Estos días, de regreso al bosque, ocupado en ordenar el jardín, que parece esperar que él se ausente para explotar , nacer, crecer, morir, mientras limpia bordes, recorta setos, amontona hojas, corta de sus tallos a las flores muertas y observa a los esquejes recién preparados por ver si muestran en sus hojas el arranque, siempre probable pero nunca seguro, de una nueva vida, no deja de darle vueltas a una frase que oyó en una vieja película de Chabrol hace unos días: Lo único conmovedor son las desdichas. Tiene claro que las desdichas conmueven, cuando presentándose de improviso encarnadas por otro que surge, en el escenario para mostrarse desdichado, y le asalta la compasión. En el sentido castellano, la palabra conmover no es sino emocionar, así que aquel que se conmueve con las desdichas es persona que se emociona y eso muestra que tiene tendencia aquel que se conmueve a emocionarse con la desdicha ajena, a expresar ternura, a sentir emoción, a dolerse por el desgraciado otro.
Hace tres días murió un joven de El Espinar al chocar su moto con un autobús, en una de las carreteras locales. La circunstancia es lo de menos. Cuando el Hombre del Prado se enteró, fue por un comentario casual de la mujer que viene a ayudar en las faenas de la casa. "No podré ir mañana porque voy al entierro de mi sobrino" La historia que narró es breve y termina en la muerte de un chico de diecisiete años, todavía desconocido. Horas más tarde, en una comida improvisada, surgió la noticia de esa muerte. Estando en fiestas, es casi de obligado cumplimiento que algún chico pierda la vida sobre una moto. Ah, las fiestas de los pueblos, con su carga de poco dormir, mucho alcohol. La expresión es banal, ciertamente porque tiene poca importancia que esa muerte sea el cumplimiento estadístico de una muerte acostumbrada en fiestas, de un chico imprudente sobre una moto que no debía tener, habiendo bebido más de lo conveniente a una hora de la madrugada en la que ya debía haberse retirado. Tenía, le dijeron, diecisiete años. La moto, le dijeron, era de esas pequeñas. Iban, le dijeron, haciendo tonterías con otros dos muchachos más, todos en sus motos. Se saltó, le dijeron, un stop y el autobús pudo evitar al primero, pero no al segundo. El conductor, le dijeron, era íntimo amigo, y familia también, del padre del muchacho muerto.
Cuando un chico muere en un pueblo es una muerte de todos, porque todos le conocen. En un momento u otro se ha tenido un contacto con él, se le ha visto, se ha hablado, se han cruzado en la calle aunque ese cruce no se recuerde ni la mirada haya conservado en la memoria las facciones. Cuando un chico de diecisiete años muere en un pueblo, la tragedia es un manto que todo lo cubre y aunque las fiestas no se interrumpan, en el programa de actos se incorporará, de manera elemental, sin oficialidad alguna, el entierro, la misa, el comentario.
Naturalmente, se dice el Hombre del Prado, ese muchacho que no tiene cara ni voz, ni relación alguna, estaba vivo y probablemente no lo sabía. Quien sabe que está vivo, con la pasión de la vida convertida en un saber íntimo que se abre como una flor cada día al salir el sol y se cierra en la hora del sueño, de la noche, quien sabe que está vivo es más prudente, se dice de una manera ligera, por decirse algo. La imprudencia es un derroche de la vida, una generosidad sin límite ni razón, un malgastar algo que se atesora sin medida y sin cuento. ¿Quien piensa en morir a los diecisiete años? ¿Quien se para a saber que está vivo, cuando lo está con tal plenitud que es toda la vida la que estalla, sin necesidad de reflexión alguna? Ah, se dice, estamos hablando de la inmortalidad del joven.
De repente una frase le sobresalta, porque le pone cara al chico, voz, gesto, un cara a cara y una breve conversación. Estaba trabajando en la gasolinera. Pero, ¿se trata de ese muchacho con el que habló hace unas dos semanas? ¿Era acaso un muchacho que hablaba con cierta dificultad? ¿Era ese chico que parecía un poco fuera de lo normal, parlanchín, simpático, abierto? ¿Que parecía menor de la edad que tenía? Era ese, llevaba tres semanas trabajando en la gasolinera. Si lo recuerda, claro que lo recuerda y de la memoria salta a la realidad una emoción percibida, simpatía, por el muchacho. El Hombre del Prado llegó a la gasolinera a pié con un bidón de cinco litros en la mano; no había ningún coche y el chico estaba apoyado en el surtidor de la Super. Le alargó el recipiente: ¿me lo puedes llenar? Si, claro. ¿Con mezcla o sin? Sin, contestó él. Ah, entonces es que va a cortar la hierba. Si, es para la segadora. Lo sé, le dijo el chico mientras aflojaba el tapón, porque yo también trabajo en jardines. Muchos jóvenes de este lugar trabajan en jardines durante el verano; se ganan un dinero segando la hierba, recortando el seto, pasando el rodillo, poniendo vallas de brezo para ocultar los chalés de las miradas. El chico siguió hablando mientras llenaba el bidón. También subo al monte a por leña, cuando la tala. Un silencio: y llevo paquetes del supermercado los sábados. Los cinco litros de gasolina colmaban el bidón de plástico amarillo y el muchacho lo cerraba ahora con el tapón de rosca rojo. ¿Es grande su jardín? No demasiado. Si quiere ayuda, avíseme. Le dio las gracias: le gusta trabajarlo a él. Trabajas mucho, le dijo y el chico se echó a reír: algo hay que hacer. Además me gusta. ¿Que es lo que te gusta? Trabajar, me gusta trabajar. El bidón estaba ya en la mano del Hombre del Prado y el muchacho le señaló la tienda. Tiene que pagar dentro. Lo sé. ¿Vive usted aquí? Si, todo el año. Porque si quiere alguna cosa puedo ayudar en todo.
Todo es una palabra enorme, de tan ambigua llena el espacio al pronunciarse y obliga a concretar, a reducir su alcance a las cosas que realmente le afecten. Adiós, le dijo, lo tendré en cuenta. Adiós, le dijo el muchacho sonriendo. Ciertamente tenía al hablar una manera algo gangosa de decir las cosas, como si le costara no solamente pronunciar, sino un esfuerzo el pensar y el decir. Pensó que no era muy normal, tal vez algo retrasado. En cualquier caso, mientras esperaba a que la cajera le cobrara, miró hacia fuera por la ventana y lo vio hablando con el conductor de otro coche. Sonreía, parecía estar prendido de una sonrisa y la simpatía que emanaba le llegó al Hombre del Prado como una emoción. Le gusta mirar y ver y sentir y un pequeño diálogo le hace feliz; piensa que eso es la vida y esa es la pasión a la que se entrega. Al salir de la gasolinera y tomar por la calle hacia el puerto, no más de medio kilómetro, le hizo un gesto que el muchacho contestó agitando la mano con la que no sujetaba la manguera, sin dejar de hablar con los otros, desconocidos en coche desconocido.
Las desdichas de los otros conmueven y en esa conmoción uno se pierde un poco. Apenas un gesto para sujetar a una persona que pasa de la que se ha prendido la emoción de la simpatía; apenas un gesto para sujetar en el tiempo un diálogo intrascendente al que la vida debe un poco de riqueza. En el prado, en el bosque, este hombre que escribe alimenta su vida de pequeños encuentros por senderos con gentes a las que conoce de vista y que siempre tienen un saludo en la boca, un comentario, una sonrisa. Un día desaparecen y es que, probablemente han muerto.
Cesar González Ruano, periodista fino e inteligente, uno de esos tipos con los que el tiempo ha sido tremendamente injusto, escribió que "morir es perder la costumbre de vivir" y Quevedo le daba en cierta manera la razón (o bien puede ser a la inversa por cuestión de cronología) cuando escribía en un soneto este verso "mejor vida es morir que vivir muerto". Ambas frases resumen una verdad coincidente, y es que la vida no es solo vivir. Para el Hombre del Prado esta es una evidencia personal, se sabe vivo, y entiende que saberse vivo no es el resultado de estarlo sino de proyectar una pasión, que poderosa, le impulsa a mirar, a pensar, a saber y aún consciente de que mucho mirar no muestra todo, de que mucho pensar no abarca todo y de que mucho saber es casi nada, su vida es el lugar en que habita con su pasión. Ahora piensa en el chico y en el suicidio de André Gorz y de su mujer Danielle. Piensa que ellos dos, estos últimos, habían perdido la costumbre de vivir, en expresión de González Ruano o que preferían la mejor vida de morir que vivir muertos, tal y como Quevedo nos dice. Razones del corazón que la razón no siente, diría el filósofo o inversamente, razones de la razón que el corazón hace suyas. Un chico simpático y entrañable ha muerto con diecisiete años y dos ancianos de noventa se han suicidado: el primero estaba vivo y no lo sabía, de tan vivo que estaba; los segundos estaban muertos y lo sabían.
Mientras escribe esto, llega desde lejos, el pasodoble torero de la corrida de vaquillas que se celebra en fiestas. Mañana habrá estofado de toro para todo el que quiera, en el bosque, junto a las pistas de tenis. En estos días nadie duerme y comercios y oficinas cierran a las doce del mediodía. Se bebe mucho, se conduce muy deprisa y se pierde la voz en una ronquera del poco dormir y el mucho disfrutar.
miércoles, septiembre 26, 2007
sábado, septiembre 22, 2007
El apagón
Suena fuera el rumor de una llovizna que parece imparable y cae desde ayer a media tarde. Por la noche, una tormenta, enorme, pavorosa, asustó a Goyerri, que se acurrucó junto al butacón de Ana, debajo de sus pies, hecho alfombrita, mientras truenos y rayos descargaban violentamente; en el horizonte, esas líneas quebradas, de luz brillante, blanca, un largo destello recorriendo el espacio que la acoge en su negrura, iluminaban la superficie del mar y se podían ver, en la fracción de tiempo mínimo de luz, la cresta blanca de las olas, mar rizada, violenta, batida por un un viento que llegando desde el oeste azotaba los cristales de la sala. Se fue la luz y se quedó el siglo XXI sin energía: nevera, congelador, televisión, música, cisternas del baño, ascensores, relojes, todo lo que representa la calidad de vida de los tiempos quedó repentinamente fuera de uso y ellos dos, junto a Goyerri, mantuvieron silencio unos segundos hasta que unas velas en dos candelabros comprados en una feria hindú devolvieron una visión atenuada, una luz avergonzada de serlo.
El piso había quedado en un silencio hijo de la oscuridad y desde la altura de su situación, los chalets de abajo que reptan por el cabo hasta formar una línea de horizonte en la que conviven con palmeras, una hermosa curva que a plano día puede llegar a parecer un paisaje africano, recortada sobre el horizonte del cielo azul y de la franja de mar que emerge, quedaron absolutamente a oscuras; igual que la avenida del otro lado de la casa. Todo era en la zona del cabo oscuridad y silencio, no tan silencio si abriendo la cristalera se asomaba uno al exterior de la terraza y allí la tormenta le batía con viento, agua, y todo estruendo.
Empezó a fluir la conversación en la medida en que la memoria filtró los recuerdos de otros tiempos en que se iba la luz y a la grisura del tiempo se añadía la carencia de energía, marco recordara de otra historia, de una sociedad casi mezquina, tales eran sus carencias, según se piensa. Fluyó la conversación como si nada, acunada por la penumbra mientras pasaban los minutos y al cabo la hora se seguía igual, esparenado la reposición de la luz en el paraiso. Goyerri, ahora impaciente, había exigido un espacio del butacón de Ana y los dos compartían el asiento, él con la cabeza apoyada en el regazo de ella, ella con la cabeza apoyada en el respaldo, los dos apoyados en una acogedora oscuridad de la sala.
Cotejar apagones llevó a cotejar vidas, ahora, cuando cabe reconocer que nunca se acaba de conocer la vida de otro por mucho que se esté a su lado, como nunca se alcanza a conocerlo del todo, como nunca se alcanza a conocerse a uno mismo, pues los recuerdos reveladores no son nunca suficientemente o son por el conttario demasiados. Uno y otro son dos a tiempo compartido y esto le lleva a él a una disgregación del pensamiento, a saber: le desagrada el plural que tanta gente usa: a nosotros nos gusta el cine de fulanito de tal y no acaba de entender porque las parejas hacen uso de ese nos mayestático que pluralizándolos acaba por anular sus individuales. Por poco que se sea, se dice, siempre se es algo y siempre quedará algo de uno, escondido en la recámara del lenguaje. Detesta el nos como detesta el papá y mamác on que los cónyuges se llaman disolviendo el nombre propia en la fase anterior a la pater-maternidad de ambos. Papá, le dijo ella a él, otra ella y otro él, en la mesa de un restaurante una noche hace ya algunos años, papá, me pasas la ensalada y el papá le pasó la ensalada acompañada del protector comentario que todo hombre de bien haría: cuida, mamá, que está muy fuerte de vinagre.Tal vez estaba irritado, la cena estaba discurriendo por los terrenos del aburrimiento o simplemente perdió la moderación que siempre ha venido perdiendo y que Ana le recuerda a menudo: cuida lo que dices, que puede molestar. Lo cierto es que los miró, ora a uno y ora a otro, y les preguntó: ¿habeis olvidado vuestros nombres?
Una vez más se ha ido del tema principal que era el cotejar recuerdos en la penumbra de una noche de tormenta en el piso del cabo en Alicante. Fluyó repentinamente el recuerdo de la casa de Diputación, la pequeña librería de su padre, el laboratorio fotográfico, la música, las revistas Life y Paris Match, unos amigos íntimos con cuyos hijos compartían libros de May, Sabatini, Verne; fluyó la charla cotejando la calle Diputación de Barcelona con la calle Toboso en Madrid, en el barrio de Carabánchel, donde sus cuñados le cuentan que cuando vivían allí, la casa lindaba con los campos de cereal. Ser de Carabánchel marca origen en Madrid como ser de Gracia en Barcelona. Hay en la familia de Ana quien nunca ha vivido ni vivirá en otro espacio que ese barrio de trabajadores y de clase media que se ha llenado de luces de neón, de bingos, de sucursales de banco, de restaurantes de comida rápida, pequeñas discotecas, que comparten espacios con pequeños talleres, industrias familiares, mesones, mercerías, droguerías, panaderías, encerrando entre todo ese mundo de plástico y metal iluminado, las fachadas de ladrillo de algunas viejas casas de veraneo, de algunos colegios religiosos, de un viejo parque, un cementerio para ingleses, la parada del metro, Urgel, que tiene el mismo nombre y es la misma parada que en Barcelona le conducía a su casa en Diputación. El mercado de Carabánchel sigue abierto entre callejas estrechas y el pescado, si no tiene los ojos frescos, mirando casi, se queda en las canastas o en las cestas y las hortalizas sonríen en colores.
Los barrios, con su muerte, se han llevado un mundo entrañable de seres humanos que recreaban la pequeña sociedad pueblerina pasada por el tamiz de la gran ciudad. Las tiendas, el comercio que era el nervio, el pulso vital de la vida en la calle, tenían sus rótulos que generalmente diferían del nombre que se les daba: la señora petra era la lechería y Manolo el barbero, Los de Aragón era René y Pierre y en la tintorería los puntos de media los cogía la Cinta, naturalmente hija de Tortosa. El hermano menor de Ana, Paco, callejeaba por las granjas de Carabánchel y hacía pellas, novillos, se saltaba el cole, por ir a ver las vacas. tanto le gustaban que fue novillero y se retiró después de una cogida, por la presión familiar, después de llevar en su haber en cuatro años casi cien corridas. Hay fotos en su casa, carteles, estuches de cuero que guardan los estoques, capotes y muletas, taleguillas y en la librería el Cosío, la enciclopedia del mundo del toro, la catedral en texto de la fiesta. De una vaquería al albero de la plaza de Vista Alegre, de la parada de Urgel en la Gran Vía a la parada de Urgel en General Ricardos, de la señora Petra a la Chiri. Todo lo que existe en el recuerdo que fluye existe y basta.
Compartían hablando un vaso con cubitos de hielo y bourbon, que Ana cree que es más fuerte que el escocés y él cree que no, que tiene un aroma más cariñoso. Compartían el vaso, que es una buena manera de no beber solos en la oscuridad y de vez en cuando sus manos se tocaban y Goyerri gruñía porque su dueña rebullía en el asiento para alcanzar el tintineante recipiente. Todo el sonido eran las voces en la penumbra, una célula habitada en la inmensa oscuridad exterior; asombroso retorno de las palabras. Ahora Ana recordaba a Pepe, el hermano mayor, que por aventura marchó a la Legión y allí, en África le tocó vivir lo de Sidi Ifni. El Hombre del Prado, trasplantado a la playa recuerda que en Barcelona, se decía del hijo de los dueños de una cadena de tiendas de ultramarinos, que había sido fusilado allí por cobardía y deserción ante el enemigo. ¿Leyenda urbana? ¿Verdad filtrada? ¿Quien sabe? Pepe volvió de la legión y fué hasta morir un tipo alegre al volante de un camión que recorría Europa: cordial, entrañable, un hombre cariñoso por encima de todo con una sonrisa dibujada desde la misma profundidad del alma, incluso cuando el cáncer pudo con él.
Y entonces, de improviso, se hizo la luz y sonó el televisor. Goyerri, retornada la normalidad que tanto ansía, saltó del regazo de Ana y se acercó a la cristalera de la terraza y aspiró el sutil aroma de tormenta, que ahora, mucho más calmada, danzaba en el aire exterior; todo el espacio suyo, de la tormenta. Toda la visión de Goyerri, en la tranquilidad. Apagadas las velas se percibe un cierto desasosiego porque no se puede convocar al mágico retorno de los recuerdos sin medida ni dirección, apagando la luz y cerrando la tele. Las cosas suceden cuando suceden y por lo que suceden. Búsqueda de canal y adormilada ella, y adormilado él...
NOTA: Leído este post por Ana corrige una apreciación: Carabánchel no era un barrio, le dice, de clase obrera y media. Era un barrio de clase obrerra, rojo y de inmigrantes. Y ante tanta seguridad no cabe disculpa alguna, que ella lo sabe bien, que nació y vivió gran parte de su vida, allí.
El piso había quedado en un silencio hijo de la oscuridad y desde la altura de su situación, los chalets de abajo que reptan por el cabo hasta formar una línea de horizonte en la que conviven con palmeras, una hermosa curva que a plano día puede llegar a parecer un paisaje africano, recortada sobre el horizonte del cielo azul y de la franja de mar que emerge, quedaron absolutamente a oscuras; igual que la avenida del otro lado de la casa. Todo era en la zona del cabo oscuridad y silencio, no tan silencio si abriendo la cristalera se asomaba uno al exterior de la terraza y allí la tormenta le batía con viento, agua, y todo estruendo.
Empezó a fluir la conversación en la medida en que la memoria filtró los recuerdos de otros tiempos en que se iba la luz y a la grisura del tiempo se añadía la carencia de energía, marco recordara de otra historia, de una sociedad casi mezquina, tales eran sus carencias, según se piensa. Fluyó la conversación como si nada, acunada por la penumbra mientras pasaban los minutos y al cabo la hora se seguía igual, esparenado la reposición de la luz en el paraiso. Goyerri, ahora impaciente, había exigido un espacio del butacón de Ana y los dos compartían el asiento, él con la cabeza apoyada en el regazo de ella, ella con la cabeza apoyada en el respaldo, los dos apoyados en una acogedora oscuridad de la sala.
Cotejar apagones llevó a cotejar vidas, ahora, cuando cabe reconocer que nunca se acaba de conocer la vida de otro por mucho que se esté a su lado, como nunca se alcanza a conocerlo del todo, como nunca se alcanza a conocerse a uno mismo, pues los recuerdos reveladores no son nunca suficientemente o son por el conttario demasiados. Uno y otro son dos a tiempo compartido y esto le lleva a él a una disgregación del pensamiento, a saber: le desagrada el plural que tanta gente usa: a nosotros nos gusta el cine de fulanito de tal y no acaba de entender porque las parejas hacen uso de ese nos mayestático que pluralizándolos acaba por anular sus individuales. Por poco que se sea, se dice, siempre se es algo y siempre quedará algo de uno, escondido en la recámara del lenguaje. Detesta el nos como detesta el papá y mamác on que los cónyuges se llaman disolviendo el nombre propia en la fase anterior a la pater-maternidad de ambos. Papá, le dijo ella a él, otra ella y otro él, en la mesa de un restaurante una noche hace ya algunos años, papá, me pasas la ensalada y el papá le pasó la ensalada acompañada del protector comentario que todo hombre de bien haría: cuida, mamá, que está muy fuerte de vinagre.Tal vez estaba irritado, la cena estaba discurriendo por los terrenos del aburrimiento o simplemente perdió la moderación que siempre ha venido perdiendo y que Ana le recuerda a menudo: cuida lo que dices, que puede molestar. Lo cierto es que los miró, ora a uno y ora a otro, y les preguntó: ¿habeis olvidado vuestros nombres?
Una vez más se ha ido del tema principal que era el cotejar recuerdos en la penumbra de una noche de tormenta en el piso del cabo en Alicante. Fluyó repentinamente el recuerdo de la casa de Diputación, la pequeña librería de su padre, el laboratorio fotográfico, la música, las revistas Life y Paris Match, unos amigos íntimos con cuyos hijos compartían libros de May, Sabatini, Verne; fluyó la charla cotejando la calle Diputación de Barcelona con la calle Toboso en Madrid, en el barrio de Carabánchel, donde sus cuñados le cuentan que cuando vivían allí, la casa lindaba con los campos de cereal. Ser de Carabánchel marca origen en Madrid como ser de Gracia en Barcelona. Hay en la familia de Ana quien nunca ha vivido ni vivirá en otro espacio que ese barrio de trabajadores y de clase media que se ha llenado de luces de neón, de bingos, de sucursales de banco, de restaurantes de comida rápida, pequeñas discotecas, que comparten espacios con pequeños talleres, industrias familiares, mesones, mercerías, droguerías, panaderías, encerrando entre todo ese mundo de plástico y metal iluminado, las fachadas de ladrillo de algunas viejas casas de veraneo, de algunos colegios religiosos, de un viejo parque, un cementerio para ingleses, la parada del metro, Urgel, que tiene el mismo nombre y es la misma parada que en Barcelona le conducía a su casa en Diputación. El mercado de Carabánchel sigue abierto entre callejas estrechas y el pescado, si no tiene los ojos frescos, mirando casi, se queda en las canastas o en las cestas y las hortalizas sonríen en colores.
