viernes, agosto 29, 2008
La música de una Noche de Verano
Iba el Hombre del Prado al encuentro de un concierto, preparados para lo sinfónico, en una noche conocida, repetida, de encuentros al aire libre, cultura de verano, después de una cena satisfactoria en el fresco jardín de unos amigos, un tanto -no podía negarlo- hastiado de ese estar y saber estar, amabilidad extrema, susurrar del momento y del tiempo, con la digna informalidad de quien se sabe vestido y acicalado para una ocasión, con la sensación de haber vivido el momentok, otros muchos momentos todos uno solo, recogido del archivo que los colecciona. Se puede asegurar que todos los tiempos de uno tienden a agruparse en series y pueden ser clasificados: como diría Charlie Parker en el cuento de Cortazar, esto ya lo toqué ayer y cabe, si, ser muy distraído para no darse cuenta de que la vida que se pierde es la que se repite sin más.
El Alcazar de Segovia tiene una arquitectura de chocolate, o el chocolate tiende a la arquitectura del Alcazar, que parece que tiene rebordes de crema y nata, y final virutas de huevo trazando en los muros una red sutil y airosa -¿cómo se puede ser sutil sin ser al mismo tiempo airosa?- mientras los focos, de descomunal potencia, iluminan la proa afilada que parece alzarse sobre una ola de piedra, pero movimiento que resume todo el movimiento dinámico del universo al quedarse detenido en esa cresta, con los dos muros formando un ángulo de agudeza imposible que engañan a la vista y al sentimiento, pues tanto aire grácil no hacen sino levantar unas murallas del mundo, unas más, que son para encerrar a quienes desde dentro no quieren ver las afueras: callejas que ascienden culebreando desde la plaza donde la Catedral abruma con su monumentalidad, el techo más alto, la nave más amplia, y sin embargo por arte la empatía de la piedra, tanta ligereza tiene esa Catedral que mira hacia arriba al Alcázar, como ese Alcázar que se diría que la protege a ella, allí abajo.
Pero el Hombre del Prado no se sentía sinfónico esa noche. Pensaba en Praga, en su Castillo al que Kafka convirtió en siniestra oscuridad, dédalo de tinieblas, y en la Catedral allí en lo alto, donde la piedra se protege de lo que queda abajo, la riqueza y la fe intramuros, la vida afuera, abajo, encontrando los caminos de la herejía en el llano terreno del mundo, derribando murallas. La subida al Castillo de Praga es solitaria, por una rampa que abandona la ciudad y permite ascender, como a los cielos, en solitaria procesión de uno consigo mismo, cual si esa ascensión no fuera sino un previo examen de conciencia y la bajada un acto de contrición. En Segovia sucede al revés, que la subida es entre las casas y estas se detienen formando círculos que acogen a las piedras monumentales y estas se asoman al despeñadero.
Hay que sentarse entre los muros de piedra granítica que enmarcan ventanas de contorno primoroso: ¡ah, este gótico que se diría pícaro y sonriente!. Es la hora de la sinfonía y la mano de Ana se acoge entre las del Hombre del Prado, un tímido terciopelo mientras en el escenario unos muchachos vestidos de negro, cada cual a su manera, toman asiento con sus instrumentos y afinan, concertino que da la nota, ese susurro de notas que van y vienen entre toses. El programa de mano ofrecía música árabe y judía y alguna pieza clásica, Chopin para que el piano negro al fondo a la derecha de la tarima tuviera razón de ser. Y un breve Wisam Gibran -¿quien es?- de gesto nervioso, sumido en su propia esencia de hombre que empuña una batuta y la mueve en el aire, ya está, ya ha empezado el concierto y algo se desordena en el orden esperado: los músicos son jóvenes, guapos, chicas, chicos, de cabellos rizados o cortados al cepillo, con gafas de concha, de cristal sin montura, con flequillos sobre la frente, una falda que abraza un violonchelo y una camisa negra de cuello abierto que soporta el violín... No es la orquesta que se esperaba, piensa el hombre del Prado, y el sonido tampoco, que es casi etéreo, inconsistente, fuera de la norma que uno espera y para la que se ha adornado de seriedad. ¿Que seriedad puede haber si esos muchachos que tocan una música desconocida ríen al tocar? Se miran entre sí y sonrien, tiene su encanto esa risa de niños mayores, esos mohines de complicidad, ese aparente desorden del pasar la hoja de la partitura y dejar de tocar sin que se note, que quedan dos chelos haciendo el sonido que correspnde y un guiño de ojo de él a ella. El Hombre del Prado sintió que el ánimo se llenaba de gozo, tal era la ligereza de la audición, cuando en medio del Preludio Op. 28 de Chopin un saxo soprano se lanzaba a una improvisación de jazz mientras la cuerda le hacía un fondo por debajo, un sonido sordo que iba y venía y a ellos se les veía gozar, ¿es que los músicos no gozan cuando tocan sus instrumentos en las noches de concierto? En una lunga de origen egipcio la música bailaba con los cuerpos de los músicos y estos con el público que a estas alturas había dejado de ser algo serio y contenido y movía la cabeza, los pies, los dedos, en inimaginables direcciones sin partitura. Era el camino del cielo y ... ¿Es que solamente se llega al cielo ocultando la sonrisa?
Pensaba el Hombre del Prado al abandonar Segovia en las caras sonrientes del público que abandonaba el patio de armas y que en lugar de ser digno juez de un concierto se sentía magníficamente llevado por toda aquella irrespetuosa alegría de la Orquesta que ha formado Barenboin.
jueves, agosto 28, 2008
Nostalgias de verano
El extraño verano que llega a su fin, rendido de antemano, ha pasado por Ibiza, donde Ana y el Hombre del Prado, han estado invitados en casa de unos amigos. La vida, según se cree, guarda recuerdos de sitios y lugares. Fue Henry Miller quien escribió algo así como que la retina guarda todo lo maravillosos que se vio, tal vez llevado por la nostalgia. Simone Signoret estableció un día una máxima de profunda veracidad: la nostalgia ya no es lo que era, dijo. Tiene uno la impresión de que las frases más relevantes y certeras son siempre de los otros, y le queda al oyente el contento de alimentarse de ellas, incapaz de esa contundencia. También puede ser que al no acceder el que escribe a los medios de comunicación, se pierda la oportunidad de la celebridad.
Ibiza, como la nostalgia, ya no es lo que era. No para quien estuvo allí y la recuerda con su encarnadura de hace cuarenta años, cuando pasó por allí camino de Formentera, isla entonces abandonada a su existencia mediterránea, en la que habitó cuarenta días. Roberto Rivera, buen amigo, decía ayer (el día de antes a este en que se escribe) que da cierto vértigo referirse a hechos que sucedieron hace más de esos años que se apilan en los huesos y en el cerebro. Tiene el Hombre del Prado, ahora que ha vuelto al jardín que tampoco es lo que era, la sensación de que este es un diálogo para supervivientes, pues aquellos que ahora en barcos cargados de veraneantes llegan a las islas, encuentran un paisaje que sí es lo que es, y así permanecerá en su memoria para el futuro y se convertirán en aquel verano del 2008 en Ibiza. El doctor Acedo, que operó a Ana hace algo más de dos años, les decía hace menos de una semana, que la única manera de ir a Ibiza, en estos tiempos, es con un barco propio para alojarse en el centro de una cala rodeado de un paisaje para acariciar con la vista, en el que la playa repleta de seres llegados de la manera más turística que cabe, permanecen ajenos: una masa anónima en la distancia, anónima en lo que quiere decir ese vocablo, desconocida e impropia para la naturaleza de uno mismo.
Un concejal del municipio de Santa Eularia, les decía una noche, después de la cena, con las copas, en su propio restaurante, que el futuro de la isla estaba en esa masificación gregaria que provocaban las luces del ayer. ¿Quien piensa ahora en otra Ibiza? Ana, que hace treinta años visitaba la isla con regularidad estival, no ha querido abrir los ojos a un San Antonio muy diferente a este de ahora en que el turismo inglés abarrota las calles equipado con litronas y botellas de tónica cargadas de ginebra. En la Vila, a los pies del Castillo, se produce cada noche uno de esos hechos mágicos que narran los cuentos infantiles: el público que abarrota tiendas y terrazas antes de las doce de la noche, después de esa hora se transforma en otro público que lleva en si el estilo guapo de la moda de ayer. Bromeando, decía el hombre del Prado que era el cambio de turno: los seguidores de los fantasmas solo aparecen después de la medianoche.
La nostalgia de cada uno dibuja el ayer con rasgos imprecisos que carga de tinta la emoción. La realidad se transforma en un hecho sentimental y la hilera de transbordadores que puede cargar cada uno setecientas personas, para salir con regularidad de hora en hora, hacia Formentera, donde pasarán el día comiendo en merenderos impensables. Cuando el Hombre del Prado llegó a la isla, solamente dos barcas hacía: La Joven Dolores, un bou de pesca en el que se viajaba en cubierta, no más de quince personas, y la Tanit, un pequeño transbordador con treinta plazas. En aquella isla del ayer la gasolinera cerraba los jueves porque agotaba el combustible y los coches que lo necesitaban procuraban aparcar cerca de ella, dejándolos durante unos días hasta que alguien decía que la gasolina había llegado al fin. ¿Que es lo mejor? Los tiempos son los que son y conviene parecerse a ellos para no quedar descolocado en la auténtica vejez, que es no reconocer el mundo que le rodea a uno.
