domingo, junio 04, 2006

Tal vez si, tal vez también



"El poder de un hombre consiste en sus medios presentes para obtener algún bien aparentemente futuro" (Hobbes: Leviatán, cap.10) En la frase hay una palabra que sibilinamente introduce todo el sentido que debe tener una definición tan complicada como es la de "poder": aparentemente. Yo hubiera escrito, y que se me disculpe el retruécano "aparente bien aparentemente futuro" para que que no quedara duda alguna, pero Hobbes escribía para gente inteligente y sutil´. Por otra parte, aquel que no la entienda de la manera en que la escribió el autor, tampoco va a entenderla con matizaciones. Y a veces me preocupa el hecho de que los que la entiendan, prescindiendo del matiz "aparentemente" estarán afirmando su acuerdo con el filósofo: tanta gente en la historia ha creído que quería el poder para transformar el futuro que el que no lo hayan conseguido me hace sospechar que algo han hecho mal, reiteradamente. Los imperios pragmáticos han durado lo que han durado, los ideológicos, que son en general los que se han autodefinido como eternos, mucho menos. No se donde leí que había una diferencia entre democracia y tiranía, pero la he usado tantas veces que llego a pensar que la frase es mía; en la tiranía siempre te ofrecen un futuro mejor que será disfrutado por futuras generaciones; en la democracia te ofrecen administrar el presente. Pensaba y pienso todavía, que para saber donde estás es bueno acudir a esta diferenciación: escucha al poderoso y perfila el escenario según tu buen saber y entender.

En los 60 y 70 hicimos nuestras una serie de expresiones que creo que se podrían simplificar en dos: "transformar la realidad" y "construir al hombre nuevo". La realidad es tozuda y se empeña en transformarse poco a poco y en algunos sitios nunca porque no la dejamos; realmente no la dejan, porque no está ya en mi mano apoyar nada salvo una ligera postura dubitativa ante la globalización. Del hombre nuevo desconfío y si se quiere más, le temo; al viejo le voy conociendo y conozco sus miedos y soberbias, vanidades y humildades, más o menos, con el nuevo prefiero no tener tratos que al final me saldrá un burócrata de partido único o de idea única, o un kmer rojo perdido en esta ciénaga, o un fascista con camisa color futuro y añoranzas del valle perdido que se encuentra en esta sierra en la que vivo: cualquier ejecutor amparado en la banalidad del mal, que escribía Hanna Arendt. Cuando, vanidoso como nadie, Fukuyama aventuró "el fin de la historia" aventuraba un hombre nuevo hecho a modelo y semejanza de los yuppies de Manhattan que aquí tenían su grotesca caricatura en los Gil, Conde, Ruiz Mateos, de la Rosa y demás inquilinos de nuestras cárceles. Fukuyama sigue escribiendo y los republicanos en EEUU siguen creyendo que ya no hay otra historia que trazar que la que trazan ellos. Pero la verdad es que siempre nos quedará Africa y siempre podremos visitar el corazón de las tinieblas, según Conrad o según Coppola.

¿Porque escribo esto? Porque hoy, domingo, cuando el sol al caer la tarde funde la luz y el paso de la vida, van a dar las 6 en punto de la tarde y el mundo está tan plano como este silencio que reina en el jardín, en el prado, en el valle, en la sierra, en los senderos, entre los árboles, me viene a la cabeza, que por dentro soy yo y es mi pensamiento, una frase de un buen amigo, que me dijo hace unos pocos días, "que bien que vives; porque puedes". Y no es verdad, no se lo dije porque era la hermosa despedida hasta un día del futuro en que cogeremos el coche e iremos a verlo a su casa y nos comeremos un corderito, con buen vino de Ribera del Duero y un agradable orujo fresco al acabar, (el café en su casa no es muy bueno) pensando en que somos felices porque tenemos tanto... No se lo dije porque no es verdad, porque a la hora de comer, que es un momento bueno para pensar en que vivimos bien, los telediarios se empeñan en recordarnos que estamos inmersos en proyectos de transformación del mundo mientras en el Mediterráneo se pierden cayucos llenos de subsaharianos (es una localización geográfica que no obliga a nada y lo deja todo muy vago), que en la frontera del Rio Grande van a levantar un muro para evitar a los "espaldas mojadas" como el que Israel construye entre ellos y Palestina (no entiendo la alegría al caer el Muro de Berlín, algo se me debió perder en la lectura de los hechos, porque parece que ahora somos los buenos los que levantamos los muros), que en Irak ya hay democracia y así cualquiera puede asesinar a cualquiera y que los poderosos andan empeñados en transformar el futuro, porque el presente ya no vale la pena. A los condenados de la tierra, que es además el título de un libro de un autor martiniqués del que creo que ya nadie habla, Franz Fanon y que leído hoy contiene errores de bulto pero afirmaciones que permanecen, se corresponden con el presente, pues a los dconndenados de la tierra les toca aguardar la transformación del mundo para futuras generaciones. Siempre será un consuelo.

Le tenía que haber dicho a mi amigo que no es cierto, que yo no vivo bien, no siempre claro; un rato cada día, me doy cuenta de lo privilegiado que soy y prometo que no dejaré mi sitio a nadie; a lo sumo, derramaré una lágrima por ellos. Es verdad, no es irónía y mucho menos cinismo. De ser así debería pedir perdón, porque en el bosque cabe ser equilibrado y decente. Pues es verdad, a mi me queda un rato diario para pensar en todo eso. No se cuanto tiempo les queda a todos los demás, pero me temo que a muchos, mucho menos. Otro buen amigo, llevado por el fragor de la conversación en torno a la delincuencia que nos asalta, y mostrando el hecho evidente de que la mayoría de asaltantes son emigrantes de Europa del Este o de Hispanoámerica, reclamando la expulsión inmediata del Otro de nuestro lado, hombres decentes como somos, acabó diciendo, impulsado por un súbito arrebato de desmesurado patriotismo: "es que si te atraca un español, pues es otra cosa". Eso fué anteayer y se merece un post. Y además, tal vez sea así, caramba.

sábado, junio 03, 2006

El sol sale por el este

A las 9,30 de la mañana me he sentado en el jardín mirando al este. De vez en cuando, con un giro de cabeza abarco también el sur, pero lo que me apetecía era ver el sol, ya alto, empezando a cruzar por encima de los cedros, los abetos y alguna sequoia de los jardines de las casas antiguas. Como ruido de fondo el rumor sostenido de la Nacional VI que asciende el puerto del Alto del León y baja con destino a La Coruña: por eso se denomina Carretera de La Coruña. Esa carretera lleva a Madrid, quien se la quiera ahorrar debe tomar una autopista de peaje que cruza el tunel del Guadarrama y luego sigue más o menos paralela a la Nacional, en un extraño acuerdo entre administracioón y sociedad privada, que hace que la autopista seiga hasta Adanero y salga un ramal hacia Avila, todo incluyendo el tunel de peaje, y pasado Adanero confluye en una sola, la A6, ahora si que de peaje libre, dirigida como una flecha hacia el mismo destino pasando por Medina del Campo y un gran trecho de cereal castellano. Cuando llegué a Madrid, hace casi treinta años, descubrí lo maltrecha que estaba de carreteras y lo maltratados que estaban los madrileños. Este que explico es un claro ejemplo de manipulación: ¿porqué hay que pagar para pasar un tunel? ¿Porqué los camiones no pueden cruzar por él y deben ir por la Nacional, subiendo las rampas y organizando enormes retenciones. Porque la Nacional 6 pasa por el centro de San Rafael, de hecho es el origen del pueblo este pasar, en vez de haberla desviado, con un tráfico de camiones escandaloso. Te sientas a ver el sol cruzar sobre los árboles y el rumor de la carretera te lleva a este pensamiento, pero como has prometido no mezclarte en asuntos públicos que tu no puedas resolver, lo abandonas. Siempre nos quedará el rumor de la carretera, querida, diría HB en una moderna versión de Casablanca. El sol es débil y sopla una brisa fresca que molesta un poco; molestia que se soporta porque me gusta sentir cierta incomodidad fría en la piel, sostengo que es una forma de sentir el cuerpo vivo y atento. Cuando todo el prado esté construído, esta linde de árboles que asoman tras los muros de los chales y las villas que cierran el entorno, más allá de lo que fué calzada real y ahora es calle con rótulo, aceras, faroles y futuras, irreales chalés de piedra, según reza la ordenanza, aunque no se respeta; pues esa linde de árboles - con un simple determinado acabo de empujar a la linde en el espacio - pues se dejará de ver en su totalidad como ahora, un muro de verdes diversos de cuya altura sobresale lejana la masa rocosa de La Peñota. Cuando escribo nombres y describo paisajes me doy cuenta de que disfruto en ello porque el Beatuis Ille que busco parece dar frutos y la observación pausada, sin nada que hacer, se convierte en actividad plena y uno podría acabar diciendo "no tengo tiempo, tengo que describir ese enebro" teniendo en cuenta que la palabra la aprendió hace unos meses y al enebro lo ve por vez primera en su individualidad. Sostengo sin ningún respaldo científico que los ojos del campo ven más cosas que los ojos de ciudad y trasladan percepciones al cerebro más acabadas y sofisticadas. Frente al impresionismo del individuo de ciudad, en el campo se dibuja a buril o a caña, línea a línea. La brisa en la cebada es todo un espectáculo que nunca acaba. Las copas de los árboles mecidas por el viento son una referencia. Miro por la ventana para saber si hace viento y me basta ver el abeto y el color del aire y el brillo del sol me van acercando a la intuición sobre la temperatura. Sentarme a ver cruzar el sol, por la mañana, me permite dejar vagar la mirada por el jardín y repasar cuanto contiene. Sin ninguna alteración veo los tres nuevos montículos de tierra, de unos ocho centímetros de altura y unos veinte de diámetro, dos en la pradera y uno junto a un boj: es el topo. Lo sé, porque ya me he acostumbrado a él y a diferencia de las gentes de por aquí, yo no le odio; le aprecio, le admiro y siento tener que combatirlo, porque le combato. Pero le imagino tenza excavando sus galerias, asomando la cabeza en medio de mi jardín, al caer la tarde, disfrutando del éxito de la soledad, o por el contrario retirándose a toda la velocidad que le permiten sus patitas porque me ha visto a mi trajinando por allí. Es el topo, me digo. Algo habrá que hacer. Me tranquiliza saber que el topo son muchos topos y que esta batalla es eterna y ninguno de los dos va a ganar. Yo voy eliminando algunos con un cebo que aseguran que es indoloro y ellos seguirán procreando y haciendo agujeros en mi pradera. No negaré que siento causarles la muerte a los que se la cause, pero eso ya es algo, porque la realidad es que insisto en mi simpatia y afecto. Por las cosas pequeñas y tenaces he tenido siempre debilidad y el topo es ambas cosas. Aquí, en el lugar, hay otros medios a cual más "bestia" y de escasa efectividad, porque todos los que hablan de esto pretenden acabar con todos los topos del mundo. Es imposible, hay que moderar la guerra y tratar de llegar al equilibrio. Algunos hay que me recoimiendan echar gas oil quemado: les digo que va a dejar la tierra yerma y me dicen !que va, eso son chorradas!. Hasta el mismo dependiente de la ferretería, al oirle, se encoge de hombros. Otros, esta es la manera más extendida de acabar con ellos, se sientan ala atrdecer con la azada en la mano y esperan que se mueva el montoncito del día anterior; despacio entonces, se acercan y cuando están encima sacuden un golpe de azadón tremendo esperar matar al topo. Cuentan que les da resultado, pero un amigo9 bien intencionado, en una caida de la tarde en mi jardín me lo quiso demostrar con mi propia azada y me dejó un agujero tremendo en la pradera sin rastro de topo. Me alegré por el bichito. Y sigo girando la cabeza y veo, emergiendo apenas, hacia el sur, de donde asoma el tocón de un Arce muerto por las heladas hace dos años, una ramita de hojas marrones y brillante que emerge diez centímetros del suelo. Me acerco a ver y me maravilla darme cuenta de que el arce muerto y talado ha dado un hijuelo que asoma su vegetación primera con tozudez. La vida es tozuda, y hermosa cuando uno repara en estas cosas. Cuidaré al pequeño hijuelo y lo cubriré en invierno por si las heladas quisieran volver a hacer de las suyas. Empeño mi palabra en que ocupará el luigar que incialmente le estuvo destinado.