Los barrios, con su muerte, se han llevado un mundo entrañable de seres humanos que recreaban la pequeña sociedad pueblerina pasada por el tamiz de la gran ciudad. Las tiendas, el comercio que era el nervio, el pulso vital de la vida en la calle, tenían sus rótulos que generalmente diferían del nombre que se les daba: la señora petra era la lechería y Manolo el barbero, Los de Aragón era René y Pierre y en la tintorería los puntos de media los cogía la Cinta, naturalmente hija de Tortosa. El hermano menor de Ana, Paco, callejeaba por las granjas de Carabánchel y hacía pellas, novillos, se saltaba el cole, por ir a ver las vacas. tanto le gustaban que fue novillero y se retiró después de una cogida, por la presión familiar, después de llevar en su haber en cuatro años casi cien corridas. Hay fotos en su casa, carteles, estuches de cuero que guardan los estoques, capotes y muletas, taleguillas y en la librería el Cosío, la enciclopedia del mundo del toro, la catedral en texto de la fiesta. De una vaquería al albero de la plaza de Vista Alegre, de la parada de Urgel en la Gran Vía a la parada de Urgel en General Ricardos, de la señora Petra a la Chiri. Todo lo que existe en el recuerdo que fluye existe y basta.
Compartían hablando un vaso con cubitos de hielo y bourbon, que Ana cree que es más fuerte que el escocés y él cree que no, que tiene un aroma más cariñoso. Compartían el vaso, que es una buena manera de no beber solos en la oscuridad y de vez en cuando sus manos se tocaban y Goyerri gruñía porque su dueña rebullía en el asiento para alcanzar el tintineante recipiente. Todo el sonido eran las voces en la penumbra, una célula habitada en la inmensa oscuridad exterior; asombroso retorno de las palabras. Ahora Ana recordaba a Pepe, el hermano mayor, que por aventura marchó a la Legión y allí, en África le tocó vivir lo de Sidi Ifni. El Hombre del Prado, trasplantado a la playa recuerda que en Barcelona, se decía del hijo de los dueños de una cadena de tiendas de ultramarinos, que había sido fusilado allí por cobardía y deserción ante el enemigo. ¿Leyenda urbana? ¿Verdad filtrada? ¿Quien sabe? Pepe volvió de la legión y fué hasta morir un tipo alegre al volante de un camión que recorría Europa: cordial, entrañable, un hombre cariñoso por encima de todo con una sonrisa dibujada desde la misma profundidad del alma, incluso cuando el cáncer pudo con él.
Y entonces, de improviso, se hizo la luz y sonó el televisor. Goyerri, retornada la normalidad que tanto ansía, saltó del regazo de Ana y se acercó a la cristalera de la terraza y aspiró el sutil aroma de tormenta, que ahora, mucho más calmada, danzaba en el aire exterior; todo el espacio suyo, de la tormenta. Toda la visión de Goyerri, en la tranquilidad. Apagadas las velas se percibe un cierto desasosiego porque no se puede convocar al mágico retorno de los recuerdos sin medida ni dirección, apagando la luz y cerrando la tele. Las cosas suceden cuando suceden y por lo que suceden. Búsqueda de canal y adormilada ella, y adormilado él...
NOTA: Leído este post por Ana corrige una apreciación: Carabánchel no era un barrio, le dice, de clase obrera y media. Era un barrio de clase obrerra, rojo y de inmigrantes. Y ante tanta seguridad no cabe disculpa alguna, que ella lo sabe bien, que nació y vivió gran parte de su vida, allí.
jueves, septiembre 20, 2007
El inverosímil parto de la bestia
Entre los libros que han llegado en cajas a la playa, está la novela de Vassily Grossman, publicada en francés, Vida y Destino. La casualidad hace que el mismo día en que lo coloca en un estante, se entere de que va a ser publicado de nuevo en español, ya lo fue hace muchos años por Seix y Barral, pasando desapercibido, o eso cree recordar. Recuerda perfectamente que llegó a sus manos como un regalo de un amigo que viajaba muy a menudo a París, y que le costó esfuerzo leerlo, ya que meterse en 900 páginas en francés, contando con una habilidad media para leer y comprender en ese idioma, requiere dos cosas: paciencia y suficiente interés para perseverar en el esfuerzo.
El libro de Grossman le pareció terrible y lo relacionó con otro libro que había leído años atrás: El cero y el Infinito, de Arthur Koestler. Ambos exponen, de los libros conviene hablar en presente cuando son actuales, la cara perversa y escondida del totalitarismo. Y, como por obra de una maldición que actúa sobre la mente de los individuos y que no es sino el peso de la propaganda, machacona, sobre las personas, cuesta creer en sus contenidos. tachar a estos libros de contenido anti comunista, a secas, podía resultar eficaz en los tiempos en que los leyó, pero calaron en él.
No fue hasta mucho más tarde cuando se encontró con Los Orígenes del Totalitarismo, de Hanna Arendt, del que Vida y Destino parece ser la puesta en imágenes (después de todo funciona como una novela) del libro de pensadora judía. Lo que esta teoriza apasionadamente, comparando las dictaduras soviética de la epoca de Stalin, con la dictadura nacional-socialista, aparece reflejado capítulo tras capítulo en la obra de Grossman, de tal manera que uno y otro forman una dualidad compenetrada, un todo coherente narrado con dos lenguajes y si en el libro de la Arendt las imágenes las pone el lector, que ha recibido harta información gráfica de aquellos hechos terribles, en el de Grossman el pensamiento que allí late está claramente expuesto en la obra de Hanna.
La casualidad le ha llevado hoy a encontrar, entre los libros por clasificar, un pequeño volumen, de unas 170 páginas de caracteres grandes y espaciados, titulado Historia de la columna infame. No lo había leído, estaba olvidado en ese sueño que les corresponde a muchas obras que esperan con paciencia su turno y que algo deben de tener, porque en las limpiezas periódicas de una biblioteca, mudan de lugar pero nunca abandonan el sitio. Esta Historia es obra de Alessandro Manzoni, su siguiente trabajo después de haber escrito y publicado Los novios. Manzoni, está seguro, no es sino una referencia en los libros de literatura, cuando se habla de los románticos italianos, y en verdad fue un romántico al que un día arrebató la razón del puro romanticismo y ganó una visión crítica de la historia y del tiempo. Lleva un prólogo de Leonardo Sciascia al que he de volver enseguida.
A las 4,30 de la mañana del día 21 de junio de 1630, Caterina Rosa, una mujer de clase baja vecina de Milán, estaba asomada a la ventana cuando un hombre que caminaba por la calle le llamo la atención. Escribía algo en un papel y de vez en cuando pasaba la mano por la pared. Extrañada recordó que se hablaba en la ciudad, que sufría los coletazos de la peste, del infame untar paredes con ungüentos terribles para que la plaga se extendiera. Y en este sentido denunció al viandante. De como los jueces, la opinión pública y los funcionarios de la justicia convirtieron aquel hecho explicable en un acto de terrorismo contra la ciudad, a partir de la aplicación de la más salvaje tortura, del más horrendo suplicio moral y físico, da cuenta el libro. No uno, sino varios encausados por confesiones alocadas hechas por los encausados para salvar, no la vida, sino limitar o acortar la tortura, fueron apareciendo en nombres sugeridos al azar, sin conocimiento entre ellos ni relación alguna. Los dos principales encausados fueron condenados a ser paseados en carro por la ciudad mientras se les atenazaban las carnes con tenazas al rojo; se les cortaban, primero una y luego la otra, las manos; se les descoyuntaban lentamente los huesos, les rajaban las carnes y finalmente los colgaban cuidando de evitarles la muer5te para degollarlos seis horas después. Sus casas fueron derruidas y finalmente en el solar de una de ellas se levantó una columna, que se llamó infame, en memoria de los hechos y que ya no existe.
Manzoni, en este informe, que no es una novela, centra su interés en los jueces, hombres que debiendo ser responsables, se entregaron a un festín de sangre y tortura a partir de una palabra: "inverosímil". En la medida en que los interrogados por la tortura negaban las versiones que los culpabilizan, la respuesta de los jueces, escritas en las actas del juicio era: por ser su respuesta inverosímil, se le vuelve a dar tortura.. Hay palabras que no son inocentes cuando quien las usa es capaz, porque tiene el poder, de darles el sentido necesario. Curiosamente aparece en las citadas actas una expresión que no es caprichosa y si reveladora: esta verdad referida a las confesiones de inocencia de los reos, son las dos palabras que crean para la verdad la existencia de dos niveles: esta verdad, la suya, no es verosímil y si se observa bien la frase veremos cuan reveladora es de la certeza de que la inverosimilitud es porque no se adapta a esta verdad, la nuestra.
En el prólogo, Sciascia expone un concepto que le llama la atención nada más leerlo: la burocracia del mal. Se refiere a la maquinaria de la justicia que, de buenas a primeras, empieza a funcionar ignorando pruebas, falsificando razones, forzando confesiones y decretando torturas sin cuentos y horrendas ejecuciones de inocentes. Esta burocracia del mal que narra Manzoni y cita como concepto Sciascia, viene a ser aquella banalidad del mal a la que se refiere la Arendt en El Juicio de Eichman. El mal convertido en burocracia se convierte en ciega maquineria cotidiana desprovisto del horror, salvo por la víctima; aplaudido incluso por la ciudadanía que llega a creer en aquello tan formal de algo habrán hecho, ya que ningún ciudadano, en su cabal juicio, podrá pensar nunca que los jueces que deben proteger a la sociedad puedan dedicarse a instaurar el mal, como norma moral de vida.
Al acabar el día, tras haber dado cuenta del libro en una tarde de lectura, una noticia le llega y en cierta manera le conmueve: ha sido detenido y va a ser juzgado el número dos del khmers rojos, co responsable de la persecución y muerte de 1.400.000 ciudadanos camboyanos. Hilando fechas se da cuenta de que todo tema de este cariz no es sino la presencia del mismo mal a lo largo del tiempo, parido por los hombres.
Inverosímil le parece todo lo que ha ido hilando. Esta verdad, se dice, no puede ser cierta porque es inverosímil. Y recuerda la frase de Brecht: aún esta vivo el vientre que parió a esta bestia.
El libro de Grossman le pareció terrible y lo relacionó con otro libro que había leído años atrás: El cero y el Infinito, de Arthur Koestler. Ambos exponen, de los libros conviene hablar en presente cuando son actuales, la cara perversa y escondida del totalitarismo. Y, como por obra de una maldición que actúa sobre la mente de los individuos y que no es sino el peso de la propaganda, machacona, sobre las personas, cuesta creer en sus contenidos. tachar a estos libros de contenido anti comunista, a secas, podía resultar eficaz en los tiempos en que los leyó, pero calaron en él.
No fue hasta mucho más tarde cuando se encontró con Los Orígenes del Totalitarismo, de Hanna Arendt, del que Vida y Destino parece ser la puesta en imágenes (después de todo funciona como una novela) del libro de pensadora judía. Lo que esta teoriza apasionadamente, comparando las dictaduras soviética de la epoca de Stalin, con la dictadura nacional-socialista, aparece reflejado capítulo tras capítulo en la obra de Grossman, de tal manera que uno y otro forman una dualidad compenetrada, un todo coherente narrado con dos lenguajes y si en el libro de la Arendt las imágenes las pone el lector, que ha recibido harta información gráfica de aquellos hechos terribles, en el de Grossman el pensamiento que allí late está claramente expuesto en la obra de Hanna.
La casualidad le ha llevado hoy a encontrar, entre los libros por clasificar, un pequeño volumen, de unas 170 páginas de caracteres grandes y espaciados, titulado Historia de la columna infame. No lo había leído, estaba olvidado en ese sueño que les corresponde a muchas obras que esperan con paciencia su turno y que algo deben de tener, porque en las limpiezas periódicas de una biblioteca, mudan de lugar pero nunca abandonan el sitio. Esta Historia es obra de Alessandro Manzoni, su siguiente trabajo después de haber escrito y publicado Los novios. Manzoni, está seguro, no es sino una referencia en los libros de literatura, cuando se habla de los románticos italianos, y en verdad fue un romántico al que un día arrebató la razón del puro romanticismo y ganó una visión crítica de la historia y del tiempo. Lleva un prólogo de Leonardo Sciascia al que he de volver enseguida.
A las 4,30 de la mañana del día 21 de junio de 1630, Caterina Rosa, una mujer de clase baja vecina de Milán, estaba asomada a la ventana cuando un hombre que caminaba por la calle le llamo la atención. Escribía algo en un papel y de vez en cuando pasaba la mano por la pared. Extrañada recordó que se hablaba en la ciudad, que sufría los coletazos de la peste, del infame untar paredes con ungüentos terribles para que la plaga se extendiera. Y en este sentido denunció al viandante. De como los jueces, la opinión pública y los funcionarios de la justicia convirtieron aquel hecho explicable en un acto de terrorismo contra la ciudad, a partir de la aplicación de la más salvaje tortura, del más horrendo suplicio moral y físico, da cuenta el libro. No uno, sino varios encausados por confesiones alocadas hechas por los encausados para salvar, no la vida, sino limitar o acortar la tortura, fueron apareciendo en nombres sugeridos al azar, sin conocimiento entre ellos ni relación alguna. Los dos principales encausados fueron condenados a ser paseados en carro por la ciudad mientras se les atenazaban las carnes con tenazas al rojo; se les cortaban, primero una y luego la otra, las manos; se les descoyuntaban lentamente los huesos, les rajaban las carnes y finalmente los colgaban cuidando de evitarles la muer5te para degollarlos seis horas después. Sus casas fueron derruidas y finalmente en el solar de una de ellas se levantó una columna, que se llamó infame, en memoria de los hechos y que ya no existe.
Manzoni, en este informe, que no es una novela, centra su interés en los jueces, hombres que debiendo ser responsables, se entregaron a un festín de sangre y tortura a partir de una palabra: "inverosímil". En la medida en que los interrogados por la tortura negaban las versiones que los culpabilizan, la respuesta de los jueces, escritas en las actas del juicio era: por ser su respuesta inverosímil, se le vuelve a dar tortura.. Hay palabras que no son inocentes cuando quien las usa es capaz, porque tiene el poder, de darles el sentido necesario. Curiosamente aparece en las citadas actas una expresión que no es caprichosa y si reveladora: esta verdad referida a las confesiones de inocencia de los reos, son las dos palabras que crean para la verdad la existencia de dos niveles: esta verdad, la suya, no es verosímil y si se observa bien la frase veremos cuan reveladora es de la certeza de que la inverosimilitud es porque no se adapta a esta verdad, la nuestra.
En el prólogo, Sciascia expone un concepto que le llama la atención nada más leerlo: la burocracia del mal. Se refiere a la maquinaria de la justicia que, de buenas a primeras, empieza a funcionar ignorando pruebas, falsificando razones, forzando confesiones y decretando torturas sin cuentos y horrendas ejecuciones de inocentes. Esta burocracia del mal que narra Manzoni y cita como concepto Sciascia, viene a ser aquella banalidad del mal a la que se refiere la Arendt en El Juicio de Eichman. El mal convertido en burocracia se convierte en ciega maquineria cotidiana desprovisto del horror, salvo por la víctima; aplaudido incluso por la ciudadanía que llega a creer en aquello tan formal de algo habrán hecho, ya que ningún ciudadano, en su cabal juicio, podrá pensar nunca que los jueces que deben proteger a la sociedad puedan dedicarse a instaurar el mal, como norma moral de vida.
Al acabar el día, tras haber dado cuenta del libro en una tarde de lectura, una noticia le llega y en cierta manera le conmueve: ha sido detenido y va a ser juzgado el número dos del khmers rojos, co responsable de la persecución y muerte de 1.400.000 ciudadanos camboyanos. Hilando fechas se da cuenta de que todo tema de este cariz no es sino la presencia del mismo mal a lo largo del tiempo, parido por los hombres.
Inverosímil le parece todo lo que ha ido hilando. Esta verdad, se dice, no puede ser cierta porque es inverosímil. Y recuerda la frase de Brecht: aún esta vivo el vientre que parió a esta bestia.
viernes, septiembre 14, 2007
Crónica de un crimen de novela
Pasamos la vida construyendo una identidad, le digo a Ana. Pero, me contesta, ¿no es en eso en lo que consiste la vida? Estamos frente al mar, sentados en la terraza; el sol velado por la calima produce un calor bochornoso. Un ferry entra en el puerto de Alicante y su blanco refulge ligeramente, como hijo de un vaho, mientras la isla de Tabarca ha desaparecido dentro de una masa opaca en la que el azul mediterráneo ha dejado paso un desvaído color salpicado de grises y de bordes blancos, causa de la luz del sol al contornear las nubes.
Hemos llegado hace dos días con la intención de pasar poco más de una semana, con el coche cargado de libros apilados en cajas plegables de plástico de las que se compran en las tiendas almacén de bricolaje. El hombre moderno se ha convertido en un habitante de Leroy Merlín, de el Corte inglés, de Carrefour, pensaba mientras metía los libros seleccionados en las cajas, amarillas y azules que parecían realmente barquillas de fruta: las novelas de John Le Carré, de P.D. James, de Henning Mankell, y también las más antiguas, de edición rústica que guardan a Hammet, a Chandler, a Mc Coy, Macc Donald, Himes, Quenn,Mc Cann y la Highsmith, sin olvidar a la reserva espiritual que representan Simenon, Cristie, Doyle y como una joya preciada, antigua. anticuada, reaccionaria, la obra de Edgar Wallace. También, se dijo, somos almaceneros de un almacén propio, colección de horas pasadas, archivo de enigmas vividos en el pasado, sólidas tardes de hastío convertidas en tardes de gloria.
Acarició una novela de Chester Himes, cuyo título es en sí una obra maestra de exposición inquietante: "Un ciego con pistola". Himes era un escritor de Harlem que fotografió su barrio suburbial y retrató a los personajes que pululan por él construyendo una identidad basada en la supervivencia y en la destrucción: vivió y murió en Málaga, escribiendo al sol del Mediterráneo, entrecerrando los ojos y soñando un Harlem violento de pequeños enanos monstruosos. La manera magistral con la que Himes traza una novela, las elipses que dibuja para ir y venir de un sitio a otro saltando por los capítulos, es una lección de la mejor literatura.
Entre toda esa novela una joya americana de Boris Vian: "Escupiré sobre vuestras tumbas". La admiración que siente por este autor es similar por grande con la que siente por Celine. En ambos casos, piensa, la locura de estos hombres es la de aquellos que lo han perdido todo menos la razón, según escribió Nietszche en algún lugar de su obra. ¿Porque piensa que este autor alemán es en realidad un magnífico autor de novela negra? Probablemente por las horas dedicadas a resolver los enigmas que plantea la muerte de dios y el nacimiento de un hombre empujado por la voluntad de poder, llevado en andas por el eterno retorno de su humanidad, una y otra vez cercenada, una y otra vez resucitante. A veces ha pensado, por pensar, que la mejor literatura no es sino novela negra, plagada de buenos y malos, de violencia moral y física, de castigo y redención, de culpables, siempre culpables, expiando su parte de insoportabilidad del mundo y de la vida: Crimen y Castigo, que leyó en 48 horas seguidas, interrumpidas por un sueño ligero de no más de tres. mientras cumplía el servicio militar, sin poder dejar el libro de las manos hasta llegar al fulgor de una frase: "el miedo a la estética es el signo de la impotencia". Faulkner, magnífico señor de la disolución del sur profundo, con un bourbon al alcance de la mano y un universo poblado de fantasmales deseos; Balzac, recorriendo con morosidad los salones donde el crimen se manifiesta contenido, irrealizable igual que despiadado; James, Miller, Tolstoi, Baroja, Galdós, Zola... En toda novela se cierne el asesinato del autor a manos de sus personajes, del lector a manos de la historia.
No se puede ordenar una biblioteca sin demorarse en los títulos, en las portadas y en la memoria. Las paredes de la habitación se visten de palabras, y convertida en cuarto de estudio y biblioteca abren sus ventanas a la sierra que rodea Alicante, peladas de vegetación, macizos informes de tierras pedregales, de inmensos roquedales que niegan la vida afirmando la voluntad de muros carcelarios, anticipo del África que al otro lado del piso se adivina exactamente en la frontal, la terraza, el mar, la línea del horizonte, la línea del sur trazando una línea recta desde el norte de la ventana hasta la misma Argelia, donde nada se divisa. Piensa que allí nació Camus, del que ha traído a Alicante algunos libros que tiene repetidos: El mito de Sísifo, El extranjero, El malentendido, Los justos... Todos novelas negras, se dice, todos libros de enigmas terribles que tratan a la vida y a la muerte como la misma cosa indiferente y banal.
Los libros son identidades compartidas, trozos de identidad que son del autor y del lector, por separado, unidos por los puntos vagos de las horas de lectura, del pensamiento prestado al otro que escribió en el otro lado de las palabras escritas, impresas en páginas de papel blancuzco. Tantas palabras para construir una realidad que es el hombre del Prado, que es al mismo tiempo el Caminante en la Playa y que es en resumen Luis R..., un personaje que se difumina en su realidad por el nacimiento de un hombre nuevo, de una identidad vivida y al tiempo inventada. Quien no inventa su identidad, quien no se ve a sí mismo como si fuera el otro, quien no participa en el asesinato ritual de aquel a quien intenta entender y no lo consigue, pierde una visión de su criatura. Todo individuo, al mirarse, no ve sino una metáfora de sí. Un ciego con una pistola o una hombre con una pluma y otro hombre en el prado que viaja a la playa y se refugia en el paisaje del crimen que ha cometido y nunca ha confesado: vivir inadvertidamente. ¿No es eso una forma de asesinar a un ser humano?
