea tras línea. ¿Es que se puede escribir sin pasión? ¿O se debe?

Los Carnets son para ser leídos de manera cronológica, pues los temas se van engarzando a lo largo de los años y se adivinan diversas maneras de encontrarse con el enfoque. Sucede que durante un largo tiempo, las anotaciones sobre La Peste van mostrando como la novela se va gestando, personaje tras personaje, a lo largo de la existencia cotidiana, de tal manera que una pincelada sobre un personaje, surge aislada en un café, o en un paseo. El Oficio de Vivir, escrito con mayúsculas, no es sino esta manera de enfrentarse a la vida de cada día con Pasion-Dolor y con Pasión-Alegría, y sacar de ello consecuencias. A veces, cuando se lee a Ortega, se adivina esa pulsión que en Camus es rasgo principal, canal de acceso a la literatura. Será ese el motivo de la profunda amistad que siente por el pensador español.

Una anotación, como al paso, escrita entre los años 1942-1945, le resulta curiosa le salta a la vista:

Chuang Tse, tercero de los grandes taoistas, segunda mitad del siglo IV a.J.C., tiene el punto de vista de Lucrecio: "El gran pájaro se eleva con el viento hasta una altura de 90.ooo estadios. Lo que de allá arriba ve son tropillas de potros salvajes lanzados al galope".


Desayunado, habiendo escrito este post y mediada la mañana, constata que como cada día el pesimismo se ha diluido y ahora tiene un sentimiento expectante hacia lo que haya de venir. Sigue sin embargo sin decidir el que hacer.

- Nota: ayer por la noche mató, o dejó que muriera Pilea, la mujer de Ático. El personaje existió en la realidad si bien de él se sabe bien poco, a lo sumo que se carteó con Plinio el Joven, lo que muestra un nivel de relación culta. Ha tenido que recrear un personaje a la medida de su protagonista, un contrapeso a la frialdad y conservadurismo epícureo de este. Treinta y cinco años más joven que él no podía sino aportar una dosis de juventud al matrimonio, que por las referencias constantes de Cicerón, se mantuvo unido y afectuoso, cuesta escribir amante. La ha dejado morir sin entrar en detalles de la muerte, sin entrar en otras agonías que las justas que exige el empeño narrativo; escribe tratando de obviar las anécdotas que no sean sustancia de lo que ha de quedar. Al terminar esta parte se ha sentido cómodo, tranquilo y relajado y ha constatado el enorme afecto que ha tomado a ese personajillo que pulula por lo escrito como una pincelada de luz sobre los tonos sombríos.

Ahora se promete seguir con estos, a modo de Carnets de Ruta.

jueves, septiembre 04, 2008

Sombras y tristezas.