Sobre la magia, con perdón


Hace 25 ó 26 años, no tengo la fecha exacta y no voy a buscar archivos, pero alrededor del 15 de mayo, en Madrid, mi compañía tenía que producir una serie de conciertos para el Ayuntamiento de en el Palacio de los Deportes, para celebrar las Fiestas de San Isidro. Eran 7 ú 8 noches y en una de ellas estaba programada una velada flamenca. No se el cartel, pero Meneses, la familia Montoya, Carmen Linares y varios más de igual nivel y además Camarón. El cartel era excelente y fuera de serie, pero entre estar Camarón y no estar Camarón, radicaba una diferencia abismal para un público entregado que hizo cola durante horas por las entradas y después esperando que se abrieran las puertas para ocupar las localidades.
Los prolegómenos de un concierto son siempre tensos porque hay mil detalles que no encajan y que hay que encajar, mil ajustes que se desajustan, mil quejas que atender y cien mil problemas que pueden caerte del cielo sin esperarlas. Los que estamos en la producción, aunque tengamos la lección aprendida y todo parezca ir sobre ruedas, estamos en vilo y al concierto, propiamente dicho lo que es al concierto, aún estando en el escenario, no asistimos. Al día siguiente se leen las críticas y se recupera la voz. recuerdo que dos años después, en la gira de rock más importante que se produjo por aquellas fechas en españa, de más de 35 conciertos durante todo un verano, sucedió algo curioso: me sabia todas las canciones pero no había estado en un solo concierto completo.
En este eppezaron a pasar cosas desde veinticuatro horas antes. Camarón estaba, y todos lo sabíamos, metido en un mundo muy malo y llevaba una larga temporada anulando conciertos sobre la marcha. Malo era lo que le estaba pasando al cantaor y por lo que estaba pasando y malo era lo que nosotros nos temíamos, así que desde el día anterior todo eran llamadas a Sevilla (Pulpón, que creo recordar que le llevaba nos debía maldecir) y allí nos juraban que Camarón estaba bien y que vendría el día del concierto. Nuestro temor era tener a 10.000 personas en el Palacio, en sus localidades y tener que anunciar que Camarón no estaba allí. La pasión y la expectación que se formaba en torno a su figura y a su cante estaba allí corporeizada por familias enteras, con niños de pecho incluídos, vestidas de gala y preparadas para su mejor momento.
Por la mañana llegó la noticia: Camarón estaba "malito, muy malito". Nos dijeron que nos iban a enviar el parte médico por fax. "Malito, muy malito": no olvidaré esas tres palabras en la vida. Ellos no podían convencerle. Conversación tras conversación, surgió la idea de ir a buscarlo y en Sevilla opinaron que eso era una posibilidad que Camarón tal vez atendiera. Ramón Serra, entonces del Área de Cultura del Ayuntamiento se fué a primera hora de la tarde en un viaje de ida y vuelta que estoy seguro que no olvidará nunca en su vida. No habían teléfonos celulares, no había tren de alta velocidad, volaba Iberia y poco. Íbamos con la hora justa, pero sabíamos desde que llegó a Sevilla que era posible, que se le estaba convenciendo, que estaba muy malito pero que quería, que tal vez, si... Empezó el concierto y acababa de subir al avión. El público andaba metido en sospecha porque por la mañana, la prensa me había preguntado -recuerdo al periodista, su cara al recibir mi respuesta- si era seguro que Camarón venía. Contesté como piensa uno que debe contestar, con palabras medidas. "Si, seguro no hay nada, pero si, hombre... No fué un si entre admiraciones, sino precautorio. Pero la prensa hace bien en sospechar y entiende que la respuesta es evasiva y empieza a correr el rumor y llega al público, y el público es 10.000 públicos. El público ama a Camarón, quiere a Camarón, quien no ha estado en un concierto de Camarón no se puede imaginarr lo que es un mito flamenco. Nada que ver con otro arte, porque la comunión es auténticamente personal. No son fans, son compadres del maestro. Empieza el concierto y Camarón está en el aire y sigue el concierto en la misma situación, así que alargamos un poco los descansos, pedimos a los artistas que hagan bises y más bises y desde el aeropuerto de Barajas suena el teléfono para decirnos que han llegado y vienen, con escolta para acelerar el camino, de motoristas. Empieza la gente a removerse en las butacas y contenemos el aliento; estamos totalmente fuera de hora. Voy a la puerta de entrada de artistas y llegan los coches. Baja Ramón, baja la gente que acompaña a Camarón y baja este, hecho un desastre: casi no camina, musita un hola, tropieza; Lo que baja del coche es un hombre destruído cabalmente y por el largo pasillo de camerinos le veo irse, en la espalda de un acompañante flota la bolsa de su ropa, una bolsa oscura y veo que sale a recibirlo Tomatito, su guitarrista para este concierto y otros muchos más.
Me fuí al backstage con Ana. Tenía la sensación de desastre inminente, y ese desajuste no podía arreglarlo ni yo ni mi equipo de producción. Recuerdo que nos reuniomes Angel Quesada, Jesús Ibañez, María Jesus, la gente de apoyo y alguno de seguridad a los que hubo que reexpedir a sus sitios, apoyados en el borde del escenario, frente a las sillas de los actuantes, entre la prensa gráfica y la otra, que con sus acreditaciones colgando en el pecho afilaban bolígrafos. Se le anuncia, se apagan las luces y encienden las de escena, los dos focos y allí solitarias las dos sillas sobre el fondo negr: el micrófono de Tomatito a media altura para la guitarra y el de Camarón a la altura de su cabeza. Un aplauso cerrado me hizo levantar la mía, entraban los dos, Camarón delante, Tomatito, respetuoso detrás. Camarón una máscara delgadísima, un perfil afilado, el puro canto de la desgracia visto de frente; Tomatito guapo, era muy guapo, ahora no sé porque no le veo hace tantos años como estos. Se sentarón y en los conciertos de flamenso hay un momento dramático cuando se hace el silencio y empieza un acomodo de instrumento, instrumentista, cantaor, su voz y las palmas. Se miraron: verlos juntos era ver una historia de amor y de amistad entre dos enamorados de la misma cosa, se miraban a los ojos, sus cabezas encaraban el cante y yo me preguntaba cómo iba a poder cantar aquel hombre que no se aguantaba de pie. No puedo explicar el momento porque necesita una cámara, pero Camarón probó las palmas y en un gesto de resurreción, literalmente dicho, resurrección, levantó la cabeza, levantó el torso, miró al público con unos ojos negros y brillantes y abrió una boca que era una caverna, que ocupaba todo el frente de su cara, un enorme agujero negro al vacio del alma, y salió la voz, y se hizo el cante. Y la gente supo, porque rompió a apaludir con una pasión desbordada, que Camarón había vuelto. Rehecho el silencio quedó allí el sonido dividido en cinco elementos reconocibles uno por uno: la voz inmensa y el cante del alma, la guitarra del amigo, las palmas trágicas y el silencio hehcho fisicidad, envolviéndonos, porque Camarón cantaba sobre él silencio trágico y este le acompañaba. Empezó el concierto y se hizo magia; abrió la boca y se hizo magia y el equipo de producción se quedó al pié sin moverse hasta que todo acabó: por vez primera abandonamos nuestros puestos y oñimos un concierto entero.
La realidad se hace magia; la magia no puede hacerse, nunca, realidad.

viernes, junio 02, 2006

La permanencia oscura - 2

A veces, al escribir, me doy cuenta de que no seré capaz de decir con claridad todo lo que quiero decir a todos a los que se lo quiero decir. Si uno lo piensa bien, creo que fué Sartre, pero de lo que estoy seguro es de que el pensamiento original no fué mío, un escritor (cosa que yo no soy) escribe para un número reducido de lectores que suelen ser siempre los mismos. No me refiero a los más vendidos, que son cosa aparte, me refiero a los escritores que tienen algo que decir y tratan de decirlo a un grupo de personas que tienen algo que escuchar y tratan de escucharlo, concretamente de él.
Me importan una serie de cosas que también pueden importar a los demás que me leen, pero no se cuales son. Hablo del bosque y es una certeza: vivo en medio de un bosque porque lo he escogido. Hablo de la playa y es una certeza: tengo un pisito junto al Mediterráneo. Hablo de ética y de moral y son certezas, un racimo de ellas que me hacen creer en cosas concretas: hay que combatir el sufrimiento, no hay que temer a la muerte, hay que cultivar la amistad, hay que desapasionarse de los esfuerzos en la cosa pública que no aportan soluciones, hay que desentenderse de las ideologías (y la religión es el partido político más antiguo de la historia), hay que medir las palabras por lo que quieren decir y no por lo que podemos imaginar que dicen, hay que intolerar la intolerancia, hay que justificar la paz y no al contrario, hay que vivir en armonía con el entorno; debo confesar que si existiera el epicurismo como corriente ética y como moral social, militaría en él. Me atrae el huerto de Epicuro en Atenas como me gusta leer de vez en cuando las Meditaciones de Marco Aurelio. Si me pongo en el contexto, le comprendo. Pienso en lo bello y en el arte y es también una certeza: el hombre ha conseguido levantar con sus manos y su pensamiento cosas que son nuestras, de toda la humanidad, y que están en armonía con nosotros. No me canso de mirar Las Meninas, allí sentado frente a frente y de decirle mentalmente (no hay que levantar la voz) a Velazquez "creo que te entiendo, te saliste con la tuya". Creo que en nuestra historia humana en la que hemos producido tanto arte, solamente contadas piezas alcanzan el punto sobrehumano de la trascendencia más absoluta y nos pertenecen a todos porque somos todos. Un artista trasciende pocas veces y pocas obras lo hacen, habiendo como hay tanta belleza hecha por las manos del hombre. Me pasa cuando oigo la Novena o El Cant dels ocells. Me pasa cuando veo un plano de una película vista mil veces. O cuando leo un poema que es absoluto. Pienso que cuando Jorge Manrique escribe aquello de "nuestras vidas son los rios que van a dar a la mar, que es el morir" a principios del siglo XV, enciende una luz que no se ha apagado todavía. La sencillez del texto, lo significante del mismo y el momento de la vida en que se produjo. Algunos seres son capaces de tallar en piedra el mejor destino de la humanidad para que quede allí y signifique para siempre.
Cuando subo a la Peña del Águila y me siento en lo alto para mirar a mis pies el descenso vertiginoso de la ladera por la barranca, con los pinos secos, astillados y caidos como muertos de una batalla, me doy cuenta de que eso lo estoy viendo y temblando yo, y que tiene sentido porque estoy yo mirándolo. No lo ha hecho el hombre, no es el ser humano quien ha levantado las sierras y héndido los barrancos, ni levantado esos árboles. Es más, ni los hemos hecho ni nos necesitan. ¿Quien depende de quien? Si no existiéramos ese inmenso paraje que se junta con la cañada real que viene de León y que se va viendo truncada estación tras estación por nuevas invasiones inmobiliarias, estaría ahí condenado a que nadie lo viera. No podríamos hablar de él y entonces nada lo encontraría bello. Esa es "la permanencia oscura". Aquello que el ser humano no puede ver no existe para nuestro código cultural porque habiendo objeto no hay sujeto. No hay revelación.
Justamente por eso, no practico el lenguaje mágico y deben perdonarme mis amigos, que practicándolo, pueden pensar que les reprocho hacerlo. Nada de eso, es sencillamente que sabiendo que lo que está aquí depende de nuestro punto de vista, prefiero ceñirme a las certezas. Me encandilo ante una historia de amor sin necesidad de verla como algo mágico. Me encandilo ante un gesto sencillo sin necesidad de creer que es mágico porque adoro la ternura que me hace vivir. Rechazo las irrealidades cuando se convierten en compañeras de viajes. Al lenguaje no le hacen falta más palabras que las justas para expresar el temblor del individuo frente a lo hermoso. Una noche exultante no es mágica, es carne emocionada. Lo mágico es el sueño alentado por una desproporción entre la realidad y el deseo. Camus lo definiría como el absurdo. No se lea peyorativamente, sino en trance de construcción.
La vida de cada uno, como el paisaje de la peña del Aguila, puede ser buena, mediocre o mala, y son los baremos que apliquemos para categorizarla los que nos darán una respuesta. Un hijo, una hija, un proyecto de futuro al lado nuestro, contiene más magia que cualquier lenguaje irreal. Ante la poesia evanescente y fantástica prefiero aquellos versos que decían: "si te quiero es porque sos/ mi amor, mi cómplice y todo / y en la calle codo a codo / somos mucho más que dos". Todo extasis mágico se tgraduce al lenguaje coloquial de los mortales.
Hace unos años, celebrando mi cumpleaños, mis dos hijos llegaron al restaurante en que me habían citado, en las montañas del Vallés cercano a Barcelona, por separado. Al verse, se fundieron en un abrazo hermoso que me llenó los ojos de lágrimas y alguien hizo una fotografía que me dió. ¿Que magia hace falta para que al verla me emocione? Lo mejor, estoy seguro, de la vida, es su incapacidad de ser mágica y lo mejor su realismo sobre el que podemos escribir nuestra historia, la de cada uno.
Afortunadamente para nosotros "la permanencia oscura" no es una realidad porque estamos aquí para ver todo desde nuestra medida, la única medida humana que tenemos al alcance de los sentimientos.

