jueves, marzo 08, 2007
Un bosque: dos cosas
He escrito que la tristeza parece volcarse en el paisaje y pienso que será en nosotros, que hace solamente cuarenta y ocho horas disfrutábamos de una primavera mediterránea. Será, casi con seguridad, que habíamos abierto alborozados el corazón a un tiempo nuevo, que es lo que representa la primavera todas sus metáforas posibles: nadie, arrebatado por la verdad, escribiría "se puso triste como la primavera" y supongo que ello se debe a que la naturaleza encuentra en nuestros cuerpos enteros y vivos la llamada a la primavera después del renqueante invierno en que decaemos.
Me quedo junto a la mesa de trabajo, superficie de cerezo que lleva desgastándose algún tiempo, porque me gusta pasar la mano por ella acariciando su deslucido brillo. Miro por la ventana y veo la linde del bosque engrisedida más como una cosa de naturaleza amenazante que como el grupo de árboles que me hacen compañía. He aquí que puedo discernir de un solo bosque dos caracteres o mejor decir, dos cosificaciones: la primera producida por el sol sobre el bosque, que lo convierte en algo atractivo y vibrante que invita a visitarlo, abriendo sus espacios a las sombras umbrías que apenas apuntan, aquí y allá, entre la gama de verdes iluminados; la otra la que conforma el bloque de grises que devorando al verde roban la luz, la luminosidad, el brillo y lo vibrante de su acogida: es este bosque ahora una cosa hostil, de hosca fisonomía; nada invita a ir a él y justamente por eso, porque recuerdo a la otra cosa que es el bosque, al que yo transformo en cosa cuando en realidad es algo vivo y mudable, que me llama cada día para que vaya a pasear por sus caminos.
Comprendo al fin que el bosque es más que una cosa, son muchas cosas que dependen del efecto del sol, de la hora del día, del viento que le mueve y del frío o la nieve o el agua que baja torrencial por sus arroyos. Al fin, me digo, he interiorizado de todas estas cosas que he podido ver a lo largo de cerca de mil días de habitar en su linde, en una sola que es bosque de luz, intemporal, el que llama en el paisaje a la visita. Como los paisajistas orientales que antes de pintar miraban y remiraban un paisaje para poderlo pintar, alejados de él, sacando del interior (no de la memoria exactamente, sino de la interiorización) el lugar exacto sintetizado en trazos.
Interiorizar es hacerlo uno, no de uno, sino parte de uno mismo ampliándose, no se si escribir su esencia o su ser, no lo se y trataré de saberlo, pero ahora lo que he descubierto al mirar al bosque inhóspito de hoy sobre el que, más amenazante aún se levanta Cueva Valiente, es que el bosque que soy yo es de naturaleza solar, de luz poderosa, de verdes infinitos en número y tonalidad. Así pues, me digo, esa cosa que ahí fuera me acobarda, ya no es la parte de mi que he interiorizado tras días de convivencia. Si es el mismo bosque, pero en mi, no es la misma cosa.
Interiorizar es añadir algo a uno y conviene, creo, por lo que pienso ahora, que procedamos con celo a impedir interiorizar las cosas que infundan, no la tristeza que tiene su belleza y no es siempre mal acogida, sino las cosas cuya naturaleza hosca y agresiva, puedan conducir a la hosquedad y a la agresión. Añadir a lo que se ha ido construyendo en uno mismo unas gotas de naturaleza de odio, nos harán más proclives al odio y a la destemplanza. Creo que después de todo voy llegando a concluir cosas que todos saben, pero yo las aprendo de nuevo y ya no es un catecismo el que me lleva con su memoria, sino la aprehensión de la naturaleza que me crea permanentemente.
Me acuerdo de un cuento que escribiera en la primera década del siglo pasado Algernoon Blackwood y cuyo nombre era El Wendigo. Es un cuento de terror, de un terror basado en la inquietud y en pánico atroz: El Wendigo es un viento ululante que en los bosques (entre las tribus indias del Norte de Canadá) siembra con su llamada el terror; solamente algunos de los que lo oyen lo reconocen porque claramente el ulular sobre las copas de los árboles altísimos pronuncia su nombre. Quien le oye entendiendo que se trata de una llamada de un dios terrible que le conoce por su nombre, corre despavorido no se sabe si huyendo o en busca del origen de la llamada, y es tan veloz su carrera que los pies se le queman y sangran hasta que en su lugar aparecen garras que le convierten en fiera, totem que se une al conjunto de criaturas totemizadas en el virtual santuario del Wendigo. Hoy, al ver el bosque tan sombrío, he recordado el cuento, que se encuentra en el extraordinario volumen de cuantos de terror que publicara Alianza Editorial hace muchos años, en torno a la literatura sorprendente de Lovecraft. No, el Wendigo no habita en este bosque por mucho que con su aire sombrio parezca llamarle para ocultarle en su frondosidad. Probablemente se trate, no tanto de la certeza de que ela historia es una leyenda, sino por la convicción de que en mi interiorización del bosque, en mi aprensión, de su verdad, solo cabe la luz más bella.
Al acabar el párrafo anterior he levantado la cabeza y un rastro de sol trata de abrirse camino entre las sombras, y ahora mi bosque empieza a ser otra cosa.
miércoles, marzo 07, 2007
Sublime modestia
No salimos de la casa, ni Goyerri quiso hacerlo más allá del jardín . Solamente las luces del pueblo, hacia el valle al norte, entre las copas de los árboles, nos referían la existencia de otra humanidad que no fuera nuestra propia y absoluta soledad. Bastaba recordar, con poco esfuerzo, el paseo que dimos a las diez de la mañana, poco antes de salir, por la playa semi desierta, bajo un hermoso sol que ascendía siguiendo su curso diario. Goyerri se había metido en el agua hasta los ijares y correteaba desafiando a las olas. Ahora, por la noche, se encerraba en una somnolencia hosca.
Por la mañana ha amanecido el vendaval crecido; volaban ramas por el aire y del tejado han caído dos tejas sobre las escaleras del porche. Los plásticos que cubren a la leña de la humedad se han ido y las cuerdas, desatadas, chasquean a un lado y a otro. Los árboles del jardín, todos jóvenes, se inclinan con coraje dejando que su flexibilidad pueda a la violencia del viento mientras los brotes han empezado a apuntar. La misma oscuridad de ayer en el paisaje y la misma desazón. La mañana ha estado ocupado por multitud de cosas dejadas siempre para realizar cuando no quede más remedio y por un corto paseo con Goyerri, muy corto. No ha querido más. Me ha llegado un paquete de libros y he disfrutado remodelando la biblioteca en un proyecto que acaricio hace tiempo: seleccionar los 1.000 libros, los únicos 1.000 que me acompañarán el resto de mi vida. He hecho una primera selección de 180 volúmenes de los una buena parte están entre los 1.000 provisionalmente. Hay que empezar por algo, y por alguien (refiriéndome a autores) y por ideas (pensando en ensayo y en filosofía).
Una naturaleza nos recibe hoscamente, tal vez para castigarnos por nuestra infidelidad de trece días junto al Mediterráneo. Los avatares de estas tormentas, sus sonidos del viento, el aullido repentinamente furioso que parece que va a levantar el tejado de la casa o que agita las ventanas, las puertas que al abrir al exterior salen violentamente proyectadas y hay que sujetar fuertemente para evitar el golpe brutal, no son sino, una parte de nuestro yo que nos sorprende, una furia que comprendemos, el poder irresistible con que, banalmente, nos solazamos en la violencia.
