viernes, noviembre 30, 2007
jueves, noviembre 29, 2007
La mendiga, el saxofonista y los refugiados políticos

Para Francesc Puigcarbó, buen amigo. Un Cuento de Navidad de 2007.
Hoy el día estallaba de sol radiante y la alegría entraba por todas las ventanas y se filtraba a través de los poros de la piel y de esos dos poros inmensos que son los ojos. El bosque, en el linde del prado, se dibujaba con la nitidez de todos sus colores, húmedos de una noche fría a -6º y una capa de escarcha empezaba a transparentar, abandonando el velo formado por la noche, su ocultamiento. Son días que enuncian el júbilo de la Naturaleza y que en esa radiación espectacular que reconforta obliga a pensar sino estará ella en la esencia del hombre, como una componente de tal manera que, según piensa el Hombre del Prado, uno sea un poco cielo, un poco bosque, un poco río y un amasijo de carne, músculos y nervios habitado por millones de neuronas. Porque, de no ser así, ¿a que esa emoción que asalta e invade de gozo el ánimo?
Una lista de libros manuscrita en un folio, guardada en el bolsillo, es todo el bagaje con el que se encamina a Madrid, sesenta y tres kilómetros al sur. En el reproductor del coche suenan, una tras otras, cuatro piezas larguísimas de Goro Yamaguchi. La flauta japonesa, que es en realidad una flauta china, así se la denomina por tradición (todo lo japonés se inició en China) trata de reinventar con sonidos los propios del paisaje y en absoluta ausencia de violencia sonora desgrana notas y silencios, mientras los kilómetros se llenan, dejadas atrás las montañas de la sierra de Guadarrama, de una vasta planicie poblada de chalecitos, de centros comerciales, de carreteras que acceden a la autopistas y viales que de ella se alejan. Suenan trémolos que se originaron lejanos y uno piensa en el Ise Monogatari, donde los claros del bosque esconden pequeñas casas de madera rodeadas de aguas rumorosas, donde habitan bellas jóvenes que resguardan su belleza en la soledad. Se le ocurre pensar que en el cuento de Blancanieves hay ese poso oriental del escondrijo que solamente se ha de revelar a aquel que lo merezca.
Las librerías, no pequeñas sino todo lo contrario, están concurridas para ser un jueves por la mañana. La lista, ahora en la mano, obliga a un ir y venir siguiendo órdenes alfabéticos que el visitante se empeña en desordenar. Busca el Hombre del Prado un libro en concreto, con mucho interés, y otros varios que va anotando a medida que los piensa o descubre. Pero busca uno y se le niega: no está en la sección de filosofía y se encamina a la de política, y se le niega; vuelve a la primera sección y allí le asalta Levinas desde un estante donde debe, según la etiqueta, habitar la J. Encontrar a un autor entre sus libros es siempre una alegría, un encuentro personal, algo así como "a ti te andaba buscando yo" y las portadas se muestran sonrientes, "pues ya ves que estamos aquí", pero no era Levinas el objetivo, aunque no puede resistir la tentación de llevarse El Tiempo y el Otro y Los imprevistos de la Historia. No es que sea el Hombre del Prado un hombre de exhaustivos conocimientos filosóficos, antes bien es un aficionado a tratar de entender, lo que se le hace muy cuesta arriba, pero dice que tiene tiempo y que tarde o temprano una idea se abre, como todas las cosas se abren cuando es su momento: todo sucede en su momento, ni antes ni después, les decía a su equipo de trabajo en sus tiempos de ejecutivo. De nada vale pensar en lo que no ha sido o en lo que pudo ser, y en ese sentido de dejar al tiempo construir el entendimiento, traza su objetivo. Todo sucede en su momento justo, llevado con morosidad por la intención, el objetivo, la voluntad y la casualidad.
Pero no encuentra el libro que busca. Pregunta y en la primera de las tiendas le dicen que se ha agotado y que esperan recibirlo en dos o tres días. En la segunda ni siquiera lo tienen catalogado. Pero es relativamente nuevo, les dice, y le dicen que no, que no saben de él. En la primera, en el estante de la S encuentra otras obras del autor, pero no la que anda buscando. Será, se dice, que no es momento así que es mejor no irritarse ni lanzarse cegado por la desilusión contra los empleados, como si fueran molinos de viento. Todo lo más, les pide que le avisen y toman nota: nombre y teléfono. No se preocupe usted, le dicen, y eso le preocupa mucho: en España, cuando alguien sugiere no preocuparse, está anunciando preocupaciones y problemas; pero no se lo dice. En la misma S, dos estantes por encima de su posición natural, que debería ser la V doble (no sabe porque lo escribe así, que es como se la denomina a la letra) , encuentra un libro de Austral, pequeño y humilde, de aforismos de Ludwig Wittgenstein prologado por Sádaba. Este era un tipo que durante un tiempo le daba miedo cuando pensaba y hablaba (las dos cosas entrañan conjuntamente una responsabilidad hacia los otros) sobre terrorismo; ahora le produce una cierta lástima, sincera, emocional, no despectiva. Ahora, cuando oye a Sádaba hablar sobre el futuro del País Vasco, le parece que se ha venido abajo, que ha perdido su norte, que ha perdido aquella vieja rotundidad con la que filosofaba acerca de la vida y la muerte en su más pura realidad. Ahora se conforma con lo que pueda ser...
Ahora, mientras escribe, abre el libro al azar y lee un aforismo; lo hace como siempre una, dos y tres veces. Como los chistes, los aforismos a la primera le resultan esquivos. No puede dejar de reproducirlo aquí, porque le resulta enternecedor: ¿será que se va haciendo viejo?
Con la edad se nos escapan de nuevo los problemas, como en la juventud. No solo no podemos romper su corteza, sino que ni siquiera los podemos retener.Que quiere decir este "no poder retener" se pregunta y deja de escribir unos
segundos. Algo amargo flota en las palabras escritas, se esconde tras ellas; algo gime dentro del tiempo y comprende que es él.
Acaba por comprar Progreso o Retorno, de Leo Straus. Es el autor, pero no el libro que andaba buscando. Le convence, no solamente la determinación de leer a ese pensador judío alemán que tanto ha influido en el moderno pensamiento norte americano, según cuentan, que a él le falta mucha información, sino también el hecho de que la primera parte del libro dedica ciento veinte páginas a una ensayo que titula: El Problema de Sócrates: cinco lecciones. Hoy, piensa, es un día afortunado ya que, en la desgracia de no poder llevarse el título que le han recomendado, se ha encontrado con Sócrates visto por Straus, y el Hombre del Prado siente que desconoce a Sócrates mucho y que le gustaría profundizar en esa relación que será, con seguridad, amistosa: tiempo tiene.
En la calle de nuevo, la Gran Vía de Madrid se ofrece a través de las gentes que en ella están y la recorren, cada cual a lo suyo. En Doña Manolita, la cola de gentes que esperan para comprar los décimos del sorteo de Navidad da la vuelta a la esquina. Tiene fama el establecimiento y es notable el gentío que allí, pacientes bajo el frío, aguardan su turno para la fortuna. Cruza entre ellos sabiendo que como cada año, no le tocará nada y sobrevivirá. Comprende que esto es lo importante del sorteo, que viene repitiéndose desde los tiempos de Esquilache (y aquí la frase popular es justa y acertada)que como una tradición del cuerno de la fortuna genera una esperanza codiciosa, una ensoñación reparadora.
Ahora de vuelta al coche que ha dejado lejos, al principio de la calle Princesa para obligarse a andar y a ver gente, a mirar escaparates, a sentir el latir de la piel de una ciudad que, aunque parezca un disparate, a él le trae alientos de Nueva York, de multitud, de modernidad, a veces brillante y otras vetusta. Callejear Madrid es pisar los alrededores del Paraíso: no se acaba de entrar pero siempre se está cerca y en ese viaje por alcanzarlo, uno acaba prefiriendo, por la costumbre, quedarse en el arrabal porque en él ha hecho amigos.
Camina la gente con abrigo entre gente que lleva prendas deportivas, chaquetones, anoraks, ponchos, chaquetas y los primeros le sorprenden. Un hombre con abrigo es, hoy en día, un hombre que se reviste de dignidad y camina seriamente investido de una cierta rigidez, de un paso acomodado a una marcha aprendida, a un estándar ajeno que determina posición social o su aspiración, dignidad natural o su remedo. Un abrigo en el otoño de Madrid no es sino la faz del caminante, el golpe de efecto, la imagen que nos lanza mientras entre la gente establece un espacio frío de señor; camina el resto con más naturalidad, como al desgaire, con un cierto desgarbo que es cosa de los tiempos y de la libertad del cuerpo, metido en ropas más cómodas. Pero no nos engañemos, en todo esa ausencia de forma se esconde la donosura de los tiempos, la libertad de la juventud, la ambición de lo moderno frente a la antigualla que es el abrigo. Hay que desengañarse, si, quien lleva el abrigo abotonado, las manos en los bolsillos, el cuerpo erguido, la mirada serena hacia delante y una marcha en línea recta, está diciendo al resto que abran paso, que es un señor el que camina, tal vez añorante de otros tiempos, de otros autoritarismo, de otras jerarquías.
La mendiga, tendida de bruces en la acera, sobre una tela a modo de resguardo del frío de la piedra, parece rezar a un islam lejano, pero no es así. Sus manos, de palmas contra el suelo, bajo su cabeza soportando su frente, mueven los dedos en un tecleo como de pianista perdido en su partitura, y de sus labios sale, alcanza a oírlo el hombre del Prado, una musitación, un suave palabrear que no se entiende. Nadie le hace caso, nadie se detiene, no le pasa nada, no está desmayada, ni muerta, sino que es una mendiga así, demasiado vieja para mantener la compostura, que exige la mendicidad, de una apariencia penosa pero atenta. Esta no, parece abandonade de sí misma, se diría que está probablemente loca, y uno se pregunta cual es esta locura, mientras todos los cuerpos de la ciudad se desentienden. A lo sumo, el Hombre del Prado, deja una moneda y piensa si no estará pagando el espectáculo, si no será esta posición humillada, el reclamo para la piedad de los cincuenta céntimos. Pensando en el blog, con su teléfono móvil, hace una fotografía. Tal vez se considere algo indigno, pero pasará.
En la puerta de la segunda librería, en Preciados, suenan las notas de una canción que siempre le ha gustado: Jeepers Creepers. Inmediatamente recuerda la voz de Armstrong o de las Dolly Sisters, en las viejas grabaciones de la casa de la infancia. El músico se marca una buena ejecución al saxo: pasada la cincuentena, de cabello negro y rizado sobre una piel morena, parece ajeno a las sombras, irrealidades, que cruzan ante él sin ver ni oír y el Hombre del Prado no puede hacer otra cosa que detenerse a escuchar: ya ha escrito que es canción que le gusta. No sabe el tiempo, tal vez uno o dos minutos y con el silencio rebusca en el bolsillo mientras el hombre del saxo, sonriente, se frota los labios con el dorso de la mano y le mira. Usted no es de aquí, compañero, le dice. No, bueno si, porque repara en el acento latino americano. ¿Y usted? El Hombre del saxo le contesta con enorme seriedad: yo soy de cualquier sitio, compañero. Yo soy un refugiado político. Debe notar la perplejidad en quien deposita una moneda en el estuche del instrumento, porque ríe suavemente, para adentro, o desde muy dentro, una risa que flota o que se expande ofreciendo cordialidad, bonhomía. A lo mejor usted, le dice, no se ha dado cuenta de que todo el mundo, hace un gesto con el brazo que abarca a la amplitud de la calle, todos, somos refugiados políticos, aunque ellos no lo sepan. Mientras el caminante se aleja, suenan otra vez las notas de Jeepers Creepers.
La máquina de pago automático del aparcamiento le mira apremiante mientras él rebusca en todos, siempre en todos, los bolsillos, el ticket. No consigue no perderlos de vista, no sujetarlos en un solo bolsillo, siempre el mismo, o en el corazón de la cartera. Le pasa con todo, no solo con el ticket del aparcamiento, pero en este caso siente la displicente mirada de la máquina, amarilla, con su cara de cristal y sus instrucciones escritas. Como una muñeca desinhibida mantiene abierta la ranura de la boca por la que tragará el papelito que guarda la hora de entrada y luego tragará la tarjeta de crédito para finalmente devolvérselo todo con un gesto de displicencia, o de indiferencia. Dos hombres, en la cincuentena, hacen la misma operación en la máquina vecina. Todos somos egoístas, dice uno. Primero porque somos jóvenes, y luego porque lo damos todo por nada a cambio. / Si, pero yo lo he pasado tan mal, tu no sabes como lo he pasado. / Pues te veo muy bien. / Si me hubieras visto hace unos meses no lo dirías. /Ahora te veo bien. / Porque he levantado cabeza. Pero han estado a punto de poder conmigo. /Ya te digo, todos egoístas. Unos putos egoístas. / A mi me han hundido, y mientras se aleja, el Hombre del Prado siente añoranza sin saber porqué. Piensa que el tipo del saxo, compañero, tenía algo de razón, y todos, todos, somos unos refugiados políticos, aunque no lo sepamos.
martes, noviembre 27, 2007
Volver...
Volver, ni con la frente marchita pero si con las nieves de antaño, que el tiempo pasado en la ausencia del blog, o semi ausencia, no ha sido tan mal tratador ni rotundo. Vuelve con el mismo aspecto de hace una semanas, con el cabello cano que tiene hace años, con la barba casi blanca y una delgadez extrema que resulta de haber abandonado veinte kilos por causa de una diabetes abandonada durante mucho tiempo. Si la vejez o la muerte no le asustan, tampoco las apremia y mantener una salud sin estridencias es el objetivo de la buena vida a la que aspira. El Hombre del Prado vuelve al blog cansado de estrujarse las meninges en pos de una novela, a la que no abandona pero de la que quiere descansar buscando una respiración sosegada.
Una novela es para él una enorme complejidad que causan la pereza y la impotencia. La primera es terriblemente hermosa: relajarse, dejar lo de hoy para mañana, aspirar a que el tiempo suene con la música (cuando escribe es Calexico el grupo que suena en su PC, adormilarse en una lectura o en una película, pasear como si se flotara sin objeto ni destino y volver a casa con los ojos cerrados, conociendo los senderos que los pasos han marcado con medida exacta. La pereza está bien por su propia esencia, que más que llamarse pereza debiera llamarse gandulear.
La segunda es la impotencia y fue terrible en un tiempo en que todo lo le sugería era desconfianza en sí mismo; impotencia frente al asunto y a su desarrollo, parálisis del hacer, duda, sobre todo duda. Hoy, siendo lo mismo, piensa que tiene tiempo por delante. Está atascado, detenido, incapaz de entender porque ún capítulo, el segundo, que entiende que es crucial, se le resiste tanto. No puede avanzar de las tres o cuatro páginas porque sabe que llegando a ellas se encontrará con el enorme vacío construido atrás, alcanzará a entender que tampoco es eso lo que pretende. Es un capítulo maldito que por no existir lo es más todavía: nebulosa, intuición, una vaga idea de algo que es una cena en la que se habla de los valores de la vida y que son necesarios a los varones virtuosos. Las costumbres son la virtud de los romanos se decía, y en esas costumbres puede ahogarse una forma de vida, una manera de entender lo noble, la honradez, la honestidad y el servicio al Estado. ¿Cual es el precio de recuperar las costumbres, las virtudes? se preguntan y la respuesta muestra al silencio escondido en el fondo de la sala, , en el lugar en que también se aloja la conciencia. Pero no hay que ser terribles ni censurar la moralidad de los tiempos, sean los que sean, cuales y como sean. Parece sencillo, se trata de una simple cena en la que seis comensales hablan de ello y observan el pasado inmediato, los últimos diez años, con temor y reserva para expresar su pensamiento. Pero, ¿piensan? Los pensamientos, aherrojados en el corazón de los hombres que han cambiado libertad por temor suelen ir perdiendo intensidad hasta apagarse. Parece sencillo pero no lo es. Y sin segundo capítulo no hay continuidad aunque existan cuatrocientos folios que marcan un camino y que leídos parecen decir que ellos si valen. No todos, que ayer, sin ir más lejos, después de una relectura, envió a la papelera sesenta.
Hace veinticuatro horas que ha vuelto de Alicante, a un paisaje de nubes y frío: siempre nubes y frío en estas cumbres en que habita, en las que el sol aparece menos de los que se desearía pero la espesa capa de invierno adelantada tiene también su atractivo. Dejó atrás el sol que siempre canta y que le maravilla y el mar en calma en una playa de seis kilómetros de largo, desierta, mecida por la pereza, acunada por lo mediterráneo, reflejada en el otro continente desde el que llegan los ferrys. No hay que engañarse el paisaje del puerto visto en la distancia es idílico, pero es Alicante la ciudad con mayor índice de delincuencia de España y su penal es el de mayor conflictividad. El sol, una ciudad muelle y acogedora, guardan también el mercado del robo por encargo, de la pandilla de norafricanos que desembarcan por la mañana para robar en lugar, sitio y forma, señalados con anterioridad, y dejado el botín en el perista, vuelven al ferry y a su santuario. Todo paraíso encierra un infierno y basta entrar en el lugar por la puerta principal o por la de servicio. Crispín, en Los Intereses Creados, rectificaba a Leandro cuando este afirmaba que llegaban a una gran ciudad: Dos ciudades hay, le decía, una para los que llegan con dinero y otra para los que llegan sin.
El Dios Menor se ha comportado de manera sorprendente. Llegado como polízón en el portaequipajes del coche, con la evidente complicidad de Goyerri, ha vuelto patas arriba todas las convenciones que sobre él había acumulado el Hombre del Prado. Para empezar ha vaciado la nevera y los armarios de la cocina; se suponía que comía frutos secos, pero la paella le ha sentado estupendamente bien, como la fritura de pescado, los calamares, el jamón serrano con melón, el paté, y un espléndido Rabo de Toro que Fernando C... preparó en su chalé frente al mar en La Albufereta. Todo, absolutamente todo, ha sido consumido por el diosecillo que se relamía de gusto y al que los ojos le brillaban con reflejos de placer y felicidad. Ha sorbido, sin educación alguna, sorbiendo con ruido de aspiración, riojas, riberas, toros y un Viña Esmeralda de Torres, frío y afrutado, que en La Dársena acompañaba a un arroç negre. Celoso Goyerri, porque a él le está impedida la entrada en los lugares público, consiguió del personaje que guardara en servilletas pequeñas porciones del arroz. El hecho de que el perrillo esté a dieta no impedía a la pareja confabularse para sus asaltos gastronómicos.
Una evidencia molesta es que nadie salvo el Hombre del Prado y Goyerri tienen acceso a la visión del dios. Eso no quita para que aquel hable de él y explique a sus amigos que está allí, acompañándoles, y que sea por timidez o por naturaleza, no se muestra más que a unos elegidos por la casualidad. ¿O no es por la casualidad? NO lo sabe. Se lo preguntó una mañana frente a unas cervezas frías en la terraza, a 20º de temperatura y bajo un sol luminoso y cálido y no contesto, fuera porque tenía la boca llena o porque no quiso. Ana, que paciente y bondadosa, se ha acostumbrado a la situación, pregunta por él: ¿está aquí? o ¿que está haciendo? aunque eso lo ve al percibir la rapidez con que los platos se vacían. Una noche, hizo las dos preguntas que uno espera de que haga una mujer sensata: ¿donde duerme? y ¿dice algo de mi?
Duerme en la sala, bajo el televisor y contra el cofre indio, que abierto, contiene las botellas de alcohol social. Y si, dijo algo de ella, después de estar observándola mientras dormitaba una tarde frente al televisor: parece triste. No, es que está preocupada. Pasado un rato, el diosecillo aventuró: a veces me recuerda a Cénide, y a veces a Ceneo, y el Hombre del Prado se dijo que así eran muchas de las mujeres que conocía: ahora femeninas y amantes, ahora guerreros tenaces y a veces engreídos. Se lo dijo a Ana y ella sonrió: bueno, si él lo dice.
El día antes de la marcha, la pequeña deidad griega, tomó aparte al Hombre del Prado: dime una cosa, ¿aceptarías que me convirtiera en tu demon? Y el Hombre del Prado se emocionó.Pero, tú sabrías, y el pequeño rió al tiempo que Goyerri movía la cola con alegría. ¿Cómo no voy a saber?
Una novela es para él una enorme complejidad que causan la pereza y la impotencia. La primera es terriblemente hermosa: relajarse, dejar lo de hoy para mañana, aspirar a que el tiempo suene con la música (cuando escribe es Calexico el grupo que suena en su PC, adormilarse en una lectura o en una película, pasear como si se flotara sin objeto ni destino y volver a casa con los ojos cerrados, conociendo los senderos que los pasos han marcado con medida exacta. La pereza está bien por su propia esencia, que más que llamarse pereza debiera llamarse gandulear.