Claro, le dice a Ana, en la terraza, es eso la vida, nada más que construir una identidad, saber unir -saca a colación a Pitágoras de nuevo- el principio con el final. Abajo, en los jardines de los chalés adosados que extienden praderas irreales, metáforas de lo natural, adornadas de piscinas y columpios, un niño de seis o siete años trata de levantar al aire una cometa en un día sin viento, y no lo consigue. Corre esforzadamente arrastrando el armazón vestido de tela de colores, donde domina el amarillo, y aquel a trompicones tropieza con la tierra y se arrastra tirado por el hilo: tozudo el niño y terca la tela el intento se convierte en furiosa carrera en torno a la piscina en la que el agua centellea. Al fondo el mar, presente, siempre, una línea que grises que se dibuja desde la colina que soporta el faro hasta el hasta el Cabo de Santa Pola. En su recorrido, interrumpen la pureza de su línea algunos edificios de muchas plantas y en ellas muchas viviendas, colmenas del desarrollo demencial. Destruir un paisaje es también una historia negra, piensa, un gesto plagado de crímenes. Cansado el niño vuelve a su casa entrando por el trozo de césped, que enmarcado en una valla de madera blanca, crea la ilusión de un jardín particular; la cometa yace inmóvil sobre la hierba, como el toro en el albero, exangüe, muerta. ¿Cómo, se pregunta, pude vivir inadvertidamente tanto tiempo y ahora miro las cosas con tanta mesura, con tanto tiempo, tan detenidamente? ¿Quien puede contestar a la metáfora? Una brisa, repentina y breve, ondea las faldas de los toldos que parecen saludar, saludarle.
Goyerri empieza a inquietarse, son casi las once y entre un lento despertar y un soleado desayuno, han pasado dos horas y el amigo perro reclama salir a la calle, caminar por el paseo hasta el descampado en que se encuentra con todos los olores de todos los perros del mundo, eso debe sentir él, que tanto le ilusiona y le hace corretear siguiendo un rastro hecho de zigzags donde en cada vértice se detiene para hundir su hociquillo en el suelo y aspirar el aroma de perronidad que tan caro le es. El perrillo, casi humano, de identidad transformada, encontrará en esos rastros aquella que ha ido perdiendo entre sofás, alfombras, rincones sombreados, el bosque, el jardín. No parecerá importarle ni sentir desesperanza alguna por rencontrar un rastro que le conducirá hacia lo primigenio y propio: no tiene mitos.
Ana se pone en pie: hay que sacar a Goyerri. ¿A la playa o al acantilado? Le da lo mismo, lo que Goyerri marque. lo que le indique el minúsculo y adorable hocico cubierto por las greñas canosas de su especie. ¿Me acompañas? le pregunta a ella. Claro, le contesta, me visto y bajo contigo.
Buenos días.
Hemos llegado hace dos días con la intención de pasar poco más de una semana, con el coche cargado de libros apilados en cajas plegables de plástico de las que se compran en las tiendas almacén de bricolaje. El hombre moderno se ha convertido en un habitante de Leroy Merlín, de el Corte inglés, de Carrefour, pensaba mientras metía los libros seleccionados en las cajas, amarillas y azules que parecían realmente barquillas de fruta: las novelas de John Le Carré, de P.D. James, de Henning Mankell, y también las más antiguas, de edición rústica que guardan a Hammet, a Chandler, a Mc Coy, Macc Donald, Himes, Quenn,Mc Cann y la Highsmith, sin olvidar a la reserva espiritual que representan Simenon, Cristie, Doyle y como una joya preciada, antigua. anticuada, reaccionaria, la obra de Edgar Wallace. También, se dijo, somos almaceneros de un almacén propio, colección de horas pasadas, archivo de enigmas vividos en el pasado, sólidas tardes de hastío convertidas en tardes de gloria.
Acarició una novela de Chester Himes, cuyo título es en sí una obra maestra de exposición inquietante: "Un ciego con pistola". Himes era un escritor de Harlem que fotografió su barrio suburbial y retrató a los personajes que pululan por él construyendo una identidad basada en la supervivencia y en la destrucción: vivió y murió en Málaga, escribiendo al sol del Mediterráneo, entrecerrando los ojos y soñando un Harlem violento de pequeños enanos monstruosos. La manera magistral con la que Himes traza una novela, las elipses que dibuja para ir y venir de un sitio a otro saltando por los capítulos, es una lección de la mejor literatura.
Entre toda esa novela una joya americana de Boris Vian: "Escupiré sobre vuestras tumbas". La admiración que siente por este autor es similar por grande con la que siente por Celine. En ambos casos, piensa, la locura de estos hombres es la de aquellos que lo han perdido todo menos la razón, según escribió Nietszche en algún lugar de su obra. ¿Porque piensa que este autor alemán es en realidad un magnífico autor de novela negra? Probablemente por las horas dedicadas a resolver los enigmas que plantea la muerte de dios y el nacimiento de un hombre empujado por la voluntad de poder, llevado en andas por el eterno retorno de su humanidad, una y otra vez cercenada, una y otra vez resucitante. A veces ha pensado, por pensar, que la mejor literatura no es sino novela negra, plagada de buenos y malos, de violencia moral y física, de castigo y redención, de culpables, siempre culpables, expiando su parte de insoportabilidad del mundo y de la vida: Crimen y Castigo, que leyó en 48 horas seguidas, interrumpidas por un sueño ligero de no más de tres. mientras cumplía el servicio militar, sin poder dejar el libro de las manos hasta llegar al fulgor de una frase: "el miedo a la estética es el signo de la impotencia". Faulkner, magnífico señor de la disolución del sur profundo, con un bourbon al alcance de la mano y un universo poblado de fantasmales deseos; Balzac, recorriendo con morosidad los salones donde el crimen se manifiesta contenido, irrealizable igual que despiadado; James, Miller, Tolstoi, Baroja, Galdós, Zola... En toda novela se cierne el asesinato del autor a manos de sus personajes, del lector a manos de la historia.
No se puede ordenar una biblioteca sin demorarse en los títulos, en las portadas y en la memoria. Las paredes de la habitación se visten de palabras, y convertida en cuarto de estudio y biblioteca abren sus ventanas a la sierra que rodea Alicante, peladas de vegetación, macizos informes de tierras pedregales, de inmensos roquedales que niegan la vida afirmando la voluntad de muros carcelarios, anticipo del África que al otro lado del piso se adivina exactamente en la frontal, la terraza, el mar, la línea del horizonte, la línea del sur trazando una línea recta desde el norte de la ventana hasta la misma Argelia, donde nada se divisa. Piensa que allí nació Camus, del que ha traído a Alicante algunos libros que tiene repetidos: El mito de Sísifo, El extranjero, El malentendido, Los justos... Todos novelas negras, se dice, todos libros de enigmas terribles que tratan a la vida y a la muerte como la misma cosa indiferente y banal.
Los libros son identidades compartidas, trozos de identidad que son del autor y del lector, por separado, unidos por los puntos vagos de las horas de lectura, del pensamiento prestado al otro que escribió en el otro lado de las palabras escritas, impresas en páginas de papel blancuzco. Tantas palabras para construir una realidad que es el hombre del Prado, que es al mismo tiempo el Caminante en la Playa y que es en resumen Luis R..., un personaje que se difumina en su realidad por el nacimiento de un hombre nuevo, de una identidad vivida y al tiempo inventada. Quien no inventa su identidad, quien no se ve a sí mismo como si fuera el otro, quien no participa en el asesinato ritual de aquel a quien intenta entender y no lo consigue, pierde una visión de su criatura. Todo individuo, al mirarse, no ve sino una metáfora de sí. Un ciego con una pistola o una hombre con una pluma y otro hombre en el prado que viaja a la playa y se refugia en el paisaje del crimen que ha cometido y nunca ha confesado: vivir inadvertidamente. ¿No es eso una forma de asesinar a un ser humano?
Claro, le dice a Ana, en la terraza, es eso la vida, nada más que construir una identidad, saber unir -saca a colación a Pitágoras de nuevo- el principio con el final. Abajo, en los jardines de los chalés adosados que extienden praderas irreales, metáforas de lo natural, adornadas de piscinas y columpios, un niño de seis o siete años trata de levantar al aire una cometa en un día sin viento, y no lo consigue. Corre esforzadamente arrastrando el armazón vestido de tela de colores, donde domina el amarillo, y aquel a trompicones tropieza con la tierra y se arrastra tirado por el hilo: tozudo el niño y terca la tela el intento se convierte en furiosa carrera en torno a la piscina en la que el agua centellea. Al fondo el mar, presente, siempre, una línea que grises que se dibuja desde la colina que soporta el faro hasta el hasta el Cabo de Santa Pola. En su recorrido, interrumpen la pureza de su línea algunos edificios de muchas plantas y en ellas muchas viviendas, colmenas del desarrollo demencial. Destruir un paisaje es también una historia negra, piensa, un gesto plagado de crímenes. Cansado el niño vuelve a su casa entrando por el trozo de césped, que enmarcado en una valla de madera blanca, crea la ilusión de un jardín particular; la cometa yace inmóvil sobre la hierba, como el toro en el albero, exangüe, muerta. ¿Cómo, se pregunta, pude vivir inadvertidamente tanto tiempo y ahora miro las cosas con tanta mesura, con tanto tiempo, tan detenidamente? ¿Quien puede contestar a la metáfora? Una brisa, repentina y breve, ondea las faldas de los toldos que parecen saludar, saludarle.
Goyerri empieza a inquietarse, son casi las once y entre un lento despertar y un soleado desayuno, han pasado dos horas y el amigo perro reclama salir a la calle, caminar por el paseo hasta el descampado en que se encuentra con todos los olores de todos los perros del mundo, eso debe sentir él, que tanto le ilusiona y le hace corretear siguiendo un rastro hecho de zigzags donde en cada vértice se detiene para hundir su hociquillo en el suelo y aspirar el aroma de perronidad que tan caro le es. El perrillo, casi humano, de identidad transformada, encontrará en esos rastros aquella que ha ido perdiendo entre sofás, alfombras, rincones sombreados, el bosque, el jardín. No parecerá importarle ni sentir desesperanza alguna por rencontrar un rastro que le conducirá hacia lo primigenio y propio: no tiene mitos.
Ana se pone en pie: hay que sacar a Goyerri. ¿A la playa o al acantilado? Le da lo mismo, lo que Goyerri marque. lo que le indique el minúsculo y adorable hocico cubierto por las greñas canosas de su especie. ¿Me acompañas? le pregunta a ella. Claro, le contesta, me visto y bajo contigo.
Buenos días.
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Una línea
No sabe de donde sacó la frase, porque la anotó en su cuaderno negro sin relacionar el origen, pero si copió el nombre del autor: Pitágoras. Parece ser que en algún lugar escribió que "la felicidad consiste en saber unir el final con el principio". Es frase de aritmético, o de geómetra, según se proponga uno comprender el desarrollo de una fórmula o tener una visión clara y sintética. Comentando el sentido con dos amigos, coincidieron ambos en que la frase representaba una línea recta: ¿porqué recta? les preguntó. Era evidente, le contestaron, una línea que une dos puntos es una línea recta y final y principio son dos puntos de la vida, los dos únicos puntos que realmente interesan. Sus amigos no estaban por la resolución de un problema aritmético: tal vez tenían razón: la felicidad no debería nunca ser un problema aunque bien podría ser la solución del mismo. Intentó hacerles ver que de ser así conviene aceptar que si la felicidad es la solución el período anterior es de infelicidad
Cuando camina por el bosque acostumbra a zigzaguear tal y como lo hace el camino, en un aparente juego de curvas y revueltas sin sentido que obviamente conducen a algún lugar. Hay lugares de todas clases en un bosque, incluso lugares que no son aquellos que se esperan o que realmente ni siquiera parecen ser lugares. Recuerda a menudo como siendo niño, estando pasando unos días en Montserrat, su padre les llevó a él y a su hermana a un lugar llamado El Plá d'els Ocells. La excursión matinal fué larga por sendas empinadas; tuvieron la impresión de que el adulto se perdía en aquel bosque intrincado y que en un momento, llegando a un claro, cansados de tanto ir y venir, subir y subir, les dijo "hemos llegado" y señaló el pequeño claro, una cuesta ligeramente empinada, con unas rocas en el centro, rodeada por un círculo de árboles. ¿Es aquí? preguntaron. Aquí es, les dijo su padre. Tuvieron la impresión de que aquello no era el lugar al que iban, que ni siquiera era un lugar y que la prisa, el cansancio y la desorientación empujaron a su progenitor a adoptar un aire de triunfo en lugar de apelar al desconsuelo. Un padre, aquellos eran otros tiempos, no debían equivocarse en público ni en privado, que también es un ámbito público cuando se trata de los hijos.
Aquel recuerdo le lleva a desconsiderar que Pitágoras se refiera a una línea recta. ¿Porque tiene que serlo? Geométricamente una línea es un conjunto de puntos cuyo único interés es mantenerse cada uno totalmente pegado al anterior y al posterior, como esos niños de guardería que se cogen del faldón de las batas para cruzar una calle. La forma que los puntos adopten, los recovecos que emprenda la lçinea en su vagar dubitativo, no tienen que ver con la realidad de que se trata de una línea. Así, que de ser línea, la felicidad pitagoriana debería ser curva e incluso quebrada.
Ahora, cuando sigue una senda en el bosque en pos de un lugar determinado, La Peña del Águila, por ejemplo, sabe que al llegar a lo alto se sentirá feliz y fatigado; o fatigado y feliz. Cuanto mayor el esfuerzo, mayor felicidad. Se puede llegar a la peña por sitios diversos, cruzando un arroyo y subiendo después por su margen , el camino más corto y a un tiempo el de mayor pendiente y por ende más fatigoso, o siguiendo una senda ancha, de curvas amplias, que pasa por llanos en el bosque que ofrecen un espectáculo de árboles dispersos por los que el sol derrama su luz en claroscuros, tan brillante paisajista es la naturaleza.
Todo camino se convierte en línea y toda línea, limitada por el tiempo y el espacio, empieza y acaba, es finita. Es o podría ser la vida, o de ella un hecho, un accidente, uno de los innumerables aconteceres que van entrecruzándose para dotar a la vida de contenido. La vida sería, sin duda, otra línea entrecruzada de muchas más, casi escondida en ellas de tal manera, que si se consiguieran borrar no quedaría sobre el papel rastro de trazo alguno. La vida bien podría ser, descontados los hechos que la forman, nada: un tiempo vacío, un espacio sin individuo: una oportunidad perdida En su finitud, la suma de aconteceres acaban por dibujar una biografía, sin ellos no dibuja nada. Se dijo que "el loco es aquel que pierde todo menos la razón" y debe ser cierto: una vida solamente cargada de la razón es una locura, es la locura, es el vacío de un loco.
Puestos a jugar a geómetras, les propuso a sus dos amigos, que a esas alturas estaban acabando una sencilla vuelta al prado por la linde del bosque, un simple camino de unos dos kilómetros de longitud por terreno llano de cómodo piso, les propuso pues que trataran de borrar de sus vidas los momentos felices identificándolos: las bodas de los hijos, el nacimiento de los nietos, su propia boda, un ascenso en el trabajo, algún hecho aislado o un recuerdo casi perdido; fueron coincidiendo en situaciones parecidas o aportando alguna diferenciada. Para A un momento feliz en su vida había sido despertarse junto a una mujer deseada y para B una tarde de lluvia en el porche de su chalet en la costa, cuando solo con un libro en la mano quedó viendo la tormenta, abstraído en ella, viendo como las olas se revolvían contra el cielo y todo el horizonte se poblaba de grises como el plomo. El Hombre del Prado les animaba a recordar y en ese ejercicio iba él también recordando situaciones análogas hasta acabar teniendo frente a ellos no más de veinte ejemplos pertinentes.
Bien, les dijo, y si sacamos de nuestras vidas estos hechos que parece que nos hacen felices a casi todos, o que identificamos con nuestra exaltante felicidad de hombres virtuosos,¿que es aquello que queda?. ¿Tal vez resulte que hemos sido infelices? esperaba oír una negativa rotunda, pero quedó el silencio entre los tres. Les propuso la infelicidad y la negaron. Tal vez la satisfacción: tampoco. La línea de la vida de la que habían empezado a hablar poco antes, era ahora una desnuda fila de hormigas zigzagueando hacia el hormiguero; ellas saben unir el inicio con el final. Cuando se insiste en el silencio es que algo no funciona y además estaban llegando a la casa y se hacía oscuro.
No recuerda cual de ellos habló al fin, pues ahora iban caminando un tanto desperdigados por el camino, desapasionados de la conversación. "Lo que sucede, dijo, es que esta vida es bastante jodida". Y la otra voz asintió enérgicamente: "Muy jodida..." "Pero, añadió el primero, hay buenos momentos, si". Y el otro lo corroboró: "Muy buenos". Pitágoras, pensó el Hombre del Prado, fue demasiado sutil, ciertamente es mejor decir que la felicidad son los buenos momentos de una vida que, por lo general resulta bastante jodida.
Por la noche acudió a uno de esos libros de citas que proporcionan una imagen de lector voraz a quien los usa y buscó la palabra felicidad. Le asombró contar más de doscientas definiciones de personalidades, prácticamente poco o nada coincidentes. En cualquier caso, la de Pitágoras no figuraba entre ellas.
Cuando camina por el bosque acostumbra a zigzaguear tal y como lo hace el camino, en un aparente juego de curvas y revueltas sin sentido que obviamente conducen a algún lugar. Hay lugares de todas clases en un bosque, incluso lugares que no son aquellos que se esperan o que realmente ni siquiera parecen ser lugares. Recuerda a menudo como siendo niño, estando pasando unos días en Montserrat, su padre les llevó a él y a su hermana a un lugar llamado El Plá d'els Ocells. La excursión matinal fué larga por sendas empinadas; tuvieron la impresión de que el adulto se perdía en aquel bosque intrincado y que en un momento, llegando a un claro, cansados de tanto ir y venir, subir y subir, les dijo "hemos llegado" y señaló el pequeño claro, una cuesta ligeramente empinada, con unas rocas en el centro, rodeada por un círculo de árboles. ¿Es aquí? preguntaron. Aquí es, les dijo su padre. Tuvieron la impresión de que aquello no era el lugar al que iban, que ni siquiera era un lugar y que la prisa, el cansancio y la desorientación empujaron a su progenitor a adoptar un aire de triunfo en lugar de apelar al desconsuelo. Un padre, aquellos eran otros tiempos, no debían equivocarse en público ni en privado, que también es un ámbito público cuando se trata de los hijos.
Aquel recuerdo le lleva a desconsiderar que Pitágoras se refiera a una línea recta. ¿Porque tiene que serlo? Geométricamente una línea es un conjunto de puntos cuyo único interés es mantenerse cada uno totalmente pegado al anterior y al posterior, como esos niños de guardería que se cogen del faldón de las batas para cruzar una calle. La forma que los puntos adopten, los recovecos que emprenda la lçinea en su vagar dubitativo, no tienen que ver con la realidad de que se trata de una línea. Así, que de ser línea, la felicidad pitagoriana debería ser curva e incluso quebrada.
Ahora, cuando sigue una senda en el bosque en pos de un lugar determinado, La Peña del Águila, por ejemplo, sabe que al llegar a lo alto se sentirá feliz y fatigado; o fatigado y feliz. Cuanto mayor el esfuerzo, mayor felicidad. Se puede llegar a la peña por sitios diversos, cruzando un arroyo y subiendo después por su margen , el camino más corto y a un tiempo el de mayor pendiente y por ende más fatigoso, o siguiendo una senda ancha, de curvas amplias, que pasa por llanos en el bosque que ofrecen un espectáculo de árboles dispersos por los que el sol derrama su luz en claroscuros, tan brillante paisajista es la naturaleza.
Todo camino se convierte en línea y toda línea, limitada por el tiempo y el espacio, empieza y acaba, es finita. Es o podría ser la vida, o de ella un hecho, un accidente, uno de los innumerables aconteceres que van entrecruzándose para dotar a la vida de contenido. La vida sería, sin duda, otra línea entrecruzada de muchas más, casi escondida en ellas de tal manera, que si se consiguieran borrar no quedaría sobre el papel rastro de trazo alguno. La vida bien podría ser, descontados los hechos que la forman, nada: un tiempo vacío, un espacio sin individuo: una oportunidad perdida En su finitud, la suma de aconteceres acaban por dibujar una biografía, sin ellos no dibuja nada. Se dijo que "el loco es aquel que pierde todo menos la razón" y debe ser cierto: una vida solamente cargada de la razón es una locura, es la locura, es el vacío de un loco.
Puestos a jugar a geómetras, les propuso a sus dos amigos, que a esas alturas estaban acabando una sencilla vuelta al prado por la linde del bosque, un simple camino de unos dos kilómetros de longitud por terreno llano de cómodo piso, les propuso pues que trataran de borrar de sus vidas los momentos felices identificándolos: las bodas de los hijos, el nacimiento de los nietos, su propia boda, un ascenso en el trabajo, algún hecho aislado o un recuerdo casi perdido; fueron coincidiendo en situaciones parecidas o aportando alguna diferenciada. Para A un momento feliz en su vida había sido despertarse junto a una mujer deseada y para B una tarde de lluvia en el porche de su chalet en la costa, cuando solo con un libro en la mano quedó viendo la tormenta, abstraído en ella, viendo como las olas se revolvían contra el cielo y todo el horizonte se poblaba de grises como el plomo. El Hombre del Prado les animaba a recordar y en ese ejercicio iba él también recordando situaciones análogas hasta acabar teniendo frente a ellos no más de veinte ejemplos pertinentes.
Bien, les dijo, y si sacamos de nuestras vidas estos hechos que parece que nos hacen felices a casi todos, o que identificamos con nuestra exaltante felicidad de hombres virtuosos,¿que es aquello que queda?. ¿Tal vez resulte que hemos sido infelices? esperaba oír una negativa rotunda, pero quedó el silencio entre los tres. Les propuso la infelicidad y la negaron. Tal vez la satisfacción: tampoco. La línea de la vida de la que habían empezado a hablar poco antes, era ahora una desnuda fila de hormigas zigzagueando hacia el hormiguero; ellas saben unir el inicio con el final. Cuando se insiste en el silencio es que algo no funciona y además estaban llegando a la casa y se hacía oscuro.