miércoles, mayo 31, 2006

La permanencia oscura - 1

El futuro no existe, es una irrealidad. El pasado tampoco existe. Fué presente durante el tiempo en que estuvo, en que duró el presente. En lugar de ser una irrealidad, podríamos decir que es memoria. A fin de cuentas los hechos que tuvieron su tiempo, fueron y estuvimos en ellos; o estuvieron otros y nos lo han contado. Diga lo que diga quien quiera, el futuro no existe y no existirá. Llegarán acontecimientos en presente, en nuestro presente y tendremos que vivirlos. Al que dice que le asusta el futuro habría que decirle que lo que le asusta es un presente que está por llegar. El tiempo, en sentido de eternidad, tampoco existe. Existe nuestro tiempo, la duración de nuestra vida, de las categorias, de las cosas. Cuando alguien dice que quisiera vivir eternamente habría que preguntarle: ¿en que tiempo? La historia se ha escrito casi siempre con los ojos puestos en una eternidad inexistente: la divina, que además de eternidad es infinitud y la del poder. Las dos son vanidosas y prepotentes, la divina tiene una osadía por demás sorprendente: es increada. Recomiendo leer sobre el Islam para ver hasta que extremos este concepto de increación genera problemas de modernidad. También en las otras dos religiones del Libro, pero la modernidad ya está aquí, así que habrá que conformarse; la religión calla o se inventa "la evolución inteligente" que es el círculo cuadrado hecho chapuza. La soberbia del poder se traduce en anhelos de perduración: la guardia personal de Darío la componían 4.000 jinetes a la que se llamaba "Los Inmortales". Vestidos igual y vistos en la distancia, eran todos el mismo y cuando moría alguno la reposición confería al conjunto siempre el mismo aspecto. Superchería del poderoso, superstición del humilde; ambas bebiendo de la misma mentira. A los hombres de la guardia de Al Hakem, uno de los Omeyas, se les llamaba Los Mudos; no sabían hablar la lengua de los cordobeses y no les hablaban; se conformaban con aterrorizarles. Esto era psicología casera al margen de inmortalidades fastuosas. La soberbia del poder es el Reich de los Mil Años o el Celeste Imperio o la Sublime Puerta o La unidad de destino en lo Universal. El hombre, vanidoso, se atreve a definir lo eterno sin entender lo absurdo del significado. Ciro, a punto de invadir Grecia, para atravesar el estrecho, construyó un puente de barcos y el mar, con una simple tempestad, lo destrozó; el emperador castigó al Mediterráneo azotándolo; sentado en un trono contempló el castigo ante un millón de hombres, que resignadamente, tuvieron que esperar a una bonanza mejor para cruzar. Cuando uno de nosotros dice "te amaré toda la vida" es algo más modesto, ciertamente porque no promete una eternidad sino una larga duración, que es la personal. Aún así exagera y mejor sería que dijera "te querré toda la vida" si las cosas no se estropean, porque se tiene la tendencia a unir amor con pasión y esa unión es de dudosa duración eterna. Amor y cariño si forman, o deberían aunque solemos estropearlo con demandas impropias, un continúo en las vidas de aquellos que ambicionan envejecer juntos.
Tiempo y muerte forman los dos vectores de la tragedia convertida en folletín. La muerte podría ser tomada también como una irrealidad si consideramos que es el fin natural de la vida. El problema no está en que la muerte nos sorprenda cualquier día y eso constituya la excusa para bajar los brazos; el problema está en no tener proyecto, de uno mismo en su continuidad, de uno mismo en su construcción de la persona que es hasta que la vida dure todo lo que tiene que durar y llegue a su fin de manera natural. Aquí no hay metafísicas, como casi en ninguna cosa, y no lo siento porque soy poco dado a ellas. Prefiero las hermosas físicas en que habitamos que componen el paisaje, el entorno y otras buenas químicas que componen las relaciones entre nosotros. Insisto en el proyecto: si no se tiene los días serán largos.
Hoy, los filósofos van de la mano de los físicos porque ya sabemos que no sabemos un montón de cosas, con nombres y apellidos y categorización, pero tenemos hipótesis acerca de ello y nuestra ignorancia es menor. No tenemos dogmas de fe ni irrealidades etéreas. Para los romanos el alma moría con el cuerpo, para nosotros el alma es una irrealidad poética: tenemos conciencia, inteligencia y percepción y un endiablado sistema multifuncional de neuronas aplicadas a diversas funciones, programadas en diversos subsistemas de los que se empieza a suponer que ninguno de ellos ostenta el liderazgo. Somos una máquina de vida y de su propia conservación; la persona no es sino la reunión de experiencias, la compilación de memoria, el ejercicio experimental de tomar decisiones. El ciclo que nos explican en Atapuerca es sencillo, experimentar, socializar el conocimiento, aprender, aplicar y progresar. Desde la primera herramienta ajena ajena a nuestros dedos, sorpresivamente encarados todos ellos con los pulgares. Desnudos nos podemos reir de nosotros mismos, pero estamos obligados a amarnos porque somos lo único que tenemos. No somos el fundamento del universo, nuestra vida en la tierra se reduce a pocos años comparada con las de las bacterías. En caso de catástrofe (nuclear o no), de nosotros no sobreviviría el menor rastro: las bacterías permanecerían, mutarían a otro organismo dada su simplicidad. Ellas son las reinas de la supervivencia y nosotros no somos sino esclavos del equilibrio medio ambiental. Nuestra cultura es simplemente nuestra, nadie la comparte. Lo bello, lo sublime, lo excepcional, el éxtasis, todos los conceptos enaltecedores tienen solamente valor para nosotros. Lo bello, si no existieramos nosotros estaría condenado a lo que Sartre llama "la permanencia oscura".

martes, mayo 30, 2006

El perro de Nápoles


El perro de Nápoles llegó el día de mi cumpleaños, un 5 de enero, al anochecer, en la VíaToledo: no fué un regalo: el y yo nos encontramos callejeando.
Celebrar mi cumpleaños en Roma y hacer viajes a lugares cercanos durante nuestra estancia se convirtió durante un tiempo en una liturgia. No hablábamos de ir a otra ciudad sino a Roma. No veíamos alrededores que no fueran los romanos y las horas de callejear cuentan entre las más hermosas y recordadas de las que hemos viajado. La atmósfera italiana es, para mi, fuente vital. Amo el idioma, el paisaje, la historia, el arte y la vida real de cada día. Si pudiera escojer me haría romano, con un velo de trascendencia que vendría tejido desde la última república y remedaría sus rotos en el cine de Federico Fellini o de Antonioni, pasando por Rosellini. Entre Cicerón y el director de "Ocho y medio" dista un suspiro, una manera diversa de entender una vida que se extiende por dos mil años de nuestra historia pero también una bonhomía, una manera de mirar y ver las cosas, un gusto por materialidades y por poesías. Tíbulo y Cátulo podrían recitar sus poemas en los burdeles de "ROMA" y Clodia vestiría los inmensos tocados de los sesenta en blanco y negro, y llevaría un lunar pintado sobre el labio carnoso. Esta Clodia a quien el poeta bautizó Lesbia y a la que dedicó este poemita prodigioso de tres versos que se resumen en una rabiosa modernidad sentimental:

"Odio y amo.
¿Por qué hago eso?, acaso me preguntas.
No se, más eso siento. Y me torturo."

Todos ellos se juntarían en los balnearios de Baias o Cumas, en la costa de Campanía y allí comerían pescado, beberían Falerno y hablarían y hablarían de los problemas políticos de la urbe, que como la actual política italiana, siempre parecía no tener arreglo.
Nada más natural que coger un coche alquilado y bajar a pasar dos días de nuestras vacaciones romanas a la misma Nápoles, que se fija en la ladera de las montañas sobre la bahía más hermosa que yo conozco: la más hermosa. Mirando hacia el mar desde su puerto, más allá de las moles de las fortalezas, un rosario de islas se agrupa sobre el azul turquesa del mar centelleante. Capri levanta la cabeza orgullosa. A la izquierda, mirando el mar, Herculano y Pompeya. Delante, el levante español al otro lado de este sub mar mediterráneo que desborda de azules y de luces solanas. Las ciudades españolas de levante, las mediterráneas, con ser del mismo aire y color, y olor que esta Nápoles de que hablo, difieren en el sol, que en aquellas sale por el mar desde el este y las baña una luz primeriza, de rosas tímidos. Después, la plenitud es más o menos la misma. Las ciudades de esta costa de Italia ven ponerse el sol y el chorro dorado que las inunda, con reflejos castaños de oro viejo, es inimiganible hasta que no se vive. En mi recuerdo, consigo aproximarme, pero la magia de la realidad es irrecuperable.
Objetivos del viaje: visitar Pompeya, visitar el Museo para ver al Toro Farnesio y comer un arroz con almejas en un restaurante ante el Vesubio el día de mi cumpleaños. Un vistazo rápido a una ciudad que merece nuevas visitas. Otro objetivo del viaje, callejear en una noche del cinco de enero, con prendas de abrigo encima, cubiertos de una fina llovizna, mirando escaparates por la Vía Toledo, que me recuerda mucho a calles valencianas y barcelonesas, y sobre todo a la calle Fernando de esta última, que desde la Rambla va a parar a la plaza más renacentista que tiene Barcelona. O eso creo yo. Paseamos de noche entre una multitud de napolitamos que se preparaban para la Epifanía. He dicho que lloviznaba, apetecían los cafés abiertos al te con pastas y las tratorias, no demasiado evidentes. En las callejas laterales las cuerdas de la ropa, solitarias sin sus frutos de hilo, soportaban el peso de las gotas. Las iglesias ofrecían el espectáculo de los nacimientos de terracota pintados a mano. La felicidad es dificil que se agote en un viaje, a lo sumo escasea por el cansancio, pero guarda para el siguiente día su reserva. Todo se mira con ojos de sorpresa inmersos como estamos en un circo reconocible pero al fin ajeno. Llegan hasta mi, agrupados, mojados, tres perros que vagabundean, que es maldición suficiente cuando es la necesidad la que te obliga. Se cruzan con nosotros, se ponen en fila acostumbrados a no molestar, a pasar desapercibidos. Reparo en ellos: son de tamaño grande, con planta residual de pastores, orejas gachas por la pérdida de la gallardía racial en innumerables coitos olvidados, a salto de mata. Me sorprende su saber caminar, su silenciosa procesión. Primero y segundo han pasado ya y siento el irrefrenable impulso de bajar mi mano y acariciar el lomo del tercero. Ambos seguimos nuestro camino, veinte o treinta metros yo, hasta llegar a un semáforo. Espero la luz verde y siento, noto, en la palma de mi mano la caricia, una presión hacia lo alto muy suave y bajo la mirada. Allí está el perro de Napolés, que con la cabeza acogiéndose a mi mano me pide asilo, ya que unos metros antes le acaricié. Miré hacia atrás y vi la silueta de los otros dos que indiferentes seguían su camino entre el gentío. Le imaginé un instante antes sorprendido, reconociendo la caricia como algo extraño pero bueno, girando sobre sus patas, buscándome con la mirada y siguiéndome hasta el semáforo. El cariño es reconocible, por indiferente que sea, cuando se está falto de él, cuando se está con hambre de una mano que acaricie un lomo. Crucé la calle, encogido en mi impermeable y en mi mismo y me fuí de su lado. ¿Quien puede llevarse un perro vagabundo de Nápoles? ¿Donde? ¿Cómo? No volví la cabeza. Nunca he podido olvidarlo.

