jueves, abril 24, 2008

Conversaciones con Conrado (3)






La primera ardilla, descarada, confiada en la distancia de unos quince metros, curiosa, elegante con su mancha blanca en el pecho, ha salido con el primer sol primaveral que ha alcanzado al prado. El encuentro se produce durante el paseo matutino: Goyerri, desentendiéndose de él: es celoso de cualquier animal por el cual el hombre del Prado sienta curiosidad, ya no ladra y muestra hostilidad, sino que harto y displicente, toma el camino de la casa y vuelve a ella. Allá el dueño con sus tonterías, debe pensar.

El encuentro en el bosque entre el hombre y la ardilla produce asombro y en él el ser humano encuentra la mejor manera de comprenderse naturaleza y de comprenderla. Ardilla y Hombre del Prado han estado unos minutos mirándose con atención. Ella ha permitido ser fotografiada, ascendiendo lentamente por el tronco de un pino grande y bello, que gracias al ágil movimiento del animalillo ha pasado de ser anónimo a convertirse en "el pino por que el que sube la ardilla" y luego en el recuerdo "el pino por el que subió la ardilla". Así las cosas que son solamente cosas pierden el anonimato y se convierten en entidades propias.

Cada paso del Hombre del Prado hacia el animal se correspondía con un precavido ascenso de ella por el tronco del árbol, pequeño ascenso, mínimo recular. Se diría que era antes una gesto corporal de reacción, un decir "ni un paso o me marcho" sin marcharse: es conveniente en las cosas de la vida tomar distancias precavidas, y más que tomarlas, mostrar la disposición a hacerlo. En su época profesional, el hombre del Prado había trabajado en programas de comunicación gestual, neuro linguística. Se trataba entonces de dotar a los equipos comerciales del conocimiento del gesto necesario para promover una atmósfera de confianza. Ante esta ardilla, se trata simplemente de no avanzar sino es un paso, de dejarla que ella tome su distancia, de envolverla y envolverse en una atmósfera que no es todavía de confianza, que para eso harían falta nueces, avellanas o piñones y más tiempo, mucho más tiempo.

Le sorprende esa mancha elegante, como de frac, que ostenta el animalillo en el pecho. Mientras tira varias fotografías, no demasiadas, porque el acto de ver por el visor impide la contemplación del claro del bosque. Ahí estás tú, le dice mentalmente el Hombre del Prado y aquí estoy, de pie los dos, el uno frente al otro, y no reconocemos en nuestro ánimo, que es el alma del gesto, ninguna hostilidad. Y así podríamos estar todo el día, reconociéndonos. Sería, piensa, el principio de una amistad que al igual que las que en la vida cotidiana se producen entre los hombres, empieza por verse, detenerse, acercarse, mantener la distancia y encontrar al fin el espacio común.

Al cabo abandonará el claro y la ardilla seguirá su ascenso, esta vez ya veloz, perdido el interés, hacia la copa del pino que ha de acogerla. Pero suenan unas voces y la ardilla sube corriendo a su refugio, o mejor, huye trepando hasta lo inalcanzable. El Hombre del Prado se vuelve...

Los hechos se encadenan, son hijos los unos de los otros simplemente porque en un momento casual el hilo conductor de una vida los pone en contacto. Por la mañana, ha llamado a Conrado para ir a verlo y le han dicho que está dormido, que no se puede poner al teléfono. C... ha sido al fin más explícita: ya no habla casi, y está sedado. Ya no están en el hospital, sino en casa. Ya solo es espera. Iba a ir a verlo y ha optado por no hacerlo: crueldad innecesaria, piensa, ir a ver a quien no puede verte. Esa situación la ha vivido, la escribe en su libro al que ha decidido titular, por el momento "Los Jardines sombríos" y mientras lo hacía sentía esa extrañeza del hombre vivo ante el inconsciente que agoniza. Quien escribe esto no puede menos que transcribir un párrafo:

El anciano ha sobrepasado los noventa años y parece un cadáver en su inmovilidad, si no fuera por un aliento imperceptible, sin sonido, tanto que hay que acercar el oído a la boca entreabierta para creer oír algo, y aún así piensa si no será sugestión. Respira. ¿Lo oyes? Si, es el alma que sale. Lleva así varios meses. Pero ¿la oyes? No, la percibe como cosa de la imaginación. Tal vez, dice, sea una especie de susurro que creemos adivinar. Le ponen un espejo frente a la nariz y lo empaña: así saben que vive. Lo hacen varias veces al día tratando de que la próxima muerte que esperan no les sorprenda a traición. El único vestigio de vida es una ligera veladura sobre el metal pulido.


Ha decidido ir al bosque a pasear con Goyerri dejando al viejo amigo en su inconsciencia. No hay compañía ni consuelo posible para quien ya no la requiere; piensa así y no se siente culpable. Deberíamos tener otra clase de muerte, o lo piensa Ático, el personaje central de su novela y no puede evitar traer otro párrafo de ella, tomado de una narración de Plinio.

La Naturaleza tiene sus reglas, su propia mecánica, su poderoso orden y su fatal desorden: apacible hasta que llega el rayo y la dirige en dirección fatal. Todo lo que nace lo es de la muerte; todo lo que muere lo es de la vida. Ático no teme morir: es epicúreo. Un recuerdo se abre paso echando a un lado al moribundo y Ático se recrea en él: el actor

Marco Ofilio Hílaro, que el día de su cumpleaños, después de un gran éxito, cenando entre amigos, fue servido con un caldo caliente y cuando se disponía a beberlo, reparó en la máscara que había llevado en la representación de aquella tarde. Tomándola en su mano la colocó ante sí en la mesa y la coronó con su propia corona triunfal; quedó absorto mirando el rostro de artificio y permaneció en silencio, observándola como si estuviera frente a un espejo y aquello que estaba viendo fuera su imagen reflejada, aquella fuera su risa dibujada en el silencio y su gesto burlón detenido en una mueca; ensimismado, indiferente al jolgorio que le rodeaba, correr del vino, sonido de las risas, rumor de las conversaciones, viendo algo que a él solamente apelaba, pasó un largo rato desapercibido para todos, hasta que su vecino de mesa quiso advertirle que estaría enfriándose el caldo y reparó en que había muerto. 1 Acaso, se decía Ático, el actor se había mirado a sí mismo frente a frente, y en esa imperturbabilidad que era un momento de calma interior, encontraría un reconocimiento ansiado al fin. ¿Será el hombre, llegada la hora de morir, una máscara, un artificio construido a lo largo de la vida, que esconde los rasgos verdaderos, la fisonomía del alma? ¿Será posible reconocerse en ella? ¿Había sido un hecho casual, o por el contrario un acto de la voluntad que le había de hacer dueño de su final cual si se tratara del de la representación, desapareciendo el actor entre el aplauso del público? Máscara y actor habrían construido un solo personaje a lo largo de una vida llena de éxito y un solo papel por interpretar; llegado el final se reconocerían para fundirse en uno solo. El actor cómico había representado una tragedia en su actuación última, de tan gran seriedad que ante la incomprensión de todos acababa por provocar las risas, lo que estaba en la naturaleza de su representación y de su vida: al fin había sido un cómico dedicado a hacer reír. Aquella muerte llena de dignidad era la que Ático deseaba para sí.


Las voces que han irrumpido en el claro. Vuelve al bosque y a la ardilla, porque en esta reflexión que abarca desde su amigo hasta aquello que está escribiendo o construyendo desde hace años, le han sorprendido unas voces. "Quin pí mésmaco" ha dicho ella y él "Si que ho es, i gran." La pareja que aparece entre los árboles y ha expulsado sin querer ni saber a la ardilla de su encuentro con el Hombre del Prado, viste ropa deportiva, calzado de montaña. Él lleva una mochila al hombro y ella, detalle de cierto surrealismo, una enorme maceta de terracota con un geranio rojo. ¿Se puede ir al bosque con un geranio?, piensa el Hombre del Prado. ¿Lo sacarán a pasear? Está molesto con ellos porque han roto con el encuentro que estaba manteniendo y que nunca se habrá de repetir. Se vuelve a los intrusos en el claro y les dice: "heu espantat el meu esquirol". Al escribir esta escena, le parece que está ante una escena de El Pequeño Príncipe y eso le hace sonreír, dejar de escribir durante unos momentos, cargar la pipa con de hebra suelta y encenderla. Nada inventa, nunca se inventa cuando se escribe aunque sea solamente porque basta pensar algo para que ya sea. La pareja, de edad avanzada, que luego le explicará que están en La Casona pasando quince días, se detiene ante él. Hi había un esquirol?" pregunta el hombre y ante la afirmación del Hombre del Prado, se vuelve a la mujer y le dice: "Mercé, hi había un esquirol" y ella "Un esquirol? On? On?" Les señala la copa del pino, seguro de que la ardilla ya se habrá trasladado a otro. "Quina pena, dice él, l'hem asustat?" Si, contesta el hombre del Prado, pero no tiene importancia. Es justamente lo que pasa en el bosque y en la vida, en las relaciones entre los seres humanos y en general entre todas las cosas: asombro, curiosidad, sentimiento de peligro, huida. Cuan difícil es sostenerse frente a esa repetición de situaciones, piensa, y también que todo se reduce, si uno quiere mantener la inocencia, a sostener la timidez para no acercarse demasiado a nada, practicar una cierta y cordial ajenidad.

Al cabo de un rato de conversación se han despedido. Les ha explicado el bosque, los senderos por los que volver a La Casona, las fuentes más cercanas para disfrutar de un agua que baja ahora torrencial, hija de las lluvias caídas que han cesado. Se da cuenta perplejo de que nada les ha extrañado que esa conversación la mantengan en catalán, cuando ha sido el azar el que los ha reunido en un bosque segoviano. Quizás no han reparado y cuando piensa en ella cree que es como la ardilla, cuando todo encuentro es natural y no caben previas identificaciones.

Al volver a casa piensa en Conrado y escribe esta última conversación él.



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miércoles, abril 16, 2008

Esperando a Wittgenstein

Primavera que asoma no lo es todavía. El sol es balsámico después de días de lluvia. El suelo está empapado. Ha habido que volver a meter los geranios en el invernadero, porque las temperaturas, demasiado bajas todavía después de una falsa sensación de bonanza, amenazaban con mustiarlos.

Conviene, piensa, tomarse la vida con calma y aceptar que existe una inactividad natural que tiene que ver con eso que llama Lucrecio "las brisas de la vida". Mientras observa con atención que las semillas broten en las bandejas que están en el interior del invernadero, donde va cada mañana a verlas y escruta la superficie para ver con emoción como van apareciendo débiles y pálidos tallos retorcidos, doblados sobre si como si solamente pudieran abrir la tierra con la fuerza de su espalda, lleva en el bolsillo el libro de aforismos de Wittgenstein, que ha decidido ponerse a leer siguiendo la recomendación de Sádaba, el prologuista, que asegura que es mejor leerlo de corrido a andar saltando de un párrafo a otro.