El Hombre del Prado, al volver a su bosque, ha encontrado que el jardín se ha quedado a medias, y que incluso este paisaje se ha ido transformando. Cuando hace poco más de cinco años construyó su casa, solamente había dos más y ahora son treinta las edificaciones de piedra de estilo pirenaico que cumplen funciones de segunda vivienda para fines de semana. Conviene acomodarse, piensa, si se quiere con resignación; siempre con ironía.
lunes, junio 23, 2008
Un claro en el bosque
Conviene llenar las horas ahora de nuevas palabras, de libros dejados a un lado, de frases y versos, y entre los párpados entrecerrados, ver un bosque nuevo en nueva perspectiva. Promete, lo dice en voz baja a Goyerri que está a su lado, serio y circunspecto, y a aquel medio olvidado dios menor que un día vino al bosque para habitar olvidos del principio de sus cosas, que cuando pueda volver, cosa de poco tiempo, piensa, avisará a todos aquellos que han ido viniendo al bosque en sus horas vacías. Sabe que les debe tanto...
miércoles, junio 11, 2008
Roda el mon i torna al born
En cielo encapotado vuelan altísimos los vencejos. El suyo es un vuelo asombroso. Lo hacen en grupos abiertos, en círculo, buscando las corrientes de aire, a velocidades enormes, que por su pequeñez lo parecen más. Eduardo S, vecino biólogo, le explicó un día al Hombre del Prado que los vencejos solo tocan tierra cuando anidan para dar de comer a sus polluelos, y que duermen en el aire creando una columna, a modo de tornado, que girando vertiginosamente producen una corriente de aire que les sustenta. También le explicó que las crías pueden aguantar hasta una semana sin probar bocado. Ahora, cuando se les mira desde la ventana de la biblioteca, habitando el espacio abierto por el que se mueven, le dotan de vida, movimiento que lleva a pensar que todo discurre y que la soledad es un estado del alma que se disipa cuando se abren los ojos para contemplar este lugar de la Naturaleza.
Sigue amenazando lluvia, la misma que ha venido cayendo sin parar y que con las temperaturas bajas detiene a la primavera en su proceso de germinación y floración. Todo está detenido a la espera de que pasen las lluvias. Centaúreas y Gallardas han asomado sus tallos valerosos y abierto hace días cuatro o seis hojas verdes, de una húmeda brillantez; ahí están en su quietud vital esperando que el sol, el calor vivificante y la humedad de la tierra les permitan seguir en su ciclo vital. Darán en los bordes del muro de piedra unas flores hermosas, apretadas, de colores variados; cuando ello suceda se podrá decir que ha llegado la primavera. Por lo mismo el huerto aparece detenido menos acelgas y lechugas, que se empeñan en hacer caso omiso, y tozudas crecen, más lentas las segundas, decididas las primeras. En el jardín, el zumaque, que se trasplantó en noviembre desde el jardín de Samuel N, ha abierto sus brotes y aparecen sus hojas apretadas, de color marrón, que acabarán cubriendo el leño y se llenarán de unos frutos rojos y espectaculares. Las ramas del zumaque, cuando llega el invierno, se cubren de un vello aterciopelado que asemeja el de la cornamenta de los ciervos; incluso por la forma, el zumaque las recuerda.
Los charcos de agua en la grava reflejan el cielo y sus nubes. No se les puede contemplar sin asomarse, desde su profundidad espejada al enorme cielo que allá arriba está, y que sin embargo parece que se abre en un pozo de enormes vacíos. En uno de sus hermosos fragmentos de La Naturaleza, Lucrecio escribe algo tan bello como:
Ahora bien, un charco de agua que, con un dedo de hondo apenas, se estanca entre losas por los empedrados de la calle, ofrece una visión bajo tierra que abarca tanto cuando desde tierra se abre la honda grieta del cielo, de manera que te parece contemplar allá abajo nubes y ver cuerpos de aves que, cosa extraña, bajo tierra se van perdiendo en su cielo.
El Abate Marchena, en su asombroso trabajo de traducir versificado el poema del autor romano, da esta versión del fragmento:
Más que una pulgada de profundo,
Estancada en las piedras de la calle
Debajo de los pies, hace veamos
El espacio tan vasto, que separa
El cielo de la tierra por encima
De nosotros: creyéramos que el globo,
De parte a parte atravesado, ofrece
Otros nuevos nublados a la vista,
Y a los ojos presenta un nuevo cielo,
Y otros cuerpos hundidos en las tierras
Vemos en este espacio prodigioso.
¿Cómo no volver con esta observación a través de la ventana, se pregunta el Hombre del Prado, a Lucrecio? Últimamente le sucede que se encuentra con el poeta a cada paso que da, no en él sino en aquello que va leyendo. Roda el mon i torna al born, se dice en catalán, que es decir que después de la vuelta al mundo se vuelve al hogar, al inicio del camino. Itaca está donde siempre estuvo, y los autores que escribieron mantienen en sus palabras el valor primigenio de las observaciones limpias, de las dudas más puras. Jesús Diez, amigo entrañable, contesta contestó con un texto al post Ocurrencias, del que el Hombre del Prado entresaca un fragmento que le parece atinado y hermoso, muy atinado y muy hermoso. ¿No hay en él mucho Lucrecio? ¿No será que Lucrecio somos todos? ¿O podríamos serlo? El texto dice así:
“Sentados frente al Universo, podemos estar seguros de que lo que vemos es; tan seguros como de que no es lo que vemos. Dices que dice Ortega que “el pensamiento humano no descubre el universo, sino que lo construye.” Entendamos por universo todos los universos posibles.Viene a cuento, es decir que llega al pensamiento del Hombre del Prado, la lectura de un libro de Comte-Sponville, filósofo por el que siente predilección. Sucede que a menudo se lee para aprender, pero también en un proceso de deslizamiento uno acaba leyendo para aprender que aquello que él andaba pensando lo piensan otros, y lo escriben mejor, con más claridad. Eso es lo que le pasa con el filósofo que se ha citado. Parece un amigo que camina al lado, lo mismo que le sucede conPascal, Spinoza, Camus, Cioran, incluso Levinas y en una incierta medida Strauss, por poner ejemplos diversos. En todos ellos la duda confiera dignidad.
Quizás alguna sabiduría haya en coger, desde la insignificancia, una porción de átomos y volcar en ellos la atención; no con la presunción de que tal como puedes aprehenderlos puedes comprenderlos. A partir de ahí, la única seguridad es la duda; sin duda no hay dignidad."
El libro al que se refiere es El Alma del Ateismo, publicado por Paidos-Contexto. Este libro, corto y sencillo de lectura, muy personal, escrito desde el sentimiento y la razón de quien lo escribe, viene a engrosar un pensamiento que se va abriendo paso y que no es sino admitir sin reservas que desde el ateísmo se puede afirmar el cristianismo de uno, de la sociedad que nos alberga, de los valores que nos han formado. Convendrá hacerlo, de una vez por todas sin tapujos, disimulos ni verguenzas. El Hombre del Prado, que desde el izquierdismo juvenil, ha tratado de llegar a algún lugar cierto, lo ha hecho a su cristianimso megado tantas veces, dudado tantas otras. A la manera del humor judío, tan penetrante y sabio, se puede afirmar que Dios nada tiene que ver con ello, con la naturalidad de afirmarse cristiano en un mundo que, precisamente, disuelve sus valores cristianos en un relativismo informe. ¿Qué diferencia hay entre decir que alguien es un judio ateo o un cristiano ateo?, se pregunta.
Comte Sponville inicia su primer capítulo con una afirmación rotunda:
Comencemos por lo más fácil, escribe. Por definición Dios nos supera. Las religiones no. Estas son humanas, -demasiado humanas dirían algunos- y en cuanto tales accesibles al conocimiento y a la crítica.Lucrecio, en su Libro I, 62-65, escribe:
Si Dios existe es trascendente. Las religiones forman parte de la historia de la sociedad y el mundo (son inmanentes)
A Dios se le considera perfecto. En cambio ninguna religión podría serlo.
Cuando en todo el mundo la vida humana permanecía ante nuestros ojos deshonrosamente postrada y aplastada bajo el peso de la religión, que desde las regiones del cielo mostraba su cabeza amenazando desde lo alto a los mortales con su visión espantosa...Comte Sponville busca el alma cristiana que el hombre moderno ha olvidado o sustituido, hijo del cristianismo y de sus valores, partiendo desde la dignidad del conocimiento y de su propia afirmación de sí mismo. Lucrecio busca la libertad a través del conocimiento que facilita la observación de la Naturaleza.
Mirando al cielo encapotado y al vuelo de los vencejos, el Hombre del Prado sonríe por dentro. Bienvenido a Itaca se dice a sí mismo, a esta mi Itaca, nuestra Itaca perdida en el tiempo y rencontrada.
miércoles, junio 04, 2008
Tres cosas
El tema del sol es importante. Después de dos meses de lluvia continua, torrencial, granizadas permanentes, barrizales en los caminos y cielos encapotados, una inmensa sonrisa lo ha invadido todo cubriendo cada rincón del paisaje. Las nubes, algodonosas y redondas que se mueven por el cielo, reflejan una intensa luminosidad en sus bordes y las partes en sombra, bordeadas de refulgentes brillos ofrecen una belleza instantánea y alegre que da protagonismo a un azul suave y pálido de la mañana. El sol es una bendición de la naturaleza desde que, en palabras de Lucrecio "en el preciso instante de su nacimiento derrama su luz y con ella reviste todas las cosas, eso vemos que para todos es claro y manifiesto" (II, 146). Es tal esa bendición, tan de efectos instantáneos, que el alma se llena de júbilo y canta.