Las ventanas

(Dedicado a Ana María: auxiliar de 23 años del Hospital de Torredolones, vivaz y simpatica, que hoy me ha dicho, mientras escribía este post: "tu emanas vida". Nunca me han dicho algo tan hermoso)

Yo no se cuando se tiene una más vívida sensación de uno mismo: si durante el día despierto o durante el sueño soñando, o en la duerme vela de la distracción. Porque es verdad que en mis sueños me se y me siento, pero no se si soy yo o es otro yo que se viste de otra identidad hecha de pedazos y novedades, de saldos y retales arrojados al vertedero interior. Si me sé durante el día cuando estoy despierto en mi inconciencia a través de la que maquinalmente hago las cosas que debo y quiero hacer, sean estas pasear por el bosque o trabajar el jardín o leer o ir al pueblo a comprar o hablar con algún vecino encontrado durante mis paseos, o esperar en este Hospital unos días más mirando por la ventana al paisaje exterior de colinas de matorral, jara y monte bajo.Porque vivo no lo estoy siempre, o sea, atento. No siempre estoy atento a la vida y supongo que eso sería demasiado fatigoso, dudo que el corazón pudiera soportarlo. Estar totalmente atento a la vida debe ser como dicen que es la cocaína: un enorme estimulante vital que quema las etapas y acorta los días. No siempre estoy atento y creo que nadie lo está, siempre, continuamente. Hay, a lo largo del día, claros en el bosque, cuevas umbrías, hamacas al sol, bancos para sentarse, lugares para dejar vagar el pensamiento en el bien entendido que no habló de la abducción televisiva; lugares propios, encontrados en el deambular por nuestros días que nos sirven de posada transitoria. Hay quienes, relajados por estas posadas y fatigados por el "estar atentos" van parando más que atendiendo y terminan viviendo en un limbo del que hay que sacarles pronunciando su nombre. "¿En que pensabas?" En nada, estaba distraído. Una ventana es un buen lugar para alcanzar una cierta inconsciencia, o una conciencia adormilada y perezosa; porque más allá del vano sucede lo otro, como una película sin sonido. Sabemos lo que vemos, no lo que oímos, sabemos lo que vemos y también, crédulos, lo que imaginamos. Construímos historias con fragmentos de realidades intuidas: pasa lo que pasa y la realidad, se conocerla, podróa atropellarnos. Imágenes son ideas e ideas son hechos y certezas. Para cada cual, una situación o una persona, entrevistas desde la ventana del ausente, es el reflejo de un arquetipo que rescatamos de su nivel de almacenaje. Vi una vez, desde la planta once de un edificio de apartamentos en que vivía en la calle Orense, en Madrid, a una pareja de mujeres en el parque Picasso, que caminaban entre los setillos del boj recién plantado, trabajosamente, apoyándose la una en la otra. La visión desde una planta alta es la ideal para viendo poco verlo todo, porque la generalización permite concebir desde una imagen una historia. La más joven de las dos mujeres, reconocible por su figura erguida, sujetaba a la otra, mayor, que se apoyaba en ella y caminaba trabajosamente. Madre e hija, pensé, y también en lo duro de ese paseo cotidiano y por extensión en la dureza de una vida tendente a cuidar a quien perdiendo la vida pierde las facultades y se convierte, lentamente en un vegetal del que desaparece incluso la belleza. No fué hasta varias semanas más tarde en que me crucé con ellas al atravesar ambos, en sentidos opuestos, el parque cuando la evidencia fue mi desconcierto grande, porque la mujer pequeña, la madre, mermada de fuerzas por la edad pero no de voluntad y decisión, sujetaba a la hija, joven, que al apoyarse en la otra parecía llevarla y era al revés: la joven sin equilibrio ni fuerza. No era la juventud la que aportaba el bastón, sino la vejez y no era esta la que necesitaba apoyo sino la otra. Errores de la vida que no se perciben desde una planta once, heroicidades de lo cotidiano que no alcanzamos a ver en la generalidad. Los arquetipos nos confunden porque los miramos desde la ventana desconectando cercanía y sonido. Hay imágenes terribles que no pueden rescatarse del modelo y dejan abierta a la imaginación circunstancia y autor.

Siempre, detrás de una imagen hay una historia en dos direcciones: lo que vemos y lo que está detrás del punto de vista, de la cámara, del observador. Todo ante nosotros es un escenanrio desde la ventana de los ojos, de los nuestros o del primero que las vió y las retrató. Vi, una vez, en el campo de concentración de Dachau, próximo a Munich, dos fotos que me impactaron, hechas desde una ventana al exterior. Cortinas de visillo, de hilo y encaje, semi velaban en una carretera estrecha a la que se asomaban chalecitos de verano (Dachau era antes de la llegada de los nazis al poder una zona de veraneo de la capital cercana, después fué uno más de los nombres de la ignominia) una columna de prisioneros del cercano campo, decrépitos, cadavéricos, dispersos por la carretera, caminando al desgaire entre algunos militares armados, envueltos en mantas unos, semidesnudos en la dignidad de sus pijamas a rayas los otros, mostrándole al verdugo la única verdad que puede herir al asesino, la de la verdad y la vesanía como arma cargada de futuro (en frase de Gabriel Celaya), caminando, saliendo del campo, trasladados a otro lugar a pie, a punto de perecer el Reich, ya sin transportes, yendo hacia ninguna parte entre los chalets burgueses del hermoso paisaje de Baviera. Di en pensar que detrás de las terribles dos fotografías, solamente dos, había una mano desconocida (para mi, no supe nada de ella, nio lo se ahora) que hizo las fotos escondiendo el objetivo entre los visillos, tratando de que nadie viera, sabiendo como lo terrible permanecía y permanecerá siempre para que arquetipo y realidad coincidian en una prueba: "por aquí pasaron perdiendo su última oportunidad de vivir". Aquí las víctimas, aquí los verdugos. Algunas ventanas duelen porque se abren al corazón de las tinieblas.

Detrás de las ventanas las ventanas: detrás del cristal los ojos, y aún detrás de estos la mirada y detrás la adaptación neuronal y el pensamiento. Una tras otra, pueden correrse o no las cortinas para captar dos realidades: la cierta que sucede o la incierta que imaginamos cierta; Y en ambas una corriente de emociones, un flujo de ideas, un pensamiento derivado a un pricipio ético, a una repulsa o a un parabién. Nada hay más hermoso y humano, creo yo, que sentarse a mirar con los ojos abiertos y las cortinas de visillo corridas. Que quien pase por el parque, al vernos, pueda imaginar nuestra vida y compararla con sus arquetipos.

lunes, mayo 29, 2006

Una razón personal



Tengo la sensación de haber estado ya aquí, no en cualquier sitio, aquí, en mi silla giratoria, en mi mesa de cerezo, en mi biblioteca junto a mi ventana. Yo se donde estoy aunque no estoy donde yo se que estoy. Habitar el bosque y despertar en el mar, sobre la arena de la playa. Eso es todo. No es un mal sueño, no una pesadilla, es la sensación de torpeza del que sale de la anestesia en la cama de un hospital. ¿Porqué están hablando todas esas personas? ¿Quien grita? Los corzos no gritan, ni los zorros; las cornejas si y desagradablemente; no están hechas de armonía. El sol no grita, tampoco, ni la luz de la mañana. Me siento donde siempre y no estoy en ningún lugar. Hay que centrar el vértice desde el cual se ven las cosas que nos rodean. Y hasta esas mismas cosas parecen inanimadas, cuando por lo común me hablan: los prismáticos para ver las aves, el limpiador de la pipa, un abrecartas, el estuche de las gafas, el reloj de sobremesa; no puedo seguir haciendo inventario que se me antoja función inacabable. Ocasionalmente, cuando busco algo me pierdo por los vericuetos de otros objetos que me salen al paso y termino perdido yo en medio de mis cosas. Desde la pared frontera me mira socarrón un busto de Julio Cesar al que en un rapto de buen humor le puse gafas de sol. La escayola marmoleada forma sobre los hombros muñón un amplio y elegante pliegue de la tela. No aprecio a Julio Cesar, no especialmente, por lo que fué: aristócrata, militar y golpista. Aunque tampoco me gusta lo que sin él podía ser: salvo Cicerón, nadie tenía la menor idea de como evitar la destrucción del estado. Cuando algo se descompone tiende a la putrefacción. Tengo anotada una frase sin mención del autor, puede que la Arendt, puede que Camus, no lo se. La frase dice: "Nada que el totalitarismo pretenda corregir será peor que el totalitarismo". Me doy cuenta de que la mención al romano ha sido un subterfugio para encontrar un asidero que impida que los pensamientos me lleven de aquí, pero me llevan. Mientras las dos figuras se alejan corriendo por la playa en mi memoria y yo, sentado, tecleo palabras, me ambarga un sentimiento de historia buscando una razón personal. Anochece en el espectacular crepúsculo de una luz que se niega a perderse por el oesta y va lenta, lenta, desobediente, sin ganas de dejarnos. Una razón personal sin saber para qué ni porqué. Se trata de algo sin precedentes en mi vida: tengo la absoluta necesidad de encontrar una razón personal y no la tengo. Por asociación incontralada de ideas viene a mi memoria el perro de Nápoles, preferiría que no fuera así porque no llegamos a ser amigos, pese a que él me lo pidió. Y tampoco es el día adecuado, porque ha sido un día feliz. Los días felices no son como las cerezas, unos tiran de las otras; los días felices pasan muy a menudo desapercibidos; dejado el éxtasis como paradigma de la felicidad, a un lado o detrás, los días felices son los días calmos, en los que la tragedia la pone la televisión y manteniendo el sonido bajo y una cortés indiferencia, no llega a molestar. Vuelvo a la razón personal que no tengo porque no se con que finalidad me la estoy pidiendo, pero el recuerdo del perro de Napolés vuelve a mi, y eso me afecta penosamente. Preferiría que no fuera así para no tener que contarlo.
Tengo claro que no estoy en la playa y que no he estado en ella durante los últimos seis meses, en contra de lo que ha venido siendo en los últimos años mi costumbre. Allí no voy nunca en verano, hago visitas esporádicas en invierno, primavera y otoño. Desde mi terraza veo el mar y los barcos que esperan entrada en el puerto. Vivo en lo alto de un cabo y a la derecha del paisaje veo el otro, largo como una flecha de tierra de color pardo. Enfrente mismo, porque estoy mirando verticalmente al sur, está África. La humedad del Mediterráneo es pegajosa, pero me gusta sentirla en la piel mientras dejo vagar la mirada por el horizonte. Ellos están muy cerca, me digo y entonces recuerdo un cuento de Ballard del que no recuerdo el título. Tampoco tengo el libro, lo debí prestar a un desaprensivo que no me lo ha devuelto. El cuento de Ballard es sencillo: una pareja vive en un paisaje estepario, en una casa lujosa rodeada por un hermoso jardín lleno de rosales. Cada noche se visten para cenar, los dos amantes: smoking, vestido largo. Son felices. Cada noche, antes de la cena, salen al jardín y miran la inmensidad desierta que les rodea: generalmente nadie, pero en ocasiones un rumor a lo lejos antecede a la presencia de una inmensa multitud de caminar lento, tenaz, que llegarán a la casa. Esa masa compacta y rumorosa es amenazante. El hombre, cuando los ve, coge una rosa y pasa la mano por sus pétalos arrancándolos. Tiene el gesto un efecto analgésico, si se quiere: la masa que se acerca desaparece. Así día tras día en un larga y feliz vida. Ambos se aman y quieren envejecer juntos. Pasan los días y los años y los rosales van quedándose sin rosas que no vuelven a brotar. Cada vez la masa avanza y está más cercana; ya se distinguen las caras, los rostros. No recuerdo si Ballard humaniza el cortejo que yo veo miserables y obstinados. El cuento termina cuando esa noche, la del último capítulo, el hombre, elegante en su smoking, unido a su compañera por la mano de ella que reposa suave y ligera en el antebrazo de él, coge la última rosa para detener a la masa que está ya en el mismo seto que rodea el jardín. FIN. En cierta ocasión leí una frase de José Luis Gómez que viene ahora, con la entera libertad que tienen mis recuerdos para saltar de neurona en neurona, al teclado desde mi bloc negro de apuntes MOLESKINE que me regalaron mis hijos para mi cumpleaños: "La única parcela de libertad que puede conseguir una persona que vive en sociedad, es un desapego profundo hacia las cosas materiales y emocionales." Estas dos figueas que corrían por la playa ya se han ido y al sol le quedan minutos para llegar de verdad a su ocaso. Al nombrar la marca de los cuadernos en los que escribo notas y recordar que son regalos de mis dos hijos por mi cumpleaños, vuelve a llegar silenciosamente a mi lado el perro de Napoles. No es a mi lado, sino a mi pensamiento en un eterno retorno. Se ha quedado habitando en mi, yo estoy habitado por él. Lo contaré mañana.