¿Qué tal el verano? Ni bien ni mal. ¿Entonces? Bien. Fue un diálogo ligero. Mediaba entre el Hombre del Prado y su visitante un par de vasos con hielo troceado, menta machacada, un poco de endulzante y bourbon. Las hojas de la mente emitían un aroma penetrante que parecía que podía ascender desde el fondo del prado, desde el mismo suelo de grava rosa del jardín, hacia lo alto y que de dejarlo ir alcanzaría las cumbres. Declinaba la tarde, se acercaba ese momento del Corán, así lo describe magistralmente, en que no se pueden distinguir un hilo blanco de un hilo negro y entonces convendría encender las luces o, lo más conveniente, entrar de el jardín a la casa. Se quedaría a cenar y volvería a Madrid bien entrada la noche siempre que la conversación diera de si la capacidad de ocupar el tiempo.
El desencanto del viaje a Ibiza, corto de tiempo pero demasiado largo para lo que él de se pudiera esperar, pesaba. En el bosque todo quedaba igual que antes de la marcha o antes de esta visita. No se transforman los paisajes sino el alma que los contempla.
La hora del crepúsculo tiene para quien esto escribe un aire de profunda, viva trascendencia. Al día siguiente, pensaba, recogería cuatro papeles y volvería a viajar para pasar unos días en Alicante, ahora que el mes de setiembre ha expulsado a la masa de veraneantes estivales. No le gusta ir a la playa cuando, en plena temporada turística, está vedada la entrada en ella a los perros y no puede acompañar a Goyerri en sus cortas y ligeras carreras por donde rompen las olas y él trata de sortear su llegada con excitación. Si no puede ir allí con su amigo prefiere ir al acantilado del Cabo y sentarse en una roca arcillosa de esas que el viento va peinando y crea en su superficie estrías hondas, cortes como heridas. Allí, en la mañana, con un libro en las manos, lee y mira a las pocas `personas que cruzan las calas por la zona de arena y algas, estas como una alfombra olorosa de verde oscuro, casi pardo según le de la luz. Mirando al frente, hacia el horizonte, se sabe que está el continente oscuro, de la oscuridad de la miseria, de la pobreza, de la explotación, de las enfermedades y de la muerte atroz. Mira hacia el horizonte y piensa en las pateras, cree adivinarlas en pequeños puntos oscuros que se revelan enseguida como espacios de oleaje y vaharadas de bruma.
¿No has hecho nada, entonces? pregunta el amigo. Nada no sé, le contesta. Sigo escribiendo. He terminado la primera parte. Me he tomado unos días para descansar. tengo dos carpetas: en la primera están los trescientos cincuenta folios que están, en principio, listos para una revisión final, o más, siempre se puede añadir, cortar, cambiar palabras, pulir frases e incluso cambiar situaciones. Un libro, mientras se escribe es como el mar, que cambia de forma, donde en cualquier parte sale una ola que todo lo arrebata. En la otra carpeta están otros tantos folios ya escritos, de un tirón, o de varios tirones, al buen tun tun, escrito como salía. Son la segunda parte. Hay que meterse en ellos como en el campo, con ánimo de segar, remover, deshacer terrones, arrancar malas hierbas y trazar las sendas de los surcos. -¿Me lo dejarás leer? No lo sabe, ahora no, desde luego, cuando termine, entonces si, si quiere, si sigue ofreciéndose. El Hombre del Prado está fatigado, piensa que nada de lo que ha hecho vale, mínimamente. Tiene el sentido destructivo de lo descorazonador. En Ibiza una buena amiga le preguntó también por el libro. ¿De que va? Trató de resumirlo en pocas palabras. Pero ¿cómo termina? Ático muere, se deja morir para no alimentar su enfermedad. La cara de ella reflejó un cierto asombro, o un reproche airado. Pues ya no le gustaba, le dijo. ¡Que no muera tu personaje! No me gusta que las novelas acaben con alguien que muere. Aunque ella sonreía con encanto él pensó para sí que acababa de decir una estupidez, pero también sonrió. Pues es así, le dijo. De hecho, todo el libro no es sino el camino a esa muerte, una larga senda de reflexión sobre sí, antes de morir. Pues no me va a gustar, dijo ella. Pues no lo leas, le contestó. Aquella noche en Ibiza, era ya muy tarde y habían bebido un poco y algunos de los asistentes en la terraza, en torno a la mesa, mostraban su cansancio por la larga velada , el hombre del Prado quería no estar allí. Es tarde, le dijo Ana, vámonos a dormir. Lo hicieron.

¿Qué hace la gente cuando se sienta en torno a una mesa para charlar? Piensa que les da por hablar de su vida. Todo es hablar acerca de la vida de cada cual, es inevitable, cada palabra es un reflejo de un momento de la propia vida. Conviene saberlo, se dice, conviene tener en cuenta que no se puede hablar de otra cosa que de la fatiga que el tiempo echa sobre los hombros, la desesperanza que los acontecimientos, como un tornando tropical, arrebata el plácido estar. Hubo un tiempo, se dice, hubo un tiempo, en que aspiraba a que el mundo cambiara, una vana estupidez, una frase vacía. ¿Cambiar hacia donde? ¿Cambiar para qué? Pero ahora nos sentamos a hablar de nuestras vidas como si fueran nada más que una ligereza tras otra, un triunfo tras otro, un dolor permanente, la perplejidad... hacía un rato, poco tiempo, cuando hablando de las cosas que pasan, las terribles cosas que pasan, el hombre del Prado dijo que él pensaba que las cosas iban por su propia dinámica y que nada de lo que uno quisiera hacer podía cambiarlas. ellas cambian cuando y como les corresponde. Lo que más rabia le daba era haber tenido tanta fe en nada, aunque a menudo piensa que quien así piensa es, probablemente, porque no ha estado a la altura de las circunstancias.