No recuerda cual de ellos habló al fin, pues ahora iban caminando un tanto desperdigados por el camino, desapasionados de la conversación. "Lo que sucede, dijo, es que esta vida es bastante jodida". Y la otra voz asintió enérgicamente: "Muy jodida..." "Pero, añadió el primero, hay buenos momentos, si". Y el otro lo corroboró: "Muy buenos". Pitágoras, pensó el Hombre del Prado, fue demasiado sutil, ciertamente es mejor decir que la felicidad son los buenos momentos de una vida que, por lo general resulta bastante jodida.
Por la noche acudió a uno de esos libros de citas que proporcionan una imagen de lector voraz a quien los usa y buscó la palabra felicidad. Le asombró contar más de doscientas definiciones de personalidades, prácticamente poco o nada coincidentes. En cualquier caso, la de Pitágoras no figuraba entre ellas.
martes, septiembre 11, 2007
El lenguaje y nada
Azorado ante las páginas escritas, ante las palabras alineadas, no consigue comprenderlas pese a que son las suyas. Años de escribir tratando de dar con cierto magisterio le conducen finalmente a la desesperanza. ¿Que es peor, se pregunta, escribir para uno o para otros? Siempre se escribe para uno, es la respuesta, para uno más uno, que es el lector, o más dos... Pero intentar escribir para más de uno es tarea ingrata porque en cada palabra escrita con un significado cada lector hallará otro diferente. Si el impulso de escribir, la pasión por hacerlo, la pasión de hacerlo apasionadamente, tuviera un objetivo menor, podría darse por satisfecho, pero ingenuo, ha tratado de hacerlo para que uno, solamente uno, comprenda lo mismo que él ha escrito palabra por palabra. La desolación está pues en el lenguaje que funciona, cabe reconocerlo, como un limitador de la comunicación, un simple "para entendernos" cuando el objetivo era "para que seas lo que yo soy cuando escribo".
Azorado ante tanta página en la que se enfrasca sin comprender nada, sin otra cosa que ver que un ciertamente elegante estilo de componer las frases, entiende que es llegado el tiempo de empezar de nuevo. Hasta las comas se le han rebelado y parecen haber cambiado de lugar jugando al escondite con la ilación de los conceptos. Hay que comprender que no es el maestro que al dirigirse a los alumnos asume la paternidad de la verdad que está explicando. Después de todo, este pensará que ellos tendrán que romper sus palabras en mil trozos cuando les convengan; objetivo, como debería ser, se sentirá reconfortado al saber que probablemente no dejará otra huella que un rastro de memoria acumulada, el tiempo la borrará o la transformará en un mito: todos seremos narrados durante un tiempo hasta que nada. El no es el maestro, acude a la plaza pública para lanzar al azar una voz con una o dos palabras y esperar que alguien las pueda oír y comprender. Podría decir a los demás ante su pasividad "puedo explicaros quien soy y así me podréis entender en la justa medida". Es otra falsedad ante la que hay que pasar de puntillas, porque no existe una justa medida, un sistema de pesos en lo humano que establezca cuantos son los gramos necesarios para que una incierta verdad, apenas entrevista, pueda hacerse evidente.
Cuando para explicarse el individuo acude a su biografía, asume lo falso y la mentira como propio, tal vez siempre lo ha hecho pero en esta ocasión la evidencia es sorprendentemente clara, pues ante el rechazo debe insistir, sujetar al otro por la manga y retenerlo. Le va a hablar de él para rogarle un tiempo de atención, tal vez tenga un resumen escrito en una cuartilla en la que desde la fecha del nacimiento hasta la superación de sus miserias se mostrará ejemplar. Padre y madre, y hermanos, y mujeres e hijos, formarán un retrato de familia en el que el fotógrafo de turno habrá proyectado un foco de luz maquilladora. Probablemente, para hacerlo más interesante haya creído recordar que fue un hombre terrible, alguien que fustigaba a la mediocridad. Siendo la verdad una pura convención moral frente a la otra verdad, no hace sino procurarse un hogar habitable, una explicación de sus pecados. Guardará esa cuartilla para releerla en la noche solitaria, al borde del camino, hasta saber, finalmente sabrá, que nadie habita en su biografía, ya que suele ser un disfraz.
El individuo ahora se encuentra en el camino, no en la biografía, y estando en él no puede detenerse; no es quien camina sino que es el camino el que recorre el trayecto a la inversa y se le impone; le dice "déjame que sea yo quien te guié, déjame que transcurra por ti, así es más sencillo, es menos doloroso. ¿Para que la voluntad si en el sendero las marcas de dirección están marcadas y vas justamente hacia donde yo te conduzco? Puede tratar de encontrar su explicación en jornadas anteriores recordando un hecho, un acto, un hostal, un cruce, una sombra que le dirigió la palabra o un banco en el que se sentó junto a la fuente, pero las ha olvidado convirtiéndolas en historias de sí mismo, apenas nada que pueda interesar. Lo que ve a través de sus ojos no es sino la representación del camino que se ha impuesto, eso cree, cuando es la pasión de la vida la que le sitúa en él sin más motivo.
Todo lo que oye es lenguaje y lo que ve lo mismo y el mismo sentir sus sentimientos no son sino convenciones del lenguaje. Mientras no esté solo, desnudo en soledad, no alcanzará un territorio libre para perderse, pues no hay otro destino. Tal vez pueda entonces intuir que en la ausencia de meta se encuentra la parte más prometedora de su proyecto de viajero en la vida; tomará cuantos senderos se le antojen siempre convencido que ese que toma es el que más conviene a su momento y al cabo el momento será ya otro y habrá perdido la urgencia de resolver el conflicto y hacer la elección.
Absorto en el bosque no hace sino negar lo que ha sido creyendo ser y tratar de saber lo que fue sin saber. Podrá interrogar a los demás, pero el lenguaje, una vez más, le dará noticias falsas, poniendo ante sus ojos mil figuras y formas que, a su entender, no le corresponden. ¿Quien vivió por mí? se preguntará y no encontrará otra respuesta que "uno que fue antes que tú y al que ya has olvidado". Se tratará seguramente de él mismo, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo reconocerlo? No hay compañía aunque revolotee en torno a él toda la ternura del mundo hasta el punto de llegar a emocionarle. Filosofador al fin, tendrá que aceptar que una vez más le engañan los sentidos que se engarzan a la memoria como valores añadidos, como algo más que deberían, si eso fuera cierto, dar valor y coherencia, resumiendo una verdad que sabe que no existe. Yo no soy la verdad, se dice, que no existe o que puedo ser cualquier verdad en cualquier momento. ¿Cómo borrar esa perturbación de la memoria para que la emoción no le distorsione la visión? Como en un horizonte lejano, cuando volvemos la vista atrás del camino en el monte, vemos el paisaje que hemos recorrido como otro, vuelto del revés y ahora también el individuo es otro. "La vida es muy cruel" repetía alguien cerca de él, e irritado sentía ganas de decirle "¿que sabes tú de eso?". Fue en una noche de tormenta, alrededor de un fuego: no quiso consolar al que lloraba, bastante tiene cada cual con lo suyo.
Yo, afirmará rotundo en el silencio de la ausencia de otros, he sido feliz y de inmediato, el poco tiempo que se tarda en descubrir la traición del lenguaje, un instante cargado de cegadora luz, tendrá que decirse a si mismo o gritar al sendero que no puede saber lo que es, ha sido, será, ser feliz. ¿Acaso he sentido la placidez de ser creado? No cree que se pueda sentir otra felicidad que el saberse acunado en este mundo, cuando comprende al fin que ha sido dejado aquí, arrojado de manera brutal, despiadadamente. Y una vez más el lenguaje: ¿Que quiere decir "arrojado despiadadamente". Todo cuanto piensa con palabras debe ser vuelto a reescribir, borrar palabras que cambian el sentido de las cosas y finalmente encontrarse que de miles de palabras le han quedado las justas, una línea, diez o doce vocablos en los que el sujeto y el predicado están unidos por la vaguedad más absoluta.
Azorado ante tanta página escrita carente de sentido, alcanza el silencio sabedor al fin de que es la ausencia de lenguaje el único idioma capaz de ser comprendido. Aunque, le asalta una frase que leyó hace años de Pierre Klossowski: "¿de que forma podemos hacer para saber lo que somos cuando nos callamos?"
Azorado ante tanta página en la que se enfrasca sin comprender nada, sin otra cosa que ver que un ciertamente elegante estilo de componer las frases, entiende que es llegado el tiempo de empezar de nuevo. Hasta las comas se le han rebelado y parecen haber cambiado de lugar jugando al escondite con la ilación de los conceptos. Hay que comprender que no es el maestro que al dirigirse a los alumnos asume la paternidad de la verdad que está explicando. Después de todo, este pensará que ellos tendrán que romper sus palabras en mil trozos cuando les convengan; objetivo, como debería ser, se sentirá reconfortado al saber que probablemente no dejará otra huella que un rastro de memoria acumulada, el tiempo la borrará o la transformará en un mito: todos seremos narrados durante un tiempo hasta que nada. El no es el maestro, acude a la plaza pública para lanzar al azar una voz con una o dos palabras y esperar que alguien las pueda oír y comprender. Podría decir a los demás ante su pasividad "puedo explicaros quien soy y así me podréis entender en la justa medida". Es otra falsedad ante la que hay que pasar de puntillas, porque no existe una justa medida, un sistema de pesos en lo humano que establezca cuantos son los gramos necesarios para que una incierta verdad, apenas entrevista, pueda hacerse evidente.
Cuando para explicarse el individuo acude a su biografía, asume lo falso y la mentira como propio, tal vez siempre lo ha hecho pero en esta ocasión la evidencia es sorprendentemente clara, pues ante el rechazo debe insistir, sujetar al otro por la manga y retenerlo. Le va a hablar de él para rogarle un tiempo de atención, tal vez tenga un resumen escrito en una cuartilla en la que desde la fecha del nacimiento hasta la superación de sus miserias se mostrará ejemplar. Padre y madre, y hermanos, y mujeres e hijos, formarán un retrato de familia en el que el fotógrafo de turno habrá proyectado un foco de luz maquilladora. Probablemente, para hacerlo más interesante haya creído recordar que fue un hombre terrible, alguien que fustigaba a la mediocridad. Siendo la verdad una pura convención moral frente a la otra verdad, no hace sino procurarse un hogar habitable, una explicación de sus pecados. Guardará esa cuartilla para releerla en la noche solitaria, al borde del camino, hasta saber, finalmente sabrá, que nadie habita en su biografía, ya que suele ser un disfraz.
El individuo ahora se encuentra en el camino, no en la biografía, y estando en él no puede detenerse; no es quien camina sino que es el camino el que recorre el trayecto a la inversa y se le impone; le dice "déjame que sea yo quien te guié, déjame que transcurra por ti, así es más sencillo, es menos doloroso. ¿Para que la voluntad si en el sendero las marcas de dirección están marcadas y vas justamente hacia donde yo te conduzco? Puede tratar de encontrar su explicación en jornadas anteriores recordando un hecho, un acto, un hostal, un cruce, una sombra que le dirigió la palabra o un banco en el que se sentó junto a la fuente, pero las ha olvidado convirtiéndolas en historias de sí mismo, apenas nada que pueda interesar. Lo que ve a través de sus ojos no es sino la representación del camino que se ha impuesto, eso cree, cuando es la pasión de la vida la que le sitúa en él sin más motivo.
Todo lo que oye es lenguaje y lo que ve lo mismo y el mismo sentir sus sentimientos no son sino convenciones del lenguaje. Mientras no esté solo, desnudo en soledad, no alcanzará un territorio libre para perderse, pues no hay otro destino. Tal vez pueda entonces intuir que en la ausencia de meta se encuentra la parte más prometedora de su proyecto de viajero en la vida; tomará cuantos senderos se le antojen siempre convencido que ese que toma es el que más conviene a su momento y al cabo el momento será ya otro y habrá perdido la urgencia de resolver el conflicto y hacer la elección.
Absorto en el bosque no hace sino negar lo que ha sido creyendo ser y tratar de saber lo que fue sin saber. Podrá interrogar a los demás, pero el lenguaje, una vez más, le dará noticias falsas, poniendo ante sus ojos mil figuras y formas que, a su entender, no le corresponden. ¿Quien vivió por mí? se preguntará y no encontrará otra respuesta que "uno que fue antes que tú y al que ya has olvidado". Se tratará seguramente de él mismo, pero ¿cómo saberlo? ¿Cómo reconocerlo? No hay compañía aunque revolotee en torno a él toda la ternura del mundo hasta el punto de llegar a emocionarle. Filosofador al fin, tendrá que aceptar que una vez más le engañan los sentidos que se engarzan a la memoria como valores añadidos, como algo más que deberían, si eso fuera cierto, dar valor y coherencia, resumiendo una verdad que sabe que no existe. Yo no soy la verdad, se dice, que no existe o que puedo ser cualquier verdad en cualquier momento. ¿Cómo borrar esa perturbación de la memoria para que la emoción no le distorsione la visión? Como en un horizonte lejano, cuando volvemos la vista atrás del camino en el monte, vemos el paisaje que hemos recorrido como otro, vuelto del revés y ahora también el individuo es otro. "La vida es muy cruel" repetía alguien cerca de él, e irritado sentía ganas de decirle "¿que sabes tú de eso?". Fue en una noche de tormenta, alrededor de un fuego: no quiso consolar al que lloraba, bastante tiene cada cual con lo suyo.
Yo, afirmará rotundo en el silencio de la ausencia de otros, he sido feliz y de inmediato, el poco tiempo que se tarda en descubrir la traición del lenguaje, un instante cargado de cegadora luz, tendrá que decirse a si mismo o gritar al sendero que no puede saber lo que es, ha sido, será, ser feliz. ¿Acaso he sentido la placidez de ser creado? No cree que se pueda sentir otra felicidad que el saberse acunado en este mundo, cuando comprende al fin que ha sido dejado aquí, arrojado de manera brutal, despiadadamente. Y una vez más el lenguaje: ¿Que quiere decir "arrojado despiadadamente". Todo cuanto piensa con palabras debe ser vuelto a reescribir, borrar palabras que cambian el sentido de las cosas y finalmente encontrarse que de miles de palabras le han quedado las justas, una línea, diez o doce vocablos en los que el sujeto y el predicado están unidos por la vaguedad más absoluta.
Azorado ante tanta página escrita carente de sentido, alcanza el silencio sabedor al fin de que es la ausencia de lenguaje el único idioma capaz de ser comprendido. Aunque, le asalta una frase que leyó hace años de Pierre Klossowski: "¿de que forma podemos hacer para saber lo que somos cuando nos callamos?"
viernes, septiembre 07, 2007
El asesinato de Laura Inexistente
Busca un libro en la biblioteca que no haya leído, aunque al poco desiste de ese empeño y lo que realmente es un libro que le ayude a pasar un rato en el jardín, alejándole´ de lo que lleva leyendo en los últimos meses. Varias horas al día las pasa encerrado con unos personajes que son de ficción aún habiendo vivido en su tiempo una vida real. Para escribir sobre un tiempo hay que conocerlo, eso piensa, y para conocerlo necesita leer y viajar: conocer el tiempo y conocer el sitio. Hoy podría recorrer el Palatino y señalar las casas de Cicerón de su hermano Quinto, de Clodio; emprendería el camino de la Curia o subiría las laderas del Quirinal para pasar al Esquilino, donde estaba la Casa de los Tánfilos, el lugar en que Ático vivió su vida romana, en el centro de un jardín prodigioso, rodeado de libros y de obras de arte.
Los personajes de ficción, las criaturas que uno crea, son a menudo retazos de la propia vida del creador. Así debió ser con dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, aunque esto es explicable y comprensible alcanzando a leer en clave de uno de los veinticinco niveles en que se pueden leer las Antiguas Escrituras. Lo cierto es que, honradamente, si uno escribe acerca de sí mismo un relato, que no se trate de una biografía, debe tener bien claro que ese fragmento vital que expone a la vista y lectura de todo aquel que quiera comprar el ejemplar, ha de tener el interés de mostrar lo desconocido, probablemente perturbador, siempre angustioso, que uno guarda en su equipaje. De no ser así, ¿quien querría leer la vida de un tipo exactamente igual a todos los demás? Se puede aducir que todos los seres vivos, tienen desde la infancia, cosas que ocultar, secretos y pecados o pecados secretos, que no es la misma cosa las dos, ya que los pecados en cuanto se exponen a la luz pública dejan de ser secretos: o cuando se confiesan a quien corresponda.
Conviene huir de los sentimientos propios, conocidos, vividos, recreados. Nunca se ama de la misma manera que ama un personaje de ficción que uno ha creado, aunque en la realidad la ficción vive dentro del creador y en parte le crea a su vez, en el momento en que se enciende la luz que le da paso, cosa propia, vida de uno. Conviene huir de la memoria propia y del magisterio del tiempo vivido, entregado a los demás. Hay demasiado autores de vidas inacabadas que quieren narrar su propia experiencia en cine o literatura, y lo que hacen es huir del confesionario o del psiquiatra. Piensa el Hombre del Padre que ambas profesiones deben tener en común el aburrimiento de escuchar, cada día, los mismos secretos que se consideran, por el que los posee, únicos y terribles. También puede suceder que confesor o psiquiatra descubran que quien se considera pecador o enfermo, puede estar acometido por el mismo pecado, la misma dolencia, que quien va a salvarle con la absolución o la terapia.
Hace años. mucho, cuando pensaba escribir de una manera vocacional y profesional, que encargo a un personaje que matara a otro. Aconteció el hecho en la Estación de Francia. La muerta fue una muchacha de nombre Laura Inexistente. El asesino un miserable inventado para la ocasión; se trataba realmente de una sombra que pasó por allí y le asestó una puñalada. Ni motivo, ni pasión u odio, un acto necesario para que en la narración se produjera un vacío en la ilusión, un viaje a la nada. De Laura Inexistente andaba el autor un poco enamorado, la había compuesto con la materia con que se forjan los sueños, sus propios sueños. Aquella muerte inútil nunca la ha podido olvidar. La infeliz yacía en el andén entre vías, entre las dos y las tres de la madrugada, sobre un suelo sucio y una mancha de sangre que empezaba a coagular en una placa pegajosa, prácticamente negra. ¿Porqué esa ferocidad de asesinar a un ser, por muy incierto que sea, querido. Hubiera podido seguir al asesino, era su potestad, por las calles de Barcelona en una lenta marcha desdibujada por la noche y una bruma que llegaba de el Moll de la Fusta cuando no era el territorio abierto de la modernidad. Los tinglados portuarios, en su oscuridad inquietante eran el paisaje ideal para que, repentinamente sonara una voz, un ¡alto! y al echar a correr el asesino sonara un solo disparo que diera con él en tierra y con su vida buena cuenta. No fue así y lo perdonó. Vaga esa sombra miserable por su mente esperando que llegue el momento de ajustar responsabilidades.
Una historia es un sueño, se dice, algo que arrebata desde el primer momento hasta el despertar. Un personaje creado por la mente de un soñador suele tener mal fin, ya que en él se han de sintetizar los desencuentros, las fantasías tristes y la frustración del autor, que de tanto soñar ha dado con el personaje llevando a cuestas una vida, que no se sabe bien de quien es. Conviene en esto ser sincero con uno mismo, o practicar la osadía de lanzarse a crear sin rumbo fijo o lo que es peor, con un rumbo sin contenido. Quien escribe recrea de la mente al papel, o al disco duro. Todo lo que sale de sus dedos sobre el teclado ha pasado antes, centésimas de segundo antes, como un torrente por su cabeza, expulsado de no se sabe que depósito allí escondido; recrea además un paisaje que ha debido crear sacándolo del espacio indefinido de de otro tiempo y lugar, lleno de imágenes; o por el contrario de su propia vida y copia caras y cuerpos y nombres en claves que solamente él conoce. Proust y Kerouac, unidos por el destino en las páginas de En el camino han entrado en sus vidas y las han saqueado; que no se les malinterprete, no es su peripecia existencial por exhibicionismo lo que les interesa, sino meter al tiempo pleno en las páginas impresas de un libro para mirarlo a fondo, seguramente para tratar de comprenderlo.
Cuando el Hombre del Prado pensaba escribir de manera profesional, arrastrado por la necesidad, se encontró en sus manos con la obra de Proust y después de varios intentos consiguió dar vuelta a la primera página y siguió a lo largo de una primavera, un verano y parte del otoño, devorando aquel travelling lento, moroso, despiadado, que resulta de mirar, y mirar y mirar. Durante ese prolongado tiempo de lectura, dejó a Laura Inexistente tendida en un charco de sangre en la estación de Francia. En la puerta de la misma estaba Eliseo Cerrada que acudía a encontrarse con ella y que se había cruzado sin saberlo con el asesino miserable. Quedaron todos detenidos en un capítulo que era como un plano de la secuencia de una película y no retomó el trabajo de concluir el relato. Lo que estaba haciendo, se dijo, como el vino, si no tiene cuerpo, bouquet, paladar y aroma, no vale la pena.
Si la tragedia del ser humano es su propio conocimiento de la propia muerte, la del escritor es saber que no lo es, porque no sabe escribir. No se trata de un golpe de efecto, sino de una realidad hija de la lucidez. Escribir no es volcar palabras sino saber contar un trozo de tiempo y del lugar en que el tiempo atraviesa el túnel de las páginas. No son las palabras sino lo que dicen lo que cuenta, se dijo, y para no decir nada o casi nada, o menos que nada, mejor ni empezar. Con el tiempo las páginas escritas se perdieron y quedó el cadáver de Laura Inexistente en el andén, ella que aquella noche tan ilusionada estaba por encontrar a su amante, en una incierta cita, tan incierta que no tuvo lugar.
Los personajes de ficción, las criaturas que uno crea, son a menudo retazos de la propia vida del creador. Así debió ser con dios, que nos hizo a su imagen y semejanza, aunque esto es explicable y comprensible alcanzando a leer en clave de uno de los veinticinco niveles en que se pueden leer las Antiguas Escrituras. Lo cierto es que, honradamente, si uno escribe acerca de sí mismo un relato, que no se trate de una biografía, debe tener bien claro que ese fragmento vital que expone a la vista y lectura de todo aquel que quiera comprar el ejemplar, ha de tener el interés de mostrar lo desconocido, probablemente perturbador, siempre angustioso, que uno guarda en su equipaje. De no ser así, ¿quien querría leer la vida de un tipo exactamente igual a todos los demás? Se puede aducir que todos los seres vivos, tienen desde la infancia, cosas que ocultar, secretos y pecados o pecados secretos, que no es la misma cosa las dos, ya que los pecados en cuanto se exponen a la luz pública dejan de ser secretos: o cuando se confiesan a quien corresponda.