sábado, mayo 27, 2006

Piel de elefante


En el bosque hay mucha piedra berroqueña, de granito de la sierra de Madrid, aunque por esta vertiente es de la provincia de Segovia. Es el granito limpio con el que se construyó El Escorial. De él escribiré en otra ocasión, de mi encuentro con su fábrica lejana y de la amorosa seducción que ejerció sobre mi. Vivo a pocos kilómetros de él lugar y cuando me parece que le echo en olvido, subo al coche y me voy para allá. El reencuentro tiene siempre el mismo nivel de intensidad afectiva. Volveré sobre él.
Esta piedra berroqueña se va cubriendo, con los años, de musgo oscuro, verde casi pardo, que parece un terciopelo algo irsuto, basto, pero muy táctil, que transfiere sensaciones cuando se pasa la palma de la mano por encima. De hecho forma parte de la tradición constructiva de las casas de piedra de esta zona, chaparlas con lajas de esta piedra de entre ocho y doce dentímetros de grosor. Se conserva el musgo que está vivo, se asienta en la casa y va recubriendo la piedra, se quema un poco en el verano y vuelve a revivir con la llegada del invierno. La piel de las casas serranas es oscura, de piedra irregular en sus contornos que si está bien aposentada parece la de un animal prehistórico, con resistente caparazón, pàra defendeerse de los peligros de la vida natural. Para conseguir el efecto, la junta entre las piedras debe acomodarse buscando que las formas sellen el espacio entre ellas y ser de color gris oscuro; aquí a esa junta la llaman llaga y el nombre, transfiere todavía más al conjunto, la idea del animal. Vivimos pues dentro de animales de la prehistoria, posados e inmóviles, sobre una pradera de pasto verde y jugoso, rodeados por un bosque de espesura considerable. En el pueblo no es así, allí las casas son blancas, dicen que por una vieja ordenanza dictada hace trescientos o cuatrocientos años, destinada a evitar las enfermedades contagiosas, gracias a la cal; las casas modestas, está claro, que las señoriales eran de piedra y algunas blasonadas en hermosas labraduras de lineas orgullosas. Mi casa no, es de piedra caliza casi blanca, de Campaspero, que es una zona segoviana famosa por ese tipo de piedra, que adopta con la luz un ligero tono rosado y cuando el sol la trata le da un resplandor que parece dotarla de luz propia.
Con el tiempo, la vida va mineralizando sobre la esencia palpitante de la memoria y de los sentimientos, en los gajos del presente que se vive, un recubrimiento similar al de las casa del prado o a la piel blinadad de los rinocerontes. Mentimos cuando gracias a la piel que nos recubre, ofrecemos la apariencia tranquila y reposada de la serenidad, capaces como queremos hacer creer que somos, de defendernos de cualquier agresión. Eso que llamamos experiencia es piel, es pura piel recrecida con el paso de los inviernos. De dentro a fuera va consiguiendo dureza, de tal manera que ningún resquicio, en condiciones normales, dejamos a merced de los ataques externos. Con nuestra piel a cuestas defendemos el sentimentalismo, la timidez, el miedo al fracaso y la inseguridad. Puesto que no soy psiquiatra no puedo dar a estas sensaciones expresiones más sabias y especializadas, que todo se resume a dominar con el conocimiento el lenguaje tribal de los especialistas. Todo dentro bien defendido, para hacer ver, como las viejas fortalezas, que somos inexpugnables. Las casas no lloran, nosotros tampoco. Bien es cierto que no hay siempre motivos para ello. Digamos pues también que las casas no ríen: nosotros tampoco. Acechantes en la placidez del prado esperamos el futuro lo más despaciosamente que sea posible convertidos en los animales que hivernan en el fondo de sus guaridas. El mundo exterior está fuera del prado y llega un momento en el que no lo percibes. Ni me gusta ni me disgusta: es como es y me ha sido dado, no vas a ponerte ahora a transformarlo. Me aterra la profesión de mesias y desprecio la de salvador. Optimista por naturaleza (es distintivo de algunos individuos de la especie) prefiero pensar que siempre va todo mejor, mirado a gran distancia, sin bajar al detalle donde se mezclan las miserias con el renqueante progreso. Hace unos años me definí epicureo y por esa razón creo, que salvo por dramáticas realidades que no son al caso, es mejor no intervenir en la cosa pública cuando tantos voluntarios hay para ello. A las criaturas del bosque, guarecidas en nuestras casas, no nos imponen el camino, nos indican la dirección a seguir y vamos por ellas o cogemos atajos. Nos hemos vuelto, los que venimos de la cultura de capital, autosuficientes y nos basta el paisaje, unos libros, una panadería, un par de tiendas de comestibles, uno o dos bares, una carretera que intermedie entre el norte y el sur, una gasolinera, un pc y una línea adsl. En primavera, cuando se produce la tala, dicta el ayuntamiento un bando y los vecinos podemos subir al bosque a recoger la leña que talada de los troncos mayores, no sirve para la serrería. Con gusto enorme hago cada año el camino de subir con mi todo terreno y mi sierra de gasolina, por la ladera de Aguas Vertientes, en busca de ramas que son tan gruesas como troncos. Allí mismo las corto en secciones y las meto en el coche; en dos o tres viajes de corte y acarreo y posteriormente en casa de estiba, consigo la leña de pino para el invierno. Me produce un enorme placer hacerlo, con mis manos y mi esfuerzo personal. Se que la encina comprada arde mejor, pero este pino que trajino yo es mi presente y puedo tocarlo con las manos. Además, en este bosque mío no hay encina, que es árbol de dehesa.
Mientras algunos aspiramos a vivir en el bosque, en nuestras casas de piel prehistórica, a un paso de la fuente y de los senderos, los jóvenes del pueblo aspiran, con razón, a vivir en pisos de noventa metros cuadrados o en casitas adosadas de tres plantas y pequeño garage para un solo coche. Si mi modernidad y la aportacioón creativa que pueda hacer a ella es el retorno a la casa recubierta de piedra, la aportación de la juventuid del pueblo, aposentada en su modernidad (que debe ser la misma que la mía, al fin y al cabo, porque es fruto del tiempo), es recorrer el camino hacia los modos de la urbe, la pequeña Segovia o la mastodóntica Madrid. En el prado, las casas de piel de piedra de musgo, parecen una manada de viejos elefantes reunidos en su cementerio escondido. En el pueblo estalla la vida moderna. No es un contraste, es un complemento.

viernes, mayo 26, 2006

Los engarces de la sabiduria



Siento que el gato que trata de beber agua en el estanque de los jardines del Generalife en Granada es casi feliz; el sol le ofrece tibieza a su piel y el agua promete frescor; la piedra y la losa del suelo ofrecen un juego de luces que no deslumbra y el aire huele a boj, a arrayán y a jazmín, y por el caño de la fuente se precipita hacia lo alto un surtidor de agua cristalina. Yo siento lo que creo que él debe sentir. Ajeno a la historia y a la lírica, el gato está frente a su reflejo en el agua y en mi fotografía parece haberse detenido el instante del reconocimiento. Felino como el que más, con el cuerpo casi descoyuntado por una forzada posición que parece armónica y casi flotante, la imagen se ha fijado en el papel y se ha convertido en eternidad. Dice la filosofía oriental que nunca entrarás dos veces en el mismo río, porque cambiante de manera permanente, como es su curso, la corriente de agua es engañosa: asemeja la misma pero es otra a cada instante mensurable que pasa. Hasts que llegó la fotografía y se detuvo el gesto en la instatánea, esa maravilla del lenguaje que quiere decir "ya" y luego todo sigue su curso dejando el rastro, la huella de lo que fué el río en un momento dado. El río que nos lleva hace eso, llevarnos, integrarnos en su paisaje y dejarnos flotantes. No caben sentimentalismos excesivos con las imágenes que se supone que reflejan la vida. También una noche oscura o una reyerta en callejas inciertas, o el asalto a un chalé, o el secuestro de una muchacha o el bebé encontrado en un contenedor de basura. No cabe ser demasiado sentimental con la vida, pero tampoco trágico. Las noticias del periódico tiuenen la ventaja de la escritura, la oficialización de la letra impresa. Cuando una noticia terrible aparece en su plana ya deja de afectarnos de manera personal: es ahora de todos, se ha convertido en información y ante ella aceptaremos lo terrible sin que se nos resienta el sentimiento. Todo tiene su sitio en la vida, el gato es buena muestra. Este gato ya debe haber muerto aunque no se lo deseo, pero no debe haber sobrevivido a los avatares de un mundo no hecho para gatos sino para humanos destrozones que de vez en cuando, cámara en ristre, ejercen de indecentes curiosos, voyeurs de toda naturaleza con vocación de muerta. Los jardines del Generalife desparraman una maravilla nostálgica que se huele y ve en el aire y en el límpido cielo que soportan su horizonte. Abajo, la ciudad renancentista que es Granada, henchida de juventud universitaria durante el curso, despliega un saber estar muy italiano. Es lo que tiene la naturalidad, el saber estar del gato convertido en presencia cósmica a nivel urbano. Ibn Jayra al-Saabbág, plasmaba en versos la idea aterna: bebe y goza de la vida en un jardín; diviértete, pues la vida se va. Henry Pérès escribe en su libro Esplendor de Al-Andalús (Hiperión) Una de las impresiones dominantes que sacamos de la lectura de la poesia andaluza es que el hombre, sea la que sea la situación a la que pertenece, tiene conciencia de su debilidad. "El hombre ha sido sacado de la nada, dice Bakkar al-Marwànì; el corazón del hombre abandonado es como la hoja seca expuesta a todos los vientos" Al-Sumaysir escribe Es humilde... el hombre inteligente sabe humillarse y también Si quieres conservar tu situación, no dejes al deseo de prestigio invadir tu espíritu.

El único habitante verdadero de estos jardines es el gato, que desciende de un linaje irreconocible y siente el derecho a beber del estanque y a saciar su sed de aromas y de tibieza de la mañana. Los visitantes, turistas que han reservado los billetes por Internet, son como las bandadas de pájaros que están de paso entre su constante cambiar el norte por el sur y a la inversa. El gato solamente, y me atrevería a ponerme también yo entre esta demanda de naturaleza verdadera, porque le he visto y comprendido. Cuando acabo de hacer la foto constato que ni se ha inmutado, seguro como está de su territorialidad, por mi presencia. No creo que reconozca en mi al fascinado por esta historia que nos ha sido difulminada en los libros de texto y que yo descubrí por casualidad en uno de mis veranos de estudio, cuando escogí como tema el islam en España y estuve casi cuatro años rodeado por materiales portadores del conocimiento. ¡Cómo me fascinó la lectura de La Historia de los Musulmanes de Dozy, o la de los mozárabes de Simonet! . Durante cuatro años dediqué los veranos al completo y parte de las horas del resto del año a buscar en Asín Palacios, en Pérès, en Mújica Pinilla, en Rubiera, en Lings y en una no muy abundante presencia en librerias, a conocer, que es mi principal adicción. Y del islam en la península pasé a Sicilia y al Mediterráneo, de Algeciras a Estambul, y bajé por Siria e Irak hasta alcanzar la Mesopotamia y las llanuras y montañas de Arabia y del Yemen, donde se forjó una cultura asombrosa que en menos de sesenta años nació, se afirmó, creció y expandió por todo el Meditarráneo: norte y sur. Para una tan gran ignorancia como tenemos en este pais que nos ofrece pasaporte a cambio de amor y dedicación, cabría pensar que Al-Andalus no era de nuestra naturaleza y que en aquella cultura califal de proporciones vastísimas que deslumbró a la Europa semi bárbara del Norte, no era cosa nuestra. El gato fija su atención en el agua y yo en la memoria difulminada, de tal manera que llegamos a creer que estos jardines y el palacio vecino de la Alhambra son cosas de otras gentes perdidas para siempre, cuando muchos llevamos su ADN.

La belleza es la belleza y el horror es el horror y comparten historia, momentos, situaciones y acciones. No cabe olvidar que toda recopilación histórica pasa por miles de cadáveres, de cuerpos torturados, de mentes destrozadas, de hogares perdidos. La historia de la humanidad es la hisrtoria de una ilimitada vesanía, no descubro nada a nadie, y por ello no es cuestión de ejercer el maniqueismo. Construyeron y vivieron en medio de la más absoluta belleza y fueron crueles y sanguinarios. Durante la época de las taifas, se escribían los documentos políticos en versos bien compuestos, tan alto era el refinamiento. Hay una Guía de la Córdoba de Abderramán escrita por Antonio Muñoz Molina que recomiendo y siento no poder dar la editorial, porque no la encuentro ahora entre mis libros. Y leer El Collar de la paloma, de Ibn Hzem, ofrece sorpresas muy grandes para la imaginación. Fué y pasó y quedan las piedras y las palabras, como este verso de Ibn Arabí que siempre me ha producido una impresión profunda por lo que tiene de penetrante e intencionada mirada en la religiosidad de la época: Detrás del rostro de Alá, hay una tristeza de la que pocos hablan. El gato y yo hemos de despedirnos, pero volveré a Granada.

jueves, mayo 25, 2006

Cuando sea mayor...