Escribiendo el libro su tiempo se puebla de fantasmas, le habitan personajes que han existido, o no, en otros tiempos y de otras maneras que desconoce y que nadie puede conocer ya. De un nombre saca una historia y de una historia enhebra unas emociones, a veces con pasión, aunque al día siguiente rechace esa debilidad del apasionamiento detrás de las palabras que escribe. A veces mira a su alrededor y ve a Ático, su personaje, de pie cerca de él, esperando sus órdenes. ¿Y ahora? ¿Qué voy a hacer ahora? Como un director de escena le da dos o tres indicaciones. Saldrás al enorme jardín que tienes en el Quirinal y te sentirás solo, profundamente solo. Te has encerrado en la Villa Tanfilia, los acontecimientos de hace diez años te han empujado a guardar silencio, porque esos hechos te han sobrepasado. Saldrás al jardín y verás, como sombras o fantasmas, a la gente a la que has querido y ya no está. Tú, como todos, eres un cementerio, tantos están sepultados en ti. Mira a tu alrededor, tu madre no está, ni Marco Tulio, ni Quinto, ni Tulia, ni Pilia, no queda nadie más que un viejo liberto que ha venido a verte. Así que sales al jardín, abrumado y te sientas en un banco de piedra en el ninfeo y miras a las carpas de colores brillantes que nadan en el estanque. Vas a pensar en algo. ¿En qué? quiere saber el anciano. No lo sé todavía, en el tiempo que te queda por vivir y en lo vacío que va a estar.

Con cuanta lentitud se pone el sol, este sol de los primeros días de septiembre. Su amigo guarda silencio, acabado ya el bourbon. ¿Quiere otro? Niega con la cabeza, tiene la mirada perdida en la ladera de Cabeza Líjar, donde las luces van convirtiéndose en una masa oscura, de uniformes sombras. ¿Y tú, le pregunta. Y tú verano? Ya sabes, le contesta y hace un gesto con la mano,vago, acariciando el aire ante él. Empiezas lleno de ánimo, con un montón de proyectos y cuando acaba agosto te das cuenta de que ha sido lo mismo que cada año, desde hace un montón de años. Cuando llega la Navidad pienso que me revienta la navidad, y cuando acaba agosto que me revienta el verano... ¿Sabes, le dice el hombre del Prado, que esto parece una escena de Chejov? Se van los visitantes y dejan a Tío Vania solo, o se empiezan a talar los cerezos, o la gaviota desaparece en un corto y agónico vuelo. Sombras y tristezas, diría que es un buen título, sombras y tristezas. Desde dentro de la casa llegan las voces de las dos mujeres, Ana y la mujer del visitante pidiéndoles que entren a tomar algo que han preparado para cenar. El amigo dice que no, que se van ya, pero Ana insiste: ¿cómo os vais a ir sin cenar? Chejov no lo hubiera pensado mejor.

miércoles, septiembre 03, 2008

Escribir por escribir, como hablar por hablar o callar por callar, son ligerezas que se producen en el ambito de la vanidad. Quien las produce suele creer que acierta: se lee, se escucha o se regodea en su silencio con la satisfacción de quien ante el espejo, se jalea. El bosque suele ser un buen lugar para practicar el encuentro de uno con su voz, con su silencio o con su escritura ya que en su soledad. el diálogo con uno mismo conlleva un apología crítica sobre de fuera adentro. En verano, el aire pesado y el zumbido de los insectos agudizan la crítica e incluso la propia hostilidad que se ejerce contra uno. Puede ser que no se soporte la propia voz o el párrafo escrito trabajosamente escrito la noche anterior o, incluso, aquel silencio que ha provocado el aburrimiento.