Lo de Gary Cooper es otra cosa, pintoresca y no menos importante. Fué hace dos días, cuando todavía la lluvia transformaba todo en un estado de ánimo melancólico. Paseando con Goyerri por la calle que parte el prado en dos, se encontró con Goyerri siguiendo los pasos de una figura alta y espigada, que vista de espaldas parecía un hombre. Caminaba con paso lento y elástico, los brazos sin balancear, las manos a la altura de las caderas, descubierta la cabeza. Goterri se acercó trotando a la figura, como siempre hace, en demanda de amistad. Movía el muñón de la cola en un signo de cordialidad: al animalillo le encantan los encuentros fortuitos que permiten hacer amigos, entablar conocimientos, intercambiar saludos, una caricia, sonrisas de reconocimiento. El Hombre del Prado seguía a su paso, manteniendo la distancia. El caminante, al sentir la presencia del perrito, detuvo su andar y giró todo el cuerpo en un gesto armonioso y quedaron ambos a unos cortos pasos de distancia, enfrentados. Movía Goyerri la cola, le miraba áquel con todo el gesto detenido y así transcurrieron unos segundos hasta que Gary Cooper, ahora lo era ya, sin duda alguna, salido de la película de Fred Zinneman Sólo ante el Peligro, elevó su mano derecha desde la cadera y empuñaba en ella un revolver Colt 45, dos largos dedos índice y corazón extendidos, pulgar o percutor elevado en ángulo, y apuntó lentamente al animal que le miraba sorprendido. El tiempo se detuvo, seguía cayendo el agua, la calle estaba desierta salvo el observador a distancia de los dos protagonistas del encuentro y los segundos se detuvieron en la eternidad del instante, en que reconocido el adversario y de él lo inofensivo, el pulgar percutor, bajó lentamente desamartillándose y volvió el revolver de dedos a la invisible funda de la cadera. Dio media vuelta el caminante y siguió su andar hacia el sendero del bosque que cruza junto a las pistas de tenis. Alcanzó el Hombre del Prado a Goyerri y ambos se miraron. ¿Te has asustado? le preguntó al perrillo. "No, contestó, que va. Hay gente para todo". Siguieron su camino sin más palabras.
Y la tercera cosa que sobre la mesa reclama ser escrita, es que tras una larga andadura, angustiada, tensa, los primeros noventa y nueve folios que son la primera parte de la novela, se cerraron con un párrafo que compendia el inicio de la experiencia vital que deberá seguir en dos partes más, tal vez tres, que andan ya escritas parcialmente y esperan a ser ordenadas y fundidas con nuevos ingredientes. Repentinamente, durante la tarde y tras una conversación con un amigo fiel, la idea final que cerraba el ciclo de esa parte, se le apareció súbitamente. Lo súbito es aquello que sorprende y fulmina, muy habitualmente, por su sencillez; aquello que obliga a reflexionar en lo difícil que es dar con lo más sencillo y natural, reconstruir la metáfora del actor Hílaro en la propia vida del protagonista. Algo de tal sencillez había estado oculto, y no fue sino el imperativo "ponte a escribir, acaba de una vez" que le dijo su amigo lo que desencadenó el proceso del desocultamiento. Desde las 12 de la noche, hasta las 4,00 de la madrugada, repasó, buscó y dio fin a seis folios que contenían el cierre deseado, la puerta para la continuidad. Ana se había dormido y desde el dormitorio llegaba atenuada la voz del televisor que vela en la noche el sueño de los mortales del siglo XXI. El último párrafo salió del teclado, letras letra, y el hombre del Prado se mantuvo quieto, apagada la pipa entre los dientes, envuelto por la tenue luz de la lámpara de mesa. Lo leyó sabiendo que esta vez si:
Su reflejo en el espejo del estanque le revelaba una verdad que no había tenido en cuenta y sabedor de que todo aquello no era sino pensar y pensar en sí mismo abismado en una fatiga que habíase convertido en su naturaleza, sintió que podría suceder que nada de cuanto se auguraba fuera cierto y alcanzara la edad de su madre, noventa y dos en el momento de morir; se dijo que estaba, cuando menos, más cerca de la ignorancia que debería sustituir a su conocimiento. Hablar de la vejez y de la muerte ante los otros era una cosa: reflexionar para sí, otra. Se sintió satisfecho.
Mientras se encaminaba al dormitorio, pensó que el título que tenía hasta entonces por definitivo, Los Jardines Sombríos, debería cambiar por otro, extraído de una oda de Píndaro, que le parecía más ajustado: La Sombre de un Sueño.
viernes, mayo 30, 2008
Ante un paisaje de madera y escarcha
Paisaje vertical de madera y escarcha
Invierno de 2008
Toma el texto y lo copia transformando de él las apelaciones directas de la primera persona. Al fin el gesto literario sirve sobre todo para ganar distancia. Por otra parte deberá dejar bien claro que es una cierta, palpable felicidad, la que le lleva a escribir con lo que entiende que es lucidez, no desolación ni desesperanza, ni siquiera una pulsión destructiva, sino el mirar con los ojos abiertos de la siempre renovada infancia al asombroso espectáculo del descubrimiento. Eso que da en llamar lucidez y que no es otra cosa que convencimiento de ver y comprender aporta felicidad, entendiendo esta, no como apasionamiento exultante sino como confortable resignación; y también esta última palabra debería ser asumida desde una comprensión nada infeliz, pues resignarse a un buen pasar es camino acertado, según cree.
Claro está que podría decirse que en lo que queda de vida poco queda sino estar y pensar, que son dos cosas que deberían ir unidas. Podrá haber quien, estando, crea pensar poco, pero el pensamiento es como la procesión, que yendo por dentro es a veces silencioso e incluso imperceptible, pero pasar pasa. Sin embargo, en ese pasar se produce un posarse las cosas que son el universo. En cierta ocasión Ortega escribió que "el pensamiento humano no descubre el universo, sino que lo construye" Y es cierto aunque no es común que el individuo atienda a entender que es él quien está construyendo lo que le rodea, antes que es lo que le rodea lo que se le entrega hecho en su totalidad, construido para una única comprensión de todos.
Escrito queda en el texto aludido que da pie a este post una reflexión que al Hombre del Prado le salió de la entraña, cuando escribiendo en primera persona, sin rebozo ni ocultamiento, manifestó:
No creo que una vida, si pienso en la mía, como paradigma, sea una línea recta en dirección hacia un donde. El camino correcto, se intuye, pero cada cual sabe cuales son sus barrizales, o los intuye, y los evita o se mancha en ellos. Cada cual conoce cuales son sus sentimientos, los perdidos, los que sobreviven y los que se agudizan. Lo que más sabor tiene para mi de la vida es lo inconsistente: eso tan leve que no se alcanza a ver ni a comprender y que es pura intuición. Claro que sé que este mensaje es demoledor para quien cree que la vida es una hermosura manifiesta. ¿Y si lo más hermoso hubiera pasado ya? Pues ese día, en que me miré al espejo, encontré una enorme y absurda soledad alrededor, lo que suele pasar cuando, a las 9,00 am uno se encierra en el baño, y por no suicidarse, decide seguir. O mejor, no decide, que la decisión está tomada, sino que simplemente sigue. Encontrará una fórmula para llenar el seguir de otro sentido que el de la inercia que emana del vocablo: cada vez que en el día tengas un rato de vacío entre ocupación y ocupación, piensa en algo, que sepas que estás pensando. Era algo así como exigir de mi no dejar que el tiempo arrasara con la vida, cosa que hace de común naturaleza, uno y otra, y tratar al vacío del tiempo, ese en que uno mira a la nada en la consulta del médico, en la espera para pagar una compra en la tienda, como si el vacío pudiera ser llenado. Me llevó a un cierto orientalismo: el vacío debe ser llenado de vacío coherente. Una mañana, al mirarme al espejo, tiempo después, me encontré gordo y recordé que tenía diabetes. Lo que no me gustó fue estar gordo, obeso, redondo, tal vez complacido. De alguna manera era yo la imagen de la felicidad con la que en las tiras ilustradas se satiriza al burgués, de tal manera lo hacen que le ponen, pegada, con trazo riguroso, una sonrisa imborrable, permanente y voluntariamente estúpida. He ahí que el burgués sonríe su patética felicidad: falso, que teme como todos, los finales imprevistos y más aún los previstos. Pensé que algún día mis hijos tendrían esa sonrisa puesta en esa obesidad. He ahí lo irremediable, me dije, toda salvación es propia de uno y lo que queda en la barca queda para el propio naufragio de los ocupantes que no saltan por la borda cuando conviene hacerlo. Claro que, deberíamos pensar si naufragio es sobrevivir y sentirse felices. Todo es tan inconcreto ... Conviene, si uno lo recuerda, rescatar la pureza de lo vivido, pero en medio de tanta vida, no se puede ver con claridad. ¿Cuando la pureza? ¿Cuando la virtud? Todo el pecado del mundo cae sobre cada víctima inocente de su propia pereza por conocer o por conocerse, y solamente levantando la mano puede uno alcanzar esa gloriosa absolución del !que esté libre de pecado que tire la primera piedra". La playa en la margen del Arroyo Mayor, que baja torrencial, es arenosa y sin guijos, y he ahí que no hay piedras sino puñados de arena que arrojar, y que antes de alcanzar el blanco van a dispersarse... La inocencia pública, manifiesto de la soberbia, se quede solo en gesto, y nada más.
Además de la obesidad y la diabetes, lo que no estaba en la imagen reflejada en el espejo, existía en el cofre de los circuitos cerebrales la propia construcción del universo que sesenta años de vida habían ido cimentando. Los espejos no reflejan esa desilusión o ese descubrimiento, o ese convivir entre el asombro y la costumbre. El Hombre del Prado rechaza todo aquello que le ha sido dado al niño para construirse una realidad que le acomode, porque sabe que esta realidad no es real, sino decantación de lo que se piensa real, como si las cosas existieran siempre en una naturaleza consistente y permanente. Igual que el paisaje del bosque, pareciendo el mismo muda a cada instante, como muda el observador que en él habita, la realidad es tan mudable de imperceptible manera que uno no debería acostumbrarse a creer que las cosas y serán, sino que siendo mudarán a otras nuevas, simples maneras de enfocarlas, simples formas de aproximarse a ellas. Hay en el hombre una capacidad autodidacta de la que suele dudar o a la que suele desconocer, y que si la desprecia pierde el propio conocimiento de si mismos a través de las cosas que descubre. Porque tal vez no sea el espejo el que devuelva lo que se es, sino lo que se parece, solamente lo que se parece. Uno en el fondo es hijo de las cosas que son a su vez hijas de la contemplación.
jueves, mayo 29, 2008
Toma el texto y lo copia transformando de él las apelaciones directas, la primera persona. Al fin el gesto literario sirve sobre todo para ganar distancia. Por otra parte deberá dejar bien claro que es una cierta, palpable felicidad, la que le lleva a escribir con lo que entiende que es lucidez, no desolación ni desesperanza, ni siquiera una pulsión destructiva, sino el mirar con los ojos abiertos de la infancia al asombroso espectáculo del descubrimiento. Eso que da en llamar lucidez y que no es otra cosa que convencimiento de ver y comprender aporta felicidad, entendiendo esta, no como apasionamiento exultante sino como confortable resignación; y también esta última palabra debería ser asumida desde una comprensión nada infeliz, pues resignarse a un buen vivir es camino acertado, según cree.