La segunda es la impotencia y fue terrible en un tiempo en que todo lo le sugería era desconfianza en sí mismo; impotencia frente al asunto y a su desarrollo, parálisis del hacer, duda, sobre todo duda. Hoy, siendo lo mismo, piensa que tiene tiempo por delante. Está atascado, detenido, incapaz de entender porque ún capítulo, el segundo, que entiende que es crucial, se le resiste tanto. No puede avanzar de las tres o cuatro páginas porque sabe que llegando a ellas se encontrará con el enorme vacío construido atrás, alcanzará a entender que tampoco es eso lo que pretende. Es un capítulo maldito que por no existir lo es más todavía: nebulosa, intuición, una vaga idea de algo que es una cena en la que se habla de los valores de la vida y que son necesarios a los varones virtuosos. Las costumbres son la virtud de los romanos se decía, y en esas costumbres puede ahogarse una forma de vida, una manera de entender lo noble, la honradez, la honestidad y el servicio al Estado. ¿Cual es el precio de recuperar las costumbres, las virtudes? se preguntan y la respuesta muestra al silencio escondido en el fondo de la sala, , en el lugar en que también se aloja la conciencia. Pero no hay que ser terribles ni censurar la moralidad de los tiempos, sean los que sean, cuales y como sean. Parece sencillo, se trata de una simple cena en la que seis comensales hablan de ello y observan el pasado inmediato, los últimos diez años, con temor y reserva para expresar su pensamiento. Pero, ¿piensan? Los pensamientos, aherrojados en el corazón de los hombres que han cambiado libertad por temor suelen ir perdiendo intensidad hasta apagarse. Parece sencillo pero no lo es. Y sin segundo capítulo no hay continuidad aunque existan cuatrocientos folios que marcan un camino y que leídos parecen decir que ellos si valen. No todos, que ayer, sin ir más lejos, después de una relectura, envió a la papelera sesenta.
Hace veinticuatro horas que ha vuelto de Alicante, a un paisaje de nubes y frío: siempre nubes y frío en estas cumbres en que habita, en las que el sol aparece menos de los que se desearía pero la espesa capa de invierno adelantada tiene también su atractivo. Dejó atrás el sol que siempre canta y que le maravilla y el mar en calma en una playa de seis kilómetros de largo, desierta, mecida por la pereza, acunada por lo mediterráneo, reflejada en el otro continente desde el que llegan los ferrys. No hay que engañarse el paisaje del puerto visto en la distancia es idílico, pero es Alicante la ciudad con mayor índice de delincuencia de España y su penal es el de mayor conflictividad. El sol, una ciudad muelle y acogedora, guardan también el mercado del robo por encargo, de la pandilla de norafricanos que desembarcan por la mañana para robar en lugar, sitio y forma, señalados con anterioridad, y dejado el botín en el perista, vuelven al ferry y a su santuario. Todo paraíso encierra un infierno y basta entrar en el lugar por la puerta principal o por la de servicio. Crispín, en Los Intereses Creados, rectificaba a Leandro cuando este afirmaba que llegaban a una gran ciudad: Dos ciudades hay, le decía, una para los que llegan con dinero y otra para los que llegan sin.
El Dios Menor se ha comportado de manera sorprendente. Llegado como polízón en el portaequipajes del coche, con la evidente complicidad de Goyerri, ha vuelto patas arriba todas las convenciones que sobre él había acumulado el Hombre del Prado. Para empezar ha vaciado la nevera y los armarios de la cocina; se suponía que comía frutos secos, pero la paella le ha sentado estupendamente bien, como la fritura de pescado, los calamares, el jamón serrano con melón, el paté, y un espléndido Rabo de Toro que Fernando C... preparó en su chalé frente al mar en La Albufereta. Todo, absolutamente todo, ha sido consumido por el diosecillo que se relamía de gusto y al que los ojos le brillaban con reflejos de placer y felicidad. Ha sorbido, sin educación alguna, sorbiendo con ruido de aspiración, riojas, riberas, toros y un Viña Esmeralda de Torres, frío y afrutado, que en La Dársena acompañaba a un arroç negre. Celoso Goyerri, porque a él le está impedida la entrada en los lugares público, consiguió del personaje que guardara en servilletas pequeñas porciones del arroz. El hecho de que el perrillo esté a dieta no impedía a la pareja confabularse para sus asaltos gastronómicos.
Una evidencia molesta es que nadie salvo el Hombre del Prado y Goyerri tienen acceso a la visión del dios. Eso no quita para que aquel hable de él y explique a sus amigos que está allí, acompañándoles, y que sea por timidez o por naturaleza, no se muestra más que a unos elegidos por la casualidad. ¿O no es por la casualidad? NO lo sabe. Se lo preguntó una mañana frente a unas cervezas frías en la terraza, a 20º de temperatura y bajo un sol luminoso y cálido y no contesto, fuera porque tenía la boca llena o porque no quiso. Ana, que paciente y bondadosa, se ha acostumbrado a la situación, pregunta por él: ¿está aquí? o ¿que está haciendo? aunque eso lo ve al percibir la rapidez con que los platos se vacían. Una noche, hizo las dos preguntas que uno espera de que haga una mujer sensata: ¿donde duerme? y ¿dice algo de mi?
Duerme en la sala, bajo el televisor y contra el cofre indio, que abierto, contiene las botellas de alcohol social. Y si, dijo algo de ella, después de estar observándola mientras dormitaba una tarde frente al televisor: parece triste. No, es que está preocupada. Pasado un rato, el diosecillo aventuró: a veces me recuerda a Cénide, y a veces a Ceneo, y el Hombre del Prado se dijo que así eran muchas de las mujeres que conocía: ahora femeninas y amantes, ahora guerreros tenaces y a veces engreídos. Se lo dijo a Ana y ella sonrió: bueno, si él lo dice.
El día antes de la marcha, la pequeña deidad griega, tomó aparte al Hombre del Prado: dime una cosa, ¿aceptarías que me convirtiera en tu demon? Y el Hombre del Prado se emocionó.Pero, tú sabrías, y el pequeño rió al tiempo que Goyerri movía la cola con alegría. ¿Cómo no voy a saber?
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De Goyerri y un dios menor,
De las cosas mínimas
martes, noviembre 20, 2007
Un instante junto al mar
Gregorio Luri ha reflexionado en varios posts sobre el instante y una cosa lleva a la otra.
De todo lo visto quedan instantes y el recuerdo de palabras aprendidas. Los instantes nunca fueron cuando era su tiempo, en el mismo momento de crearse, como un fogonazo que no se alcanza a ver hasta tiempo después, como la explosión de una estrella. Lo demás es memoria, que es narración, que viene a ser el resumen de uno en su tiempo pasado. En lo por venir no hay instantes todavía, ni momentos, ni hechos, ni acciones, ni actos, ni siquiera nada real salvo que el futuro, por el simple hecho de poder ser nombrado, sea realidad; lo es, probablemente, en la medida en que sea alcanzable llegar a vivir el tiempo futuro que se espera. El futuro no existe más allá del término de la vida, nada es constatable, ni siquiera significante. ¿Como puede significar algo aquello que aún no es y que es tanto improbable como que sea como probable.
Decía Cicerón que por viejo que uno sea siempre espera vivir un año más. A él no le dejaron hacer realidad esa esperanza. La suya fue una muerte absurda, hija del odio y de la mezquindad: Antonio le odiaba, Octaviano no impuso la vida del político aunque podía hacerlo. Tal vez quiso matar en él todo ejemplo de republicano convencido. Muerto el perro se acabó la rabia, pensaría, y fingiendo querer salvarle la vida la cedió ante el empuje de Antonio: "te cambio a Cicerón por tu tío" le dijo y el otro aceptó. Quería menos al hermano de su madre que odiaba al arpinate. En ese instante Cicerón perdió su vida, su fufuro y el de su familia. Los instantes de Cicerón, aquellos fulgores repentinos que le deslumbran y extraen de él todo el sentimiento posible, están en sus cartas y en los recuerdos de algunos de sus amigos: se refieren a su hija Tulia, delicia de mi alma la llamaba. Acude siempre a las líneas que escribe, un recuerdo tras otro, un sentimiento de anhelo, la irrecuperable pérdida de quien más amó. Le llegaban esos instantes arrebatados de la memoria, cuando en Túsculo escribía por ella las consolaciones y pensaba en edificarle un templo en los jardines.
Instantes que vienen de atrás adelante y adquieren el cuerpo de un pensamiento, sólido inmaterial, tan sólido como que su presencia impone, e inmaterial porque no es sino una imagen guardada en un conjunto de neuronas. Si los instantes fueran perdurables y visibles, el aire estaría lleno de ellas como si se tratara de bandadas de mariposas o una terrible plaga de langostas. Flotarían llevados por las corrientes, aureolados por la luz. Un instante evidencia siempre el fracaso de un acto que llegó a ser sin perdurar, aquello que no se pudo retener. La fotografía tomó de él la palabra instantánea y desveló el instante como una imagen impresa por la química sobre el papel.
El Hombre del Prado piensa en los instantes suyos mientras se acerca al mar, bajo el brillante sol mediterráneo. Dejó el bosque el domingo y mientras recorría en coche los 500 kilómetros que separan sus dos residencias, convocaba a sus instantes: no acudieron tantos como esperaba, seguramente a causa de que uno piensa poseer más instantes de los que realmente atesora. Abierta la caja flotan en el pensamiento tres o cuatro imágenes, no muchas más, y si quiere forzar a la memoria se encontrará con instantes fabricados por el deseo. Siempre la memoria convoca una imagen tras otra y todo lo que puede contener una emoción sublime, o el dolor inmenso, o la paz, la felicidad, el júbilo, acaba convertido en una imagen; causa probable será el tiempo en que se vive y el hábito a leer a partir de fotos que condensan hechos. Detrás de cada imagen una historia puede desvelarse, pero no es necesario, que la imagen es capaz de, al contenerlo todo, provocar todo el sentimiento.
En el capó del coche, al sacar las maletas, una figura pequeña y regordeta, se le ha quedado mirando con cara risueña: el dios menor se ha colado en el viaje al mar, y al final de este, saltando de su incómodo espacio, se ha acercado renqueando por la molesta posición hasta el borde de la terraza desde la que el mar se ofrece a la mirada. ¿Que haces tú aquí? le pregunta mientras ve como Goyerri, camina junto al diosecillo y ambos detenidos en el borde mismo, parecen solazarse por el espectáculo. El perro mueve la cola y el dios abre inmensos los ojos y ensancha las aletas de su nariz respingona, aspirando el olor. ¿Que haces tú aquí? Volver a ver el mar, le contesta el tímido personaje, arrebujado en su blanca y deslucida túnica.
Va a atardecer enseguida, ya el sol por el oeste cae detrás de la sierra. La ciudad aparece dorada como de bronce. ¿Donde queda mi Grecia? le pregunta la figura divina y el hombre del Prado señala hacia el este. Allí. ¿Muy lejos? Bueno, no mucho. Ah, dice el dios menor entrecerrando los ojos que mirando hacia el este tropiezan con los chalés que bordean el cabo, ¡ah!, que tiempos, que instantes pasé allí, dice. Y se ríe para si, socarrón. Goyerri ladra a una gaviota que vuelva bajo hacia la arena de la playa. El Hombre del Prado sabe, de inmediato, que este momento, esta imagen del dios griego y el perrillo, será un instante más en su vida repleto de felicidad. Le vienen al pensamiento las palabras de la Nodriza a Medea, y sin saber a cuento de qué las repite en voz alta: "cual piedra u ola marina oye los consuelos de los amigos" y apresura a todos para volver a la casa y preparar la cena. Por el camino mira a Goyerri severo: ¿sabías que estaba metido ahí todo el viaje? El perro sonrie, pero no ladra nada.
De todo lo visto quedan instantes y el recuerdo de palabras aprendidas. Los instantes nunca fueron cuando era su tiempo, en el mismo momento de crearse, como un fogonazo que no se alcanza a ver hasta tiempo después, como la explosión de una estrella. Lo demás es memoria, que es narración, que viene a ser el resumen de uno en su tiempo pasado. En lo por venir no hay instantes todavía, ni momentos, ni hechos, ni acciones, ni actos, ni siquiera nada real salvo que el futuro, por el simple hecho de poder ser nombrado, sea realidad; lo es, probablemente, en la medida en que sea alcanzable llegar a vivir el tiempo futuro que se espera. El futuro no existe más allá del término de la vida, nada es constatable, ni siquiera significante. ¿Como puede significar algo aquello que aún no es y que es tanto improbable como que sea como probable.
Decía Cicerón que por viejo que uno sea siempre espera vivir un año más. A él no le dejaron hacer realidad esa esperanza. La suya fue una muerte absurda, hija del odio y de la mezquindad: Antonio le odiaba, Octaviano no impuso la vida del político aunque podía hacerlo. Tal vez quiso matar en él todo ejemplo de republicano convencido. Muerto el perro se acabó la rabia, pensaría, y fingiendo querer salvarle la vida la cedió ante el empuje de Antonio: "te cambio a Cicerón por tu tío" le dijo y el otro aceptó. Quería menos al hermano de su madre que odiaba al arpinate. En ese instante Cicerón perdió su vida, su fufuro y el de su familia. Los instantes de Cicerón, aquellos fulgores repentinos que le deslumbran y extraen de él todo el sentimiento posible, están en sus cartas y en los recuerdos de algunos de sus amigos: se refieren a su hija Tulia, delicia de mi alma la llamaba. Acude siempre a las líneas que escribe, un recuerdo tras otro, un sentimiento de anhelo, la irrecuperable pérdida de quien más amó. Le llegaban esos instantes arrebatados de la memoria, cuando en Túsculo escribía por ella las consolaciones y pensaba en edificarle un templo en los jardines.
Instantes que vienen de atrás adelante y adquieren el cuerpo de un pensamiento, sólido inmaterial, tan sólido como que su presencia impone, e inmaterial porque no es sino una imagen guardada en un conjunto de neuronas. Si los instantes fueran perdurables y visibles, el aire estaría lleno de ellas como si se tratara de bandadas de mariposas o una terrible plaga de langostas. Flotarían llevados por las corrientes, aureolados por la luz. Un instante evidencia siempre el fracaso de un acto que llegó a ser sin perdurar, aquello que no se pudo retener. La fotografía tomó de él la palabra instantánea y desveló el instante como una imagen impresa por la química sobre el papel.
El Hombre del Prado piensa en los instantes suyos mientras se acerca al mar, bajo el brillante sol mediterráneo. Dejó el bosque el domingo y mientras recorría en coche los 500 kilómetros que separan sus dos residencias, convocaba a sus instantes: no acudieron tantos como esperaba, seguramente a causa de que uno piensa poseer más instantes de los que realmente atesora. Abierta la caja flotan en el pensamiento tres o cuatro imágenes, no muchas más, y si quiere forzar a la memoria se encontrará con instantes fabricados por el deseo. Siempre la memoria convoca una imagen tras otra y todo lo que puede contener una emoción sublime, o el dolor inmenso, o la paz, la felicidad, el júbilo, acaba convertido en una imagen; causa probable será el tiempo en que se vive y el hábito a leer a partir de fotos que condensan hechos. Detrás de cada imagen una historia puede desvelarse, pero no es necesario, que la imagen es capaz de, al contenerlo todo, provocar todo el sentimiento.
En el capó del coche, al sacar las maletas, una figura pequeña y regordeta, se le ha quedado mirando con cara risueña: el dios menor se ha colado en el viaje al mar, y al final de este, saltando de su incómodo espacio, se ha acercado renqueando por la molesta posición hasta el borde de la terraza desde la que el mar se ofrece a la mirada. ¿Que haces tú aquí? le pregunta mientras ve como Goyerri, camina junto al diosecillo y ambos detenidos en el borde mismo, parecen solazarse por el espectáculo. El perro mueve la cola y el dios abre inmensos los ojos y ensancha las aletas de su nariz respingona, aspirando el olor. ¿Que haces tú aquí? Volver a ver el mar, le contesta el tímido personaje, arrebujado en su blanca y deslucida túnica.
Va a atardecer enseguida, ya el sol por el oeste cae detrás de la sierra. La ciudad aparece dorada como de bronce. ¿Donde queda mi Grecia? le pregunta la figura divina y el hombre del Prado señala hacia el este. Allí. ¿Muy lejos? Bueno, no mucho. Ah, dice el dios menor entrecerrando los ojos que mirando hacia el este tropiezan con los chalés que bordean el cabo, ¡ah!, que tiempos, que instantes pasé allí, dice. Y se ríe para si, socarrón. Goyerri ladra a una gaviota que vuelva bajo hacia la arena de la playa. El Hombre del Prado sabe, de inmediato, que este momento, esta imagen del dios griego y el perrillo, será un instante más en su vida repleto de felicidad. Le vienen al pensamiento las palabras de la Nodriza a Medea, y sin saber a cuento de qué las repite en voz alta: "cual piedra u ola marina oye los consuelos de los amigos" y apresura a todos para volver a la casa y preparar la cena. Por el camino mira a Goyerri severo: ¿sabías que estaba metido ahí todo el viaje? El perro sonrie, pero no ladra nada.
viernes, noviembre 16, 2007
NO. Cuestión de arrogancia.
Se trata del NO, una cuestión arrogante si se quiere.
Cansa entresacar de la realidad de cada día algo que merezca la pena, no en el sentido de la vida propia, cotidiana, del afecto de cada día con los que están cerca. Se trata de algo que merezca la pena de entre todo eso que rodeándonos parece que va a ser esencial de hoy para mañana y de ahí al infinito. Tiene esta actualidad en que habitamos una urgencia por declararse ante las cosas, por declararlas en un sentido u otro, por afirmarlas, y aún más, por establecerlas como paradigmas definitorios, que produce vértigo. Se trata de un ansia de absoluto. Ante una palabra otra; ante una frase la contraria. La vehemencia es totalidad y en ella se esconde un afán de imposición que niega lo razonable e incluso lo razonando. ¿Cómo aceptar el color de las cosas narradas cuando apenas se han entrevisto? En la negrura de la noche, cuando se abren los ojos y se trata de adivinar el contorno de los objetos, que no por conocidos son asumibles todavía, salidos como estamos del sueño, en el torpor, nadie puede dar un sí categórico: y sin embargo esa es la exigencia. Dí que si nos grita todo, todo menos nosotros que dudamos. Dí que Si y serás mayoría.
Dejar de lado el acto de negar y estar de acuerdo, la sonrisa benévola de quien apoya aquello que se le impone, aún cuando pretenda que quede inconcreta, es un acto cobarde. Pedir tiempo para reflexionar es un acto cobarde. Dudar es cobardía. Aunque en las siguientes veinticuatro horas cambie el tiempo y aparezcan nubarrones donde antes lucía el sol esplendoroso, aquella posición mediatizada por la duda, será recordada como cobardía. ¿Donde estábamos en los días difíciles en que cabía estar con todos? Pero ¿quienes son todos? Mañana, tarde y noche, un largo y prolijo desfile de todos, irrumpe en las salas de la casa, en los espacios vacíos de la intimidad, para echar en cara la cobardía habida. Hasta de uno mismo duda uno, y de su coraje, a tal punto que puede sentir el ridículo de su vacilación. Como si le importara, que ese es el precio de la duda, la inseguridad. No es como Pedro, negar al Maestro hasta tres veces, sino negarse a uno mismo llevado por la mirada escéptica del Otro, una sola vez, una sola negación.
Los paisajes del propio escepticismo cambian, vienen a modificar hasta lo más esencial que uno posee, que es su confianza, no en los demás, sino en su razón débil y temblorosa. Es verdad comprobada que no hay certidumbre que no sufra ante los embates de una verdad colectiva y no se trata de abandonar la morada interior, el ámbito recóndito en que se esconde, con la timidez, la vacilación, y resistir en ella. Vacilo, pues soy. Dudo, pues soy. Esa afirmación personal del NO , simplemente del NO, sin mayor trascendencia (si es que no es esa una trascendencia significativa) acaba arrasando la misma fuente del grito o de la humillada reflexión. Cuanto dije y cuando lo dije era otro momento y otras eran las circunstancias que me rodeaban. Si todos los demás están en contra, ¿quien seré yo para no estar con ellos? Rota toda resistencia, inapelable su razón, queda la rendición y la vergüenza.
Se trata del NO, una cuestión arrogante si se quiere. Se rata de pronunciar el NO y mantenerlo, repetirlo como un eco de propiedad personal, al que nadie más tiene derecho. Este NO es mío, propiamente mío, mi única posesión en nada sujeta a cambios. Es mi NO eterno mientras viva, alcanzado por el tiempo y la razón, o por la misma irreflexión y el impulso vital, por el anhelo, por la misma intuición con que se siente el hambre y la sed. Este No natural, como nota musical, pincelada de color, palabra de lenguaje, gesto de mimo, surge de la profundidad del instinto, como fuente que brota de la tierra y de su hondura. Contra lo que se siente se hostiga, y brota el NO, monosílabo total, en todo manifiestamente más congruente y valeroso que un si de aceptación, o que un tal vez, o un no estoy seguro. El NO es un escenario donde el actor vive su vida y afirmándola se niega. Decía Camus que era el arma del hombre rebelde, aquello que le caracterizaba. Que párrafo tan sencillo y claro, magnífico de exposición, de acierto, de significación: "El hombre rebelde es el que dice No".
Parece que a esta actualidad que nos habita, Si y No le corresponden entidades colectivas. Ante cada cuestión, o se es Si o se es No; y una enorme masa de espectadores en su anonimato alcanzan a formar una mayoría siempre mudable que a uno de los dos condenarán a la falsedad. Por eso mismo NO, como acto de afirmación.