Afirma Julián Marías en "Persona" que "el primer rasgo de la muerte personal no es la destrucción de la corporeidad, con todas sus consecuencias, sino la eliminación del futuro, es decir, de una irrealidad. Cuando alguien muere desaparecen con él sus proyectos, aquello en que más propiamente consistía." Desde mi punto de vista es totalmente cierto, y confieso que cuando leí esta frase, sin ser yo un lector aficionado al filósofo, sentí por él un enorme agradecimiento y sin esfuerzo alguno terminé este librito (por lo breve del texto comparado con otras divagaciones filosóficas a las que en muchas ocasiones sobran palabras y faltan ideas) con gran placer. Sucede, a mi por lo menos, que en un libro encuentro una frase que me abre una puerta por la que debo entrar. Puede tratarse de una idea fuerte, concreta, novedosa o como en este caso, de un punto de vista diverso sobre la muerte: cuando morimos, viene a decir el filósofo, perdemos la oportunidad de nuestro futuro; no se me había ocurrido adscrito como estaba a que la idea de la muerte venía muy concretamente añadida a la del fin de la vida como presente. Marías propone una imagen subyugante: somos lo que somos más los proyectos que anhelamos realizar y en los que debermos de empeñar esfuerzo e inteligencia para concluirlos a la espera de que la muerte no interrumpa la tarea. Y la tarea es construir lo que vamos a ser, que es la suma de lo que somos hasta el momento en que reflexionamos, más los proyectos que ocuparán un teórico futuro y el empeño a poner en ellos. El futuro es una irrealidad, no cabe duda, de la misma manera que el tiempo es una ilusión. Filósofos y científicos están de acuerdo en que no se puede hablar en términos de tiempo, de pasado y futuro como realidades de esta vida, sino tan solo de presente. No existe la flecha del tiempo, salvo en la física. El tiempo somos nosotros, cada uno de nosotros encerrado en su tiempo, en su propia duración. Naturalmente, el inexistente e irreal futuro es un lugar a convertir en presente a lo largo de la duración restante de la vida y de ahí la importancia de encararlo bien (con lo que esta palabra quiera decir para cual y para sus proyectos) con propósito de construcción. Porque, insisto, lo que seremos de verdad está por venir, que lo que somos ahora, ya lo somos.
Ni soy filósofo ni soy capàz de perderme en excribir textos de filosofía. Además de abrumarme los resultados podría perder amistades, pero se con certeza donde estoy y de ahí mi interés en este punto de vista. En contra del Pienso, luego existo prefiero el Existo, luego pienso , y puesto a pensar lo hago en la existencia que me queda para acabar siendo el que seré y del que ahora no puedo hacerme idea. No es pensamiento baladí porque de la conciencia que tenga ahora de mi mismo dependerán los empeños en llegar a ser, y eso me obliga a reflexionar y a preguntarme si estoy, ahora, satisfecho conmigo mismo. Y aún más, puedo, sin estar satisfecho, decidir no empeñar esfuerzo alguno en cambiar aduciendo la conformista excusa del fracaso anticipado. ¿Para qué molestarme? ¿Quien soy yo para cambiar el curso de mis acontecimientos? O aceptar que el grupo exterior al que denomino cabalísticamente la sociedad me impedirán cambiar. Todo está escrito se puede pensar y de hecho hay muchas personas que lo hacen negándose a pensar; pero no, no puedo negar el potencial del futuro con respecto a mi propia vida, la restante, que me queda por vivir. Cuando éramos niños y nos preguntaban que era aquello que deseábamos ser (laverdad es que a mi esa pregunta no recuerdo que me la hiciera nadie) contestábamos que futbolistas o bomberos, policias por entonces no; ahora es otra cosa. El claro proyecto de un niño, vinculado a su sueño de asimilación del héroe nos describe una vida dividida en dos partes: la que representa el presente y el proyecto futuro, tan largo como quepa pensar. El ejemplo es claramente demostrativo. El niño olvidará su proyecto y lo sustituirá por otro o por otros y aprenderá a vivir si es que a esto se aprende: yo creo que si. Pero: ¡Ah, los adultos! Es otra cosa porque nuestro presente ya acumula una manera de ser por la que nos revelamos a los demás. No cabe ahora soñar en ser bombero sino saber si vamos a llegar a alguna parte si la muerte no lo impide. Aparentemente esta pregunta nos sumerge de manera precipitada en una incomodidad, nos precipita en la duda porque "llegar a alguna parte" ya es en si un enunciado problemático que más bien presupone el fin de un mal o mediocre camino, subjetivamente imaginado. Sin lirismos estilistas, lo ideal sería hacernos, hacerme, una pregunta básica, un poco incómoda y a la vista de la respuesta proceder a la siguiente y a la otra, hasta llegar a una conclusión. Naturalmente, cualquier "no sabe, no contesta" anula el test en el mismo lugar en que se produce la respuesta. La pregunta sería "Si me muriera ahora, ¿estaría satisfecho con mi "ser de esta manera que soy"?" Si o No. No valen subterfugios a los que con tanto anhelo y palabrería somos propensos. No vale empezar a cuestionar la pregunta o a tratar de establecer la manera, el modo, el lugar y toda la parte circunstancial del deceso. Si o No. ¿Te vale o no te vale ser como eres? ¿Estás satisfecho ahora, hoy, no mañana? De acuerdo, tenemos la respuesta y nos prolongamos la vida, vamos a darnos más años de vida, en mi caso si me atengo a la estadística entre diez o doce, me parecen pocos, pero en la estadística se puede estar entre los que la cumplen y los que no, siempre hay esperanza. ¿Cómo quiero ser de aquí diez años? Ya tengo mi otra pregunta, el siguiente escalón. De lo que me responda tenré que certificar que mis proyectos son válidos para llegar a aquel objetivo. ¿Tengo proyectos? Esa es otra, porque a veces el proyecto es seguir. Partes de mi vida hay en las que tengo la sensación de haber salido de ellas conducido por otro y como en un sueño: perdí el pulso, el sentido y la orientación, me cuestiono a mi mismo y tal vez, me digo también, no fué tan grave. pero es ya pasado y forma parte de mi "forma de ser" hoy en día. Y día tras día, deberé, deberemos, construir el presente ganado fracciones de esa irrealidad que es el futuro hasta llegar a ser lo que de verdad quiero ser cuando ya sea mayor, vaya y me muera.

miércoles, mayo 24, 2006

La foto robada


A través del cristal de una vitrina en el Museo Capitolino de Roma, alcanzo a ver y retratar, la cara de una muchacha interesada en unas cerámicas romanas. Las luces llegan de atrás, de una rotonda anterior iluminada y un poco de donde estoy yo con mi cámara. Es una chica joven, acompañada por alguien del cual vislumbramos una porción de frente y cabello detrás del vaso central. Ella ha desviado sus ojos al caballo de nuestra derecha: su izquierda. Permanecerá así durante el tiempo en que se conserve esta imagen, aunque no lo sabrá nunca. Detenida en un momento de su vida, en una visita de un día laborable, por la tarde, con su acompañante. No la oí hablar, no puedo afirmar que fuera una turista o una romana. Aquella tarde, recién llegados a Roma, fuimos a los capitolinos porque queríamos ver anochecer sobre el Foro desde el Tabulario. Este edificio forma parte del conjunto de los museos, situados sobre el Capitolio, la colina de los dioses sin lugar a dudas. Los edificios fueron dedicados a varios usos antes de ser museos y la plaza central entre los tres, la rediseñó Miguel Angel. En el centro está ahora una copia exacta y perfecta de un Marco Aurelio a caballo, lleno de serena majestad, de aplomo, de dignidad humana antes que imperial, cuyo original se guarda (se acaba de terminar la restauración) dentro de los museos. Se ha conservado intacta porque la confundieron con una estatua de Constantino, emperador ya cristiano; las casualidades y la ignorancia pone siempre en ridículos a los tiranos. Una calle romana une los museos por el subsuelo y por ella, conservada con lápidas e inscripciones, atravesando toda la plaza, se llega a los enormes arcos del Tabulario. Fué este el archivo de Roma durante siglos; dominaba el Foro, o los foros para expresarnos mejor. Aquí se guardaba la memoria de la urbe en placas de bronce. Ver anochecer bajo los arcos que dominan el templo de Saturno y la Vía Sacra, dirigida como una flecha hacia el Coliseo, es retomar el pulso de nuestra esencia, desde el lenguaje hasta la moral, cambiados brevemente el uno y la otra, pero al fin descendientos directos, impregnados directamente, del olor a humanidad de estos recintos. Yo me afirmé romano en Roma despojándome de cualquier nacionalidad que pudiera al fin desviarme del pulso de los tiempos. Mediterráneo y romano en conciencia, todo lo demás me da igual, o para no ser tan absoluto, todo lo demás carece de auténtica significancia. Son las fuentes las que me alimentan, de la misma manera que la Fuente de la Yedra en el prado en que habito sacía mi sed después de una caminata, antes de llegar al agua fresca de la nevera de mi cocina. Visito Roma con el anhelo de reencontrar el punto de partida de esta aventura vital que es la parte norte del Mediterráneo de la misma manera que visito Córdoba para respirar el aliento bárbaro y poético de la orilla sur. En Granada vi llorar a una ciudadano marroquí por el esplendor perdido, asomado a la ciudad desde los jardines del Generalife. Le pregunté por sus fuentes literarias y no conocía a Wasington Irving. Sus lágrimas venían directamnente de la nostalgia emanada de padres a hijos. En Marrakesh guardan con celo unos sarcófagos de marmol andalusís como parte de su propio patrimonio. En Córdoba Ibn Rush (o Averroes) diría con certera ironía: "los árabes sacaron lo mejor de sí mismos al llegar a Al Andalús". He citado de memoria, pero el significado es exacto. Ibn Rush era descendiente de habitantes de la península con nombre visigodo: ese Rush se emparenta directamente con Rojo, Rodrigo, Rodriguez, Roig, etc. Una mañana cordobesa esperé en la Puerta del Perdón de la Mezquita a que descorrieran los cerrojos, conseguí entrar el primero, sólo yo en el patio rodeado por el murmullo del agua de la fuente y por ese sonido de las palomas satisfechas que sale de lo más profundo de su buche. Fresca la mañana y frescos los pensamientos entré en la Mezquita pensando en la belleza que el hombre ha creado mientras destruía otras bellezas tanto o más importantes, entre ellas la vida. Me llama la atención que la catedral de Córdoba siga siendo La Mezquita y recuerdo las palabras de Quin Shi Huang Ti, el primer emperador, que afirmaba que el poder está en manos de quien puede denominar las cosas. La Mezquita no ha perdido su nombre ni su grandiosidad; la Catedral, muy bella en su interior, está realquilada por el déspota orgullo de quienes no han conseguido ni cambiarle el nombre al edificio. Sugiero ver el conjunto de catedral desde el exterior en una posición alzada; gótico levantando su piedra al cielo sobre el orden plano de tejados de la Mezquita. En el centro de ésta la Catedral asemeja una araña, clavando los arbotantes en la carne extenuada de la primera, sorbiendo la religiosidad y la naturaleza; no hay que rasgarse las vestiduras, antes la Mezquita fué iglesia cristiana, compartida primero, expoliada después. Estas cosas hay que verlas dejando de lado las ideologías. No hay que hacer más poesia de la historia que la justa para que no nos salpique la barbarie, tan propia del ser humano, aunque mejor estaría decir del "no ser humano". Sin lugar a dudas, yo navego por esa romanidad que vislumbra el mundo a su alrededor y por esa razón vuelvo a Roma con frecuencia. Sugiero, que cuando alguien no sepa que leer, que coja a Tácito o a Tito Livio: es divertido y sorprendente. O a Suetonio, Salustio, los dos Plinios, que se yo... Visitar Roma, como visitar Córdoba, no son visitas cultas en el sentido retórico de la palabra; son visitas vitales, que requieren una saltimboca romana con vino italiano, o una estofado de rabo de toro. No hay que ser elitista, la cultura se bebe en las tabernas y en las calles, sorbiendo el sol y oliendo los meados de los gatos; la cultura se recoge en la vida de hoy entre el decorado de ayer. No hay que ser turista sino viajero con el ánimo empeñado en volver a casa, sin saber si eso sucederá en el viaje de ida o en el de vuelta. Mientras tanto mi muchacha en flor del museo capitolino no sabe que tengo una foto de ella, robada, una tarde de invierno, era noviembre.

martes, mayo 23, 2006

Hola, ¿cómo estás?