Claro está que podría decirse que en lo que queda de vida poco queda sino estar y pensar, que son dos cosas que deberían ir unidas. Podrá haber quien estando crea pensar poco, pero el pensamiento es como la procesión, que cuando va por dentro es a veces silencioso e incluso imperceptible, pero pasar pasa. Sin embargo, en ese pasar se produce un posarse las cosas que son el universo. En cierta ocasión Ortega escribió que "el pensamiento humano no descubre el universo, sino que lo construye" Y es cierto aunque no es común que el individuo atienda a entender que es él quien está construyendo lo que le rodea, antes que es lo que le rodea lo que se le entrega hecho en su totalidad, construido para una única comprensión de todos.
Escrito queda en el texto aludido que da pie a este post una reflexión que al Hombre del Prado le salió de la entraña, cuando escribiendo en primera persona, sin rebozo ni ocultamiento, manifestó:
No creo que una vida, si pienso en la mía, como paradigma, sea una línea recta en dirección no sé hacia donde. El camino0 correcto, se intuye, pero cada cual sabe cuales son sus barrizales, o los intuye, y los evita o se mancha en ellos. Cada cual conoce cuales son sus sentimientos, los perdidos, los que sobreviven y los que se agudizan. Lo que más sabor tiene para mi de la vida es lo inconsistente: eso tan leve que no se alcanza a ver ni a comprender y que es pura intuición. Claro que sé que este mensaje es demoledor para quien cree que la vida es una hermosura por descubrir. ¿Y si lo más hermosos hubiera pasado ya? Pues ese día, en que me miré al espejo, encontré una enorme y absurda soledad alrededor, lo que suele pasar cuando, a las 9,00 am uno se encierra en el baño, y por no suicidarse, decide seguir. O mejor, no decide, que la decisión está tomada, sino que simplemente agacha las orejas y sigue. Encontrará una fórmula: cada vez que en el día tengas un rato de vacío entre ocupación y ocupación, piensa. Era algo así como exigir de mi no dejar que el tiempo arrasara con la vida, cosa que hace de común naturaleza, uno y otra, y tratar al vacío del tiempo, ese en que uno mira a la nada en la consulta del médico, en la espera para pagar una compra en la tienda, como si el vacío pudiera ser llenado. Me llevó a un cierto orientalismo: el vacío debe ser llenado de vacío coherente. Una mañana, al mirarme al espejo, tiempo después, me encontré gordo y recordé que tenía diabetes. Lo que no me gustó fué estar gordo, obeso, redondo, tal vez complacido. De alguna manera era yo la imagen de la felicidad con la que en las tiras ilustradas se satiriza al burgués, de tal manera lo hacen que le ponen, pegada, con trazo riguroso, una sonrisa imborrable, permanente. He ahí que el burgués sonríe su patética felicidad: falso, que teme como todos, los finales imprevistos y más aún los previstos. Pensé que algún día mis hijos tendrían esa sonrisa puesta en esa obesidad. He ahí lo irremediable, me dije, toda salvación es propia de uno y lo que queda en la barca queda para el propio naufragio de sus ocupantes. Claro que, deberíamos pensar si naufragio es sobrevivir y sentirse felices. Todo es tan inconcreto... Conviene, si uno lo recuerda, rescatar la pureza de lo vivido, pero en medio de tanta vida, no se puede ver con claridad. ¿Cuando la pureza? ¿Cuando la virtud? Todo el pecado del mundo cae sobre cada víctima inocente y solamente levantando la mano puede uno alcanzar esa gloriosa absolución del !que esté libre de pecado que tire la primera piedra". La playa es arenosa y sin guijos, y he ahí que no ahí piedras sino puñados de arena que arrojar, y que antes de alcanzar el blanco van a dispersarse... De ahí que el gesto de la inocencia pública se quede solo en gesto, y nada más.
Además de la obesidad y la diabetes, lo que no estaba en la imagen reflejada en el espejo, existía en el cofre de los circuitos cerebrales la propia construcción del universo que sesenta años de vida habían ido cimentando. Los espejos no reflejan esa desilusión o ese descubrimiento, o ese convivir entre el asombro y la costumbre. El Hombre del Prado rechaza todo aquello que le ha sido dado al niño para construirse una realidad que le acomode, porque sabe que esta realidad no es real, sino decantación de lo que se piensa real, como si las cosas existieran siempre en una naturaleza consistente y permanente. Igual que el paisaje del bosque, pareciendo el mismo muda a cada instante, como muda el observador que en él habita, la realidad es tan mudable de imperceptible manera que uno no debería acostumbrarse a creer que las cosas y serán, sino que siendo mudarán a otras nuevas, simples maneras de enfocarlas, simples formas de aproximarse a ellas. Hay en el hombre una capacidad autodidacta de la que suele dudar o a la que suele desconocer, y que si la desprecia pierde el propio conocimiento de si mismos a través de las cosas que descubre. Porque tal vez no sea el espejo el que devuelva lo que se es, sino lo que se parece, solamente lo que se parece. Uno en el fondo es hijo de las cosas que son a su vez hijas de la contemplación.
martes, mayo 20, 2008
Fárrago

Fue acuñada el mismo año en que nació Cicerón, el 103 ac, en Roma. Ahora acompaña al hombre del Prado donde vaya, envuelta en una funda transparente de plástico, que es como un sobre con una solapa que al cerrarse impide que caiga fuera y se pierda. Cuando el viajero llega a un lugar en el que vaya a estar varios días, la saca de su maleta y la coloca encima de la mesa de trabajo. Hace compañía, tanta que resulta impensable trabajar en su novela sin tenerla cerca. No la toca, ni acaricia, ni siquiera la mira. Cada cual en su lugar, cada cosa en su espacio, manteniendo en la cercanía un contacto que es cosa del espíritu. No piensa el Hombre del Prado que haya estado en manos de Ático, Cicerón, Catón o el mismo César. Le basta con saber que viene de aquel ahí que es el entonces, pero entonces y ahí, que unidos concretan una geografía espacio-temporal a la que le dedica algunas horas al día, algunas, a veces no más de una, a veces diez seguidas.
En Alicante, donde ahora está, mira hacia el mar debajo de un cielo atormentado por nubarrones densos que de vez en cuando descargan. La primera parte de su novela transcurre en dos días, bajo la lluvia de un invierno romano. Un hombre agoniza y el otro, al contemplarlo en agonía piensa en que se trata de una premonición, o de un augurio. Hombre descreído, no cree ni en la una ni en lo otro, pero en su vejez intuye que se trata de un anuncio de su muerte cercana. los viejos mueren en invierno, con la lluvia y el frío, con los huesos helados y doloridos y los músculos agarrotados. Todavía es así. En Alicante, donde está ahora, los nubarrones muestran a los de abajo su panza gris plomo, preñada, en la que la luz del sol busca caminos para anunciarse y conferir a esa entraña de aguas contenidas una amenazadora transparencia. Descargará, se dice. Cuando pasea, a veces cruza por debajo de una nube, o es esta la que le sobre vuela, y le alcanza la lluvia que mana de ella y que se aleja llevada por los vientos de arriba. Son ráfagas.
Ha estado releyendo a Cioran a la par que trata de escribir su libro. Ambas ocupaciones no son buenas compañeras. Piensa que a Cioran hay que leerlo en la nada, en el no hacer nada, pendiente de leer, no de aprender, ni siquiera de descubrir, en absoluto maravillarse. Cioran es un autor que suena dentro de uno como un resumen de los propios pensamientos con los que conviviendo, no se ha apañado uno para exponerlos, no por lo menos con su contundencia y claridad; menos aún con su pasión. Por eso ante el rumano hay que recoger las velas del entusiasmo y contener el asombro. ¿Se asombra uno cuando se lee a si mismo? ¿No viene a parecerle el párrafo una banalidad?
Uno le divierte, ríe socarronamente porque se ve a sí mismo en él, ¿no ha dicho ya que leer a Cioran es pensarse a si mismo? Un párrafo en el que hiere especialmente al oficio de escribir. No al oficio de vivir de escribir, sino de vivir escribiendo, piensa el Hombre del Prado. Naturalmente que uno no escribe pensando solo en sí como lector; uno escribe por sí, en si, sin otro pensamiento que ser: quien ama escribir es escribiendo. No hay otra fórmula dejando a un lado todas las demás: a cada cual la suya.
Escribe Cioran:
Desdichadamente, la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura...
Intentareis escribir; inmediatamente se erguirá ante vosotros la imagen de vuestro lector... Y dejaréis la pluma. La idea que queréis desarrollar os fatigará: ¿para qué examinarla y profundizarla?m ¿No podría expresarla una sola fórmula? ¿Cómo además exponer lo que uno ya sabe? Si la economía verbal os obsesiona, no podréis leer ni releer ningún libro sin descubrir en él los artificios y las redundancias....
El escritor, tal es su función, dice siempre más de lo que tiene que decir: dilata su pensamiento y lo recubre de palabras. De una obra sólo subsisten dos o tres momentos: relámpagos en un fárrago. ¿Le diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más.
He ahí una certidumbre que le acosa, cuando revisa, páginas atrás o adelante, aquello que está escribiendo. ¿Todo podría decirse en dos párrafos, piensa, todo podría concretarse en un par de citas. Tal vez está escribiendo una acumulación de frases y palabras que deberían resumirse en la fatiga de un viejo que ha vivido poco, o que ha sentido poco la vida, o que siente la vida como una traición, o que se siente como un traidor ante la vida. Pecado y contrición, o solamente contrición, o contrición y penitencia, o los tres seguidos. ¿Cómo se puede escribir si el hecho mismo de dar la descripción del personaje central resulta tan difícil? Se excusa a si mismo el hombre del Prado con el argumento de que ni siquiera Dios en su improbable creación, puede insuflar en cada alma el destino de la mezquindad, o del egoísmo, o del arrepentimiento. Parece que la Creación, puestos a hacerla metodológicamente más sencilla, se resume en insuflar en el alma un puñado de variables cogidas de una tabla en que se muestran como montoncitos de polvos mágicos, y si solas habrán de alcanzar una mezcla que resultará finalmente en algo casual, y por lo tanto en una banalidad. Tras un combate entre químico y espiritual, el hombre resultará héroe, villano o don nadie.