Cansa entresacar de la realidad de cada día algo que merezca la pena, no en el sentido de la vida propia, cotidiana, del afecto de cada día con los que están cerca. Se trata de algo que merezca la pena de entre todo eso que rodeándonos parece que va a ser esencial de hoy para mañana y de ahí al infinito. Tiene esta actualidad en que habitamos una urgencia por declararse ante las cosas, por declararlas en un sentido u otro, por afirmarlas, y aún más, por establecerlas como paradigmas definitorios, que produce vértigo. Se trata de un ansia de absoluto. Ante una palabra otra; ante una frase la contraria. La vehemencia es totalidad y en ella se esconde un afán de imposición que niega lo razonable e incluso lo razonando. ¿Cómo aceptar el color de las cosas narradas cuando apenas se han entrevisto? En la negrura de la noche, cuando se abren los ojos y se trata de adivinar el contorno de los objetos, que no por conocidos son asumibles todavía, salidos como estamos del sueño, en el torpor, nadie puede dar un sí categórico: y sin embargo esa es la exigencia. Dí que si nos grita todo, todo menos nosotros que dudamos. Dí que Si y serás mayoría.
Dejar de lado el acto de negar y estar de acuerdo, la sonrisa benévola de quien apoya aquello que se le impone, aún cuando pretenda que quede inconcreta, es un acto cobarde. Pedir tiempo para reflexionar es un acto cobarde. Dudar es cobardía. Aunque en las siguientes veinticuatro horas cambie el tiempo y aparezcan nubarrones donde antes lucía el sol esplendoroso, aquella posición mediatizada por la duda, será recordada como cobardía. ¿Donde estábamos en los días difíciles en que cabía estar con todos? Pero ¿quienes son todos? Mañana, tarde y noche, un largo y prolijo desfile de todos, irrumpe en las salas de la casa, en los espacios vacíos de la intimidad, para echar en cara la cobardía habida. Hasta de uno mismo duda uno, y de su coraje, a tal punto que puede sentir el ridículo de su vacilación. Como si le importara, que ese es el precio de la duda, la inseguridad. No es como Pedro, negar al Maestro hasta tres veces, sino negarse a uno mismo llevado por la mirada escéptica del Otro, una sola vez, una sola negación.
Los paisajes del propio escepticismo cambian, vienen a modificar hasta lo más esencial que uno posee, que es su confianza, no en los demás, sino en su razón débil y temblorosa. Es verdad comprobada que no hay certidumbre que no sufra ante los embates de una verdad colectiva y no se trata de abandonar la morada interior, el ámbito recóndito en que se esconde, con la timidez, la vacilación, y resistir en ella. Vacilo, pues soy. Dudo, pues soy. Esa afirmación personal del NO , simplemente del NO, sin mayor trascendencia (si es que no es esa una trascendencia significativa) acaba arrasando la misma fuente del grito o de la humillada reflexión. Cuanto dije y cuando lo dije era otro momento y otras eran las circunstancias que me rodeaban. Si todos los demás están en contra, ¿quien seré yo para no estar con ellos? Rota toda resistencia, inapelable su razón, queda la rendición y la vergüenza.
Se trata del NO, una cuestión arrogante si se quiere. Se rata de pronunciar el NO y mantenerlo, repetirlo como un eco de propiedad personal, al que nadie más tiene derecho. Este NO es mío, propiamente mío, mi única posesión en nada sujeta a cambios. Es mi NO eterno mientras viva, alcanzado por el tiempo y la razón, o por la misma irreflexión y el impulso vital, por el anhelo, por la misma intuición con que se siente el hambre y la sed. Este No natural, como nota musical, pincelada de color, palabra de lenguaje, gesto de mimo, surge de la profundidad del instinto, como fuente que brota de la tierra y de su hondura. Contra lo que se siente se hostiga, y brota el NO, monosílabo total, en todo manifiestamente más congruente y valeroso que un si de aceptación, o que un tal vez, o un no estoy seguro. El NO es un escenario donde el actor vive su vida y afirmándola se niega. Decía Camus que era el arma del hombre rebelde, aquello que le caracterizaba. Que párrafo tan sencillo y claro, magnífico de exposición, de acierto, de significación: "El hombre rebelde es el que dice No".
Parece que a esta actualidad que nos habita, Si y No le corresponden entidades colectivas. Ante cada cuestión, o se es Si o se es No; y una enorme masa de espectadores en su anonimato alcanzan a formar una mayoría siempre mudable que a uno de los dos condenarán a la falsedad. Por eso mismo NO, como acto de afirmación.
miércoles, noviembre 14, 2007
El otoño avanza seco, sin lluvia, bajando las temperaturas, manteniendo en el bosque y en el prado un sol radiante en un cielo de pocas nubes, frentes escasos que llegan desde el norte y que tienden a dispersarse. Los días son hermosos y lo que los entristece es ese anochecer temprano que el cambio de horario y el acortarse de los días produce, a las seis de la tarde, una noche avanzada, cerrada, que impide ver los detalles del exterior: a lo sumo el corto y limitado alcance de los faroles que bordean las calles.
Goyerri vive en ignorancia del cambio de horario y necesita acomodarse a él por el uso del tiempo que se hace en la casa. Siempre va a despertar al hombre del Prado a las 9,00 de la mañana, con una precisión horario que evidencia que todo animal es afortunado poseedor de un reloj natural de espléndida mecánica y rara exactitud; ocurre sin embargo, que el cambio de horario le deja inerme durante unos días, cuando llega al borde de la cama y sacude el cobertor, a las 8,00, seguro por su parte de que son las 9,00; recibe en general un gruñido, o la caricia de una mano que se dirige a ciegas hacia él para rascarle entre las orejas unos segundos nada más y luego le abandona. Inteligente y sensible como es, nada le molesta más que equivocarse y ser reprendido por ello, 'por lo que de inmediato procede a meterse debajo de la cama y esperar allí a que los movimientos del plano superior le garanticen, que esta vez, sin error, es hora de salir a la vida del día. Necesita unos días para comprender que el reloj personal que en él habita y funciona, debe atrasarse y al fin lo consigue.
El Hombre del Prado, que en estos días lee poco y trabaja mucho en el jardín, se encuentra al caer la tarde y volver a casa del paseo con su amigo el perro, por un exterior frío y oscuro, con la necesidad de ocupar el tiempo en otras actividades. Pues tiene la seguridad de que algo en su vida ha cambiado y que su cultura se ha empobrecida, al haber dejado en el almacén del que últimamente ha hablado una cantidad de conocimientos y seguridades que ya no le interesan, tiene poca seguridad en la atención que pueda ofrecer a la lectura de un buen libro. Porque ya no está seguro de que sea un buen libro aquel, que seleccionándolo de la biblioteca, se lleve a la butaca junto al fuego. Y porque, además, tiene que resituar ahora lo que entraña bondad y lo que por el contrario podría ser una lectura fútil o banal.
Le pasó hace unas semanas con Incerta Gloria, de Joan Sales. Lo empezó a leer con delectación y fué perdiendo velocidad en la medida en que el libro cambiaba de narrador y la historia empezaba a ramificarse saliendo del primer escenario, que consideró y sigue considerando, de indiscutible genialidad. Esa historia del frente de la guerra civil, en un paraje desolado, en un pueblo habitado por almas, que en ocasiones le recordaba a la Comala de Juan Rulfo, ese universo de un surrealismo espeso y montaraz donde las vidas de unos soldados republicanos vienen a dar como con un muelle desierto de oleajes, se alzó ante sus ojos como la metáfora de una guerra, la más real que nunca ha leído. Imaginó una película de esa primera parte, en el secarral del bajo Aragón, donde confluye con Cataluña, donde para nada aparece la política republicana como argumento esencial, y donde por eso parece que el paso de los días y las noches, hacen de la irrealidad una guerra real.
Tal vez fuera, eso no lo sabe, porque en esos días estaba alcanzando el punto máximo de abandono de certezas falsas, ni siquiera incertidumbres, por lo que le pareció que la segunda parte, la historia de Trini, empezaba a flojear al perder el paisaje y la tercera, de Cruells, se le fue de las manos, no al autor, que eso no lo sabe, pero si al lector, que terminó saltándose páginas totalmente desinteresado. Y esa experiencia fue la que le hizo proponerse abandonar la lectura por un tiempo que espera corto. Sabe que debe volver a repasar la biblioteca para liberar espacio, y que debe también volver a leer algunos libros que ahora, desasistido de conceptos fundamentales salvo los que todavía quedan, aunque no podría enumerarlos con exactitud, podrían volver a proponerle una nueva conformación de su cultura: propia, libremente escogida.
En las horas en que la tarde ha caído, ha decidido empezar a ver cine de nuevo, y eso quiere decir volver a ver películas que ya ha visto, que ya vio que en este indefinido "vio" produce la lejana sensación de lo que realmente fueron aquellas sesiones en que aprendió valores. No lo puede evitar, quiere volver a repasar esa Universidad que fue el cine, y en la que cree que su generación, o él por lo menos, que no es nadie para hablar de tanta generalidad y de usar plurales comprometedores, aprendió valores que no se estudiaban en ningún colegio y mucho menos en la Academia Lope de Vega, academia de barrio en la que cursó un bachiller hasta cuarto y reválida, sin asignaturas éticas y sin aprendizaje literario, más allá de las redacciones de los jueves (donde siempre obtenía la máxima calificación) y los versos que mostraban, contando sílabas con los dedos, la medida justa: a-ma-rra-doal-du-ro-ban-co-deu-na-ga-le-ra-tur-que-sa.
Es consciente de que coraje, tenacidad, esfuerzo, amor, beso, buenos, malos, mentira, verdad, arrojo, dignidad, violencia justa, malévola inclinación, injusticia, y tantos otros sustantivos que vienen a formar la base del conocimiento del hombre moderno de su edad, estaban en la pantalla en Capitanes Intrépidos, Brigada 21, Scarface, Horizontes Lejanos, Más allá del Missouri, Mujercitas, Música y Lágrimas, Sólo ante el Peligro, El Hombre Tranquilo, Pánico en las calles, Invasión en Birmania y un largo Etcétera que escribe con capital mayúscula en homenaje al cine que vio. Los nombres de los directores los aprendió mucho más tarde, cuando se consideró indispensable intelectualizarse y una película pasó de ser bonita a interesante.
Ahora tiene una buena colecciópn de películas fruto de la perversidad de Internet y de algunas compras puntuales. Los últimos días se ha sentado ante cuatro películas en cuatro tardes seguidas: 42 Pistolas de Samuel Fuller, El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, The King Lear de Jean Luc Godard y Medea de Pier Paolo Pasolini. Ha acertado, plenamente ha acertado porque las ha visto con nuevos ojos y ha sido lo mismo que acudir a un estreno en aquel maravillosos Cinema Paradiso que para él fue el Cine Gloria, en la Gran Vía de Barcelona, entre las calles Villarroel y Borrell. Cada una de ellas le ha llevado a nuevas reflexiones que no alcanzó en la primera visión, le ha sugerido nuevos territorios de pensamiento, le ha proporcionado el vislumbre de una realidad visible, como diría Benavente, a poca luz y para el más corto de vista.. Probablemente en aquel proceso de deconstrucción que da por terminado, olvidó al cine y a su valor creador de personalidad en el muchacho que se sentaba en la butaca y abría los ojos para ver una historia apasionante o los ojos apasionados por ver una historia.
De como algunas de esas viejas películas inciden en la realidad de hoy, la realidad que acepta como parte influyente en su vida, hablará en los próximos posts. Mientras tanto seguirá viendo cine en compañía de Goyerri y a veces, no siempre de Ana, porque según ella dice, "tiene que planchar". Y de nada sirve que le diga que ya planchará él (ella no le cree) o que lo deje para más tarde (ella no quiere).
Goyerri vive en ignorancia del cambio de horario y necesita acomodarse a él por el uso del tiempo que se hace en la casa. Siempre va a despertar al hombre del Prado a las 9,00 de la mañana, con una precisión horario que evidencia que todo animal es afortunado poseedor de un reloj natural de espléndida mecánica y rara exactitud; ocurre sin embargo, que el cambio de horario le deja inerme durante unos días, cuando llega al borde de la cama y sacude el cobertor, a las 8,00, seguro por su parte de que son las 9,00; recibe en general un gruñido, o la caricia de una mano que se dirige a ciegas hacia él para rascarle entre las orejas unos segundos nada más y luego le abandona. Inteligente y sensible como es, nada le molesta más que equivocarse y ser reprendido por ello, 'por lo que de inmediato procede a meterse debajo de la cama y esperar allí a que los movimientos del plano superior le garanticen, que esta vez, sin error, es hora de salir a la vida del día. Necesita unos días para comprender que el reloj personal que en él habita y funciona, debe atrasarse y al fin lo consigue.
El Hombre del Prado, que en estos días lee poco y trabaja mucho en el jardín, se encuentra al caer la tarde y volver a casa del paseo con su amigo el perro, por un exterior frío y oscuro, con la necesidad de ocupar el tiempo en otras actividades. Pues tiene la seguridad de que algo en su vida ha cambiado y que su cultura se ha empobrecida, al haber dejado en el almacén del que últimamente ha hablado una cantidad de conocimientos y seguridades que ya no le interesan, tiene poca seguridad en la atención que pueda ofrecer a la lectura de un buen libro. Porque ya no está seguro de que sea un buen libro aquel, que seleccionándolo de la biblioteca, se lleve a la butaca junto al fuego. Y porque, además, tiene que resituar ahora lo que entraña bondad y lo que por el contrario podría ser una lectura fútil o banal.
Le pasó hace unas semanas con Incerta Gloria, de Joan Sales. Lo empezó a leer con delectación y fué perdiendo velocidad en la medida en que el libro cambiaba de narrador y la historia empezaba a ramificarse saliendo del primer escenario, que consideró y sigue considerando, de indiscutible genialidad. Esa historia del frente de la guerra civil, en un paraje desolado, en un pueblo habitado por almas, que en ocasiones le recordaba a la Comala de Juan Rulfo, ese universo de un surrealismo espeso y montaraz donde las vidas de unos soldados republicanos vienen a dar como con un muelle desierto de oleajes, se alzó ante sus ojos como la metáfora de una guerra, la más real que nunca ha leído. Imaginó una película de esa primera parte, en el secarral del bajo Aragón, donde confluye con Cataluña, donde para nada aparece la política republicana como argumento esencial, y donde por eso parece que el paso de los días y las noches, hacen de la irrealidad una guerra real.
Tal vez fuera, eso no lo sabe, porque en esos días estaba alcanzando el punto máximo de abandono de certezas falsas, ni siquiera incertidumbres, por lo que le pareció que la segunda parte, la historia de Trini, empezaba a flojear al perder el paisaje y la tercera, de Cruells, se le fue de las manos, no al autor, que eso no lo sabe, pero si al lector, que terminó saltándose páginas totalmente desinteresado. Y esa experiencia fue la que le hizo proponerse abandonar la lectura por un tiempo que espera corto. Sabe que debe volver a repasar la biblioteca para liberar espacio, y que debe también volver a leer algunos libros que ahora, desasistido de conceptos fundamentales salvo los que todavía quedan, aunque no podría enumerarlos con exactitud, podrían volver a proponerle una nueva conformación de su cultura: propia, libremente escogida.
En las horas en que la tarde ha caído, ha decidido empezar a ver cine de nuevo, y eso quiere decir volver a ver películas que ya ha visto, que ya vio que en este indefinido "vio" produce la lejana sensación de lo que realmente fueron aquellas sesiones en que aprendió valores. No lo puede evitar, quiere volver a repasar esa Universidad que fue el cine, y en la que cree que su generación, o él por lo menos, que no es nadie para hablar de tanta generalidad y de usar plurales comprometedores, aprendió valores que no se estudiaban en ningún colegio y mucho menos en la Academia Lope de Vega, academia de barrio en la que cursó un bachiller hasta cuarto y reválida, sin asignaturas éticas y sin aprendizaje literario, más allá de las redacciones de los jueves (donde siempre obtenía la máxima calificación) y los versos que mostraban, contando sílabas con los dedos, la medida justa: a-ma-rra-doal-du-ro-ban-co-deu-na-ga-le-ra-tur-que-sa.
Es consciente de que coraje, tenacidad, esfuerzo, amor, beso, buenos, malos, mentira, verdad, arrojo, dignidad, violencia justa, malévola inclinación, injusticia, y tantos otros sustantivos que vienen a formar la base del conocimiento del hombre moderno de su edad, estaban en la pantalla en Capitanes Intrépidos, Brigada 21, Scarface, Horizontes Lejanos, Más allá del Missouri, Mujercitas, Música y Lágrimas, Sólo ante el Peligro, El Hombre Tranquilo, Pánico en las calles, Invasión en Birmania y un largo Etcétera que escribe con capital mayúscula en homenaje al cine que vio. Los nombres de los directores los aprendió mucho más tarde, cuando se consideró indispensable intelectualizarse y una película pasó de ser bonita a interesante.
Ahora tiene una buena colecciópn de películas fruto de la perversidad de Internet y de algunas compras puntuales. Los últimos días se ha sentado ante cuatro películas en cuatro tardes seguidas: 42 Pistolas de Samuel Fuller, El hombre que mató a Liberty Valance de John Ford, The King Lear de Jean Luc Godard y Medea de Pier Paolo Pasolini. Ha acertado, plenamente ha acertado porque las ha visto con nuevos ojos y ha sido lo mismo que acudir a un estreno en aquel maravillosos Cinema Paradiso que para él fue el Cine Gloria, en la Gran Vía de Barcelona, entre las calles Villarroel y Borrell. Cada una de ellas le ha llevado a nuevas reflexiones que no alcanzó en la primera visión, le ha sugerido nuevos territorios de pensamiento, le ha proporcionado el vislumbre de una realidad visible, como diría Benavente, a poca luz y para el más corto de vista.. Probablemente en aquel proceso de deconstrucción que da por terminado, olvidó al cine y a su valor creador de personalidad en el muchacho que se sentaba en la butaca y abría los ojos para ver una historia apasionante o los ojos apasionados por ver una historia.
De como algunas de esas viejas películas inciden en la realidad de hoy, la realidad que acepta como parte influyente en su vida, hablará en los próximos posts. Mientras tanto seguirá viendo cine en compañía de Goyerri y a veces, no siempre de Ana, porque según ella dice, "tiene que planchar". Y de nada sirve que le diga que ya planchará él (ella no le cree) o que lo deje para más tarde (ella no quiere).
domingo, noviembre 11, 2007
Balance y Realidad
325 post son muchos, abarcan casi dos años de escribir en un ejercicio de la vocación y de la tenacidad. Se empezó por el paisaje y la deconstrucción. Se empezó por la voluntad de explicarse, uno a si mismo, la propia vida, sospechoso y cierto, todo es uno, de no saber demasiado de ella. Tanto vivido, tanto leído, tanto hecho y tanto dicho, no eran en aquel inicio en el bosque, sino la vaga intuición de un exceso de equipaje, valijas que conteniendo todo tal vez estaban carentes de cosas relevantes, escondidas en su propia humildad o en la pequeñez, o en la distancia.
Es incierto que el tiempo arrase aunque pueda parecerlo. No es verdad que uno mismo, en este caso el "uno mismo" que ha escrito durante dos años este blog, pueda mirando hacia delante soltar una frase categórica del tipo de "la vida es una estafa" en cualquier momento. El Hombre del Prado, cuando no era quien es ahora, solía ser categórico y saber de todo, confundiendo "saber" con "información"; tenía a gala poder explicar la realidad de cada día a partir de un editorial y en una lista aprendida de adjetivos, describía a cada persona o momento, con fe en la verdad: era de él.
Durante 325 posts, casi dos años de escritura, ha hecho un ejercicio personal de identificación de todas las certidumbres adquiridas a lo largo de la vida. Tuvo siempre, durante casi cuarenta años, la sensación de que en algún momento había abandonado un camino propio y señalizado por la vocación y el ansia, para meterse en un raíl de alta velocidad. Se metió en la vida y se dejó conducir por ella, siempre categórico, siempre verdadero, hasta que perdió de vista el lugar de la bifurcación. Hoy se pregunta por el tiempo cedido en un largo viaje que si resultó beneficioso en términos de confort, a punto estuvo de dejarle en una estación perdida en un páramo sin nombre: un lugar de espera decorado con exquisito gusto, sin dirección a seguir.
Bajó en la estación del bosque, consciente de un hartazgo de los demás. Sabedor de que el caos es la única realidad que se puede tocar, trató de atemperar los efectos. Ana enfermó de cáncer y por vez primera, miró al futuro como un paisaje frontal, como su propia vida, y presintió la ausencia. No se trata de la soledad de uno, sino de la ausencia del otro, lo que descarna la conciencia. El vacío está en ella, se diría; probablemente tuvo por vez primera en su vida, un atisbo de realidad que le cercaba. El tiempo y la enfermedad siguieron su curso y los resultados aliviaron la angustia: hoy por hoy no se muere, se dice, pero ha sabido lo que es verse desgajado de algo a lo que nunca había tenido por realidad.
En el balance de estos 325 posts, ha dicho adiós, convencido, a las ideas hechas imagen de las grandes cosas, patria, tierra, país, gentes, cultura, libros, ideas, afirmaciones, historia, cultura, libros, ideas, afirmaciones, adjetivos, historia, adjetivos, palabras, frases, imágenes... Descompuesto el contenido de la vida en fragmentos, acomodados estos en un almacén en espera de catálogo, ha conseguido finalmente ver la realidad, que es el ínfimo espacio que le separa de ella cuando duermen o cuando desayunan. Así, se dice, que la vida no es una estafa, pero está escondida. Y se dice que ha estado a punto de perderla de vista.