Alrededor de si, el Hombre del Prado va reconociendo a aquellos, numerosos, legión, que están al cabo de la calle. No se trata de que lo crean, que podría ser un estado de ánimo, sino que lo afirman, lo que es presunción.

viernes, agosto 29, 2008

La música de una Noche de Verano

Subir hasta el Alcazar de Segovia a las diez de la noche, ligera brisa suave y cálida, caricia en el rostro y rastro de perfume en las callejas, recoletos jardines, lejos ya de lo que es el turismo, donde se vive cada día y noche y el paso de un coche obliga a meterse en un portal de macetas, frescor de verde ordenado sobre baldosas, dameros en penumbra, el sonido de los propios pasos y la compañía de una conversación que ni es, palabras sueltas que llegan, subiendo hasta el Alcázar, lenta procesión de conversos al encuentro de la música.

Iba el Hombre del Prado al encuentro de un concierto, preparados para lo sinfónico, en una noche conocida, repetida, de encuentros al aire libre, cultura de verano, después de una cena satisfactoria en el fresco jardín de unos amigos, un tanto -no podía negarlo- hastiado de ese estar y saber estar, amabilidad extrema, susurrar del momento y del tiempo, con la digna informalidad de quien se sabe vestido y acicalado para una ocasión, con la sensación de haber vivido el momentok, otros muchos momentos todos uno solo, recogido del archivo que los colecciona. Se puede asegurar que todos los tiempos de uno tienden a agruparse en series y pueden ser clasificados: como diría Charlie Parker en el cuento de Cortazar, esto ya lo toqué ayer y cabe, si, ser muy distraído para no darse cuenta de que la vida que se pierde es la que se repite sin más.

El Alcazar de Segovia tiene una arquitectura de chocolate, o el chocolate tiende a la arquitectura del Alcazar, que parece que tiene rebordes de crema y nata, y final virutas de huevo trazando en los muros una red sutil y airosa -¿cómo se puede ser sutil sin ser al mismo tiempo airosa?- mientras los focos, de descomunal potencia, iluminan la proa afilada que parece alzarse sobre una ola de piedra, pero movimiento que resume todo el movimiento dinámico del universo al quedarse detenido en esa cresta, con los dos muros formando un ángulo de agudeza imposible que engañan a la vista y al sentimiento, pues tanto aire grácil no hacen sino levantar unas murallas del mundo, unas más, que son para encerrar a quienes desde dentro no quieren ver las afueras: callejas que ascienden culebreando desde la plaza donde la Catedral abruma con su monumentalidad, el techo más alto, la nave más amplia, y sin embargo por arte la empatía de la piedra, tanta ligereza tiene esa Catedral que mira hacia arriba al Alcázar, como ese Alcázar que se diría que la protege a ella, allí abajo.

Pero el Hombre del Prado no se sentía sinfónico esa noche. Pensaba en Praga, en su Castillo al que Kafka convirtió en siniestra oscuridad, dédalo de tinieblas, y en la Catedral allí en lo alto, donde la piedra se protege de lo que queda abajo, la riqueza y la fe intramuros, la vida afuera, abajo, encontrando los caminos de la herejía en el llano terreno del mundo, derribando murallas. La subida al Castillo de Praga es solitaria, por una rampa que abandona la ciudad y permite ascender, como a los cielos, en solitaria procesión de uno consigo mismo, cual si esa ascensión no fuera sino un previo examen de conciencia y la bajada un acto de contrición. En Segovia sucede al revés, que la subida es entre las casas y estas se detienen formando círculos que acogen a las piedras monumentales y estas se asoman al despeñadero.