"Serás rey si cumples la ley" canturreaban los niños romanos en las calles, durante la República, jugando a lo mismo que juegan los niños cuando tienen calles para jugar. Corren y señalan a uno que ha de pillar a los demás, sacándolos de sus escondites y haciéndolos prisioneros, a riesgo de que uno de ellos, escapándose, llegue a la cárcel y salve a los demás. "Serás rey si cumples la Ley" canturrean con una extraña sabiduría que pone en su boca Horacio mientras los niños de la infancia del Hombre del Prado jugaban a Indios y Vaqueros.

Ayer por la tarde, por el día en que esto se escribe, el Hombre del Prado cogió su coche y bajó a Madrid para asistir a una conferencia de Castellet sobre Pla. No pudieron llegar, que le acompañaba Ana. Imposible dejar el coche en los aparcamientos en cuyas entradas hacían paciente cola los coches que habían llegado primero; cada vez, en busca de un lugar de reposo, se encontraba más alejado del lugar de conferencia y debía buscar un atajo para volver. Parecía una metáfora de la vida, comentaba con Ana, cada vez más lejos del destino, cada vez más imposibilitado a volver. Madrid era un caos, que es lo que es la vida y reflejaba el segundo principio de la Termodinámica con absoluta precisión: la evolución en un sistema cerrado tiende a la entropía, es decir, al desorden. Recuerda como tuvo una pequeña compañía que quebró a la que llamó Paradigmas, y que tenía un eslogan: del caos a la eficacia. Siempre le preguntaban la razón de ese expresión, ¿porqué no al orden. Del caos al orden es lo antinatural, contestaba, es la asunción del principio jerárquico; el caos convertido en orden deja de ser vivificante. Lo que cabe encontrar en el caos es el principio de la eficacia que permite a cada cual sobrevivir.

Un aforismo de Wittgenstein le llama la atención, no ha hecho caso a Sádaba y ha leído al azar: una confesión debe ser parte de la nueva vida, (99). No se lee sino es más que para encontrarse, a sí, a uno mismo. Ninguna lectura es ajena, ¿quien podría? Todos los post que ha escrito en los últimos dos años no son sino una confesión pública hecha a si mismo: lo llamó deconstrucción por llamarlo de alguna manera, con falta de rigor seguramente, pero las palabras son abiertas, herramientas para múltiples usos. ¿No es el lenguaje la manera en que uno expresa su propia pintura de la realidad?

Durante diez días ha estado esperando que llegue la inspiración para escribir el post que ahora escribe. La inspiración es también hija de la fatiga, de tal manera que ya no se trata de escribir volcando todo cuanto brota, porque brota poco: es la sequía que parece que lo anega todo. En su vida queda poco que escribir, por el momento, piensa esperanzado. No sabe si desea que vuelva a brotar el manantial, o si por el contrario espera que todo quede así, con menos palabras cada día, enmudeciendo consciente de que tiene poco que decir, o que decirse -pues a si mismo a quien se dirige- y conviene dejar los folios en blanco. Uno no puede andar pensando que todo es autobiografía cuando se pone ante el teclado. Hace dos días alguien le preguntó, acerca de su blog, ¿porqué no escribes de la actualidad? ¿Porqué no de política? Porque no quiere, ha dejado ser un hombre político, en el sentido que da la modernidad a este adjetivo. Ahora, al cabo de los años, acepta sin vergüenza alguna que la política es cosa de otros. Ninguna de sus opiniones tendrá el menor valor del ejemplo, la fuerza de la convicción. Presume de estar al margen. ¿No es eso justamente El Bosque?

Cuando siente que obligación e inspiración unen sus destinos, se sienta ante el teclado pensando en escribir acerca del vacío. Un cierto orientalismo pesimista le ha inundado, de un tiempo acá. Desde que acabó el proceso de deconstrucción en que se metió de lleno y limpio el ánimo de cascotes, la vocación de escribir se ha quedado reducida a un terreno baldío. Cabe reconocer, debe hacerlo, que en el fondo de todo ha quedado un objeto sin forma, como si se tratara de algo perdido en el amontonamiento de certezas dejadas de lado, que repentinamente aparece entre tanta antigualla desechada, y permanece en el lugar en que siempre debió estar esperando: su naruraleza es estar ahí. La religión en suma, pues ese es el objeto, es la raíz de lo humano y no una teoría más, escribe Sádaba en el prólogo citado. Añade el Hombre del Prado que se trata de una religión sin creencia: es la creencia lo que convierte a la religión en un absurdo, la instrumentaliza. Está pues llegando al carácter del vacío que le llena y que tiene, por encima de todo, un componente: el asombro.

Serás rey si cumples la ley canturrean los niños de una Roma perdida y entiende que la cancioncilla que olvidó su música resume todo principio político del que podría hablar. Más allá es incapaz de decir o escribir nada. Ha llegado el tiempo, se dice, el tiempo de uno, de sentir sin creer, o de sentir y no creer. Como las semillas que se convierten en tallos que emergen de tierra con la espalda doblada para no romperse, en el enorme esfuerzo de abrir la tierra, debe asomarse uno a la superficie. Recuerda, al escribir esto, la magnífica perspectiva del David de mármol, alzado sobre sus poderosas piernas, al final de una larga galería en la que los Esclavos, alineados a ambos lados del corredor, rompen la piedra que los encierra y asoman potentes de la roca cerrada: débiles tallos armados por la constancia que es la vida. ¿O no es constancia la vida? Tal vez esa palabra la resuma, principalmente esa palabra.

El libro de Wittgenstein le espera, pero al acabar de escribir este post, irá al invernadero. Tiene cosas que hacer.

martes, abril 08, 2008

Conversaciones con Conrado (I)

Ejercer la cautela, como si al hablar en una cafetería a un grupo de amigos de toda confianza, pudieran alcanzar el valor de nuestras palabras, otros oídos en otras mesas. Ejercer la cautela y sin embargo, no importa: toda palabra es digna de ser oída. Una palabra es un sonido modulado lleno de significaciones, desde las de la incomprensión total que la convierte en aullido hasta aquella que trata de situarla en tiempo, lugar y circunstancias para dar con el exacto sentido. Así es que cabe abrir el espacio sonoro a quien oiga o escuche. ¿Que importa lo que entienden?

¿Es este un mundo hermoso? ¿Hermoso o bello? Debe de serlo, está bien claro, ya que estamos en él y somos su pupila. Hay que explicarlo varias veces para que quien te escucha desde el lecho consiga entenderlo. Nosotros damos significado a todo. Es esa una nueva dimensión, no por novedosa para los demás, sino para el Hombre del Bosque, y en ese sentido impone su uso. ¿Nosotros damos significado a todo? La belleza en sí es una medida que alcanzamos a comprender porque estamos inmersos en ella; solamente nosotros podemos percibirla. ¿Que haría Goyerri ante una pintura de Vermer? ¿Y tú? Solo un bruto puede destruir lo que es bello, o un no humano. Quien alcanza la inhumanidad es un traidor a si mismo, un desertor y su afán será destructor. Pensemos en Camboya y en polo Pot y sus cómplices. O en Pinochet. Está claro que este toca de cerca al hombre que está en el lecho. En la proximidad de cada ser humano hay un inhumano acechando; incluso está en uno mismo.

En lo alto del llano andino una herida en el brazo parecía incurable y curó. Ha pensando que tal vez, una magia exterior, una ciencia que se nos escapa. ¿Cómo no van a existir otras inteligencias? ¿Y si las inteligencias, amigo mío, fueran de otra manera? ¿Otra? Otra manera de ser inteligencia, que no se puede describir, que nunca podrá alcanzar una comunicación? La inteligencia de la piedra, de serlo, podría ser tan hermética para nosotros como la nuestra para ella y al fin solamente la caricia del reconocimiento, la búsqueda de la forma. ¿Que le importa la forma a la piedra?

Insiste: hubo un tiempo en que este brazo no podía pintar y los médicos dijeron que estaba perdido. Nada se hizo y curó. ¿porqué? La magia, esa no es ni siquiera respuesta, pero flota y cuando se emite lo es veladamente, está en cada uno. ¿Que hay detrás de una sonrisa que nos regala al pasar alguien? Conviene conocer el código para interpretar, el código de cada uno. Yo nunca he ido a un psicólogo, o a un psiquiatra. ¿Para qué? El nivel del azúcar es estable y la enfermera sonríe con encanto. La luz entra a raudales, la luz de una ciudad establecida en la meseta, páramo abierto que no puede sino educar a espíritus abiertos a todos los horizontes. Los países pequeños, entre cordilleras y sierras, tienen mucho interés en los límites y poca curiosidad por los más allá. ¿Más allá de donde? De la línea del horizonte, donde parece que nada existe sino es el cielo azul y las nubes que vienen. ¿De donde vienen? Está claro que en el altiplano andino se curó el brazo que quedó liberado para expresar la mirada del pintor, de una manera inexplicable. Los médicos me dijeron que no tenía sentido, que estaba perdido irremisiblemente. ¿Y que crees? Que fueron otros seres de otros lugares. La belleza estable, transeúnte, salvo el brazo para la mirada. Míralo así. ¿Y porque no de otra manera? ¿Y porque no?

¿Y quien habla de Dios? No el Hombre del Prado que está bien seguro de ser una parte de la Naturaleza, como lo es una mata de romero en la linde del bosque. También parte de la belleza que está y que pasa, porque pasa el caminante que entrelaza palabras con él. La inhumanidad nace de la ausencia de mirada a través de los ojos. Lo que se ve es lo que es y lo demás son suposiciones. Lo terrible del ser humano es su complejidad. También lo excepcional. Y la senda que asciende a lo sublime. Cuando el vacío se convierte en la única presencia, solamente queda el tiempo y su estancia en él puede resultar desoladora. ¿Quien podría soportarlo? Estamos acabados en nuestra experiencia existencial, sin objetivo. Los hijos, cuarentones, se alejan en el paisaje: pronto solo el cariño y el conocimiento de nombre y apellidos, y los recuerdos. ¿Y quien habla de Dios? LO niega desde el lecho, no cree en Dios, el dios de la mayúscula, pero entonces, ¿en qué? Creer es una trampa sin destino cuando uno se diluye en el tiempo corto de la muerte o el largo tiempo de la supervivencia.

Por eso vuelve a la experiencia andina y a su necesidad de otras inteligencias extrañas cargadas de compasión: seres piadosos de nosotros, humanos en la tierra. Somos energía, ¿verdad? Pero la energía no tiene inteligencia, conciencia, capacidad de discernir, conocimiento de sí misma, sentimiento o emoción. La energía nace de la ira o del amor, pero es ciega. ¿Que importa pues ser energía. Somos lo que somos. En el Talmud se lee que nadie puede escapar a lo que es. Pero ¿que es? ¿Cómo saberlo? Reduciendo la comprensión de la medida infinita. Quien trabaja la tierra encerrado en el huerto es lo que es sino cree ser nada más? Es una metáfora, naturalmente, pero hay que trasladarla a los límites, cuanto más pequeños más comprensibles. Uno está abocado a su existir: la ambición competitiva derrumba las cercas. Yo soy el rey sobre todos los reyes, se lee en el Prólogo del Código de Hammurabi. Nunca se ha escrito, nunca, una mayor suma de vanidades, veintidós párrafos distribuidos en cinco columnas, al cabo de la cuales establece una sentencia: "Por consiguiente he decretado". Es el inicio de la Ley que no viene de un dios sino del secuestro de su presencia. Quien quiera conocer la soberbia que se moleste en leerlo. En el Libro de los Muertos, cabe detenerse en las dos primeras sentencias de la Declaración de Inocencia ante el Gran Dios que hace el hombre, aspirante a entrar en la morada: 1 "No cometí iniquidad contra los hombres" 2 "No maltraté a las gentes". Quien quiera conocer la humildad de lo humano que lea esta declaración.