Durante toda la mañana, mientras el huracán soplaba afuera, en la casa la electricidad iba y venía impidiendo cualquier trabajo cerca del ordenado o de la cocina. Se ha impuesto comer fuera, del pueblo incluso, porque los restaurantes y bares estaban sin poder cocinar o servir algo que no estuviera a temperatura ambiente. En tal circunstancia conviene no dejarse llevar los por los nervios, subir al coche y conducir hasta un restaurante que bajando del puerto, siempre hemos pensando que debíamos visitarlo. Una fonda de las antiguas, de paredes de granito, restaurante al que se accede por una puerta al fondo del bar y este con pequeñas ventanas abiertas a la carretera, que ostenta el nombre pintado en la fachada: Hostal Tere. El restaurante estaba completo a causa de una convención, así que nos ha tocado sentarnos en una pequeña mesa entre la máquina de cigarrillos y una estufa que no estaba encendida junto a una pila de leños. Las croquetas, especialidad de la casa, insuperables; las chuletas de cordero también la cerveza fresca y agradable y media botella de un Rioja Crianza de buena bodega: Faustino.
¿Es la primera vez que vienen? nos pregunta la dueña, una mujer delgada, de unos 70 años de edad, cabello blanco con algún acomodo de peluquería, ligeramente maquillada, un poco sorda, rebosante de encanto y amabilidad. Le explicamos que nos recomendó el lugar Jesús, un cura que casó a su hija Tere. Esta, junto a la caja, nos mira atenta, distraida, sin demasiado interés en nuestra conversación. Somos casi los únicos clientes en el bar y el ajetreo del personal del Restaurante se dedica a la convención. Escribo casi porque en la otra mesa, un hombre de edad mediana, trajeado de gris, con camisa blanca y corbata come solo: luego sabremos que es el chofer de uno de los asistentes, porque después de tomar café saldrá del bar y se sentará frente al volante de un Mercedes grande y poderoso.
¿Y quien es ese Jesús? nos pregunta la dueña del Restaurante. Es un cura que casó a su hija hace unos años. Piensa y sonríe. Ah, si, lo recuerda. ¿Y que se ha hecho de él? Bueno, le decimos, ya no es cura. Ahora tiene una empresa de limpiezas que atendía el edificio en que teníamos nosotros las oficinas de nuestra agencia. Ah, dice perpleja la menuda y simpática mujer, que pena... Mira hacia la hija, supongo que por un gesto reflejo aunque por un momento pienso si no estará valorando la posibilidad de que al salirse el cura de su ministerio, el matrimonio quede un poquito invalidado. Pero es un pensamiento fugaz. Si que le recuerdo, si, nos dice. Y sin ninguna transición: vuelvan, nos dice, ¿les han gustado las croquetas? Buenísimas, le digo, buenísimas, y Ana asiente entusiasmada. Claro, son nuestra especialidad. Yo, nos dice, no las suelo recomendar más que a los que vienen por vez primera.
Al ir a pagar sale a despedirnos y le pregunto si su nombre es el del Hostal: ¿es usted la señora Teresa?" Su respuesta es un prodigio de amabilidad y compostura: me basta con Teresa, gracias, me dice renunciando al tratamiento de señora.
Salimos de nuevo al vendaval que arrecia; la tarde ensombrece el paisaje. Me basta con teresa me ha despedido dulcemente la anciana. Modestia, sublime modestia.
domingo, marzo 04, 2007
La belleza y los dioses
Todavía hace tres días a lo sumo, una buena amiga, sentados en el paseo junto a la playa, ante unas cervezas y un pescadito frito (rindo culto sobre todo a las raciones de calamares rebozados en una harina espesa, crujiente, cobertora) me decía con toda su buena voluntad: "pero Luis, toda esta belleza la tiene que haber hecho alguien, llámalo dios o como quieras". La cortesía y la belleza de su inocencia me impiden saltar sobre ella con mis miserables argumentaciones que distinguen entre el dios creador y los dioses paganos, entre la posibilidad de que Dios exista al no poder demostrar científicamente su no existencia y mi molestia porque, siendo yo ateo reconozca esa posibilidad y los que son creyentes no acepten la posibilidad de la no existencia.
En cierta manera, le digo, nosotros somos los dioses que hacemos al mundo cada día, porque si nosotros no estuviéramos, aquel no existiría. O para ser fieles a la verdad, existiría como una piedra que al no ser percibida no sería. Como el naufrago en la isla, sin los demás no es sino un epitafio en un país lejano. He ahí me digo, dos maneras de ser al mismo tiempo: un muerto recordado entre lágrimas y un vivo aislado en su solitaria identidad, nada o menos que nadie.
Non somos sino los receptores de cuanto nos rodea y de cuanto alcanzamos a ver en lejanías extremas que cada vez más entran en nuestro radio de acción. Ayer noche me asomé para ver un eclipse de luna, que según los especialistas, no se volverá a producir en 22 años. Seguramente ya no viviré cuando eso suceda, y de hacerlo es probable que no lo contemple, absorto como estaré en otras cosas. Podría citarme para entonces, pero no veo la utilidad de volver a mirar la luna ensombrecida por la sombra de nuestro planeta. Algo pensaré al ver la misma luna de nuevo ensombrecida: me apenará la absoluta certeza, inmediata tal vez, de la muerte, ya inminente o por el contrario seré aquello que más temo, un vegetal al que la identidad le abandonó un día.
Entre el dios creador por el imperativo categórico de la necesidad de que exista un constructor a imagen y semejanza nuestra, que me perdonen los filósofos por el uso forzado de la expresión kantiana, y los hombres dioses que revelan al mundo porque existiendo pueden observarlo, me quedo con la inmensa belleza del mar que me embarga como un perfume, como una pasión, como un amor desesperado al que quiero volver siempre.
Recuerdo un poema que escribí hace años tras una de mis visitas romanas y voy a buscarlo entre mis papeles virtuales: aquí está, lo encuentro, lo tomo, lo leo y lo encuentro apropiado y lo copio, ya se sabe "copypaste" para terminar el artículo.
en las ruinas del templo de venus
los dioses de espaldas a los hombres
reían entre sí y disponían
sin burlarse de aquellos.
Simplemente,
en su magnificencia
jugaban con las cosas.
eran otros los tiempos.
levantaban su voz con artificio
para justificar sus infantiles juegos:
un ternero parido con dos cabezas
o en capua una caída de piedra desde el cielo.
las víctimas mayores son su precio.
¿quién piensa en las víctimas mayores?
“si los dioses existen no se ocupan de los hombres”
declamaba lucano con fastidio
pero livio vehemente le contesta “los dioses
sí se ocupan de los hombres”
Las víctimas mayores son su precio.
algo sucedió que pasados los años
aquellos pobres dioses disimulan
porque se sienten sólos y están avergonzados
ya que son los hombres los que les han abandonado
y han ocupado el templo sin decoro
y les hablan de tú, a gritos y sin el menor
respeto.
“los hombres existen, si,
y ya no se ocupan de los dioses”
sábado, marzo 03, 2007
El Griterío nuestro de cada día, dánosle hoy...
La ventaja del griterío es que el grupo y el número de integrantes se esconde tras él. Cuando se grita se pasa a primer plano y se tapa la realidad que no grita. Somos más, parece decir el grupo invitando a los demás a juntarse con ellos, pero es muy probable que sean menos.
Sin embargo es el griterío el que aparece en los medios de comunicación. Las voces tienen derecho a portada y titular; el silencio no puede comercializar ni un ejemplar del periódico o la mínima audiencia de un telediario en hora punta.
Permanecer en silencio es optar por no ser, por no aparecer, es renunciar a los diez minutos de popularidad que nos debe la gloria. Y aún así, hay quien renuncia y calla cuando alguien espera que hable. El silencio suele ser para unos una actitud cobarde, para otros la prudencia, para muchos el hastío.