Tan vacío se ha quedado, que deberá volver a empezar para, ordenando las cosas, pasar de la deconstrucción a la construcción. Y en ello estará seguir escribiendo posts, pero otros diferentes a los 325 pasados, porque todo ha cambiado; Incluso tanto, que intuye que es feliz aunque no sabe, ni como ni porqué.
Es incierto que el tiempo arrase aunque pueda parecerlo. No es verdad que uno mismo, en este caso el "uno mismo" que ha escrito durante dos años este blog, pueda mirando hacia delante soltar una frase categórica del tipo de "la vida es una estafa" en cualquier momento. El Hombre del Prado, cuando no era quien es ahora, solía ser categórico y saber de todo, confundiendo "saber" con "información"; tenía a gala poder explicar la realidad de cada día a partir de un editorial y en una lista aprendida de adjetivos, describía a cada persona o momento, con fe en la verdad: era de él.
Durante 325 posts, casi dos años de escritura, ha hecho un ejercicio personal de identificación de todas las certidumbres adquiridas a lo largo de la vida. Tuvo siempre, durante casi cuarenta años, la sensación de que en algún momento había abandonado un camino propio y señalizado por la vocación y el ansia, para meterse en un raíl de alta velocidad. Se metió en la vida y se dejó conducir por ella, siempre categórico, siempre verdadero, hasta que perdió de vista el lugar de la bifurcación. Hoy se pregunta por el tiempo cedido en un largo viaje que si resultó beneficioso en términos de confort, a punto estuvo de dejarle en una estación perdida en un páramo sin nombre: un lugar de espera decorado con exquisito gusto, sin dirección a seguir.
Bajó en la estación del bosque, consciente de un hartazgo de los demás. Sabedor de que el caos es la única realidad que se puede tocar, trató de atemperar los efectos. Ana enfermó de cáncer y por vez primera, miró al futuro como un paisaje frontal, como su propia vida, y presintió la ausencia. No se trata de la soledad de uno, sino de la ausencia del otro, lo que descarna la conciencia. El vacío está en ella, se diría; probablemente tuvo por vez primera en su vida, un atisbo de realidad que le cercaba. El tiempo y la enfermedad siguieron su curso y los resultados aliviaron la angustia: hoy por hoy no se muere, se dice, pero ha sabido lo que es verse desgajado de algo a lo que nunca había tenido por realidad.
En el balance de estos 325 posts, ha dicho adiós, convencido, a las ideas hechas imagen de las grandes cosas, patria, tierra, país, gentes, cultura, libros, ideas, afirmaciones, historia, cultura, libros, ideas, afirmaciones, adjetivos, historia, adjetivos, palabras, frases, imágenes... Descompuesto el contenido de la vida en fragmentos, acomodados estos en un almacén en espera de catálogo, ha conseguido finalmente ver la realidad, que es el ínfimo espacio que le separa de ella cuando duermen o cuando desayunan. Así, se dice, que la vida no es una estafa, pero está escondida. Y se dice que ha estado a punto de perderla de vista.
Tan vacío se ha quedado, que deberá volver a empezar para, ordenando las cosas, pasar de la deconstrucción a la construcción. Y en ello estará seguir escribiendo posts, pero otros diferentes a los 325 pasados, porque todo ha cambiado; Incluso tanto, que intuye que es feliz aunque no sabe, ni como ni porqué.
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De las cosas mínimas,
Los bloques de la deconstrucción
sábado, noviembre 03, 2007
Casi un dios
Las palabras, piensa que le quedan las palabras; y el artificio montado en torno a ellas: el lenguaje: la incómoda carencia de los verbos, el difícil territorio de los pronombres; el vago espacio de los sustantivos. Todo lo que puede expresarse es vago, de aquí el mejor acomodo del silencio. El pensamiento en él se hace monarca absoluto, reino de la intuición y de lo evanescente: una idea sin palabras siempre tiende a ser una absoluta evanescencia: ahora es una certeza y poco a poco deja de ser certidumbre y entra en en la caja inquietante de la duda.
¿Que ha sucedido? Mientras baja la pendiente del monte sobre el prado, siguiendo a un airado Goyerri que muestra su disconformidad con el paseo elegido, él, que querría ir al pueblo y envolverse en la multitud humana que lo puebla, piensa que ha llegado finalmente al vacío de la deconstrucción: ya no hay referencias, ya nada es indicativo de nada y al cabo de tanto estar en el bosque, de tanto escribir casi diariamente (por lo menos durante un largo tiempo) descubre que la cueva que habitó está casi vacia y que todo lo que debiera ser guía, orden de las cosas, asidero para tomar verdades, se ha desvanecido. Las paredes de piedra, los muros del pinar, los senderos de tierra, se han quedado en eso y ya no son ni metáfora: el hombre desnudo ante si mismo ha encontrado el no, y la palabra mágica, ha surtido el efecto a su alrededor.
El Hombre del Prado, despojado de todo menos de una vaga identidad que le habita, no que habita él sino que le habita, que trata de poseerle y se aferra a su íntimo yo, como si fuera el intimo yo, aunque sugiere que tampoco lo es y que podría´ría desvanecerse, ya no es heredero de casi nada y solamente, volcado en una labor cotidiana de trabajar la tierra y mirar el espacio que le rodea, se descubre en vocación de cultivar la tierra, de cuidar de las flores, de guardarse de la lluvia o la nieve que se anuncia. No más poesía, no más conocimiento:_ antes bien menos de todo ello. Y volver a empezar.
Un hombre se vacia de cuanto le ha sido dado como verdad y encuentra en los adjetivos una trampa mortal. Y en los sustantivos. Amor es amor, y miedo miedo. ¿Porqué no tratar de renacer ya vivo? ¿Porque no caminar a construir otra identidad? Vuela sobre el prado un día de sol radiante y un aire fresco que vivifica músculos y venas? Por los ojos entra toda esta belleza que si puede atestiguar que lo es. ¿Podría pensar de otra manera? Los libros que le rodean son paredes, decoración, colores encuadernados, guardados en tapas, conteniendo palabras. Cuanto se pensó y está aquí se borra, que eso es dejar de tener interés. Cabe tratar de alcanzar una certeza y aún ello, en este inicio, parece no tener cabida. Cuesta llegar a lo cierto, por minúsculo que sea, entendiendo como lo cierto la simple afirmación de ser y estar: tiempo y lugar: accidente no es, que la consecución de las cosas aquí le han situado. Tiempo y lugar, aunque solo sea para rechazarlos a ambos y cerrando los ojos encontrar en el vacío, nuevamente, la cueva secreta donde se hizo siendo ya cosa de otros.
Ahora, incapaz de negar a todo, porque el simple hecho de ser es una afirmación, tal vez malsana, deberá restaurar un puñado de gentes que han alcanzado la misma clarividencia del no ver, no saber, no encontrar. Ningún magisterio puede producirle satisfacción, antes bien, solamente los aullidos desesperanzados de los que entrando en la vacuidad, han descubierto en la tierra una verdad cercana: la planta que semillada crece, el mar que se expande y contrae en respiración afanosa, la azada que abre un surco y el remo que se aferra al líquido en la impotencia de hacer al elemento. De la tierra solamente el sendero tiene el valor de la incertidumbre, del hacia donde ir sin conocer destino. No hay ciudad, ni pueblo, ni refugio. Todo hombre es en sí su destino y solo él puede forjar un esperanzado caminar, si tiene claro hacia donde, hacia qué. Que nadie se equivoque, esto no es terrible, pues se anuncia un nacimiento. ¿Es pues, se pregunta, lo incierto, lo que tiene valor? Y abandonando todo el equipaje que tanto pesa, que tanto le ha pesado, que tanto ha querido ser la guía, la agenda, el atajo para deducir de él lenguaje, se dice que es así. Por vez primera en su vida, como un lamento de niño que solo percibe sombras entre luces, siente la libertad de ser, ahora justamente cuando los años pesan.
Hay que acabar el jardín, marcar el huerto, esperar a las nieves y encontrar de nuevo, en las palabras de los otros, el lenguaje esperado. De súbito, que hermosa palabra, se imagina ante un espejo, salvajemente airado, viéndose vacío y vivo, despojado y pleno, y mientras le asaltan terribles aquellos que querrían despedazarle por su atrevimiento, rompe el cristal en que ve el ámbito que le rodea y se siente pletórico. Es casi un dios, ahora que vuelve a ser un hombre.
¿Que ha sucedido? Mientras baja la pendiente del monte sobre el prado, siguiendo a un airado Goyerri que muestra su disconformidad con el paseo elegido, él, que querría ir al pueblo y envolverse en la multitud humana que lo puebla, piensa que ha llegado finalmente al vacío de la deconstrucción: ya no hay referencias, ya nada es indicativo de nada y al cabo de tanto estar en el bosque, de tanto escribir casi diariamente (por lo menos durante un largo tiempo) descubre que la cueva que habitó está casi vacia y que todo lo que debiera ser guía, orden de las cosas, asidero para tomar verdades, se ha desvanecido. Las paredes de piedra, los muros del pinar, los senderos de tierra, se han quedado en eso y ya no son ni metáfora: el hombre desnudo ante si mismo ha encontrado el no, y la palabra mágica, ha surtido el efecto a su alrededor.
El Hombre del Prado, despojado de todo menos de una vaga identidad que le habita, no que habita él sino que le habita, que trata de poseerle y se aferra a su íntimo yo, como si fuera el intimo yo, aunque sugiere que tampoco lo es y que podría´ría desvanecerse, ya no es heredero de casi nada y solamente, volcado en una labor cotidiana de trabajar la tierra y mirar el espacio que le rodea, se descubre en vocación de cultivar la tierra, de cuidar de las flores, de guardarse de la lluvia o la nieve que se anuncia. No más poesía, no más conocimiento:_ antes bien menos de todo ello. Y volver a empezar.
Un hombre se vacia de cuanto le ha sido dado como verdad y encuentra en los adjetivos una trampa mortal. Y en los sustantivos. Amor es amor, y miedo miedo. ¿Porqué no tratar de renacer ya vivo? ¿Porque no caminar a construir otra identidad? Vuela sobre el prado un día de sol radiante y un aire fresco que vivifica músculos y venas? Por los ojos entra toda esta belleza que si puede atestiguar que lo es. ¿Podría pensar de otra manera? Los libros que le rodean son paredes, decoración, colores encuadernados, guardados en tapas, conteniendo palabras. Cuanto se pensó y está aquí se borra, que eso es dejar de tener interés. Cabe tratar de alcanzar una certeza y aún ello, en este inicio, parece no tener cabida. Cuesta llegar a lo cierto, por minúsculo que sea, entendiendo como lo cierto la simple afirmación de ser y estar: tiempo y lugar: accidente no es, que la consecución de las cosas aquí le han situado. Tiempo y lugar, aunque solo sea para rechazarlos a ambos y cerrando los ojos encontrar en el vacío, nuevamente, la cueva secreta donde se hizo siendo ya cosa de otros.
Ahora, incapaz de negar a todo, porque el simple hecho de ser es una afirmación, tal vez malsana, deberá restaurar un puñado de gentes que han alcanzado la misma clarividencia del no ver, no saber, no encontrar. Ningún magisterio puede producirle satisfacción, antes bien, solamente los aullidos desesperanzados de los que entrando en la vacuidad, han descubierto en la tierra una verdad cercana: la planta que semillada crece, el mar que se expande y contrae en respiración afanosa, la azada que abre un surco y el remo que se aferra al líquido en la impotencia de hacer al elemento. De la tierra solamente el sendero tiene el valor de la incertidumbre, del hacia donde ir sin conocer destino. No hay ciudad, ni pueblo, ni refugio. Todo hombre es en sí su destino y solo él puede forjar un esperanzado caminar, si tiene claro hacia donde, hacia qué. Que nadie se equivoque, esto no es terrible, pues se anuncia un nacimiento. ¿Es pues, se pregunta, lo incierto, lo que tiene valor? Y abandonando todo el equipaje que tanto pesa, que tanto le ha pesado, que tanto ha querido ser la guía, la agenda, el atajo para deducir de él lenguaje, se dice que es así. Por vez primera en su vida, como un lamento de niño que solo percibe sombras entre luces, siente la libertad de ser, ahora justamente cuando los años pesan.
Hay que acabar el jardín, marcar el huerto, esperar a las nieves y encontrar de nuevo, en las palabras de los otros, el lenguaje esperado. De súbito, que hermosa palabra, se imagina ante un espejo, salvajemente airado, viéndose vacío y vivo, despojado y pleno, y mientras le asaltan terribles aquellos que querrían despedazarle por su atrevimiento, rompe el cristal en que ve el ámbito que le rodea y se siente pletórico. Es casi un dios, ahora que vuelve a ser un hombre.
domingo, octubre 28, 2007
Apatía otoñal
En diez días transcurridos, el otoño ha anunciado el invierno. Las dos últimas noches ha empezado a helar en el prado; tejados y hierbas se han cubierto de esa mancha de blanco desvaído que apaga los colores con una vaga y triste transparencia, visión que absorbe tristeza desde el mismo aire del pensamiento; se anticipa el frío del exterior. Este año se ha dejado llevar por una apatía que le ha alejado de escribir y ocupando el tiempo entre leer y nada, ha disfrutado de la segunda opción caminando por el jardín, paseando a Goyerri, hablando con Ana contemplando el sol, que cada vez más bajo, entre desde primeras horas en la casa arrastrando a su paso las sombras de los muebles. Se ha producido de nuevo el milagro del cambio de apariencia de las cosas al que el pensamiento estético clásico japonés ha sido siempre tan constante. Las cosas son siempre otras, diferentes cuando la luz les ocupa y las descubre.
Los caballos vagan por los cercados masticando las últimas hierbas que ya son ralas, restos del esplendor del verano. El camino del bosque, que lleva hasta el pueblo por la pista de tenis y la parte de atrás de l piscina, es sombrío y frío y el mismo territorio de la zona estival, inmensa pradera que se curva en pequeñas colinas habitadas por grupos de árboles, sosteniendo el frontón, la balsa de los niños, la instalación de tamaño olímpico,, los vestuarios y la cafetería, está ahora desierta, con las puertas cerradas y los carteles que anuncin el precio de entradas y servicios, envejecen en su inutilidad.
Los hielos han llegado de golpe, sin avisar; las temperaturas han bajado del 0º de la noche a la mañana y le han sorprendido a medio recoger las plantas que son susceptibles de helada. Llegó a tiempo de sacar de sus posiciones a los geranios, enmacetarlos y meterlos en el invernadero después de sacar de ellos las matas de tomates con los últimos frutos, todavía verdes, que ahora enrojecen con lentitud en la cocina, sobre el mármol, al sol; es casi milagroso percibir como la superficie verde y brillante va tomando un rubor rosado que día a día sube hacia un rojo brillante. Serán los últimos del año y en el invernadero han quedado, en macetas, algunas plantas de pimientos que siguen, en el cálido acogimiento de cristales y reforzada la temperatura por un calefactor, creciendo, dando flor y entregando esta sus frutos.
Las begonias han sufrido el hielo y después de tres años de floración continua parecen haber renunciado a seguir mostrando su modestia de tonos verdes, pardos y rosados. Espera el hombre del Prado que encerradas en el invernadero, puedan sentir la recuperación a través del tibio aliento del sol que cruza sobre ellas de este a oeste, respaldadas del norte por el seto vegetal. El jardín, ahora, aparece despoblado de flores: los tubérculos de las dalias ya están en sitio seco y fresco, cubiertos por el serrín mientras que en sus bandejas, los bulbos vuelvan a ser enterrados en conjuntos. Ha pasado la moto azada por los parterres y ha levantado la tierra que, rastrillada después, forma una superficie ligera que chupa la escarcha y brilla al sol. Los bulbos irán a ocupar allí su lugar y a partir de abril empezarán a aparecer, vigorosos y plenos, en busca del sol de la primavera.
El jardín es pues la ocupación de su apatía y el lugar en que trabajar con las manos y pensar forman el hogar más acogedor que se puede desear. Tocar la tierra suelta y ligera, profundizar en ella, deshacer entre los dedos un terrón que escapó a la herramienta, oler el olor último del verano que ofrece como despedida, es un placer sensual. Durante estos días ha ajustado las tuberías de riego para evitar pérdidas y ha cuidado que una buena capa de tierra las cubra, para en lo posible evitar la helada. Tendrá que volver a hacerlo en primavera, pero no importa por el placer que causa hacerlo. El martes llegarán plantas de brezo que cerrarán los parterres, ahora abiertos por el lado que se muestra a la casa. Aguantarán la flor hasta las nieves e incluso después asomarán sus diminutas manchas de color, rojas o blancas, por encima del nivel de aquella. El brezo, en su tosquedad, es de una belleza humilde y tímida, que solo se percibe por la cantidad de flor que ofrece, pinceladas puntillistas en un paisaje que muda hacia el invierno con la resignación de la tierra.
Piensa en una naturaleza sin estaciones en la que el hombre envejezca en continuidad, sin otra referencia que la del espejo; la Naturaleza ofrece un guión de variaciones que componen una sinfonía con la duración de un año; el cuerpo recibe la estación y a ella responde acomodando el ánimo y el calendario es uno para todo, y la naturaleza toda espera el cambio ilusionada. Piensa que caminar por el jardín resume el esplendor perdido que ha de volver y en ese retorno eterno, en esa combinación de variables que forman lo que es la vida plena se sintetiza toda la serenidad que es necesaria para seguir adelante. No es sabiduría lo que aportan el jardín, el prado, el bosque, sino serenidad.
Hoy, domingo, vendrán a comer unos buenos amigos y han preparada una fuente de embutidos, otra de quesos, y una carne asada que prepara Ana con una receta que se ha adaptado de otras, y que recomienda a cualquiera que lea estas líneas si quiere saber lo que es conjugar sabores, lo dulce y lo salado. La escribe en este texto por si fuera de utilidad a los amantes del otoño, dejando claro que puede utilizarse para chuletas de cordero, donde la grasa que acompaña la carne, al deshacerse le confiere un toque aún más silvestre, o para asados de buey. La receta es sencilla:
Se hace una mezcla de dos cucharadas de vinagre, dos de aceite, dos de miel y dos de soja, y se bate. Se pone la carne a macerar dándole vueltas a la pieza para que empape bien y al cabo de una hora se introduce en el horno, en fuente de barro, echando por encima la mezcla líquida. Cada veinte minutos se da vuelta a la carne y se riega con el líquido al que se va uniendo su jugo. Pasado el tiempo, según hornos o costumbres, se saca y deja enfriar para el corte. Puede tomarse fría o caliente, según se prefiera, regada con la salsa que en cualquier caso deberá estar cuando menos tibia para deshacer cualquier resto de grasa.
La regará con vino de Toro, que es uno de los vinos olvidados de nuestra geografía, recio, con sabor y cuerpo, de entrada suave y color carmesí. De postre, bocaditos de limón que hacen en la Pastelería La Española de San Rafael. La historia de estos bocaditos, de la pastelería y de la afición del General Franco a los mismos, merece una explicación aparte que se hará mañana, vencida finalmente la apatía que hoy, por decisión y voluntad del Hombre del Prado, termina.
Por cierto que ha reaparecido el dios menor, confabulado con Goyerri en una extraña aventura que no es oportuno narrar ahora. Mañana con los bocaditos se dará cuenta de todo.
Los caballos vagan por los cercados masticando las últimas hierbas que ya son ralas, restos del esplendor del verano. El camino del bosque, que lleva hasta el pueblo por la pista de tenis y la parte de atrás de l piscina, es sombrío y frío y el mismo territorio de la zona estival, inmensa pradera que se curva en pequeñas colinas habitadas por grupos de árboles, sosteniendo el frontón, la balsa de los niños, la instalación de tamaño olímpico,, los vestuarios y la cafetería, está ahora desierta, con las puertas cerradas y los carteles que anuncin el precio de entradas y servicios, envejecen en su inutilidad.
Los hielos han llegado de golpe, sin avisar; las temperaturas han bajado del 0º de la noche a la mañana y le han sorprendido a medio recoger las plantas que son susceptibles de helada. Llegó a tiempo de sacar de sus posiciones a los geranios, enmacetarlos y meterlos en el invernadero después de sacar de ellos las matas de tomates con los últimos frutos, todavía verdes, que ahora enrojecen con lentitud en la cocina, sobre el mármol, al sol; es casi milagroso percibir como la superficie verde y brillante va tomando un rubor rosado que día a día sube hacia un rojo brillante. Serán los últimos del año y en el invernadero han quedado, en macetas, algunas plantas de pimientos que siguen, en el cálido acogimiento de cristales y reforzada la temperatura por un calefactor, creciendo, dando flor y entregando esta sus frutos.
Las begonias han sufrido el hielo y después de tres años de floración continua parecen haber renunciado a seguir mostrando su modestia de tonos verdes, pardos y rosados. Espera el hombre del Prado que encerradas en el invernadero, puedan sentir la recuperación a través del tibio aliento del sol que cruza sobre ellas de este a oeste, respaldadas del norte por el seto vegetal. El jardín, ahora, aparece despoblado de flores: los tubérculos de las dalias ya están en sitio seco y fresco, cubiertos por el serrín mientras que en sus bandejas, los bulbos vuelvan a ser enterrados en conjuntos. Ha pasado la moto azada por los parterres y ha levantado la tierra que, rastrillada después, forma una superficie ligera que chupa la escarcha y brilla al sol. Los bulbos irán a ocupar allí su lugar y a partir de abril empezarán a aparecer, vigorosos y plenos, en busca del sol de la primavera.