Conviene huir de los sentimientos propios, conocidos, vividos, recreados. Nunca se ama de la misma manera que ama un personaje de ficción que uno ha creado, aunque en la realidad la ficción vive dentro del creador y en parte le crea a su vez, en el momento en que se enciende la luz que le da paso, cosa propia, vida de uno. Conviene huir de la memoria propia y del magisterio del tiempo vivido, entregado a los demás. Hay demasiado autores de vidas inacabadas que quieren narrar su propia experiencia en cine o literatura, y lo que hacen es huir del confesionario o del psiquiatra. Piensa el Hombre del Padre que ambas profesiones deben tener en común el aburrimiento de escuchar, cada día, los mismos secretos que se consideran, por el que los posee, únicos y terribles. También puede suceder que confesor o psiquiatra descubran que quien se considera pecador o enfermo, puede estar acometido por el mismo pecado, la misma dolencia, que quien va a salvarle con la absolución o la terapia.
Hace años. mucho, cuando pensaba escribir de una manera vocacional y profesional, que encargo a un personaje que matara a otro. Aconteció el hecho en la Estación de Francia. La muerta fue una muchacha de nombre Laura Inexistente. El asesino un miserable inventado para la ocasión; se trataba realmente de una sombra que pasó por allí y le asestó una puñalada. Ni motivo, ni pasión u odio, un acto necesario para que en la narración se produjera un vacío en la ilusión, un viaje a la nada. De Laura Inexistente andaba el autor un poco enamorado, la había compuesto con la materia con que se forjan los sueños, sus propios sueños. Aquella muerte inútil nunca la ha podido olvidar. La infeliz yacía en el andén entre vías, entre las dos y las tres de la madrugada, sobre un suelo sucio y una mancha de sangre que empezaba a coagular en una placa pegajosa, prácticamente negra. ¿Porqué esa ferocidad de asesinar a un ser, por muy incierto que sea, querido. Hubiera podido seguir al asesino, era su potestad, por las calles de Barcelona en una lenta marcha desdibujada por la noche y una bruma que llegaba de el Moll de la Fusta cuando no era el territorio abierto de la modernidad. Los tinglados portuarios, en su oscuridad inquietante eran el paisaje ideal para que, repentinamente sonara una voz, un ¡alto! y al echar a correr el asesino sonara un solo disparo que diera con él en tierra y con su vida buena cuenta. No fue así y lo perdonó. Vaga esa sombra miserable por su mente esperando que llegue el momento de ajustar responsabilidades.
Una historia es un sueño, se dice, algo que arrebata desde el primer momento hasta el despertar. Un personaje creado por la mente de un soñador suele tener mal fin, ya que en él se han de sintetizar los desencuentros, las fantasías tristes y la frustración del autor, que de tanto soñar ha dado con el personaje llevando a cuestas una vida, que no se sabe bien de quien es. Conviene en esto ser sincero con uno mismo, o practicar la osadía de lanzarse a crear sin rumbo fijo o lo que es peor, con un rumbo sin contenido. Quien escribe recrea de la mente al papel, o al disco duro. Todo lo que sale de sus dedos sobre el teclado ha pasado antes, centésimas de segundo antes, como un torrente por su cabeza, expulsado de no se sabe que depósito allí escondido; recrea además un paisaje que ha debido crear sacándolo del espacio indefinido de de otro tiempo y lugar, lleno de imágenes; o por el contrario de su propia vida y copia caras y cuerpos y nombres en claves que solamente él conoce. Proust y Kerouac, unidos por el destino en las páginas de En el camino han entrado en sus vidas y las han saqueado; que no se les malinterprete, no es su peripecia existencial por exhibicionismo lo que les interesa, sino meter al tiempo pleno en las páginas impresas de un libro para mirarlo a fondo, seguramente para tratar de comprenderlo.
Cuando el Hombre del Prado pensaba escribir de manera profesional, arrastrado por la necesidad, se encontró en sus manos con la obra de Proust y después de varios intentos consiguió dar vuelta a la primera página y siguió a lo largo de una primavera, un verano y parte del otoño, devorando aquel travelling lento, moroso, despiadado, que resulta de mirar, y mirar y mirar. Durante ese prolongado tiempo de lectura, dejó a Laura Inexistente tendida en un charco de sangre en la estación de Francia. En la puerta de la misma estaba Eliseo Cerrada que acudía a encontrarse con ella y que se había cruzado sin saberlo con el asesino miserable. Quedaron todos detenidos en un capítulo que era como un plano de la secuencia de una película y no retomó el trabajo de concluir el relato. Lo que estaba haciendo, se dijo, como el vino, si no tiene cuerpo, bouquet, paladar y aroma, no vale la pena.
Si la tragedia del ser humano es su propio conocimiento de la propia muerte, la del escritor es saber que no lo es, porque no sabe escribir. No se trata de un golpe de efecto, sino de una realidad hija de la lucidez. Escribir no es volcar palabras sino saber contar un trozo de tiempo y del lugar en que el tiempo atraviesa el túnel de las páginas. No son las palabras sino lo que dicen lo que cuenta, se dijo, y para no decir nada o casi nada, o menos que nada, mejor ni empezar. Con el tiempo las páginas escritas se perdieron y quedó el cadáver de Laura Inexistente en el andén, ella que aquella noche tan ilusionada estaba por encontrar a su amante, en una incierta cita, tan incierta que no tuvo lugar.
miércoles, septiembre 05, 2007
Al final de todas las palabras, agotadas en su significación, ya todas conocidas y comprendido todo el deambular del lenguaje construido desde la razón o desde la palsión, queda el silencio. Parece lógico comenzar por el silencio, él debía ser el principio de todas las cosas aunque tal vez no podía denominarse silencio, pero era nada en perpetuo mutismo. Elk siulencio y la luz van siempre unidos, y el tiempo. Hasta que se rompe el silencio, y el ser humano es arrojado al mundo y en él dejado. Desde el silencio a una libertad que dura apenas segundos, incluso menos. Abrir los ojos y ver ya es coindicionante, la misma curiosidad lo es, y perverso. Quien quiere saber acaba prisionero de las cosas encadenas, que como cerezas se prenden las unas a las otras. Perop esa curiosidad no es acto de la voluntad sino del instinto y con ella se poierde la libertad para ser prisionero de las cosas que existen, están en el exterior y hacen suyo. La libertad primera dura apenas el tiempo de ser un muñeco que llora.
Se pueden entonces aprender todas las palabras y lo que significan. Cuanto más se conoce más profunda y laberíntica la prisión. Encaminado por una senda de certezas, no hay sino que creer que cuanto viene de fuera aporta conocimiento. Entre nacer y morir se abre, como una pista de vértigo, el tiempo, propio de cada uno, su condena a estar para no estar. Pero las palabras ayudan a olvidar que lo que resume al ser humano es un trayecto vital que, independiente del contenido, consiste en nacer, vivir y morir. Cabe decirlo de otra manera: empezar a vivir y dejar de vivir, que es el ser aquí y ahora. Es más coroto el presente de lo que parece, empeñado el hombre en dividir su experiencia en la memoria y la experiencia, el conocimiento y el futuro.
La libertad perdida, de la que no se tuvo conocimiento, es ahora la meta final y en ello puede verse, si se quiere, la condena de vivir. En el Mediterráneo nacer y vivir son actos sulpables que necesitan ser perdonados. Desaparecido el Paraiso, quedan el apartamento y la angustia. Es ahora cuando conviene conocer, adoptar la experiencia acumulada como línea de fe y de copnvicción en uno mismo. Es verdad que en la vida se aprende
Se pueden entonces aprender todas las palabras y lo que significan. Cuanto más se conoce más profunda y laberíntica la prisión. Encaminado por una senda de certezas, no hay sino que creer que cuanto viene de fuera aporta conocimiento. Entre nacer y morir se abre, como una pista de vértigo, el tiempo, propio de cada uno, su condena a estar para no estar. Pero las palabras ayudan a olvidar que lo que resume al ser humano es un trayecto vital que, independiente del contenido, consiste en nacer, vivir y morir. Cabe decirlo de otra manera: empezar a vivir y dejar de vivir, que es el ser aquí y ahora. Es más coroto el presente de lo que parece, empeñado el hombre en dividir su experiencia en la memoria y la experiencia, el conocimiento y el futuro.
La libertad perdida, de la que no se tuvo conocimiento, es ahora la meta final y en ello puede verse, si se quiere, la condena de vivir. En el Mediterráneo nacer y vivir son actos sulpables que necesitan ser perdonados. Desaparecido el Paraiso, quedan el apartamento y la angustia. Es ahora cuando conviene conocer, adoptar la experiencia acumulada como línea de fe y de copnvicción en uno mismo. Es verdad que en la vida se aprende
lunes, septiembre 03, 2007
Muriéndose...
Lee el periódico, pero descubre que no le interesa; ni el digital. Simplemente ya la actualidad deja de ser un hecho paralelo a su propia vida. Ha detenido el tiempo en un momento en que la luz refulge, se funden los tonos pálidos en un inmenso pastel de dominante azul: está mirando al cielo que se extiende como una cubierta protectora. La luz, el silencio, el bosque, un solo instante que va tomando intensidad de eternidad, un tempo lento, un movimiento musical continuo, inacabable, inabarcable. Hay un punto del tiempo en que es él, solo él. Nada se puede narrar entonces, porque no pasa nada, nada es un hecho, nada es un acto, nada y nadie, ninguno, toda negación es poca y en sí misma la sola negación de una palabra corta, no, tendría que ser suficiente. Existe el retorno, el vacío, una campana hueca, un tañido de bronce del que quedan solamente unas sordas vibraciones que llegan por el aire, un aire que no es. El vacío es la forma, leyó en clave zen, años atrás. O la forma es el vacío. Llenando el vacío se constituye un mundo, inadvertidamente, llenando el vacío en un intento vano por llenarlo, porque no hay manera de conseguir hacer realidad idea tan peregrina. El vacío está dentro y es a su vez lo lleno, completo, rebosante cosa que ni se puede describir, menos definir, explicar, matizar.
Son cosas que suceden cuando lo que no se advierte conquista el todo. No es un juego de palabras porque palabras no hay, ni una forma metafórica, ¿de que podría serlo? Por la mañana una figura pequeña bajaba por el camino con el bastón en la mano temblona de Parkinson. Reconocerlo es fácil, la silueta enjuta, insegura, breve, no menuda sino con una brevedad de vejez mística, diríamos que de poesía castellana. Los ojos encerrados tras dos rejillas, los ojos intensamente azules apenas vislumbrados, escondidos tras un pliegue que el tiempo ha dibujado, alejando de la mirada el resto de las cosas. J... camina cada día por esta calle hacia el bosque y rodea por él el prado, siguiendo por el sur la cerca de piedras que encierra el lugar de las yeguas y los potros. En la mitad de su longitud, sobre una roca, J... se detiene a mirar a los animales, magníficos en su naturalidad, que se acercan curiosos hasta el límite y sacan los belfos temblorosos acercándolos a la mano que trata de acariciar las cabezas, huidizas. Curiosidad y miedo, de tan humana combinación presumen las yeguas y los potros. J... los contempla en pie, diríase que un viejo indio añorando la pradera. Con su cáncer a cuestas resiste, en los viejos la enfermedad avanza menos le han dicho, y sigue yendo a dar la vuelta al prado, una vuelta mayor que llega hasta el borde del pueblo, en las escuelas cerradas ahora por vacación de verano. Después de estar un rato, J... vuelve a tomar el camino, rodea la cerca y baja por una senda que se empina, estrecha y un poco abrupta que sigue a lo largo del gran jardín de Eduardo A, que no es sino una pradera de hierba verde por la que corren siempre furiosos, eso parece, dos perrazos. El viejo del Parkinson desciende ahora la senda y se adentra en una franja de árboles, estrecha, que dan con el camino un giro de moca entidad para encarar la entrada al prado. Allí está el viejo pajar de piedra y teja que es almacén del ayuntamiento, y rodeándolo se desemboca ya en el claro, por donde arranca la calle del norte que pasa entre las pocas casas que allí hay. Pasará al poco por delante del Hombre del Prado que pasea a su perro nuestro de cada día, amigo del alma, y se detendrán los dos como de común acuerdo, al tiempo, el uno frente al otro. Importan los silencios porque J... es un viejo de pocas palabras. ¿Como le va, J...? pregunta el Hombre del Prado y el viejo contesta con dos palabras: Aquí estamos, le dice y al poco, como de haberlo pensado mejor: muriéndome.
Bueno, despedirse es sencillo, a dios, hasta luego, eso, hasta luego. Desde el otro lado, mientras el viejo entra en su casa, una construcción antigua, blanca, enfoscada, de ventanas verdes y tejado a dos aguas, llega el relincho de una yegua que envía dos tarascadas al potrillo que la apremia. La casa del anciano tiene a su alrededor un hermoso jardín, grande, umbrío, con árboles de muchos años, corpulentos y altos: castaños y cedros. El piso del jardín es de tierra. El desnivel entre la calle de arriba y la Nacional, entre las que se extiende su terreno, se salva con unas escaleras que se pegan a las cercas laterales. Mientras ve al J... bajando por ellas para entrar en la casa por la parte delantera, recuerda que en ella vivió, hace más de cincuenta años una muchacha que se enamoró de un hombre al que ve a menudo paseando a sus perros por el lugar: un tipo educado de porte erguido. Se prometieron el tiempo por delante y él la dejó. Ella se colgó del piso alto, en un suicidio que conmovió alo pueblo. El amante dejó el pueblo y se metió a restaurador en Madrid. Volvió mucho tiempo después, cuando la historia se ha ido en el tiempo llevada por el mismo tiempo. La gente que ha muerto desde entonces. J..., que era persona modesta, compró la casa por cuatro cuartos porque nadie quería hacerse con ella y en cuanto aparecía un comprador, siempre había alguien que corría a contarle la historia de la muchacha colgando de la buhardilla por el cuello.
Ha sido por la tarde, sentado en el jardín con el periódico en la mano cuando ha caído en el vacío donde luz y silencio se adueñan de cualquier forma y acto. Solamente, lejano, llegaba el piafar de las yeguas, muy de vez en cuando y era el único cordón que le unía con el tiempo que pasa hoy, ininterrumpidamente. Antes de caer en él, recreaba la figura de J... caminando con su bastón, muriéndose.
Son cosas que suceden cuando lo que no se advierte conquista el todo. No es un juego de palabras porque palabras no hay, ni una forma metafórica, ¿de que podría serlo? Por la mañana una figura pequeña bajaba por el camino con el bastón en la mano temblona de Parkinson. Reconocerlo es fácil, la silueta enjuta, insegura, breve, no menuda sino con una brevedad de vejez mística, diríamos que de poesía castellana. Los ojos encerrados tras dos rejillas, los ojos intensamente azules apenas vislumbrados, escondidos tras un pliegue que el tiempo ha dibujado, alejando de la mirada el resto de las cosas. J... camina cada día por esta calle hacia el bosque y rodea por él el prado, siguiendo por el sur la cerca de piedras que encierra el lugar de las yeguas y los potros. En la mitad de su longitud, sobre una roca, J... se detiene a mirar a los animales, magníficos en su naturalidad, que se acercan curiosos hasta el límite y sacan los belfos temblorosos acercándolos a la mano que trata de acariciar las cabezas, huidizas. Curiosidad y miedo, de tan humana combinación presumen las yeguas y los potros. J... los contempla en pie, diríase que un viejo indio añorando la pradera. Con su cáncer a cuestas resiste, en los viejos la enfermedad avanza menos le han dicho, y sigue yendo a dar la vuelta al prado, una vuelta mayor que llega hasta el borde del pueblo, en las escuelas cerradas ahora por vacación de verano. Después de estar un rato, J... vuelve a tomar el camino, rodea la cerca y baja por una senda que se empina, estrecha y un poco abrupta que sigue a lo largo del gran jardín de Eduardo A, que no es sino una pradera de hierba verde por la que corren siempre furiosos, eso parece, dos perrazos. El viejo del Parkinson desciende ahora la senda y se adentra en una franja de árboles, estrecha, que dan con el camino un giro de moca entidad para encarar la entrada al prado. Allí está el viejo pajar de piedra y teja que es almacén del ayuntamiento, y rodeándolo se desemboca ya en el claro, por donde arranca la calle del norte que pasa entre las pocas casas que allí hay. Pasará al poco por delante del Hombre del Prado que pasea a su perro nuestro de cada día, amigo del alma, y se detendrán los dos como de común acuerdo, al tiempo, el uno frente al otro. Importan los silencios porque J... es un viejo de pocas palabras. ¿Como le va, J...? pregunta el Hombre del Prado y el viejo contesta con dos palabras: Aquí estamos, le dice y al poco, como de haberlo pensado mejor: muriéndome.
Bueno, despedirse es sencillo, a dios, hasta luego, eso, hasta luego. Desde el otro lado, mientras el viejo entra en su casa, una construcción antigua, blanca, enfoscada, de ventanas verdes y tejado a dos aguas, llega el relincho de una yegua que envía dos tarascadas al potrillo que la apremia. La casa del anciano tiene a su alrededor un hermoso jardín, grande, umbrío, con árboles de muchos años, corpulentos y altos: castaños y cedros. El piso del jardín es de tierra. El desnivel entre la calle de arriba y la Nacional, entre las que se extiende su terreno, se salva con unas escaleras que se pegan a las cercas laterales. Mientras ve al J... bajando por ellas para entrar en la casa por la parte delantera, recuerda que en ella vivió, hace más de cincuenta años una muchacha que se enamoró de un hombre al que ve a menudo paseando a sus perros por el lugar: un tipo educado de porte erguido. Se prometieron el tiempo por delante y él la dejó. Ella se colgó del piso alto, en un suicidio que conmovió alo pueblo. El amante dejó el pueblo y se metió a restaurador en Madrid. Volvió mucho tiempo después, cuando la historia se ha ido en el tiempo llevada por el mismo tiempo. La gente que ha muerto desde entonces. J..., que era persona modesta, compró la casa por cuatro cuartos porque nadie quería hacerse con ella y en cuanto aparecía un comprador, siempre había alguien que corría a contarle la historia de la muchacha colgando de la buhardilla por el cuello.
Ha sido por la tarde, sentado en el jardín con el periódico en la mano cuando ha caído en el vacío donde luz y silencio se adueñan de cualquier forma y acto. Solamente, lejano, llegaba el piafar de las yeguas, muy de vez en cuando y era el único cordón que le unía con el tiempo que pasa hoy, ininterrumpidamente. Antes de caer en él, recreaba la figura de J... caminando con su bastón, muriéndose.
sábado, septiembre 01, 2007
Atardece
Ahora, se le ocurre pensar, ya no debo escribir sobre la vida, sino sobre la muerte. Y eso hace. No porque sea de ánimo pesimista y esté en franca depresión, sino porque de la vida hay que escribir cuando se siente la pulsión de ella saltando por las arterias en busca de un paisaje humano y a la vez comprensible. De la vida hay que escribir cuando se siente el enigma de lo incierto, el miedo de lo incomprensible, la angustia de lo por venir, el aliento de la pasión y la ternura acobardada de los días que pasan sin llegar a ninguna parte. El sol y el mar, la playa como una sábana, el dry martini o la cerveza, el libro de páginas acariciadas, el tacto de las palabras que ofrecen un cuerpo terso, sonrosado, adivinando en el esplendor de un hotelito de tres al cuarto. La vida como tal se escribe en vida y no hay experiencia que valga. Alguien dirá "cuando éramos jóvenes" y demostrará no tener ni idea de lo que dice. Cuando estábamos vivos, piensa, con el mundo abierto en pedazos y la ira, negar esa palabra sería indecente, ofrece al hombre un altar para sacralizar su recién inaugurado reino de los cielos. Ah, la vida es cuando no se sabe que se vive, ni un solo pensamiento llega a alcanzar la arrolladora velocidad de cada emoción hija de los descubrimientos. Sigue insistiendo aquel que insiste en recordar a la juventud como una nostalgia. ¿Transformaste el mundo? debería preguntarle. No lo hizo. Nadie en su sano juicio querría haberlo hecho, pero intentarlo abrazado a una libertad que se adivina, si. Esta libertad lleva una falda corta y un suéter de cuello cisne y la melena le cae dibujando las mejillas, rubia, lacia, como Marie Laforet, si así fuera. Por primera vez la sintió como si fuera la misma levedad, la de una sonrisa, la de una mirada, desconcertante timidez y al tiempo la pasión de una tarde acompañada. En ese tiempo en que la vida llamaba a la puerta del vientre y se abría paso, desconcertada y violenta vivir era vivir, exactamente eso, ni una palabra más. Un verso suponía un hallazgo y la voz de Ray Charles un zarpazo. La vida era en Nueva York Charlie Parker, que andaba realmente por París, y Billie Holiday le acompañaba sollozando un blues, religión pura. La vida estaba en Camus y en Ginsberg y en la sala de un cine para ver Bande a Part o Cheyene Autum. La vida eran sesiones inacabables de palabras con besos y de amaneceres en soledad, ¿porque te has ido? Si entonces no escribiste, ¿a que hacerlo ahora? Ya la vida no es la misma carrera enloquecida del tiempo en que se era inmortal, inmortales fumando en un tugurio de la Plaza de la Villa de Madrid en Barcelona que se llamaba Zodiac. o en la sala de un teatro apedazado en que Godot no llegaba nunca. El patio de butacas se asomaba a la espera y en el bolsillo dormitaba Rayuela de Cortzar. La vida era una hoja de marihuana y una novela de la Durás o de Robbé Grillé, ininteligible si, como una asignatura imposible. ¿Cómo se puede vivir sin creer en dios? preguntó la muchacha y el chico contestaba: viviendo.