Hay quien piensa que no se merece vivir en esta sociedad y ambicionaría otra, donde el ámbito de lo social no se confundiera con el de lo político y no invadiera de ninguna manera el personal. Pero si mira a la historia lo poco que sabe de ella, llega a convenir en que todos los tiempos que han sido, lo han sido de crisis. Ya lo decía Borges de su abuelo: "vivió, como todo el mundo, los peores tiempos de la historia".
El griterío no llega a la playa por la que camino a las nueve de la mañana con Goyerri; tan temprano es porque los sábados llegan los visitantes de final de semana y sin llenarla, es marzo y primeros, si se puebla más de lo que suele hacerlo en un día laborable. Entonces los perros molestan y podemos, Goyerri y yo provocar el griterío de alguien soliviantado. Mejor caminar temprano.
El griterío no llega al bosque, pero es que allí no hay nadie para gritar y en el pueblo no se grita por nada, la gente es pacífica. Lo más que sucede es que en la conversación alguien te pregunte por tu opinión. Yo callo, le digo que no comento sobre ese tema, aunque tengo mi opinión.
Más abajo, en la capital no, se manifiestan y gritan. Llevan banderas y claman airados. Observo en televisión que portan banderas del fascismo y de la vieja España, la de la dictadura. Claro que no son todos, unos ciento que ocultan para las cámaras a los miles que no llevan banderas, aunque no se lo que piensan sobre ellas. pero los cámaras de televisión prefieren sacar el griterío de los fascistas nostálgicos (la mayoría de los que veo son jóvenes y no vivieron la dictadura) porque es la imagen que vale más que mil palabras.
Cuando Mc Luhan hizo esa afirmación ignoraba seguramente que la puja sobre el valor de las imágenes iba a dispararse al alza de manera explosiva. Yo entonces trabajaba en publicidad y recuerdo que nos enorgullecía la cita, porque valoraba nuestro papel en la sociedad en que vivíamos. Cuarenta años después no me interesan casi nada las imágenes, porque ya he visto muchas, me he he hecho de ellas, construido a partir de ellas. Por eso he empezado este blog hablando del griterío y no de las imágenes.
Lo que a uno le duele es la impotencia de no poder pedir un poco de silencio y de razón. recibí el otro día, por email, un chiste obsceno, moralmente obsceno, sobre el terrorista que acaba de ser conducido a su casa para que termine el año y medio de condena que le queda por cumplir, en su casa, bajo vigilancia, en prisión atenuada. La persona que me lo envió. muy querida para mi, no sabe ni sabrá, a no ser que lea este blog, que lo borré porque me produjo asco, no por el terrorista sino por la abyección a la que podemos caer la gente que nos consideramos sanos.
Al hilo de escribir estas líneas, que improviso como siempre hago, recuerdo a las personas que gritan cuando hablan por teléfono, fenómeno menos corriente ahora que antes. Era habitual que quien cogía unj auricular telefónico y lo llevaba a su orja, empezaba a gritar, para compensar seguramente la imaginaria distancia que les separaba, incapaz de asimilar que la voz cercana le llegaba por medios técnicos que no requerían de otro esfuerzo personal que el de escuchar y hablar. Gritaban y gritaban y salpicaban la conversación de "¿me escuchas?" o "¿me oyes bien?" más gritados si cabe todavía. Ahora me doy cuenta de que es lo mismo, sin preocuparse por si los demás les escuchan o les oyen.
A mi, razonar, me produce alivio y contento; no gritar ni estar de acuerdo con quienes gritan, satisfacción. Lo demás es dolor de cabeza.
miércoles, febrero 28, 2007
El influjo de los otros
Espantoso debe ser el ser artista y saber que ni un solo trazo de pincel o golpe de cincel o palabra escrita en papel blanco es de uno mismo, fruto de la genialidad de uno, esforzado y trabajador comadrón de su propia obra. Lo que tiene entre manos es de otro al que ha enviadiado en un momento anterior su propio brillo, la calidez de su expresión o el luminoso trazo de un color. Con ese equipaje, quien lo sabe, debe sentir el peso de eso que llamaría yo la otrosidad, que es la influencia de los otros como paridora de la identidad. Si el individuo, creador de si mismo constante y apasionado, se realiza a la manera de una obra de arte inacabada, recibe de los otros los trazos del aprendizaje, los ejemplos para la reproducción.
Pero ni siquiera puedo hablar de los otros en términos de personas con nombres nombres y apellidos: si de fotografías. Recuerdo fotografías de Life y de Paris Match, de las que soy hijo por lo que me impresionanron o tal vez sea mejor escribir "por lo que impresionaron en mi". Recuerdo fotos y fotos y fotos e campos de concentración nazis con pilas de cadáveres amontonandos los unos yacentes en el suelo, caminando los otros por una muerte viva en la hora de la liberación. Recuerdo algunos mórbidos terrores con cadáveres incorporados en la revuelta contra Jacobo Arbenz en Guatemala, en la que un izquierdista era fusilado mirando de frente al ejecutor, con una sonrisa enorme en la cara y un buen cigarro puro entre los dientes. Recuerdo la ejecución despidiada de los agentes de la AVO en Budapest, al salir de uniforme con los brazos en alto de su cuartel, poniéndose en manos de quienes en lugar de aceptar su rendición los masacraban. Recuerdo imágenes del Paralelo 38, de una inmensa planicie blanca en la que las tropas americanas retrocedían ante el ataque norcoreano que era en realidad chino. Recuerdo imágenes de barcos hundidos en el Canal de Suez en el otoño de 1956, cuando Gamal Abdel Naser lo nacionalizó para el pueblo egipcio y una coalición anglo-francesa con ayuda israelí intentó evitarlo sin conseguirlo. Recuerdo imágenes ,de Life también, de negros colgados y quemados de árboles junto a cruces ardientes, en el centro de corros de blancos encapuchados: recuerdo uno en particular colgado por los pies después de haber sido apaleado y quemado parcialmente, con los pantalones desabrochados, un porción blanca de calzoncillo sobre su abdomén negro y la camisa blanca caida hacia el suelo dejando el torso al descubierto. Sus manos parecían acariciar el cesped a centímetros muy escasos de su alcance. Recuerdo la imagen de Caryl Chesman, que luchó trece años por su vida en el pasillo de la muerte de una penitenciaria USA. Recuerdo imágenes sangrientas y terroríficas vistas en Paris Match de la descolonización del Congo Belga con cadáveres de blancos alinenados en el asfalto y de granjeros ingleses en Kenia masacrados por el Mau Mau. Recuerdo fotografías y fotografías y fotografías... en las que no sabía bien como alinear a los buenos y a los malos, pero si comprendía el tema recurrente: la muerte vesánica.
Es verdad que recuerdo otras muchas cosas en las que anida la felicidad o por lo menos la cándida sonrisa de la inocencia, pero no son tan vívidas o aleccionadoras como esas imágenes de la muerte terrible de la revuelta y de la guerra que pasaron por mis ojos en mis primeros catorce años de vida. Fueron las primeras antes de que alcanzara la edad de la razón. No hay, creo, mejor manera de asomarse a la muerte que verla en fotografía, anónima y terrorífica, doliendo a otros para que así no llegue a dolernos a nosotros. He escrito en un párrafo anterior sobre la otrosidad o el influjo de los otros en la propia vida y doy fe de que en realidad soy lo que soy, somos lo que somos, a base de ver reparando lo justo miles de fotografías o de reportajes cinematográficos con el mayor espectáculo del mundo: la muerte de unos a manos de los otros..
lunes, febrero 26, 2007
La fortuna accidental
Sostengo que tenemos en los genes una determinación a ser de manera que fueron los que establecieron su cabeza de puente en la humanidad como antepasados de cada uno de nosotros. A mi, me gusta pensar, algunos rastros semíticos me siguen circulando por las venas y se alteran cuando lo que veo es el sur, la frontera africana del mediterráneo o la linde norte de este mar; me gustan las mujeres de levante con sus ojos expresivos, de color de miel o de castaña brillante y húmeda, de nariz perfilada y segura de si misma marcando en la cara el lugar y la determinación. Aunque la modernidad no lo aconseje, uno puede prendarse de unos ojos liberados del velo, única libertad, pero total libertad la de la mirada por la cual los hombres de ayer y muchos de hoy preferirían a la mujer con los ojos bajos.