El jardín es pues la ocupación de su apatía y el lugar en que trabajar con las manos y pensar forman el hogar más acogedor que se puede desear. Tocar la tierra suelta y ligera, profundizar en ella, deshacer entre los dedos un terrón que escapó a la herramienta, oler el olor último del verano que ofrece como despedida, es un placer sensual. Durante estos días ha ajustado las tuberías de riego para evitar pérdidas y ha cuidado que una buena capa de tierra las cubra, para en lo posible evitar la helada. Tendrá que volver a hacerlo en primavera, pero no importa por el placer que causa hacerlo. El martes llegarán plantas de brezo que cerrarán los parterres, ahora abiertos por el lado que se muestra a la casa. Aguantarán la flor hasta las nieves e incluso después asomarán sus diminutas manchas de color, rojas o blancas, por encima del nivel de aquella. El brezo, en su tosquedad, es de una belleza humilde y tímida, que solo se percibe por la cantidad de flor que ofrece, pinceladas puntillistas en un paisaje que muda hacia el invierno con la resignación de la tierra.
Piensa en una naturaleza sin estaciones en la que el hombre envejezca en continuidad, sin otra referencia que la del espejo; la Naturaleza ofrece un guión de variaciones que componen una sinfonía con la duración de un año; el cuerpo recibe la estación y a ella responde acomodando el ánimo y el calendario es uno para todo, y la naturaleza toda espera el cambio ilusionada. Piensa que caminar por el jardín resume el esplendor perdido que ha de volver y en ese retorno eterno, en esa combinación de variables que forman lo que es la vida plena se sintetiza toda la serenidad que es necesaria para seguir adelante. No es sabiduría lo que aportan el jardín, el prado, el bosque, sino serenidad.
Hoy, domingo, vendrán a comer unos buenos amigos y han preparada una fuente de embutidos, otra de quesos, y una carne asada que prepara Ana con una receta que se ha adaptado de otras, y que recomienda a cualquiera que lea estas líneas si quiere saber lo que es conjugar sabores, lo dulce y lo salado. La escribe en este texto por si fuera de utilidad a los amantes del otoño, dejando claro que puede utilizarse para chuletas de cordero, donde la grasa que acompaña la carne, al deshacerse le confiere un toque aún más silvestre, o para asados de buey. La receta es sencilla:
Se hace una mezcla de dos cucharadas de vinagre, dos de aceite, dos de miel y dos de soja, y se bate. Se pone la carne a macerar dándole vueltas a la pieza para que empape bien y al cabo de una hora se introduce en el horno, en fuente de barro, echando por encima la mezcla líquida. Cada veinte minutos se da vuelta a la carne y se riega con el líquido al que se va uniendo su jugo. Pasado el tiempo, según hornos o costumbres, se saca y deja enfriar para el corte. Puede tomarse fría o caliente, según se prefiera, regada con la salsa que en cualquier caso deberá estar cuando menos tibia para deshacer cualquier resto de grasa.
La regará con vino de Toro, que es uno de los vinos olvidados de nuestra geografía, recio, con sabor y cuerpo, de entrada suave y color carmesí. De postre, bocaditos de limón que hacen en la Pastelería La Española de San Rafael. La historia de estos bocaditos, de la pastelería y de la afición del General Franco a los mismos, merece una explicación aparte que se hará mañana, vencida finalmente la apatía que hoy, por decisión y voluntad del Hombre del Prado, termina.
Por cierto que ha reaparecido el dios menor, confabulado con Goyerri en una extraña aventura que no es oportuno narrar ahora. Mañana con los bocaditos se dará cuenta de todo.
domingo, octubre 21, 2007
A todo hombre le cabe tener una conciencia viva, que por no estar dentro de él no termine por ser su cómplice, sino en aprobación si en silencio; una conciencia externa, una amistad combatiba, violenta, un hambre exagerada de dignidad oponiéndose al instinto. La conciencia interior no mira a los ojos sino que actúa directamente en el entendimiento, como una carcoma que no cesa de morder, de roer, en un punto indeterminado de la parte superior de la cabeza. Roe y roe creando entre las neuronas un sendero tortuoso, de minúsculo diametro, reconocible porque se siente a primer pensamiento. Se la puede inmovilizar, basta coger un libro u ocuparse en otro menester más exigente de esfuerzo: caminar, semillar, mover tierra, cambiar una bombilla. Hay mil y un remedios para acallar la conciencia interior: recordar una pasión que atenuada, fué a dormirse en el fondo de la memoria hasta quedar convertida en una estampa del imaginario personal; tomarse una cerveza bien fría bajo el sol o relajarse en una butava tratando de adormilarse y por lo tanto de adormilarla a ella; repetirse mil veces "que bien se está aquí" cuando esté aquí no es sino un lugar accidental.
La conciencia exterior, digamos que es la amistad, puede dejarse de lado cerrando las puertas de la casa a todos. Le viene a la cabeza aquel hermoso verso fraile: "¿quien eres tú que mi amistad procuras"? ¿NO hay en esas palabras tan bien puestas una clara y sencilla altivez. Aunque sea cosa de Dios en quien la altivez no es sino la incomodidad que muestra a quien le encuentra. ¿No hemos quedado que los dioses no se preocupan de lo humano?
La conciencia exterior, digamos que es la amistad, puede dejarse de lado cerrando las puertas de la casa a todos. Le viene a la cabeza aquel hermoso verso fraile: "¿quien eres tú que mi amistad procuras"? ¿NO hay en esas palabras tan bien puestas una clara y sencilla altivez. Aunque sea cosa de Dios en quien la altivez no es sino la incomodidad que muestra a quien le encuentra. ¿No hemos quedado que los dioses no se preocupan de lo humano?
viernes, octubre 19, 2007
De mentiras y verdades (1)
No es un nostálgico, nunca lo ha sido; melancólico si, en el sentido que se da a la palabra hoy en día, ligeramente triste, cayendo en una muelle depresión que debe ser pasajero; pero nostálgico. Nunca ha añorado nada del pasado y menos aún del ensoñador pasado inexistente, de aquello que se ha construido como un castillo en el aire. Probablemente tiene además la suerte de que vive en un país en el que el pasado fue peor a causa del marco general, y si el marco es feo la pintura queda desfavorecida.
Por otra parte, ¿de que podría tener nostalgia viviendo en el prado? Cuando, como hoy, sale un sol tan cálido y pleno que su luz lo llena todo con un alegre ímpetu, se impregna a si mismo de otra sensación de nostalgia: la del tiempo por venir. Habrán, como siempre, momentos mejores, pero ¿cómo reconocer los? La más propia sensación de plenitud de lo humano es el estar conscientemente en el momento en que se está sin dejar que el pensamiento vaya y venga: divagar es una pérdida de tiempo, un sinvivir, dicho en castizo.
La extensión del prado la cruza el hombre que mentía, mientras Goyerri desayuna junto al hombre del Prado en la cocina. Hoy desayunan solos, Ana no está. Goyerri, exquisito, toma porciones de tostada con una crema de queso ligeramente agrio, mojada en el café con leche; se planta junto a la silla y espera que de cada dos o tres bocados le llegue a él uno minúsculo: lo toma con la boca y lo mastica mirando al suelo. Si tarda en llegar el siguiente levanta la patita y con ella presiona la pierna de su amigo. "No hay más, se ha acabado", le dice este. Goyerri sale entonces al jardín y desaparece un rato mientras da vueltas por él y husmea.
La sombra del hombre que miente es una sombra de anécdota a contar en cenas entre amigos. Al Hombre del Prado nunca le fue simpático porque nunca le ha caído bien un tipo de gente que hace presunción de sus pequeñas bajezas tratando de mostrar a los demás que son ellos, los afortunados, los que hacen de su moral un sayo. Es cierto lo que dicen que "piensa el ladrón que todos son de su condición", pero a él le indigna sentirse pensado por una mente simple que considera que engañando al otro se siente feliz, y además lo explica públicamente.
Goyerri vuelve del jardín mientras el Hombre del Prado toma el sol junto a las puertas acristaladas del salón. Ana no está y su lugar frente a él, al otro lado del espacio, en ese pos desayuno matinal, es un vacío. Ha tenido que salir temprano para hacerse unos análisis y el espacio vacío es un hueco en el que, no estando en ella, aletean divagaciones. Cuando Goyerri vuelve del jardín, invariablemente, se pone dando el culito al Hombre del Prado para que este le masajee el lomo: el perrillo disfruta con ello y permanece así unos minutos mientras la mano frota vigorosamente su cuerpo; al cabo de un tiempo se dirige a Ana y se sitúa de la misma manera y es ella quien debe proceder al mismo ejercicio. Cuando considera que ha acabado con los dos, se va junto al hogar, sube de un salto ágil al sofá, se acurruca y se dispone a pasar allí una hora más o menos, hasta que le toque salir a su paseo diario.
La sombra del hombre que miente es solamente una sombra, que algunos llaman recuerdo. Le cuesta ver en él rasgos, que los tenía e incluso centrar las dimensiones de altura, peso. Ese tipo que miente se ha disipado en el aire y solo queda su acción, que recorre las carreteras que conducen de una real Barcelona y un hotel en la Gran Vía a la ciudad de Astorga, en la otra punta de la tierra.
Los ligeros ronquiditos de Goyerri ponen marco a la historia mínima que recuerda. El sol calienta leve y cariñosamente su piel y adorna en sus ojos el optimismo. El hombre que miente era un aventurero matrimonial. Recuerda que cuando la historia sucedió eran todos jóvenes, parejas jóvenes, con niños de poca edad y se reunían los finales de semana en excursiones al campo o en cenas en casas de uno de ellos. Eran la viva expresión de la vida en marcha. El Hombre que miente y su mujer eran una pareja bonita; a él no le recuerda bien, pero a ella si: era guapa, dulce, inteligente, moderna. "A las tontas, dijo alguien una vez, cuesta más engañarlas, porque solo piensan en protegerse. A las listas menos, porque cuando llegan a la conclusión de que no se las engaña, es para siempre" Quien dijo eso era el Hombre que Miente.
Era de esos tipos que están siempre coqueteando con una y con otra: si no lo intentas, decía, no pasa nunca. Y te aseguro que nunca se sabe. Las cosas de la vida tienen siempre una doble vertiente, aquella en que uno está y la otra, que es exactamente la contraria, aunque no se sepa cual es. Aquel hombre aventurero y conquistador, cuando tenía una aventura prometedora alquilaba una habitación en el Hotel Gran Vía de Barcelona y se iba allí un par de días con su amiga. ^¿Porqué al Hotel Gran Vía? le preguntó un día el del Prado. Estaba en Barcelona, ¿no te preocupa eso? No le preocupaba, era un tipo inteligente. El Hotel Gran Vía estaba en una zona céntrica y en una manzana de la Gran Vía prácticamente sin tiendas o comercios. Era improbable que su mujer, habitante de la Vía Augusta, mucho más hacia la montaña, cayera por allí.
¿Y que le dices para estar fuera dos días? Cabe tener en cuenta que en aquella época las comunicaciones por teléfono eran más complicadas que ahora en materia de tecnología y además eran fijas, de punto a punto. Si alguien te quería localizar tenía que hacerlo discando un número. El Hombre que Miente había pensado en ello. Realmente había pensado en dos cosas: las comunicaciones y en como disponer de un destino ilocalizable para sus aventuras. Era hombre que viajaba por trabajo, pero lo hacía a Madrid, Bilbao o Sevilla y esos destinos, le parecían a él de poca entidad para mentir.
Astorga fue la clave. No se sabe porqué, pero dio con el nombre, la ubicación y un cierto sentido provinciano que flotaba repentinamente al soltar el nombre. "Me voy a Astorga de nuevo, cielo" decía y repentinamente flotaba en la casa un ambiente aburrido, de notable poderío pueblerino. Pero, ¿que tienes tu en Astorga? Un cliente, un falso cliente, pero cliente al fin al que le dio figura, posición, presencia física, entidad y al que pobló de gente cuyas existencias iba relatando a menudo que se sucedían los viajes. El astorgano era un cliente que le obligaba a ir de vez en cuando a inventariar existencias siendo como era un distribuidor de zona muy importante. Él se alojaba en un hotel pequeño, cercano. Siempre llamaba a hora fija: es importante, decía, si la haces esperar quiere llamarte ella y te sorprende, así que tienes que dejarla segura de que solo le queda esperar a que llegue la hora de hablar, cada día.
Goyerri ha desaparecido de su lado y no lo ve en el jardín. Ahora está tratando de concretar los recuerdos con el objetivo de escribir estas líneas. El Hombre que Miente se instalaba en su hotel de la Gran Vía con su amiga y llamaba a su mujer a hora fija, cada noche. ¿Que haces? le preguntaba ella. Aburrirme, ¿que quieres que se haga en Astorga. He pensado en ir al cine, pero ya la hemos visto. Ella le compadecía, pensaba que dos días en Astorga, con sus noches, era un difícil castigo. A veces, en alguna cena, lo explicaba y lo miraba a él, con ojos tiernos, apoyaba la mano en su brazo: "pobre, decía, ¿lo imaginas? Si por lo menos fuera Madrid..."
El Hombre que Miente, que ha entrado en el salón y sigue siendo un tipo sin facciones, parece flotar por los rincones. En aquellos días de mediada juventud, consciente como era de la necesidad de que la historia de Astorga tuviera la entidad suficiente, empezó a aprender cosas de la ciudad: buscó guías, artículos y en una ocasión, esta vez solo, marchó a Astorga y la recorrió entera para conocerla: compró postales en el mostrador del hotelito en que se alojaba y volvió a Barcelona cargado de información astorgana. Cuando nos hablaba, del palacio del obispo o de la catedral, le preguntaba alguien siempre "pero, ¿es que tienes tiempo para pasear?" y ella, contestaba por él: si es que después de las siete tiene tiempo para todo.
Las mentiras, decía el, deben ser grandes, enormes, casi imposibles. Es más fácil creer un disparate, por improbable, que una mentira sencilla por repetida. Nadie falta al trabajo con veracidad si dice que tiene anginas, pero si asegura que se ha quedado encerrado en el baño y que no podía cerrar el grifo de la bañera y estaba solo en casa, y puebla la situación de una disparatada plenitud, será veraz, enteramente veraz. ¿Como alguien, va a inventarse eso?
El mundo paralelo que estaba creando en Astorga crecía: los hijos de los empleados cumplían años, hacían la comunión, moría algún padre de vez en cuando, se casaba algún hijo. Aprendió de los equipos de fútbol de la zona y de las manifestaciones culturales; despidieron a alguien y otros se jubilaron. El Hombre del Prado llegó a creer que aquel mentiroso se había inventado un mundo imposible que en realidad le gustaba más que el propio y real y a base de fabular había construido un escenario de una sustancia que no era el pretexto sino la evidencia. ¿Evidencia de qué? le preguntaba el Hombre que Miente. No lo sabía, pero estaba allí, creciendo, una Astorga doble, una ciudad repetida de otra ciudad, sacada de unas guías turísticas, y unas postales que llevaba a casa y dosificaba la entrega: te traigo postales cielo, en vez de enviarlas, para que las guardes con las fotos.
Los dos Hombres, prado y mentira, trabajaban juntos y eran buenos amigos. Al primero le molestaba tremendamente tener que mentir en público, seguirle a él en su mentira como cómplice; no podía hacer otra cosa, no había elegido él su papel en la obra y lo que más le inquietaba era no conocer el desenlace. Se lo dio ella, una noche de cena en casa, tomando copas, cuando la gente dispersa había formado pequeños grupos. Le llamó o hizo para sentarse junto e él, no lo recuerda bien, pero lo cierto es que quedaron encajados juntos en un sofá y ella le miró y pidió una promesa: quería que le dijera la verdad. ¿Quien puede no prometer eso? Iba a mentir, el Hombre del Prado iba a mentir y le turbaba tanto como la presencia de ella, sus ojos mirándole directamente, su mano sobre su antebrazo, el leve perfume que la envolvía... Yo sé, le dijo, que me engaña, que tiene a otras. Son muchos viajes, muchas salidas a deshoras, y cuando me dice que se va a Bilbao o a Madrid, o a Valencia, pienso que se va con otra. ¿Tu sabes algo de eso? No sabía, le dijo, no sabía nada de eso. Tenía que viajar por su trabajo, eso era cierto, y sabía que iba a ciudades a resolver problemas de clientes. Te lo pregunto a ti, le dijo ella, porque tu y tu mujer me parecéis honrados, sinceros, se os ve que os queréis, y yo no sé, si él me quiere o está con otra. ¿Sabes? le dijo, lo unico que se que es verdad es que va Astorga y me quedo tranquila cuando va allí. Pero a Madrid o a Bilbao, no sé, las mujeres notamos esas cosas.
Un mes después de esa conversación en la que no había tenido que mentir en absoluto, el Hombre del Prado se separó de su pareja, cogió un avión y salió de su ciudad. No volvió a ver nunca más al Hombre que Miente.
Goyerri sale del invernadero, que ha quedado abierto extrañamente. ¿Que hacías ahí? le pregunta al perrillo y este gruñe evasivo: Nada. No me gusta que entres ahí dentro, no quiero que revuelvas... y mientras habla percibe un movimiento en el fondo del jardín, un vago flotar de color blanco que desaparece tras el seto. Goyerri insiste: ¿que revuelva qué? El Hombre que miente ya no está en el jardín, pero el movimiento de color que acaba de ver era blanco y aquel vestía de oscuro. Se vuelve a Goyerri: ¿quien estaba en el invernadero? El perrillo se aleja sin contestar, como ofendido...
Por otra parte, ¿de que podría tener nostalgia viviendo en el prado? Cuando, como hoy, sale un sol tan cálido y pleno que su luz lo llena todo con un alegre ímpetu, se impregna a si mismo de otra sensación de nostalgia: la del tiempo por venir. Habrán, como siempre, momentos mejores, pero ¿cómo reconocer los? La más propia sensación de plenitud de lo humano es el estar conscientemente en el momento en que se está sin dejar que el pensamiento vaya y venga: divagar es una pérdida de tiempo, un sinvivir, dicho en castizo.
La extensión del prado la cruza el hombre que mentía, mientras Goyerri desayuna junto al hombre del Prado en la cocina. Hoy desayunan solos, Ana no está. Goyerri, exquisito, toma porciones de tostada con una crema de queso ligeramente agrio, mojada en el café con leche; se planta junto a la silla y espera que de cada dos o tres bocados le llegue a él uno minúsculo: lo toma con la boca y lo mastica mirando al suelo. Si tarda en llegar el siguiente levanta la patita y con ella presiona la pierna de su amigo. "No hay más, se ha acabado", le dice este. Goyerri sale entonces al jardín y desaparece un rato mientras da vueltas por él y husmea.
La sombra del hombre que miente es una sombra de anécdota a contar en cenas entre amigos. Al Hombre del Prado nunca le fue simpático porque nunca le ha caído bien un tipo de gente que hace presunción de sus pequeñas bajezas tratando de mostrar a los demás que son ellos, los afortunados, los que hacen de su moral un sayo. Es cierto lo que dicen que "piensa el ladrón que todos son de su condición", pero a él le indigna sentirse pensado por una mente simple que considera que engañando al otro se siente feliz, y además lo explica públicamente.
Goyerri vuelve del jardín mientras el Hombre del Prado toma el sol junto a las puertas acristaladas del salón. Ana no está y su lugar frente a él, al otro lado del espacio, en ese pos desayuno matinal, es un vacío. Ha tenido que salir temprano para hacerse unos análisis y el espacio vacío es un hueco en el que, no estando en ella, aletean divagaciones. Cuando Goyerri vuelve del jardín, invariablemente, se pone dando el culito al Hombre del Prado para que este le masajee el lomo: el perrillo disfruta con ello y permanece así unos minutos mientras la mano frota vigorosamente su cuerpo; al cabo de un tiempo se dirige a Ana y se sitúa de la misma manera y es ella quien debe proceder al mismo ejercicio. Cuando considera que ha acabado con los dos, se va junto al hogar, sube de un salto ágil al sofá, se acurruca y se dispone a pasar allí una hora más o menos, hasta que le toque salir a su paseo diario.
La sombra del hombre que miente es solamente una sombra, que algunos llaman recuerdo. Le cuesta ver en él rasgos, que los tenía e incluso centrar las dimensiones de altura, peso. Ese tipo que miente se ha disipado en el aire y solo queda su acción, que recorre las carreteras que conducen de una real Barcelona y un hotel en la Gran Vía a la ciudad de Astorga, en la otra punta de la tierra.
Los ligeros ronquiditos de Goyerri ponen marco a la historia mínima que recuerda. El sol calienta leve y cariñosamente su piel y adorna en sus ojos el optimismo. El hombre que miente era un aventurero matrimonial. Recuerda que cuando la historia sucedió eran todos jóvenes, parejas jóvenes, con niños de poca edad y se reunían los finales de semana en excursiones al campo o en cenas en casas de uno de ellos. Eran la viva expresión de la vida en marcha. El Hombre que miente y su mujer eran una pareja bonita; a él no le recuerda bien, pero a ella si: era guapa, dulce, inteligente, moderna. "A las tontas, dijo alguien una vez, cuesta más engañarlas, porque solo piensan en protegerse. A las listas menos, porque cuando llegan a la conclusión de que no se las engaña, es para siempre" Quien dijo eso era el Hombre que Miente.