Al volver a casa, el jardín tratando de salir del invierno, recuerda al Hombre del Prado todo lo que queda por hacer para evitar el vacío.

jueves, abril 03, 2008

Esta explosión de sol primaveral que sucede a los grises fríos del invierno, mudan el ánimo. Cruzar el bosque por el camino de las pistas de tenis para llegar al pueblo, se convierte en una gozosa aventura, la del encuentro con la primera ardilla. Nuestro hombre camina distraidamente, no sabe bien si guiando a Goyerri o dejándose guiar por él, que remolón le frena parándose a olisquear o por el contrario se vuelve presuroso y acelerando el paso le adelanta y toma una buena distancia.

miércoles, marzo 26, 2008

Un ciego en un caballo ciego

Hay una historia china que describe lo que es una aventura. Sucede durante la dinastía Jin del Este. Charlaban cuatro personas y una de ellas propuso que cada una de ellas contara una historia de aventuras. "Lo más aventurero, dijo la primera, es limpiar el arroz con una lanza y tomar la espada como leña". El segundo: "Un anciano de cien años trepando a una rama seca". Llegó el tercero: "Un bebé durmiéndose en una noria que da vueltas". Llegó el turno al cuarto: "Un ciego está montado sobre un caballo ciego que pasea sobre la orilla de un estanque de aguas profundas".

Cuando el Hombre del Prado conoció esta historia recordó de inmediato una novela de serie negra, de Chester Himes, titulada "Un ciego con una pistola". En el capítulo final, dentro de un terrible caos que se produce en una estación de metro, una pistola cae en manos de un ciego y este, en su desesperación y rabia empieza a disparar a diestro y siniestro: ni ve a que dispara ni a quien. Chester Himes murió hace algunos años en Marbella, donde vivía, y son insuperables sus novelas en las que Harlem adquiere ribetes surrealistas, enormemente coloristas y desgarrados.

Un ciego sobre un caballo ciego o un ciego con una pistola parecen el absurdo. Nada más allá puede producirse que no sea consecuencia de ese hecho inicial que arranca de aquello que nunca debiera producirse para que no se produzca lo que no debe pasar. Cuando no se es dueño de nada, y el destino que se intuye pasa de largo de cada uno, es el absurdo y solo asumir la muerte libera de él. Todo volverá a estar en orden.

La pasada semana nevó sobre el bosque y se desencadenó un invierno moderado. Ciertamente hacia frío, pero el cálido interior de la casa acogía confortablemente a quien, desde detrás de los cristales, no hacía sino que mirar el exterior sintiéndose feliz al sentirse a salvo. Ese es el primer peldaño de la felicidad, piensa el hombre del Prado: el sentirse a salvo impulsa la noción de felicidad. A salvo del frío que azota bajo cero los cristales del invernadero y hace funcionar el calefactor sin pausa para que lo que allí se guarda no perezca. Tiene. la caja de cristal que se alza en el extremo norte del jardín, un toque de arca secreta del tesoro, y tras sus cristales se ven vivos y pujantes los colores bermellón, rosa y blanco de los geranios, o los verdes diversos de aromáticas, planteles, semilleros. Cubiertos de vaho por el calor interno, los cristales descubren una mezcolanza de colores desvaídos, desdibujados sus perfiles, que remedan un impresionismo pictórico. Nada es lo que es, pero no es la aventura salvo que una noche de frío intenso, deje de funcionar el calefactor y se hielen las plantas, aunque las más resistentes acabararán sobreviviendo. Fué en ese invierno pasajero cuando sonó el teléfono y Jani le dijo que su padre Conrado, internado en un hospital de Guadalajara, había pedido que avisaran al Hombre del Prado, de su estado.

¿Para qué escribir un blog? se pregunta el Hombre del Prado. No un blog cualquiera, sino este. La razón está en una diminuta figura, demacrada, que de espaldas en la cama de un hospital de Guadalajara, junto a una ventana por la que entraba una bella y clara luz, le decía: "Luis, yo creo que he pintado todo lo que he tenido que pintar, he pasado toda mi vida pintando; he trabajado mucho, he mantenido a mi familia; tengo una buena familia y creo que soy un hombre bueno. ¿Qué me queda sino morirme?" Cuando ya no queda nada es el absurdo, vivir es el absurdo. ¿Qué queda sino morir? Y en la asunción de la muerte, al aceptarla y controlarla, se domina al absurdo y se le quita toda suerte de preeminencia. Sorteando el absurdo, aún cuando se sea ciego montando un caballo ciego, por el borde de una laguna de aguas profundas y orillas peligrosas, el caballero avanza a la menos absurdas de las aventuras: morir en paz.

Al volver a la casa del Prado, después de la visita, recorrió con la mirada las paredes donde cuelgan los cuadros que pintó Conrado. Ahí está su preferido: el puerto de Barcelona, hecho de grises azulones, y manchas de ocres; o la vista de la Iglesia de San Isidro de Madrid, en la que una vez más las superficies lisas de color, que parecen no existir tal es su inocente presencia, son el cimiento de una visión de luz resplandeciente por el cielo del oeste. O los campos inmensos de cereal de Guadalajara; o encinares extensos sobre tierra roja; las líneas de puntos verdes del viñedo; el desgarrón de los cielos sobre los tejados. "Me he pasado la vida pintando"... Un hombre que elude su destino no tiene nada, y está situado en el absurdo, pero si su destino es pintar y pinta, desesperadamente, interrumpe el pintar para trabajar en otras cosas y ganar algún dinero con que mantener a la familia: no eludiendo su destino de pintar habrá llamado al mundo, apelado a él, y este le habrá contestado.

¿Porque pinta un hombre que se sabe destinado a pintar? ¿Por desesperación? ¿Como se puede comprender la felicidad, que no es sino que acallar la angustia de no hacerlo, que nace de, pincelada a pincelada, con un guiño cómplice entre mano y ojo, construir el universo dentro del lienzo. No se trata de un universo particular, sino del universo entero. Se puede ser pintor y se puede pintar. La categoría del primero, es la del que comprende que todo el universo cabe en un paisaje de cereal castellano o en el viejo Muelle del Carbón de Barcelona. No puede contestar el Hombre del Prado porque sabe que esto es cierto sin más , ni explicar por que que le basta con ver una pintura para saber si está ante un pintor o ante alguien que pinta; todo depende del mundo que cabe dentro del lienzo, es cuestión de mirada.

El hombrecillo de la cama del hospital de Guadalaja le dijo apretándole la mano, pues hablaban con las manos entrelazadas: "si esto ha de seguir así, prefiero suicidarme". No lo diría en serio, piensa quien escribe, porque el suicidio depende de disponer de la voluntad, los medios y el silencio. Pero está en su mente lo absurdo de una continuidad sin destino, como un barco que navega por navegar: si no hay puerto de arribada, mejor hundirse. Julieta grita en el tercer acto de la obra de Shakespeare: "aún conservo el poder de morir". Quien lo sabe está vivo y vence al absurdo, que es confrontación entre, como escribiera Camus, la llamada del hombre y el silencio irrazonable del mundo. Cuando el pintor amigo tenía diez o doce años, vió un roble y en su mirada se transformó en un árbol pintado por Monet, una lámina que colgaba en una pared de su casa. Reconoció al mundo a través del poder de transformación de su mirada, se encontró con ella, alcanzó todas las respuestas necesarias . Llamó y el mundo le contestó: pocos alcanzan eso. Tal vez nunca supo con entera claridad que vivía para pintar, pero desde luego no vivía por vivir.

"¿Por que, ahora, con setenta y cuatro años, tengo que luchar para seguir viviendo, si ya lo he vivido todo? Ya lo le luchado todo", le dijo Conrado en un susurro entre el gentío que se agrupa en torno a la cama y que no es sino una unidad de destino formada en torno a un lecho junto a otro lecho en el que se agrupa otra unidad de destino completamente individualizada, unidad separada, identidad aparte, dolor, angustia, preocupación, todas ajenas. Piensa el Hombre del Prado que el poder del suicidio es no luchar y dejarse morir antes que tomar la muerte por la mano: tomar la muerte por la decisión, disponer por el tiempo que resta del poder de morir, adueñarse del destino, cabalgar ciego el caballo ciego con la seguridad de quien todo lo ve y ningún peligro le acecha pues la muerte es nada cuando todo se ha hecho..

miércoles, marzo 19, 2008

Título en blanco

Interior del Monumento al Holocausto - Berlín

Debe reconocer que esa idea última de los yoes sobrepuestos como capas de cebolla, le resulta creíble. No se trata de disponer de una certeza absoluta sobre nada, algo que ha abandonado del todo, sino de aceptar que existe en él una tendencia a creer en la posibilidad, una explicación razonable al tiempo que emocional, de como sobrevienen las cosas, de como vienen siendo.

Sabe que poco de esto interesa a los demás, pero inevitablemente debe seguir con ello, porque ese desinterés le afecta poco. A estas alturas del pensamiento, que no de la vida, puede lamentar el abandono de ese territorio común y cordial que es el agrado entre todos; también sabe que agradar es algo que le ha movido a lo largo del tiempo, una velada motivación. ¿A quien no le apetece agradar? ¿Quien no maquilla palabras para oídos ajenos? Eso es el agrado. Y cuando piensa que ya no es su caso trata, con amplio escepticismo, de suavizar toda arista que esa afirmación pueda transportar en sí misma hacia los demás, que no es desafecto ni desinterés. No es el hombre solitario que se afirma frente a la vulgaridad de los demás, ni el héroe que toma un sendero que nadie ha pisado, o de quien se enfrenta a mil peligros llevado por el coraje de la superación o de la generosidad; se trata de una simple reducción de quien fue a quien es. Esta frase, que acaba de escribir, le satisface por todo lo que ha escrito en los últimos tiempos porque ve en ella, una verdad que le concierne. Reducción de quien fue a quien es, que es un enunciado culinario, lo que en realidad sucede en cualquier preparación gastronómica, el resultado final de una salsa con éxito: todo debe ser reducido a una entidad menor de la suma natural de sus componentes: esa es la base del sabor. Y esa debe de ser, piensa, la base del ser humano: su propia reducción a lo que es desde lo que creía ser.

Es por lo tanto, al ser quien es, una simple reducción de quien fue, y creyendo ser, interpretó el presente como un libro abierto, el presente contuo que al convertirse en pasado está sujeto a revisión y a asombro, tan vacio puede estar. Cada día, cada tiempo, tiene su propia sabiduría e insertado en ella, el caminante del bosque, cualquiera que sea, tiende a estar satisfecho de su anormalidad. Cuando el emboscado alcanza la plenitud de su conocimiento rebelde, probablemente alcance al mismo tiempo el culmen de su soberbia y su inteligencia: a fuer de querer ser diferente, llega a disolverse en la vanidad de ella pasa a la inanidad: es ahí donde se encuentra cómodo.