Las escalas de Levante me gustan todas, las conocidas, las ignoradas y las soñadas y a veces sostengo que mi relación personal con Camus es por que él fue hijo de una alicantina sufrida y trabajadora y nacido en Argelia, mirando a la metrópolis, situada al otro lado del mar, en la otra vertiente. Sostengo también que los mediterráneos, única nación que reconozco en mi, hacemos de este mar, a la manera clásica, un lugar universal, único, propio, cuna y sarcófago de vida e ilusiones. Ya conté en otro lugar como una buena amiga francesa me hablaba del privilegio de vivir aquí, de estar diría yo, de haber nacido y de estar, y al tiempo de ser. Nacer aquí, en esta mirada ilimitada al horizonte, y descubrir con el tiempo el bosque de claros encerrados por las lindes arbóreas, nacer en este cálido y luminoso ámbito para conocerse después en la frialdad de las nieves y las brumas, ofrece al individuo dos lugares para ser, dos espejos para reconocerse, dos experiencias para amar la vida: estúpido será el que desaproveche tanta fortuna.
Pero las cosas son infortunadas cuando se trata de la modernidad en que vivimos, pues al llegar aquí, hace cinco días, descubro que el mundo exterior al que accedo por internet está cerrado y por más que lo intenté a riesgo de forzando la manija romper la cerradura, permanece cerrado. Es menester llamar a quien de esto entiende, pero siempre es difícil, hoy, que alguien te crea a la primera. El teléfono aleja a las personas en formalidades y nadie te cree cuando les dices que no puedes cruzar la puerta de la comunicación; debes sostener tu versión, nada has hecho, nada has tocado, sabes de que hablas, para que al fin de varias conversaciones alguien acceda a creerte y rompa el círculo de Kafka en el que, en este presente nos hemos acostumbrado a vivir. El autor checo no llegó a conocer, para su fortuna, los contestadores telefónicos actuales, los "servicios de atención al cliente", que de haberlo hecho el terror de El Castillo o de El Proceso hubiera sido al fin más impactaste.
El infortunio me ha llevado a cinco días de silencio total. mío hacia el otro lado de la puerta, y de ignorancia de lo que más allá pueda suceder. Ni correos, ni mensajes, nada de nada me permite saber si sigo existiendo o si la realidad es que he sido arrojado de ese espacio como en aquel cuento de Cortázar, terrorífico, en que una familia normal, de retorno de un domingo en la playa, al cruzar el túnel, ignoran si tendrán la fortuna de cruzarlo entero y sobrevivir o si por el contrario serán abducidos en su interior por un eni9gmático reequilibrio demográfico. Cuanto terror hemos imaginado
Obligado al ostracismo he ten ido que reacondicionar mi vida y entre las varias lecturas que siempre me acompañan, he abierto un libro que compré hace algunos meses con el ánimo de leerlo cuando llegara el momento, que es un instante temporal que no se puede localizar hasta que siendo presente reclama la acción demorada. Se trata de uno de los libros sobre Sócrates de un autor amigo que regenta El Café de Ocata: Luri. El libro es la "Guía para no entender a Sórates" y en él durante los dos días en que lo he leído, de arriba a abajo, es decir, enteramente, he disfrutado enormemente de una puesta al día de cuanto a mi, que no he estudiado filosofía en las universidades, se me escapa disperso. El mundo del filósofo, los amigos, los enemigos, el proceso, la reflelxión siempre razonada, a menudo irónica, se ha desplegado ante mi para darme una muleta más en mi lectura. Ultimamente y presionado por el conocimiento de los demás, arrosytré acercarme a los diálogos y em embebí en ellos, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor necesidad de releer los párrafos. Debo decir que creo que releer es un placer esencial en el proceso de lectura, no solamente al cabo de los años, sino en el mismo momento de la lectura: no hay mayor placer que descubrir que la puerta se abre y entras en el terriotorio que estaba vedado para ti por tu incapacidad de acceder.
Connfieso después de la lectura del libro de Luri que si de entre todos los amigos y discípulos de Sócrates, sentí siempre una especial debilidad por Jenofonte y en otro artículo explicaré el porqué. He dado por imaginar una historia a escribir en la que los dos discípulos, Platón y Jenofonte, ambos hombres de pensamiento, más diletante uno que otro, y de acción, más también el otro que uno, se relacionan a lo largo de sus vidas en una rivalidad lejana, desprovista de trato, cargada de recelos y sobrada de celos.
Pero esta es otra cosa de la que ya hablaré si se tercia. Ahora, vuelto a la vida virtual, cierro la última página del libro de Luri y al último párrafo, que referido a Patocka es sin embargo más universal, totalmente. Dice así: "Repetir el mensaje socrático no es, por lo tanto, un ejercicio de anticuario, sino la manifestación de un compriomiso ético de búsqueda de los fundamentos, de aquello que está desapareciendo bajo nuestros pies".
Por eso será que he decidido hace unos meses empezar de nuevo por el Sócrates de Platón o por el Platón que un día soñó que era Sócrates.
lunes, febrero 19, 2007
Del mal...
Existe el mal, probablemente ha existido siempre. El mal tiene dibujos y palabras, ha sido convocado por la imaginación y la imagineria y está en el imaginario, curioso juego de irrealidades que han acabado convirtiéndolo en una hecho real, consistente en si mismo. Existe el mal y el infierno, en nosotros mismos, como aseguraba Sartre en "Huit Clos" y solamente nosotros somos capaces de ejercerlo. Sin la humanidad, el mal no existiría, ni siquiera en eso que se llama permanencia oscura, ente real al margen de la humanidad que al no ser percibido por ella no existe para nadie y es por lo tanto nada. Ni ahí estaría el mal. Basta que nazca la humanidad para que el mal tome forma, primero en el ámbito personal, luego en el social como prejuicio, como identificación del enemigo, como ciencia del mal regenerador y finalmente en el ámbito político. Son las Leyes las que convierten al mal en la legalidad vigente.
Cuando el mal se extiende se le acepta. El mal siempre tiene inductores que lo agitan como mal necesario, como catarsis: la historia o la naturaleza han creado los caminos del mal para las ideologías terribles del siglo XX que han terminado en totalitarismos. Derrotadas al fin, han dejado sembrado el mal y las semillas germinan. Conviene no engañarse: el mal es patrimonio de los hombres, un bien de la humanidad. Creo que relativamente fácil pasar de ser bueno a ser malo, se necesita una ideología que le dote del necesario protagonismo dentro de la masa y un uniforme que siente bien. Quien se adentra en el mal anda realmente en busca de compañía, de amigos que eliminen de él la sensación de ser superflúo en la sociedad. Los malos requieren un centro de acogida desde el que odiar a la sociedad y preparar su castiigo.