Era de esos tipos que están siempre coqueteando con una y con otra: si no lo intentas, decía, no pasa nunca. Y te aseguro que nunca se sabe. Las cosas de la vida tienen siempre una doble vertiente, aquella en que uno está y la otra, que es exactamente la contraria, aunque no se sepa cual es. Aquel hombre aventurero y conquistador, cuando tenía una aventura prometedora alquilaba una habitación en el Hotel Gran Vía de Barcelona y se iba allí un par de días con su amiga. ^¿Porqué al Hotel Gran Vía? le preguntó un día el del Prado. Estaba en Barcelona, ¿no te preocupa eso? No le preocupaba, era un tipo inteligente. El Hotel Gran Vía estaba en una zona céntrica y en una manzana de la Gran Vía prácticamente sin tiendas o comercios. Era improbable que su mujer, habitante de la Vía Augusta, mucho más hacia la montaña, cayera por allí.
¿Y que le dices para estar fuera dos días? Cabe tener en cuenta que en aquella época las comunicaciones por teléfono eran más complicadas que ahora en materia de tecnología y además eran fijas, de punto a punto. Si alguien te quería localizar tenía que hacerlo discando un número. El Hombre que Miente había pensado en ello. Realmente había pensado en dos cosas: las comunicaciones y en como disponer de un destino ilocalizable para sus aventuras. Era hombre que viajaba por trabajo, pero lo hacía a Madrid, Bilbao o Sevilla y esos destinos, le parecían a él de poca entidad para mentir.
Astorga fue la clave. No se sabe porqué, pero dio con el nombre, la ubicación y un cierto sentido provinciano que flotaba repentinamente al soltar el nombre. "Me voy a Astorga de nuevo, cielo" decía y repentinamente flotaba en la casa un ambiente aburrido, de notable poderío pueblerino. Pero, ¿que tienes tu en Astorga? Un cliente, un falso cliente, pero cliente al fin al que le dio figura, posición, presencia física, entidad y al que pobló de gente cuyas existencias iba relatando a menudo que se sucedían los viajes. El astorgano era un cliente que le obligaba a ir de vez en cuando a inventariar existencias siendo como era un distribuidor de zona muy importante. Él se alojaba en un hotel pequeño, cercano. Siempre llamaba a hora fija: es importante, decía, si la haces esperar quiere llamarte ella y te sorprende, así que tienes que dejarla segura de que solo le queda esperar a que llegue la hora de hablar, cada día.
Goyerri ha desaparecido de su lado y no lo ve en el jardín. Ahora está tratando de concretar los recuerdos con el objetivo de escribir estas líneas. El Hombre que Miente se instalaba en su hotel de la Gran Vía con su amiga y llamaba a su mujer a hora fija, cada noche. ¿Que haces? le preguntaba ella. Aburrirme, ¿que quieres que se haga en Astorga. He pensado en ir al cine, pero ya la hemos visto. Ella le compadecía, pensaba que dos días en Astorga, con sus noches, era un difícil castigo. A veces, en alguna cena, lo explicaba y lo miraba a él, con ojos tiernos, apoyaba la mano en su brazo: "pobre, decía, ¿lo imaginas? Si por lo menos fuera Madrid..."
El Hombre que Miente, que ha entrado en el salón y sigue siendo un tipo sin facciones, parece flotar por los rincones. En aquellos días de mediada juventud, consciente como era de la necesidad de que la historia de Astorga tuviera la entidad suficiente, empezó a aprender cosas de la ciudad: buscó guías, artículos y en una ocasión, esta vez solo, marchó a Astorga y la recorrió entera para conocerla: compró postales en el mostrador del hotelito en que se alojaba y volvió a Barcelona cargado de información astorgana. Cuando nos hablaba, del palacio del obispo o de la catedral, le preguntaba alguien siempre "pero, ¿es que tienes tiempo para pasear?" y ella, contestaba por él: si es que después de las siete tiene tiempo para todo.
Las mentiras, decía el, deben ser grandes, enormes, casi imposibles. Es más fácil creer un disparate, por improbable, que una mentira sencilla por repetida. Nadie falta al trabajo con veracidad si dice que tiene anginas, pero si asegura que se ha quedado encerrado en el baño y que no podía cerrar el grifo de la bañera y estaba solo en casa, y puebla la situación de una disparatada plenitud, será veraz, enteramente veraz. ¿Como alguien, va a inventarse eso?
El mundo paralelo que estaba creando en Astorga crecía: los hijos de los empleados cumplían años, hacían la comunión, moría algún padre de vez en cuando, se casaba algún hijo. Aprendió de los equipos de fútbol de la zona y de las manifestaciones culturales; despidieron a alguien y otros se jubilaron. El Hombre del Prado llegó a creer que aquel mentiroso se había inventado un mundo imposible que en realidad le gustaba más que el propio y real y a base de fabular había construido un escenario de una sustancia que no era el pretexto sino la evidencia. ¿Evidencia de qué? le preguntaba el Hombre que Miente. No lo sabía, pero estaba allí, creciendo, una Astorga doble, una ciudad repetida de otra ciudad, sacada de unas guías turísticas, y unas postales que llevaba a casa y dosificaba la entrega: te traigo postales cielo, en vez de enviarlas, para que las guardes con las fotos.
Los dos Hombres, prado y mentira, trabajaban juntos y eran buenos amigos. Al primero le molestaba tremendamente tener que mentir en público, seguirle a él en su mentira como cómplice; no podía hacer otra cosa, no había elegido él su papel en la obra y lo que más le inquietaba era no conocer el desenlace. Se lo dio ella, una noche de cena en casa, tomando copas, cuando la gente dispersa había formado pequeños grupos. Le llamó o hizo para sentarse junto e él, no lo recuerda bien, pero lo cierto es que quedaron encajados juntos en un sofá y ella le miró y pidió una promesa: quería que le dijera la verdad. ¿Quien puede no prometer eso? Iba a mentir, el Hombre del Prado iba a mentir y le turbaba tanto como la presencia de ella, sus ojos mirándole directamente, su mano sobre su antebrazo, el leve perfume que la envolvía... Yo sé, le dijo, que me engaña, que tiene a otras. Son muchos viajes, muchas salidas a deshoras, y cuando me dice que se va a Bilbao o a Madrid, o a Valencia, pienso que se va con otra. ¿Tu sabes algo de eso? No sabía, le dijo, no sabía nada de eso. Tenía que viajar por su trabajo, eso era cierto, y sabía que iba a ciudades a resolver problemas de clientes. Te lo pregunto a ti, le dijo ella, porque tu y tu mujer me parecéis honrados, sinceros, se os ve que os queréis, y yo no sé, si él me quiere o está con otra. ¿Sabes? le dijo, lo unico que se que es verdad es que va Astorga y me quedo tranquila cuando va allí. Pero a Madrid o a Bilbao, no sé, las mujeres notamos esas cosas.
Un mes después de esa conversación en la que no había tenido que mentir en absoluto, el Hombre del Prado se separó de su pareja, cogió un avión y salió de su ciudad. No volvió a ver nunca más al Hombre que Miente.
Goyerri sale del invernadero, que ha quedado abierto extrañamente. ¿Que hacías ahí? le pregunta al perrillo y este gruñe evasivo: Nada. No me gusta que entres ahí dentro, no quiero que revuelvas... y mientras habla percibe un movimiento en el fondo del jardín, un vago flotar de color blanco que desaparece tras el seto. Goyerri insiste: ¿que revuelva qué? El Hombre que miente ya no está en el jardín, pero el movimiento de color que acaba de ver era blanco y aquel vestía de oscuro. Se vuelve a Goyerri: ¿quien estaba en el invernadero? El perrillo se aleja sin contestar, como ofendido...
lunes, octubre 15, 2007
Sobre la patria y la bandera
El Hombre del Bosque no se mete en estas cosas porque ya se metió en tiempos, no tan lejanos, y no tiene ahora muy claro en donde ni para qué. Se debe esta falta de claridad a que creyendo que estaba colaborando a construir un edificio sólido, no de la materia con que construyen los sueños, sino soñado y construido con la fe de los hombres en un país mejor, llega a la conclusión de que el incierto presente, el teórico futuro y el incomprensible pasado, derivan en una sustitución de tiempos verbales y de voces estentóreas, y a él le queda la incomprensión. Por eso se vino al bosque.
Ahora, en el otoño, este bosque tan hermoso, se balancea entre aceptar su propia realidad o proyectar el sueño del aislamiento. Emboscarse es encerrarse en un espacio propio, privado, escondido, y dejar que pasen por el sendero inmediato todas las figuras de la comedia en la que uno ha rechazado al papel. Emboscarse es mirar desde el escondite, el paso de cada uno de los actores y construir la crítica a cada traje, vestido o ademán, con la emocionante independencia del que, aislado, no recibirá de nadie petición de cuentas, y a nadie las dará por estar camuflado. Como el espectador en las últimas filas del cine, puede ir al espectáculo a vivir una pasión amorosa, comer palomitas o dormitar con ligeros ronquidos. Esa es la misión de las últimas filas de la platea o de los pisos altos, camuflar a los que, conscientemente, van a otra cosa.
El bosque real es metáfora, eso ya se sabe. El bosque, los árboles, el cielo, las montañas, el pueblito, todo es metáfora de una realidad que está formada por el bosque, los árboles, el cielo, las montañas, el pueblito. Uno mismo es metáfora de sí mismo, y todo lo que el ojo puede ver y enviar al cerebro la imagen para que la piense: metáforas que llenan la vida, los días, tomando de la realidad otro sentido paralelo. Un amigo lejano le solía decir al Hombre del Bosque que las metáforas tenían que significar siempre cosas escondidas, porque si no más valía usar las expresiones cabales que describían a la realidad sin subterfugios. Nunca entendió la ocupación de poeta.
Cuando llegó al bosque tenía la impresión de que el mundo que lo encerraba, como una circunferencia llena de vacíos, era hostil a él y le aprehendía en su hostilidad convirtiéndolo a una paranoia de moda. Todo es hostil, pues me bajo, parodiaba aquella expresión del Mayo del 68. Y se bajó en la parada de bosque, convencido de sus buenas razones para, estando molesto, optar por la retirada. Todos estos, se decía, están tan lejos de la razón, de la historia, de la lógica... También es cierto que alguien le dijo en una ocasión que cuando alguien piensa que todo el mundo se le enfrenta, debería concluir que en realidad es él quien se enfrenta a todo el mundo.
El Hombre del Bosque sentía que sus dos tierras, sus dos lenguas, sus dos sentimientos, se engallaban dura y violentamente y cada vez, aquella construcción soñada en la que colaboraba de una manera u otra, perdía de vista el paisaje soñada, la tierra de promisión, el paraíso perdido, y lo que le ofrecía era una confrontación sentimental disfrazada de política. Nadie es culpable por tener sentimientos, salvo que ellos sean infernales; nadie puede ser criticado por sentir que las cosas debieran ser siempre de otra manera o que, de la noche a la mañana, los signos y los himnos fueran además de los mismos los otros. Claro que sintió irritación para los demás: para los políticos que preconizaban el cambio y para los que les seguían, transformándose repentinamente en alguien que nunca habían sido.
Pensó que al mundo suyo, lo hacían cambiar en cierta manera en contra suya; como si todos se hubieran puesto de acuerdo y repentinamente fue alguien sin palabra, sin voz, porque separado del coro, de los coros, cuando estaba en un sitio indignaba a los otros, y si para allá se acercaba sucedía lo contrario con los de aquí. Dificl decir que él sentía que toda esa transformación del mundo que le rodeaba llegaba a violentarle: si nunca había sido demasiado amante de patrias, ahora dos, como lo de taza de caldo, le parecía hartazgo. Quería un mundo sencillo y cayó de bruces en un aula de nuevo patriotismo.
Es cierto que el Hombre del Bosque maneja con cierta soltura una liberal dosis de inteligencia: liberal porque no siempre es la misma y además se acomoda al pensamiento más relajante. Por ello, tomó la decisión de emboscarse encerrado en su verdad: "no es bueno que todo cambie ni tan deprisa ni al mismo tiempo". Porque, porque ese cambio contaba con él y con su voiluntad de aprendizaje: para ser debía estudiar, aprender a escribir un idioma que hablaba pero no escribía (tampoco lo hace ahora), aprender historia, aprender de los sentimientos correctos y de las nostalgias adecuadas; era simplemente el nieto de unos emigrantes acunando por dos culturas cercanas, que amaba a su ciudad, a los pueblos cercanos, algunos caminos de montaña, unas cuantas playas y otras ciudadaes y paisajes más allá de la vista.
Esa fue la revelación: no era un paranoico,los demás no eran los malos, sino que simplemente, se negaba a cambiar su pensamiento, su sentimentalismo, su sensibilidad, por el simple hecho de que ya que ha muerto el abuelo podemos segregar la casa familiar y ocuparla por pisos. Él tenía por la casa familiar una dosis de nostalgia alimenticia, pero para él se dirá y es cierto, es razonable decirlo. En la casa familiar se encerraba en un cuarto para leer a un poeta de Arenys o bajaba a la planta para zambullirse en otro que nació en un patio sevillano.
Es verdad que los jóvenes se parecen a los tiempos en que viven, pero los que llegan a la sesentena se parecen a si mismos, desprendidos del tiempo que ya es demasiado largo para andar mudando las actitudes y los comportamientos. Cabía reflexionar que si alguna culpa había, en todo eso que le había llevado a emboscarse en la sierra, la tenía él y solamente él por negarse a mudar con los tiempos. No se aprende a insultar lo que se ha amado de la noche a la mañana, hace falta tiempo y preparación. No se aprende a aplaudir todo lo que viene, hace falta estar dispuesto a acudir a la representación. Si el gran invento griego de la tragedia fue el coro, que no era sino (así lo piensa) el mismo espectador dotado de voz común y sentimiento, él lo abandonó, caló el chapeo, requirió la espada, miró de soslayo, fuese y no hubo nada.
Emboscarse es aceptar que, en frase brillante de Simone Signoret, la nostalgia ya no es lo que era. Emboscarse es aceptar que vayan las cosas por los caminos que vayas, la única manera de apearse es mantener el sentimiento a flote, y encerrarse en el hortus clausus de la vida retirada. Por los años que quedan, se diría, ¿a que viene ahora tanta exigencia?
Estos días, en que patrias, lenguas y banderas, han ondeado de un lado a otro como espectros arrojadizos, se ha emboscado más que nunca. Le molesta el escándalo, los sabelotodo, los presuntuosos, los dioses tonantes, los maestros de la cordura, los enseñantes de la historia, y hasta los mensajeros de la razón. Ha decidido seguir en su bosque.El cree que un hombre llevando una bandera es siempre el preludio de una tragedia porque le parece, en cierta manera, un hombre ridículo. Y cuando un hombre grita "¡viva!" hay de inmediato un "muera" que es su negativo.
Alguna razón tiene Confucio cuando dice que un hombre no debe tratar de verse en el agua que corre, sino en la quietada y tranquila, porque solo lo que es tranquilo proporciona tranquilidad.
Ahora, en el otoño, este bosque tan hermoso, se balancea entre aceptar su propia realidad o proyectar el sueño del aislamiento. Emboscarse es encerrarse en un espacio propio, privado, escondido, y dejar que pasen por el sendero inmediato todas las figuras de la comedia en la que uno ha rechazado al papel. Emboscarse es mirar desde el escondite, el paso de cada uno de los actores y construir la crítica a cada traje, vestido o ademán, con la emocionante independencia del que, aislado, no recibirá de nadie petición de cuentas, y a nadie las dará por estar camuflado. Como el espectador en las últimas filas del cine, puede ir al espectáculo a vivir una pasión amorosa, comer palomitas o dormitar con ligeros ronquidos. Esa es la misión de las últimas filas de la platea o de los pisos altos, camuflar a los que, conscientemente, van a otra cosa.
El bosque real es metáfora, eso ya se sabe. El bosque, los árboles, el cielo, las montañas, el pueblito, todo es metáfora de una realidad que está formada por el bosque, los árboles, el cielo, las montañas, el pueblito. Uno mismo es metáfora de sí mismo, y todo lo que el ojo puede ver y enviar al cerebro la imagen para que la piense: metáforas que llenan la vida, los días, tomando de la realidad otro sentido paralelo. Un amigo lejano le solía decir al Hombre del Bosque que las metáforas tenían que significar siempre cosas escondidas, porque si no más valía usar las expresiones cabales que describían a la realidad sin subterfugios. Nunca entendió la ocupación de poeta.
Cuando llegó al bosque tenía la impresión de que el mundo que lo encerraba, como una circunferencia llena de vacíos, era hostil a él y le aprehendía en su hostilidad convirtiéndolo a una paranoia de moda. Todo es hostil, pues me bajo, parodiaba aquella expresión del Mayo del 68. Y se bajó en la parada de bosque, convencido de sus buenas razones para, estando molesto, optar por la retirada. Todos estos, se decía, están tan lejos de la razón, de la historia, de la lógica... También es cierto que alguien le dijo en una ocasión que cuando alguien piensa que todo el mundo se le enfrenta, debería concluir que en realidad es él quien se enfrenta a todo el mundo.
El Hombre del Bosque sentía que sus dos tierras, sus dos lenguas, sus dos sentimientos, se engallaban dura y violentamente y cada vez, aquella construcción soñada en la que colaboraba de una manera u otra, perdía de vista el paisaje soñada, la tierra de promisión, el paraíso perdido, y lo que le ofrecía era una confrontación sentimental disfrazada de política. Nadie es culpable por tener sentimientos, salvo que ellos sean infernales; nadie puede ser criticado por sentir que las cosas debieran ser siempre de otra manera o que, de la noche a la mañana, los signos y los himnos fueran además de los mismos los otros. Claro que sintió irritación para los demás: para los políticos que preconizaban el cambio y para los que les seguían, transformándose repentinamente en alguien que nunca habían sido.
Pensó que al mundo suyo, lo hacían cambiar en cierta manera en contra suya; como si todos se hubieran puesto de acuerdo y repentinamente fue alguien sin palabra, sin voz, porque separado del coro, de los coros, cuando estaba en un sitio indignaba a los otros, y si para allá se acercaba sucedía lo contrario con los de aquí. Dificl decir que él sentía que toda esa transformación del mundo que le rodeaba llegaba a violentarle: si nunca había sido demasiado amante de patrias, ahora dos, como lo de taza de caldo, le parecía hartazgo. Quería un mundo sencillo y cayó de bruces en un aula de nuevo patriotismo.
Es cierto que el Hombre del Bosque maneja con cierta soltura una liberal dosis de inteligencia: liberal porque no siempre es la misma y además se acomoda al pensamiento más relajante. Por ello, tomó la decisión de emboscarse encerrado en su verdad: "no es bueno que todo cambie ni tan deprisa ni al mismo tiempo". Porque, porque ese cambio contaba con él y con su voiluntad de aprendizaje: para ser debía estudiar, aprender a escribir un idioma que hablaba pero no escribía (tampoco lo hace ahora), aprender historia, aprender de los sentimientos correctos y de las nostalgias adecuadas; era simplemente el nieto de unos emigrantes acunando por dos culturas cercanas, que amaba a su ciudad, a los pueblos cercanos, algunos caminos de montaña, unas cuantas playas y otras ciudadaes y paisajes más allá de la vista.
Esa fue la revelación: no era un paranoico,los demás no eran los malos, sino que simplemente, se negaba a cambiar su pensamiento, su sentimentalismo, su sensibilidad, por el simple hecho de que ya que ha muerto el abuelo podemos segregar la casa familiar y ocuparla por pisos. Él tenía por la casa familiar una dosis de nostalgia alimenticia, pero para él se dirá y es cierto, es razonable decirlo. En la casa familiar se encerraba en un cuarto para leer a un poeta de Arenys o bajaba a la planta para zambullirse en otro que nació en un patio sevillano.
Es verdad que los jóvenes se parecen a los tiempos en que viven, pero los que llegan a la sesentena se parecen a si mismos, desprendidos del tiempo que ya es demasiado largo para andar mudando las actitudes y los comportamientos. Cabía reflexionar que si alguna culpa había, en todo eso que le había llevado a emboscarse en la sierra, la tenía él y solamente él por negarse a mudar con los tiempos. No se aprende a insultar lo que se ha amado de la noche a la mañana, hace falta tiempo y preparación. No se aprende a aplaudir todo lo que viene, hace falta estar dispuesto a acudir a la representación. Si el gran invento griego de la tragedia fue el coro, que no era sino (así lo piensa) el mismo espectador dotado de voz común y sentimiento, él lo abandonó, caló el chapeo, requirió la espada, miró de soslayo, fuese y no hubo nada.
Emboscarse es aceptar que, en frase brillante de Simone Signoret, la nostalgia ya no es lo que era. Emboscarse es aceptar que vayan las cosas por los caminos que vayas, la única manera de apearse es mantener el sentimiento a flote, y encerrarse en el hortus clausus de la vida retirada. Por los años que quedan, se diría, ¿a que viene ahora tanta exigencia?