No es fácil escribir todo esto, porque en el fondo le gustaría ir directamente al grano que parece caracterizarle: el bosque, el prado, el paseo, el amigo perrillo y el dios menor... Con todo ello conseguiría que la escena ratificara la esencialidad del lenguaje si se diera el caso de que desde el exterior alguien pensara que ahí estaba un paradigma de la lucidez, cuando era solo un tránsito. Se tratarúa de volver a emitir una melodía que agrade para sentirse en paz, pero no es eso, a que el sentido de ello? Sucede que acabada la obra de teatro conviene que caiga el telón o se apaguen las luces para marcar el fin de un tiempo. ese es el momento de la sinceridad dentro de la tragedia y, piensa, toda sinceridad es interpretativa y por lo tanto susceptible de falsedad.

Convendría hacer,un examen de existencia antes que de conciencia y de ser así podría desmenuzar los gestos que son ya inútiles para aportar ahora una inmovilidad, hija de la contemplación, absorta de lo otro. A fuer de ser sincero, está a punto de escribir que nada tiene contra nadie y mucho contra sí mismo, puesto que nadie y sí mismo llegan a ser la misma cosa. Sin que nada sea lo mismo, piensa que todo debiera darle igual como si lo fuera pues se trata de reconstruirse. Es cuestión de objetivo y lo demás es accidente. Pero, ¿cómo tener un objetivo? Resulta que, vaciada la mente de biografía intelectual, en busca de otra nueva y aceptando el beneficio de la situación, parece muy difícil alcanzar una meta ante el riesgo de volver a la religión de paradigma, que surge ante sus ojos continuamente, siempre diferente, siempre ejemplar, siempre apelándole, invitándole a unirse a lo que desconoce.

Volver a pensar desde desde los restos del naufragio es absolutamente inútil, además de que se le hace imposible, pues se siente incapaz de proceder a ello. Todo el lenguaje que fue se ha disuelto en la nada y lo que resta vivo debe ser ordenado. Lo que no puede ser no es, que dice el casticismo. ¿Cómo recorrer tres mil años de existencia humana para dar con una afirmación que le suene a certeza absoluta, a certidumbre? Tan imposible es que, aunque arriesgado, ha decidido mantenerse en el terreno de la empatía. ¿Y que importa responder a las preguntas básicas con coherencia si lo que se busca es trascendente? ¿Quien soy? ¿De donde vengo? ¿Donde voy? Cuando las respuestas se muestran en una sencillez tan cargada de desolación, por desilusión, que merecen el silencio, lo que resta es la sencilla y vulgar inmediatez: Soy LR, vengo del prado y voy a trabajar un rato en el jardín, o a escribir un post que se resiste hace unos días, o a ejercer la pereza.

Se trata de jugar a la idea del vacío cuando uno llega a la conclusión que todo es un juego: la filosofía, la historia, el conocimiento e incluso la palabra, y añade, el fútbol, el cine, la literatura, el viajar, lista interminable de referentes que han perdido sentido. Una idea del vacío que no existe o del que es la nada que no es, porque despojada de todo sigue existiendo lugar que puede ser descrito con una palabra y que por ello es y siendo nos llama. Todo este proceso de construir una identidad cultural no es sino, piensa el Hombre del Prado, un recurso a lo más lúdico de la existencia: pensar y concluir para asentar una base frente a los demás: aparente sabiduría. Después de todo, piensa, habría que establecer que lo único que realmente es, consustancial al hombre, es la dualidad que viene a disolverse en disimulos: Eros y Tanatos. Y todo lo demás parece cortesía.

lunes, marzo 10, 2008

Los engarces de la sabiduría.

Ha estado dando vueltas a su teoría de los diversos yoes que se van acumulando a lo largo de la vida alrededor del primero e inicial, incluso del primer yo no nato. Como la tarde ha sido lluviosa, habitada por vendavales intensos que agitan el tejado y parecen henchir las ventanas, ha salido al jardín o al bosque lo justo para dar el paseo con Goyerri. Cubierto con impermeable y un sombrero de lona y ala ancha para evitar que las gotas cubran los cristales de sus gafas de miope, el Hombre del Prado, ha snrido el desasosiego de los días que son hostiles y ha vuelto pronto al refugio de la casa. Durante el paseo pensaba en el yo, bajo otro yo, unidos por una identidad formada por el nombre y un depósito de recuerdos, que son comunes a todos; en un momento, azotado por el ventarrón serrano, ha visto como las cosas del prado se enochecían hasta desaparecer en la oscuridad, una noche disolvente, una carencia de luz que parece infiltrarse en todo hacia la oscuridad. Ha sentido algo así como miedo, o mejor inquietud, o más aún, presencia de algo que devorando las cosas tendía a imponerse como lo absolutamente invisible: lo negro. Y ha vuelto a casa apresurando el paso.

El viento sigue sonando, ha sido así toda la tarde y le parece, más que lo que es, el ruido sonoro y temible del oleaje en alta mar o batiendo la carena del acantilado, como si de un enorme barco se tratara. Después de cenar ha sentido de nuevo la presencia del cortejo de yoes, como si estuvieran sentados en el sofá, frente al televisor, junto a él, un yo dentro de otro yo, y otro y así hasta un núcleo pequeño del que sin tener recuerdo, sabe que existe y que él si lo tiene, porque fue el principio.

Viene esto a cuenta de la lectura que ha hecho de un muy interesante post que aparece en el Blog Petrusdom, siempre interesante en el fondo y magnífico en la forma, siempre de una delicada ligereza. Habla de releer y de como las sucesivas lecturas de un libro van formando en él una calidad de palimpsesto a base de acumular capas que el tiempo suaviza, en algunos casi se muestran con diáfanas o por el contrario turbias transparencias mientras va quedando de aquel un poso en la memoria, que no se refiere solamente al asunto sino al placer que provocó y que como la magdalena proustiana facilitan el retorno de lo pasado.

Un paisaje y un libro, son ambos lecturas. Y una ser humano visto una vez, o varias, o muchas. Todo son lecturas de una realidad que nos concierne, leturas y relecturas que conservan, en cada capa del yo, o en el yo que es cada capa. una huella que no siempre es igual a si misma, porque el paso del tiempo, su marcha, se desvanecerse, la hace de diferente tamaño y profundidad. Ha escrito un libro, un paisaje, una persona, ciertamente: y una luz, un sonido, una canción o una sola frase, que pronunciada hoy aún por la misma voz, no puede leerse lo mismo.

Todo tiende a relacionarse: tantas veces ha visto anochecer e el prado y lo tenía por un disolverse en la noche de las cosas, cuando hoy lo ha visto de otra manera, era la noche negra en su absoluta oscuridad la que todo lo disolvía en si misma hasta ser todo. Cuestión, se dice, de lecturas y relecturas. Pero no va a aceptar que es así, aún sin saber como es este "así" que establece una elipsis. "Así" no es nada, de ninguna manera, porque siempre es diferente de aquel que se toma por paradigmático..

El Hombre del Prado, ahora lo sabe, cuando relee no es nunca quien leyó, y todo, libro, persona, paisaje, canción, es de nuevo.. Cuando se relee, sentencia satisfecho de si mismo, siempre se lee de nuevo porque el placer está en encontrar lo que nunca ha estado allí o cuando menos no se ha visto. Es inútil tratar de pensar que puede sentarse a releer "La isla del Tesoro", que es libro que siempre ha estimado mucho y se llevaría a una isla desierta, a un Pitcairn particular, que puede sentarse a leer "La Isla del Tesoro" por el placer de revivir desde su memoria la emoción primera: no puede hacerlo. Cuando relee lo que hace es leer de nuevo para encontrar en el texto que conoció todo aquello que nunca llegó a ver, a intuir, a disfrutar.

Hay selvas inexploradas recorridas mil veces por multitudes y misterios que cuando más se investigan menos simples parecen. El gran prodigio de la memoria es liberarnos de la esclavitud del pasado borrando la fotografía, impidiéndola una total permanencia.
Releer es una ciencia que exige un cierto sacrificio, porque no se trata de reencontrarse el placer de ayer, sino estar dispuesto al sacrificio de lo que fuera placentero.

Cuando ya todos duermen en la casa y solamente el piano de una grabación desgrana las notas de una sonatas de Beethoven, le parece oírlas de nuevo, tan magnífica compañía le hacen que cree que debe prestarles una atención amante. Si detiene el divagar de las ideas, el sonido penetra con mayor profundiad, no potencia o volumen, sino que se hace más presente, disipada una niebla invisible que le coultaba. ¿Cómo las oiría entonces, cuando fuera, que ahora no recuerda el momento ni el tomo ni la melodia, y pues eso es así, le suenan nuevas y hermosas como nunca lo fueron?

Esta misma noche, porque los pensamientos se engarzan al margen de las casualidades, con los hechos, formando un continuo que es vida y descubrimiento, ha tomado un libro alz ar por matar un rato que estaba sin contenido, o era ese todo el contenido, tomar un libro azar. Y ha resultado ser Los engarces de la sabiduría de Ibn-al-'Arabi. Lo compró y leyo unos quince años atrás y recuerda muy bien que le indujo a conocer a otros autores andalusís, en los que se iba adentrando maravillado como quien camina por un jardín del edén y se deja envolver por él, cautivado. Ahora, jyustamente esta noche en que el blog de Petrusdom ha venido a concretar un poco más la tonta teoría de los yoes, encuentra al Arabi y abriendo una página alazar, que está señalada con el doblamiento mínimo de una pestaña en la parte superior de una página derecha, lee:

Y entre los signos
están los de las cabalgaduras,
en ellas estriba
la diferencia de las sendas.
Hay quienes en ellas
se establecen con rectitud,
como los hay que atraviesan
desolados parajes.
Los afianzados encuentran la fuente,
y quienes viajan remotamente,
se alejan.
Todos encuentran las claves,
desde todos los lados,
para acceder a su escondite.
Y un poco más abajo:
.. la razón está edificada sobre la singularidad en sí, y le corresponde lo impar, que es desde el tres en adelante. El tres es el primero de los singulares. En esta presencia iláhica toma existencia el Mundo, diciendo Allah: Cuando deseamos una cosa, sólo decimos: Se, y es.
Se dice que no recuerda nada de aquella primera lectura que sin embargo debió impresionar a aquel yo lo suficiente para marcar la página, y es entonces cuando sabe que no existe el releer, sino el leer de nuevo, como el ver un paisaje nuevo cada vez que se mira, o oír una melodía.


lunes, marzo 03, 2008

Las capas de la cebolla

¿Cuanto Yo hay en una vida? ¿De que manera puede uno diferenciarlos, separarlos y al fin comprendiéndolos, comprenderse?