Una vez le comentaron a la Arendt lo duro que debía ser ver al mal terrorífico, al enemigo frente a ellos, los judíos, cuando el nazismo se extendió en Alemania. No, dijo, no es el enemigo lo terrible, ya que sabiendo que está ahí y que existe, le conoces y aislas; es la defección de los buenos, la conversión al mal de aquellos que son los tuyos. Es la desaparición de tu círculo de aquellos de los que nunca esperarías que fueran tus enemigos. Tenía razón, lo terrible es descubrir que los buenos se convierten en malos. Los cómplices son los peores, y los conversos deseosos de agradar. El mal atrae con su maldad terrible y con su parafernalia gregaria que viste los ropajes de la uniformidad.
Creo que lo más difícil en esta vida para los seres que en ella habitan y tratan de actuar coherentemente, es mantener los principios claros, tener una plantilla que poder aplicar a los hechos que acaban atropellándonos. Escucho decir a mucha gente, es cierto lo que digo, "oigo a unos y a otros y me parece que tiene razón" o afirmar que el dictador tal, que poco importa ahora el nombre, era seguramente una persona bien intencionada a quien engañaron sus más cercanos colaboradores. Parece como si no fuera importante la maldad, cosa irrelevante en un mundo agitado, olvidando que el mundo se agita por la maldad, sobre todo cuando esta adquiere los rasgos normales de la banalidad.
En este país, en este bosque en el que habito, existió el mal, la vesanía, la traición y el asesinato. Cambiaron propiedades de mano porque unos vencedores ajusticiaron a unos vencidos. Las trincheras siguen en las montañas, no es tan lejano el tiempo de hierro en que las escuadras de la muerte o del amanecer, sean de donde fueren, visitaban los hogares para llevarse a la gente y ejecutarla en las cunetas. De tanto ver el mal y convivir con él hay quien lo ha olvidado y no se debe. Porque existe el mal los tres ámbitos deben mantenerse separados y las ideas claras.
Como el día de ayer fue uno de esos grises y sucios, lleno de frío y viento, con nubes opacas, ventarrones desapacibles, me acordé del mal y me dije que escribiría este artículo sin prepararlo, tal y como saliera, porque me pareció ver el mal en algún rincón del lugar en que vive agazapado, como las alimañas que solamente existen en la imaginación hasta que bajando de las cumbres se nos aparecen terribles y demoledoras.
viernes, febrero 16, 2007
De la tenacidad de las cosas pequeñas
Observarlos es una lección de vida para quien quiera aprender de esa actividad. Al decir observarlos quiero decir mirarlos y mirarlos un día si y otro también, no verlos al pasar y esbozar una frase banal que denote el lugar común de la cultura o de la sensibilidad. Mirarlos y mirarlos día tras día es algo así como aprenderlos y aprehenderlos, que siendo dos cosas diferentes, forman en su conjunto una idea total del conocimiento. Mirándolas, uno se hace con las cosas para sí a la vez que las dota de su afecto. Ningún insecto es repulsivo cuando se le ve trajinar con esfuerzo y dedicación, aceptando que no sepa hacer otra cosa e incluso que no tengo elección.
En la naturaleza hay muchos Sísifos condenados a portar la piedra cuesta arriba, pero a diferencia de él, no dejan caer el peso en la inutilidad sino que le sacan el fruto necesario para que el ciclo de la vida continúe. Han nacido para vivir su existencia, tan larga o corta en tiempos subjetivos como corresponda, sin una queja ni una rebeldía y su esfuerzo tenaz por conseguirlo merece la simpatía de quien les contempla y reconoce. Se me dirá que el castigo de Sísifo no fue la inutilidad del esfuerzo sino el hecho de que él estaba condenado a saber de tal inutilidad eternamente, y es cierto. Estos bulbos e insectos no lo saben y en eso resida tal vez una porción de su felicidad, si es que pudieran percibir de alguna manera tal emoción.
Toda observación guarda una lección que está al alcance del descubrimiento: se revela por sí misma a quien con los ojos abiertos la busca. No se requiere más que voluntad. Los bulbos, de los que he hablado al principio permanecen en su lugar cada año, en esta tierra de nieves y hielos y quien esto escribe los deja ahí porque los jardineros de la zona, que son hombres de campo reciclados, así lo hacen y aconsejan, al contrario que los libros de jardinería que recomiendan el sacarlos, limpiarlos y guardarlos entre virutas de madera o serrín en lugar seco y no demasiado luminoso. Las instrucciones expertas de los libros resultan superfluas a simple vista, salvo que sacando los bulbos se acomoda mejor el dividirlos y seleccionar aquellos nuevos que aparecen como adherencias de los anteriores. Para los jardineros del lugar el paisaje resulta más salvaje cuando menos se actúa sobre ellos y de esta manera el acomodo del jardín al lugar real de fuera es más simple y la transición más natural. Los libros y los viveros buscan el esfuerzo de Sísifo en un hacer y deshacer permanente por manos inexpertas que nunca alcanzan el resultado deseado por su inexperiencia e ignorancia, y acaban siempre volviendo al libro o a la tienda para aliviar su frustración.
Uno se pregunta si es aconsejable saber como son las cosas y como se producen; si es bueno sacar lecciones de provecho de observar como un insecto se esfuerza por alcanzar la zona verde del jardín desde la pradera de grava rosa a la que le arrastró el viento. No se pregunta nada, no se rebela, no se abandona a su suerte ni `pierde el ánimo: tenaz e infatigable, sube y baja las minúsculas piedrecillas siempre en dirección al césped o a la linde en que crecen el seto. Ni siquiera se abandona a la desesperación, que debe de ser un atributo humano, pariente directo de la blasfemia. Ah, el insecto no se queja ni blasfema, hace y es así en beneficio propio y de su especie. No puedo afirmar que hiciera lo mismo si tuviera una mínima cantidad de inteligencia, si estuviera dotado para el más mínimo ejercicio de la razón; tal vez entonces empezaría a individualizar la gestión de su esfuerzo y a comparar si en términos relativos con sus congéneres debe hacer más o menos. Probablemente el esfuerzo y la tenacidad no son coincidentes con la razón y el individualismo, pero eso es otra cosa a la que ni los bulbos ni los insectos del jardín llegarán nunca y pienso que es mejor para ellos.
El hombre del prado se ve a veces, a sí mismo, como una cosa pequeña y tenaz cuya única ansia en la vida ha sido sobrevivir. Eso no quiere decir que no haya sido humano y que todas las emociones de aquellos le hayan, en un momento u otro, sido cercanas y concernido. Miedos si ha tenido, y momentos de desesperanza y pocas veces cree haber caído en la desesperación. Siempre ha sabido, como Sísifo, que gran parte de su esfuerzo era inútil y ha guardado su rebeldía entre libros para, sabiendo que está allí, releerla de vez en cuando. Si, él sabe que nadie le puede negar la parte de humanidad que le corresponde, así como la porción de entidad superflua que le convierte en porción desconocida de masa. Cómo los demás le vean es cosa que ya no le importa demasiado, y recuerda que si le importó en otros tiempos de vanidad, pero le agrada, al mirarse hacia atrás, reconocerse como un esforzado insecto en busca de la linde del jardín para alcanzar el seto, o como un bulbo tenaz que sin ansiarlo siquiera alcanzará la luz del sol. Comprende que la única determinación que cabe es la de sobrevivir y respira satisfecho aprendiendo la lección.
miércoles, febrero 14, 2007
En el corazón del bosque
Así el corazón del bosque es una isla y en ella está, recuperado de tanta sobrecarga y esfuerzo de llevar signos de identidad que no pueden representarle nunca más, ni siquiera acomodarse en conjuntos a los que ya no quiere engrosar con su complicidad. Nacer y morir solos es algo que todos sabemos que sucede y de ello hacemos tragedia y poesía, en los dos sentidos etimológicos de ambas palabras; pero lo que nos venimos negando de por vida, como si se tratara de una maldición, es a reconocer que debemos, pues se trata de un deber, debemos pues vivir solos, aún cuando lo hagamos en compañía. Si no alcanzamos la visión exacta de nuestra soledad, nada trágica sino existencialmente fructífera, nunca recuperaremos la edad de oro de cada uno. Vivir es un camino largo que no precisa, aunque se pretenda lo contrario, de morfinas para el espíritu en la forma de compañía: se puede recorrer como los senderos del bosque o los caminos del prado, a pie y con el cayado en la mano, vagabundos al estilo clásico, caminando entre monstruos, dioses y hombres.