Esta misma mañana, al salir a pasear con Goyerri hacia el acantilado, se ha cruzado con tres mujeres que caminaban en dirección contraria. Goyerri se ha dirigido directamente hacia la mayor y le ha olisqueado la pantorrilla; ella se ha inclinado hacia el perrillo y le ha acariciado la cabeza. Nadie intuye lo peligroso que eso es, pues convierte a Goyerri en inmediato súbdito de la ternura ajena y por lo tanto en tirano usando la propia. Las otras dos mujeres se han dirigido al hombre del Prado: ¿podemos hablar con usted? ¿Acerca de qué? Nos gustaría hablarle de religión y de vida. Tengo prisa, ha dicho, pero se ha quedado. La mujer mayor ha vuelto seguida de un Goyerri alegre y trotón. Es que me sigue, dice y el hombre del Prado: siempre sigue a la gente encantadora,señora. Ella ha sonreído agradecida. Era un momento de sol alegre, brillante y al fondo de la calle se divisaba refulgente una franja de mar bajo un cielo de nubes iluminadas. Es verdad que han hablado de religión y del Libro, pero poco, quería escucharlas. Recuerda como hace tiempo, cuando llamaba a la puerta un testigo de Jehová, no se le abría: tal vez aún suceda lo mismo. Pero él admira ese ánimo decidido en una mujeres, madre, hija y nieta seguramente, que vencen lo que piensa que debe ser natural timidez. La palabra de Dios las hace decididas. Apelará el hombre del Prado a su religiosidad teñida de agnosticismo, y cuando ellas acuden a aquello tan socorrido de "basta mirar este hermoso día para comprender la existencia de Dios" él las contestará con aquella frase que aprendió hace poco de un comentariode Luri en esta web: se trata, señoras, de la visión arrobada de la belleza transeúnte. Estaban detenidos frente a un colegio público cuyos patios estaban desiertos, como la calle. Impaciente Goyerri ha optado por seguir su camino en busca del lugar en que alivia su necesidad física cada mañana. Tengo que irme, les ha dicho, él no espera. Que guapo es. Si, señora. es muy guapo. Se han despedido entre sinceras sonrisas, embargados por la dulzura del día y de los cuatro, que se ha derramado cuando han optado por charlar en medio de la obviedad de lo inútil. Sean felices, les ha deseado el hombre del Prado. Y usted, y su perrito.
Poco después, en el acantilado, ha vuelto a pensar en Ático: ahora lo tiene detenido en medio de una cena en la que se habla de él y de La Vida de Ático que ha escrito Cornelio Nepote. No escucha, no oye, solo piensa en si mismo y en la premonición de su muerte, o es un augurio negro, no lo sabe bien. Está en una encrucijada al final de su vida, querría conocerse: ¿Pecado? ¿Contrición? ¿Penitencia?
lunes, mayo 19, 2008
sábado, mayo 10, 2008
A las ocho de la mañana, lloviendo.

¿Cómo estás? Estoy bien, aquí, como siempre. Este aquí no es un lugar; aquí no es el sitio en que se habita sino la inmovilidad que le habita. Podría estar en el mismo aquí en otro lugar. Todo hombre, igual que el caracol con su concha, traslada su aquí a cuestas, residenciado en un lugar recóndito de la mente, que debe ser el acogedor refugio del simismo. Aquí es en sí.
Pero ¿como estás? No parece que le fatigue la eternidad en la que viene viviendo, hace por lo menos 3.000 años. La pasta de pintura que le aplicaron en su tiempo de nacimiento entre las manos de un artesano se ha agrietado en algunas zonas, en otras aparece oscurecida por un algo de suciedad que es intocable; se trata de ligeras veladuras que tienden al gris, dotadas de la transparencia necesaria para permitir adivinar su fondo original, igual que pecados de la superficie.
¿Pero como estás? ¿Qué miras? Mira al vacío. No se puede concretar el vacío, tampoco es un lugar ni el interior de un lugar; no se trata de un agujero que nada contiene y eso es imposible, ya que contendría sus límites, el interior de los mismos, los muros de su cárcel. Mira al vacío: ese vacío que puede ser nombrado no existe en realidad, ¿a que darle entonces un nombre especial? Nada sería suficiente, una amplitud genérica de nada, reducida a una voz que no quiere decir cosa alguna. Siempre ha pensado que es un error decir no tengo nada cuando se debiera usar, mejor, el tengo nada o más aún el no tengo seguido de un silencio, cuan largo se quiera este, o corto, o el simple silencio de una pausa para respirar ante el probable asombro a constreñir el pensamiento en nada. ¿Podría entonces diluirse un hombre si fuera capaz de entra
en esa situación?
¿Pero como estás? ¿Qué miras? No miro. ¿Qué ves? No veo. ¿Eres ciego? No. También se suele preguntar ¿estás ciego? y esta es otra situación que atañe a la irresponsabilidad de no ver. Quien no ve a su alrededor por su propia voluntad se niega a los acontecimientos. Es la indiferencia. No está ciego, sin embargo, ni es ciego, sino es que en su naturaleza no cabe la mirada, ni la visión. ¿Que puede hacerle contemplar las cosas a un trozo de madera?
Un rechazo absoluto, no es un trozo de madera. Sus ojos almendrados, dibujados por un trazo seguro de color negro, son bellos, muy bellos. Grandes, muy grandes. En su hermosura, piensa el Hombre del Prado, lo son más que la Gioconda, obra esta en la que nunca ha entrado. Se trata de entrar en ella para apreciar la belleza. Si no se entra no está. Es el desocultamiento de las cosas, cuando por motivos que se desconocen, apelan al sentido de uno y le ofrecen sentir algo por ellas. El cuerpo de la amada se desoculta en su desnudez y reclama la entrega de todo sentido. Ahora es lo único, no hay más. Ciérranse los muros de la cárcel por el suave tacto de una caricia.
No es un trozo de madera. Su nariz, breve, lineal, se abre en dos aletas que se curvan hacia dentro: diríase que respira igual que se diría que mira y que está viendo. Es una ilusión. Viendo y respirando, sus labios carnosos se mantienen cerrados, no clausurados, no fuertemente apretados, sino ligeramente posados el uno junto al otro, el uno sobre el otro, el otro bajo el uno. Dibujan una ligera sonrisa, un aire de tristeza. Probablemente el artesano no sabía que tenía en sus manos y en sus herramientas cargada la tristeza. O era todo tristeza a su alrededor. O simplemente estuvo triste el día que compuso una forma que habría de repetir decenas o cientos de veces a lo largo de su vida de tallador de madera. Debería haber conseguido un efecto de impavidez, haber dibujado lo inexpresivo. Hay gentes que lo consiguen con ellos mismos, nada expresan cuando miran, han conseguido, en la contención, la pérdida de la humanidad ofrecida al otro, la expresión, el gesto. No entregan, nada, otra vez nada. Mirada y gesto vacío les alejan, ocultándolos: un árbol entre árboles, una gota de agua entre la inmensidad de gotas.
Arrebatado el tocado, esta cara es simplemente un prisma triangular de caras curvadas y en ellas, otra vez conviene volver al artesano, se contiene una carne llena y muelle, que no está. No es imaginación que está madera sea de carne adolescente o joven. Es una transmutación fruto de la mirada del espectador. Puede imaginar lo placentero que sería acariciar la carne, la piel, el latido de la vida, sentir el aliento vital que era el alma, un algo inexplicable que llenaba el interior de la sustancia, formada por átomos. Hay, decían, todo tipo de átomos: los unos son para una cosa y los otros para otra, cada átomo tiene un lugar destinado en el cuerpo, así dispuesto por la naturaleza. En el fondo estaban describiendo a las células. Pero ahora, sentado frente a frente, solos los dos, la pequeña cabeza de madera y quien escribe esto, mientras fuera llueve con caudalosa intensidad, no piensa en células sino en una caricia imposible. Trataría de alargar la mano y con la punta de los dedos, a la manera de Miguel Angel, producir la vida trasladando el aliento a su vasija.
En una colección de poemas de amor que figura en el Papiro Harris 500, se lee:
Los dioses que existieron antaño yacen en sus tumbas,
los dichosos transfigurados también,
enterrados en sus tumbas, (y sin embargo)
quienes construyeron capillas no tienen un lugar.
¿Qué ha sido de ellos?
Fuera sigue lloviendo en esta hora temprana del día. Cuando deje de escribir estas líneas volverá a preguntarle: ¿cómo estás? ¿quien te hizo?
lunes, mayo 05, 2008
El goce de la vida. El sentimiento de la muerte.
No es el silencio exterior el que importa, por el que vuelan vencejos y su visión a través de la ventana sobre vuela a su vez un zumbido familiar: cuecen legumbres en la cocina. Es el silencio de dentro, un espacio habitado por largos vacíos en los que no se piensa nada o en los que nada de lo que se piensa llega a calar en lo consciente y pasan, pensamientos o imágenes, como una película de cine mudo vista por entre las nieblas de la somnolencia. Ahí se habita con una comodidad entrañable y aquello que en un tiempo se pudo tomar por desesperación o nada -buen título para un ensayo sobre lo existencial- es hoy riqueza: así se ha descubierto. Se convive con él y esta afirmación se deja en lo escrito aunque no es cierta, pues el escribir ajusta las cosas a su realidad y las circunda de duda primero y finalmente de hallazgo: se vive en silencio. Nada se piensa, nada se dice, nada se escribe.