No se trata de un hecho científico que se pueda autobiografiar. El sujeto es cercano, tanto que provoca una distorsión en la visión: existe para cada uno de los yo anteriores, para cada una de las capas de la cebolla a que hace referencia Günter Grass en su último libro, "Pelando la cebolla", un afecto especial, una voluntad de cercanía y una cierta vocación por el olvido. Yendo hacia atrás, de la única manera que se puede ir que es levantando un yo tras otro, con la delicadeza del más experto y fino bisturí, se tiende ante la visión comprensiva a una exculpación. ¿Cómo sentir una culpa lejana si el efecto de ella está en el yo del presente? Cada capa de esa cebolla, que es más dura y opaca que la anterior, permite sin embargo adivinar a través de un trasluz tenue, algo de la anterior, y así transparencia tras transparencia, se llega a vislumbrar el corazón del niño, su mirada: los ojos del asombro.

Es así que ninguna visión de capa alguna puede aislarse en si y ofrecer un dibujo claro, enfocado, definido de sí misma. NO existe aquí una capitulación que pueda establecer un lapso de tiempo que determine hechos y acciones, que nacen y mueren en su tiempoo, en él son gestadas, en él se alimentan y fenecen en él. Toda mirada hacia los otros yo que fueron, cada uno en su presente, tiende a desdibujar sus identidades, justamente porque esas fueron una a lo largo del tiempo, único armazón capaz de soportar el enredo. Cuando lo que se ve no es sino una suma de visiones, un juego de teatro en que se funden las escenas, conviene separar las capas y buscar la última transparencia, que es el origen. Y una vez allí volver a sobreponerlas.

Difícil es odiarse, que sería lo último. A lo largo de la vida el individuo procede a una serie de infinitas correcciones que resumen, conversión tras conversión, un presente continuo. Dificil es odiarse, ciertamente, y aún menos que eso, difícil es sentirse permanente hijo del error o enemistado con aquel yo que fue, tiempo atrás y se equivocó, pura intuición la de ese equívoco. Ya se sabe que el yo es un acto de progresiva construcción sobre un vacío hecho de una carne inicial. Todo ser es en si mismo una propia investigación además de un aprendizaje: investigación acerca de si: memoria. Investigación acerca de su proyecto: esperanza.

El viejo guerrero que abandona su armadura, pieza a pieza, convencido de que nunca más volverá a vestirla, pierde el traje y se viste de voluntad, pero conserva el contenido. En la paz nocturna del fuego, el vaso de vino, el trozo de pan, el hogar cálido del retiro, se solazará en su recuerdo de una batalla perdida en el tiempo, pero no en la memoria. En todo final hay un principio, y aunque no lo sepa con certeza, porque no alcance a pensarlo, así actúa, y en ese principio tiene por recursos para andar, todo aquello que fue y su memoria guarda. Lo que esta ha perdido, es piedad por si mismo.

Al escribir el texto no se piensa en un sujeto determinado, en uno mismo, el más cercano de cuantos sujetos son fruto de la ambición del escritor, por cuanto está en cada palabra aún cuando se esconda. No conviene pensar que todo es autobiografía, si es que no se considera que el deseo, la aspiración, el ensueño del futuro son partes de la biografía. Dicen de él "era un hombre soñador" pero ¿en qué soñaba?"

Cuando atardece en el pradoel Hombre está solo y es relativamente feliz. La última capa de la cebolla no muestra sino los datos de un presente que le acaricia, como esta brisa fría que viene del Mediterráneo y promete bajar las temperaturas y traer lluvia y nieve. No hay otro yo que él y una música suave que suena en el interior de la casa. En el invernadero, todo bien.

sábado, marzo 01, 2008

Una ocasión perdida

Por distracción, dentro del no hacer nada que le domina, toma un libro de relatos cortos y al buen tun tun abre por el inicio de uno. Lee:

Después de cuatro miserables días de vacaciones, Alberto regreso a casa. Vivía en una urbanización de chalés adosados, en las afueras de la ciudad.
Nada más abrir la puerta se le echó encima Séneca.

Deja de leer de inmediato. ¿Que es lo que se le niega que no quiere seguir? El hastio, piensa. Esa puerta no se abre, el relato permanecerá secreto durante mucho tiempo, seguramente durante todo el tiempo. Abandona el libro con disgusto. Del autor no conoce el nombre porque ha empezado a leer sin reparar: ha ido directamente al texto de la misma manera en que uno se acerca en el jardín a una hoja verde y brillante que le llama su atención sin saber el nombre de la planta. Siente cierta hostilidad hacia el autor: se dice que no se puede escribir de una manera más vulgar, menos propia. En tres líneas la acumulación de lugares comunes y latiguillos le parece la negación de la literatura. Él nunca hubiera escrito "Vivía en una urbanización de chalés adosados en las afueras de la ciudad" o "cuatro miserables días de vacaciones".

¿Qué presume el autor que es el lector? ¿A que inteligencia se dirige? Con cierta timidez vuelve a abrir el libro y busca una frase que le saque de su impresión. ¿Ha sido injusto? La encuentra y lee: "Estaba cansado, no tanto por las cinco horas de viaje como por el sabor amargo de sus pensamientos."

Le gusta tener presente una frase de Ortega: el estilo es la esencia del arte. Las frases hechas y guardadas en la memoria tienen la consistencia de simplificaciones bien meditadas: lo dicen todo cuando se cree saber lo que presupondría mostrar su despliegue para el significado; de no ser así son latiguillos , piensa, y esa reflexión le devuelve al texto. El que tiene en las manos está escrito a partir de lugares comunes Insiste, piadoso, hay que reconocerlo, y busca otra líneas más abajo: "Guau, guau! - ¡ladró el perro con expresión de angustia."

Definitivo, piensa, no cabe seguir, buscar más. Toda oportunidad que se da al lector y se desaprovecha, es una ocasión perdida. Podría suceder que el cuento fuera, en sí, buenísimo y que el Hombre del Prado no sea sino un mal lector, cascarrabias, neurasténico. Cierra el libro y lo deja en la mesa de al lado de la de trabajo, donde se amontonan cosas, que son cosas hasta que una por una las rescata reconociéndolas: un libro para leer, un lápiz para escribir, un cenicero sin ceniza, unas pilas en su cargador...

Cerrada la puerta a la narración se queda mirando por la ventana. Un lector y un autor se han cruzado sin reconocerse. Un pensamiento llega y se va: tiene que rescribir el segundo capítulo de su novela: lleva en él cinco meses y es en la segunda mitad un lugar común que le desazona. Mira la portada del libro: EÑE, Revista para leer. Una ocasión perdida, se dice; conviene volver de la pereza y salir de paseo con Goyer
ri.

viernes, febrero 29, 2008

Juste avant la nuit.

Es el título de un curioso film de Chabrol basado en la novela The Thin Line, de Edward Atiyah. Acaba de verla, sentado junto al fuego al que le cuesta arder con llama enérgica y entusiasta, porque un tronco está húmedo. Es cosa de la lluvia que ha estado cayendo desde ayer, cuando llegaron provenientes de la playa. Lluvia y lluvia, menuda, persistente, calando todo que llega a empaparse y a rezumar gotas que recorre caminos naturales: la pendiente de una barandilla de la escalera de entrada, las patas de los veladores del jardín, los canalones que mal encajados adornan las cuatro esquinas del invernadero, el buzón donde el correo de tres semanas se muestra empapado, con letras descoloridas, manchones de tinta que desdibujan los nombres.

Cuando ha paseado a Goyerri, sobre las seis de la tarde, ha podido oir como el Arroyo, al que llaman Mayor, baja crecido y torrencial y presenta su voz. El bosque que lo encierra brilla en la penumbra del atardecer; las hojas de los árboles muestran superficies lisas que espejean. El perrillo se resigna al paseo y el Hombre del Prado lo disfruta, calado el sombrero de lona de ala ancha que le han regalado por la mañana, muy ancha le dicen para que las gotas no inutilicen los cristales de las gafas de miope. Esta noche, han comentado Ana y él, podemos ver una película.

La historia es la de un hombre burgués, honrado, que comete un crimen y vive en la angustia constante de su necesidad de expiarlo, hasta que decide entregarse a la policía. Nadie a su alrededor, a los que confiesa el hecho, su mujer y el marido de la víctima, que es su mejor amigo, quieren una justicia social más allá del círculo íntimo en que se mueven, de la propia angustia del asesino no encuentra eco. Extraña confesión sin destino. Lo hecho, hecho está, le dicen. Nada va a cambiar las cosas y la vida, construida con tanto esfuerzo a partir de pequeñas cosas, no debe saltar por los aires cuando lo que queda atrás es irremediable. Ningún castigo podrá cambiar aquello que pasó; escribe Dreyden en una versión del Carpe Diem de Horacio, en el siglo XVII, unos hermosos versos: Not heaven itself upon the past has power (1) . Los actos de los hombres se trasladan con el tiempo pasado al esperado, deseado olvido. La diferecioa entre la justicia de todos y la propia, es que esta última es absolutamente capaz de perdonar u olvidar, eso la hace tan peligrosa y corrompida. Si la infidelidad y el crimen no son capaces de indignar hasta el odio, si el acto miserable del marido y amigo no merecen la hostilidad de quien los sufre, ¿donde está el crimen? ¿Donde la culpa? ¿Que puede hacerlo, al cabo, que sea realmente terrible? Decidido nuestro asesino a entregarse a la policía, es su mujer la que suministrándole un somnífero le ayuda a suicidarse. Las últimas palabras de él, cuando tendidos en el lecho se toman de la mano esperando el sueño del somnífero, son pidiéndole a ella que apague la lámpara de la mesilla de noche: ahora, que venga la oscuridad.

Tiene Chabrol la minuciosidad de un microscopio. Argumento con ribetes de Dostowiesky, la película avanza hacia la complejidad psicológica y el retrato de familia en una ciudad cercana a París, de esas minúsculas, en las que el director francés se encuentra tan a gusto. Parece que en esas ciudades puede suceder todo a la vista de todos y la mayor de las tragedias sucede con la naturalidad de lo cotidiano. En la última secuencia, leyendo la viuda una carta del amigo íntimo, tropieza con una frase que al Hombre del Prado le llama con vehemencia y es causa de este post: No podía vivir sin su dignidad.

Apagadas las luces de la casa, recogido el lector de DVD y ya en el estudio en el piso alto, mira a su alrededor: los estantes de libros, los recuerdos de una vida, papeles, cuadros, las ventanas que se abren a la oscuridad... Todo cuanto le rodea forma parte de su vida y es su vida, en los detalles en que está se arma físicamente con las cosas. Las cosas que son objetos sin función hasta que saltan a la vista y tienen nombre e historia. Piensa en "su dignidad", no la del asesino, sino la suya; no la dignidad como una cosa genérica, sino su dignidad personal. Escribe Kant que "aquello que está por encima de todo precio, y por tanto no admite nada equivalente, eso tiene dignidad" Es pues la dignidad un valor y de cuantificarse lo sería en respeto. Las cosas que le rodean no tienen ese valor, él sí, piensa que si, o que merece tenerlo, o que está capacitado para tenerlo.

Afirma Plutarco que Cicerón ofreció el cuello a su verdugo con un gesto digno, pero Apiano lo niega. Apiano no siente ningún respeto por Cicerón, no gusta del personaje; no siente respeto porque no es capaz de valorar su dignidad, no se la concede, no la ve, no quiere verla. Habrá gente, se dice el Hombre del Prado, que no alcance a verme con los ojos del respeto que debería provocar en ellos mi dignidad; seguramente mucha, seguramente gran parte de sus conocidos, nunca se detendrán a pensar en que están ante un hombre digno. ¿Lo es en realidad? ¿Ofrecería él el el cuello al verdugo, ante la inevitable ejecución?