Hay que sentarse entre los muros de piedra granítica que enmarcan ventanas de contorno primoroso: ¡ah, este gótico que se diría pícaro y sonriente!. Es la hora de la sinfonía y la mano de Ana se acoge entre las del Hombre del Prado, un tímido terciopelo mientras en el escenario unos muchachos vestidos de negro, cada cual a su manera, toman asiento con sus instrumentos y afinan, concertino que da la nota, ese susurro de notas que van y vienen entre toses. El programa de mano ofrecía música árabe y judía y alguna pieza clásica, Chopin para que el piano negro al fondo a la derecha de la tarima tuviera razón de ser. Y un breve Wisam Gibran -¿quien es?- de gesto nervioso, sumido en su propia esencia de hombre que empuña una batuta y la mueve en el aire, ya está, ya ha empezado el concierto y algo se desordena en el orden esperado: los músicos son jóvenes, guapos, chicas, chicos, de cabellos rizados o cortados al cepillo, con gafas de concha, de cristal sin montura, con flequillos sobre la frente, una falda que abraza un violonchelo y una camisa negra de cuello abierto que soporta el violín... No es la orquesta que se esperaba, piensa el hombre del Prado, y el sonido tampoco, que es casi etéreo, inconsistente, fuera de la norma que uno espera y para la que se ha adornado de seriedad. ¿Que seriedad puede haber si esos muchachos que tocan una música desconocida ríen al tocar? Se miran entre sí y sonrien, tiene su encanto esa risa de niños mayores, esos mohines de complicidad, ese aparente desorden del pasar la hoja de la partitura y dejar de tocar sin que se note, que quedan dos chelos haciendo el sonido que correspnde y un guiño de ojo de él a ella. El Hombre del Prado sintió que el ánimo se llenaba de gozo, tal era la ligereza de la audición, cuando en medio del Preludio Op. 28 de Chopin un saxo soprano se lanzaba a una improvisación de jazz mientras la cuerda le hacía un fondo por debajo, un sonido sordo que iba y venía y a ellos se les veía gozar, ¿es que los músicos no gozan cuando tocan sus instrumentos en las noches de concierto? En una lunga de origen egipcio la música bailaba con los cuerpos de los músicos y estos con el público que a estas alturas había dejado de ser algo serio y contenido y movía la cabeza, los pies, los dedos, en inimaginables direcciones sin partitura. Era el camino del cielo y ... ¿Es que solamente se llega al cielo ocultando la sonrisa?

Pensaba el Hombre del Prado al abandonar Segovia en las caras sonrientes del público que abandonaba el patio de armas y que en lugar de ser digno juez de un concierto se sentía magníficamente llevado por toda aquella irrespetuosa alegría de la Orquesta que ha formado Barenboin.

jueves, agosto 28, 2008

Nostalgias de verano

¿Es la nostalgia constatar la diferencia que hay entre el hoy y el ayer? El Hombre del Prado se lo pregunta ahora, cuando acabando este verano raro, sale a un jardín que no ha llegado a ser lo que debía, maltratado por un tiempo inconstante en el que las temperaturas han agotado la paciencia de lo plantado, que al cabo de todo se han abandonado a la pereza. Ni el huerto ha mostrado una voluntad de ser en plenitud, ni las flores su deseo de parecer más bellas. Una atonía morosa e intranscendente ha hecho olvidar el ser de aquello que debía. Se trata, antes que de una ruina del deseo insatisfecho, de un abandono en la decadencia como si la carrera a través del estío hacia el otoño estuviera ganada de antemano y todo tendiera a expirar antes que a mostrarse esplendoroso. Solamente lo pétreo y su arbolado, formando el circo inamovible del paisaje, permanecen bajo un sol débil.

El extraño verano que llega a su fin, rendido de antemano, ha pasado por Ibiza, donde Ana y el Hombre del Prado, han estado invitados en casa de unos amigos. La vida, según se cree, guarda recuerdos de sitios y lugares. Fue Henry Miller quien escribió algo así como que la retina guarda todo lo maravillosos que se vio, tal vez llevado por la nostalgia. Simone Signoret estableció un día una máxima de profunda veracidad: la nostalgia ya no es lo que era, dijo. Tiene uno la impresión de que las frases más relevantes y certeras son siempre de los otros, y le queda al oyente el contento de alimentarse de ellas, incapaz de esa contundencia. También puede ser que al no acceder el que escribe a los medios de comunicación, se pierda la oportunidad de la celebridad.