Cuanto dice no excluye al amor, o al afecto, o a la lealtad o fidelidad, o a la necesidad de la compañía de quien camina contigo largo tiempo y ha acomodado el paso al suyo, o ha sido a la inversa y es el tuyo es el que se acomoda. Reconoce, exultante por la soledad, el vértigo de la misma cuando los seres queridos parece que le abandonan y sobre la soledad del espíritu se cierne la encarnadura de la carne que deja de palpìtar cercana, el calor del cuerpo acompañante, la respiración pausada del sueño en la caverna de cada jornada o el gemido del llanto y desconsuelo.
Porque el ser solitario al que conduce la deconstrucción que ha venido practicando, y que como ejercicio oriental seguirá haciendo cada mañana después de la salida del sol (nunca se levanta antes de ello), no es un ser en soledad, sino un ser que se reconoce a si mismo en su justa y escasa encarnadura. ¿Quien eres? Y responde su nombre, escaso, pero el suyo. ¿De donde eres? De aquí, de esta cama de la que me levanto y de este bosque en el que vivo; hoy es así, mañana seré, tal vez de otro lugar así de pequeño y reducido. ¿Cual es tu patria? le preguntan y ahora si sabe, ya, desnudo de otra patria esencial que la única que hoy, finalmente, reconoce: mi lengua. El vive en el lenguaje y en su idioma y desde él levanta su voz para quien oiga. Siempre, siempre, se dice, seré extranjero entre los hombres, desapegado a ellos cada vez que agrupados me quieran ofrecer su protección gregaria.
No se le niega (¿quien podría hacerlo?) amar y ser amado pero vive su vida rechazando el plural que se apropia de su voluntad. No se le niega la compañía pero nunca la ejerce olvidando los límites del espíritu y de la identidad: este ser al que amo es él y este ser que ama es yo, y siendo tanto el amor él y yo somos dos. Una de las primeras cosas que el solitario en el bosque percibió, fue justamente, que el número de semejantes en su categoría, no eran sino una falsedad producida por el miedo de los demás y le vino a la memoria un chiste que le explicaron en su juventud: millones de chinos perdidos en un bosque lloraban y gemían de desconsuelo y al encontrarse con un leñador que deambulaba solo, este les preguntó que era lo que les ocurría y el de aquellos que caminaba delante, secándose las lágrimas gimió: nos hemos perdido. No recuerda si el chiste, que le contaron en la juventud, provocó su risa, pero ahora le descorazona.
Es hora pues de dejar al bosque como al paisaje real en que vive en lugar de convertirle en el artificio que es el paisaje cuando lo que queremos es remarcar la presencia trágica o esperpéntica del hombre en su vida. Siempre existe un paisaje, siempre un camino y un horizonte, pero al convertirlos en expresión literaria fruto de la intención de dotar al protagonista de un mundo limitado y reconocible, se falta a la verdad. Un paisaje alrededor, como la ropa, viste no el cuerpo sino el ser, la manera de ser y el expresarse, para maquillar la realidad a la que si no le enconmtráramos imperfecciones molestas no maquillaríamos. Bien está mientras el ser que habita allí busca reconocerse y se ayuda de lo que le rodea para que los demás le vean, pero ahora la figura asume el retrato en soledad. Pero ahora, pasado el tiempo y la tarea, ya puede ser el fondo de la pintura una gama de oscuros y el aire que le rodea el puro cristal por el que todos tratamos de ver y somos vistos.
Así sucede hoy, y a partir de hoy, piensa, todo deberá ser con coherencia, diferente.
lunes, febrero 12, 2007
Huyendo de la infancia
Cae la tarde del domingo y nos hemos quedado una vez más solos. En menos de media hora los últimos rayos del sol se desvanecerán tras la sierra que apunta al oeste como un dedo señalizador. El viernes pasado, por allí donde el sol va a ponerse, me salieron tres corzos del bosque y cruzaron la pista por delante de mi coche: alcancé a frenar la escasa marcha que llevaba para verlos mejor y esta vez si, pude verlos en todo su esplendor, primero saltando de la espesura al conjunto de tierra y asfalto malherido que forman la vieja pista que lleva a la garganta del río, después cruzando por delante de mi, uno detrás de otro; finalmente entraron en el talud que a mi derecha va a descender hacia el bosque y en esa bajada, trotando sin demasiadas precauciones se perdieron entre los árboles. Cuando hubieron salido de mi vista, me quedé detenido, con el motor en marcha, recordándolos: es tan hermoso verlos, con su largo cuello estirado y la cabeza apuntando al frente, nerviosa, cargada de tensión, viendo con sus ojos un panorama de 180º, seguramente curvado en sus líneas extremas, viéndome a mi dentro del coche, olfateándome y decidiendo cruzar por delante del coche, que ningún peligro podía representarles.
Cuando se pasea con un perro no suele haber otro argumento mejor que el propio paseo, aislado de todo el resto que no sea el rumor y la frescura del ambiente. Soy consciente de que las ideas que dan vueltas por la cabeza, sin estar formadas en palabras, acabarán por asaltar el pensamiento y proyectarse al exterior. No dudo que, al fin y al cabo, acabaré cayendo en la cuenta de algo que deberá preocuparme durante un tiempo, durante el caminar o al llegar a casa; es el placer del caminar por la floresta el que hace que unas palabras rompan su fragmentación para alcanzar una serie coherente (nada indica que siendo la serie de palabras coherente lo sea su significado) con un sentido que deberá ser desentrañado. En este caso fue una frase que emergió de un tirón: "los hombres pasan toda su vida huyendo de su infancia". La frase surgió en mi pensamiento con el sello de la originalidad, ya que en ningún caso podría recordar haberla leído u oído en otras fuentes que no fuera el eco de mi pensamiento.
Conviene no dejarse llevar por el alborozo, que tener ideas no es síntoma de nada más que de desocupación de tareas a hacer medidas por el factor tiempo y en él encerradas. Uno puede tener ideas y regocijarse con ellas llegando a la seguridad de que es un hombre pensante además de paseante y de que un perrillo gris y negro que tiene ya once años y ha salido de un achuchón de hígado que podía haber dado al traste con su vidilla, le acompaña. Suelo llevar una libreta de y un rotulador de punta fina, de tinta negra. La libreta es de tapas negras y cabe en el bolsillo de la camisa; cuando empecé a tomar notas las libretas eran más grandes y resultaban un enorme engorro, así que descubrí una marca (me la descubrió mi hija realmente) que tiene tapas duras y lleva una goma elástica con la que se puede sujetar el rotulador. Llevo años anotando cosas que de vez en cuando releo, que están ordenadas por la cronología.
Ocasionalmente leo cosas que no tienen sentido, que han perdido la oportunidad de ser consideradas, o me encuentro con otras que me sorprenden y ocasionalmente halagan. A veces son textos muy cortos, o frases simplemente; otras diálogos o textos más largos (pienso traer algunos al blog en un futuro cercano). Llevar la libreta en el pecho, sentirla sobre la piel al respirar, me produce una placentera sensación. La misma que el acudir a ella, abrirla soltando la goma elástica, y escribir con una letra de difícil lectura la frase en cuestión: "los hombres se pasan la vida huyendo de la infancia". No se si esta frase mantendrá un cierto sentido, el que ahora trataré de encontrar, justamente después de haberla escrito, cuando hayan pasado los años: probablemente no.