No podía vivir sin su dignidad, dicen del asesino en la película de Chabrol. Este es un territorio más equívoco, porque se trata de que el asesino no será capaz de respetarse al saberse autor de un crimen y ocultador del mismo. Violencia y mentira le arrebatan a sus propios ojos el valor de la dignidad: no puede respetarse a si mismo. Cuando un ser humano no se respeta, lo ético es sufrir. ¿Se respeta a si mismo el Hombre del Prado? A bote pronto se contesta que si, que tiene una buena opinión de sí mismo, sobre todo últimamente, cuando parece que ha llegado a un punto de partida, a una transición vital y camina, en expresión de un buen amigo, en busca de una biografía intelectual propia, que no sea a fin de cuentas la de todos. Si me respeto, piensa, debo pues de tener mi dignidad bien conservada entre mi guardarropa.

Sonríe satisfecho cuando nadie lo ve; desde el la alcoba, al otro lado del estudio, llegan las voces atenuadas del televisor y una tos de Ana, que como él, parece caminar hacia un estado gripal de esos que arruinan un final de semana y arrasan persona y dignidad, virtud y respeto.

(1) John Dryden (1631-1700) Ni siquiera el cielo tiene poder sobre el pasado...

jueves, febrero 28, 2008

Nueva etapa.

Este blog cambia de formato a partir de hoy mismo. En los últimos días ha estado su autor dando vueltas a la idea de seguir con lo hecho hasta el momento y no sabía como. Día tras día, últimamente semana tras semana, ha ido publicando unas columnas que no han sido que una pulsión necesaria. El aliento vital de los clásicos se ha convertido aquí en una corriente de palabras hilvanadas por ideas, o por el contrario, de unas ideas dispersas hilvanadas por palabras. La primera y su alternativa vienen a ser, representando cosas diferentes, sustituibles la una por la otra.

El que esto escribe está seguro de que un Post es un ejercicio del exhibicionismo de autor, que en el caso del negocio editorial alcanza la justificación de la notoriedad remunerada. En este universo de voluntad personal soportado por una tecnología anónima, la exhibición del texto no es una casualidad producida por el aburrimiento, sino la necesidad de comunicar en seres anónimos, abriendo un territorio desconocido, apelando a lectores, interpelado por ellos. EN EL BOSQUE ha sido, durante algo más de dos años, el lugar en que un hombre ha tratado de resumirse conociéndose a partir de una premisa: todo ser humano ha sido diseñado a imagen y semejanza de su tiempo en los días en que, incapaz de defenderse de ese diseño, no ha podido sino sentar cabeza y convertirse en alguien de provecho. Hay un momento en el cual conviene deconstruirse, recoger cada una de las piezas que le componen y guardarlas con mimo, no vaya a necesitarlas en el proceso siguiente de construcción de un YO, seguramente inseguro, pero cuando menos, vacío de todo lo superfluo.

Alguien a quien el Hombre del Prado respeta enormemente, desde su capacidad intelectual enorme y disciplinada, le decía hace una semana, que no podía "creer lo mismo que sus padres creían"; y en esa afirmación late la tragedia de una educación sentimental que alcanza desde el pupitre hasta la alcoba. Hace dos años, el Hombre del Prado, que decidió distanciarse del autor que escribe, como parte inicial del proceso de verse, cosa que es algo más que un recurso literario, decidió que era tiempo de conocer aquello en que creía, que era lo que sabía, cuales eran sus certidumbres, cuales sus disimulos.

Decidió escribir acerca de Él, que era acerca de sí, convirtiendo el paisaje en que vivía en un lugar de aislamiento, visible desde las ventanas frías de cristal y las emocionadas de los sentimientos. Una cierta soledad afloró, no trágica, sino seguramente aquella soledad que como una vestidura lleva cada uno de los mortales sobre los huesos y la carne. Existe esa soledad pues cada uno es su YO, y en ese personaje, vislumbra a los demás como la otra parte del universo. Nqadie puede negar que esa visión, a fuer de personal, es solitaria. Nadie ve lo mismo que el otro, o que los otros. Nada hay de vergonzoso en resaltar la soledad de cada uno, antes por el contrario, le parece que lo es afirmar la felicidad permanente del que actúa en el circo día y noche y desesperadamente se convierte en un ser "a modo de"...

Hoy ya sabe que no sabe prácticamente nada, y que nada le importa saber más. El saber es inalcanzable; no el razonar, darle al pensar por la emoción de divertirse consigo mismo. Pero saber, lo que se dice saber, ni leyendo todo lo escrito en la historia de la humanidad, se conseguirá saber a ciencia cierta, no lo que se sabe sino aquello que debiera ser sabido perentoriamente: tal vez el amigo en la mesa del restaurante apuntaba a ello, aquello que es imposible creer aunque en la emoción se desee. ¿Cómo saber cuan cierta sería esa certeza ausente?

El Hombre del Prado siente que se ha vaciado y que está ligero, como un cuerpo vacío de aliento vital esperando a que un alma de aire, más ligero que el éter, le llene de nuevo. Y en esa ligereza siente felicidad. Ha conseguido arrumbar a un infinito trastero la idea de que era, ante todo, un hombre preocupado y sabio y se siente feliz cuando puede considerarse un despreocupado ignorante. Es consciente de que a lo largo de su vida, ya un poco larga, ha seguido las modas que dictaba la razón de los otros, siendo él también y lleno consciencia un otro, y que sin reparar en como, ha dejado de contar con el exterior. La gran tragedia de la humanidad, piensa, ha sido dotarse de tan grave seriedad para explicarse, cuando probablemente no sea sino una casualidad, creada o no, en un juego de cósmica pequeñez.

Escrito esto, afirma que seguirá en el post escribiendo sus cosas, porque el bosque sigue siendo bello y Goyerri un fiel amigo.

domingo, febrero 24, 2008

Confidencias. M y D: Una ecuación apasionada

Esta historia es ficción porque es realidad, y es realidad porque es ficción.

D ama a M y M ama a D. Se aman apasionadamente: amistad y pasión les unen. Llegó antes la primera y durante ella, M se unió a otro y ambos se amaron. Tiene el amor la índole del conflicto entre personas que suele ir a más, como también a menos. No es posible vivir sin él, está en la naturaleza de cada uno, de todos: el conflicto tiende a la crisis y en ocasiones se resuelve con mayor amor, con mayor compañía. Llegar a través del conflicto a la compañía es un arte complejo, porque en el amor lo primero que tiende a la fatiga es la pasión. Recuerda el Hombre del Prado a una mujer que le decía "tanto nos amamos que acabaremos gastando todas las veces" y fue cierto. Se gastan las cosas por el uso, todas; si nada llena el vació que deja su paulatina desaparición queda un hueco que puede convertirse en mortal aburrimiento o terrible compañía. Quien eso le dijo al hombre del Prado fue la madre de D, y acertó. Conviene reconocer, al cabo de los años, que el antagonismo tiende a negar cualquier evidencia de sabiduría, pero la serenidad, hija del tiempo, pone las cosas en su sitio: ella acertó.

Pues M se unió, apasionada y enamorada, a otro hombre y con él se fue por el mundo. La vieja amistad con D siguió un curso epistolar, palabra más precisa y emotiva que emails, que es lo que técnicamente eran. Cuando N volvía a casa, en el cíclico ir y venir de los viajes, ambos se encontraban y regalaban confidencias. La confidencia es la base de la amistad más profunda, la entrega de uno al otro, la puerta abierta a la necesidad de descargar las angustias que agobian en los oídos precisos. La amistad se alimenta del placer de la confidencia.

D recorrió diversos amores, diversas pasiones. El Hombre del Prado le veía ahora feliz, ahora infeliz. Confiesa D que cuando un amor era quieto y sútil, él lo estropeaba como si le faltara un cierto desequilibrio. hay quien no sabe vivir en calma, si es joven no puede. Siempre existe una aventura más peligrosa, un riesgo mayor, una emoción más intensa. Nos va, dice la gente, la descarga de adrenalina, pero el hombre del Prado no sabe bien que quiere decir eso. Todo es química, eso si lo sabe, pero no quiere aprender ahora un nuevo lenguaje hecho de tecnicismos para reconocer que los humanos existe una tendencia innata al peligro. Una amiga a la que no ve hace años le confesaba que sin apasionados encuentros a espaldas de su marido, la vida le parecía vacía; no lo hacía por desamor, sino por llenar vacíos de manera metódica. Tenía amantes, y disponía, en un plan de vida metódico, diseñado para la infidelidad, de los jueves, como día de libertad. Se acicalaba y bajaba a Barcelona para pasar el día con amigas a las que veía hasta la una, hora en que se encontraba con su amante, comían juntos en un cierto escenario que preñaban de romanticismo escondido y visitaban un hotel donde se encontraban cuerpo a cuerpo. Le confesó un día que a veces, solamente a veces, imaginaba que se abría la puerta de la habitación y entraba su marido: a ella, imaginar esa escena violenta, le causaba placer.

Un día M, no de repente, que estas cosas no son así, miró a su marido y no le reconoció como ella querría reconocerlo. tal vez había cambiado, pero lo más probable es que la pasión hubiera dejado paso al hueco que se rellena de sentimientos imaginados. Él, pensaba ella, era una buena persona, un marido solícito, no se merecía que ella le desamara, no se merecía que ella sintiera que se abría un foso entre ambos. Esos fosos no existen en realidad, pero conviene imaginarlos para ignorar que lo que se interpone es el cansancio del otro y la necesidad de libertad. Todos los amantes repiten el mismo gesto, viven el mismo desasosiego cuando llega el momento. Quien no lo siente y repite, de manera constante, se convierte en la figura de "donjuan", un cierto profesionalismo le invade: ya solamente le atrae la aventura si tiene como escenario el territorio de la pasión, repetida siempre la misma con distintos cuerpos. Volviendo a M, ella volvió a casa.

Surgió entonces en la vieja amistad con D, en el territorio de las confidencias, un apasionamiento basado en la comunión a que habían llegado, en la intimidad de los amigos que necesitaban verse y contarse sus cosas. D estaba solo, M se liberaba. Hasta ese momento; M pedía a su pareja comprensión y libertad. Pero el amor tiende al conflicto, y aquel, abandonado, decidió actuar como el amante desposeído: decidió luchar, seguirla, convencerla de que todo puede recomponerse, que es lo que siempre se dice cuando se está ante un estropicio. El tiempo de amar acaba como el tiempo de vivir, en un agotamiento. Quien no lo quiere reconocer y lucha es porque se siente herido en lo más íntimo: la propiedad de su felicidad, de su tranquilidad, de su recorrer la vida seguro de que todo está bien.