Ibiza, como la nostalgia, ya no es lo que era. No para quien estuvo allí y la recuerda con su encarnadura de hace cuarenta años, cuando pasó por allí camino de Formentera, isla entonces abandonada a su existencia mediterránea, en la que habitó cuarenta días. Roberto Rivera, buen amigo, decía ayer (el día de antes a este en que se escribe) que da cierto vértigo referirse a hechos que sucedieron hace más de esos años que se apilan en los huesos y en el cerebro. Tiene el Hombre del Prado, ahora que ha vuelto al jardín que tampoco es lo que era, la sensación de que este es un diálogo para supervivientes, pues aquellos que ahora en barcos cargados de veraneantes llegan a las islas, encuentran un paisaje que sí es lo que es, y así permanecerá en su memoria para el futuro y se convertirán en aquel verano del 2008 en Ibiza. El doctor Acedo, que operó a Ana hace algo más de dos años, les decía hace menos de una semana, que la única manera de ir a Ibiza, en estos tiempos, es con un barco propio para alojarse en el centro de una cala rodeado de un paisaje para acariciar con la vista, en el que la playa repleta de seres llegados de la manera más turística que cabe, permanecen ajenos: una masa anónima en la distancia, anónima en lo que quiere decir ese vocablo, desconocida e impropia para la naturaleza de uno mismo.

Un concejal del municipio de Santa Eularia, les decía una noche, después de la cena, con las copas, en su propio restaurante, que el futuro de la isla estaba en esa masificación gregaria que provocaban las luces del ayer. ¿Quien piensa ahora en otra Ibiza? Ana, que hace treinta años visitaba la isla con regularidad estival, no ha querido abrir los ojos a un San Antonio muy diferente a este de ahora en que el turismo inglés abarrota las calles equipado con litronas y botellas de tónica cargadas de ginebra. En la Vila, a los pies del Castillo, se produce cada noche uno de esos hechos mágicos que narran los cuentos infantiles: el público que abarrota tiendas y terrazas antes de las doce de la noche, después de esa hora se transforma en otro público que lleva en si el estilo guapo de la moda de ayer. Bromeando, decía el hombre del Prado que era el cambio de turno: los seguidores de los fantasmas solo aparecen después de la medianoche.

La nostalgia de cada uno dibuja el ayer con rasgos imprecisos que carga de tinta la emoción. La realidad se transforma en un hecho sentimental y la hilera de transbordadores que puede cargar cada uno setecientas personas, para salir con regularidad de hora en hora, hacia Formentera, donde pasarán el día comiendo en merenderos impensables. Cuando el Hombre del Prado llegó a la isla, solamente dos barcas hacía: La Joven Dolores, un bou de pesca en el que se viajaba en cubierta, no más de quince personas, y la Tanit, un pequeño transbordador con treinta plazas. En aquella isla del ayer la gasolinera cerraba los jueves porque agotaba el combustible y los coches que lo necesitaban procuraban aparcar cerca de ella, dejándolos durante unos días hasta que alguien decía que la gasolina había llegado al fin. ¿Que es lo mejor? Los tiempos son los que son y conviene parecerse a ellos para no quedar descolocado en la auténtica vejez, que es no reconocer el mundo que le rodea a uno.

El Hombre del Prado, al volver a su bosque, ha encontrado que el jardín se ha quedado a medias, y que incluso este paisaje se ha ido transformando. Cuando hace poco más de cinco años construyó su casa, solamente había dos más y ahora son treinta las edificaciones de piedra de estilo pirenaico que cumplen funciones de segunda vivienda para fines de semana. Conviene acomodarse, piensa, si se quiere con resignación; siempre con ironía.

lunes, junio 23, 2008

Un claro en el bosque

Hay que reposar, encontrar en un claro la sombra adecuada, el tronco robusto, el suelo nivelado, para aposentar allí el cuerpo y echando atrás la cabeza, cerrar los ojos y dejar que el tiempo transcurra de la luz a la sombra. Mil ideas parecen destinadas a ser transcritas en este bosque, pero falta el ánimo, que no es sino, que por el momento falta la necesidad. Hay cansancio: el que destila el esfuerzo por escribir una novela; el que destila el encuentro con el vacío lleno de sugerencias. Se dice el hombre del Prado que lleva ya muchos días pensando en que conviene anunciar este alto, decir a los habitantes del bosque que debe hacer un pequeño viaje al centro de sí mismo y que ninguna palabra de las que escriba, por el momento, le han de procurar la emoción necesaria. Escribir ahora su reflexión es buscar la estética, apenas el esbozo de un gesto.