Así pues se está preparado ya para lo que venga. Ya no cabe hablar de impresiones o de intuición, sino de certezas, porque el silencio este del que se escribe es un hecho que viene durando días y durante ellos novela y blog han estado desiertos de su presencia. Nada que decir, ¿a que hablar pues? Los hechos que se han ido encadenando forman una cadena que se difumina, y es el difuminarse lejanía aunque sean tan sólo un par de semanas, o solamente horas. ¿Cómo pueden alejarse tanto las cosas que han sucedido hace solamente un aliento de la respiración? ¿Y cómo puede suceder que esto no asuste?
Ha sido una sensación interior, la ausencia del impulso. Se acercaba al blog y lo abría; el ratón se paralizaba, o lo hacía su mano, o era la voluntad, cualquiera que fuera la causa en una escala que se iniciaba, se inicia, en el mismo rechazo a escribir lo que no se tiene, las palabras y más aún que ellas, más allá de las palabras, las ideas. "Las palabras son caritativas: su frágil realidad nos engaña y nos consuela", escribe Cioran. Hablará más de este autor en el post que ahora se está desenvolviendo, como de cosas contenidas en un paquete de mano; hablará más de Cioran, porque se ha topado con él, al que tenía abandonado como se tiene a un amigo al que no se acude nunca por desidia. Lo cierto es que ante el recuadro en blanco de la pantalla donde deben ir, no las palabras, sino un contenido que tenga, cuando menos, una cierta enjundia, algo dentro se paralizaba y era más que pereza, que a primera vista pudiera parecer, desaliento.
¿Desaliento porqué? Llegado a la vacuidad, el vacío, que no puede ser sino indiferencia, no entraba en pensamientos de frustración sino antes bien en una extraña y hasta jubilosa serenidad. Simplemente, no tenía nada que escribir, y ante la realidad de que este blog recibe visitas que se han ido espaciando con el tiempo, porque los posts se han ido espaciando, sentía solamente un cierto sentimiento de vergüenza, negándose a abandonar esa cordial rutina del conocimiento de gentes amables. Venía a resumir que esa era la naturaleza del desaliento, el abandono de amigos, el faltar a la cita. no solamente el dejar de recibir visita sino también el no acudir a ellos en sus sitios. Pero más grave sería, pensaba, acudir a una cita acordada sin los deberes hechos, sin las palabras preparadas, las frases dispuestas y lo más importante, las ideas concebidas. Pero, frente a esta situación que le contrariaba, aparecía, sí, una jubilosa sensación de libertad que podría resumirse en un sentimiento: por primera vez en muchos tiempo no tenía nada que decir, y por encima de todo: esto no era importante.
Un viejo conocido, sentencioso y de parsimonioso hablar, con la arrogancia a cuestas del que tantas cosas sabe o de tantas opina, solía decirle a menudo que cuanto más envejecía, más entendía las cosas (dicho así: en plural y con aspiración de Todo) y mejor se acomodaba al conocimiento de ellas. En una terraza de Piazza Nabona, un día gélido de enero, al mediodía, tomando una copa de vino blanco le dijo de repente que las sociedades avanzadas habían llegado al fin a la conclusión de que historia y filosofía habían alcanzado su destino total y ya poco quedaba por escribirse ante el futuro, ni siquiera este sería escribible sino a través de una sentencia repetida en el tiempo, colocada sobre el quicio de la curiosidad: "a partir de aquí todo es repetición" Bien podía ser, se dijo el Hombre del Prado, aún cuando tenía la impresión de haber leído en otros de antes, preocupados al fin por lo mismo, la misma intuición. Todo es repetición, de hoy en adelante.
Hace solamente unos días, visitando una librería recién abierta en un centro comercial, topó en un bien provisto rincón de filosofía y sociología con cuatro o cinco volúmenes de Cioran. Pensó en regalarle uno a David, ahora que parece que le preocupan, con moderado interés, estas cosas y escogió entre todos el más sencillo tal vez, para adentrarse en el escritor rumano, un resumen de varios textos, apenas 175 páginas, prologadas por Savater: Adiós a la filosofía y otros textos. Por Cioran siente desde hace años un afecto amigable y una admiración silenciosa. Siente debilidad por la lucidez apasionada y eso es lo que le parece el rumano, un lúcido rebosante de pasión. Es la misma impresión que siente frente a Camus; tiene la impresión que se trata de escritores que al leerlos están allí y son ellos en persona los que, palabra a palabra, no teorizan una clase sino que emiten una opinión con el fervor de los desolados. ¿Desolados porqué?, se pregunta cuando le sucede, y debe reconocer que no lo sabe; tal vez adivine en las líneas que lee una desolación que es más bien personal del lector. Y aún a sí, aceptado el hecho, convendría preguntarse a uno mismo: ¿Desolación? ¿Porqué?
Lo cierto es que al llegar a casa abrió el libro para darle una mirada superficial y al poco estaba embebido en él, marcando líneas, anotando en las páginas de respeto, como es su costumbre, cuanto le llama la atención, a modo de apuntes. Releer, siempre lo ha dicho, es una forma de leer de nuevo, de partir de cero, de ser de nuevo él con el libro, como si se tratara de dos desconocidos, apenas presentados en un tiempo anterior. De cuanto allí estaba escrito (Breviario de Podredumbre) poco recordaba, o nada, salvo que lo leído anteriormente debía haber servido para crear en él la imagen del escritor y para dotarle de un mayor escepticismo frente a la fe anterior en cualquier cosa.
Leyó:
El abismo de dos mundos incomunicables se abre entre el hombre que tiene el sentimiento de la muerte y el que no lo tiene; sin embargo, los dos mueren; pero uno ignora su muerte, el otro la sabe; el uno no muere más que un instante, el otro no cesa de morir... Su condición común les coloca precisamente en las antípodas el uno del otro; en los dos extremos y en el interior de una misma definición; inconciliables sufren el mismo destino... El uno vive como si fuera eterno: el otro piensa continuamente su eternidad y la niega en cada pensamiento.
No fue esta lectura la que cerró el círculo en que venía tratando de aprender algo sobre el todo., pero si acomodó una especie de clave, un mecanismo de relojería que hizo clic y puso en marcha, no una maquinaría compleja hecha de pensamientos y de certezas, sino una simple rueda que giraba en el vacío. Estaba en el jardín y amenazaba lluvia y amaba aquel momento de manera entrañable, aquella improvisación hojeando un libro que había comprado con otro destino que el leerlo, era para regalar. En la vida, los instantes tienen, en su fugacidad, un calado providencial. Pensando después en el momento aquel vino a bromear consigo mismo, comparando aquella experiencia de la lectura del párrafo con la luz que tira a Saulo del caballo. Sintió que había atravesado el desierto, que era otro hombre en otra vida, y las palabras, las frágiles palabras que dan cuerpo a las certidumbres se disolvieron en el aire como volutas de humo. Nada importa, pensó después, el saber bien poco acerca de todo, o de casi todo. ¿A que responder al famoso quiensoy-dedondevengo-dondevoy? La vida carece de objetivo, ningún destino la contiene, ¿a santo de que enaltecerla tanto? "como si la materia fuera un escándalo en el seno de la nada" escribe Cioran. Un físico de quien no recuerda el nombre dijo en cierta ocasión que la vida no era sino una propiedad de la materia. Cioran afirma que cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos. Nada es más relativo que la necesidad de creer.
Rompió a llover torrencialmente y caminó para refugiarse en la casa. Sentía la camisa mojada sobre la piel como un baño bautismal, una especie de retorno a la pila purificadora. Guardó la sensación para sí sabiéndole un significado. Fue por entonces cuando entendió la vacuidad y su importancia. El goce de la vida y el sentimiento de la muerte, íntimamente uno, la misma cosa al fin; la única posibilidad de percibir el progreso es vivir hacia la muerte, o vivir muriendo. Uno solo consigo, ignorante por haber querido saber, por haberlo intentado, siente a las aguas de la lluvia como un baño original y querría volverse a los dioses allá arriba y pedirles la devolución de todos sus pecados.
jueves, abril 24, 2008
Conversaciones con Conrado (3)





La primera ardilla, descarada, confiada en la distancia de unos quince metros, curiosa, elegante con su mancha blanca en el pecho, ha salido con el primer sol primaveral que ha alcanzado al prado. El encuentro se produce durante el paseo matutino: Goyerri, desentendiéndose de él: es celoso de cualquier animal por el cual el hombre del Prado sienta curiosidad, ya no ladra y muestra hostilidad, sino que harto y displicente, toma el camino de la casa y vuelve a ella. Allá el dueño con sus tonterías, debe pensar.
El encuentro en el bosque entre el hombre y la ardilla produce asombro y en él el ser humano encuentra la mejor manera de comprenderse naturaleza y de comprenderla. Ardilla y Hombre del Prado han estado unos minutos mirándose con atención. Ella ha permitido ser fotografiada, ascendiendo lentamente por el tronco de un pino grande y bello, que gracias al ágil movimiento del animalillo ha pasado de ser anónimo a convertirse en "el pino por que el que sube la ardilla" y luego en el recuerdo "el pino por el que subió la ardilla". Así las cosas que son solamente cosas pierden el anonimato y se convierten en entidades propias.
Cada paso del Hombre del Prado hacia el animal se correspondía con un precavido ascenso de ella por el tronco del árbol, pequeño ascenso, mínimo recular. Se diría que era antes una gesto corporal de reacción, un decir "ni un paso o me marcho" sin marcharse: es conveniente en las cosas de la vida tomar distancias precavidas, y más que tomarlas, mostrar la disposición a hacerlo. En su época profesional, el hombre del Prado había trabajado en programas de comunicación gestual, neuro linguística. Se trataba entonces de dotar a los equipos comerciales del conocimiento del gesto necesario para promover una atmósfera de confianza. Ante esta ardilla, se trata simplemente de no avanzar sino es un paso, de dejarla que ella tome su distancia, de envolverla y envolverse en una atmósfera que no es todavía de confianza, que para eso harían falta nueces, avellanas o piñones y más tiempo, mucho más tiempo.