M iba y venía; no sabía negarse al requerimiento del otro porque se sentía culpable. Antes, seguramente no, porque estaba sola con su agujero en la tripa y sus largas horas de pensar en la anhelada vida que se le escapaba. pero ahora, con D en su intimidad, en su pasión, viviendo la gloriosa explosión del amor, se sentía culpable porque su abandono tenía compensación, porque tenía apasionadas razones para no querer estar con con aquel. Es irremediable la llegada de la culpa, debe ser ella la que demuestra la existencia de la conciencia, la pugna entre el alma racional y el alma apasionada. M, ahora, quería que fuera su marido quien la dejara de lado, quien comprendiera que habían terminado y en las largas conversaciones que se producen, generalmente hasta altas horas de la madrugada, agotadora circunstancia de dar vueltas y vueltas a lo mismo sin concluir nada más que restan pocas horas para el sueño y la fatiga va ganando terreno, la física, que es la que maltrata a la otra.

No le contó que tenía un amor y que era correspondida; no le contó que durante varios meses vivieron la mejor de las pasiones, la cotidiana. Nom le contó como había vuelto la alegría a ella, como la emoción podía con su cuerpo hasta derrumbarlo, como no hacía más que pensar en D, como cada ausencia tenía que llenarla imaginándolo, pensando en él, recorriéndole con las caricias de la mente. Tampoco le contó que a D le pasaba lo mismo con ella. He aquí, se dijo M, que estoy mintiendo porque no quiero que se sienta desposeído a causa de otro; quiero ser libre por mi misma. El tiempo lo cura todo, pero nunca a corto plazo, ahí el tiempo desgasta. Aquel hombre, que poco sabía, salvo que forzando la situación conseguía que volvieran a verse, que se produjera algún que otro rencuentro que de nuevo terminaba con la marcha de ella, presumía que cada uno de ellos era una pieza más de su victoria. No es bueno tomarse esas cosas con espíritu de victoria, porque de suceder, suele ser pírrica. ¿Que se consigue con el trofeo en casa si al cabo de todo no te ama?

M le pedía a D que la ayudara, que le indicara que hacer, y D se negaba. No podía, no quería, razón sobre pasión, influir en ella. Intuía que estaba ante el amor de su vida, de su corta vida, pero ya en inicio de cierta madurez. Él creía que el conflicto era de ella y solamente ella debía resolverlo. Pensaba, es cierto, que si M no le decía a su marido que estaba enamorada de otro hasta convivir largas temporadas, se estaría produciendo, además de un engaño, una situación que alimentaba la presión sobre M. Si él no lo sabe, pensaba D, pensará que es posible conseguir su objetivo y M volverá. Si lo sabe, por el contrario, tendrá que asumir que todo está acabado definitivamente y entonces yo seré libre para ayudarla.

El Hombre del Prado entiende que la vida es conflicto. Un día le dijo a una mujer a la que amaba, desmesuradamente piensa ahora, lo mejor es que me vaya, pero por favor: no me dejes. Escribió un hermoso poema que guarda, muy pocas guarda pero este sí, que era lúcido y como ya ha escrito hermoso, que se iniciaba con este verso: adios, amor, adios; no dejes que me vaya. Luego todo acabó disuelto en el tiempo: una mañana, al despertar, ya no estaba ella en su pensamiento y la casa volvía a estar habitada por las luces y los ruidos del exterior. Cada cual sale de sus tumbas como Lázaro, resucitando un día tras otro. En esa parábola existen tantas metáforas que conviene leerla y recrearla. El Lázaro al que Jesús resucita tal vez no haya muerto, o es que hay muchas maneras de morir y solamente una es para siempre. Cuando habla con D le dice que todos los tejidos se recuperan de sus heridas, que las células se regeneran permanentemente, que no somos nunca el mismo que fuimos y su amigo lo entiende, lo acepta, pero espera a que M camine con paso decidido hacia su verdad.

Es lo que tiene el amor, que nos convierte en parte del otro y depositarios de la más absoluta de las paciencias.

lunes, febrero 18, 2008

La cara seria de Goyerri


La cara serie de Goyerri, recién salido de la peluquería, muestra una profunda preocupación por la situación política. El Hombre del Prado, ahora en la playa, ha hablado con él y el perrillo le ha contagiado su seriedad. "No puedes vivir al margen , le ha dicho, en el bosque o aquí. No puedes mantenerte como si nada fuera contigo. ¿Te das cuenta de lo que nos jugamos?" Le contesta que no se da cuenta, que no cree jugarse nada. Que son otros los que, de jugarse algo, serça la decepciçon

sábado, febrero 16, 2008

Volver. El primer día. Los mayores.


Para Jesús y Toni, por orden alfabético.

La ciudad abre sus brazos y entrega un sol tibio, una caricia, que extiende su sonrisa sobre años de ausencia y los acalla. Este callejear no es de momentos, sino de calles que fueron habitadas por su cuerpo, y después por su memoria, un cuerpo más joven que este que ahora se desplaza sin voluntad en su abandono, una memoria que se pedía en sombríos pensamientos o momentos de exaltación: toda memoria tiende a la ingenuidad y suele convertir cualquier cosa pasada en un mundo, un chaflán en un universo, un portal en la entrada al Jardín del Edén.

Envejecer es lo propio de toda naturaleza, en su todo o en sus partes, envejecer con plazos diferentes. Antes envejece el hombre que la piedra y estas que están y han estado seguirán después de que él se vaya, no de la ciudad sino de la misma vida en la que habita, porque son piedras convertidas en símbolos, y símbolos en signos, y todo en una referencia para emplazarla en un lugar del pensar. En esa sucursal de La Caixa, de la calle Santa Ana, estaba hace los años justos para estar en el recuerdo un bar que se llamaba Lugano, de dos plantas, la de la calle y un sótano, en el que se reunían con sus escritos últimos, los últimos dibujos, las ideas últimas, y en torno al tablero blanco de la mesa, la tarde era el albergue acogedor. Un poco más allá. Zodiac guardaba a su bohemia mezclada con parejas que se besaban, y pijos divertidos (¿donde estará Nerón?) que confraternizaban dentro de un enorme respeto de los unos por los otros. Allí leyó La larga agonía de Ana Soro que parecía que la había escrito Durrenmatt, tan influída estaba. Zodiac es ahora la entrada a un aparcamiento, y frente a él, bajando una rampa de piedra, las viejas tumbas de la necrópolis romana mantiene su prestancia y dignidad, sólidas en piedra gris. En la baranda de hierro se apoyaban con el gin tonic en la mano, aquella turba que parecía salida de las novelas de Marsé.

Se trata de esbozar una teoría del rencuentro, que no es sino el encuentro de nuevo, como si la mano fuera a dibujar sobre una tenue línea de gris que servirá de guía, aunque es lícito apartarse de ella y trazar un nuevo contorno. Quien camina sabe que uno no debe enfurruñarse con una ciudad cuando es en ella por la que se ha callejeado infancia y juventud. Sin saber recordar momento por momento, los muelles le han brindado el olor y el color del mar abierto, mirando a lo lejos, más allá de la bocana a la que llegan los vapores que llaman golondrinas para atracar en el rompeolas, línea inicial de todas las ausencias. ¿Cómo negar ese olor que se ha llevado después guardado en los bolsillos? En cualquier momento de ensueño ha vuelto y ha sido una bocanada de melancolía de las que terminan en confortable sonrisa.

Cabe esperar, se dice en este rencuentro, que todo termine bien, con un abrazo de despedida que sea al mismo tiempo un "pelillos a la mar". Nada es tan importante en la vida como para que pese siempre, que todo se diluye. Bajando a pie por el Paseo de San Juan, una voz conocida le susurra al oído ¿porqué has tardado tanto? y el Hombre del Prado contesta que ha sido porque no estaba preparado. Para volver a casa siempre hay tiempo, a la casa que es el hogar que es un nebuloso ámbito que de repente se abre y en él estás. Conviene en estos retornos, dejar que mengüe el equipaje hasta lo estrictamente necesario: necesidad de retorno, nostalgia, ausencia de rencor, paz con uno mismo.

Un rencuentro es un rencuentro con uno mismo, poblado de cosas que allí estaban. No se rencuentra lo que no existe en uno, lo que no se ha guardado; ya hay un camino hecho que garantiza el éxito, basta con s aber mirar. En este del que se habla, el hombre del Prado entra a las 20,30 de la noche en Casa Alfonso, de la calle Lauria, y allí, en una mesa rinconera le esperan Jesús D... y Toni T..., a los que no ve desde hace, calculan, treinta y siete años. El lugar era entonces una tasquita con buen vino, buena cerveza, jamón estupendo (en aquella época todo jamón era excepcional aunque no lo fuera) y tortilla de patatas; hoy tiene una estrella en la Guía Michelin, le dicen, y todas sus mesas abarrotadas. En los balcones del piso primero, portal al costado de la puerta de la taberna, estaba el Club de Amigos de la Unesco: como Zodiac y Lugano, ya no está allí y nada importa que haya cambiado de lugar. En aquel piso preparaban conferencias, lecturas teatrales, politicaban y se enamoraban. Cosas de las veinte años, se dice, mientras, antres de entrar en Casa Alfonso ha levantado los ojos y ha visto como la tribuna de cristales se mantiene en la oscuridad. Ya no hay nadie allí, ni rosa cruces, ni esperantistas, ni un socialistas, ni varios comunistas, ni dos nacionalistas, ni Luisa, la secretaria severa, ni los teósofos, ni los amigos de la poesía, los de la cultura, los de la vida asomada a todas las culturas. El Noticiero Universal reposaba sobre la mesa, recuerda, y anunciaba la muerte de Luigi Longo: ¿porqué recuerda esta secuencia, ahora justamente?

Este encuentro al cabo de tantos años es fruto de casualidad y causalidad. El destino tiene la virtud de ser siempre lo que uno intenta y lo que sale: no se escribe solo, nunca, ni está en manos de los dioses. Si Toni T..., menorquín, hombre de mar, pagés, isleño por los cuatro costados que es como son las islas isleñas, rinde un especial culto a la memoria de los años felices. Jesús D... menos, y el hombre del Prado menos. Pero Toni debe pensar que la felicidad pasada debe ser guardada en la memoria y sacarla a pasear para sentirla de vez en cuando. Es tan lícito como emocionante, pero no todo el mundo está dotado para esta fidelidad a lo que se fue: muchos están dotados para la huida.

Mientras el Hombre del Prado entraba en Casa Alfonso, la voz que antes le había susurrado vuelve ahora a hacerlo, y oye en una voz dulce que le enamora "tan enfurruñado estabas?" y trata de contestar para sus adentros que no era eso, y que ahora no lo recuerda si estaba enfurruñado, airado, fugitivo de todo lo que parecía permanente si lo estaba, pero enfurruñado no. Y la risa melodía de la voz le acaricia con su aliento haciéndole revolotear los cabellos de la cola que lleva recogida por una goma, desde que llegó al bosque: signos de identidad.

Volver es un estado del alma, y la suya, exultante, se funde en un abrazo que dificultan las mesas y las sillas del lugar, abarrotado, y así es mejor, pues no desea un abrazo de cine, a la castellana, con palmadas en los omóplatos. Una cierta contención está bien, se dice: después de todo, en este "Hola" que se produce entre sonrisas, se abre un tremendo agujero de treinta y siete años, en los que, desgajados del vivir en común, ya no son lo que eran y no saben lo que son, unos de otros.