Mientras seguía caminando me prometí pensar en ella cuando mi mente estuviera más fresca, y eso fue lo que empecé a hacer el domingo por la tarde, cuando salía dar mi paseo con Goyerri. Las cosas no se hacen de manera formal, sino que al caminar se deja que con libertad fliya el pensamiento que dormita en las palabras, se haga evidente el concepto y entonces, con él manifestado (si se me permite la palabra) empieza uno a divagar. "Los hombres se pasan la vida huyendo de la infancia". Si, pensé, suena a cierto, pero debo entender la palabra huir que muestra una tensión, una intencionalidad que no aclara nada, salvo que existe un conflicto. ¿Porque huir? ¿Para qué huir? Otra cosa, pienso, sería haber pensado "los hombres pasan su vida alejándose de su infancia" y aquí alejándose tiene otro matiz menos hostil. Es, ciertamente la vida, un alejarse de la infancia y un caminar o ir hacia el final de la vida, ese tiempo presente en que se manifiesta la muerte. Pero lo cierto es que yo pensé inicialmente "huyendo" y esto es lo que escribí en mi libreta de tapas negras. "Huyendo de la infancia" pensé para mi. Se, no me cabe la menor duda, porque son muchas las veces en que he pensado en ella hasta alcanzar la convicción de que mi infancia no fue feliz. No desgraciada, que serían palabras mayores, pero si infeliz en la medida en que las justas alegrías que deberían haberme hecho trotar por la pradera de hierba como hace Goyerri, se han borrado de mi memoria si es que han existido.
¿Será por eso, por lo que acuñé en la frase el gerundio huyendo? ¿O fue tal vez un pensamiento desapasionado y por lo tanto despersonalizado de mi? ¿Fue fruto de mi observación parcial y limitada, de lo que yo creo que es la vida. ¿De que infancias hablo, o pienso? Lo cierto es que aceptando que pensé y escribí "huyendo", debo considerar el hecho de que veo a la infancia como un conjunto de hechos, acciones y experiencias, que debiendo estar en el fondo de la memoria, parecen tener una excesiva presencia, proyectada hacia el hoy, no se si en algo más que memoria, recuerdo, u opresiva presencia. Yo podría hablar de mi infancia como otros hablan torrencialmente de su servicio militar, pero no debo hacerlo porque fatigar al lector y a mi mismo al tiempo es un ejercicio excesivamente molesto.
Fue en estas disquisiciones cuando me interrumpió la voz de J... que andaba por el bosque paseando también a su perro. Interrumpí mi reflexión y acomodamos el paso. Diez años más joven que yo J... es un hombre serio, circunspecto, con un sentido del humor silencioso y sobrio que se muestra como una sonrisa, tanto más profunda y extensa, concentrada, cuando más ácida es la ironía. Caminamos al unísono hablando de la política del momento y de la incomprensión y hostilidad de aquellos que sin ser de las mismas ideas, pretenden reformarnos. Y entonces, J... me dijo: "mi padre, que era muy de derechas, muy franquista, siempre me echaba en cara el ser yo más bien de izquierdas y cada vez que nos veíamos tenía que sacar el tema y darme una filípica; yo le decía que lo dejara estar, pero él insistía hasta hartarme". Mi frase volvió a mi pensamiento cruzando como una nube por sobre las palabras de J.... Me prometí volver a pensar en ello.
domingo, febrero 11, 2007
Meme
Siempre me resulta muy dificil sintetizar porque creo que eso no quiere decir nada: o se hace uno el original o escribe algo susceptible de producir arrepentimiento con el paso de los minutos.
¿Que es influenciar? ¿Cuando? ¿Hoy o ayer?
Así es que arranco con la seguridad de que nada de esto se ajusta a lo cierto:
Pensamiento: Albert Camus, Hanna Arendt, Jean Paul Sartre (¿Que es la literatura?), Espinoza y Arnold Hauser (Historia social de la Literatura y el Arte). Añado Cioran y son 6.
Literatura: Marcel Proust, Herman Broch, Franz Kafka, Horacio y Virgilio (los pongo juntos y con ello quero decir "los clásicos griegos y romanos") y Yasunari Kawabata (y con ello quiero decir la tradición literaria japonesa y china)
Música: El flamenco (incluye la copla), MozartBachBeethovenMendelssonBerliotzWagnerMahler (todo es uno), VerdiPucciniDonizetti (la ópera italiana), desde Big Bill Bronzie hasta The Modern Jazz Quartet (el jazz), la música que suena en la radio del coche cuando me acompaña y no la percibo apenas pero está y si se callara lo notaría.
Y todo lo que me dejo fuera.
jueves, febrero 08, 2007
La fortuna va guiando nuestros pasos...
miércoles, febrero 07, 2007
Vacíos: los precedentes
Existe un precedente incluso para el primer párrafo de una historia imaginada que ya alguien contó y para la primera nota de una sinfonía: esa melodía aleteó en ondas que nadie supo reconocer, o uno lo hizo. No estamos en tiempos de creación, se diría o lo diría yo y por eso, es muy posible que existan más precedentes que nunca. Todo el hecho pasado que fue una fracción infinitesimal de presente está lleno de precedentes. Se puede superar el ámbito o la intensidad, pero nadie puede alardear de originalidad. El ser original, una ameba, tan lejano y frustrante ...
En tan largo camino cabía la creación fruto siempre de la desesperación. El mismo Dios Creador debía estar, de estar y ser, desesperado por aliviar una terrible soledad. ¿No es el sentido de esa creación un jugar distraido? El acto de crear, si existe la potencia, no tiene otro mérito que la obra. Otra cosa sería crear sin el poder de hacerlo, pero eso sería la nada. Tal vez de haber sido, lo fué sin precedentes y de ahí el resultado. Comparar a la creación con el precedente anterior, o sea la nada, conduce a un enorme interrogante. Como en los dioses paganos, tal vez el diuos creador ha dejado de interesarse por los hombres, esta vez desinterasado por su propia obra, que no siendo un errot si es un fracaso.
No son tiempos de creación porque el creador permanece irreconocible para los ojos del buscador del tesoro cuyo plano ha perdido; cada día que pasa se entierra una oportunidad de descubrir una vez más aquello que podría ser, de ser, sublime. El problema acerca d lo sublime es siempre el mismo: ¿cómo reconocerlo? No solo por los precedentes, ya se sabe que estos son montañas de nada, sino por un enorme vacío de la creación que ha confundido igualitarismo con acro creador. Pues nada es creación, ¿a que referirnos al creador si es que existe? Y si toda la creación es repetición del ciclo de reconocer y repetir, ¿a que esperar lo sublime?
Hay un llanto que no se escucha, que oírse se oye y sabemos, que ese llanto está en el después que es el mañana, desde este mismo instante y siempre corriendo hacia delante, que parece que huye en vez de llegar, que es el espacio de vida que aún por no haber llegado se desconoce: es el llanto del hombre en su ceguera, convencido de que es él quien no ve y no los tiempos los que están vacíos. Pues este hombre vió ayer, y lo recuerda. Desolación será, y aislamiento. Este que reconoce su impotencia no puede sino ahorrar a los demás su congoja y tratar de guardar silencio para evitar la molestia de su voz y presencia.
A medida que el yo se reconoce se incorpora a la historia aún sin percibirlo y adquiere con letras y sonidos una identidad, tan solo a efectos de ser reconocido. Afortunado es quien mantiene la risa y la sorpresa, aún con toda la crueldad que eso pueda representar. No puede uno incorporarse a la historia sin llevar una porción de risa almacenada. También en eso existe el precedente de cada cual que fue con su risa y su pena, y su alegria, que pasa.