Conviene llenar las horas ahora de nuevas palabras, de libros dejados a un lado, de frases y versos, y entre los párpados entrecerrados, ver un bosque nuevo en nueva perspectiva. Promete, lo dice en voz baja a Goyerri que está a su lado, serio y circunspecto, y a aquel medio olvidado dios menor que un día vino al bosque para habitar olvidos del principio de sus cosas, que cuando pueda volver, cosa de poco tiempo, piensa, avisará a todos aquellos que han ido viniendo al bosque en sus horas vacías. Sabe que les debe tanto...

miércoles, junio 11, 2008

Roda el mon i torna al born

Lucrecio. Comte-Sponville

En cielo encapotado vuelan altísimos los vencejos. El suyo es un vuelo asombroso. Lo hacen en grupos abiertos, en círculo, buscando las corrientes de aire, a velocidades enormes, que por su pequeñez lo parecen más. Eduardo S, vecino biólogo, le explicó un día al Hombre del Prado que los vencejos solo tocan tierra cuando anidan para dar de comer a sus polluelos, y que duermen en el aire creando una columna, a modo de tornado, que girando vertiginosamente producen una corriente de aire que les sustenta. También le explicó que las crías pueden aguantar hasta una semana sin probar bocado. Ahora, cuando se les mira desde la ventana de la biblioteca, habitando el espacio abierto por el que se mueven, le dotan de vida, movimiento que lleva a pensar que todo discurre y que la soledad es un estado del alma que se disipa cuando se abren los ojos para contemplar este lugar de la Naturaleza.

Sigue amenazando lluvia, la misma que ha venido cayendo sin parar y que con las temperaturas bajas detiene a la primavera en su proceso de germinación y floración. Todo está detenido a la espera de que pasen las lluvias. Centaúreas y Gallardas han asomado sus tallos valerosos y abierto hace días cuatro o seis hojas verdes, de una húmeda brillantez; ahí están en su quietud vital esperando que el sol, el calor vivificante y la humedad de la tierra les permitan seguir en su ciclo vital. Darán en los bordes del muro de piedra unas flores hermosas, apretadas, de colores variados; cuando ello suceda se podrá decir que ha llegado la primavera. Por lo mismo el huerto aparece detenido menos acelgas y lechugas, que se empeñan en hacer caso omiso, y tozudas crecen, más lentas las segundas, decididas las primeras. En el jardín, el zumaque, que se trasplantó en noviembre desde el jardín de Samuel N, ha abierto sus brotes y aparecen sus hojas apretadas, de color marrón, que acabarán cubriendo el leño y se llenarán de unos frutos rojos y espectaculares. Las ramas del zumaque, cuando llega el invierno, se cubren de un vello aterciopelado que asemeja el de la cornamenta de los ciervos; incluso por la forma, el zumaque las recuerda.

Los charcos de agua en la grava reflejan el cielo y sus nubes. No se les puede contemplar sin asomarse, desde su profundidad espejada al enorme cielo que allá arriba está, y que sin embargo parece que se abre en un pozo de enormes vacíos. En uno de sus hermosos fragmentos de La Naturaleza, Lucrecio escribe algo tan bello como:

Ahora bien, un charco de agua que, con un dedo de hondo apenas, se estanca entre losas por los empedrados de la calle, ofrece una visión bajo tierra que abarca tanto cuando desde tierra se abre la honda grieta del cielo, de manera que te parece contemplar allá abajo nubes y ver cuerpos de aves que, cosa extraña, bajo tierra se van perdiendo en su cielo.


El Abate Marchena, en su asombroso trabajo de traducir versificado el poema del autor romano, da esta versión del fragmento:

Más que una pulgada de profundo,
Estancada en las piedras de la calle
Debajo de los pies, hace veamos
El espacio tan vasto, que separa
El cielo de la tierra por encima
De nosotros: creyéramos que el globo,
De parte a parte atravesado, ofrece
Otros nuevos nublados a la vista,
Y a los ojos presenta un nuevo cielo,
Y otros cuerpos hundidos en las tierras
Vemos en este espacio prodigioso.