Una mujer desconocida se acerca caminando por el centro de la franja de arena que forma la playa. Atardece en enero. Goyerri, que trota unos metros por delante mío, la ve y se apresta al cortejo: consiste en caminar despacio en línea recta hacia ella: a unos pocos pasos, dos o tres, se detendrá y tensará su cuerpo; la cabeza hacia la figura que viene, los ojos fijos en ella, el hocico alzado; diríase que husmea la caza y es así, probablemente. Según el comportamiento de la persona, Goyerri actúa de una u otra manera: si es evidente que le han visto e incluso que han fijado su atención en él, una sonrisa, un gesto, el pequeñito, sin más, trotará hacia ella y alzará la cabeza al llegar a su lado esperando una caricia o una palabra amable; si sucede se alzará sobre sus cuartos traseros y le ofrecerá el hocico olisqueando. A ese gesto, que es como dar besitos, lo llamamos "hacer morritos": tonterías de la liturgia de cada uno. Si la que viene caminando no le hace caso, Goyerri permanecerá quieto, pendiente, con la cabeza ladeada como si mirase a otro lado, pero atento a cualquier gesto. Si no sucede y pasan por su lado sin hacerle ni caso, la mirará, la seguirá con la mirada y permanecerá unos segundos viéndola alejarse; justamente, pienso yo, el tiempo que tardará en digerir el desengaño. Lo cierto es que no encanta a todo el mundo y eso le sorprende, tarda unos segundos en aceptarlo, pero luego, reemprende el trote caminando por el centro de la franja de arena. Hasta el siguiente encuentro.
Cuando era cachorro, estos encuentros sin gestos ni caricias, le dejaban triste. Se alejaba cabizbajo, miraba hacia atrás, seguía la marcha del que se alejaba. Creo que le costaba comprender lo que habia sucedido y que en el fondo de su pequeña gran conciencia sentía congoja, tanto le importaba el contacto con las otras personas. Ahora, después de once años de vida regalada y azarosa al mismo tiempo, se ha acostumbrado a entender que hay personas que no corresponden a su deseo de contacto, gozoso y esperanzado y si eso no se produce el agujero en su ánimo es ahora mínimo. Herida quedará, estoy seguro, pero con rápida cicatrización.
Cuanto más le veo actuar más pienso en las personas. Creo que pasamos gran parte de nuestras vidas pendientes de un contacto deseado que aminore la falta de compañía, la autoestima decaida, la sensación ineludible de que ya es hora de alguien nos sonría, nos hable, le hablemos, acordemos una simpatia mutua y una relación confiada. No hablo de amor ni de pasión, sino de compañía. En esta sociedad de tímidos impenitentes no existe una asignatura especial para progresar en los encuentros y uno aprende la gramática parda de lo que ve, lo que ha leído, lo que puede hacer por causa del impulso.
Hace años, recién llegado a Madrid y alojado, sólo, en un apartamento de un piso 18 en la calle Orense, sin conocer a nadie, imaginaba desde la terraza alta del edificio, la cantidad de personas con las que allí abajo podría conversar acerca de cualquier cosa, condenado como estaba a convivir con un televisor. En las horas de madrugada tuve la suerte de contar con un conserje dado al cuba libre y a la charla deportiva. Yo bajaba hasta el vestíbulo y le hacía compañía, miento: me hacía compañía él a mi mientras desgranama las penas inacabables del Atlético de Madrid. Me hacía el encontradizo, salía a la calle y daba la vuelta a la manzana, llegaba paseando hasta la Castellana o hasta Capitán Haya y volvía despacio hasta encarar de nuevo el portal. Allí estaba, con una mata de cabello de plata y una nanriz afilada, camisa blanca y corbata, en verano con manga corta. ¿Qué pasa? le preguntaba yo como al pasar y él me contestaba invariablemente: "aquí andamos, matando el tiempo". Yo me paraba frente a él, ¿que pasó el domingo? y él "lo que tenía que pasar, esta gente son un desastre". Hablaba del Atlético. Me quedaba un rato junto a él, al resguardo de una palmera que rodeada por una bancada de marmol me brindaba asiento. Bromeábamos: "¿no le importará que me tome un cubata?" me decía. ¿Cómo me iba a importar? Y así pasaba con él quince o veinte minutos, el tiempo necesario para alimentarme con una voz humana. Soledades hay que no las cura ningún conserje y que necesitan de la compañía de un buen barman de la última hora, la de antes del cierre. No era mi caso cuya cura ya he explicado, pero en mi deambular nocturno las he visto, acodadas en las barras de los bares, mirando la televisión de costado, ladeada la cabeza e inclinada hacia lo alto y comentando de vez en cuando con el camarero cualquier acontecimiento. Una amiga mía, abogada, al poco de separarse, me preguntaba ¿cómo voy a conocer ahora a un tio majo, no quiero vivir sola el resto de mi vida? No llegaba a los cuarenta. Y su pareja perdida, saliendo de un romance roto que no aguantó tres meses, me preguntaba lo mismo. ¿Llegaría a conocer a una chica maja? ¿Cómo? ¿Donde estaban los unos y los otros?
Goyerri ha aprendido a dejar de lado los desplantes, a no darle más importancia que la de unos segundos. Debe tener en su constitución y gestualidad una manera de encojerse de hombros que todavía no he descubierto; tal vez en las orejas, o en sus enormes cejas de inglés. Temo que no es así con las personas y tardamos demasiado en encojernos de hombros. A lo largo de la vida uno hace uno, dos, tres, cuatro, cien intentos, doscientos o más, de acercarse a los demás, uno por uno y ofrecerle un pacto. Vivimos acompañados y practicamos la íntima individuación, la conversión de espacios en singulares y propios, lugares del pensamiento que reservamos para cada uno de nosotros y en ocasiones nos agobia la presencia de los otros alrededor y clamamos por el retorno al instante privado, alacena en la que depositamos aquello que llamamos nuestros pensamientos. Cuesta saber en que piensa el otro cuando está ensimismado y si le preguntamos nos contestará "en nada" No se puede pensar en nada: "yo si". Mejor no preguntar entonces. Pienso que lo mejor de la soledad es la compañía y lo mejor de la compañía es la soledad. Pero siempre, siempre, acabamos caminando hacia otra persona y alargando la mano le ofrecemos un pacto: Hola, ¿cómo estás?

lunes, mayo 22, 2006

El cielo más hermoso

Ha llegado el momento de volver al bosque y sobre nuestras cabezas, mientras circulamos por la carretera en dirección noroeste, el cielo más hermoso extiende un manto de azul puro y limpio, en el que copos de nubes se arremolinan señalando la dirección. Es la luz, la más limpia luz que pueden ofrecer los mil reflejos que ofrece la atmósfera de la sierra del retorno a casa. Rodeados por el prodigiosdo atardecer de la meseta al norte de Madrid, nos envuelve una pincelada de color que es pura luz y nuestros ojos la acojen con gozo. "Mira" le digo a Ana y señalo hacia delante y hacia arriba y ella asiente. Bienvenidos de nuevo, pienso, a la luz que nos envuelve, al manto protector de las miradas, al velo desvelado de cuanto acontece, a la física más evidente y a la magia mejor soñada. Es la luz, de nuevo la que se nos aparece; después del conocimiento, pienso yo, está la luz. Por ella vemos el prodigioso album de imágenes que nos rodean y que forman el mundo a nuestra medida. La belleza y el arte, son representaciones que alcanzamos a concebir y producir gracias a la intuición que tenemos de nuestras fuerzas, de nuestra relación con el entorno. Nada humano es ajeno a lo humano; la belleza es nuestra proyección y nuestra escala; lo trágico nuestro sentido de la vida; el poder la proyección de nuestro instinto. Desde la primera terracota hasta el arte más contemporáneo y vanguardista, nada escapa a las limitaciones que a nuestra visión de la cosmogonía de lo humano alcanzan. La luz nos revela la realidad física en la que nos movemos, en la que nos anclamos, en la que nacemos, vivimos y morimos. La luz señala nuestro ciclo vital más inmediato, de luz a luz, de alba a alba; siendo el principio de toda medida es la creadora del tiempo. La luz, que explosivamente en su belleza nos ha recibido hoy al salir de la clínica en la que hemos vivido los últimos dos meses con una leve pausa de diez días de libertad condicional, nos ha recordado que ya es hora de volver a la belleza de la vida, contradictoria en si misma si la intentamos comprender como un todo, fragmentaria y fragmentada si la miramos con atención de entomólogo; allá cada cual con su punto de vista. Hay, a lo largo de la vida, hechos que se nos antojan dramáticos y de los cuales pensamos que podemos aprender no se que parte de experiencia vital que nos tendrá que ser útil; verdad a medias es, y como tal, poco fiable. Nunca aprendemos del todo nada que pueda estar sometido a los sentimientos de permanencia o temor, a los agobios del cariño y a sus propias carencias; las cosas que nos hieren en la propia carne del sentimiento más vivo, en esa incruencia que representa la herida en el ánimo, no enseñan nada más que el mandoble fulminante de lo desproporcionado: miedo y dolor. Dejamos de dormir un tiempo anonadados por las circunstancias que han roto el curso seguro de los días, la placida marcha de las cosas más nimias, y que repentinamente nos han dejado en desolación. De tales cicatrices casi nunca nos reponemos del todo, quedan marcadas en la piel y son evidentes al mirarnos al espejo de nuestro propio reconocimiento. ¿Qué hemos aprendido? Todos vivimos y todos morimos, pero los más cercanos mueren mucho más que los que no tienen rostro ni lazos de afecto directamente unidos a nuestra respiración.
Los ojos que han perdido la mirada de alguna estatuaria romana, parecen vagar por el Hades terrible que visitaran Odieso y Eneas en vida, en muerte todos los demás. Estos dos héroes alcanzaron a ver a los suyos vagando por los infiernos de los muertos en un mundo en el que no existían paraisos más allá de la vida, solamente las tinieblas del mundo subterráneo, y de aquellos recibieron noticia y consejo. Siguieron su camino, el uno hacia la eterna Itaca convertida en poema por Cavafis y cantada tan expresiva y trágicamente por LLach; hacia la fundación de Roma el otro, portador en su empeño de todas las virtudes del varón romano: Virgilio fué su propagandista. Estos ojos que intentan penetrar sin ver en el visitante me desconcertaron durante una visita a los Museos Capitolinos de Roma. Perdidos los ojos a lo largo de los años, parece mirar ahora con angustia y de su boca entreabierta surge un lamento largo, inacabado, el grito escondido en la piedra que hiela el sentimiento de quien alcanza a oirlo. Joven y hermoso, ha perdido su capacidad de ver la luz y esta mutilación le despuebla del manto protector de la imagen del todo en que habita. Le quedará la vida, es cierto, pero mutilada, porque lo bello que se percibe por la luz no tendrá nunca palabras para ser descrito. Ese milagro nuestro, natural y cotidiano, y prodigioso, se abría hoy ante nuestros ojos al correr en coche hacia el ocaso del día y de la propia luz del sol y nos ha dado la bienvenida, de nuevo, a la vida.

jueves, mayo 18, 2006

DISCULPEN LAS MOLESTIAS

Por razones privadas esta página permanecerá sin actividad a la espera de la reparación de averias personales de la propiedad durante dos días o tres.