Le sorprende esa mancha elegante, como de frac, que ostenta el animalillo en el pecho. Mientras tira varias fotografías, no demasiadas, porque el acto de ver por el visor impide la contemplación del claro del bosque. Ahí estás tú, le dice mentalmente el Hombre del Prado y aquí estoy, de pie los dos, el uno frente al otro, y no reconocemos en nuestro ánimo, que es el alma del gesto, ninguna hostilidad. Y así podríamos estar todo el día, reconociéndonos. Sería, piensa, el principio de una amistad que al igual que las que en la vida cotidiana se producen entre los hombres, empieza por verse, detenerse, acercarse, mantener la distancia y encontrar al fin el espacio común.
Al cabo abandonará el claro y la ardilla seguirá su ascenso, esta vez ya veloz, perdido el interés, hacia la copa del pino que ha de acogerla. Pero suenan unas voces y la ardilla sube corriendo a su refugio, o mejor, huye trepando hasta lo inalcanzable. El Hombre del Prado se vuelve...
Los hechos se encadenan, son hijos los unos de los otros simplemente porque en un momento casual el hilo conductor de una vida los pone en contacto. Por la mañana, ha llamado a Conrado para ir a verlo y le han dicho que está dormido, que no se puede poner al teléfono. C... ha sido al fin más explícita: ya no habla casi, y está sedado. Ya no están en el hospital, sino en casa. Ya solo es espera. Iba a ir a verlo y ha optado por no hacerlo: crueldad innecesaria, piensa, ir a ver a quien no puede verte. Esa situación la ha vivido, la escribe en su libro al que ha decidido titular, por el momento "Los Jardines sombríos" y mientras lo hacía sentía esa extrañeza del hombre vivo ante el inconsciente que agoniza. Quien escribe esto no puede menos que transcribir un párrafo:El anciano ha sobrepasado los noventa años y parece un cadáver en su inmovilidad, si no fuera por un aliento imperceptible, sin sonido, tanto que hay que acercar el oído a la boca entreabierta para creer oír algo, y aún así piensa si no será sugestión. Respira. ¿Lo oyes? Si, es el alma que sale. Lleva así varios meses. Pero ¿la oyes? No, la percibe como cosa de la imaginación. Tal vez, dice, sea una especie de susurro que creemos adivinar. Le ponen un espejo frente a la nariz y lo empaña: así saben que vive. Lo hacen varias veces al día tratando de que la próxima muerte que esperan no les sorprenda a traición. El único vestigio de vida es una ligera veladura sobre el metal pulido.
Ha decidido ir al bosque a pasear con Goyerri dejando al viejo amigo en su inconsciencia. No hay compañía ni consuelo posible para quien ya no la requiere; piensa así y no se siente culpable. Deberíamos tener otra clase de muerte, o lo piensa Ático, el personaje central de su novela y no puede evitar traer otro párrafo de ella, tomado de una narración de Plinio.La Naturaleza tiene sus reglas, su propia mecánica, su poderoso orden y su fatal desorden: apacible hasta que llega el rayo y la dirige en dirección fatal. Todo lo que nace lo es de la muerte; todo lo que muere lo es de la vida. Ático no teme morir: es epicúreo. Un recuerdo se abre paso echando a un lado al moribundo y Ático se recrea en él: el actor
Marco Ofilio Hílaro, que el día de su cumpleaños, después de un gran éxito, cenando entre amigos, fue servido con un caldo caliente y cuando se disponía a beberlo, reparó en la máscara que había llevado en la representación de aquella tarde. Tomándola en su mano la colocó ante sí en la mesa y la coronó con su propia corona triunfal; quedó absorto mirando el rostro de artificio y permaneció en silencio, observándola como si estuviera frente a un espejo y aquello que estaba viendo fuera su imagen reflejada, aquella fuera su risa dibujada en el silencio y su gesto burlón detenido en una mueca; ensimismado, indiferente al jolgorio que le rodeaba, correr del vino, sonido de las risas, rumor de las conversaciones, viendo algo que a él solamente apelaba, pasó un largo rato desapercibido para todos, hasta que su vecino de mesa quiso advertirle que estaría enfriándose el caldo y reparó en que había muerto. 1 Acaso, se decía Ático, el actor se había mirado a sí mismo frente a frente, y en esa imperturbabilidad que era un momento de calma interior, encontraría un reconocimiento ansiado al fin. ¿Será el hombre, llegada la hora de morir, una máscara, un artificio construido a lo largo de la vida, que esconde los rasgos verdaderos, la fisonomía del alma? ¿Será posible reconocerse en ella? ¿Había sido un hecho casual, o por el contrario un acto de la voluntad que le había de hacer dueño de su final cual si se tratara del de la representación, desapareciendo el actor entre el aplauso del público? Máscara y actor habrían construido un solo personaje a lo largo de una vida llena de éxito y un solo papel por interpretar; llegado el final se reconocerían para fundirse en uno solo. El actor cómico había representado una tragedia en su actuación última, de tan gran seriedad que ante la incomprensión de todos acababa por provocar las risas, lo que estaba en la naturaleza de su representación y de su vida: al fin había sido un cómico dedicado a hacer reír. Aquella muerte llena de dignidad era la que Ático deseaba para sí.
Las voces que han irrumpido en el claro. Vuelve al bosque y a la ardilla, porque en esta reflexión que abarca desde su amigo hasta aquello que está escribiendo o construyendo desde hace años, le han sorprendido unas voces. "Quin pí mésmaco" ha dicho ella y él "Si que ho es, i gran." La pareja que aparece entre los árboles y ha expulsado sin querer ni saber a la ardilla de su encuentro con el Hombre del Prado, viste ropa deportiva, calzado de montaña. Él lleva una mochila al hombro y ella, detalle de cierto surrealismo, una enorme maceta de terracota con un geranio rojo. ¿Se puede ir al bosque con un geranio?, piensa el Hombre del Prado. ¿Lo sacarán a pasear? Está molesto con ellos porque han roto con el encuentro que estaba manteniendo y que nunca se habrá de repetir. Se vuelve a los intrusos en el claro y les dice: "heu espantat el meu esquirol". Al escribir esta escena, le parece que está ante una escena de El Pequeño Príncipe y eso le hace sonreír, dejar de escribir durante unos momentos, cargar la pipa con de hebra suelta y encenderla. Nada inventa, nunca se inventa cuando se escribe aunque sea solamente porque basta pensar algo para que ya sea. La pareja, de edad avanzada, que luego le explicará que están en La Casona pasando quince días, se detiene ante él. Hi había un esquirol?" pregunta el hombre y ante la afirmación del Hombre del Prado, se vuelve a la mujer y le dice: "Mercé, hi había un esquirol" y ella "Un esquirol? On? On?" Les señala la copa del pino, seguro de que la ardilla ya se habrá trasladado a otro. "Quina pena, dice él, l'hem asustat?" Si, contesta el hombre del Prado, pero no tiene importancia. Es justamente lo que pasa en el bosque y en la vida, en las relaciones entre los seres humanos y en general entre todas las cosas: asombro, curiosidad, sentimiento de peligro, huida. Cuan difícil es sostenerse frente a esa repetición de situaciones, piensa, y también que todo se reduce, si uno quiere mantener la inocencia, a sostener la timidez para no acercarse demasiado a nada, practicar una cierta y cordial ajenidad.
Al cabo de un rato de conversación se han despedido. Les ha explicado el bosque, los senderos por los que volver a La Casona, las fuentes más cercanas para disfrutar de un agua que baja ahora torrencial, hija de las lluvias caídas que han cesado. Se da cuenta perplejo de que nada les ha extrañado que esa conversación la mantengan en catalán, cuando ha sido el azar el que los ha reunido en un bosque segoviano. Quizás no han reparado y cuando piensa en ella cree que es como la ardilla, cuando todo encuentro es natural y no caben previas identificaciones.
Al volver a casa piensa en Conrado y escribe esta última conversación él.
miércoles, abril 16, 2008
Esperando a Wittgenstein
Conviene, piensa, tomarse la vida con calma y aceptar que existe una inactividad natural que tiene que ver con eso que llama Lucrecio "las brisas de la vida". Mientras observa con atención que las semillas broten en las bandejas que están en el interior del invernadero, donde va cada mañana a verlas y escruta la superficie para ver con emoción como van apareciendo débiles y pálidos tallos retorcidos, doblados sobre si como si solamente pudieran abrir la tierra con la fuerza de su espalda, lleva en el bolsillo el libro de aforismos de Wittgenstein, que ha decidido ponerse a leer siguiendo la recomendación de Sádaba, el prologuista, que asegura que es mejor leerlo de corrido a andar saltando de un párrafo a otro.
"Serás rey si cumples la ley" canturreaban los niños romanos en las calles, durante la República, jugando a lo mismo que juegan los niños cuando tienen calles para jugar. Corren y señalan a uno que ha de pillar a los demás, sacándolos de sus escondites y haciéndolos prisioneros, a riesgo de que uno de ellos, escapándose, llegue a la cárcel y salve a los demás. "Serás rey si cumples la Ley" canturrean con una extraña sabiduría que pone en su boca Horacio mientras los niños de la infancia del Hombre del Prado jugaban a Indios y Vaqueros.
Ayer por la tarde, por el día en que esto se escribe, el Hombre del Prado cogió su coche y bajó a Madrid para asistir a una conferencia de Castellet sobre Pla. No pudieron llegar, que le acompañaba Ana. Imposible dejar el coche en los aparcamientos en cuyas entradas hacían paciente cola los coches que habían llegado primero; cada vez, en busca de un lugar de reposo, se encontraba más alejado del lugar de conferencia y debía buscar un atajo para volver. Parecía una metáfora de la vida, comentaba con Ana, cada vez más lejos del destino, cada vez más imposibilitado a volver. Madrid era un caos, que es lo que es la vida y reflejaba el segundo principio de la Termodinámica con absoluta precisión: la evolución en un sistema cerrado tiende a la entropía, es decir, al desorden. Recuerda como tuvo una pequeña compañía que quebró a la que llamó Paradigmas, y que tenía un eslogan: del caos a la eficacia. Siempre le preguntaban la razón de ese expresión, ¿porqué no al orden. Del caos al orden es lo antinatural, contestaba, es la asunción del principio jerárquico; el caos convertido en orden deja de ser vivificante. Lo que cabe encontrar en el caos es el principio de la eficacia que permite a cada cual sobrevivir.