Eso, vuelve a repetir el visitante del prado, con un whisky de malta en la mano, era cuando éramos jóvenes, y el hombre del bosque le mira atentamente. No estamos aquí para nostalgias, lo que digo, le dice, es que nadie que ya no esté en la vida de esa generosa manera de dar tumbos deseando que lo sórdido adorne lo prodigioso, debería escribir sobre la vida. El tiempo se pasó con ella y ahora, no siendo inmortales, ¿que queda por hacer? El visitante: yo viví menos que eso, no se como, pero viví mucho menos.
Contemplar el jardín y callar mientras la tarde, fría bajo un sol cuya luz debilitada anuncia el fin del verano. Palabras las menos, pero es inevitable. ¿A que vienen ahora las confidencias? Los rotos del hombre que le acompaña y muestran debajo una desnudez sucia. Mucho hielo picado, bourbon, una hoja de menta, un poco de agua y un vaso de cristal ancho y bajo. Pero tú, le dice el nostálgico, que ha preferido malta, estás escribiendo tu libro. Si, le contesta el hombre del Prado, es un libro sobre el otoño, antes de que el invierno se lo lleve, un libro sobre el camino de acabarse con la conciencia adormilada. ¿Que le queda por hacer a esa criatura en la que piensa, sino morir? ¿No tienes música en el jardín? pregunta el visitante. Los pájaros, contesta, el rumor de la Nacional, el viento que arrasa las cumbres cercanas, el mismo silencio; solo tengo esa música. El otro: cuando éramos jóvenes veíamos el mundo de otra manera, ¿verdad? Yo ya no me acuerdo mucho de ello, pero creo que si. Y enseguida, ¿sabes? yo no sabría escribir un libro.
La nostalgia es un pedazo de pasado encallecido, se ve bien y suena igual, pero está dura y quemada como un trozo de carne olvidado en la barbacoa.
Baja por la calle un matrimonio joven con tres niños como una procesión religiosa, revoloteando pasos de baile sin aprender, un dos tres, un dos tres; un niño se adelanta y el padre grita "no te alejes" y la voz le retiene. El visitante tiene al cabo su monólogo: hicimos la casa para los chicos, pero no vienen. Aquí estamos solos, como pasmarotes, sin saber que hacer ni que decirnos. Los chicos no nos hablan, hacen su vida. A veces parece que me van a decir algo, me miran, me sonríen y abren la boca, pero algo les detiene. Yo les apremio y me gano el silencio. Hubo un tiempo en que era hermoso sentirlos cerca, me contaban todo, nos entendíamos. Ahora no se porqué, no quieren saber nada de nosotros. No me vienen a ver más que de vez en cuando y cualquier cosa que digo les irrita. Me da miedo hablar porque no soporto el desdén. Nosotros no éramos así, ¿verdad? Así, ¿cómo? Pero el visitante apura el sorbo de malta y gotas frías del deshielo de los cubitos. Sabes ¿que pienso? Que todo lo que toco lo estropeo. Para colmo, este año, ni siquiera maduran los tomates. El matrimonio y los niños se pierden tras la esquina acercándose a los límites del prado, donde se inicial la calle que lleva al pueblo pasando por la pista de tenía y la piscina, una a continuación de la otra. Así, sigue el visitante, así, con tanto desprecio por nosotros, que somos sus padres, joder. Una pausa cómoda, por no decir lo que no hay que decir. ¿Y tú les hablas? ¿De que? ¿Sobre qué? No se lo que piensan ni lo que les interesa.
Mira al pastor aleman que dormita bajo el castaño mientras Goyerri lo hace a poca distancia a la sombra de un arce. El visitante señala con el vaso vacío al gran perro marrón y dice: solo le tengo a él.
Eso, vuelve a repetir el visitante del prado, con un whisky de malta en la mano, era cuando éramos jóvenes, y el hombre del bosque le mira atentamente. No estamos aquí para nostalgias, lo que digo, le dice, es que nadie que ya no esté en la vida de esa generosa manera de dar tumbos deseando que lo sórdido adorne lo prodigioso, debería escribir sobre la vida. El tiempo se pasó con ella y ahora, no siendo inmortales, ¿que queda por hacer? El visitante: yo viví menos que eso, no se como, pero viví mucho menos.
Contemplar el jardín y callar mientras la tarde, fría bajo un sol cuya luz debilitada anuncia el fin del verano. Palabras las menos, pero es inevitable. ¿A que vienen ahora las confidencias? Los rotos del hombre que le acompaña y muestran debajo una desnudez sucia. Mucho hielo picado, bourbon, una hoja de menta, un poco de agua y un vaso de cristal ancho y bajo. Pero tú, le dice el nostálgico, que ha preferido malta, estás escribiendo tu libro. Si, le contesta el hombre del Prado, es un libro sobre el otoño, antes de que el invierno se lo lleve, un libro sobre el camino de acabarse con la conciencia adormilada. ¿Que le queda por hacer a esa criatura en la que piensa, sino morir? ¿No tienes música en el jardín? pregunta el visitante. Los pájaros, contesta, el rumor de la Nacional, el viento que arrasa las cumbres cercanas, el mismo silencio; solo tengo esa música. El otro: cuando éramos jóvenes veíamos el mundo de otra manera, ¿verdad? Yo ya no me acuerdo mucho de ello, pero creo que si. Y enseguida, ¿sabes? yo no sabría escribir un libro.
La nostalgia es un pedazo de pasado encallecido, se ve bien y suena igual, pero está dura y quemada como un trozo de carne olvidado en la barbacoa.
Baja por la calle un matrimonio joven con tres niños como una procesión religiosa, revoloteando pasos de baile sin aprender, un dos tres, un dos tres; un niño se adelanta y el padre grita "no te alejes" y la voz le retiene. El visitante tiene al cabo su monólogo: hicimos la casa para los chicos, pero no vienen. Aquí estamos solos, como pasmarotes, sin saber que hacer ni que decirnos. Los chicos no nos hablan, hacen su vida. A veces parece que me van a decir algo, me miran, me sonríen y abren la boca, pero algo les detiene. Yo les apremio y me gano el silencio. Hubo un tiempo en que era hermoso sentirlos cerca, me contaban todo, nos entendíamos. Ahora no se porqué, no quieren saber nada de nosotros. No me vienen a ver más que de vez en cuando y cualquier cosa que digo les irrita. Me da miedo hablar porque no soporto el desdén. Nosotros no éramos así, ¿verdad? Así, ¿cómo? Pero el visitante apura el sorbo de malta y gotas frías del deshielo de los cubitos. Sabes ¿que pienso? Que todo lo que toco lo estropeo. Para colmo, este año, ni siquiera maduran los tomates. El matrimonio y los niños se pierden tras la esquina acercándose a los límites del prado, donde se inicial la calle que lleva al pueblo pasando por la pista de tenía y la piscina, una a continuación de la otra. Así, sigue el visitante, así, con tanto desprecio por nosotros, que somos sus padres, joder. Una pausa cómoda, por no decir lo que no hay que decir. ¿Y tú les hablas? ¿De que? ¿Sobre qué? No se lo que piensan ni lo que les interesa.
Mira al pastor aleman que dormita bajo el castaño mientras Goyerri lo hace a poca distancia a la sombra de un arce. El visitante señala con el vaso vacío al gran perro marrón y dice: solo le tengo a él.
jueves, agosto 30, 2007
Paseando
¿Puede uno en conciencia preguntarse que es lo que ha aprendido al cabo de los años? ¿De cuantos años? sería la respuesta inmediata. No se trata de contestar a tontas y a locas. ¿De cuantos años estamos hablando? Y además, deberíamos tratar de que clase de cosas hablamos? ¿O se refiere a todas las cosas? Moral, geografía, punto y confección, los pecados de la carne, escepticismo, botánica esencial para caminar por el bosque y un poco de ornitología para distinguir a una corneja de un cuervo... Se refiere a esas cosas.
En el corazón del bosque hay un refugio de piedra que es en realidad dos peñas que se encuentran en ángulo, con otro peñasco en la parte frontal que forma un pequeño corredor para entrar en el hueco que forman las primeras. Alguien lo techo con cuatro vigas y unas tejas puestas a la manera segoviana, al revés, con la panza para abajo y el hueco en lo alto. ¿Porqué lo hacen así? Lo pregunta por doquier a quien cree que puede saberlo, generalmente gente mayor que él: nadie lo sabe. Techado el conjunto de piedras forma un refugio. En la parte más alta ha quedado una especie de hueco, a la manera de un tepe indio por el que si se enciende una fogata en el interior, saldrá el humo y algo de ceniza. Es un refugio. Es realmente un refugio extraño porque está a menos de dos kilómetros del pueblo y no demasiado arriba de la montaña. ¿Quien querría pasar aquí la noche pudiendo caminar como cosa de media hora y descansar en casa o en un hotelito?
No está claro que haya aprendido algo realmente útil, sigue dándole vueltas a lo mismo. Lo útil no es aquello que nos sirve para algo en concreto sino lo que posibilita fluir hacia mañana o hacia el instante siguiente. Lo útil es lo que permite seguir viviendo, dejando a un lado el conformismo. Cabe distinguir, ahí si que hay algo, un hilo del que tirar, al distinguir entre conformismo y nada. Hay quien, no lo sabe a ciencia cierta, no ha aprendido nada porque no hay nada que aprender: se trata de una percepción, puede que haya mucho que aprender pero justamente ese de quien hablamos no lo perciba. Si no sabes para que sirve un libro, por ejemplo, ¿para qué vas a abrirlo?
Junto al refugio improvisado, en una pequeña terraza que forma el recodo del camino al dar la vuelta sobre si mismo para emprender una nueva rampa, se encuentra la fuente de piedra: un pilar que no llega al metro de altura, con un blasón desdibujado, informe, que se adivina de presunción nobiliaria y del que asoma un caño de hierro, un tubo que se curva con la parte abierta mirando hacia una base, de piedra también, que forma una pila con un desagüe, una reja de hierro de dimensión pequeña en el fondo de la que brilla el agua que se asoma al exterior antes de irse por las entrañas de la montaña. Es la ladera de Aguas Vertientes; aquí corrían los lobos persiguiendo al ganado.
Percibir la realidad no es ver las cosas como son, eso es una tontería. Las cosas no son, están. ¿Que son las cosas? Podría contestar que son aquello que ha aprendido, pero es incierto, lo que quiere decir que no siendo verdad es solo un poco lo contrario. Deberían, se dice, haber solamente, para cada concepto y su contrario una sola palabra y una negación; por ejemplo: amor y no-amor, cierto y no-cierto, vida y no-vida. Un ser humano que está vivo luego no está vivo o dicho de otra manera está no-vivo. No se puede estar muerto que es lo inmediato a morir, que es dejar de vivir.
El camino ahora, abandonando el pintoresco refugio, asciende en rampas de pronunciada pendiente que van girando sobre si mismas para encarar una cumbre que se intuye. Quien no conoce el lugar al que llega el camino pasará todo el recorrido sumido en la certidumbre y dudará, a cada momento dudará, en dar media vuelta. Para que seguir un camino que lleva a lo desconocido? Se podría arguir que lo desconocido es el bosque en el que todos los caminos llevan, o al otro lado de esta ladera, ya provincia de Ávila, o a El Espinar (municipio) y San Rafael (pedanía). No es hora de volver, se anima mientras retiene la respiración con el aire dentro parta oxigenar los pulmones. Recuerda a un tipo que paró su coche en el Alto, justo cuando él salía del collado y le preguntó por la dirección de El Escorial. Cuando le hubo indicado el camino, el otro le dijo sonriendo, con una sonrisa abierta y dentrífica: "vaya, ustedes si que respiran bien" y él se sintió rústico labrador. A punto estuvo de decirle "a mandar, que para eso estamos".
He aprendido, se dice avivando el paso para que no se le eche el mediodía encima, a desconfiar de mi y de lo que contengo. El equipaje es escaso y de mala calidad, como las maletas. recuerda a Céline: "el hombre está desnudo, despojado de todo, aún de la fe en sí mismo". Exacto se dice, es exacto. ¿C´como va a tener fe en si mismo? Es como decir que se cree en el hombre o en la humanidad. Ese creer no es nada, no hay duda de la existencia de la humanidad como una suma millonesimal de individuos que aspiran a vivir y se niegan a morir.¿Crees en Dios? No, creo en el hombre. Y el primero, Ah, caramba, ¿y además qué...?
Sartre y Simone de Beauvoir y sus compañeros universitarios leían a Céline como si se tratara de un autor de culto. Viaje el fin de la noche era su libro de cabecera. Lo que allí no estaba no existía en el mundo exterior en el que la realidad era un vacío esencial, un agujero negro lleno de materia con tal densidad que no deja asalir a la luz atrapada en él. Es una metáfora, se dice rodeando el tronco de un árbol, calibrando la sección, admirando las marcas en pintura blanca, que señalan la sección del bosque en que se encuentra. El domingo anterior al paseo por el bosque, F A, después de disertar durante un rato sobre el necesario conocimiento de la psicología humana para ejercer el oficio de dentista, le confesó su intención de divorciarse de su mujer. Pero, atinó a balbucear, si lleváis cuarenta años juntos... Claro, respondió el otro, pero eso no nos obliga a más. ¿O si?
Llegará al fin al punto en que la cumbre no lo es sino que se ofrece un prado amplio, un claro del bosque en el que algunos ejemplares se distribuyen airosos y espaciados por todo el hueco enorme de aire y luz. La hierba es fresca y crecida, las piedras tienen el musgo oscuro, pardo, de este sitio, el cielo se ve como un juego de cianes y blancos y una suave pendiente acuna un inicio de camino que lo parece por ser una senda de pisadas, poco más, sin bordes que la aislen. Todo el problema, se dice, el de este camino y el de cualquier otro, es la falta de límite, la inoportuna necesidad de dibujar en los perfiles los territorios compartidos y los no compartidos. Mi límite, se dice, es la parte externa de mi yo o justamente el lugar a partir del cual mi voz ya no llega. Solo soy ilimitado, se dice, cuando no soy nadie, un perfecto y total desconocido.
A las dos emprenderá el regreso.
En el corazón del bosque hay un refugio de piedra que es en realidad dos peñas que se encuentran en ángulo, con otro peñasco en la parte frontal que forma un pequeño corredor para entrar en el hueco que forman las primeras. Alguien lo techo con cuatro vigas y unas tejas puestas a la manera segoviana, al revés, con la panza para abajo y el hueco en lo alto. ¿Porqué lo hacen así? Lo pregunta por doquier a quien cree que puede saberlo, generalmente gente mayor que él: nadie lo sabe. Techado el conjunto de piedras forma un refugio. En la parte más alta ha quedado una especie de hueco, a la manera de un tepe indio por el que si se enciende una fogata en el interior, saldrá el humo y algo de ceniza. Es un refugio. Es realmente un refugio extraño porque está a menos de dos kilómetros del pueblo y no demasiado arriba de la montaña. ¿Quien querría pasar aquí la noche pudiendo caminar como cosa de media hora y descansar en casa o en un hotelito?
No está claro que haya aprendido algo realmente útil, sigue dándole vueltas a lo mismo. Lo útil no es aquello que nos sirve para algo en concreto sino lo que posibilita fluir hacia mañana o hacia el instante siguiente. Lo útil es lo que permite seguir viviendo, dejando a un lado el conformismo. Cabe distinguir, ahí si que hay algo, un hilo del que tirar, al distinguir entre conformismo y nada. Hay quien, no lo sabe a ciencia cierta, no ha aprendido nada porque no hay nada que aprender: se trata de una percepción, puede que haya mucho que aprender pero justamente ese de quien hablamos no lo perciba. Si no sabes para que sirve un libro, por ejemplo, ¿para qué vas a abrirlo?
Junto al refugio improvisado, en una pequeña terraza que forma el recodo del camino al dar la vuelta sobre si mismo para emprender una nueva rampa, se encuentra la fuente de piedra: un pilar que no llega al metro de altura, con un blasón desdibujado, informe, que se adivina de presunción nobiliaria y del que asoma un caño de hierro, un tubo que se curva con la parte abierta mirando hacia una base, de piedra también, que forma una pila con un desagüe, una reja de hierro de dimensión pequeña en el fondo de la que brilla el agua que se asoma al exterior antes de irse por las entrañas de la montaña. Es la ladera de Aguas Vertientes; aquí corrían los lobos persiguiendo al ganado.
Percibir la realidad no es ver las cosas como son, eso es una tontería. Las cosas no son, están. ¿Que son las cosas? Podría contestar que son aquello que ha aprendido, pero es incierto, lo que quiere decir que no siendo verdad es solo un poco lo contrario. Deberían, se dice, haber solamente, para cada concepto y su contrario una sola palabra y una negación; por ejemplo: amor y no-amor, cierto y no-cierto, vida y no-vida. Un ser humano que está vivo luego no está vivo o dicho de otra manera está no-vivo. No se puede estar muerto que es lo inmediato a morir, que es dejar de vivir.
El camino ahora, abandonando el pintoresco refugio, asciende en rampas de pronunciada pendiente que van girando sobre si mismas para encarar una cumbre que se intuye. Quien no conoce el lugar al que llega el camino pasará todo el recorrido sumido en la certidumbre y dudará, a cada momento dudará, en dar media vuelta. Para que seguir un camino que lleva a lo desconocido? Se podría arguir que lo desconocido es el bosque en el que todos los caminos llevan, o al otro lado de esta ladera, ya provincia de Ávila, o a El Espinar (municipio) y San Rafael (pedanía). No es hora de volver, se anima mientras retiene la respiración con el aire dentro parta oxigenar los pulmones. Recuerda a un tipo que paró su coche en el Alto, justo cuando él salía del collado y le preguntó por la dirección de El Escorial. Cuando le hubo indicado el camino, el otro le dijo sonriendo, con una sonrisa abierta y dentrífica: "vaya, ustedes si que respiran bien" y él se sintió rústico labrador. A punto estuvo de decirle "a mandar, que para eso estamos".
He aprendido, se dice avivando el paso para que no se le eche el mediodía encima, a desconfiar de mi y de lo que contengo. El equipaje es escaso y de mala calidad, como las maletas. recuerda a Céline: "el hombre está desnudo, despojado de todo, aún de la fe en sí mismo". Exacto se dice, es exacto. ¿C´como va a tener fe en si mismo? Es como decir que se cree en el hombre o en la humanidad. Ese creer no es nada, no hay duda de la existencia de la humanidad como una suma millonesimal de individuos que aspiran a vivir y se niegan a morir.¿Crees en Dios? No, creo en el hombre. Y el primero, Ah, caramba, ¿y además qué...?
Sartre y Simone de Beauvoir y sus compañeros universitarios leían a Céline como si se tratara de un autor de culto. Viaje el fin de la noche era su libro de cabecera. Lo que allí no estaba no existía en el mundo exterior en el que la realidad era un vacío esencial, un agujero negro lleno de materia con tal densidad que no deja asalir a la luz atrapada en él. Es una metáfora, se dice rodeando el tronco de un árbol, calibrando la sección, admirando las marcas en pintura blanca, que señalan la sección del bosque en que se encuentra. El domingo anterior al paseo por el bosque, F A, después de disertar durante un rato sobre el necesario conocimiento de la psicología humana para ejercer el oficio de dentista, le confesó su intención de divorciarse de su mujer. Pero, atinó a balbucear, si lleváis cuarenta años juntos... Claro, respondió el otro, pero eso no nos obliga a más. ¿O si?
Llegará al fin al punto en que la cumbre no lo es sino que se ofrece un prado amplio, un claro del bosque en el que algunos ejemplares se distribuyen airosos y espaciados por todo el hueco enorme de aire y luz. La hierba es fresca y crecida, las piedras tienen el musgo oscuro, pardo, de este sitio, el cielo se ve como un juego de cianes y blancos y una suave pendiente acuna un inicio de camino que lo parece por ser una senda de pisadas, poco más, sin bordes que la aislen. Todo el problema, se dice, el de este camino y el de cualquier otro, es la falta de límite, la inoportuna necesidad de dibujar en los perfiles los territorios compartidos y los no compartidos. Mi límite, se dice, es la parte externa de mi yo o justamente el lugar a partir del cual mi voz ya no llega. Solo soy ilimitado, se dice, cuando no soy nadie, un perfecto y total desconocido.
A las dos emprenderá el regreso.
martes, agosto 28, 2007
Recomendación
Leer con mesura y tiempo, con calma y lucidez, la magnífica serie que Omar Piña ofrece en su post y mientras tanto pensar en aquello que nos da y nos quita la historia a todos.
Umbral lejos del bosque
Sobre Umbral, poco. Lo encontré por vez primera en “Los helechos arborescentes” y me pareció extraordianrio. Le seguí hasta que cada vez que leía sus líneas le veía como un fantoche de sí mismo (por favor, que no se me malinterprete) como somos todos cuando tenemos a un medio de comunicación con objetivo y audiencia delante. Hoy el beso casto del príncipe es la llama de la televisión y “los diez minutos de gloria” para algunos son media vida.
Supongo que son/somos muchos los que estamos irritados y/o furiosos con nuestra vida. Umbral era brillante. Umbral era insoportable. Unos íntimos amigos míos vivían en el chalé de al lado de él y contaban cosas terribles. Muchos son/somos así. Pero en nuestro trabajo somos buenos hasta que el objetivo nos da rienda suelta al histrionismo que llevamos dentro. Uno es lo que escribe y más aún lo que publica. No se que piensas, Q, de esto. Perop Umbral era más. Sacó el término snob del diccionario y lo llevó a El País con aquello de “El splen de Madrid”. Luego El Mundo le fagocitó (conste que escribo de mirar con mi mirada y de él no sé nada) como ha fagocitado tanto… resentimiento?… redentor. ¿Qué serían hoy Pío y Azorín, con sus rarezas, a través de la pantalla de la televisión? El escritor necesita el silencio y el cabrero en vivienda cerrada, aislada con vecinos.
Durante un tiempo se le comparó a Quevedo. Su prosa era excelsa. Pudo ser más como escritor, yo creo, en el recuerdo de la gente si su persona no se le hubiera comido. Un Jekill o un Hyde, como todos.
Para mí se quedó en aquella historia dels eñorito de drechas y en “Mortal y Rosa”. Que grande estuvo ahí! Solo por ello habría que darle las gracias intentando evitar que nos contestara.