Estos días, en que patrias, lenguas y banderas, han ondeado de un lado a otro como espectros arrojadizos, se ha emboscado más que nunca. Le molesta el escándalo, los sabelotodo, los presuntuosos, los dioses tonantes, los maestros de la cordura, los enseñantes de la historia, y hasta los mensajeros de la razón. Ha decidido seguir en su bosque.El cree que un hombre llevando una bandera es siempre el preludio de una tragedia porque le parece, en cierta manera, un hombre ridículo. Y cuando un hombre grita "¡viva!" hay de inmediato un "muera" que es su negativo.
Alguna razón tiene Confucio cuando dice que un hombre no debe tratar de verse en el agua que corre, sino en la quietada y tranquila, porque solo lo que es tranquilo proporciona tranquilidad.
viernes, octubre 12, 2007
Bostezo: pero tu comnentario es un ejemplo de lo que digo, seguramente inconsciente. Y me explicaré tratando de que mi comentario, siendo crítico, te resulte amable. Lo contrario me molestaría mucho y de antemano pido excusas, por si llegara a suceder. Se de antemano que no soy quien para dar lecciones pero no se puede debatir sin oponerse al otro, y debe de ser con razones construídas.
Escribes:
Yo me estoy refiriendo concretamente a la manera de denominar una Ley y a los antecedentes que han llevado a ello. Utilizar un término acuñado en Francia y darle en prensa y en la clase política (el orden no viene al caso) una denominación que actúa como síntesis, pero que (según mi punto de vista mal recogida, por el simple hecho de que memoria e historia son radicalmente contraias: individual y subjetiva, la primera y colectiva y (dificilmente pero obligatoriamente, por definición) objetiva la segunda.
Naturalmente yo no entro en ello a valorar la razón, alcance y oportunidad de la Ley.
Sigues escribiendo:
Entras directamente en la parte polémica que tú deseas mostrar. Tienes todo el derecho, pero sin haber terminado de dirimir la conveniencia o no de la denominación, pasas directamente a dar una explicación que es "sectaria" del proceso vivido. Ahí ya conviene discrepar siempre que se acepte el territorio del debate. Y aceptado, la discrepancia estriba en el ehecho de que mezclas conciencias de tanta gente que ha sufrido las consecuencias de dichos actos con “ignorancia” militante, de no querer saber, que contiene en sí los elementos constructores de esa opinión que he llamado sectaria, ya que determinar a unos como conciencias de tanta gente frente a militancia ignorante, con el sentido peyorativo de este segundo concepto, establece una posición clara de quien lo menciona en un bando de los dos en que se divide el comentario.
Pasas luego a una exposicíón un poco de corrido a explicar las razones que dan una posición histórica perdedora, en el seno del debate, al bando que tu consideras perjudicado, terminando por situarte en la plataforma catalano/española que te es tan cara, cosa que en ningún momento considero reprobable y de la que en parte participo, como participo de la que es tu adversaria.
Ahora bien, sugiero ante todo la lectura del Proyecto de Ley, que será debatido en el Congreso y sufrirá modificaciones, que pienso pueden ser considerables.
http://www.mpr.es/NR/rdonlyres/3834DA97-8D86-4CD0-AE2E-7C8AA123725A/77934/ProyectodeLey.pdf
El texto del Proyecto es para mi asumible, si bien creo que en él deberían explicitarse mejor, y la palabra explicitar la uso en el sentido concreto del diccionario ( verbo transitivo Expresar una cosa con claridad). Por:
Esta Ley debiera concretar los períodos en los que el enfrentamiento civil se larvó, produjo, y las etapas de sus consecuencias posteriores. Desde mi punto de vista hay tres fases que produjeron víctimas:
1934 - Levantamiento sedicioso con asesinatos de clase en Asturias y posteriores fusilamientos sobre el terreno por parte de las tropas que lo reprimieron.
1936 - Alzamiento militar con su propia represión y consecuente actividad revolucionaria en la parte republicana que entrañaron confiscaciones patrimoniales
1939 - 1975 - Dictadura política
En los dos primeros es evidente que se produjeron hechos constitutivos de "memoria histórica" en ambos bandos en conflicto. Se bien lo discutioble que es establecer 1934 como integrado en este conjunto temporal, pero no fué sino el preludio de lo que vino a acontecer después, y como tal debiera ser tratado.
El tercer período está claro.
Sobre el primero tengo poca información e ignoro si la legalidad vigente en aquellos momentos, legalidad republicana, actúo ya en consecuencia, en cuyo caso lo retiraría con gusto de este comentario. Es decir: si los asesinatos de clase en Asturias, y los fusilamientos sin juicio previo fueron sancionnados, debiera dejarse ese tema al margen: si no fue así debiera mantenerse, siempre en mi opinión.
En la Exposición de Motivos de la Ley aparecen dos párrafos que llaman mi atención, no porque esté en contra de ellos, sino porque me resultan de dificl entendimiento, leídos en su conjunto:
Pareciéndome impecable el primero en su formulación, encuentro en el segundo que es consecuente con el anterior un término que, (no soy jurista ni nada que se le parezca) por no ser aclarado resulta extraño, y es el que está en negrita, el reconocimiento el derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano. Como este párrafo termina remitiendo al Artículo 2, lo cito expresamente:
Tal y como lo leo la Ley entiende que la Memoria personal y familiar debe ser reparada, la pregunta es, ante o para quien: ¿Para ellos? ¿Para la sociedad que pueda recordar a sus familiares represaliados como delincentes? ¿Para quienes expropiaron sus propiedades?
¿Es que la memoria personal, al unirse en un todo denominado memoria histórica, va a cambiar las memorias personales de cada individuo en sentido diferente al que ahora tienen?
Esta Ley es una Ley de reparaciones que abarca, desde la búsqueda de cadáveres hasta la desaparición de símbolos pasando por reparaciones económicas.
Y fijémonos por último que al alambicado contenido de esos dos párrafos, sobre todo el segundo, se opone la denominación del Proyecto, que es
sin que "memoria histórica aparezca por ningún lado? ¿A qué pues complicar las cosas?
Resumo: La Ley era para mi necesaria. Creo que abarca a todos los participantes en la contienda. Borra los símbolos (salvo casos de interés público). Se refiere vexclusivamente a la memoria personal y en ningún caso se identifica con el concepto, para mi absurdo, de Memoria Histórica.
Espero no haberte aburrido.
Escribes:
Luis Rivera, estoy bastante de acuerdo contigo. No hay ni buenos ni malos y el rollo de la “memoria histórica” en cualquier otro país daría risa. El problema es que con la Transición, se aplicó la amnistía, con la cual se olvidaban los crímenes de guerra y los hechos objetivos de la historia. Esto fue así hasta el punto de que aún hoy mucha gente reivindica a Franco y la política falangista, lo cual sería inaudito en un país europeo...
Yo me estoy refiriendo concretamente a la manera de denominar una Ley y a los antecedentes que han llevado a ello. Utilizar un término acuñado en Francia y darle en prensa y en la clase política (el orden no viene al caso) una denominación que actúa como síntesis, pero que (según mi punto de vista mal recogida, por el simple hecho de que memoria e historia son radicalmente contraias: individual y subjetiva, la primera y colectiva y (dificilmente pero obligatoriamente, por definición) objetiva la segunda.
Naturalmente yo no entro en ello a valorar la razón, alcance y oportunidad de la Ley.
Sigues escribiendo:
La amnistía, por un lado, no pudo dormir las conciencias de tanta gente que ha sufrido las consecuencias de dichos actos acontecidos en, al menos, medio siglo. Por otra parte, a nivel jurídico, no se ha podido condenarlos, con lo cual la historia ha quedado “parada”, “ignorada”. Ahí se puede entender el concepto de memoria histórica, desde un prisma de “ignorancia” militante, de no querer saber.
Entras directamente en la parte polémica que tú deseas mostrar. Tienes todo el derecho, pero sin haber terminado de dirimir la conveniencia o no de la denominación, pasas directamente a dar una explicación que es "sectaria" del proceso vivido. Ahí ya conviene discrepar siempre que se acepte el territorio del debate. Y aceptado, la discrepancia estriba en el ehecho de que mezclas conciencias de tanta gente que ha sufrido las consecuencias de dichos actos con “ignorancia” militante, de no querer saber, que contiene en sí los elementos constructores de esa opinión que he llamado sectaria, ya que determinar a unos como conciencias de tanta gente frente a militancia ignorante, con el sentido peyorativo de este segundo concepto, establece una posición clara de quien lo menciona en un bando de los dos en que se divide el comentario.
Pasas luego a una exposicíón un poco de corrido a explicar las razones que dan una posición histórica perdedora, en el seno del debate, al bando que tu consideras perjudicado, terminando por situarte en la plataforma catalano/española que te es tan cara, cosa que en ningún momento considero reprobable y de la que en parte participo, como participo de la que es tu adversaria.
Ahora bien, sugiero ante todo la lectura del Proyecto de Ley, que será debatido en el Congreso y sufrirá modificaciones, que pienso pueden ser considerables.
http://www.mpr.es/NR/rdonlyres/3834DA97-8D86-4CD0-AE2E-7C8AA123725A/77934/ProyectodeLey.pdf
El texto del Proyecto es para mi asumible, si bien creo que en él deberían explicitarse mejor, y la palabra explicitar la uso en el sentido concreto del diccionario ( verbo transitivo Expresar una cosa con claridad). Por:
Esta Ley debiera concretar los períodos en los que el enfrentamiento civil se larvó, produjo, y las etapas de sus consecuencias posteriores. Desde mi punto de vista hay tres fases que produjeron víctimas:
1934 - Levantamiento sedicioso con asesinatos de clase en Asturias y posteriores fusilamientos sobre el terreno por parte de las tropas que lo reprimieron.
1936 - Alzamiento militar con su propia represión y consecuente actividad revolucionaria en la parte republicana que entrañaron confiscaciones patrimoniales
1939 - 1975 - Dictadura política
En los dos primeros es evidente que se produjeron hechos constitutivos de "memoria histórica" en ambos bandos en conflicto. Se bien lo discutioble que es establecer 1934 como integrado en este conjunto temporal, pero no fué sino el preludio de lo que vino a acontecer después, y como tal debiera ser tratado.
El tercer período está claro.
Sobre el primero tengo poca información e ignoro si la legalidad vigente en aquellos momentos, legalidad republicana, actúo ya en consecuencia, en cuyo caso lo retiraría con gusto de este comentario. Es decir: si los asesinatos de clase en Asturias, y los fusilamientos sin juicio previo fueron sancionnados, debiera dejarse ese tema al margen: si no fue así debiera mantenerse, siempre en mi opinión.
En la Exposición de Motivos de la Ley aparecen dos párrafos que llaman mi atención, no porque esté en contra de ellos, sino porque me resultan de dificl entendimiento, leídos en su conjunto:
Es la hora, así, de que la democracia española, y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella, honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos, por
unos u otros motivos políticos o ideológicos, en aquellos dolorosos períodos de nuestra historia. Desdeluego, a quienes perdieron la vida. Con ellos, a sus familias. También a quienes perdieron su libertad, al padecer prisión, trabajos forzosos o internamientos en campos de concentración dentro o fuera de nuestras
fronteras. También, en fin, a quienes perdieron la patria al ser empujados a un largo, desgarrador y, en tantos casos, irreversible, exilio.
La presente Ley parte de la consideración de que los diversos aspectos relacionados con la memoria personal y familiar, especialmente cuando se han visto afectados por conflictos de carácter público, forman parte del estatuto jurídico de la ciudadanía democrática, y como tales son abordados en el texto. Se reconoce, en este sentido, un derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano, que
encuentra su primera manifestación en la Ley en el reconocimiento general que en la misma se proclama en su artículo 2.
Pareciéndome impecable el primero en su formulación, encuentro en el segundo que es consecuente con el anterior un término que, (no soy jurista ni nada que se le parezca) por no ser aclarado resulta extraño, y es el que está en negrita, el reconocimiento el derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano. Como este párrafo termina remitiendo al Artículo 2, lo cito expresamente:
Artículo 2. Reconocimiento general..
1. Como expresión del derecho de todos los ciudadanos a la reparación de su memoria personal y familiar, se reconoce y declara el carácter injusto de las condenas, sanciones y cualquier forma de violencia personal producidas, por razones políticas o ideológicas, durante la Guerra Civil, cualquiera que fuera el bando o la zona en la que se encontraran quienes las padecieron, así como las sufridas por las mismas causas durante la dictadura que, a su término, se prolongó hasta 1975.
2. Las razones políticas o ideológicas a que se refiere el apartado anterior incluyen la pertenencia o colaboración con partidos políticos, sindicatos, organizaciones religiosas o militares, minorías étnicas, sociedades secretas, logias masónicas y grupos de resistencia, así como el ejercicio de conductas vinculadas con opciones culturales, lingüísticas o de orientación sexual
Tal y como lo leo la Ley entiende que la Memoria personal y familiar debe ser reparada, la pregunta es, ante o para quien: ¿Para ellos? ¿Para la sociedad que pueda recordar a sus familiares represaliados como delincentes? ¿Para quienes expropiaron sus propiedades?
¿Es que la memoria personal, al unirse en un todo denominado memoria histórica, va a cambiar las memorias personales de cada individuo en sentido diferente al que ahora tienen?
Esta Ley es una Ley de reparaciones que abarca, desde la búsqueda de cadáveres hasta la desaparición de símbolos pasando por reparaciones económicas.
Y fijémonos por último que al alambicado contenido de esos dos párrafos, sobre todo el segundo, se opone la denominación del Proyecto, que es
PROYECTO DE LEY POR LA QUE SE RECONOCEN Y AMPLIAN DERECHOS Y SE
ESTABLECEN MEDIDAS EN FAVOR DE QUIENES PADECIERON PERSECUCIÓN O
VIOLENCIA DURANTE LA GUERRA CIVIL Y LA DICTADURA
sin que "memoria histórica aparezca por ningún lado? ¿A qué pues complicar las cosas?
Resumo: La Ley era para mi necesaria. Creo que abarca a todos los participantes en la contienda. Borra los símbolos (salvo casos de interés público). Se refiere vexclusivamente a la memoria personal y en ningún caso se identifica con el concepto, para mi absurdo, de Memoria Histórica.
Espero no haberte aburrido.
jueves, octubre 11, 2007
La ciudad invisible - Madrid II
Hay algo intangible en Madrid que sin embargo a él, le salta a la vista. El mestizaje como una elipse que se cierra sobre si misma, gente sobre gente, emigración como las capas de la cebolla.
miércoles, octubre 10, 2007
La ciudad invisible . Madrid I
Anda Juan Pedro Quiñonero por Madrid y en su blog "Una temporada en el infierno" escribe ráfagas de palabras que endulzan el aire del lector. En la última, escribe una hermosísima metáfora la de las "ciudades invisibles" que es ciertamente real, como los Castillos en el Aire.
Desde que llego a Madrid y ella entró en él, habitándole, como lo había hecho antes Barcelona, y mostrándole juntas su enorme capacidad de convivencia, no ha hecho sino perseguir las sombras por las esquinas, ese constante "aquí tal" o aquí cual", que son los pilares de la sabiduría de esta ciudad, y que ahora con el, permiso de Quiñonero se apropia para derivarlo en su Madrid Invisible que empieza en la esquina de Mayor donde tres sicarios mataron a Escobedo y donde dicen con falsedad que el rey Felipe espió el aprisionamiento de la Éboli.
Solamente el extranjero puede, siguiendo el aire de una idea, el desatinado andar vagabundo, apreciar la hondura de la imaginación construyendo una ciudad invisible que es la suma de una ciudad real hecha a la medida de uno. Sol y lluvia y viento recrean las constantes sombras que se niegan a perderse en los olvidos. Vivir es habitar un lugar en el mundo, uno tal vez con más fiera dedicación que otros, con el apasionado descubrir lo que no se percibió en la infancia para instalarse en costumbre. En la propia ciudad cuesta despojarse del vestido de la ciudadanía, de ese "ser desde siempre" que confiere al nacido allí, al mismo tiempo, la posesión y el desconocimiento del descubrir desde el viaje desapasionado en lugar del viaje de nacer y vivir; descubrir pues en una piedra un hecho, en una fuente un acto, en un cruce una cita de quien escribió su desasosiego.
La ciudad se construye ensoñándola y haciendo de ella un escenario, que siendo siempre provisional, mudando decorado de continuo, permanece en pie como el texto de la obra. No importa realmente cuanto cambie, cuanto la piqueta acabe transformando y de más está maldecirla por su obra destructora, porque los tiempos corren sobre la sustancia material de las ciudades, pero nunca las despojan. Sucede así en Madrid, cuando corriendo por la Nacional VI en dirección al sur, el cielo de Madrid perfila rascacielos a un lado y al otro, en el oeste, la silueta del Palacio Real y de la nueva Catedral de la Almudena que se asoman a la Casa de Campo, mirándola desde su alto, reposando en la boscosa superficie de las copas de los árboles. No hay más bella entrada a Madrid que esa que baja del norte castellano, de los fríos de la sierra y del azul limpio, el más puro de los colores.
Penetrar en Madrid es abrirse a ella mientras ella se abre: se diría un acto de amor. Más acto de amor cuando llegando desde un etiquetado concepto político, el nombre de la ciudad se viene utilizando como símbolo sonoro de lo más opresivo, terrible, lo más sombrío que pueda suceder en todo el ámbito de la geografía. ¿Cómo no entrar de buenas a primeras en Madrid con resquemor, cuando durante años se ha venido asumiendo que esta es una ciudad antigua y atrasada, de gente que no trabaja y que sestea, de poderosos de uniforme, de despiadados verdugos, de cerril incultura? ¿Como no entrar desconfiado cuando se llega desde la cima del cielo, de la ciudad más hermosa, del país mas adelantado y culto de la piel del toro?
No hubo diálogo sino inmediato convencimiento acerca de la conveniencia de iniciar, con trámite de urgencia, una deconstrucción de lo dado y aceptado. Convenía entender como a tan acogedora ciudad se la maltrataba de manera tan feroz y como a sus habitantes se les hundía en un demoledor desprecio; demoledor por cuanto arrasaba con la verdad más evidente: una ciudad sin murallas, en medio de una meseta, abierta al campo de cereal, a los cuatro vientos (así se llamaba su primer aeródromo) y cubierta solamente por la inmensidad de su celaje, habitada de gente cordial ya fectuosa, no puede ser culpable, se decía, y en todo caso, culpable ¿de que? ¿Quien la acusa?. No era Madrid feroz, cuando la vio por vez primera, alojado con veinte años, en un hotelito barato de la calle San Bernardo por venir a la segunda boda de su padre, y al asomarse a la ventana de su habitación, le deslumbró una extensa pradera de teja, adaptada su superficie a los vientos dibujando curvas, hundimientos, que el tiempo había construido como arrugas en la vejez serena de cualquiera.
Tan fácil era encontrar a Baroja, enfundado en un abrigo amplio y encasquetada una boina en su cabeza de cazurro malhumorado, caminando por el retiro por las alamedas amplias que lo forman. O sentarse en Ciriaco ante un plato de revuelto de patatas a lo Camba y así, comiendo, evocar a un escritor brillante de los que ya no se leen; buscar con la mirada en el alto de la Castellana las sombras de los asistentes a la Residencia de Estudiantes que dispersos en las dos orillas del Atlántico no supieron parar la vida desastrosa que se les venía encima. En la calle del Gato están los espejos que deforman la vida formando el esperpento a los que aludió Valle Inclán, para explicar su visión triste de la España triste. En la puerta del Español la Xirgu y Borrás abandonaban el lugar después de la última función, sonando los aplausos. Desde Alcalá la perspectiva de la avenida que curva delicádamente el trazado para pasar por la puerta, por Cibeles y dirigirse a morir en Sol, plaza de pueblo enorme, suma de las plazas de pueblo hechas de humanidad ociosa, la perspectiva escribe pues, de la avenida se llena de la luz del atardecer, el sol por el oeste, la luz púrpura y roja por todos los tejados, derramada generosamente por las paredes de piedra; ahora lo que fue el banco Central es el Instituto Cervantes y ese es, como tantos otros, un buen cambio. Yendo o vininedo del trabajo pasaba muy cerca del chalecito de Wellingtonia donde se convertía en olvido Vicente Aleixandre.
El empaque, que existe y tiene Madrid, se esconde bajo una capa de humanidad que la usa como si se tratara de un oasis en medio del desierto y de repente una calle se llena de caravansers que son ahora pequeñas tabernas, restaurantes, locales de copas y gentío. Hasta que otro oasis ofrezca un frescor más sugerente. El conserje del edificio en que vivió unos meses charlaba con él a las tres de la madrugada para aliviar ambos la soledad de extraños, en la noche el primero, en la ciudad el segundo y la telefonista de la oficina en que trabajaba llamaba a todo el mundo "bonito": "dime bonito" les decía cubierta de pies a cabeza por una enorme sonrisa: Ángela se llamaba y vivía, cosa de la casualidad, en la Ciudad de los Ángeles. ¿Hace un cafelito? y convenía tomar la costumbre de saber que el cafelito es con leche y si no lo quiere así tiene que llamarlo por nombre y apellido: un café sólo.