Un aforismo de Wittgenstein le llama la atención, no ha hecho caso a Sádaba y ha leído al azar: una confesión debe ser parte de la nueva vida, (99). No se lee sino es más que para encontrarse, a sí, a uno mismo. Ninguna lectura es ajena, ¿quien podría? Todos los post que ha escrito en los últimos dos años no son sino una confesión pública hecha a si mismo: lo llamó deconstrucción por llamarlo de alguna manera, con falta de rigor seguramente, pero las palabras son abiertas, herramientas para múltiples usos. ¿No es el lenguaje la manera en que uno expresa su propia pintura de la realidad?
Durante diez días ha estado esperando que llegue la inspiración para escribir el post que ahora escribe. La inspiración es también hija de la fatiga, de tal manera que ya no se trata de escribir volcando todo cuanto brota, porque brota poco: es la sequía que parece que lo anega todo. En su vida queda poco que escribir, por el momento, piensa esperanzado. No sabe si desea que vuelva a brotar el manantial, o si por el contrario espera que todo quede así, con menos palabras cada día, enmudeciendo consciente de que tiene poco que decir, o que decirse -pues a si mismo a quien se dirige- y conviene dejar los folios en blanco. Uno no puede andar pensando que todo es autobiografía cuando se pone ante el teclado. Hace dos días alguien le preguntó, acerca de su blog, ¿porqué no escribes de la actualidad? ¿Porqué no de política? Porque no quiere, ha dejado ser un hombre político, en el sentido que da la modernidad a este adjetivo. Ahora, al cabo de los años, acepta sin vergüenza alguna que la política es cosa de otros. Ninguna de sus opiniones tendrá el menor valor del ejemplo, la fuerza de la convicción. Presume de estar al margen. ¿No es eso justamente El Bosque?
Cuando siente que obligación e inspiración unen sus destinos, se sienta ante el teclado pensando en escribir acerca del vacío. Un cierto orientalismo pesimista le ha inundado, de un tiempo acá. Desde que acabó el proceso de deconstrucción en que se metió de lleno y limpio el ánimo de cascotes, la vocación de escribir se ha quedado reducida a un terreno baldío. Cabe reconocer, debe hacerlo, que en el fondo de todo ha quedado un objeto sin forma, como si se tratara de algo perdido en el amontonamiento de certezas dejadas de lado, que repentinamente aparece entre tanta antigualla desechada, y permanece en el lugar en que siempre debió estar esperando: su naruraleza es estar ahí. La religión en suma, pues ese es el objeto, es la raíz de lo humano y no una teoría más, escribe Sádaba en el prólogo citado. Añade el Hombre del Prado que se trata de una religión sin creencia: es la creencia lo que convierte a la religión en un absurdo, la instrumentaliza. Está pues llegando al carácter del vacío que le llena y que tiene, por encima de todo, un componente: el asombro.
Serás rey si cumples la ley canturrean los niños de una Roma perdida y entiende que la cancioncilla que olvidó su música resume todo principio político del que podría hablar. Más allá es incapaz de decir o escribir nada. Ha llegado el tiempo, se dice, el tiempo de uno, de sentir sin creer, o de sentir y no creer. Como las semillas que se convierten en tallos que emergen de tierra con la espalda doblada para no romperse, en el enorme esfuerzo de abrir la tierra, debe asomarse uno a la superficie. Recuerda, al escribir esto, la magnífica perspectiva del David de mármol, alzado sobre sus poderosas piernas, al final de una larga galería en la que los Esclavos, alineados a ambos lados del corredor, rompen la piedra que los encierra y asoman potentes de la roca cerrada: débiles tallos armados por la constancia que es la vida. ¿O no es constancia la vida? Tal vez esa palabra la resuma, principalmente esa palabra.
El libro de Wittgenstein le espera, pero al acabar de escribir este post, irá al invernadero. Tiene cosas que hacer.
martes, abril 08, 2008
Conversaciones con Conrado (I)
¿Es este un mundo hermoso? ¿Hermoso o bello? Debe de serlo, está bien claro, ya que estamos en él y somos su pupila. Hay que explicarlo varias veces para que quien te escucha desde el lecho consiga entenderlo. Nosotros damos significado a todo. Es esa una nueva dimensión, no por novedosa para los demás, sino para el Hombre del Bosque, y en ese sentido impone su uso. ¿Nosotros damos significado a todo? La belleza en sí es una medida que alcanzamos a comprender porque estamos inmersos en ella; solamente nosotros podemos percibirla. ¿Que haría Goyerri ante una pintura de Vermer? ¿Y tú? Solo un bruto puede destruir lo que es bello, o un no humano. Quien alcanza la inhumanidad es un traidor a si mismo, un desertor y su afán será destructor. Pensemos en Camboya y en polo Pot y sus cómplices. O en Pinochet. Está claro que este toca de cerca al hombre que está en el lecho. En la proximidad de cada ser humano hay un inhumano acechando; incluso está en uno mismo.
En lo alto del llano andino una herida en el brazo parecía incurable y curó. Ha pensando que tal vez, una magia exterior, una ciencia que se nos escapa. ¿Cómo no van a existir otras inteligencias? ¿Y si las inteligencias, amigo mío, fueran de otra manera? ¿Otra? Otra manera de ser inteligencia, que no se puede describir, que nunca podrá alcanzar una comunicación? La inteligencia de la piedra, de serlo, podría ser tan hermética para nosotros como la nuestra para ella y al fin solamente la caricia del reconocimiento, la búsqueda de la forma. ¿Que le importa la forma a la piedra?
Insiste: hubo un tiempo en que este brazo no podía pintar y los médicos dijeron que estaba perdido. Nada se hizo y curó. ¿porqué? La magia, esa no es ni siquiera respuesta, pero flota y cuando se emite lo es veladamente, está en cada uno. ¿Que hay detrás de una sonrisa que nos regala al pasar alguien? Conviene conocer el código para interpretar, el código de cada uno. Yo nunca he ido a un psicólogo, o a un psiquiatra. ¿Para qué? El nivel del azúcar es estable y la enfermera sonríe con encanto. La luz entra a raudales, la luz de una ciudad establecida en la meseta, páramo abierto que no puede sino educar a espíritus abiertos a todos los horizontes. Los países pequeños, entre cordilleras y sierras, tienen mucho interés en los límites y poca curiosidad por los más allá. ¿Más allá de donde? De la línea del horizonte, donde parece que nada existe sino es el cielo azul y las nubes que vienen. ¿De donde vienen? Está claro que en el altiplano andino se curó el brazo que quedó liberado para expresar la mirada del pintor, de una manera inexplicable. Los médicos me dijeron que no tenía sentido, que estaba perdido irremisiblemente. ¿Y que crees? Que fueron otros seres de otros lugares. La belleza estable, transeúnte, salvo el brazo para la mirada. Míralo así. ¿Y porque no de otra manera? ¿Y porque no?
¿Y quien habla de Dios? No el Hombre del Prado que está bien seguro de ser una parte de la Naturaleza, como lo es una mata de romero en la linde del bosque. También parte de la belleza que está y que pasa, porque pasa el caminante que entrelaza palabras con él. La inhumanidad nace de la ausencia de mirada a través de los ojos. Lo que se ve es lo que es y lo demás son suposiciones. Lo terrible del ser humano es su complejidad. También lo excepcional. Y la senda que asciende a lo sublime. Cuando el vacío se convierte en la única presencia, solamente queda el tiempo y su estancia en él puede resultar desoladora. ¿Quien podría soportarlo? Estamos acabados en nuestra experiencia existencial, sin objetivo. Los hijos, cuarentones, se alejan en el paisaje: pronto solo el cariño y el conocimiento de nombre y apellidos, y los recuerdos. ¿Y quien habla de Dios? LO niega desde el lecho, no cree en Dios, el dios de la mayúscula, pero entonces, ¿en qué? Creer es una trampa sin destino cuando uno se diluye en el tiempo corto de la muerte o el largo tiempo de la supervivencia.
Por eso vuelve a la experiencia andina y a su necesidad de otras inteligencias extrañas cargadas de compasión: seres piadosos de nosotros, humanos en la tierra. Somos energía, ¿verdad? Pero la energía no tiene inteligencia, conciencia, capacidad de discernir, conocimiento de sí misma, sentimiento o emoción. La energía nace de la ira o del amor, pero es ciega. ¿Que importa pues ser energía. Somos lo que somos. En el Talmud se lee que nadie puede escapar a lo que es. Pero ¿que es? ¿Cómo saberlo? Reduciendo la comprensión de la medida infinita. Quien trabaja la tierra encerrado en el huerto es lo que es sino cree ser nada más? Es una metáfora, naturalmente, pero hay que trasladarla a los límites, cuanto más pequeños más comprensibles. Uno está abocado a su existir: la ambición competitiva derrumba las cercas. Yo soy el rey sobre todos los reyes, se lee en el Prólogo del Código de Hammurabi. Nunca se ha escrito, nunca, una mayor suma de vanidades, veintidós párrafos distribuidos en cinco columnas, al cabo de la cuales establece una sentencia: "Por consiguiente he decretado". Es el inicio de la Ley que no viene de un dios sino del secuestro de su presencia. Quien quiera conocer la soberbia que se moleste en leerlo. En el Libro de los Muertos, cabe detenerse en las dos primeras sentencias de la Declaración de Inocencia ante el Gran Dios que hace el hombre, aspirante a entrar en la morada: 1 "No cometí iniquidad contra los hombres" 2 "No maltraté a las gentes". Quien quiera conocer la humildad de lo humano que lea esta declaración.
Al volver a casa, el jardín tratando de salir del invierno, recuerda al Hombre del Prado todo lo que queda por hacer para evitar el vacío.