Y por cierto, en el tema de la Milá, tenía razón. Se rebeló y después fué abducido. Ah, la lucidez de Warhol se le adelantó. Todos tenemos derecho a diez minutos de gloria, aún cuando sea en un comentario de un post ajeno.
Yo mismo, que aprovecho este comentario para escribir mi columna, que tiene que ver con los tiempos, contando con la idulgencia del redactor jefe, el maestro Quiñonero.
Supongo que son/somos muchos los que estamos irritados y/o furiosos con nuestra vida. Umbral era brillante. Umbral era insoportable. Unos íntimos amigos míos vivían en el chalé de al lado de él y contaban cosas terribles. Muchos son/somos así. Pero en nuestro trabajo somos buenos hasta que el objetivo nos da rienda suelta al histrionismo que llevamos dentro. Uno es lo que escribe y más aún lo que publica. No se que piensas, Q, de esto. Perop Umbral era más. Sacó el término snob del diccionario y lo llevó a El País con aquello de “El splen de Madrid”. Luego El Mundo le fagocitó (conste que escribo de mirar con mi mirada y de él no sé nada) como ha fagocitado tanto… resentimiento?… redentor. ¿Qué serían hoy Pío y Azorín, con sus rarezas, a través de la pantalla de la televisión? El escritor necesita el silencio y el cabrero en vivienda cerrada, aislada con vecinos.
Durante un tiempo se le comparó a Quevedo. Su prosa era excelsa. Pudo ser más como escritor, yo creo, en el recuerdo de la gente si su persona no se le hubiera comido. Un Jekill o un Hyde, como todos.
Para mí se quedó en aquella historia dels eñorito de drechas y en “Mortal y Rosa”. Que grande estuvo ahí! Solo por ello habría que darle las gracias intentando evitar que nos contestara.
Y por cierto, en el tema de la Milá, tenía razón. Se rebeló y después fué abducido. Ah, la lucidez de Warhol se le adelantó. Todos tenemos derecho a diez minutos de gloria, aún cuando sea en un comentario de un post ajeno.
Yo mismo, que aprovecho este comentario para escribir mi columna, que tiene que ver con los tiempos, contando con la idulgencia del redactor jefe, el maestro Quiñonero.
Palabras, criaturas, palabras...
La última entrada describía algunas de las criaturas imaginadas que a lo largo de la vida ha ido creando de la nada, el que escribe, del aire y del subconsciente, que no son sino bolsas de despojos en suspensión y que más tarde las ha plasmado en un papel, escribiendo con su letra irregular y francamente fea rasgos, caracteres, movimientos, hábitos y actitudes.
La fascinación de moldear a una criatura y dejarla parada, detenida en el prado, o hacerla caminar por una colina, sendero acechado por indios imposibles, no tiene comparación con otra mientras se crea la situación: lo más cercano a dios es narrar una invención, matar a una criatura, devolverle la vida, jugar con su destino ignorantes que al final ese destino afectará al que escribe porque le dejará una huella. Las criaturas convivirán con él. Lo dijo Flaubert: "Madame Bovary soy yo" y la llevó siempre consigo. Todavía hoy la lleva al extremo que la buena Emma es a un tiempo del señor Bovary y de Gustave Flaubert.
¿Qué haces? le decían en la infancia y él trataba de colocar encima de las hojas con líneas escritas los ejercicios de la aritmética o el álgebra suspendidas. Inútilmente: la falacia descubierta por un simple gesto de la mano autoritaria del padre que investigaba el corazón de la mentira en el mismo lugar en que se producía. ¿Quien podía entender en aquel tiempo que escribir era una pulsión contra la que no cabía rebelión alguna? ¿Cómo renunciar a la felicidad que nos viene dada por algo tan simple como sentarnos, pluma en mano, frente a una página en blanco? ¿De donde brota ese caudal inagotable de momentos, cosas, personas, absurdas imágenes imposibles que empiezan a formar indios y quimeras para terminar encerrando a todo el universo en un bosque serrano?
Pulsión, pura pulsión. Estudia, le decían, acaba una carrera, y después estudia. Con cuanta facilidad tienen los padres la solución determinada a partir de una sentencia: palabras, palabras, palabras. Dos tipos de palabras se encuentran en el espacio imaginario de la mente del niño: las que él quiere escribir y las que pronuncia el padre, serio y determinado al extremo de esconder las libretas escritas. Hay que, en esta cosa de la deconstrucción, buscar en el almacén de los hechos, no de la memoria que es cosa que parece más lejana, sino de los hechos, las razones fundamentales por las que uno ha salido de una manera determinada. Las memorias son cosas que han pasado: personas, personas, personas.
El Hombre que escribe que es el Hombre del Prado, cuando recrea una criatura desde, un nombre y una imagen, por ejemplo Julius que salía de la mezcla de César y Arthur Miller, no comprende la seguridad de los demás y cree que mienten. Por eso las criaturas son mentiras, y esto escrito le lleva a recordar aquello que le decían cuando no debía escribir, a fin de cuentas suspendía: todo lo que escribes no dejan de ser mentiras, la aritmética es lo que es verdad, en septiembre. Vivimos en dos territorios, piensa, en las palabras y en los hábitos. Sin las primeras no podemos crear lo imaginario y dotarlo de verismo, ternura o crueldad; sin lo segundo no somos más que el desnudo esqueleto que habiendo nacido creció envuelto de carne y latidos, pálpitos de la sangre.
Los hábitos nos acunan, nos mecen con el cariño de la autoprotección de tal manera que perdemos de vista la única realidad cierta que podemos abarcar y alcanzar: estamos vivos en un momento y en un lugar. Cada célula que se regenera, cada neurona que guarda una carga de energía que es un trozo de un recuerdo, es hija de un tiempo y un lugar y nada más, un tiempo diferente cada una, otra fracción infinitesimal de segundo, y un lugar que cambia y muda con el paso de los segundos o de sus fracciones. Proyectados al futuro con la libertad en la mano para decidir que hacer o donde ir, aún cuando estemos sujetos por los afectos, perdemos la ocasión de ejercer la libertad mecidos por los h´çabitos. Bien se vive en ellos, es verdad, y en la nostalgia. Palabras, palabras, palabras de un Hamlet descreído en pos de la libertad a la que se apela para guardar en el cajón de la cocina, el más recóndito. Se dice que el pasado debe ser permanentemente desterrado y la memoria aislada y derruida. Debe y Haber, criaturas o silencio, bosque o mundo.
La libertad fluye hacia el futuro, escribía ayer en un correo recordando haber leído esa frase en Compte Sponville. Sin deconstruir no puede correr hacia el futuro, porque el peso de las cosas almacenadas, de los hábitos inamovibles, del pan nuestro de cada día no le permiten sino intuir lo que podría ser. "¿Hay algo ahí?" podría preguntarse ante el vacío la criatura creadora de criaturas dirigiendo su voz al mundo, desnudo de objetos inservibles. Le llegará el silencio, su apelación no será contestada o de serlo alguien, una voz del ayer le dirá que tome su puesto en la fila y espere: llegará el tiempo del cumplimiento de las cosas, alcanzarás la felicidad, estudia aritmética, deja de escribir: criaturas, criaturas, criaturas.
La fascinación de moldear a una criatura y dejarla parada, detenida en el prado, o hacerla caminar por una colina, sendero acechado por indios imposibles, no tiene comparación con otra mientras se crea la situación: lo más cercano a dios es narrar una invención, matar a una criatura, devolverle la vida, jugar con su destino ignorantes que al final ese destino afectará al que escribe porque le dejará una huella. Las criaturas convivirán con él. Lo dijo Flaubert: "Madame Bovary soy yo" y la llevó siempre consigo. Todavía hoy la lleva al extremo que la buena Emma es a un tiempo del señor Bovary y de Gustave Flaubert.
¿Qué haces? le decían en la infancia y él trataba de colocar encima de las hojas con líneas escritas los ejercicios de la aritmética o el álgebra suspendidas. Inútilmente: la falacia descubierta por un simple gesto de la mano autoritaria del padre que investigaba el corazón de la mentira en el mismo lugar en que se producía. ¿Quien podía entender en aquel tiempo que escribir era una pulsión contra la que no cabía rebelión alguna? ¿Cómo renunciar a la felicidad que nos viene dada por algo tan simple como sentarnos, pluma en mano, frente a una página en blanco? ¿De donde brota ese caudal inagotable de momentos, cosas, personas, absurdas imágenes imposibles que empiezan a formar indios y quimeras para terminar encerrando a todo el universo en un bosque serrano?
Pulsión, pura pulsión. Estudia, le decían, acaba una carrera, y después estudia. Con cuanta facilidad tienen los padres la solución determinada a partir de una sentencia: palabras, palabras, palabras. Dos tipos de palabras se encuentran en el espacio imaginario de la mente del niño: las que él quiere escribir y las que pronuncia el padre, serio y determinado al extremo de esconder las libretas escritas. Hay que, en esta cosa de la deconstrucción, buscar en el almacén de los hechos, no de la memoria que es cosa que parece más lejana, sino de los hechos, las razones fundamentales por las que uno ha salido de una manera determinada. Las memorias son cosas que han pasado: personas, personas, personas.
El Hombre que escribe que es el Hombre del Prado, cuando recrea una criatura desde, un nombre y una imagen, por ejemplo Julius que salía de la mezcla de César y Arthur Miller, no comprende la seguridad de los demás y cree que mienten. Por eso las criaturas son mentiras, y esto escrito le lleva a recordar aquello que le decían cuando no debía escribir, a fin de cuentas suspendía: todo lo que escribes no dejan de ser mentiras, la aritmética es lo que es verdad, en septiembre. Vivimos en dos territorios, piensa, en las palabras y en los hábitos. Sin las primeras no podemos crear lo imaginario y dotarlo de verismo, ternura o crueldad; sin lo segundo no somos más que el desnudo esqueleto que habiendo nacido creció envuelto de carne y latidos, pálpitos de la sangre.
Los hábitos nos acunan, nos mecen con el cariño de la autoprotección de tal manera que perdemos de vista la única realidad cierta que podemos abarcar y alcanzar: estamos vivos en un momento y en un lugar. Cada célula que se regenera, cada neurona que guarda una carga de energía que es un trozo de un recuerdo, es hija de un tiempo y un lugar y nada más, un tiempo diferente cada una, otra fracción infinitesimal de segundo, y un lugar que cambia y muda con el paso de los segundos o de sus fracciones. Proyectados al futuro con la libertad en la mano para decidir que hacer o donde ir, aún cuando estemos sujetos por los afectos, perdemos la ocasión de ejercer la libertad mecidos por los h´çabitos. Bien se vive en ellos, es verdad, y en la nostalgia. Palabras, palabras, palabras de un Hamlet descreído en pos de la libertad a la que se apela para guardar en el cajón de la cocina, el más recóndito. Se dice que el pasado debe ser permanentemente desterrado y la memoria aislada y derruida. Debe y Haber, criaturas o silencio, bosque o mundo.
La libertad fluye hacia el futuro, escribía ayer en un correo recordando haber leído esa frase en Compte Sponville. Sin deconstruir no puede correr hacia el futuro, porque el peso de las cosas almacenadas, de los hábitos inamovibles, del pan nuestro de cada día no le permiten sino intuir lo que podría ser. "¿Hay algo ahí?" podría preguntarse ante el vacío la criatura creadora de criaturas dirigiendo su voz al mundo, desnudo de objetos inservibles. Le llegará el silencio, su apelación no será contestada o de serlo alguien, una voz del ayer le dirá que tome su puesto en la fila y espere: llegará el tiempo del cumplimiento de las cosas, alcanzarás la felicidad, estudia aritmética, deja de escribir: criaturas, criaturas, criaturas.
domingo, agosto 26, 2007
Título sin título.
El Hombre del Prado y el que esto escribe no son la misma persona, siéndolo. Como tampoco lo es cuando entra en el bosque y se ve en el bosque. O cuando se imagina con el diosecillo. Verse y escribirse es un ejercicio de desdoblamiento. El que ve y escribe se distancia manteniendo una postura silenciosa delante de la CPU, mirando el teclado, viéndose en el territorio inmaculado y sutil del pensamiento. Pocas veces como en esa es capaz de comprender uno, de localizar también, el espacio en que anidan los pensamientos: en la parte alta de la cabeza, detrás de la frente, un poco hacia delante. En ese lugar de dimensión desconocido, tal vez ni siquiera lugar o espacio, la pura sutileza de una descarga eléctrica de baja tensión, un chispazo, vive el Hombre del Prado, camina, evoluciona por un sendero que bordea el bosque. Puede ir por donde quiera, moverse a su antojo, sin una orden prefijada o una dirección establecida de antemano en una plantilla. Lo curioso es que en estos momentos, quien escribe le ve al borde del bosque en un campo de cereal ya recogido, donde el rastrojo amarillea: y sabe que es incierto (todo lo que el Hombre del Prado vive en la incerteza de que lo que se imagina no es), porque en este lugar, donde el bosque se extiende y es monte, físicamente monte arbolado con pino albar, robles y castaños, aquí pues, no hay cereal y en los prados crece el pasto para disfrute de los caballos.
El Hombre que escribe imagina al Hombre que escribe que imagina al Hombre del Prado. Como en los ascensores con espejos dobles o en los baños equipados de la misma manera, la imagen repite una imagen que a su vez repite otra, y otra y así hasta un infinito que es ya imperceptible, pero que está, siempre el mismo ámbito, siempre más lejano, siempre más pequeño. Imágenes como muñecas rusas crean un túnel imaginario que se ve en la realidad sobre una superficie de cristal, lisa, sólidamente cerrada en su fisicidad.
Los lugares que no existen no dejan de ser una quimera concretada en la propia realidad de mencionarlos. Basta afirmar la existencia de Eldorado para que exista y en la medida en que el soñador le añade espacios y ficciones al lugar, este va adoptando una fisicidad perfectamente definida en la mente del otro. Una ciudad toda ella construida de oro, o la construida de bronce en el Sur de España que se menciona en El Libro de Alexandre, de bronce de una sola fundición son sus murallas, ni una sola fisura, ni una rendija, muros de lisura extrema que guardan habitaciones y cámaras llenas de nada.
Cuando se escribe "El Hombre del Prado ha sentido a veces el estremecimiento de la angustia...", ¿lo ha sentido realmente? ¿O lo ha sentido el Hombre que escribe? ¿No será simplemente un flujo de la memoria recreada, algo así como de un chispazo surge un escenario y en él habita el actor al que se le da un papel en blanco y se le pide que improvise? De niño, el que escribe, al irse a dormir, metido entre sábanas, se decía ensimismándose: "voy a soñar en tal cosa, o en tal otra". Se alejaba de su cuerpo, metiendo la ensoñación que venía hacia dentro, o yendo a ella, y al cabo despertando por la mañana no estaba seguro de donde había estado. Lo cierto es que al decidir pensar en el lugar del sueño lo recreaba en la mente: una vasta pradera, un poblado de casas de madera. Una carreta entrando por la calle al trote. Ni siquiera el escenario recreado era el original, salía a retazos de una película o de una novela. Ford y Zane Grey se daban la mano para ayudar al niño a meterse en si mismo e ir al sueño. ¿Llegaba? Nunca pudo saberlo, ni afirmarlo.
Permanece el Hombre del Prado detenido en la linde del bosque, y el campo de cereal sigue a sus espaldas aún cuando quien escribe ha escrito que no hay campos de cereal aquí, en el lugar de la escritura. Hay, esta es una observación de la realidad, obtenida tras alzar los ojos y mirar por la ventana, una lluvia torrencial que azota el tejado (también se la oye) y azotando los cristales, llevada por un vendaval. Sabe quien escribe, y en este momento el Hombre del Prado sigue de pie, parado como dicen en América, mirando el bosque desde su linde, dando la espalda al campo de cereal hecho rastrojo, pues sabe quien escribe que la lluvia es una realidad de un presente narrado que en el momento en que se convierte en narración, palabras con sentido, deja de ser real. Podría ahora mismo dejar de llover y aquí, en la pantalla seguirían estando las palabras para que cualquiera que lea reconstruya la escena. Naturalmente que será otra escena. Desde que en estos textos no hay fotografías, que no consiguen otra cosa que atajar hacia el entendimiento, libertad absoluta para ver lo que se quiera ver, lo que lleva en si, en esa libertad, la interpretación según el buen saber y entender de cada cual. Cuantos más lectores más interpretaciones de una visión inexistente de un Hombre del Prado que siendo, no es el Hombre que escribe, que en el momento en que se escribe no es quien escribe sino que es otra imagen formada en un espacio mínimo, si es que es espacio, detrás de la frente, hacia dentro.
Un día, a mi, para que el MI establezca una identidad de partida, me dijeron que la costumbre de escribir sobre hombres que imaginan hombres no era sino que que un comportamiento esquizoide, que es un concepto que se aplica a personas muy retraídas que no llegan a ser esquizofrénicos, y que en ese retraimiento imaginan al otro como no ajeno, no fuera, sino parte de una ajenidad que les involucra íntimamente. Es cierto que quien me lo dijo no era sino mi primera mujer y estábamos entonces en proceso de divorcio, lo que da a su diagnosis sobre mi comportamiento un sospechoso tendencismo. Entonces escribía yo sobre Julius, un hombre solitario, alto y delgado, de unos cincuenta años, con gafas (el modelo físico estaba sacado de Arthur Miller, el dramaturgo, aunque tenía un cierto parecido con la imagen del padre muerto muchos años antes)al que le solía visitar en la casa solitaria en que vivía, un chalet envejecido en una urbanización cercana a una capital en cuyas colinas cercanas habitaban los indios, de hostilidad amenazante e imaginada.
Julius vivía en soledad porque, y esto se piensa ahora, no necesitaba a nadie, aunque también podía ser que no tuviera a nadie; esto último podría ser lo más probable. Lo cierto es que Julius vive saliendo al jardín, tomando coñac de vez en cuando y leyendo libros que no tienen título ni contenido que signifique nada en la narración. No se trata de un mundo culto, el autor no necesita decir que está leyendo a Nietzsche para mantener una semejanza culta en el plano vacío de la irrealidad en que se escribe. En esa nada que es ahora lo que más tarde será irreal, Julius vuelve desde el jardín acompañado por un hombre pequeño, algo obeso, sin cabello, con un suéter de cuello redondo y de color claro, que aceptará el coñac que Julius le ofrecerá y empezará a contar como ha llegado caminando por la colina y ha creído ver a los indios allá arriba, entre los últimos árboles. Preocupado ha apretado el paso. Nadie puede explicar de que manera este hombrecillo que no tiene nombre entra en el jardín de Julius. Anochece y la situación permanece estática, sin que suceda nada aunque como en los sueños dormidos parezca que suceda un mundo.
Ahora tenemos a Julius y al hombrecillo en una situación de conversación que no se produce: están esperando su papel, pero el director de escena no lo ha escrito todavía. Tenemos también al Hombre del Prado que sigue detenido en la linde del bosque, también sin papel, sin destino, sin lugar donde ir ni pensamiento que ofrecer. Goyerri está cerca de él (esto es nuevo) y levanta una pata delantera esperando. Si el Hombre del Prado caminara, es decir, si el director de escena dijera imaginariamente la palabra "acción" y empezara a caminar hacia un lugar u otro, de no ser el que Goyerri espera, este se mantendría quieto (eso es lo que hace en la realidad) mostrando su disconformidad y si el hombre con la voz le obligara, Goyerri caminaría cojeando de manera clara y dolorida, mostrando los signos de una cojera terrible. Revisar su patita, mirar las almohadillas de sus pies no conducirá a nada. Cojea pero aparentemente no tiene nada. Cabe decidir volver a casa y entonces, de inmediato, magia de la mejor calidad, Goyerri deja de cojear y empieza a trotar con agilidad envidiable por el camino que les aleja del bosque.
El Hombre del Prado piensa que en su interior no hay nadie, pero Julius pensaría en los indios, que sabe, ciertamente sabe, que viven en las profundidades de la espesa floresta.
El Hombre que escribe imagina al Hombre que escribe que imagina al Hombre del Prado. Como en los ascensores con espejos dobles o en los baños equipados de la misma manera, la imagen repite una imagen que a su vez repite otra, y otra y así hasta un infinito que es ya imperceptible, pero que está, siempre el mismo ámbito, siempre más lejano, siempre más pequeño. Imágenes como muñecas rusas crean un túnel imaginario que se ve en la realidad sobre una superficie de cristal, lisa, sólidamente cerrada en su fisicidad.
Los lugares que no existen no dejan de ser una quimera concretada en la propia realidad de mencionarlos. Basta afirmar la existencia de Eldorado para que exista y en la medida en que el soñador le añade espacios y ficciones al lugar, este va adoptando una fisicidad perfectamente definida en la mente del otro. Una ciudad toda ella construida de oro, o la construida de bronce en el Sur de España que se menciona en El Libro de Alexandre, de bronce de una sola fundición son sus murallas, ni una sola fisura, ni una rendija, muros de lisura extrema que guardan habitaciones y cámaras llenas de nada.
Cuando se escribe "El Hombre del Prado ha sentido a veces el estremecimiento de la angustia...", ¿lo ha sentido realmente? ¿O lo ha sentido el Hombre que escribe? ¿No será simplemente un flujo de la memoria recreada, algo así como de un chispazo surge un escenario y en él habita el actor al que se le da un papel en blanco y se le pide que improvise? De niño, el que escribe, al irse a dormir, metido entre sábanas, se decía ensimismándose: "voy a soñar en tal cosa, o en tal otra". Se alejaba de su cuerpo, metiendo la ensoñación que venía hacia dentro, o yendo a ella, y al cabo despertando por la mañana no estaba seguro de donde había estado. Lo cierto es que al decidir pensar en el lugar del sueño lo recreaba en la mente: una vasta pradera, un poblado de casas de madera. Una carreta entrando por la calle al trote. Ni siquiera el escenario recreado era el original, salía a retazos de una película o de una novela. Ford y Zane Grey se daban la mano para ayudar al niño a meterse en si mismo e ir al sueño. ¿Llegaba? Nunca pudo saberlo, ni afirmarlo.