Tantas manos escribieron lo que ha leído que sus nombres se esconden y corretean por las calles: aquí tal o aquí este otro devuelven la presencia y van construyendo una ciudad sin muros, invisible que dice Quiñonero, que va entrando a habitarle como una dependencia. De vez en cuando ha de bajar a ella, cruzar la puerta del Círculo de Bellas Artes, irse a ver galeristas por la zona de Serrano, callejear el Madrid de los Austrias, asomarse al Mercado de San Miguel (ahora en reconstrucción) y acariciar la pintura del Prado o mecerse en la vegetación del Botánico. A mano, muy a mano, la Cuesta de Moyano le ofrece comprar libros de lance junto al Ministerio de Agricultura, que es edificio bellísimo al que se puede acceder ahora de visita.
Desde la ventana de aquel hotel de la calle San Bernardo, ignoraba que acabaría enamorado por tanta seducción. Luego, al cabo del tiempo, debería reconocer que había sido esa ciudad y su proyección invisible creada día a día quienes le había enseñado el dificil arte de ser extranjero, única manera posible de ser amante.
Desde que llego a Madrid y ella entró en él, habitándole, como lo había hecho antes Barcelona, y mostrándole juntas su enorme capacidad de convivencia, no ha hecho sino perseguir las sombras por las esquinas, ese constante "aquí tal" o aquí cual", que son los pilares de la sabiduría de esta ciudad, y que ahora con el, permiso de Quiñonero se apropia para derivarlo en su Madrid Invisible que empieza en la esquina de Mayor donde tres sicarios mataron a Escobedo y donde dicen con falsedad que el rey Felipe espió el aprisionamiento de la Éboli.
Solamente el extranjero puede, siguiendo el aire de una idea, el desatinado andar vagabundo, apreciar la hondura de la imaginación construyendo una ciudad invisible que es la suma de una ciudad real hecha a la medida de uno. Sol y lluvia y viento recrean las constantes sombras que se niegan a perderse en los olvidos. Vivir es habitar un lugar en el mundo, uno tal vez con más fiera dedicación que otros, con el apasionado descubrir lo que no se percibió en la infancia para instalarse en costumbre. En la propia ciudad cuesta despojarse del vestido de la ciudadanía, de ese "ser desde siempre" que confiere al nacido allí, al mismo tiempo, la posesión y el desconocimiento del descubrir desde el viaje desapasionado en lugar del viaje de nacer y vivir; descubrir pues en una piedra un hecho, en una fuente un acto, en un cruce una cita de quien escribió su desasosiego.
La ciudad se construye ensoñándola y haciendo de ella un escenario, que siendo siempre provisional, mudando decorado de continuo, permanece en pie como el texto de la obra. No importa realmente cuanto cambie, cuanto la piqueta acabe transformando y de más está maldecirla por su obra destructora, porque los tiempos corren sobre la sustancia material de las ciudades, pero nunca las despojan. Sucede así en Madrid, cuando corriendo por la Nacional VI en dirección al sur, el cielo de Madrid perfila rascacielos a un lado y al otro, en el oeste, la silueta del Palacio Real y de la nueva Catedral de la Almudena que se asoman a la Casa de Campo, mirándola desde su alto, reposando en la boscosa superficie de las copas de los árboles. No hay más bella entrada a Madrid que esa que baja del norte castellano, de los fríos de la sierra y del azul limpio, el más puro de los colores.
Penetrar en Madrid es abrirse a ella mientras ella se abre: se diría un acto de amor. Más acto de amor cuando llegando desde un etiquetado concepto político, el nombre de la ciudad se viene utilizando como símbolo sonoro de lo más opresivo, terrible, lo más sombrío que pueda suceder en todo el ámbito de la geografía. ¿Cómo no entrar de buenas a primeras en Madrid con resquemor, cuando durante años se ha venido asumiendo que esta es una ciudad antigua y atrasada, de gente que no trabaja y que sestea, de poderosos de uniforme, de despiadados verdugos, de cerril incultura? ¿Como no entrar desconfiado cuando se llega desde la cima del cielo, de la ciudad más hermosa, del país mas adelantado y culto de la piel del toro?
No hubo diálogo sino inmediato convencimiento acerca de la conveniencia de iniciar, con trámite de urgencia, una deconstrucción de lo dado y aceptado. Convenía entender como a tan acogedora ciudad se la maltrataba de manera tan feroz y como a sus habitantes se les hundía en un demoledor desprecio; demoledor por cuanto arrasaba con la verdad más evidente: una ciudad sin murallas, en medio de una meseta, abierta al campo de cereal, a los cuatro vientos (así se llamaba su primer aeródromo) y cubierta solamente por la inmensidad de su celaje, habitada de gente cordial ya fectuosa, no puede ser culpable, se decía, y en todo caso, culpable ¿de que? ¿Quien la acusa?. No era Madrid feroz, cuando la vio por vez primera, alojado con veinte años, en un hotelito barato de la calle San Bernardo por venir a la segunda boda de su padre, y al asomarse a la ventana de su habitación, le deslumbró una extensa pradera de teja, adaptada su superficie a los vientos dibujando curvas, hundimientos, que el tiempo había construido como arrugas en la vejez serena de cualquiera.
Tan fácil era encontrar a Baroja, enfundado en un abrigo amplio y encasquetada una boina en su cabeza de cazurro malhumorado, caminando por el retiro por las alamedas amplias que lo forman. O sentarse en Ciriaco ante un plato de revuelto de patatas a lo Camba y así, comiendo, evocar a un escritor brillante de los que ya no se leen; buscar con la mirada en el alto de la Castellana las sombras de los asistentes a la Residencia de Estudiantes que dispersos en las dos orillas del Atlántico no supieron parar la vida desastrosa que se les venía encima. En la calle del Gato están los espejos que deforman la vida formando el esperpento a los que aludió Valle Inclán, para explicar su visión triste de la España triste. En la puerta del Español la Xirgu y Borrás abandonaban el lugar después de la última función, sonando los aplausos. Desde Alcalá la perspectiva de la avenida que curva delicádamente el trazado para pasar por la puerta, por Cibeles y dirigirse a morir en Sol, plaza de pueblo enorme, suma de las plazas de pueblo hechas de humanidad ociosa, la perspectiva escribe pues, de la avenida se llena de la luz del atardecer, el sol por el oeste, la luz púrpura y roja por todos los tejados, derramada generosamente por las paredes de piedra; ahora lo que fue el banco Central es el Instituto Cervantes y ese es, como tantos otros, un buen cambio. Yendo o vininedo del trabajo pasaba muy cerca del chalecito de Wellingtonia donde se convertía en olvido Vicente Aleixandre.
El empaque, que existe y tiene Madrid, se esconde bajo una capa de humanidad que la usa como si se tratara de un oasis en medio del desierto y de repente una calle se llena de caravansers que son ahora pequeñas tabernas, restaurantes, locales de copas y gentío. Hasta que otro oasis ofrezca un frescor más sugerente. El conserje del edificio en que vivió unos meses charlaba con él a las tres de la madrugada para aliviar ambos la soledad de extraños, en la noche el primero, en la ciudad el segundo y la telefonista de la oficina en que trabajaba llamaba a todo el mundo "bonito": "dime bonito" les decía cubierta de pies a cabeza por una enorme sonrisa: Ángela se llamaba y vivía, cosa de la casualidad, en la Ciudad de los Ángeles. ¿Hace un cafelito? y convenía tomar la costumbre de saber que el cafelito es con leche y si no lo quiere así tiene que llamarlo por nombre y apellido: un café sólo.
Tantas manos escribieron lo que ha leído que sus nombres se esconden y corretean por las calles: aquí tal o aquí este otro devuelven la presencia y van construyendo una ciudad sin muros, invisible que dice Quiñonero, que va entrando a habitarle como una dependencia. De vez en cuando ha de bajar a ella, cruzar la puerta del Círculo de Bellas Artes, irse a ver galeristas por la zona de Serrano, callejear el Madrid de los Austrias, asomarse al Mercado de San Miguel (ahora en reconstrucción) y acariciar la pintura del Prado o mecerse en la vegetación del Botánico. A mano, muy a mano, la Cuesta de Moyano le ofrece comprar libros de lance junto al Ministerio de Agricultura, que es edificio bellísimo al que se puede acceder ahora de visita.
Desde la ventana de aquel hotel de la calle San Bernardo, ignoraba que acabaría enamorado por tanta seducción. Luego, al cabo del tiempo, debería reconocer que había sido esa ciudad y su proyección invisible creada día a día quienes le había enseñado el dificil arte de ser extranjero, única manera posible de ser amante.
sábado, octubre 06, 2007
Los caballos bajo la lluvía
La noche del miércoles al jueves llovió torrencialmente; cortinas de agua barrían el prado y la corta calle que lo atraviesa se convirtió en un río turbulento. A la luz de los rayos pudo ver desde la ventana del dormitorio las siluetas impávidas de los caballos, de pie sobre la hierba, inmóviles, con la cabeza gacha. Le cuesta comprender esa tenacidad paciente del equino al que parece que nada le afecte, sobre todo porque uno de esos que pacen en cercado, gris moteado, de unos seis o siete años, cada vez que le ve pasar por delante camino del bosque, se separa del resto y se acerca trotando a la cerca y llegando allí asoma la cabeza entre el alambre para que el Hombre del Prado le acaricie la frente. Es verdad que a veces, no siempre, que lo olvida, le lleva pan duro. Ese caballo gris non es un desconocido pues, y como ignora su nombre le llama "Mi amigo el caballo" que es a la voz a la que el viene al trote.
La lluvia siguió durante la mañana. Mientras se duchaba oyó una llamada en el teléfono que sonó hasta cortarse y luego la olvidó. Desayuno y sacó a Goyerri a dar una vuelta. Hay gestos en todo, no solamente en las personas, gestos en el paisaje, en la calle, en el bosque, gestos de cuanto rodea al hombre que dicen todo cuanto un gesto puede decir que es anunciar una realidad que se nos viene encima. Delante de la puerta de la casa de Jerónimo estaban aparcados una docena de coches o algunos más. Supo pues de la muerte del anciano y volvió con Goyerri sobre sus pasos para dejarlo en su casa. Caló de nuevo el gorro impermeable y el anorak y emprendió el camino de la casa del anciano al tiempo que, recordando la llamada de teléfoino miraba en la memoria de aquel: le había llamado el hijo de aquel.
Jerónimo, el anciano que hace cosa de dos o tres semanas le dijera cuando le pregunto "¿que tal estamos, Jerónimo?", "aquí andamos, muriéndome" ha cumplido su palabra de hombre cabal y en esa noche de tormenta, mientras caían chuzos de punta, mientras dormía plácidamente, dejó de respirar. Como dice Lucrecio en La Naturaleza, y cita no elverso sino el sentido: el alma empieza a abandonar el cuerpo desde las extremidades hacia el centro, de aquí que aquellas se enfríen antes y sale por la nariz con el suspiro, y se apaga el espíritu, quedando solamente lo que es sustancia, ya sin vida. Así debía haber sido, así es siempre.
Le conmovió la muerte de Jerónimo, seguramente porque le había conmovido la vida que llevaba, de resistente frente al paso del tiempo, o bajo él, acunado por él. Este hombre de casi noventa años caminaba siempre apoyado en su garrota de nudos, con la gorra calada sobre los ojos, entornados como rajitas dentro de las que destellaba un pálido azul de su mirada. Todo hombre acaba siendo dueño de su silueta que es un resumen de si mismo, una especie de firma que proyecta a los demás y les interpela. Con los años la silueta de uno es más uno, como si en ella se depositaran los sedimentos de la vida que salen al exterior, por los poros de la piel. Silueta de uno es escultura de uno, trabajo del esfuerzo de vivir, obra de arte que lleva la firma de los días vividos. Caminaba esa silueta que era el resumen de Jerónimo, ligeramente encorvado, menudo, casi flotante, temblando por el Parkinson, calle arriba para darse una vuelta por la casa del hijo por si hubiera algo.
A la antigua, el cuerpo se veló en la casa y en una salita a la izquierda de la entrada, según se cruza una salita que da a la entrada por el jardín, entre dos filas de sillas, estaba la caja de madera, barnizada en cerezo, con un cristal ventana en la parte superior bajo la que el anciano parecía dormir envuelto en el sudario blanco de tejido especial que da a todo cadáver de la modernidad aspecto de cartujo. Gente del pueblo, diseminados por las habitaciones, en cháchara informal, poniéndose al día de sus vidas, tenemos que vernos, ¿que ha sido de tal o de cual?, pues ya ha tenido un niño, ¿que me dices? que pronto pasa el tiempo... Absurdo sería en estas ocasiones hablar solamente del muerto. Las cosas de velar adquieren una simpleza tremenda, se trata de estar un rato, saludar a los conocidos, dar condolencias y salir de allí para volver a casa. Como seguía lloviendo la luz que entraba por las ventanas era limpia, sin el brillo del sol ni la lechosidad de la niebla: luz limpia, pura luz, sin maquillaje alguno, modelando volúmenes en grises y verdes del jardín al otro lado de los cristales. Pensó que era una luz real, una luz del tiempo en que la veía como lo que era, diafanidad de las cosas, contornos y límites de las cosas, sus propios brillos, la cariciosa madera envejecida, el suelo de baldosa deslucida, el color de las paredes en un blanco roto; con el tiempo la luz se convertiría para el Hombre del Prado en un arte transformador sobre las cosas que las enfatiza, pero no aquella en aquella casita limpia como una tacita de plata, según decían antes; aquella luz de la mañana le devolvió a las cosas la patina original de la sencillez y entrando allí entraba en casa del abuelo en San Andrés: el mismo pasillo, las mismas puertas, las alcobas pequeñas, las ventanas abiertas al jardín, los verdes umbríos bajo la lluvia. El eterno retorno sucedía mientras con la gorra mojada entre las manos buscaba a los hijos y a Antonia para decirles algo.
En la cocina tomaban café y en el salón alguien fumaba. En la cabecera del ataúd, sentada en una silla, menuda y afligida, esperaba Antonia con resignación a que algo pasara. El Hombre del Prado se acercó a ella y le dio un abrazo, intentó que no se levantara pero fué inútil y la mujer diminuta, de cara de rosa enrojecida, con los ojillos abiertos, azules también, y pensó que sería la edad que los vuelve un poco acuosos, le decía cuanto les quería Jerónimo a ellos dos, a Ana y a él. Lo repetía y luego se quedaba callada, mirándole a él, a los ojos, con carita de lágrima, pero sin ella, fruncidos los labios, iluminada por su diminuto ser encerrado en si misma. Fue de improviso entonces, cuando ella dijo "cincuenta y tres años juntos, Luis, cincuenta y tres años... ¿Y que haré yo ahora?" Estaba de más decirle que los hijos la cuidarían, que todo cuanto le hiciera falta y ellos pudieran porque ella no hablaba de eso. Al Hombre del Prado no se le dan bien las fórmulas corteses de la muerte, así que permaneció en silencio. Ella repitió, "cincuenta y tres años juntos, ¿se da cuenta Luis? Él se daba cuenta.
Al anochecer, paseando con Goyerri pasaron Ana y él por delante de la casa, ya vacía. Presencia inanimada, sin gesto alguno, la tapia blanca con la puerta verde de traza serrana permanecía como una referencia. Hoy, le dijo a Ana, Antonia estará sola por vez primera en cincuenta y tres años, fíjate... Y Ana le contestó, estaba pensando eso, justamente. Después, al pasar junto al prado de los caballos, el gris moteado trotó hacia él y sintió profundamente no haberse acordado de coger una bolsa de El Corte Inglés en que guarda trozos de pan duro.
La lluvia siguió durante la mañana. Mientras se duchaba oyó una llamada en el teléfono que sonó hasta cortarse y luego la olvidó. Desayuno y sacó a Goyerri a dar una vuelta. Hay gestos en todo, no solamente en las personas, gestos en el paisaje, en la calle, en el bosque, gestos de cuanto rodea al hombre que dicen todo cuanto un gesto puede decir que es anunciar una realidad que se nos viene encima. Delante de la puerta de la casa de Jerónimo estaban aparcados una docena de coches o algunos más. Supo pues de la muerte del anciano y volvió con Goyerri sobre sus pasos para dejarlo en su casa. Caló de nuevo el gorro impermeable y el anorak y emprendió el camino de la casa del anciano al tiempo que, recordando la llamada de teléfoino miraba en la memoria de aquel: le había llamado el hijo de aquel.
Jerónimo, el anciano que hace cosa de dos o tres semanas le dijera cuando le pregunto "¿que tal estamos, Jerónimo?", "aquí andamos, muriéndome" ha cumplido su palabra de hombre cabal y en esa noche de tormenta, mientras caían chuzos de punta, mientras dormía plácidamente, dejó de respirar. Como dice Lucrecio en La Naturaleza, y cita no elverso sino el sentido: el alma empieza a abandonar el cuerpo desde las extremidades hacia el centro, de aquí que aquellas se enfríen antes y sale por la nariz con el suspiro, y se apaga el espíritu, quedando solamente lo que es sustancia, ya sin vida. Así debía haber sido, así es siempre.
Le conmovió la muerte de Jerónimo, seguramente porque le había conmovido la vida que llevaba, de resistente frente al paso del tiempo, o bajo él, acunado por él. Este hombre de casi noventa años caminaba siempre apoyado en su garrota de nudos, con la gorra calada sobre los ojos, entornados como rajitas dentro de las que destellaba un pálido azul de su mirada. Todo hombre acaba siendo dueño de su silueta que es un resumen de si mismo, una especie de firma que proyecta a los demás y les interpela. Con los años la silueta de uno es más uno, como si en ella se depositaran los sedimentos de la vida que salen al exterior, por los poros de la piel. Silueta de uno es escultura de uno, trabajo del esfuerzo de vivir, obra de arte que lleva la firma de los días vividos. Caminaba esa silueta que era el resumen de Jerónimo, ligeramente encorvado, menudo, casi flotante, temblando por el Parkinson, calle arriba para darse una vuelta por la casa del hijo por si hubiera algo.
A la antigua, el cuerpo se veló en la casa y en una salita a la izquierda de la entrada, según se cruza una salita que da a la entrada por el jardín, entre dos filas de sillas, estaba la caja de madera, barnizada en cerezo, con un cristal ventana en la parte superior bajo la que el anciano parecía dormir envuelto en el sudario blanco de tejido especial que da a todo cadáver de la modernidad aspecto de cartujo. Gente del pueblo, diseminados por las habitaciones, en cháchara informal, poniéndose al día de sus vidas, tenemos que vernos, ¿que ha sido de tal o de cual?, pues ya ha tenido un niño, ¿que me dices? que pronto pasa el tiempo... Absurdo sería en estas ocasiones hablar solamente del muerto. Las cosas de velar adquieren una simpleza tremenda, se trata de estar un rato, saludar a los conocidos, dar condolencias y salir de allí para volver a casa. Como seguía lloviendo la luz que entraba por las ventanas era limpia, sin el brillo del sol ni la lechosidad de la niebla: luz limpia, pura luz, sin maquillaje alguno, modelando volúmenes en grises y verdes del jardín al otro lado de los cristales. Pensó que era una luz real, una luz del tiempo en que la veía como lo que era, diafanidad de las cosas, contornos y límites de las cosas, sus propios brillos, la cariciosa madera envejecida, el suelo de baldosa deslucida, el color de las paredes en un blanco roto; con el tiempo la luz se convertiría para el Hombre del Prado en un arte transformador sobre las cosas que las enfatiza, pero no aquella en aquella casita limpia como una tacita de plata, según decían antes; aquella luz de la mañana le devolvió a las cosas la patina original de la sencillez y entrando allí entraba en casa del abuelo en San Andrés: el mismo pasillo, las mismas puertas, las alcobas pequeñas, las ventanas abiertas al jardín, los verdes umbríos bajo la lluvia. El eterno retorno sucedía mientras con la gorra mojada entre las manos buscaba a los hijos y a Antonia para decirles algo.
En la cocina tomaban café y en el salón alguien fumaba. En la cabecera del ataúd, sentada en una silla, menuda y afligida, esperaba Antonia con resignación a que algo pasara. El Hombre del Prado se acercó a ella y le dio un abrazo, intentó que no se levantara pero fué inútil y la mujer diminuta, de cara de rosa enrojecida, con los ojillos abiertos, azules también, y pensó que sería la edad que los vuelve un poco acuosos, le decía cuanto les quería Jerónimo a ellos dos, a Ana y a él. Lo repetía y luego se quedaba callada, mirándole a él, a los ojos, con carita de lágrima, pero sin ella, fruncidos los labios, iluminada por su diminuto ser encerrado en si misma. Fue de improviso entonces, cuando ella dijo "cincuenta y tres años juntos, Luis, cincuenta y tres años... ¿Y que haré yo ahora?" Estaba de más decirle que los hijos la cuidarían, que todo cuanto le hiciera falta y ellos pudieran porque ella no hablaba de eso. Al Hombre del Prado no se le dan bien las fórmulas corteses de la muerte, así que permaneció en silencio. Ella repitió, "cincuenta y tres años juntos, ¿se da cuenta Luis? Él se daba cuenta.
Al anochecer, paseando con Goyerri pasaron Ana y él por delante de la casa, ya vacía. Presencia inanimada, sin gesto alguno, la tapia blanca con la puerta verde de traza serrana permanecía como una referencia. Hoy, le dijo a Ana, Antonia estará sola por vez primera en cincuenta y tres años, fíjate... Y Ana le contestó, estaba pensando eso, justamente. Después, al pasar junto al prado de los caballos, el gris moteado trotó hacia él y sintió profundamente no haberse acordado de coger una bolsa de El Corte Inglés en que guarda trozos de pan duro.
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