miércoles, mayo 17, 2006

Creer y no creer


Malcom Lowry ha escrito algunas de las novelas y narraciones que más me han impactado a lo largo de mis lecturas: "Bajo el Volcán" se ha convertido en un libro de referencia para quien quiera conocer a fondo la peripecia humana de la desgracia construida por uno mismo: el alcohol, los celos y la incertidumbre juegan en un fresco autodestructivo de dificil superación por lo que tiene de ejemplar; cuanto sucede en la novela nos mueve a compasión erigidos en compañeros jueces de un viaje al fondo más oscuro de la noche íntima. Yo no soy crítico literario, me libren los dioses, pero se leer desde niño. Digan lo que digan, entre líneas no hay nada que no sea nuestra percepción de las cosas y percibimos al autor desesperado. Lowry era alcohólico, profundamente alcohólico. "Escúchanos, Oh Señor, desde el cielo, tu morada" tiene, además de un título fascinante dos de los mejores relatos cortos que yo he leido por lo que guardan en su interior de naturalidad, frescura, amor, naturaleza y placidez: "El más valiente de los barcos" y "El camino que lleva a la fuente". Dibujan el mundo naíf de la desesperanza esperanzada; siempre hay un paisaje mejor, una oportunidad de encontrar el jardín del edén (lo escribo en minúsculas con la intención de no darle una importancia indebida), el afán de reencontrar la compañía, que es en lo que se convierte el camino vital de cualquier ser humano, a medida que se va quedando solo. Lowry era alcohólico, no trataba de abandonar la influencia de esa droga que hemos convertido en infernal amigo de una sociedad que necesita estimularse para actuar ( la palabra actuar está escrita aquí intencionadamente dentro y fuera de contexto). Entre el cielo y el infierno de un hombre, entre su paraiso y su degradación, se interpone una botella de wisky, o para ser exacto en la escritura, una botella de wisky tras otra. Lowry murió alcoholizado, pero no convirtió su vida en una tragedia, ni escribió sobre él, por lo menos no de manera directa. Cuando habla del alcohólico no escribe sobre él, pero sabe por él como escribir sobre ello; cuando habla de Yvonne no habla de la mujer que le dejó tras su primer matrimonio, pero sabe cuales son los efectos del abandono. Una vida al servicio de una obra y una obra al servicio de la esperanza de conseguir acabar una Obra que no se puede acabar. Leyó a Ortega y Gasset y le gustó la idea de que el hombre es el novelista de su propia vida. Vagó por el mundo e hizo de la vida el escenario sobre el cual escribiría sus dramas, porque la realidad es que en absoluto narró una línea en tono de comedia. En Lowry no hay, no veo yo, el menor atisbo de autocompasión, seguramente porque entiende que la naturaleza humana está toda ella alcoholizada por diversas sustancias adictivas, desde "la materia con se tejen los sueños" hasta las m´´as destructivas y más demolesdores. Pequeños paraisos atisban por entre sus páginas que parecen nuestros pequeños paraisos atisbados cotidianamente. Hay escritores que practican la autocompasión en su obra, marcadamente autiobrográfica. Lowry no. Una obra no nexiste hasta que no llega al lector, a cada uno de los lectores; en cada caso el torrente de autocompasión se verá recompensada por ríos de piedad; esta catarsis la ignora el escritor pero escribe con la esperanza de que suceda. Independientemente de si la obra es buena (cosa en absoluto subjetiva) él autor es un mal escritor, busca la complicidad, se alivia con la piedad de los demás, en suma y como tantas personas en la vida común, chantajea a su público: "dame piedad y sufriré menos". Y piadosos al fin, y compasivos, acuden los otros a la caricia sin otro objetivo que la autosatisfacción del victimario, que no víctima. Hay una frase en "Balthazar", una de las cuatro novelas que componen "El Cuarteto de Alejandría", de Lawrence Durrell, que me impresionó profundamente y que no he olvidado desde que la leí hace ya un montón de años. A partir de ella cambió mi comportamiento en determinadas cosas de mi aventura humana, en las relaciones con las otras personas y en mis relaciones con mis lecturas y autores favoritos. Acepto la vida como experiencia en las novelas, pero no la autobiografia expiatoria; las autobiografías deben escribirlas los otros. Como escribía, la frase que me encandiló hasta afectar a mi actitud y a mi comportamiento frente a los demás, la pronuncia Melissa, una mujer destrozada por el abandono: "Cuando se fué, el mundo entero desapareció. ¡Pero nadie tiene derecho a ocupar un lugar semejante en la vida de otro, nadie! (1) Una buena novela propicia que le contemos nuestra intimidad, en el silencio dialogado de las palabras escritas y el pensamiento. Entre línea y línea surge una nube que no es del autor, que es nuestra y que deriva nuestra atención hacia hechos cercanos. Pensamos en nosotros conjuntamente con la aventura de los personajes que estamos conociendo. Podemos repasar nuestra existencia al tiempo que asistimos como espectadores a las de los demás y al fin, comparar por comparar, podemos atisbar que en muchas ocasiones no se trata de nuestro infierno sino de nuestro aburrimiento. No existe el Paraiso, eso es cierto, pero hay momentos en que lo tocamos con la mano y eso nos basta. Volvemos al libro. El Consul de "Bajo el Volcán" se consume entre su propia autocompasión y autodestrucción y le miramos como si fuéramos entomólogos; no podemos arrebatarle de su destino, y además, si se tratara de una historia abierta, ¿porqué tuvo que entrar en ella? Coinjeturamos que esta historia acabará mal porque él va a morir, pero no es cierto, acaba bien porque es lo que ha estado buscando durante 400 páginas. Va y se muere y nosotros sorbemos el último dedo de vodka con naranja y hielo.

(1) La cursiva es mía

martes, mayo 16, 2006

Goyerri. Patrocinador Universal de la ternura


Rematada la faena ya es de noche y recuerdo que Goyerri tiene una cita con Movie. Ahí está, es puntual remoloneando. Obedece a la voz cariñosa y le encantan las mujeres, los hombres también pero menos. De natural es como una alfombra pequeña y para sentirse feliz necesita tener visitas.
Recuerdo aquí a todos los amigos perros que estuvieron o han estado cerca de amigos humanos y les regalaron su humanidad. Por Plaf, por Yalo, los dos tan lejanos ya, por el enorme Yeico y por la femenina Gina, por Nero del que supe hace poco, por Sira, por Togo que se nos va irremediablemente, por Harri que aguanta dos operaciones de cadera, por Dora minúsucula y coqueta, por Mata y por Hari, siempre juntas, por Troilo el amigo de Gala que al morir mereció una crónica que hizo llorar a miles de personas (iba a escribir a toda España, pero es exageración), por Gos que ya habrá muerto, ya...
Cita cumplida.

Del fondo de los fósiles




¿Cómo comprender que solo soy una persona? ¿Y que este bosque es solamente un bosque? El paisaje se cierra en círculo en torno a la individualidad y un día se descubre uno mineral. Es así como empiezan los fosiles, felices consigo mismo, acurrucados en el placentero sentir y estar. El culpable, no debe quedar la menor duda, es el café con leche de la mañana y el cielo radiante que a través de las ventanas mira el interior de la casa escrutando los rincones. Le gritarás al cielo, "no me persigas, estoy aquí, lo sabes" y él permanenece inalterable en su labor de espionaje. Lo que quiere es que salgas, que compartas su luz. Ah, si todas las madrigueras fueran iguales no habría habitantes sobre la superficie del planeta y nos veríamos, vecinos mudos, a la luz del silencio. Conviene recordar que estamos en la superficie y que andamos a medio camino entre el caracol y el elefante, animales del planeta con un cerebro de 1,300 gramos que contiene la mayor capacidad de inteligencia que es posible. Años enteros hay en que se encienden las velas y se vive en su oscuridad, cargada la atomósfera de desasosiego. Acontece que todo parece ir de mal en peor y solo nos queda el rincón inestable de la cueva, en la que los cambios de estación producen miserable angustia. Le gritarás a la cueva "déjame ir, me esperan fuera" y obligada y a regañadientes abrirá su boca y te mostrará el camino de la luz que seguirás hasta dar con el bosque. Ya estás afuera, te dices, soy valiente. Engañosa circunstancia, cualquier ruido te acongoja. Nombrarás, detestables, a los dioses que puedas invocar, inventados sobre la misma marcha y abandonados en los márgenes del camino, condenados al fracaso por fracasados; ¿no les pediste ayuda y no te la dieron? ¿No te dejaron inerme ante un peligro que desconocías? Sobrecogido por el terror invocaste al dios de la compañía y estaba fuera, de copas, no se ocupa de los temas de los mortales en final de semana, deberás esperar hasta el lunes, no hay dioses de guardia. Sobrtecogido por el futuro invocarás a los dioses de la seguridad y oirás su respuesta serie y conspicua: ¿acaso crees que esto es un banco? Cielos, claro que no, yo solamente pedía ayuda. Felices los tiempos en que los dioses y los hombres convivían en un paisaje de escepticismo y no existía el pecado que despiadadamente se impuso a la humanidad. "Solo quisiera saber para apurar mis desvelos / dejando a una parte, cielos, / el delito de nacer, / ¿que más os pude ofender para castigarme más? / ¿No nacieron los demás, pues si los demás nacieron,/ ¿que privilegio tuvieron /que yo no gocé jamás? Calderón puro y duro condenado a los infiernos por dudar, por invocar contra la malignidad del pecado de nacer. Felices los tiempos del paganismo placentero, de los ritos de Eleusys, de los oráculos, del Mediterráneo universal, suma de todos los mediterráneos, lugar privilegiado que renunció a la atlanticidad, que se lleva en la sangre. De abandonar los tiempos de la ciencia, crueles y venturosos, ¿cabría la posibilidad de volver al paganismo sabio, cuando en Roma crecía cualquier templo que quisiera porque ninguno de ellos tenía poder sobre la vida? Crueles, si, pero suficientemente morales, los días de ayer mantenían a los dioses en los altares y para que no molestaran demamsiado les llevaban alguna que otra ofrenda. Pues estos dioses fatales del bosque, se disuelven en la tierra y desaparecen, si deshaces el camino ya no les encuentras abandonados en el margen; se fueron, no están, no eran nada. ¿A qué tanto soñar y pedir? En el arroyo recién encontrado mojarás el talón de tu pie, y como Aquiles llevarás esa mancha toda la vida. Tu bautizo ha sido fresco y cristalino. Bajo un roble de hojas alveoladas tomarás el refrigerio de una fruta, una manzana de piel roja y brillante y un trago de agua. ¿Qué hacemos aquí? te preguntará tu amigo perro y le contestarás: Renazco, ¿no te das cuenta? Un poco torpe como es, no te contestará, porque no está para tonterías. Y volverás a casa y dirás: "he renacido". Bueno, bueno, te dirán, pero ¿que vas a querer para comer? Por un momento, pensarás, tuve la impresión de que me iba a quedar convertido en piedra, como el espíritu de un asombroso cuento de Robert Graves, "El Grito", en el que en el interior de una piedra existe un grito espantoso, cautivo. Durante un instante pensaste que la luz del día radiante te iba a disolver y que en ti convivía otra persona que iba a encerrarse en tu caparazón. Esta manía de escribir confundiendo las personas hizo que hace muchos años, tu primera mujer (que estudiaba psicología trabajando de maestra, por entonces) te preguntara si no era posible que convivieran en tu dos personas. Ya se por donde vas, le digiste, no estoy esquezofrénico. Hoy en día eso está a la orden del día: Robert Hare, profesor emérito de Psicología de la Universidad de British Columbia, afirma basándose en estadísticas fiables, que el 1% de la población padece esquizofrenia: ¿serás tú o seré yo ese 1 entre 100? Y ese índice es estadísticamente algo menor que el de psicópatas. Vamos av er, te dices, ¿que es todo esto? Ha empezado con el café con leche, ¿a que viene este lío mental? te contestas: hace más de dos meses que no bajas a una capital decente, quiero decir, una ciudad donde convicen 5 millones de personas con una tasa de conflictividad (cualquiera, da lo mismo) suficiente para figurar en tus miedos, más o menos. Hombre político como has sido siempre, pasas olímpicamente de la organización social que te rodea y en la que estás inmerso, es cierto que a veces no, pero es el poder de enrabietar que tiene la televisión, ya la conoces, además es nueva y muy buena. Te has vuelto, te sigues diciendo, un huraño, un ermitaño. Pero no, que va, si todo el mundo cree que soy un tipo simpático y dicharachero, si creen que soy cordial y culto. No les creas, te lo dicen a la cara, porque ¿quien va a decirte que te odia? Ya estamos otra vez, es el café con leche. Olvídalo, ahora estás escribiendo un post, ¿que tiene que ver eso con el café con leche?. Oyes trajinar a Ana abajo, afortunadamente activa, volviendo del fondo de otra cueva. Y llegado aquí dejas de teclear y te dices... nada, no te dices nada, porque no sabes quien a quien. Miras por la ventana y ves Cabeza Reina, han vuelto las golondrinas, no las de Bequer, que ya son fósiles. ¡Ya estamos otra vez! Que no, hombre, que no, que era una broma. Haz algo razonable, se te va a ir la mañana sin hacer nada. ¿Y porque hay que hacer algo? ¿Que es algo? Te ries para ti mismo, has vuelto a la razón que nunca has perdido, porque escribes llevado por la lógica y la espontaneidad hay dinteles que nunca atravesarás. Conjuras los peligros con la fórmula de los vencedores: "Vae victis". ¿Nunca? Venga ya, deja de bromear. Te ries, me rio, me pregunto si el post, que voy a dejar tal y como ha salido, a vuela tecla, destinado a esta república intangible de pequeños cordones vitales, se entenderá, ¿y de que manera? Pero me digo, y esto es definitivo, que no hay porque hay que acabar, que poco hay que entender de esta confusión, de este amado caos que es la vida.