Desarraigo y desasosiego desaparecen: cervecita, jamón, queso, un poco de pan. El plan de la noche es un tour, a la manera de los visitantes de la ciudad que desconocen, donde el guía será la memoria. Casa Alfonso, El Cuatre Gats, Boadas, y por ese paseo, el cine Maryland, la cafetería del mismo nombre, Lugano, Zodiac, el viejo SEU, el Ateneo, las Ramblas... Los tres primeros y el Ateneo siguen en pie, de lo demás no restará nada y habrá que construirlo con la memoria: datos definitivos, hijos del crecimiento, piensa mientras trata de ver en las miradas de los amigos que fueron, el brillo de una amistad que querrían que fuera. Saltar de un tema a otro, picotear en la memoria, exponer el curriculum de cada uno, el físico y el metafísico. Les explica que ha comido con Gregorio Luri, y ha sentido el placer de una conversación también de encuentro; han paseado hasta La Central y se ha maravillado frente a ese diseño basado en las estanterías que se suceden, pareciendo infinitas, que dejan amplios espacios para respirar la vista. Un tema muy caro al hombre del Prado: la esencia del extranjero, obligada naturaleza del que abandona su hogar y se niega a ser asimilado por el nuevo, hasta el extremo de perderse... Un hombre es de sí mismo y habita en un lugar, o habita en un lugar y es del lugar: el orden de los factores altera el producto. Una mención, pasajera, les ha hecho sonrneir a Luri y a él: el reconocimiento a los textos de Julia Costa, la maestra que tan bien escribe y recuerda: maestra en más de un sentido.

Jesús D... viene de ganar un premio de teatro y Toni anda metido en sus circuitos eléctricos. ¿Cómo puede gustarle a alguien la electricidad? se pregunta el Hombre del Prado. ¿Que clase de poesía manifiesta un omnio o un voltio? Por que Toni T... es un sentimental; Jesús también debe serlo, eso no lo recordaba, pero cuando habla de su familia, de su mujer, de los chicos, de la muerte de su madre, aflora en él un sentimiento triste, una mirada en que algo entela el brillo por unos instantes. Siempre ha mantenido una sonrisa cargada de ironía, pero es gesto natural lo que tenía por distancia, así lo piensa ahora.

Boadas se llena como un pulmón, de humanidad que es aire; y se vacía. Cada poco tiempo se produce el mismo efecto, a medida que acaban espectáculos. Delante de un Gin Tonic que es una obra de arte, el hombre del Prado siente que esa humanidad la aspira y expele el lugar, que debe ser lo único vivo en ese conjunto de cuevas, de cavernas, de oscuridades, que es una ciudad. Conviene, sabiendo ya del pié que se calza, cada uno en su pié y en su calzado, pensar en repetir, convertir la mágica casualidad del empeño de Toni, en un acto común de presente. Hacer que funcione el correo electrónico, charlar por Skype, tal vez pensar en proyectos juntos. Han descubierto, eso cree el que esto escribe, que no tiene edad, y esa era la preocupación antes del encuentro. No tiene edad, no la han tenido nunca, ni cuando en la veintena se creían ni ahora que muchos años después no aceptan la vejez sino como un estado del alma: y su alma está bien.

Otra vez, camino del hotel a donde le acompañan, ligeramente turbia la menta por un poco de bebida, vuelve la voz a susurrarle al oído "te dije que valía la pena que vinieras" y él no acierta a contestar: esta vez no. Le ha pedido al camarero de Boadas que les haga una foto juntos y lo ha hecho al tiempo que se ha retratado a si mismo: grotesco en una mueca de bufón. Asi deben de ser los reencuentros, con sus bufonadas, su melancolía, una pizca de nostalgia, una ligera ebriedad y una voz susurrante de la ciudad que le abre los brazos, después de tanto tiempo. Mientras entra en el Hotel, la voz sigue en él: es que nunca haces caso.

El Hombre del Prado sonríe en el ascensor y le promete cambiar. ¿No es, a fin de cuentas, un niño? Escribe Lucrecio que los ojos rehuyen lo brillante y evitan mirarlo, y él piensa que no es así. Habría que ver con qué ansía mira el brillo de esta noche en Barcelona.

miércoles, enero 30, 2008

Confidencias (II)

(Debe leerse a continuación del post anterior)

El Hombre del Prado camina ahora ligeramente detrás de S.Z. y le ve enorme, alto, más que grueso grande, ágil sin embargo como una bailarina, caminando con pasos cortos, algo femeninos. Ha cogido una rama del suelo y se apoya en ella como se apoyaría en un bastón, hasta que con un crujido se parte. ¿Que rama aguantaría ese peso, ese devastador apoyarse para, dándose impulso saltar de un pie a otro, de un paso a otro? Mira la rama rota y acaba de separar las dos partes.; se queda con una a modo de bastón de mariscal de campo o de varita mágica que agita en el aire. Tiene un cáncer, le ha explicado. Un cáncer primario, detectado a tiempo: los médicos le han dicho que debiendo preocuparse, debe de estar tranquilo; es curable, operable. El viaje a Madrid ha sido para hacerse unas pruebas, sin decir nada a nadie, ni a su mujer ni a sus hijos: la familia es una piña, piensa el Hombre del Prado. Nadie imagina que haya metástasis, que hayan nódulos secundarios: ha tenido suerte, le han dicho, no hay como mantener un buen control preventivo.

Se trata una vez más de mi fortuna, le dice caminando. El pino ese que hemos visto no sabe que el muérdago podría matarle, yo sé que el cáncer que tengo no me va a matar. ¿Que crees que es? ¿La mano de Dios? Ríen los dos. Cuando llamó por teléfono para anunciarle su visita a Madrid y decirle cuanto le apetecería verle, aunque fuera poco tiempo, volver a charlar como hacía años, tomar una copa, recordar nombres, personas, el Hombre del Prado le dijo que no vivía ya en la capital, que estaba a sesenta kilómetros, encerrado en un bosque, inmerso en su vida (no le dijo cuanto había tratado de despojarla de lo irrelevante para sentirla más cercana y propia) porque tal confidencia estaba fuera de lugar con S.Z. Pero recordó partidos de tenis, formando pareja, admirando a aquel enorme y ligero compañero que salvaba los partidos con subidas a las red que eran inimaginables, con una enorme y efectiva manera de jugar que, según confesaba, había aprendido solo. Es natural, decía a quienes se interesaban por su capacidad de juego sorprendente, nunca he dado una sola clase. ¿Porqué no vienes, le propuso, a mi casa del bosque y duermes aquí? Al día siguiente te llevaré al aeropuerto. Le debía esa hospitalidad a quien tanto había sufrido teniéndole a él por compañero de juego, y durante años no había proferido nunca la menor queja.

Durante el desayuno, les contó a Ana y al Hombre del Prado el asunto del cáncer, las pruebas que se había hecho, el agobio de su cuerpo enorme encajado en la máquina del Pet mientras la máquina zumbaba recorriendo su longitud de la cabeza a los pies. Me preguntaba que verían, y si queréis que os diga la verdad, pensaba que me iba a morir, que me estaban engañando. Ana le habla de la necesidad de creer aunque se dude y S.Z. le contesta sobre lo fácil que es dudar. Porque todo lo que le viene a la mente y al lenguaje surgió la noche anterior como un arroyo que empieza a manar, algo casi irrelevante y sin fuerza: no se trata de miedo, asegura, sino de un descubrimiento insólito: puede morirse, no de una manera genérica, sino ciertamente. Así es que uno puede morirse ahora, en unos meses, en menos de un año o dos. La vida, insiste, es repentinamente una certeza que expira a plazo fijo. He ahí una novedad.

Están entrando en el pueblo por el norte, que permanece solitario, un paisaje casi sin figuras, habitado por neblina ligera que humedece el aire y le confiere brillos acuosos. ¿No es lo deseable, dice volviendo a su tema, una vida sin altibajos, siempre un poco mejor, basada en la fortuna y el trabajo, en la suerte? Nunca ha tenido un problema cuando mirando a su alrededor eran evidentes; sus hijos fueron buenos estudiantes, cariñosos; su matrimonio no conoció altibajos, las discusiones eran siempre por nimiedades que acababan disolviéndose en nada; su trabajo fluía y le permitió conocer a gente interesante como el Hombre del Prado, al que confiesa haber admirado siempre por su manía de pensar, de dar la vuelta a todo: le gustaba escucharle y pensaba que aprendía de él aunque ninguna inquietud quedaba en su espíritu; su retiro en la casa de Santánder era un largo período de tiempo, repetitivo, hecho de costumbres agradables: embarcar de vez en cuando en el barquito, pescar de vez en cuando, sentarse en el jardín, en una tumbona o dormitar viendo la televisión. ¿He hecho algo mal para no ser, una vez por lo menos, desgraciado? El Hombre del Prado se ríe. Anda, vamos a comprar el pan, que se lo ha pedido Ana al salir a caminar con Goyerri.

Una libreta, que es como llaman aquí a la hogaza: y a la barra de pan, pistola; y a los pequeños panecillos para tostar y tomar en el desayuno con mantequilla, pulgas. Piden seis pulgas y la libreta y Luis, el panadero, socarrón, con su broma de siempre, que debería estar gastada, le dice: le daré entonces la mitad de media docena. Le devuelve el cambio y saliendo, ahora sí, reemprenden la marcha hacia la casa caminando por la acera que bordea la Nacional VI. ¿Qué puedes haber hecho mal? ¿Es que ser desgraciado es una obligación sin la cual no se debe vivir? S.Z. se ríe y hace girar la media rama desgajada en el aire, a su costado. Verás, y no quiero molestarte más, es que de repente, en el Pet, me dio por pensar en cuando era joven y me pregunté por mis inquietudes de entonces. No las encontré. Me dije que los jóvenes deben de tener inquietudes, que seguramente yo las habría tenido. No pude recordarlas. ¿Quise ser otra cosa? Imaginas que hubiera querido ser otra cosa y lo hubiera dejado atrás? Ahora me ha dado por leer libros de historia y disfruto mucho con ello, y como sé que no me voy a morir seguiré disfrutando. Pero, ¿quise ser algo más que un impresor? Porque ni siquiera lo fui, monté una imprenta como podía haber montado una peluquería. ¿Porqué me da ahora por la historia? ¿Entiendes lo que me agobia? ¿Le agobia realmente? El Hombre del Prado cree que no, que en realidad se ha abierto un agujero en su confianza en la vida real que ha tenido hasta este mismo momento en que vuelven a casa caminando. Si pudiera recordar alguna inquietud de juventud sabría, podría saber, en que me he equivocado, añade.

He aquí se dice el hombre del Prado, a alguien que necesita encontrar un tropiezo en su vida, una culpa que expiar. ¿De que podría acusarse en un juicio final? ¿De afortunado y feliz? Vamos, vamos, le dice, déjate de chorradas y opérate, sube al barco, pesca, lee historia y muérete cuando te toque. Pero nada de esto convence a S.Z. Seguirá buscando una culpa en pos de una expiación.

Mientras, después de comer, van al aeropuerto en coche, reparan en que no han hablado de nadie, ni de los viejos tiempos, ni de los partidos de tenis. Y empiezan entonces a hablar de la vida.