Permanece el Hombre del Prado detenido en la linde del bosque, y el campo de cereal sigue a sus espaldas aún cuando quien escribe ha escrito que no hay campos de cereal aquí, en el lugar de la escritura. Hay, esta es una observación de la realidad, obtenida tras alzar los ojos y mirar por la ventana, una lluvia torrencial que azota el tejado (también se la oye) y azotando los cristales, llevada por un vendaval. Sabe quien escribe, y en este momento el Hombre del Prado sigue de pie, parado como dicen en América, mirando el bosque desde su linde, dando la espalda al campo de cereal hecho rastrojo, pues sabe quien escribe que la lluvia es una realidad de un presente narrado que en el momento en que se convierte en narración, palabras con sentido, deja de ser real. Podría ahora mismo dejar de llover y aquí, en la pantalla seguirían estando las palabras para que cualquiera que lea reconstruya la escena. Naturalmente que será otra escena. Desde que en estos textos no hay fotografías, que no consiguen otra cosa que atajar hacia el entendimiento, libertad absoluta para ver lo que se quiera ver, lo que lleva en si, en esa libertad, la interpretación según el buen saber y entender de cada cual. Cuantos más lectores más interpretaciones de una visión inexistente de un Hombre del Prado que siendo, no es el Hombre que escribe, que en el momento en que se escribe no es quien escribe sino que es otra imagen formada en un espacio mínimo, si es que es espacio, detrás de la frente, hacia dentro.
Un día, a mi, para que el MI establezca una identidad de partida, me dijeron que la costumbre de escribir sobre hombres que imaginan hombres no era sino que que un comportamiento esquizoide, que es un concepto que se aplica a personas muy retraídas que no llegan a ser esquizofrénicos, y que en ese retraimiento imaginan al otro como no ajeno, no fuera, sino parte de una ajenidad que les involucra íntimamente. Es cierto que quien me lo dijo no era sino mi primera mujer y estábamos entonces en proceso de divorcio, lo que da a su diagnosis sobre mi comportamiento un sospechoso tendencismo. Entonces escribía yo sobre Julius, un hombre solitario, alto y delgado, de unos cincuenta años, con gafas (el modelo físico estaba sacado de Arthur Miller, el dramaturgo, aunque tenía un cierto parecido con la imagen del padre muerto muchos años antes)al que le solía visitar en la casa solitaria en que vivía, un chalet envejecido en una urbanización cercana a una capital en cuyas colinas cercanas habitaban los indios, de hostilidad amenazante e imaginada.
Julius vivía en soledad porque, y esto se piensa ahora, no necesitaba a nadie, aunque también podía ser que no tuviera a nadie; esto último podría ser lo más probable. Lo cierto es que Julius vive saliendo al jardín, tomando coñac de vez en cuando y leyendo libros que no tienen título ni contenido que signifique nada en la narración. No se trata de un mundo culto, el autor no necesita decir que está leyendo a Nietzsche para mantener una semejanza culta en el plano vacío de la irrealidad en que se escribe. En esa nada que es ahora lo que más tarde será irreal, Julius vuelve desde el jardín acompañado por un hombre pequeño, algo obeso, sin cabello, con un suéter de cuello redondo y de color claro, que aceptará el coñac que Julius le ofrecerá y empezará a contar como ha llegado caminando por la colina y ha creído ver a los indios allá arriba, entre los últimos árboles. Preocupado ha apretado el paso. Nadie puede explicar de que manera este hombrecillo que no tiene nombre entra en el jardín de Julius. Anochece y la situación permanece estática, sin que suceda nada aunque como en los sueños dormidos parezca que suceda un mundo.
Ahora tenemos a Julius y al hombrecillo en una situación de conversación que no se produce: están esperando su papel, pero el director de escena no lo ha escrito todavía. Tenemos también al Hombre del Prado que sigue detenido en la linde del bosque, también sin papel, sin destino, sin lugar donde ir ni pensamiento que ofrecer. Goyerri está cerca de él (esto es nuevo) y levanta una pata delantera esperando. Si el Hombre del Prado caminara, es decir, si el director de escena dijera imaginariamente la palabra "acción" y empezara a caminar hacia un lugar u otro, de no ser el que Goyerri espera, este se mantendría quieto (eso es lo que hace en la realidad) mostrando su disconformidad y si el hombre con la voz le obligara, Goyerri caminaría cojeando de manera clara y dolorida, mostrando los signos de una cojera terrible. Revisar su patita, mirar las almohadillas de sus pies no conducirá a nada. Cojea pero aparentemente no tiene nada. Cabe decidir volver a casa y entonces, de inmediato, magia de la mejor calidad, Goyerri deja de cojear y empieza a trotar con agilidad envidiable por el camino que les aleja del bosque.
El Hombre del Prado piensa que en su interior no hay nadie, pero Julius pensaría en los indios, que sabe, ciertamente sabe, que viven en las profundidades de la espesa floresta.
sábado, agosto 18, 2007
El Jardín del Edén y la Edad Dorada
Un día de otoño encontró en el bosque a un diosecillo; gordezuelo, viejo y arrugado, sucio, allí vegetaba esperando un milagro: el de volver a casa. O tal vez no lo encontró, sino que lo imaginó; imaginar y soñar son cosas parecidas, casi sinónimas, así que tal vez lo soñó. Pensándolo esa es la manera de ser de los dioses, se dice: ser soñados hasta alcanzar una realidad intangible. Aquel diosecillo, entre el sueño y la realidad, probablemente nada sino una evanescente presencia de sueños alimentada con sueños, quiso confraternizar con Goyerri y este se negó. Un perro y un dios, por pequeños que sean ambos no tienen porque estar hechos el uno para el otro. El diosecillo del bosque comía frutos secos cuando él Hombre del Prado se los llevaba y tiernas raíces sin especificar cuando quedaba solo. De tan pequeño que es el bosque, habitante de una sierra pequeña, en términos de magnitudes modernas, está bien claro, el diosecillo tendía a perderse cada día por miedo a salirse de los límites. Un dios menor, entre los árboles, es alguien, pero fuera de ellos en el llano mesetario que lleva a Madrid, se convierte en humo, en nada.
El bosque, como el prado, como el jardín, son metáforas del mundo: en realidad del paraíso que debiera ser el mundo, del paraíso improbable que se viene soñando desde que los dioses subieron a sus montes y erigieron allí sus palacios de mármol y colores cálidos. Tal vez fue Caín el primero que mostró la improbabilidad de un paraíso universal, o el castigo de Zeus a Prometeo en la roca caucásica, el que iba a demostrar que los sueños de los hombres se acaban imponiendo a la propia vida y se convierten en sus constructoras. Una vida construida por sueños es una vida más allá de una realidad primigenia, pero ¿y cual es esa realidad? Alzándose un día sobre los talones y contemplando el horizonte, piedra en mano, venteando una pieza vivaque se desea cazar, los sueños del hombre están por llegar o de estar dando vueltas por ahí, son todavía miedos.
Del miedo al sueño donde el bosque, el prado y el jardín afirman en su existencia metafórica la realidad imposible de un universo eterno durante el tiempo en que dure la vida del Hombre del Prado. La vida soy yo, piensa él, la vida del hombre soy yo y no soy metáfora sino de mi mismo. Por más que miro nunca a alcanzo a encontrar un rostro que pueda decir, este es el mío. No hay espejo que devuelva un plano general del hombre en el jardín, del jardín en el prado, del prado en el bosque. Realidad y no realidad son la misma cosa, y mientras se escribe tecleando a buena velocidad la máquina de escribir, eso es real, se dejan correr los pensamientos a tal velocidad que a menudo se van más allá, no les alcanzan las palabras, se pierden y el sendero que estaban abriendo desaparece como cuando se corre por una senda del bosque y se dejan de pasada mundos por explorar.
Hubo una Edad Dorada, dice don Quijote en su discurso a los pastores en la primera parte del libro y en él les cita del tiempo aquel "Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas ofrecían". Describe no solo un paraíso terrenal sino una vida terrenal de paraíso, donde nada es de nadie y de todo hay abundancia, incluso de justicia. "Dichosa edad y siglos dichosos..." comienza el parlamento que nadie ha de entender, afanados como están en los temas del día, el sustento y los chismorreos del corazón. Y ciertamente hubo una Edad Dorada que cada uno que puede y quiere y a quien su vocación le guía, como hace el rayo citado por Heráclito, imagina y sueña en un tiempo sin cronología, una especie de plataforma temporal que permanece en un limbo y que no es sino lo que pudo ser y no fue: al fin y al cabo el sueño suele tomar su materia de muchos imposibles.
Cuando el Hombre del Prado se encamina al bosque con Goyerri, que a su lado actúa como un Sancho Panza de menos palabras, espera que la imaginación le traiga la ensoñación del dios menor. Algunos días lo entrevé entre el ramaje y piensa si no estará disgustado por tan largo abandono o si habrá encontrado, pinchazo de los celos o cierta incomodidad y desconfianza toca ahora, a otro caminante del bosque que menos entrometido le haya regalado con sus nueces y avellanas. Hace dos meses, una cierva, cruzó veloz el prado por el que caminaba sin mirarlo siquiera aunque teniéndolo bien visto. ¿Adonde iba a tal velocidad que dejó tras de si el chasquido de las ramas rotas y sonando estaban todavía cuando ya no era?
Recuerda que hace dos semanas, cenando en una casa amiga de una zona residencial de Madrid en la que se acaba de construir una ciudad deportiva de "Litle Boxes" que cantara Seeger y aquí se coreaban con crítico fervor sin saber que acabaría siendo el sueño español del progreso, cenando allí, alguien le preguntó: "¿Tenéis jabalíes?" Si, contestó, los he visto en invierno en el bosque en un par de ocasiones. No más, no se dejan ver. "Oh, si, contrarió el otro, aquí mucho. En es Paseo de Atenas, delante de casa, bajan por la noche y junto a la parada de autobús, en el césped, lo levantan todos. Si te asomas a la ventana los ves". Pensó en el Paraíso Terrenal de los jabalíes´, expulsados de su tierra por los hoteles y los campos de fútbol, o por los centenares de adosados que van cubriendo la tierra, dejando bien atrás la Edad Dorada.
En estas estaba paseando y pensando por el bosque, cuando percibió que Goyerri no le acompañaba y volviendo la cabeza atrás lo vió quieto, inmóvil, a unos cincuenta metros de distancia...
Pero esto lo contaré mañana en "Goyerri el tramposo"
El bosque, como el prado, como el jardín, son metáforas del mundo: en realidad del paraíso que debiera ser el mundo, del paraíso improbable que se viene soñando desde que los dioses subieron a sus montes y erigieron allí sus palacios de mármol y colores cálidos. Tal vez fue Caín el primero que mostró la improbabilidad de un paraíso universal, o el castigo de Zeus a Prometeo en la roca caucásica, el que iba a demostrar que los sueños de los hombres se acaban imponiendo a la propia vida y se convierten en sus constructoras. Una vida construida por sueños es una vida más allá de una realidad primigenia, pero ¿y cual es esa realidad? Alzándose un día sobre los talones y contemplando el horizonte, piedra en mano, venteando una pieza vivaque se desea cazar, los sueños del hombre están por llegar o de estar dando vueltas por ahí, son todavía miedos.
Del miedo al sueño donde el bosque, el prado y el jardín afirman en su existencia metafórica la realidad imposible de un universo eterno durante el tiempo en que dure la vida del Hombre del Prado. La vida soy yo, piensa él, la vida del hombre soy yo y no soy metáfora sino de mi mismo. Por más que miro nunca a alcanzo a encontrar un rostro que pueda decir, este es el mío. No hay espejo que devuelva un plano general del hombre en el jardín, del jardín en el prado, del prado en el bosque. Realidad y no realidad son la misma cosa, y mientras se escribe tecleando a buena velocidad la máquina de escribir, eso es real, se dejan correr los pensamientos a tal velocidad que a menudo se van más allá, no les alcanzan las palabras, se pierden y el sendero que estaban abriendo desaparece como cuando se corre por una senda del bosque y se dejan de pasada mundos por explorar.
Hubo una Edad Dorada, dice don Quijote en su discurso a los pastores en la primera parte del libro y en él les cita del tiempo aquel "Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas ofrecían". Describe no solo un paraíso terrenal sino una vida terrenal de paraíso, donde nada es de nadie y de todo hay abundancia, incluso de justicia. "Dichosa edad y siglos dichosos..." comienza el parlamento que nadie ha de entender, afanados como están en los temas del día, el sustento y los chismorreos del corazón. Y ciertamente hubo una Edad Dorada que cada uno que puede y quiere y a quien su vocación le guía, como hace el rayo citado por Heráclito, imagina y sueña en un tiempo sin cronología, una especie de plataforma temporal que permanece en un limbo y que no es sino lo que pudo ser y no fue: al fin y al cabo el sueño suele tomar su materia de muchos imposibles.
Cuando el Hombre del Prado se encamina al bosque con Goyerri, que a su lado actúa como un Sancho Panza de menos palabras, espera que la imaginación le traiga la ensoñación del dios menor. Algunos días lo entrevé entre el ramaje y piensa si no estará disgustado por tan largo abandono o si habrá encontrado, pinchazo de los celos o cierta incomodidad y desconfianza toca ahora, a otro caminante del bosque que menos entrometido le haya regalado con sus nueces y avellanas. Hace dos meses, una cierva, cruzó veloz el prado por el que caminaba sin mirarlo siquiera aunque teniéndolo bien visto. ¿Adonde iba a tal velocidad que dejó tras de si el chasquido de las ramas rotas y sonando estaban todavía cuando ya no era?
Recuerda que hace dos semanas, cenando en una casa amiga de una zona residencial de Madrid en la que se acaba de construir una ciudad deportiva de "Litle Boxes" que cantara Seeger y aquí se coreaban con crítico fervor sin saber que acabaría siendo el sueño español del progreso, cenando allí, alguien le preguntó: "¿Tenéis jabalíes?" Si, contestó, los he visto en invierno en el bosque en un par de ocasiones. No más, no se dejan ver. "Oh, si, contrarió el otro, aquí mucho. En es Paseo de Atenas, delante de casa, bajan por la noche y junto a la parada de autobús, en el césped, lo levantan todos. Si te asomas a la ventana los ves". Pensó en el Paraíso Terrenal de los jabalíes´, expulsados de su tierra por los hoteles y los campos de fútbol, o por los centenares de adosados que van cubriendo la tierra, dejando bien atrás la Edad Dorada.
En estas estaba paseando y pensando por el bosque, cuando percibió que Goyerri no le acompañaba y volviendo la cabeza atrás lo vió quieto, inmóvil, a unos cincuenta metros de distancia...
Pero esto lo contaré mañana en "Goyerri el tramposo"
viernes, agosto 17, 2007
Hortus clausus
Reparo en que hace dos meses que no entro en el bosque, que en verano adquiere un ambiente cálido, bochornoso casi, y se llena del zumbido de insectos que suelen acompañar al visitante a lo largo de todo su recorrido. Como aquella hija de dios griego condenada a huir permanentemente de un tábano convertida en ternera, quien pasea por el bosque en verano no deja de moverse convulsivamente, de palmearse partes del cuerpo y de proferir quejas, mientras el sol implacable entra por entre el ramaje y abruma. NO es el bosque en verano el lugar adecuado para dejarse ir en pensar; sí por la noche, cuando en la comedia de Shakespeare, una luz de luciérnagas ilumina todo aquello que pareciendo evanescente permanece, surge de la espesura la Reina de la Noche y las hadas atolondradas nos llenan el oído de sátiras divertidas y malignas travesuras. El Sueño de una Noche de Verano es el sueño de varias pasiones que ciegan los sentidos para que se alcance la felicidad con lo inalcanzable. Pero este bosque, ay, no es el que se habita en el prado, en la esquina norte que forman las sierras de Guadarrama y de Malagón.Tiene además el verano una esclavitud añadida: el trabajo en el jardín, el cuidado de un terreno cerrado por setos que aspira a convertir el Hombre del Prado en su Hortus Clausus: jardín cerrado, jardín del edén, paraíso reencontrado salido de las manos del hombre, por eso más apreciable todavía y por ello más dichoso quien lo habita. El jardín que es a un tiempo morada interior y paisaje exterior, espacio cerrado abierto a un todo que se desconoce porque no es posible definirlo, conoce de la mano del creador que cada día se aplica en él para que sea la calma y la quietud, el color y la luz, lo que compongan un espacio de vida que ha de ir quemando sus días hasta que llegue el momento de volver algunas plantas al invernadero para aguantar la invernadero, siempre bajo cero. Son muchas las horas que cabe dedicar a un jardín para que crezca por dentro y por fuera, unido por raíces de misteriosa esencia que van de la tierra al corazón de los sentimientos siendo ambos espacios uno mismo. Hace unos años, el Hombre del Prado decidió que en su jardín no entraría otra mano que la suya, tal vez alguna ayuda con la azada, pero en lo general solamente él se haría cargo de esta construcción que va unida al libro y al pensar y al sentir. El día en que no pueda, con sus fuerzas, recrear la arquitectura del edén en este espacio de tierra entre montes y bosques, volverá a vivir en las torres de los hombres y cultivará bonsáis.
Para llegar a comprender el jardín es necesario desprenderse del sentido de la propiedad y del tiempo. Nada más humano que poner las manos en la tierra y semillar una dalia (prodigio de la simplicidad) o un geranio (explosión de alegría) y esperar a que la planta en el invernadero alcance los dos o tres centímetros de altura para clarear sacrificando a todas menos una de cada macetilla. La primavera es lenta en el prado, y tardía, y hay que mantener el invernadero con calor para que aguante la noche tanta delicadeza. Cuando ya el tiempo lo dispone se sacarán las plantas para formar las hileras en los lugares en que los bulbos han florecido y decaído, trasplantando la planta nueva y sacando del invernadero la del año pasado que allí se refugió para pasar el frío y el helor. Mediada la primavera parece que todo se dibuja, con poco color aún, verde sobre verde. Mientras florece los árboles, la zona del huerto de frutales y la que él llama boscosa donde alterna castaños, hayas, cedros, arces y abetos en plurales de no más de dos, no se vaya a pensar que se trata de un bosque dentro de otro bosque.
Es cuando el verano se asienta cuando la sonrisa de un dios desconocido parece que brota de la tierra y sobre la hierba cortada o sobre la grava rosada del espacio para sentarse y estar, el color reclama con su presencia la atención de tal manera que quien por allí camina le parece que todo le llama en un enorme guirigay al que no quiere prestar atención: es imposible. Al mismo tiempo, en la ligera zona de huerto tomates, pimientos, guindilla, rábanos y pepinos, empizan a correr atropelladamente hacia la flor y conviene no perder la costumbre de mirarlos cada día, después del riego de la tarde. Un buen amigo tiene que le reprocha que no tenga más cosas "que den" y cada vez que planta, un nogal hace unos días, regalo apreciado e inesperado, le pregunta: "¿y esto que da?". Contento, le responde y el otro, llevado de una simplicidad hija del tiempo le dice: "Ah, pero el contento no se come". ¿Qué sabrás tú? piensa el Hombre del Prado sonriéndole con cariño, porque es amigo al que cabe apreciar mucho.Este jardín, Hortus Clausus donde habita el alma, dentro del prado que está a su vez dentro del bosque que se encierra en la sierra, no es sino el jardín interior de una serie de círculos que le garantizan el aislamiento de cuanto no le gusta. Podría decirse, que como en las catedrales, según le explicaba muchos años atrás, cuando era niño, un arquitecto y arqueólogo amigo de su padre, la forma de la enorme catedral con su aguja encierra a una bóveda inmensa que encierro un ábside menor que se sitúa en su corazón un baldaquino en el que se guarda una custodia que contiene al fin un círculo de harina: lo más sagrado. Todas las formas son úteros, espacios que guardan a otro espacio que a su vez contiene otro y otro, no como las menudas muñecas rusas que van hacia dentro minimizándose en su decrecer, sino hacia lo grande y extenso, pudiendo él poner el límite donde lo crea conveniente, donde la frontera señale un más allá del que quiera estar más acá. Piensa a menudo en el retiro del Jardín del Edén de los monasterios románicos o góticos, en los que la fuente central no hacía sino remedar el agua de Tigris, Efrates y Jordán y los setos de boj abriendo paso al camino los senderos por los que transita el alma.

Todo es metáfora, se dice, todo, todo cuanto se quiera que sea metáfora lo será, y en el bosque y el prado y el jardín, la metáfora de la vida es rehuir la parte de ella que de manera más grosera puede asaltar a uno recreando una belleza que devuelva el sentido de la palabra paz. No cabe ignoprar que sucede la vida de puertas para afuera, que acontece con la misma intransigencia e insultante soberbia con que se viene comportando desde que un dios furioso, llevado de un rapto de furia, hechó del paraiso a dos pobres idiotas que creyeron que lo bueno podía durar siempre. No había nacido ingenuos, o sea: libres. El Paraiso nunca fué más que un préstamo. Ahora también.
Pensando y escribiendo en lo que se va el tiempo, las dos hayas crecen lentamente, doradas por el sol cuando se oculta en el oeste. Tan iguales son que les ha puesto nombre, Castor a la primera, Pokux a la que aparece detrás a la derecha. Ahí están, dioses del bosque convertidos en eterno, anteriores a la razón y a la palabra, hijos del mito. Se reconforta el ánimo viéndoles cuan diferentes son y tan iguales; como en la cercanía su belleza es distinta y y al verlos desde una distancia moderada forman una línea de similitud sin uniformidad. En el bosque, en la misma naturaleza, no existe la moda y cada cual es según su esencia natural, se tener que ser y estar, le dicta. Montan las hayas alegre guardia tras una hilera de parterres que cobijan a dalias de muchos colores, amparadas por un seto de brezo que justamente ahora empieza a levantar cabeza y a ensanchar el territorio que necesita: en otoño dará una flor que allí estará hasta que los fríos estén bien instalados. También el Paraiso, aquel inexistente, aquel forjado por las historias de viajeros en las mentes de los sedentarios que sobrevivían a la vida, perdía después del verano el dulce aroma de la fruta madura y el brillante color de las verduras. Aunque para enmascarar una verdad que lo convertía en un paraiso humano, el viajero decía que durante todo el año, todo, maduraba la fruta y brillaban espléndidas flores de todos los colores.
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