¿Porque no mirar? El presente lo es en sesión continua y de la secuencia que nos emocionó debería quedarnos, si fuéramos capaces, el recuerdo. ¿Porqué pensamos - y no puedo jurar que esto sea así- que menos de crueldad, el resto está vacío? Y ¿porque escondemos el copnocimiento de la crueldad bajo los bibelots del pensamiento futil? De todas las creaciones permanecen hoy las más banales, proque son las que con más facilidad llegan al espectador.
Existe un precedente: todos lo que nacieron lo fueron ayer y luego se fueron. Ahora han perdido la oportunidad. No vale ponerse de nuevo a la cola, es imposible, y bien pensado, ¿quien querría?
Conviene saber que todo lo que ha cambiado en un soplo, de quedar, estará en los libros.
lunes, febrero 05, 2007
Mañana lunes
sábado, febrero 03, 2007
Cuentos de lluvia y de la luna (II)

martes, enero 30, 2007
Cuentos de la lluvia y de la luna (1)

La luna caída cubriendo el paisaje en su totalidad y la falta de sol dejan al paisaje en una orfandad triste: parece como si les faltara la vida, falsedad evidente, ya que todo late bajo la capa blanca y fría o inverna esperando el aliento del calor que apunta al estiaje. Los dos últimos días han venido además acompañados por una niebla lechosa y espesa que convierte el horizonte más cercano en un universo oculto por un cristal empañado de vaho, así lo describiría yo, en el que es imposible pasar la mano para abrir un hueco en la ceguera y ver, deformado por las ondas de humedad, un mundo de brillante cristalinidad. Más allá del cristal está aquello que conocemos pero que se nos niega y reduce nuestro ambiente cotidiano a una celda estrecha, reducida al mínimo posible, en la que los setos, algunas casas vecinas, la linde del bosque, las dos calles que confluyen unos cincuenta metros más arribas, algunos terrenos sin construir en los que pace una pareja paciente de potros que deambulan por la nieve (el caballo solitario deambulando por la nieve tiene siempre un aspecto de tristeza a cuestas, el el tristeza según se ve) y al final el rumor si se escucha de la nacional, que en la dirección contraria tampoco se ve.
El catarro, el frío intenso y la luz que entra en la casa con gran discreción, amortecida, que significa desmayada en la acepción que me interesa aquí, me invitan a quedarme. Hace tres días, lleno de pastillas, jarabes y gotas fui a casa de un familiar a comer, y el vino y el orujo pudieron conmigo al extremo de dejarme completamente apalizado: no bebí más que en otras ocasiones, pero el resultado de la mezcla fue desastroso y durante los dos días siguientes he estado recuperando, por su medio natural, el tono lúcido y la movilidad ágil que perdí. Me regalaron allí un bastón de montaña para mis paseos y realmente lo estrené por necesidad.
Tal vez fue ese revés de salud el que me mantuvo varias horas sentado frente a los dos ventanales que se abren al paisaje, bebiendo sus detalles, arrebujado por el calor de la chimenea en mi mismo. Fui de un ventanal a otro pasando de la silenciosa contemplación de la sala abajo, a la biblioteca arriba y de entre los libros que se desordenan en los estantes a medida que los voy cogiendo y dejando, saqué uno llevado, creo que por la intuición, o por ella conducido al estante de obra japonesa y allí en busca del Ugetsu Monogatari, del que tenía poca memoria salvo del placer que me provocara en su día. Suele suceder que recordamos un placer en torno a algo sin poder fijar los detalles y en busca de repetir la sensación, nos dirigimos hacia aquel. No siempre la aventura sale bien.
Era un libro de aparecidos y en su día encontré a sus historias algunas semejanzas a las de la novia de Corinto y similares del mediterráneo, de las que Luri ha prometido resumir en su perfecta evocación de la Grecia clásica.
"Cuentos de la lluvia y de la luna" que es el título en castellano, es un resumen de cuentos de fantasmas, aparecidos: es sobre todo un resumen de cuentos acerca de la soledad y la tristeza, de la desventura y sobre todo, creo yo, del incierto destino que no está escrito y se tuerce siempre por los acontecimientos que no se pueden controlar. La gente en estos cuentos a los que me refiero, los que son los protagonistas de ellos, son seres a los que la desgracia sacude como el vendaval al árbol joven, que acaba quebrándose con un chasquido. Arrebatada la vida, el otro mundo será el vehículo para expresar por última vez un poso de amor almacenado en los tiempos de la dicha y la desgracia, un rastro de amistad: en cualquier caso son los dos evidencias de la soledad en que se vive en medio de un paisaje que azota a los viajeros, y de un mundo en calamidades, azotado por guerras y destrucciones, en los que las víctimas son siempre personas sin valor.
Me senté a leer y a las pocas páginas caí en la cuenta que estaba ante la fuente de la maravillosa "Cuentos de la Luna Pálida" de Kenji Mizouguchi, cuyo cartel está sobre estas líneas. La ignorancia es siempre fuente de descubrimiento y aceptarla, a la edad que sea, es sobre todo un rasgo de inteligencia ante el que lo mejor es inclinarse. Si nos queda esa inteligencia, nos quedará esperanza para proseguir el camino hacia el futuro armados de la razón vital y del proyecto esencial sobre el que, aún sin saberlo, cabalgamos.
Tres cosas fueron a confluir en mi pensamiento: el paisaje nevado, triste, evocador de la muerte del ánimo; los cuentos de aparecidos que no recordaba y que a poco de entrar en ellos, me dije que tal vez ni siquiera había leído y se habían quedado en un estante, despreocupados de mi; el recuerdo de una película que tengo por bellísima y profunda, de un director al que admiro por esas dos causas que son al fin las que producen casi siempre una evocación de la tristeza. En el sentido oriental de la instantaneidad global a la que todo lo que existe pertenece, esa visión del presente en la que el Todo se expresa por la unión de los componentes, lo que permite que cualquier evocación de una parte pueda ser tomada por su sentido oracular, ya que nunca es ajena a nada ni a nadie; a ello le uno el placer de la contemplación de los elementos que rodean mi casa con un tono receptivo casi oriental, tal vez shintoista, en el que una cumbre o un bosque son siempre más que ellos vistos desde el exterior, y adquieren por si mismos significación e incluso carácter de divinidad. Se trata de una cierto panteísmo en el que no existe la casualidad y el destino se traza para ser encontrado en un cruce de caminos o en una cabaña en medio del bosque. Así el destino se forja acto a acto, encuentro a encuentro y yo, en un momento de este frío y hostil mes de enero, fui a encontrar los tres elementos que recreaban a la perfección el universo de unos seres desgraciados: mi paisaje, su libro, su película.
La nieve me impresiona, creo que ya se sabe, pero esta nieve caída no es la País de Nieve, de Yasunanri Kawabata, violenta, asfixiante, aisladora que convierte a Shimamura en un corre senderos que busca a un fantasma (el personaje de Yoko ha sido siempre para mi fantasmal). No, esta nieve es la Mizouguchi, acompañada de lluvia y viento, asoladora si, pero de violencia que se puede quebrar.
Me dispuse a leer, empecé:
"Después de haber franqueado el paso de la Barrera de Osaka difícil era para el viajero proseguir el camino hacia las provincias del este sin admirar los arces de las montañas que anunciaban el otoño; y desde luego, nada de lo que veía le resultaba indiferente: ...
Mañana seguiré hablando de estos cuentos y de sus desgraciados héroes.
sábado, enero 27, 2007
Reflexión desde dentro