¿Cómo no volver con esta observación a través de la ventana, se pregunta el Hombre del Prado, a Lucrecio? Últimamente le sucede que se encuentra con el poeta a cada paso que da, no en él sino en aquello que va leyendo. Roda el mon i torna al born, se dice en catalán, que es decir que después de la vuelta al mundo se vuelve al hogar, al inicio del camino. Itaca está donde siempre estuvo, y los autores que escribieron mantienen en sus palabras el valor primigenio de las observaciones limpias, de las dudas más puras. Jesús Diez, amigo entrañable, contesta contestó con un texto al post Ocurrencias, del que el Hombre del Prado entresaca un fragmento que le parece atinado y hermoso, muy atinado y muy hermoso. ¿No hay en él mucho Lucrecio? ¿No será que Lucrecio somos todos? ¿O podríamos serlo? El texto dice así:

“Sentados frente al Universo, podemos estar seguros de que lo que vemos es; tan seguros como de que no es lo que vemos. Dices que dice Ortega que “el pensamiento humano no descubre el universo, sino que lo construye.” Entendamos por universo todos los universos posibles.
Quizás alguna sabiduría haya en coger, desde la insignificancia, una porción de átomos y volcar en ellos la atención; no con la presunción de que tal como puedes aprehenderlos puedes comprenderlos. A partir de ahí, la única seguridad es la duda; sin duda no hay dignidad."

Viene a cuento, es decir que llega al pensamiento del Hombre del Prado, la lectura de un libro de Comte-Sponville, filósofo por el que siente predilección. Sucede que a menudo se lee para aprender, pero también en un proceso de deslizamiento uno acaba leyendo para aprender que aquello que él andaba pensando lo piensan otros, y lo escriben mejor, con más claridad. Eso es lo que le pasa con el filósofo que se ha citado. Parece un amigo que camina al lado, lo mismo que le sucede conPascal, Spinoza, Camus, Cioran, incluso Levinas y en una incierta medida Strauss, por poner ejemplos diversos. En todos ellos la duda confiera dignidad.


El libro al que se refiere es El Alma del Ateismo, publicado por Paidos-Contexto. Este libro, corto y sencillo de lectura, muy personal, escrito desde el sentimiento y la razón de quien lo escribe, viene a engrosar un pensamiento que se va abriendo paso y que no es sino admitir sin reservas que desde el ateísmo se puede afirmar el cristianismo de uno, de la sociedad que nos alberga, de los valores que nos han formado. Convendrá hacerlo, de una vez por todas sin tapujos, disimulos ni verguenzas. El Hombre del Prado, que desde el izquierdismo juvenil, ha tratado de llegar a algún lugar cierto, lo ha hecho a su cristianimso megado tantas veces, dudado tantas otras. A la manera del humor judío, tan penetrante y sabio, se puede afirmar que Dios nada tiene que ver con ello, con la naturalidad de afirmarse cristiano en un mundo que, precisamente, disuelve sus valores cristianos en un relativismo informe. ¿Qué diferencia hay entre decir que alguien es un judio ateo o un cristiano ateo?, se pregunta.

Comte Sponville inicia su primer capítulo con una afirmación rotunda:

Comencemos por lo más fácil, escribe. Por definición Dios nos supera. Las religiones no. Estas son humanas, -demasiado humanas dirían algunos- y en cuanto tales accesibles al conocimiento y a la crítica.
Si Dios existe es trascendente. Las religiones forman parte de la historia de la sociedad y el mundo (son inmanentes)
A Dios se le considera perfecto. En cambio ninguna religión podría serlo.

Lucrecio, en su Libro I, 62-65, escribe:

Cuando en todo el mundo la vida humana permanecía ante nuestros ojos deshonrosamente postrada y aplastada bajo el peso de la religión, que desde las regiones del cielo mostraba su cabeza amenazando desde lo alto a los mortales con su visión espantosa...

Comte Sponville busca el alma cristiana que el hombre moderno ha olvidado o sustituido, hijo del cristianismo y de sus valores, partiendo desde la dignidad del conocimiento y de su propia afirmación de sí mismo. Lucrecio busca la libertad a través del conocimiento que facilita la observación de la Naturaleza.

Mirando al cielo encapotado y al vuelo de los vencejos, el Hombre del Prado sonríe por dentro. Bienvenido a Itaca se dice a sí mismo, a esta mi Itaca, nuestra Itaca perdida en el tiempo y rencontrada.